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En 2012 se publicó una comunicación (ISBN: 978-84-92587-83-4), presentada en la XV Conferencia de Sociología de la Educación celebrada en Granada, acerca de la formación de los líderes y gestores de las asociaciones africanas en España. La base empírica de este estudio está basada en el análisis del discurso de más de sesenta entrevistas en profundidad realizadas a dirigentes de estas asociaciones africanas, en el marco de un Proyecto de I+D del Ministerio de Ciencia e Innovación sobre el Asociacionismo Africano en diferentes Comunidades Autónomas, dirigido por mi amigo el Dr. Jordi Garreta. Referencia CSO2008-01122/SOCI (Asociacionismo e inmigración africana: funciones latentes y manifiestas).

Un modo de acercarnos a la realidad educativa y de formación de los líderes y representantes de las asociaciones africanas, dada la gran variedad de resultados y heterogeneidad que encontramos en las entrevistas semidirigidas e historias de vida realizadas durante el trabajo de campo llevado a cabo los años 2009 y 2010, fue tomar como muestra aquellos entrevistados que ofrecieron información acerca de los estudios terminados. Estas entrevistas las subdividimos por igual número de informantes entre los países del norte de África (Argelia, Marruecos y Mauritania), y los países de la costa oeste africana, Camerún, Malí, Senegal, Gambia, Nigeria y Guinea), aunque con mayor representación de marroquíes y senegaleses, quizás por la impronta de su movimiento asociativo que sobresale sobre los demás países.

Un primer dato sobresaliente extraído de esta muestra, es que la formación de ambos grupos (magrebíes y subsaharianos), es muy parecida, si bien ligeramente decantada a favor de los primeros; sin embargo, ambos grupos muestran un perfil formativo de estudios universitarios, seguidos de los estudios de bachillerato o formación profesional y tan sólo unos pocos señalan su falta de estudios, estudios básicos, o estudios del Islam como toda formación recibida. No sólo destaca esta primacía de los estudios superiores sino que en los casos del bachillerato ha existido interés por continuar estudios universitarios que no pudieron desarrollar en su periplo migratorio por diversas causas, aunque muchos de ellos realizaron una formación profesional principalmente en el sector servicios.

Es de destacar la juventud de buena parte de ellos al no superar las cuarenta años, cuestión que les inclina en muchas ocasiones a iniciar estudios de formación no reglada principalmente en el campo de la mediación, el Asociacionismo o la cooperación y que de un modo u otro les ha inclinado en su vertiente social a participar en la organización de las Asociaciones. Por último quiero destacar la capacidad multilinguística que exhiben la mayoría, no sólo por conocer la lengua vernácula y la oficial de la antigua metrópoli, sino por iniciarse en otras lenguas oficiales de los países de destino como el catalán, el valenciano y el castellano. La educación y la formación ha sido para una gran parte de los inmigrantes entrevistados una de las causas por las que se desplazaron, bien para conseguir empleos acordes a su formación, bien por la consideración de la educación como un objetivo fundamental en sus vidas o las de su etnia. En un país multiétnico como Nigeria, donde las diferencias socioeconómicas son extremas, la etnia yoruba (que representa al 30% de la población), es un grupo étnico muy preocupado por la educación como un fin para su desarrollo como personas, por encima de algo fuera de control como puede ser su status económico. En otro país, Guinea, reconocen que las cosas han mejorado mucho pero no así la educación, por lo que muchos guineanos envían a sus hijos a estudiar a España; sin embargo, los tiempos en que Guinea eras una colonia española se han quedado muy lejos y quienes quieren venir a estudiar a España encuentran serias dificultades de carácter burocrático y/o económico para iniciar su proyecto educativo.

De un modo u otro y sea de una procedencia o de otra, la educación forma parte del discurso en las entrevistas realizadas a los miembros y dirigentes de asociaciones africanas. Entrevistas que me van a permitir profundizar en lo antedicho, comenzando con los estudios realizados, que como he adelantado son en mayor medida de carácter universitario, si bien algunos señalan que no pudieron finalizarlos por diferentes causas. La más usual es la que posiblemente se hayan planteado también muchos estudiantes autóctonos cuando han visto que su carrera universitaria no era posible compatibilizarla con un trabajo exigente. Es el caso de Abderrahim (Marruecos), cuya intención era estudiar y trabajar, pero estudiar ya no podía, llegaba a casa reventado y no podía. Otros añaden a esta situación de trabajar y estudiar, motivos de carácter familiar como casarse y tener hijos, en definitiva añaden responsabilidades familiares a las propias de estudiar y finalizar una carrera. Es el caso de Djdjo, una mujer senegalesa que fue a estudiar Derecho en Francia, pero al quedarse embarazada dejó sus estudios. En España ha realizado un curso auxiliar de geriatría, que es un medio básico de incorporación a un mercado laboral que se ofrece en la actualidad a la mujer inmigrante. No obstante son varios los que dicen no finalizar la carrera elegida pero sí haber finalizado una carrera intermedia, tipo diplomatura, que les permitiera trabajar en esa área.

Son inmigrantes anteriores a la llegada masiva de población, de entre los años setenta y noventa, aunque no por ello pasamos por alto esta clara división entre lo que fueron sus estudios terminados en origen y sus estudios finalizados en destino. No es baladí esta diferenciación si tenemos en cuenta que quienes manifiestan una carrera universitaria finalizada en origen son licenciados, mientras que los que finalizan en destino son mayoritariamente diplomados, o con cursos especializados (principalmente sobre mediación intercultural) que les ha permitido ingresar en las filas del asociacionismo como miembros destacados. Esto no señala a la totalidad de los entrevistados pero sí muestra una tendencia en sus perfiles educativos. Hassan es un claro ejemplo sobre la prosecución laboral de estudios relacionados con la actividad asociativa, pues si bien había finalizado Ciencias Empresariales, luego prosiguió con diversos Máster y postgrados como “Gestión global de la inmigración” (en la Rovira i Virgili), Máster de “Cooperación y desarrollo”, “Los movimientos migratorios y el codesarrollo” (Valencia), y en la actualidad un Máster en “Estudios culturales del Mediterráneo”. En ocasiones la vocación social, de intervención en los asuntos que competen a los inmigrantes, obliga a cambiar el proyecto universitario en el que se habían iniciado, incluso habían finalizado. Es lo que le ocurrió a Suleimán (Mauritania). Había hecho Biología, y en España inició Farmacia, pero abandonó estos estudios por los de Educador Social. O lo que le aconteció a Ali (Senegal), doctor en Ciencias Políticas, el cual había trabajado en Dakar como profesor de universidad durante tres años hasta que lo dejó para finalizar su
doctorado en Alemania; antes, la licenciatura le había permitido una estancia de tres años en Francia. Cuando llegó a España no encontraba trabajo de su interés, y ya pensaba en retornar cuando le notificaron que un proyecto de Investigación que había presentado sobre “Las mujeres subsaharianas en Navarra” había sido aceptado por el Gobierno Foral. En esta tesitura estaba cuando Cruz Roja también le contrató para qué hiciera de mediador intercultural.

Y es que la trayectoria profesional de los dirigentes de asociaciones africanas ha tenido un primer obstáculo no con su formación en materia de mediación, sino con la barrera del idioma español, pese a que la mayoría domina dos o más idiomas. Es el caso de Arzien, una profesora de francés en institutos marroquíes, que al llegar a España decidió aprender la lengua castellana de modo que le permitiera matricularse en Trabajo Social y posteriormente incorporarse al mundo laboral como mediadora intercultural. A quien le ha resultado más fácil hacer de mediadora por su dominio de idiomas es a Naima (Argelia). Hizo la carrera universitaria de “Traducción”, sumando a su conocimiento del francés y el árabe, el alemán y el español, consiguiendo una de las primeras becas Erasmus para seguir el doctorado en Alemania. Para otros, que antes de trasladarse a España ya habían estudiado el español, la llegada a Catalunya o Valencia les sorprendió por el uso de otra lengua de la que desconocían su existencia. Así fue como optaron por matricularse en las Universidades y a la vez que aprendían catalán o valenciano, cursaban estudios universitarios (Lenguas Hispánicas; Mediación Intercultural; Gestión de asociaciones y Fundaciones, etc.), consiguiendo de este modo el dominio de las lenguas.

Sin embargo, no sería este el único problema con el que se toparían en su trayectoria profesional, pues si bien el dominio de la lengua era imprescindible para insertarse en el mercado laboral, la necesidad de que se les reconociera las titulaciones otorgadas en los países de origen se convertía en una nueva lucha por su integración profesional. Y no siempre se convalidan los títulos en función de la idoneidad de los estudios cursados, pues son numerosas las ocasiones en que hay que volver a cursar algunas materias con el fin de homologar el título, y este es un aspecto que no reconocen o no entienden pues imaginan que es por otras causas bien dispares, como señala Djamila (Argelia) que pese a disponer de una buena base del francés y el inglés, no le admitieron en la escuela de idiomas hasta tanto no homologara sus estudios del bachillerato argelino. Efectivamente, el inmigrante busca su integración con el objetivo de mejorar su status social, y no al revés como falsamente puede entender quien alienta el discurso de una inmigración de bajo nivel educativo que tan sólo se emplea en sectores de baja cualificación, porque su destino social está condicionado por la supervivencia y el retorno tras alcanzar determinados objetivos económicos. Es posible que el proyecto migratorio tenga esta fase de eventualidad residencial, de viajero estacional, pero el perfil educativo del inmigrante, tanto el adquirido en origen como en destino le capacita para adquirir un mejor status, mayores ingresos económicos y, en definitiva su propia inserción socioeconómica y la de su núcleo familiar.

 

MUJER E INSERCION SOCIOLABORAL
Las mujeres y su inserción sociolaboral ha sido otro de los componentes funcionales en el desarrollo de las asociaciones de inmigrantes africanos, principalmente a través de una formación complementaria. En algunos casos se partía de mujeres que, con estudios superiores o poseyendo titulación universitaria, no podían ejercer libremente a causa de las imposiciones religiosas o de carácter cultural. En otros casos, hemos observado que las mujeres que en su país de origen reivindicaban una identidad femenina dentro del mundo musulmán, convertían esta en destino en una lucha por la identidad de la mujer musulmana frente a los prejuicios y estereotipos en la sociedad de acogida.

