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Archive for the ‘Violencia’ Category

El término género sirve para estructurar la diferencia entre femineidad y masculinidad como conceptos elaborados socioculturalmente, frente a los significados tradicionales del sexo (macho y hembra) otorgados a las diferencias de carácter biológico. Lo que se origina en la naturaleza lo denominamos por su sexo, mientras que lo originado en la sociedad lo denominamos género. Mediante el género identificamos las categorías, roles y diferencias culturales y sociales existentes entre hombres y mujeres, sostenidas y transmitidas por un sistema de carácter patriarcal que tradicionalmente ha santificado las relaciones de dominio y sumisión, pero también de exclusión y discriminación que han ejercido secularmente los hombres sobre las mujeres. El género es, por tanto, la construcción social o cultural basada en la diferencia biológica, que ha ido cambiando a lo largo del tiempo y el espacio.

La transformación de la masculinidad a la que estamos asistiendo en el nuevo milenio se debe a las conquistas de la revolución feminista y a los valores de la igualdad y la coeducación, que han acabado con los viejos roles de la mujer ama de casa abnegada y el hombre dominante que trabaja fuera de casa y alimenta la familia. El reconocimiento de la dignidad humana implica considerar que varones y mujeres nacemos como sujetos iguales en derechos y deberes, que podemos desarrollar las mismas capacidades y habilidades, realizar las mismas tareas productivas y participar paritariamente sin otras diferencias que las que provienen de nuestra individualidad.

Sin embargo, todavía muchos hombres no han logrado transformar y adaptar los roles tradicionales y siguen instalados en un machismo atávico que les impide aceptar las nuevas realidades de igualdad de género tanto en el ámbito público como en el doméstico, lo cual ha producido en muchos casos un aumento de los divorcios, cuando no de la violencia y la muerte. Y es que la violencia contra las mujeres no ha cesado en los últimos años pese a que la lucha por la igualdad ha tomado carta de naturaleza en la sociedad. En general, para los varones tampoco es fácil aceptar públicamente el conflicto y la ruptura si no son ellos quienes la han promovido. Frecuentemente no lo viven tanto como un conflicto individual cuanto como un conflicto social, de desacato a la obediencia que les era debida, y como una agresión contra su propia identidad e imagen social. De ahí que sea necesario que los hombres como colectivos asuman su responsabilidad en la existencia de las desigualdades y la violencia. Hacen falta referentes sociales que faciliten el cambio en los hombres hacia posiciones más favorables a la igualdad y la ruptura con el modelo tradicional masculino. Hace falta políticas de igualdad dirigidas a los hombres que nos permitan superar el machismo atávico porque de ese modo ganaremos en autoestima y desarrollo personal, nos reencontraremos con nuestras emociones, ganaremos en autonomía personal y funcional. Tendremos una sexualidad más completa y satisfactoria y ganaremos en salud. Descubriremos una nueva paternidad más cercana, responsable y solidaria. Disfrutaremos de mejores relaciones de pareja y, sobre todo, nos convertiremos en personas más justas y solidarias.

En esa tarea se incardinan las VII Jornadas sociológicas de la Universidad de La Rioja, que tendrán lugar en el Aula Magna los días 18, 20 y 21, así como la convocatoria de una Rueda de Hombres contra la violencia machista que tendrá lugar en la plaza del Ayuntamiento de Logroño el jueves 21 a las 19,30, bajo el lema “EL SILENCIO NOS HACE CÓMPLICES. VIVAMOS SIN VIOLENCIA”,  y que nos permitirá manifestar nuestra voluntad de acabar con la desigualdad y la violencia de género, fortaleciendo la visibilización de otra masculinidad.

 

 

 

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Acaba de publicarse por la editorial Comares de Granada, el libro colectivo “Seguridad, excepción y nuevas realidades jurídicas” coordinado por Mª José Bernuz  y Raúl Susín, gracias a la investigación que se encuentra detrás de los proyectos “Seguridad, estado social y cultura punitiva” de la Universidad de Zaragoza y “La protección de la seguridad en la sociedad del riesgo: una aproximación desde la sociología jurídica”, de la Universidad de La Rioja. A este nuevo libro he contribuido con un artículo “Identidad étnica, adolescencia y aculturación” (páginas 161-176) que comencé a escribir a raíz de la muerte de mi amigo y colega Eduardo Terrén Lalana, que falleció en agosto de 2008 al precipitarse en el vacío en uno de sus habituales recorridos por la montaña del pirineo oscense. Para quienes estén interesados dejo una parte de las conclusiones de dicho artículo:

“Los jóvenes con identidades culturales híbridas, perciben las diferencias de los distintos medios como una ventaja que les permite escoger los grupos con los que se quieren identificar, y al cambiar de contexto cultural, aprovechan su bagaje para realizar un proceso de integración efectivo y rápido (Massot, 2003). Habitar tanto en una sociedad multicultural, como ser social y culturalmente competente, implica saber cuándo es mejor reificar o revitalizar las diferencias. Muchas veces, las fronteras culturales son más débiles que la capacidad de los jóvenes para cruzar las líneas divisorias de un lado a otro sin perder su sentido de identidad. Aunque se sientan divididos entre dos culturas, esa habilidad para cambiar es percibida como una ventaja por todos aquellos que la poseen. Y cuando esa ventaja se vuelve evidente, el cambio de actitudes entre una y otra identidad se convierte en un acto consciente.

Los jóvenes se adhieren a diferentes identificaciones de acuerdo con sus objetivos. Y la adaptabilidad desarrollada, se ha convertido para ellos en una habilidad fundamental para la supervivencia. Al mismo tiempo, las diferencias biculturales de estos jóvenes les han facilitado el desarrollo de otras habilidades, con las cuales pueden aprehender, comprender y convivir con códigos diferentes, y en distintos contextos.

La globalización, como marco sobre el que se dibuja la diversidad cultural, es el escenario desde el que se construyen las identidades. Unas identidades no sujetas a orígenes, ni a pertenencias; de carácter flexible, inestable y cambiante, que acompañan la propia indefinición, inestabilidad y practicidad de los adolescentes, hijos de la inmigración. Unas identidades que superan, o al menos atraviesan, las relaciones de desigualdad sobre las que se organizaron las identidades étnicas de sus padres con la sociedad de acogida.

Al efecto, señala Terrén (2002), que la clave de esta aproximación radica en que la conceptualización de la pertenencia étnica no se construya (o no se construya sólo) sobre un modelo predefinido de cierre cultural y repliegue comunitario, sino que sea una conceptualización capaz de reproducir la diversidad en vez de segmentarla y que, al hacerlo, sea sensible también a las estrategias individuales de integración, a los sincretismos, hibridaciones y voluntades de asimilación. En definitiva, un modelo complejo de la pertenencia étnica, es un modelo que basa su potencial teórico en interesarse más por destacar la diversidad con que la etnicidad es puesta en juego, que por reducirla a la unidad de supuestos atributos esenciales.

Por tanto, estas identidades híbridas, no sólo alejan el esencialismo de los análisis basados en la homogeneidad e invariabilidad de las culturas, sino que, además, se desembarazan de los prejuicios analíticos sobre la “aculturación” como pérdida, asociada a una desvalorización de los componentes identitarios de carácter híbrido logrado.

Por desgracia, la desvalorización de las identidades híbridas, el apego a una tradición inventada, la manipulación de las culturas y la exaltación del choque, violencia y competencia entre las mismas, ha preparado la asunción de estrategias defensivas de los adolescentes involucrados en estas manifestaciones de racismo cultural. Se puede tratar de estrategias interiores, sea asumiendo estereotipos racistas o a través de comportamientos agresivos y violentos (Terrén, 2007). Se puede manifestar mediante maniobras exteriores, a través de una asimilación a los nacionales y de un rechazo de los propios orígenes; o en sentido contrario, mediante una revalorización de la identidad de origen, o incluso ejerciendo la delincuencia como práctica que les revalorice, como una especie de mecanismo que les permita llegar a ser alguien y a salir del anonimato. O bien cabe que se materialice a través de una estrategia mixta de revalorización de la propia cultura –buscando similitudes con la autóctona- y de búsqueda de la integración social -sin renunciar a su propia diferencia-.

Esta tercera opción (una estrategia mixta), viene significada por la aceptación y la valorización, en mayor o menor grado, de la cultura inmigrante por la sociedad de acogida; permitiendo que el adolescente tome aquellos elementos necesarios de ambas culturas para su crecimiento personal, su construcción identitaria y su integración social. Es una opción que responde a una estrategia inserta en la perspectiva intercultural, que valora por igual todas las culturas y busca el diálogo entre ellas en un plano de simetría o de igualdad, de modo que la disyuntiva de integración o marginación social en función de los atributos culturales expuestos o utilizados, no es sino una fórmula trasnochada de racismo cultural (Giró, 2004).

La perspectiva intercultural concibe la cultura en relación con las otras culturas, otras realidades, otras formas de concebir e interpretar el mundo y, a su vez, contempla la propia cultura de un modo no estático ni estable, sino cambiante e interactivo. La concepción estática de la cultura deriva a menudo en el esencialismo, el fundamentalismo cultural; y éste es el origen frecuente de la generación de etiquetas y estereotipos culturales, que a su vez constituyen el germen del racismo y la xenofobia”.