El velo tomado como señal de sumisión al varón en una sociedad postmoderna constituye, sin embargo, para algunas mujeres musulmanas un signo de identidad, y podemos considerarlo en sus términos como una reacción feminista frente al prejuicio destacado en la sociedad de acogida, como un acto consciente frente a la discriminación que les impele a ponérselo a fin de destacar los valores, sentimientos y creencias de la mujer musulmana. Además, es un acto y una actitud que les ayuda a mejorar su propia autoestima valorando sus señas de identidad. Y esto ocurre porque son mujeres preparadas, activas, “pero están en casa porque su problema es llevar el velo”, tal y como relatan en las entrevistas mujeres argelinas que no aceptan el velo como un signo discriminatorio y enmarcado en prohibiciones de carácter cultural o religioso. Las mujeres argelinas entienden que la integración sociolaboral se puede dar porque son mujeres preparadas, activas, con estudios universitarios en origen o destino, mujeres que en definitiva tienen un nivel educativo muy alto pero llevan el velo y esto les excluye y les inmoviliza en sus casa en las tareas destinadas a su género. Por ello, desarrollan desde las asociaciones programas de inserción sociolaboral que les permitan enfrentarse a las discriminaciones de género sin cuestionar la raiz de dicha discriminación que no es otra sino su reivindicación del velo. Con el velo no sólo se encuentran insertas en su mundo etno-cultural sino que también pueden desarrollar sus aptitudes y su expresividad laboral sin menoscabo de su identidad. Las mujeres argelinas están muy preparadas (más del 50% tienen titulación universitaria) y ocupan en origen cargos de directivas en  porcentajes superiores a las mujeres españolas, aunque su status nada tiene que ver con sus vecinas marroquíes a las que consideran analfabetas.

En la asociación de mujeres musulmanas An-Nur (La Luz), la mayor parte de las mujeres que componen la junta son tituladas, algunas con doctorado, hablan bien el castellano, incluso el francés o el inglés. Son un grupo heterogéneo, principalmente procedente de Marruecos, Argelia y Túnez. Algunos trabajan de traductoras, otras de acuerdo a su doctorado y sólo unas pocas no poseen ninguna titulación. Son mujeres que quieren trabajar pero “como llevan velo ¿qué van a hacer? Si van a la Universidad, preparan el doctorado y ya está”. Pero hay otras que se quedan en casa y para ellas las asociaciones promueven trabajos de carácter administrativo, o de intérpretes y traductoras. Es quizás otro modo de combinar las obligaciones etnoculturales y religiosas con la posibilidad de trabajar en la sociedad de acogida. Sin embargo, no siempre encontramos mujeres con un perfil educativo adquirido en origen pues han sido muchas las que se han formado en la sociedad de acogida, donde se han enfrentado al difícil proceso de integración en la escuela. Para una joven musulmana de finales de los noventa, su aparición en las aulas de la ESO con velo, desconocimiento de la lengua, sobre todo el valenciano o el catalán, ha permitido ataques desconsiderados e irrespetuosos de alumnos y profesores que la ha llevado a encerrarse en su mutismo, excluyéndola. En otras ocasiones, pese a los esfuerzos que podía realizar una joven musulmana por aproximarse a la cultura autóctona, siempre que superara la falta de motivación que le ofertaban en la escuela y aprendiera la lengua de comunicación en la misma, los rendimientos no estaban nunca a la altura de las demandas, por lo que resultaba fundamental el apoyo de la familia, especialmente de las madres, quienes realmente se ocuparon de la educación de sus hijas. De un modo elocuente se produce una integración lingüística de la alumna gracias al apoyo fundamental de la madre en su educación. Un apoyo a la joven que va más allá si la madre además se encuentra integrada en la estructura educativa.

En resumen nos encontramos con un paisaje de mujeres preparadas que aprovechan sus conocimientos para mejorar la situación de otras mujeres en su objetivo de integrarlas sociolaboralmente, aunque sin necesidad de perder sus señas de identidad, o bien reivindicándolas en su quehacer asociativo. En su conjunto, las asociaciones de mujeres llevan a cabo una labor de educación comunitaria muy diversa, de modo que todas ellas participan de un modo u otro en las mismas. Son actividades que promueven una educación instrumental, apoyando en ocasiones el sostenimiento económico de sus asociadas sin importar la edad, formación y ocupación de las mismas, si bien es cierto que su condición de madres les roba el tiempo que les gustaría dedicar a la asociación. Efectivamente, esta es una queja que señala buena parte de las mujeres asociadas, pues las responsabilidades domésticas y de atención a la crianza y educación de los hijos, recaen en gran medida en ellas solas sin la participación de los varones, de forma más pronunciada de lo que ocurre en la sociedad de acogida, donde los atavismos de la cultura patriarcal están siendo desmontados con más celeridad en la última década. Las propuestas para ir consiguiendo mayores cotas de igualdad entre las mujeres musulmanas se realizan desde las asociaciones; por ejemplo, iniciarse en actividades deportivas y de ejercicios físicos, que hasta hace bien poco resultaron impensables pese a que algunas por su disponibilidad económica podrían haberlos realizado, ya que se encontraron con las limitaciones propias de su condición de mujer. Ha sido gracias a las asociaciones que les proporcionaron el espacio y la ocasión, que se iniciaron en algo hasta entonces tabú: la gimnasia. Aunque quizás el gran logro de las asociaciones de mujeres han sido las actividades de alfabetización, aprendizaje de idiomas y oficios que han permitido la formación de muchas mujeres inmigrantes, mejorando sus capacidades de expresión lingüística y aumentando sus opciones laborales.

Cuando se domina el idioma, una lengua de contacto, las posibilidades de expresión aumentan y la sensación de libertad al poder comunicar pensamientos y sentimientos es permanente. Además, en la vida cotidiana son numerosas las ocasiones en que deben expresarse en lengua castellana o catalana, como ocurre con aquellas gestiones administrativas a las que se usualmente acude con un traductor varón que interviene como mediador en la sociedad de acogida, pues el dominio de las lenguas entre los varones les viene de su práctica en el ámbito público de las relaciones sociales, laborales y económicas en las que se mueven. Aunque esta situación no siempre es aceptada por algunos hombres, que sienten desagrado hacia la posibilidad de que otros puedan introducirse en el mundo de las relaciones privadas de sus mujeres, aceptando sin embargo la intervención de otras mujeres, que unas veces hacen de traductoras, otras de educadoras o formadoras y, en definitiva, alejan la opción no deseada de varones ajenos a la familia. Además, para algunas mujeres, estas actividades son un modo de adquisición de independencia a través del logro económico. De forma paralela a este servicio de traducción están las actividades formativas propiamente dichas en materia de dominio lingüístico, con cursos de aprendizaje del árabe (un modo de no perder o bien de adquirir una seña de identidad), el castellano y el catalán.

Pero no sólo el aprendizaje de idiomas se encuentra en la base de la actividad asociativa de las mujeres, pues otras actividades de carácter más instrumental como las charlas sobre sexualidad, búsqueda de empleo, etc., conforman un conjunto de medidas a favor de la autonomía e inserción de la mujer inmigrante. Por último no se puede cerrar esta parte sobre la actividad asociativa
de las mujeres sin citar el gran papel que juegan en la transmisión de la cultura étnica y en la construcción de las identidades a través de sus actividades con los niños en las escuelas o en los locales de las asociaciones, y a través de las manifestaciones de carácter folklórico mediante su participación en fiestas y actos lúdicos diversos donde ellas son el eje fundamental sobre el que gira todo tipo de manifestación.

 
ACTIVIDADES ASOCIATIVAS
Las actividades asociativas por excelencia son aquellas que tiene como fin dotar de una educación complementaria a los asociados y específicamente a sus hijos. Una educación que gira alrededor de la enseñanza del árabe y cuantas manifestaciones se identifican con la cultura étnica. Para ello no solo se dotan de espacios escolares con el fin de transmitir aspectos básicos de la cultura de origen (lengua, religión, historia, etc.), sino que también utilizan profesorado, libros, medios e instrumentos propios. Uno de los objetivos más recurrentes consiste en evitar que los hijos, y las
generaciones que han nacido aquí o bien han llegado a España con una corta edad, no pierdan las señas de identidad de sus padres y de su origen étnico. Se trata de evitar que en ese transitar por los mundos se pierdan las raíces, el contacto con la realidad original, aquello que les identifica como grupo y en cierto modo, evitar lo que ellos denominan duelo por la pérdida: Con esta escuela vamos a calmar el duelo que están viviendo los inmigrantes.

La escuela pública es necesaria para la integración en la sociedad acogida, pero la escuela étnica es un complemento fundamental para la vida y el desarrollo de estas personas. Y este pensamiento se da más entre las mujeres que entre los hombres, porque ellos viven con la idea de volver algún día, de encontrarse de forma transitoria en España, de que el proceso migratorio es un accidente y que todo volverá muy pronto a su cauce, a su lugar de origen, a la casa donde nacieron; y por ello aborrecen la idea de que sus hijos vayan a la escuela, se integren con los autóctonos, al punto de ser como uno de ellos y terminen olvidando su pertenencia a la cultura de sus padres y sus ancestros. No por esto, las mujeres, más pragmáticas, más situadas en el día a día, tratan de conciliar los deseos e ilusiones de los hombres con la realidad educativa de sus hijos, y por ello se muestran favorables a esa escuela complementaria y a las actividades que promueve. Hablan de esta escuela como un instrumento que sirve para tranquilizar las conciencias de pérdida, de duelo y de alienación etno-cultural.

Las asociaciones de mujeres subsaharianas, como La Dona Guineana de Valencia, promueven el conocimiento de la cultura guineana a través de actividades culturales, con el objeto de reivindicar la cultura africana frente a la cultura española y como un medio de defensa frente a los prejuicios y discriminaciones que soportan sus hijos en la escuela. Otras actividades de carácter cultural que van dirigidas a los niños son los cuentos; es decir, la literatura oral como medio de entronque con la cultura original africana. Otro instrumento igualmente educativo son los juegos africanos, de modo que los niños que los practican reconocen sus países, a la vez que disfrutan como no puede ser de otro modo de la actividad lúdica.

Una mujer de Burkina Faso (Rosali) señalaba que el instrumento ideal para transmitir la cultura africana son los cuentos, los talleres de cuentos. Para ella y para otras madres de la asociación resulta fundamental esta forma de introducirse en la cultura africana, porque en África los cuentos están para enseñar los valores de la sociedad, para ser buenas personas; entonces hemos pensado hacer tardes de cuentos para nuestros niños. Y es muy reflexiva cuando señala que la educación en España es muy individualista y se deja en manos de los padres; pero si estos padres no pueden dedicarles todo el tiempo que quisieran, la educación queda en manos de la escuela que no es capaz de atajar los actos discriminatorios que ocurren con el alumnado inmigrante. Toma como referente la educación en África, donde la educación de los niños está en manos de otros familiares, de vecinos, en definitiva de toda la comunidad. Porque educar, para ella es formar a una persona de manera integral, de modo que sea una persona buena, esté donde esté. Formarla para que asuma todo el proceso de vida y sea feliz. Indica que el fracaso escolar es un fracaso del tipo de educación que se da a las personas (principalmente a los niños autóctonos), y no es una cuestión de éxito escolar; por ello entiende que como asociación sociocultural de mujeres, de madres, deben realizar este esfuerzo de ir escuela por escuela y dar charlas sobre convivencia, enseñándoles la realidad de África, lejos de los estereotipos y prejuicios con los que se alimentan en sus casas o en la propia escuela. Digamos que es un esfuerzo por lograr que la educación sea de toda la comunidad educativa y para todos los niños.

Con las actividades educativas y de expresión etnocultural, los inmigrantes asociados buscan recrear sus señas de identidad comunitaria, pero también ofrecer ocasiones de encuentro con el fin de sentirse comunidad, y a ello colaboran todo tipo de actividades culturales, lúdicas y festivas. De este modo, es muy propio de las asociaciones senegalesas, gracias a un cierto sentido comunitario, formar grupos folklóricos de baile, música o canto logrando con su participación dar colorido a las fiestas étnicas o a las fiestas locales. Un dirigente de una asociación del Senegal, nos habló que su objetivo era la promoción de la cultura africana a través de las clases de percusión y danza, que realizaban no sólo en el local de la asociación sino también yendo a colegios e institutos, e insertando en el contexto escolar esta clase de actividades culturales. El sentido comunitario que se supone a los subsaharianos y especialmente a los senegaleses nos lo certificaba un argelino (Djilalli), que los compara con los magrebíes a los que tilda de individualistas. Y hasta cierto punto resulta certera esta apreciación pues son asociaciones senegalesas las que imprimen su sello personal a estas manifestaciones culturales de cuentos y juegos, que se ven acompañan por otras actividades de carácter expositivo como fotografías (sobre Senegal, sobre el fenómeno migratorio, sobre la inmigración ilegal, etc), artesanía, manifestaciones artísticas, etc.; y la actividad cultural más usual en casi todas las asociaciones, la realización y degustación de comidas étnicas.

La otra gran actividad asociativa de carácter formativo, junto a la escuela complementaria y las manifestaciones de carácter étnico, es el aprendizaje de lenguas (valenciano, catalán, español, árabe) necesarias para el desenvolvimiento sociolaboral. De hecho han sido varios los dirigentes, que desde su formación o desde su conocimiento del árabe, han apoyado la creación de escuelas de padres o escuelas de adultos, donde entre otras cuestiones formativas se les ofrecía clases de lenguas o bien clases de alfabetización. Y en el discurso de casi todos los entrevistados hemos encontrado la necesidad del aprendizaje inicial del español como vehículo de comunicación, lográndolo bien a por su cuenta o a través de profesores particulares y, sobre todo, a través de iniciativas municipales o asociativas que les dieron la ocasión de dominar el idioma. Son varias las asociaciones, principalmente las subsaharianas, las que dedican parte de sus cuotas a financiar los estudios de sus asociados, significativamente el aprendizaje del español, llegando incluso a pagar el billete de tren para aquellos chicos que se encuentran en localidades próximas pero sin infraestructura asociativa o sin un número suficiente como para promover cursos de formación. También financian la finalización de estudios secundarios o formación profesional. Y como específicamente las mujeres han sido las grandes desfavorecidas en el proceso educativo, la adquisición de competencias que les permitan trabajar ha sido uno de los objetivos de las asociaciones femeninas.

Los hay que piensan que la educación complementaria o la educación necesaria, debe darse en las mezquitas y debe ser una educación religiosa a través del estudio del Islam. Aunque no sólo se trata de rezar, pues en las mezquitas también se han tratado actividades comunitarias, como reunir dinero para pagar el traslado del cadáver a su localidad de origen, si bien han sido siempre las asociaciones el espacio donde se dirimían casi todas las demandas y necesidades de los asociados, y donde se marcaban los objetivos comunitarios. A este fin han colaborado muchos de sus dirigentes, sobre todo cuando estos manifestaban vocación e inquietud social, con interés por los problemas que surgen en el proyecto migratorio, sobre todo si está preparado y ya cuenta con experiencia universitaria. En estos casos de dirigentes con experiencia asociativa o con experiencia o conocimientos sobre el mundo asociativo, son múltiples las actividades dirigidas a todos los miembros de la comunidad inmigrante, tanto de las asociaciones como de la comunidad de origen, a través de proyectos de codesarrollo. O dirigidas a todo el mundo como nos cuenta Mama Samateh (Gambia) que trabaja en mediación y ha construido una asociación contra la mutilación femenina, desde la que se ofrece información con el fin de luchar contra esta práctica.

No puedo cerrar este conjunto de actividades asociativas sin referirme a esas otras de las que se benefician básicamente los españoles, y que no son sino una fórmula muy extendida entre todas las asociaciones que buscan puntos de integración con la sociedad de acogida a través de las expresiones, no sólo de la lengua, cultura y folklore de los países de origen, sino también educativas y formativas por su intervención en los centros educativos donde crean el ambiente necesario para combatir la ignorancia y el racismo.

 

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En 2007 se publicó este trabajo en la editorial madrileña de Entinema. “Adolescentes, ocio y alcohol” es el producto de la investigación llevada a cabo desde el año 2004, a partir de la realidad incontestable de unas cifras que nos hablaban de altas prevalencias de consumo de alcohol, frecuente, continuado (indicador de fidelización) y elevado (indicador de borracheras), entre la población adolescente y joven. Este es el motivo principal que nos empujó a estudiar este fenómeno social, precisamente en una región (La Rioja) que hace de la producción del vino y el consumo de bebidas alcohólicas una de sus señas de identidad. El objetivo general de este proyecto de investigación fue analizar de forma específica y sistemática las pautas de consumo de alcohol entre los adolescentes, relacionadas con las convenciones sociales actuales sobre el consumo de alcohol, así como detectar posibles consumos problemáticos con vistas a poner en marcha una intervención de carácter preventivo hacia los mismos. La complejidad de este objetivo, hacía conveniente su desglose en una serie de objetivos específicos, que quedaron recogidos del siguiente modo:

  • Identificar las variables relevantes que influyen sobre el consumo de alcohol entre los adolescentes.
  • Realizar una caracterización de las diferentes pautas de consumo de alcohol entre los adolescentes.
  • Identificar las variables relevantes que influyen en los valores y actitudes sobre el consumo de alcohol entre los adolescentes y entre padres de adolescentes.
  • Conocer las convenciones sociales actuales sobre el consumo de alcohol entre los propios adolescentes y entre padres de adolescentes.
  • Identificar los componentes de riesgo en el consumo de alcohol entre adolescentes, en relación a las imágenes sociales.
  • Evaluar las distintas opciones preventivas y terapéuticas sobre el consumo/abuso de alcohol diseñadas e implementadas.
  • Poner en marcha, de forma inicial, una intervención preventiva ajustada a las necesidades identificadas.

Dar respuesta a los objetivos expuestos exigió de un esfuerzo continuado que, apriorísticamente, dividimos en tres fases, a desarrollar en tres años consecutivos. El primer año (2004) fue el dedicado al exámen documental y bibliográfico que culminó en la confección de una gran base de datos con más de 12.000 registros. A continuación, se diseñó y realizó una investigación exploratoria de carácter cualitativo, mediante el uso de técnicas de recogida de datos a través de entrevistas en profundidad y grupos de discusión con adolescentes, así como con padres de adolescentes. El segundo año (2005) fue el dedicado al diseño y realización de una investigación descriptiva (descripción del hecho del consumo de alcohol entre adolescentes y extracción de tipologías), y explicativa (mediante el análisis de factores que intervenían en las causas del consumo de alcohol entre los adolescentes), de carácter cuantitativo, es decir, mediante la formalización de encuestas personales, de carácter probabilístico y representativo. Ya el tercer año (2006), nuestro objetivo fue crear una tipología de adolescentes a partir de cuatro aspectos relacionados con las percepciones y valoraciones que éstos hacen sobre el consumo de alcohol. En concreto, las variables que integraban este eje fueron la opinión sobre el alcohol, efectos del consumo de alcohol, rechazo/aceptación hacia el consumo de alcohol y adjetivación de los consumidores de alcohol.

En cuanto al procedimiento que seguimos, éste conllevó la realización de tres análisis consecutivos:

  • Análisis Factorial (cuatro) de las variables con las que establecemos la clasificación.
  • Análisis Cluster con los factores resultantes del Análisis Factorial y,
  • Descripción de los tipos resultantes del Análisis Cluster a partir de su composición demográfica y de las diferencias relativas a los distintos posicionamientos según las actitudes hacia el consumo de alcohol.

Con posterioridad se diseñó y aplicó un programa de intervención para la prevención del consumo abusivo de alcohol entre los adolescentes, y se determinó su efectividad teniendo en cuenta (a) la existencia de cuatro grupos de adolescentes caracterizados (grupo de bebedores excesivos, grupo de bebedores moderados, grupo no bebedores y grupo de bebedores ocasionales), y (b) la necesidad de establecer una serie amplia de medidas para valorar los posibles cambios que pudieran haberse producido a raíz de la aplicación de dicho programa de prevención, que incluyeron datos sobre las salidas nocturnas, el consumo de alcohol, las motivaciones para el consumo, actitudes hacia el alcohol y hacia los adolescentes bebedores, o la valoración de los efectos del alcohol. Todo este trabajo no hubiera sido posible sin la participación amplia de expertos y profesionales que enmarcados en el grupo de investigación “enclavesocial”, lograron año tras año cumplir con los objetivos marcados. A ellos quiero referirme ahora, pues sin su concurso difícilmente podría haber realizado o cumplido las numerosas, laboriosas y exigentes tareas que todo proyecto de investigación conlleva. Formaron parte del equipo inicial las sociólogas/os Milagros Laspeñas García, Marta Muñoz Pinillos, Paz Zuloaga Rada y Luis Alberto Sanvicens y las psicólogas/os Mª Victoria Hernando Ibeas, Elisa Ruiz Domingo, Inés Alcalde y Francisco Cabello Luque, así como el doctor en Medicina, José María Urraca Fernández. Hubo incorporaciones puntuales como la psicóloga Carolina Medina (2005), y la también psicóloga, Anabella Martínez (2006). Además pude contar con cierto número de colaboradores que llevaron a cabo tareas de campo u otras que los miembros del equipo  determinaron a lo largo de estos años. Si bien todos los miembros del equipo han colaborado en la realización de los informes anuales, base material de la que se extraen los textos que componen los diferentes capítulos de este libro, quiero destacar ahora y agradecer su intensa dedicación a este proyecto, en concreto a los sociólogos Milagros Laspeñas y Luis Alberto Sanvicens y al psicólogo Francisco Cabello. A ellos se deben los textos dedicados a mostrar la metodología, las relaciones familiares y las motivaciones, creencias, actitudes y percepciones junto a una tipología de los adolescentes que aparecen en tres capítulos identificados, todo ello sin demérito de los demás miembros del equipo, aunque por su entrega y seguimiento, bien pueden considerarse estos últimos como los más vinculados a este producto final, que es el libro que nos ocupa.