Algo parecido a lo que está ocurriendo con motivo de la prohibición del Burka y el Nikab

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ASPECTOS SOCIOJURÍDICOS SOBRE LA VIOLENCIA, LA LIBERTAD Y LOS DERECHOS DE LA MUJER EN EL NUEVO MILENIO

Cuando en mayo de 2004 se organizaron en la Universidad de La Rioja unas Jornadas de debate sobre “Igualdad y género” se abordó de manera específica uno de los problemas más importantes y complejos con que se enfrenta la sociedad actual (la violencia de género) y para cuya erradicación es necesario el compromiso tanto de instituciones y profesionales como del conjunto de la ciudadanía.

En aquellas Jornadas se analizaron y revisaron actitudes y valores en el contorno de la educación y la socialización, reflexionando sobre el desarrollo de estrategias encaminadas a facilitar la eficacia profesional de todas las personas que trabajan desde diferentes perspectivas en relación con la violencia de género, y analizando los cambios legislativos que afectan a dicha violencia. Asimismo, las Jornadas promovieron el debate y la reflexión sobre las acciones desarrolladas desde diferentes campos de intervención profesional con las víctimas y con los maltratadores, como servicios sociales, centros de urgencias, casas de acogida, centros de información y asesoramiento a las mujeres, administración de justicia, red sanitaria, educación y plataformas de sensibilización.

Las Jornadas trataban de posibilitar el debate y la reflexión sobre la igualdad entre mujeres y hombres, así como proporcionar a los asistentes instrumentos con los que profundizar en los cambios socioculturales y de roles en las identidades de género, principalmente en la construcción de la masculinidad.

La transformación de la masculinidad es producto de las conquistas de la revolución feminista y de los valores de la igualdad y la coeducación, que han acabado con los viejos roles de la mujer ama de casa abnegada y el hombre dominante que trabaja fuera de casa y alimenta la familia. Sin embargo, muchos hombres no han logrado transformar y adaptar los roles tradicionales y siguen instalados en un machismo atávico que les impide aceptar las nuevas realidades de igualdad de género, tanto en el ámbito público como en el doméstico, lo cual ha producido en muchos casos un aumento de las separaciones y los divorcios, cuando no de la violencia y la muerte. Bien es cierto que la violencia contra las mujeres no sólo no ha cesado sino que ha crecido en los últimos años, y que la lucha por la igualdad no ha dejado de teñirse de sangre desde que esta tomó carta de naturaleza en la sociedad contemporánea.

Y es que la violencia de género es un problema que requiere un abordaje multidisciplinar, tanto para analizar los factores desencadenantes, como para implementar respuestas a las demandas que actualmente exige la sociedad.

Lo que solemos denominar violencia de género, hasta hace muy poco era considerado desde el punto de vista jurídico como una cuestión privada, sin que el Estado se sintiera concernido por ello. Afortunadamente las cosas están cambiando. No sólo el Estado, sino todos los partícipes sociales -incluidos los jueces- se están dando cuenta de la relevancia pública y social de esta lacra. Ciertamente que no solo con cambiar las leyes se consigue todo, pero es una premisa indispensable.

Por todo ello, me pareció que tratar desde diferentes perspectivas y miradas sociojurídicas el género y la violencia, era contribuir a esta lucha por la libertad y los derechos de las mujeres. Además, esta publicación se incardina en el marco del Proyecto de investigación “La tensión entre libertad y seguridad. Una investigación socio-jurídica en torno a la ultima frontera de los derechos humanos”, donde se trata de reflexionar acerca del concepto de discriminación por razón de sexo, analizando cómo se puede luchar desde los ordenamientos jurídicos a nivel estatal y europeo, y desde la sociedad, contra la discriminación.

Al abarcar el estudio de la discriminación por razón de sexo, hay que partir del hecho de que son las mujeres las principales víctimas de este tipo de discriminación, y que la violencia es una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre hombres y mujeres, que ha consolidado la discriminación. Así pues, la violencia contra las mujeres ha sido y es un instrumento para su dominación y una estrategia para perpetuar la desigualdad; por eso en este libro se habla acerca de la violencia que sufren las mujeres en diferentes ámbitos, con especial atención al familiar o doméstico, pero también al público, así como sobre los principales avances y retrocesos que se vienen produciendo respecto a su erradicación.