Es un libro dividido en nueve partes que comienza con los métodos y técnicas de investigación seguidos en el abordaje de la realidad  adolescente, sigue con una reflexión sobre la construcción social de los adolescentes, continúa con el descubrimiento de las relaciones familiares y de amistad actuales, y su importancia en el desarrollo de la personalidad; así como la ocupación del tiempo, principalmente el de ocio. Otras partes están dedicadas a las salidas de marcha y el consumo de alcohol, haciendo especial incidencia en el fenómeno mediático del botellón. El último capítulo lo dedicamos a exponer detalladamente los principales motivos y percepciones considerados acerca del consumo de alcohol; así como una tipología de los adolescentes, construida alrededor de una serie de factores y variables que determinan los consumos de alcohol.   El libro finaliza con unas conclusiones relevantes acerca del ocio y consumo de alcohol entre los mismos. En su conjunto, este libro es producto de los datos obtenidos durante el periodo investigador y de trabajo de campo, que invitan a reflexionar y a considerar nuestras opiniones acerca de un periodo vital de las personas, que por su inestabilidad y su ímpetu, está llamado a ser decisivo en la configuración de la sociedad futura y las generaciones que la sostengan. Espero de corazón que su lectura sea provechosa.

A continuación reproduzco el capítulo VII dedicado al BOTELLÓN, pues ha sido uno de los temas más recurrentes de los últimos años merced a la publicidad que se le ha dado en los medios sin atender a las verdaderas causas que lo originan y lo mantienen. Espero que os guste.

El botellón como fenómeno social está definido como la reunión masiva de jóvenes de entre dieciséis y veinticuatro años, fundamentalmente en espacios abiertos de libre acceso, para combinar y beber la bebida que han adquirido previamente en comercios, escuchar música y hablar. Según Baigorri es un fenómeno global pues es posible encontrar el botellón desde Nueva Zelanda hasta los Estados Unidos, obviamente con denominaciones distintas pero con un nexo común que son sus manifestaciones públicas. No es un hábito de ocio juvenil porque la mayoría de los jóvenes no lo practican; eso sí, los que lo hacen lo practican con intensidad. Ya en nuestro país, señala Baigorri que el conflicto social desencadenado en torno al botellón constituye un ejemplo paradigmático de conflicto postmoderno, ya que se inscribe de lleno en el ámbito del consumo, que es el principal factor de agrupación y creación de identidades en la sociedad contemporánea. En el marco de la globalización, el botellón es una expresión que globaliza las tendencias de ocio nocturno, por cuanto el trinomio joven, noche y alcohol está presente en todas las pautas de ocio nocturno en las sociedades avanzadas.

El problema social del botellón radica en la presencia de menores de edad tomando grandes dosis de alcohol y otro tipo de drogas asociadas a esta práctica (cannabis principalmente), sobre todo en los pueblos donde hay más participación de adolescentes que de jóvenes adultos. En este sentido, los expertos en toxicomanías advierten del riesgo que corren los adolescentes, pues el consumo de alcohol hace de este la droga de mayor prevalencia, al  caracterizarse por una ingesta excesiva de bebidas de alta graduación en periodos pequeños con el fin de lograr embriagueces rápidas. Además, todavía no se puede prever qué consecuencias tendrá el abuso alcohólico en las generaciones que lo practican, pues la edad a la que se inician es cada vez más temprana.

El trinomio jóvenes-noche-alcohol al que aludía Baigorri como fuente de problemas sociales, tiene su correlato en una distinta percepción sobre el consumo de alcohol. Para unos (tanto jóvenes como adultos) se trata de un comportamiento humano inmutable de carácter tradicional y equivalente a un derecho natural, mientras que para otros (exclusivamente adultos) se han producido cambios y ahora predominan comportamientos asociales que reflejan una cierta falta de educación y, por tanto, una crisis en la transmisión y reproducción de valores y normas sociales. Esta diferente percepción acerca del consumo de alcohol ha promovido una cierta ambigüedad en la valoración social del fenómeno del botellón. Para unos es una expresión de libertad que se enmarca en una tradición cultural, mientras que para otros es una forma de expresión de la falta de valores ciudadanos reflejada en actos gamberros propios de una mala educación, aunque los dos tipos de valoración se funden o confunden según el contexto en el que se expresan, pues ambos participan del pensamiento colectivo adulto, o dicho de otro modo, participan de lo considerado mundo de los adultos.

Por su parte los adolescentes beben porque han aprendido que beber forma parte de la diversión y de la noche, a través de sus familias y de todos los productos culturales con que la sociedad les transmite los valores en los que se socializan. La salida nocturna responde a un protocolo cultural claramente prescrito y pautado, también heredado, como el consumo de alcohol entre los adultos. Salir de marcha está vinculado a representaciones de encuentro y posibilidades de establecer distintos vínculos con los pares, a quienes seguramente encontrarán en la calle, en las plazas o en los bares y discotecas. A los adolescentes les produce placer ver mucha gente, ver que todos están ahí, notar que salen todos y que esa es una costumbre que les pertenece y les marca. Entre los adolescentes, el protocolo de salidas nocturnas está más intensamente aplicado porque la noche, especialmente cuando está acompañada de alcohol o de otras drogas, favorece la desinhibición y, por tanto, la tarea que les ha sido encomendada tras la Revolución Industrial: la de buscar ellos/as mismos/as la pareja con la que formar la unidad familiar y contribuir a la transmisión de los genes familiares y, por ende, a la supervivencia de la especie.

Pero si el consumo de alcohol forma parte de un protocolo cultural destinado a la supervivencia de la especie como fin último, también es cierto que esa realidad social y cultural está determinada por una serie de factores, señalados en numerosos estudios:

–      La existencia de periodos de fuerte desarrollo y apertura al exterior, acompañados de bonanza económica.

–      El retraso en el abandono del hogar familiar, lo que lleva a vivir una vida muelle, que no exige de trabajo ni responsabilidades domésticas, y por lo tanto deja más tiempo libre a los jóvenes, y además durante más tiempo de su trayectoria vital.

–      El retraso de la entrada en el mercado laboral, en épocas recesivas por las dificultades de acceso al trabajo, pero sobre todo por la universalización y obligatoriedad de la enseñanza secundaria, y el abaratamiento y generalización de los estudios universitarios.

–      Los cambios de mentalidad por la influencia de los medios de comunicación de masas.

–      Las innovaciones tecnológicas y la introducción de herramientas, como Internet, que rompen las barreras espacio-temporales al virtualizar tiempo y espacio.

–      Las bajas tasas de matrimonio y fecundidad. Al retrasarse la edad de formar una familia, las parejas jóvenes tienen más tiempo para su disfrute personal sin obligaciones familiares.

–      La conversión de los centros comerciales en sustitutos de las iglesias como foros. Los hipermercados se manifiestan como nuevas catedrales, a las que la gente acude a pasar el tiempo rindiendo culto al consumo, y encontrarse con otras gentes con las que practicar la penitencia de la interacción social.

Otras causas sociales que conforman este fenómeno son el crecimiento de las multinacionales del alcohol, la economía especulativa que ha hecho que se disparen los precios de los bares por la noche, la tradición de beber en la calle y las grandes superficies comerciales que son cómplices del fenómeno del botellón pues son las primeras en lucrarse con la práctica del mismo. Finalmente las sociedades de veinticuatro horas que han desestructurado el día y la noche pues en la práctica del ocio se siguen sin solución de continuidad.

Sobre el conjunto de causas conviene resaltar el hecho de que las personas sigan considerándose jóvenes hasta pasados los treinta y muchos años, sin responsabilidades familiares y con dinero, pues este es un aspecto novedoso en la configuración del fenómeno del botellón, considerado siempre como un fenómeno propio del mundo adolescente y joven y no del mundo adulto. Si los jóvenes lo son hasta muy avanzada la edad, la considerada como propia del mundo adulto, la población que se encuentra aceptada en el fenómeno del botellón crece numéricamente, conformando socialmente los valores permisivos sobre la ingesta de alcohol en el espacio público. Nunca hasta este siglo las expectativas de vida habían crecido tanto, estirando hasta los límites que el desarrollo económico permite la configuración de las identidades generacionales.

El fenómeno del botellón tiene diversas características que le acompañan y definen. En general se podría definir como una reunión de grupos de adolescentes y jóvenes que beben, charlan, escuchan música, bailan, o llevan a cabo cualquier otra actividad en espacios públicos y abiertos.  Un periodista que ha conocido la realidad madrileña del botellón señala además una serie de particularidades o características que lo enmarcan. La más llamativa el enorme éxito de convocatoria que tiene esta actividad. Tal afluencia de personal en la vía pública, bien pertrechado de bebidas de diversa graduación alcohólica y muchas ganas de marcha, diríase que es lo más parecido que hay a las fiestas patronales de cualquier pueblo o barrio, y, en efecto, así es. El botellón es una fiesta popular, un espacio absolutamente lúdico en el que sus participantes solo buscan pasárselo bien, ajenos a las rutinas cotidianas y a los condicionamientos sociales. Sin embargo, a diferencia de las fiestas verbeneras, el botellón es restringido y reiterativo. Restringido porque en él solo participa un tipo de gente: los jóvenes. Reiterativo porque no se produce con ocasión de una fecha señalada en el santoral religioso o pagano, sino que sucede todos los fines de semana, las vísperas de fiestas y, en general, durante los periodos vacacionales de la muchachada. Otra de sus características fundamentales es la nocturnidad, siendo la puesta y salida del sol los marcadores del principio y fin de la fiesta. Además, prosigue Aguilera, como cualquier comportamiento grupal, el botellón tiene sus rituales y los jóvenes los cumplen sin planteárselo, simplemente porque es así. No hay manuales sobre el particular ni reglas estrictas, pero sí una línea común de comportamiento. La secuencia sería: primero la cita entre las pandillas de amigos los día previos al fin de semana, que se realiza en colegios, institutos, facultades o vía Internet; segundo el aprovisionamiento mediante la compra en los comercios próximos al lugar donde se va a realizar y que se costea mediante un fondo común de dinero; tercero la ubicación o elección del lugar propicio; y cuarto las actividades que no se acaban en la ingesta de alcohol y la charla, sino que se extienden a los juegos de habilidad de todo tipo. Además habría que sumar la finalización del botellón que también constituye rutinas que desarrollan a través de rutas habituales y horarios de regreso a casa. Son rutas que utilizan masivamente los adolescentes dependiendo del lugar que parten (espacios del botellón), del día de la semana, del horario establecido de regreso a casa y del tipo de participantes en tales eventos. Y es que lo más frecuente es encontrar en los espacios botelloneros, jóvenes de amplias clases medias, estudiantes de instituto o de facultad que viven en la casa familiar, que no crean grandes conflictos en su entorno inmediato, chicos que tienen inquietudes culturales aunque éstas sean mínimas. En este sentido Aguilera dice que  beber con una cierta alegría y en la calle no es nada nuevo, algo con lo que muchos de nosotros estaríamos de acuerdo. La tradición habría tenido mucho que ver con el fenómeno botellón y los jóvenes no habrían hecho nada más que inventar una nueva modalidad para un rito antiguo.

En esta misma línea, Baigorri mantiene que se bebe porque lo impone el modelo cultural global dominante. Los jóvenes beben porque han aprendido que beber forma parte de la diversión y de la noche a través de sus familias y de todos los productos culturales con que la sociedad les transmite los valores en los que se socializan. Modelos culturales, modelos familiares y modelos sociales impelen a beber en las calles y espacios públicos a las cuadrillas de adolescentes que, sin embargo, se pueden distinguir entre ellas por la edad de sus participantes, pues la edad es el marcador temporal que separa a los miembros de un grupo identificándolos en su conjunto. Tan sólo los que se encuentran en ese tiempo liminal que supone estar a las puertas de la mayoría de edad, los portadores de dieciséis y diecisiete años, son capaces de adentrarse en uno y otro grupo, de familiarizarse con los usos de unos y otros y ocupar los espacios que se suponen de quienes lideran el grupo de menores y que igualmente se destina a quienes todavía no ejercen sino de aprendices del grupo de mayores. Por medio, el control de los padres y adultos a través de la figura policial. Los agentes de policía local sólo pueden hacer recomendaciones, obligar a los jóvenes a que recojan las botellas y plásticos y evitar que destruyan el mobiliario o causen daños en los puntos habituales de botellón. Y también identificar a los practicantes de esta modalidad lúdica para comprobar si son menores de edad, en cuyo caso sí pueden tomar medidas. En esto del consumo de alcohol en cuadrilla, se observa de manera meridiana que hay diferencias según las edades. Así, aquellos que se inician en la adolescencia ni siquiera lo han visto o han oído hablar de él, y tan sólo conocen sus resultados; incluso manifiestan un cierto rechazo hacia las consecuencias de un consumo descontrolado en zonas verdes.

En 2005 la media estatal de edad de inicio de los adolescentes en el consumo en grupo de alcohol era de trece años y el porcentaje de adolescentes que se reunían para beber de esta forma se situaba en el 20,4% de los jóvenes de entre catorce y dieciséis años. Nosotros hemos observado que en La Rioja los más jóvenes incluso eran contrarios al botellón, bien porque no les gustaba o bien porque no lo entendían, aunque en la última encuesta (2004) sobre consumo de sustancias adictivas, el 2,6% de los adolescentes riojanos de entre doce y dieciséis años reconoció que se había emborrachado en el último mes. Un porcentaje nada relevante (aunque preocupante dada la edad a la que se experimenta la borrachera), indicador de que quienes se inician en la adolescencia manifiestan disgusto o rechazo por este fenómeno del botellón. Ciertamente, conforme avanza la edad, la curiosidad y la imitación de los más adultos puede ser el desencadenante de un fenómeno que poco a poco se va trivializando entre los jóvenes consumidores.

El botellón no sólo se extiende entre los adolescentes de menos edad por imitación de los más adultos, de los mayores, sino también por la escasa oferta de ocio nocturno que, además, se encuentra limitada por las fuertes restricciones horarias marcadas por los padres y por las prohibiciones a menores para entrar en bares y discotecas donde acceder a la oferta de bebidas alcohólicas. Si tuviéramos que situar el comienzo de la actividad botellonera, el momento más ajustado para realizar el botellón sería el atardecer, al caer las últimas horas del día. Es el momento de preparar la noche, cuando las alternativas al botellón sólo se encuentran en las zonas de diversión y consumo de alcohol de la ciudad. El dilema es que no siempre la salida a la ciudad está al alcance de todo el grupo o compañía de amigos. Por si esto no fuera un obstáculo, la edad es otro impedimento para prolongar la salida nocturna. Los más adolescentes tienen horarios de regreso temprano (salvo los sábados) y las discotecas sin alcohol son de horario diurno, todo lo cual configura un elemento contrario al concepto de diversión y la salida de marcha, como es el horario nocturno.  Pero si el tiempo de ocio y su disfrute están relacionados con la noche, no ocurre aleatoriamente cualquier día de la semana, sino exclusivamente los fines de semana (salvo días especiales). El alargamiento del tiempo libre o de fin de semana no es una prerrogativa de los adolescentes o de los estudiantes, sino que es una conquista de los trabajadores y una respuesta a los actuales modelos de producción y consumo que han llevado a organizar el periodo laboral semanal en torno a las treinta y cinco a cuarenta horas, destinando los fines de semana al tiempo de ocio, y porqué no, también al consumo de ese ocio. Ahora bien, los adolescentes, al igual que otros grupos generacionales, distinguen los viernes, de los sábados y domingos en la organización de sus actividades de ocio y en la materialización de sus tiempos de diversión, dando una preponderancia superior a la noche del sábado, sobre el resto de los días y las horas del fin de semana. Como los días laborables, también los fines de semana se organizan en torno a rutinas de horarios y lugares de diversión. En general, los adolescentes quedan a media tarde para la organización de la noche; con posterioridad proceden a la compra de bebidas. El horario de cita para la reunión en los lugares y espacios de botellón suele oscilar entre las siete de la tarde y las nueve o diez de la noche. Con anterioridad, el aburrimiento es la nota predominante de todos los adolescentes que esperan con ansia la hora de esa cita, de esa reunión con la cuadrilla de amigos.

Lo cierto es que se cumplen los imperativos de la tradición cultural y entre las familias cuando se anima desde muy corta edad a participar del ritual de beber en compañía, bien en espacios públicos cerrados o bien en la calle, y con motivo de cualquier ocasión especial, social o festiva. Sin embargo, el botellón es un ritual de exclusividad adolescente y joven, dado que muchas veces son menores de edad quienes se encuentran con problemas para el consumo en locales públicos (salvo con ocasión de festividades o celebraciones sociales y familiares, donde el consumo de menores se hace más permisivo e incluso alentado), y por supuesto con problemas a la hora de adquirir o comprar los licores con los que elaborar combinados en botellones de dos litros de refresco. Problemas de compra que los adolescentes resuelven de diversas maneras, desde hacerse con la colaboración de adultos, pasando por la utilización de comercios que no presentan dificultades, hasta delegar en aquellos adolescentes cuyo aspecto impone una imagen de persona mayor. De esta manera o bien de cualquier otra, los adolescentes menores de edad se hacen con bebidas de alta graduación, pues las dificultades de acceso por impedimentos legales son relativamente fáciles de superar gracias al empeño y la imaginación que despliegan. Por otra parte, una respuesta que aparece tanto en los cuestionarios de encuesta como en las entrevistas y en los grupos de discusión, acerca de porqué se hace botellón, tiene mucho que ver con el precio de las bebidas que fijan los establecimientos de bares y hostelería, y que para los adolescentes se encuentra totalmente alejado de su realidad económica que viene marcada por los ingresos semanales. Por eso, la respuesta indicada, es que no siempre se puede consumir alcohol de otro modo que no sea a través del botellón. Los adolescentes argumentan que se hace botellón porque su economía de bolsillo no da para muchos estipendios alcohólicos en bares, tampoco para adquirir bebidas de grandes marcas, más bien buscan que el combinado resultante mantenga un sabor aceptable y cumpla su función alcohólica. Para muchos adolescentes, la base de las mezclas es el vino (“kalimotxo”), que se combina en contenedores que van desde la botella hasta la garrafa, y de ahí el nominativo de botellón o garrafón. Pero no todo es adquisición de bebidas alcohólicas, pues una vez realizada la compra o incluso antes de la compra de licores y otras bebidas, se procede a cenar y llenar el estómago con el fin de evitar la borrachera de estómago vacío, algo que parece haber experimentado buen número de adolescentes cuando hablan de ir cenado a los botellones. No son por tanto cenas de restaurante, sino más bien snaks, frutos secos, chucherías, bocadillos, hamburguesas y pizzas los elementos indispensables para sostener una ingesta abusiva y a veces rápida de alcohol. Esporádicamente formalizan cenas a base de pinchos, pero las cenas con la cuadrilla o la pareja en locales de restauración son más un asunto de jóvenes que de adolescentes. Quizás, una cuestión de recursos económicos.