Por ello, también formaba parte de aquellas Jornadas de debate el estudio sobre las causas, sobre la raíz de la violencia de género, sus características, y la aportación que desde distintas disciplinas de las ciencias sociales se hacía al tema. En general, las explicaciones sociológicas y feministas sobre el uso de la violencia contra las mujeres han resaltado dos factores causales (Maquieira y Sánchez, 1990). En primer lugar, el proceso de socialización diferencial de los sexos. En segundo lugar, se apunta a la persistencia de las definiciones sociales que representan las relaciones entre los géneros como relaciones de subordinación, cuando no de propiedad, en las que las mujeres deben cierta sumisión a sus maridos y compañeros. En este segundo caso, la violencia aparece como un efectivo medio de control social sobre el comportamiento de las mujeres.

De este modo, y una vez definidos los objetivos de la publicación, establecí contactos con los ponentes de las Jornadas de debate por si quisieran hacer una aportación al estudio y el conocimiento sobre la violencia de género. La mayoría de ellos respondieron positivamente, y así sólo me quedó entrar en contacto con aquellos especialistas que en sus trabajos de investigación hubieran tenido presente la realidad de género en cualquiera de sus perspectivas. De este modo nació la presente publicación.

¿Porqué he titulado el libro como “El género quebrantado”, y no he utilizado la expresión de la mujer quebrantada?. Pues porque se ha impuesto la categoría de género, término de procedencia inglesa (gender) que significa al tiempo género y sexo, adoptado por las feministas americanas en los años sesenta para diferenciar el sexo biológico (sexual difference) y las construcciones culturales que determinan la formación de identidades y las relaciones de los sujetos. El género se crea en relación a la construcción cultural de un objeto que, por referirse a un “objeto humano”, es la construcción de un sujeto. De este modo, al hablar de género nos referimos a las aptitudes, cualidades, capacidades, valores, ideas, etc., que asignamos a cada sexo culturalmente.

El término género sirve para estructurar la diferencia entre femineidad y masculinidad como conceptos elaborados socioculturalmente, frente a los significados tradicionales del sexo (macho y hembra) otorgados a las diferencias de carácter biológico. Lo que se origina en la naturaleza lo denominamos por su sexo, mientras que lo originado en la sociedad lo denominamos género. Mediante el género identificamos las categorías, roles y diferencias culturales y sociales existentes entre hombres y mujeres, sostenidas y transmitidas por un sistema de carácter patriarcal, que tradicionalmente ha santificado las relaciones de dominio y sumisión, pero también de exclusión y discriminación, que han ejercido secularmente los hombres sobre las mujeres. El género es, por tanto, la construcción social o cultural basada en la diferencia biológica, que ha ido cambiando a lo largo del tiempo y el espacio.

Y, ¿por qué este género está quebrantado, y no cascado, hendido, machacado, violado o cualquier adjetivo apropiado a la realidad de las relaciones de mujeres y hombres?. Pues porque se presenta en sociedad roto y desgajado a través de la violencia y la opresión de la discriminación que el género masculino ejerce sobre el género femenino. No es por tanto una violencia doméstica como se instaba desde la Real Academia de la Lengua, sino una violencia masculina, de género masculino. No es, por tanto, un término metafórico, como el sentido que le otorga brillantemente María Ángeles Durán en el prólogo, al cuadro de Francis Bacon que sirve de portada del libro y que de forma expresiva resalta por su violencia silenciosa. Es más bien un término que expresa una realidad donde el cónyuge o el ex cónyuge, el compañero sentimental o el ex compañero sentimental, el novio o el ex novio, son los protagonistas de la violencia ejercida sobre su pareja o ex pareja, que en el 92% de los casos es una mujer.

La causa fundamental que provoca esta violencia reside en el modelo de sociedad que sitúa a la mujer en una posición de inferioridad respecto al hombre, así como en los patrones culturales discriminatorios hacia la mujer; es decir, las mujeres son las víctimas primordiales de una violencia ejercida por hombres, significando, por tanto, una violencia sexista y machista. Además, no es una violencia que se de en el ámbito familiar o doméstico, sino que es una violencia que se produce en la pareja, haya o no convivencia de por medio.

No obstante, al afirmar la categoría de género sobre la de sexo, no quiero representar a todas las mujeres ni significar a todos los hombres, pues como muy bien concluye Isabel Morant “comprender a las mujeres como colectivo genérico diferente del grupo de los hombres, no significa uniformizar la realidad de unas y otros, ocultando la diversidad que nos distingue. No hace falta pertenecer a un colectivo genérico para defender la causa de las mujeres. Tan solo es necesario querer ser parte de un colectivo social. Ni todas las mujeres somos maltratadas, ni todos los hombres son maltratadores: gracias a Dios y a las mujeres en plural que, maltratadas o no, defendemos, cada vez con más hombres, éstas y otras causas que son nuestras”. Y cómo no, gracias a los lectores de esta publicación.

GENERO QUEBRANTADO

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