Como todos los adolescentes pertenecientes a una misma cuadrilla suelen conocer los lugares de cita y reunión. Poco a poco, dependiendo de las directrices y demandas familiares, van apareciendo en esos lugares, continuando el ritual del botellón (beber, charlar, jugar, reír), hasta la medianoche o primeras horas de la madrugada, momento en el que de la misma manera que fueron reuniéndose todos los miembros del grupo, van marchándose a otras zonas de diversión. Las calles que han pasado a denominarse la zona son aquellas que disponen de multitud de locales, bares y discobares, y que se sitúan en torno al eje de la calle Chile de Logroño. Otra zona post-botellón está constituida principalmente por la calle Mayor, la plaza del Mercado, el Laurel y Bretón de los Herreros, todas ellas en el casco antiguo de la ciudad. También en el casco antiguo se sitúan las discotecas o centros de atracción para la marcha de última hora, es decir, de cierre del sábado, en torno a las cuatro o las cinco de la madrugada, momento en que deciden regresar a sus domicilios. Pero si estas son las rutinas de los adolescentes que viven en la capital, el momento de quienes provienen de alguno de los pueblos del área próxima a Logroño, es tras la cena, aunque para ellos el botellón es más propio de temporada estival, cuando se visitan los parques de cualquier localidad con la seguridad de que allí se encuentran otros grupos de bebedores, dejando para el invierno el refugio de los bares. En Calahorra, segunda ciudad en importancia poblacional de La Rioja, los adolescentes utilizan locales, bajeras y chamizos para hacer el botellón y, como en otras localidades, también los sábados al anochecer (sobre las diez horas), comenzando una ruta posterior o Ronda por los bares y pubs del casco antiguo, hacia las doce de la noche o una de la madrugada. En cualquier caso, el botellón parece no tener carta de naturaleza en los pueblos, donde se practica sólo a instancias de los tiempos de fiestas y no como un ritual semanal. Así parece desprenderse del relato de estos jóvenes. Sea en la capital o sea en otras localidades y tal como ocurre con cualquier actividad, también el botellón tiene su final y éste, a su vez, marca el comienzo de la diversión, de otro momento de diversión que se caracteriza a su vez por otras actividades, las que suponen salir de marcha un fin de semana. Y como toda actividad necesita un espacio donde realizarla, también la diversión post-botellón tiene el suyo. En este sentido, ir a las discotecas o ir a las zonas de marcha (alcohol, música y baile) son espacios que siguen al botellón. A estas zonas van después del consumo de botellones, momento que aprovechan para hacer sus rondas por las zonas de bares y disco bares sin necesidad de consumir en su interior. Como las cuadrillas se diferencian en ciertas ocasiones según el sexo, los lugares de marcha no siempre coinciden. Esto ocurre a propósito de las discotecas, que se delimitan en función de los intereses de los grupos, claro está, siempre que no haya intención de pasar el tiempo de ocio nocturno en grupos mixtos de chicos y chicas.

Volver a casa sigue creando conflictos entre padres y aquellos hijos que aún siguen sometidos al control familiar, especialmente en lo referido a la hora de regreso tras la salida nocturna, y en la necesidad de dar explicaciones si el retraso ha sido importante. La hora de regreso es algo que depende de la confianza, la madurez, los lugares frecuentados y las compañías entre otras variables. Existen opiniones muy marcadas respecto al tema. Por un lado, hay padres que consideran fundamental la imposición de una hora. Estos, en su afán de protección al fijar una hora de regreso, quieren lograr una mayor seguridad para sus hijos. Por otra parte se encuentra la opinión de aquellos padres que consideran que es innecesaria la hora de regreso a casa. Esta opción aboga por la confianza en la madurez y la responsabilidad de los hijos. Sin embargo, parece que hay consenso en que una hora de regreso resulta recomendable para evitar los factores externos que los hijos, todavía a ciertas edades no son capaces de controlar. La hora de regreso a casa debe ser fruto de un diálogo abierto y comunicativo y debería estar abierta a situaciones como la llamada telefónica de un hijo anunciando el regreso a casa a una hora más tarde de la prevista porque se lo está pasando bien. Esta fórmula hay que tomarla como un síntoma de madurez de los hijos al mismo tiempo que de respeto por las normas familiares. También es conveniente tratar todos los aspectos que atañen a la salida de marcha, como los lugares que se pretenden frecuentar, los amigos con los que van a salir, la hora a la que quieren salir y volver, pues una vez llegado el momento resulta más complicado tratar de razonar con los hijos los motivos por los que se quiere fijar una hora en concreto. Esta negociación entre padres e hijos para decidir la hora de regreso a casa es habitual, tal y como se desprende de los grupos de discusión con padres de adolescentes y con adolescentes. En general, los padres entrevistados no dan tanta importancia a la hora de llegada, preocupándoles mucho más las condiciones en que llegan sus hijos a casa, así como el medio de transporte utilizado por miedo a que les pueda ocurrir algo. Pero veamos en cifras y porcentajes los datos referidos a la hora de regreso. Sabemos que más del 60% de los adolescentes riojanos tienen hora de regreso a casa los fines de semana, aunque si discriminamos en función del género, son el 58,9% de los chicos y el 62,7% de las chicas quienes tienen convenida con los padres una hora de regreso. Y si el género es sujeto de diferencias, la edad también condiciona la hora de regreso a casa. A medida que aumenta la edad, disminuye el porcentaje de adolescentes que tienen hora de regreso para volver a casa los fines de semana, suponiendo a partir de los dieciocho años que sólo el 30% o el 20% de los adolescentes declaren tener acordada una determinada hora de regreso:

Existencia de hora de regreso el fin de semana por edad
Edad 12 13 14 15 16 17 18 19
% % % % % % % %
100,0 89,5 93,5 90,0 74,5 58,8 28,3 20,0
No 0,0 10,5 6,5 10,0 25,5 41,2 71,7 80,0
100,0 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0

En cuanto a las diferencias según la ocupación principal, hemos encontrado que de los adolescentes que estudian, el 64,5% tienen hora de regreso, lo cual supone una proporción que casi duplica la de los adolescentes que trabajan (38,6 %).  En este caso ambas variables son dependientes, aunque hay que tener en cuenta que ésta dependencia si va muy relacionada con la edad es porque los adolescentes que trabajan necesariamente tienen más de dieciséis años. Los días considerados especiales, las cifras respecto a los fines de semana se invierten, y  son poco más del 40% de los adolescentes quienes dicen tener hora de regreso a casa, aunque siguiendo la estela de los datos anteriores en cuanto a las diferencias de género, el 37,3% de los chicos y el 43,7% de las chicas dicen tener convenida dicha hora de regreso.

Existencia de hora de regreso un día especial por edad
12 13 14 15 16 17 18 19
% % % % % % % %
86,7 66,7 75,0 73,2 60,8 17,7 6,7 4,4
No 13,3 33,3 25,0 26,8 39,2 82,4 93,3 95,6
100,0 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0

Y del mismo modo que vimos al analizar la existencia de hora de regreso los fines de semana, también en esta ocasión podemos decir que la edad condiciona tener hora de regreso incluso un día especial, pues existe dependencia entre ambas variables. De hecho observamos que a medida que aumenta la edad disminuye el porcentaje de adolescentes que tienen hora de regreso para volver a casa los fines de semana. O dicho de otra manera, el porcentaje de adolescentes que tienen hora de regreso los días especiales, disminuye frente a los que tienen horario de regreso un fin de semana en cada tramo de edad. El grado de cumplimiento de la hora de regreso “siempre” o “a menudo” es de ocho de cada diez adolescentes, de los cuáles se derivan diferencias de género, pues las chicas cumplen la hora de regreso a casa en mayor porcentaje que los chicos. En el extremo opuesto, un porcentaje muy bajo de chicas (3,9%), rara vez o nunca cumplen la hora de regreso, frente a un porcentaje superior de chicos (14,2%).

Cumplimiento de la hora de regreso por sexo
Chico Chica
% %
Siempre 46,93 52,94
A menudo 30,61 35,29
A veces sí- a veces no 8,16 7,84
Rara vez 12,24 2,94
Nunca 2,04 0,98

Y son los adolescentes de más edad (19 años), quienes cumplen en menor medida la hora de regreso a casa; en concreto son un 33,33% los que “raras veces” o “nunca” cumplen el horario de regreso a casa, frente al 6,7% o el 4,5% de los adolescentes más jóvenes (12 y 13 años). Es decir, conforme aumenta la edad de los adolescentes y, sobre todo, cuando estos adquieren la mayoría de edad que marca la ley, desoyen las normas familiares sobre horarios de regreso a casa y cumplimiento de los mismos, posiblemente como una manifestación de independencia adolescente frente a la dependencia existente desde la niñez. En cuanto a la hora de regreso los fines de semana, y aunque nos encontramos con valores muy dispersos y no se puede tomar la media como representativa, se sitúa ésta como media a las cinco cincuenta y cinco de la madrugada, hora además muy cercana a la moda, es decir, las seis de la madrugada.

Hora de regreso los fines de semana por edad
Horario % De 12 a 14 años % De 15 a 17 % De 18 a 19
De las 10 a las 12.45 1.8 0.8 0
De la una de la madrugada a las 4.45 94.7 39.2 6.5
De las 5 de la mañana a las 7.30 3.5 48.3 55.4
De las 8 de la mañana en adelante 0 11.7 38.0
100 100 100

Existe una dependencia muy fuerte entre las variables “hora de regreso los fines de semana” y “edad”. Es raro que los más jóvenes lleguen más tarde de las cinco de la madrugada, mientras que más de la mitad de los de 15 a 17 años y más del 90% de los de 18 a 19 años llegan a partir de las cinco de la madrugada. Por sexo apenas hay diferencias, sin embargo, por ocupación de nuevo apreciamos una dependencia entre variables, pues los estudiantes llegan a horas más tempranas de la noche que los trabajadores, aunque aquí interviene también el factor edad (sólo se trabaja a partir de los dieciséis años):

Hora de regreso los fines de semana por ocupación
Horario % estudiante % trabajador
De las 10 a las 12.45 0.9 0
De la una de la madrugada a las 4.45 43.5 16.2
De las 5 de la mañana a las 7.30 40.5 45.9
De las 8 de la mañana en adelante 15.1 37.8
100 100

Cuando les preguntamos por la hora de regreso un día especial, vimos que ésta se alargaba una hora como media con respecto a la de los fines de semana, convirtiéndose casi en las siete de la madrugada. Al igual que los fines de semana, la hora de regreso los días especiales depende en gran medida de la edad de los adolescentes.

Hora de regreso los días especiales por edad
Horario % De 12 a 14 años % De 15 a 17 % De 18 a 19
De las 10 a las 12.45 19.7 0 0
De la una de la madrugada a las 4.45 53.5 36.7 8.1
De las 5 de la mañana a las 7.30 14.1 35.3 41.4
De las 8 de la mañana en adelante 12.7 28.1 50.5
100 100 100

De este modo, el regreso a casa tanto los fines de semana como los días especiales, se produce más allá de las cuatro y las cinco de la madrugada, y las variables que intervienen para diferenciar el comportamiento de los adolescentes son la edad y la ocupación. A más edad y actividad laboral se corresponden comportamientos ajenos o contrarios a la norma familiar, caso de que existiera. Es como si la rebeldía frente a la dependencia familiar sólo pudiera expresarse a través de la libertad de horarios para volver a casa tras las salidas nocturnas de los fines de semana o de los días especiales.

La ocupación del tiempo libre, especialmente durante los fines de semana, va ligada íntimamente a la ocupación de un espacio. Tal y como afirma Martín Serrano, actualmente las demandas específicamente juveniles, en cuanto al disfrute de sus horas de libre disposición, tienen que ver con la necesidad de disponer de sitios propios. Las actividades que llevan a cabo durante el fin de semana los grupos de jóvenes se caracterizan por su nuevo localismo. Precisamente uno de los rasgos más distintivos de las nuevas generaciones, es esa identificación que establecen con “su” pueblo, con “su” barrio; allí donde viven y allí donde desarrollan sus relaciones. La ocupación colectiva de ese locus, que perciben geográficamente como próximo y emocionalmente como propio, tiene una importancia simbólica para los grupos juveniles que no debería de pasar desapercibida. Porque esa apreciación de un espacio público, responde a la necesidad de hacerse un sitio. Tener donde poder estar con los pares, es la condición necesaria para la producción y la reproducción del propio grupo. Y también para desarrollar las actividades afectivas, lúdicas y formativas que el grupo de pares satisface. La ocupación gregaria juvenil de los espacios que perciben geográficamente como cercanos y emocionalmente como propios, tiene una gran importancia simbólica. Esa apropiación de un espacio público y el disfrute del privado en grupo responden a la necesidad de hacerse un sitio, un lugar en el espacio social. Por esto se utilizan con frecuencia los espacios públicos urbanos, los parques y jardines, y las calles y bancos que acogen sus reuniones gregarias. A medida que avanza la edad de los adolescentes se va a dar una importancia creciente a los espacios donde consiguen mayor independencia, prefiriendo los espacios públicos para encontrarse con las amistades. Sus actividades de tiempo libre se dirigen principalmente al ocio nocturno de fin de semana, tanto en el ámbito público (gran oferta de bares y discotecas, parques y jardines), como en el privado con la proliferación de chamizos o cuartos, muy común en las zonas rurales y cada vez más habitual en las ciudades. No obstante todas estas opciones de ocupación de espacio público, serán los parques y jardines el modelo de espacio más utilizado en el desarrollo de la actividad que los jóvenes llaman botellón. En estas ocasiones se reúnen los amigos para beber y relacionarse con otras cuadrillas de adolescentes, y en el caso de la ciudad de Logroño las inmediaciones del parque del Ebro, parque de La laguna, Gallarza, zona de la Ribera, plaza de España y diversos aparcamientos del casco urbano, aunque el parque de San Miguel es el lugar por excelencia que, compartido en menor medida con otras zonas verdes de la ciudad, ha logrado erigirse en lugar de peregrinación incluso para los que no disponen de botellón. Cualquier parque o zona verde son espacios que permiten el disfrute del tiempo de ocio en compañía de los iguales, los de la misma generación, y son permisibles porque no colisionan directamente con otras generaciones, principalmente las de los adultos que son los que en definitiva colapsan los espacios públicos sin posibilidad de compartirlos con los de otras generaciones, que bien por su edad o bien por su capacidad económica no pueden acceder a los mismos. La organización adolescente en cuadrillas permite el intercambio de sus miembros y la posibilidad del encuentro, aspecto que se realiza siempre en lugares determinados, principalmente por la actividad del botellón. La utilización del espacio público para la formalización de encuentros a través de la actividad botellonera entre los miembros de las cuadrillas de adolescentes, forma parte de un ritual significante de pertenencia a las mismas. Dentro de este ritual botellonero, un rasgo definitorio es la costumbre de sentarse en el suelo (o en el respaldo de los bancos) como manera de reafirmar la diferencia. Es algo que hacen los adolescentes y jóvenes pero no los adultos. Es también una forma de delimitar el espacio público de aprovechamiento adolescente para diferenciar a las cuadrillas y grupos de amigos entre sí, de modo que todos conozcan su lugar y el lugar que ocupan en ese espacio imaginario de la jerarquía adolescente.

Otro rasgo que ya han advertido otros observadores es que la reunión forma de manera natural un círculo u otra fórmula geométrica, como un formato ideal no solo para el aprovisionamiento alcohólico, sino para verse las caras y propiciar la interacción entre todos. Los adolescentes que hacen botellón delimitan su territorio a partir de la ocupación de bancos que asumen de su propiedad, es decir, que asumen como de titularidad del grupo o cuadrilla a la que se pertenece y desde la que se entabla relación con los otros bancos, con las otras cuadrillas a las que se reconoce igual titularidad. El mobiliario urbano de los bancos constituye en este sentido el espacio territorial de los grupos de amigos. Los bancos son el punto de cita para todos los miembros integrantes de una cuadrilla de amigos y la relación con otras cuadrillas se establece a nivel de espacios ocupados por bancos. Y es que si bien los parques son públicos y, por tanto, pueden ser atravesados y ocupados por cualquier persona, son los bancos quienes constituyen lugares estanciales de uso exclusivo para las cuadrillas y para los grupos de amigos que han tomado e identificado simbólicamente como propio el territorio delimitado por el banco o los bancos. En el medio rural el uso de chamizos o cuartos por los adolescentes es muy frecuente aunque en el medio urbano también comienza a ser habitual esta práctica. Los adolescentes de menor edad no suelen disponer de este tipo de locales pues son locales cerrados que escapan al control de los padres y adultos, donde pueden realizar las actividades que ellos quieran sin vigilancia alguna y sin restricciones impuestas por factores externos. Pese a ello, las actividades que realizan no son esencialmente de índole ilegal si no que se resumen básicamente en oír música, bailar, hablar, ver alguna película, jugar a la vídeo consola, a juegos de mesa, etc. Los chamizos, en muchos casos disponen de sofá, televisión, juegos de mesa, nevera para guardar bebidas, equipo de música, pero sobre todo, y esto sí es relevante, se utilizan para el consumo de alcohol y otro tipo de sustancias con la seguridad que les da hacerlo entre los “suyos”. Aunque no todos llevan a cabo la actividad del botellón en chamizos, lonjas y locales sólo en ocasión de fiestas locales, sino que también realizan sistemáticamente el botellón semanal del mismo modo que las cuadrillas que utilizan los fines de semana los parques urbanos. El uso de chamizos, lonjas y bajeras acondicionadas para baile y esparcimiento de adolescentes, pero también para el botellón, además de hurtar a la mirada de los adultos las actividades que se realizan en su interior, es que se mantienen todo el año, pues el botellón al aire libre y sometido a las inclemencias del tiempo metereológico no es posible sostenerlo siempre. En cuanto a los espacios para las salidas de marcha, la gama es muy amplia, pues va desde espacios públicos como parques, jardines, calles y zonas de bares (sobre todo durante la adolescencia) a privados como bares y discotecas. Pero en estos casos, no cualquier establecimiento vale, han de ser del tipo en el que se pueda satisfacer dos de los ingredientes básicos en estas salidas: beber y bailar.

La ciudad actual es una ciudad atravesada e inhóspita. Ha dejado de ser un espacio para el encuentro y la convivencia para convertirse en un gran espacio atomizado y compartimentado donde los ciudadanos se recogen hacia dentro, hacia sus domicilios, dejando la calle transformada en un espacio para el transporte entre esas unidades aisladas y sustancialmente remotas, pero no como un espacio estancial que facilita las relaciones entre los ciudadanos sin concesiones por razón de sexo, edad o clase social. El espacio nunca está inerte sino que está activo en la constitución de las relaciones sociales. La organización espacial de las calles y los edificios produce un impacto en los movimientos de los cuerpos y organiza el flujo de las masas hacia ciertos tipos de actividades y relaciones. Hoy día las calles, los parques y cualquier espacio público están siendo ocupados por personas motorizadas que poco a poco demandan más espacio para sus vehículos dificultando, cuando no impidiendo, que las calles sean lugares estanciales, convirtiéndolas en lugares para ser cruzados, atravesados, recorridos pero nunca ocupados. Por otra parte, los espacios públicos que no son objeto de ocupación de vehículos o de personas motorizadas, han entrado en la mecánica del juego de la competencia por su uso y disfrute. Son espacios y estancias cada vez más escasas y en esa competencia, semejante al modelo capitalista de producción y consumo, son los más débiles, es decir, las personas con menor capacidad de decisión económica quienes  han perdido toda oportunidad de establecer la convivencia social en la lucha por los escasos, pequeños y artificiosos lugares y espacios públicos. En este sentido, viejos, niños y adolescentes se encuentran excluidos del espacio público, salvo que sean ellos mismos personas motorizadas o con capacidad económica para serlo. La convivencia entre generaciones, lo mismo que entre clases sociales, está rota por la distinta capacidad económica para ocupar los espacios públicos. Quienes son dependientes de los grupos económicamente activos (principalmente los tres que hemos nombrado: niños, viejos y adolescentes) no tienen acceso al espacio público salvo concesiones de quienes detentan el poder que les otorga su capacidad productiva y su dominio del territorio. En esta atmósfera ciudadana protagonizada por personas fuertes y débiles, de personas y grupos independientes y dependientes, donde el espacio para el encuentro, la estancia y la convivencia entre todos se ha roto o es inexistente, es normal que surjan desde los más débiles o desde los más oprimidos movimientos de resistencia. Una resistencia que surgió con la ocupación simbólica y luego precisa y real de determinados espacios urbanos, que primero fueron abandonados por los grupos ciudadanos con poder y posteriormente fueron ocupados por grupos ciudadanos débiles. Esto ha ocurrido principalmente con las calles y plazas de los cascos antiguos, donde grupos de adolescentes y jóvenes ocupan sin concesiones aceras, calles y plazas, expulsando a quienes otrora fueron sus principales ocupantes.

Una consecuencia radical de esta pugna por la ocupación del espacio público es la convocatoria a través de foros de Internet, por e-mail y móvil, de jóvenes y adolescentes, que el pasado mes de marzo se congregaron en al menos veinte ciudades españolas, con el fin de celebrar “macrobotellones” y concursar sobre en cual se reunía más gente y/o se bebía más. Fue una provocación a los Consistorios y sus regulaciones sobre ocupación del espacio público o sobre las alternativas de diversión en recintos cerrados como pabellones y polideportivos. Ya no es posible la convivencia intergeneracional. Los vecinos, que recluidos en sus pisos no pudieron abandonar esos espacios urbanos, se quejan porque con la ocupación juvenil, aunque sea periódica y rutinariamente de fines de semana y días especiales, han desaparecido aquellos instrumentos para la convivencia como eran los espacios comerciales y de servicios que acompañan por lo general los espacios públicos, donde la ciudad estancial y residente domina sobre la ciudad atravesada y aislada.

Señala Martín Serrano que las pandas juveniles necesitan estar presentes en las calles, tanto para marcar los límites de sus dominios, como para mostrar sus signos de identidad. Pero en las ciudades la geografía urbana generalmente está organizada para circular más que para estar. Los barrios tal vez sean deficitarios de parques, plazas u otros espacios al aire libre, donde grupos juveniles diversos puedan coexistir manteniendo las distancias necesarias para evitar roces, tanto físicos como emocionales, en los que se generan las tensiones que concluyen en conflictos. Los hábitos establecidos de concentrase en espacios al aire libre durante los fines de semana, así como el uso gregario que se hace de las calles, parques y jardines, están relacionados con las carencias de infraestructuras para el ocio juvenil. Esas insuficiencias pueden resumirse de esta manera:

1º) En las áreas rurales y también en las urbanas, es una queja muy común que no existen otros lugares de encuentro disponibles para la juventud que sean gratuitos y estén bien acondicionados.

2º) Los locales públicos destinados a los y las jóvenes suelen tener una inadecuada concepción del espacio, que dificulta las reuniones concurridas y el ejercicio de las actividades de relación y de expresión que en estas edades interesan.

3º) El precio que tiene la entrada a los locales públicos, donde se bebe, se oye música, se baila, no está al alcance de los y las adolescentes ni de los y las más jóvenes.

Las actuales carencias de espacios –apropiados para y apropiables por los jóvenes- tienen mucho que ver con los comportamientos agresivos, etnocéntricos e intolerantes que están surgiendo en la vía pública. Así, España que lleva en los últimos años un proceso de urbanización salvaje que ha colocado al 70% de sus habitantes en núcleos de más de 10.000 vecinos, muestra una presión sobre su espacio metropolitano cada vez más angustiosa por el desapego creciente de sus habitantes (de nuevo y viejo cuño, inclusos los inmigrantes), y la división social por edades que muestra la existencia de un colectivo cada vez más numerosos de personas mayores ocupantes del espacio diurno productivo, y el colectivo de jóvenes que, si bien es más reducido, se compensa con mayor participación en el tiempo de ocio nocturno y ocupación preferencial de los espacios. Adolescentes y jóvenes organizados en torno al consumo de fin de semana han ocupado territorio urbano y han expulsado, a veces no sin violencia, a los grupos de mayores, de propietarios y, en general, a la población productiva y adulta, generando un tipo de organización del espacio que a su vez impide el acercamiento generacional, no sólo con los más adultos, sino también con los más adolescentes. Precisamente son los adolescentes los que han encontrado en estas formas de resistencia de las generaciones jóvenes, un instrumento reivindicador del espacio público para ellos. Si los jóvenes ocupan los fines de semana calles y plazas  modificando el entorno con sus demandas y necesidades (básicamente locales para beber, charlar, oír música y bailar), los adolescentes han propiciado este modelo, trasladando la ocupación del espacio público a parques y jardines, donde los bancos y el botellón forma parte del paisaje modificado que responde a sus demandas. También de estos espacios, aunque puntualmente los sábados, han sido expulsados las generaciones de adultos. El botellón es un instrumento reivindicativo de espacio propio para un grupo de personas dependientes, que sólo puede insertarse en condiciones de igualdad en el espacio joven a través del consumo de alcohol, en espacios públicos determinados como propios.

El espacio social está compartimentado y la calle ha pasado a ser un lugar de lucha y resistencia entre aquellos que fueron excluidos de la ciudad convivencial. Sólo los niños y los viejos mantienen su situación de acomodo dependiente recluyéndose en aquellos locales (centros de mayores, guarderías y ludotecas), que la ciudad atravesada les otorgó a fin de ampliar los espacios públicos para el tráfico rodado. No entender el fenómeno social del botellón como un problema de reivindicación y ocupación del espacio público, secuestrado por un urbanismo embrutecedor para la convivencia ciudadana, es igual que no entender al adolescente cuando señala la luna, entonces, el idiota mira el botellón.

Adolescentes y ocio


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Estos días estoy finalizando la historia de Las Maestras (un análisis sobre la identidad de género y trabajo), gracias a la beca sobre el papel de la mujer en la historia de la ciudad de Logroño, cuya IX convocatoria gané con este tema el año pasado. Mi idea es terminar su redacción de forma inminente y sólo cuando se publique daré algunas de las conclusiones que he anotado sobre el tema. Desde luego mi interés por las maestras viene de lejos, en concreto de una línea de investigación que me ocupó los primeros años como docente de sociología de la educación con los estudiantes de Magisterio. Una línea que constituyó una reflexión sobre el Proceso de socialización del futuro maestro y profesor del recién estrenado siglo XXI, en que se ve inmerso desde su ingreso el primer año en Magisterio (en sus diferentes titulaciones), hasta su salida del mismo tres años después; es decir, una investigación sobre el proceso de socialización de los estudiantes de las Diplomaturas de Magisterio de la Universidad de La Rioja, y más concretamente, sobre los alumnos que comenzaron sus estudios el curso 1997/98 y los finalizaron en el curso 1999/2000.

Esta investigación comenzó a estructurarse gracias a la profesora Gloria de la Fuente Blanco con ocasión del encuentro de Sociólogos de la Educación celebrado en Jaca en septiembre de 1997, en que tuvimos ocasión de intercambiar diferentes puntos de vista sobre el proceso de evolución de los estudios y los estudiantes de Magisterio, coincidiendo en el interés por llevar a cabo un estudio comparativo entre la realidad del estudiantado madrileño que ella había investigado y el riojano. De este estudio longitudinal destacaré el interés por llevar a cabo un análisis descriptivo e interpretativo de las características de este colectivo, a partir de las cuales se pueden reconocer las características de la realidad sociocultural de los estudiantes que eligieron estas titulaciones; y, a partir de ésta, el proceso de cambio que se producía en función de su experiencia durante los años de estancia en la Universidad, en diferentes aspectos, tales como las actitudes y valores sociales, las preferencias de ocio y cultura, o el valor atribuido al asociacionismo, como modo de entender el grado de integración social.

Era el reconocimiento social del maestro, y por extensión de la diplomatura universitaria, lo que me invitaba a reflexionar sobre el proceso de socialización que se producía dentro de la Universidad a lo largo de los tres años de carrera, entendiendo este proceso, como una combinación entre la adquisición de unos conocimientos y una formación académica, con la adquisición de unas ideas o modelos acerca de la profesión, con la que los jóvenes se enfrentan al mercado de trabajo. Producto de los datos conseguidos de los dos cuestionarios elaborados y realizados en 1997 y en 2000, son las diferentes comunicaciones y artículos presentados durante estos años y que han culminado con el publicado (quizás algo tarde) el 2002 por la Revista Contextos Educativos nº 5, que lleva el título de “El aprendizaje de una profesión en la Universidad. Los maestros finiseculares”, que es un título que de algún modo engloba los objetivos de investigación inicialmente propuestos.

La primera comunicación presentada, fue al I Congreso de Educación en La Rioja, en marzo de 1998, con el título de “Los maestros de enseñanza infantil del año 2000”, que fue publicada[1] precisamente en 2000. Con parecido título “Los maestros del siglo XXI” presenté una comunicación en el VI Congreso Español de Sociología, celebrado en A Coruña en septiembre de 1998. Ya en 1999, con ocasión de la VII Conferencia de sociólogos de la educación presenté una comunicación sobre “La determinación del origen social en la elección de los estudios de Magisterio”, y que fue publicada[2] por el Departamento de Sociología y Política Social de la Universidad de Murcia ese mismo año. También en ese tiempo, en colaboración con el profesor de psicología Javier Escorza con quien un año después compartiría una ayuda a la investigación[3] para el proyecto titulado “Actitudes y valores del profesorado del siglo XXI”, presentamos una comunicación en el IX Congreso Nacional de Formación del Profesorado, celebrado en Cáceres, que llevaba el título de “El maestro del siglo XXI: datos para una reflexión sobre el influjo de la experiencia en la formación del maestro”, y que fue publicada[4] en la Revista Electrónica Interuniversitaria de Formación del Profesorado.

Otros Congresos a los que asistí con comunicaciones realizadas a partir del mismo proyecto de investigación son, el I Congreso sobre los Valores en la Ciencia y la Cultura celebrado en León, en septiembre de 2000, donde en compañía del profesor Javier Escorza, presentamos la comunicación “Actitudes y valores del profesorado del siglo XXI”. Por mi parte acudí a la VIII Conferencia de sociólogos de la educación celebrada, también en septiembre de 2000, en Madrid, con la comunicación que llevaba por título “Universidad y cambio social: la socialización del estudiante de Magisterio”. Un mes después me presentaba al Congreso Nacional de Educación celebrado en Burgos con la comunicación “Los maestros finiseculares. Un perfil de los diplomados universitarios”. Finalmente, en el VII Congreso Español de Sociología celebrado en Salamanca, en septiembre de 2001, presenté la comunicación “La experiencia universitaria y el cambio en los valores y actitudes de los estudiantes de Magisterio y Trabajo Social”.

Si varias han sido las comunicaciones presentadas a diferentes Congresos y reuniones de sociólogos de la educación, pues la educación es el interés objetivo de los estudiantes de Magisterio, también llevé los mismos cuestionarios aunque adaptados, a los estudiantes de Trabajo Social. De ese modo presenté dos comunicaciones, una al II Congreso de Escuelas de Trabajo Social celebrado en Madrid en septiembre de 1998, con el título de “Los valores del trabajador social en el año 2000”, y otra al IV Congreso de Escuelas de Trabajo Social celebrado en Alicante en abril de 2002, con el título “La incidencia de la formación en la práctica del trabajo social” y que ha sido publicado[5] por la Escuela Universitaria de Trabajo Social de la Universidad de Alicante.

Este estudio longitudinal sobre los estudiantes de Magisterio y Trabajo Social que empezó el curso 1997/98 y que culminó en junio de 2000 mientras realizaban el prácticum de maestro o las prácticas de trabajo social, debió continuar el otoño de 2003 a fin de reconocer los procesos de inserción laboral de los mismos, y haberlo realizado si hubiera encontrado los recursos y el tiempo necesario para finalizar esta investigación. Pero paar entonces ya estaba enfrascado en otra línea de investigación que igualmente he sostenido en el tiempo y que hace referencia al fenómeno de las migraciones. Pero sobre esto me tomaré mi tiempo pues ya son varios los trabajos y las publicaciones que han aparecido desde entonces.


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[1] ISBN: 84-699-1790-0

[2] ISBN: 84-699-2050-2

[3] API-00/A08 de la UR

[4] Universidad de Zaragoza (AUFOP), Vol. 2, nº 1. ISSN:1575-0965

[5] Universidad de Alicante (2002). ISBN: 84-7908-687-4

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