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Archive for the ‘Seguridad’ Category

Acaba de publicarse por la editorial Comares de Granada, el libro colectivo “Seguridad, excepción y nuevas realidades jurídicas” coordinado por Mª José Bernuz  y Raúl Susín, gracias a la investigación que se encuentra detrás de los proyectos “Seguridad, estado social y cultura punitiva” de la Universidad de Zaragoza y “La protección de la seguridad en la sociedad del riesgo: una aproximación desde la sociología jurídica”, de la Universidad de La Rioja. A este nuevo libro he contribuido con un artículo “Identidad étnica, adolescencia y aculturación” (páginas 161-176) que comencé a escribir a raíz de la muerte de mi amigo y colega Eduardo Terrén Lalana, que falleció en agosto de 2008 al precipitarse en el vacío en uno de sus habituales recorridos por la montaña del pirineo oscense. Para quienes estén interesados dejo una parte de las conclusiones de dicho artículo:

“Los jóvenes con identidades culturales híbridas, perciben las diferencias de los distintos medios como una ventaja que les permite escoger los grupos con los que se quieren identificar, y al cambiar de contexto cultural, aprovechan su bagaje para realizar un proceso de integración efectivo y rápido (Massot, 2003). Habitar tanto en una sociedad multicultural, como ser social y culturalmente competente, implica saber cuándo es mejor reificar o revitalizar las diferencias. Muchas veces, las fronteras culturales son más débiles que la capacidad de los jóvenes para cruzar las líneas divisorias de un lado a otro sin perder su sentido de identidad. Aunque se sientan divididos entre dos culturas, esa habilidad para cambiar es percibida como una ventaja por todos aquellos que la poseen. Y cuando esa ventaja se vuelve evidente, el cambio de actitudes entre una y otra identidad se convierte en un acto consciente.

Los jóvenes se adhieren a diferentes identificaciones de acuerdo con sus objetivos. Y la adaptabilidad desarrollada, se ha convertido para ellos en una habilidad fundamental para la supervivencia. Al mismo tiempo, las diferencias biculturales de estos jóvenes les han facilitado el desarrollo de otras habilidades, con las cuales pueden aprehender, comprender y convivir con códigos diferentes, y en distintos contextos.

La globalización, como marco sobre el que se dibuja la diversidad cultural, es el escenario desde el que se construyen las identidades. Unas identidades no sujetas a orígenes, ni a pertenencias; de carácter flexible, inestable y cambiante, que acompañan la propia indefinición, inestabilidad y practicidad de los adolescentes, hijos de la inmigración. Unas identidades que superan, o al menos atraviesan, las relaciones de desigualdad sobre las que se organizaron las identidades étnicas de sus padres con la sociedad de acogida.

Al efecto, señala Terrén (2002), que la clave de esta aproximación radica en que la conceptualización de la pertenencia étnica no se construya (o no se construya sólo) sobre un modelo predefinido de cierre cultural y repliegue comunitario, sino que sea una conceptualización capaz de reproducir la diversidad en vez de segmentarla y que, al hacerlo, sea sensible también a las estrategias individuales de integración, a los sincretismos, hibridaciones y voluntades de asimilación. En definitiva, un modelo complejo de la pertenencia étnica, es un modelo que basa su potencial teórico en interesarse más por destacar la diversidad con que la etnicidad es puesta en juego, que por reducirla a la unidad de supuestos atributos esenciales.

Por tanto, estas identidades híbridas, no sólo alejan el esencialismo de los análisis basados en la homogeneidad e invariabilidad de las culturas, sino que, además, se desembarazan de los prejuicios analíticos sobre la “aculturación” como pérdida, asociada a una desvalorización de los componentes identitarios de carácter híbrido logrado.

Por desgracia, la desvalorización de las identidades híbridas, el apego a una tradición inventada, la manipulación de las culturas y la exaltación del choque, violencia y competencia entre las mismas, ha preparado la asunción de estrategias defensivas de los adolescentes involucrados en estas manifestaciones de racismo cultural. Se puede tratar de estrategias interiores, sea asumiendo estereotipos racistas o a través de comportamientos agresivos y violentos (Terrén, 2007). Se puede manifestar mediante maniobras exteriores, a través de una asimilación a los nacionales y de un rechazo de los propios orígenes; o en sentido contrario, mediante una revalorización de la identidad de origen, o incluso ejerciendo la delincuencia como práctica que les revalorice, como una especie de mecanismo que les permita llegar a ser alguien y a salir del anonimato. O bien cabe que se materialice a través de una estrategia mixta de revalorización de la propia cultura –buscando similitudes con la autóctona- y de búsqueda de la integración social -sin renunciar a su propia diferencia-.

Esta tercera opción (una estrategia mixta), viene significada por la aceptación y la valorización, en mayor o menor grado, de la cultura inmigrante por la sociedad de acogida; permitiendo que el adolescente tome aquellos elementos necesarios de ambas culturas para su crecimiento personal, su construcción identitaria y su integración social. Es una opción que responde a una estrategia inserta en la perspectiva intercultural, que valora por igual todas las culturas y busca el diálogo entre ellas en un plano de simetría o de igualdad, de modo que la disyuntiva de integración o marginación social en función de los atributos culturales expuestos o utilizados, no es sino una fórmula trasnochada de racismo cultural (Giró, 2004).

La perspectiva intercultural concibe la cultura en relación con las otras culturas, otras realidades, otras formas de concebir e interpretar el mundo y, a su vez, contempla la propia cultura de un modo no estático ni estable, sino cambiante e interactivo. La concepción estática de la cultura deriva a menudo en el esencialismo, el fundamentalismo cultural; y éste es el origen frecuente de la generación de etiquetas y estereotipos culturales, que a su vez constituyen el germen del racismo y la xenofobia”.

Algo parecido a lo que está ocurriendo con motivo de la prohibición del Burka y el Nikab

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Este año que acaba se publicó el quinto libro sobre envejecimiento que he coordinado (“Envejecimiento, tiempo libre y gestión del ocio”). En él presento un artículo titulado “Sí es país para viejos” donde trato, entre otras aspectos, de la demografía del país y de la necesidad de acometer estudios e investigaciones sobre un colectivo (los mayores de sesenta y cinco años) que si a principios del siglo pasado suponían un 5% de la población total, en 2006 representaban el 16,7% de nuestra población, tres décimas menos de lo registrado en el Informe del Imserso de 2004, pero que en las próximas décadas irá en aumento. Este leve rejuvenecimiento de la sociedad apuntado, se debe a la llegada de población inmigrante joven y al repunte de la tasa de natalidad en los últimos años, gracias en buena parte a esa misma población inmigrante. Sin embargo, esta leve desaceleración del crecimiento y posible mantenimiento en sus actuales porcentajes de la población mayor de sesenta y cinco años, se sostendrá durante un corto periodo de tiempo, pues no olvidemos que actualmente se alimenta de las disminuidas generaciones de la guerra y posguerra civil. Según concluye el Informe 2006, realizado por él Imserso sobre las personas mayores, la población española envejecerá en los próximos años de forma desorbitada, cuando la generación de los años sesenta conocida como del baby boom, llegue a la edad de jubilación. Es decir, será a partir del 2025 cuando empiece a jubilarse esta generación del baby boom y cuando los porcentajes de población envejecida superen los de la media europea.

En relación a la población activa, es decir, población jubilada respecto a población que trabaja o en edad de trabajar, España tiene veinticinco personas mayores de sesenta y cinco años por cada cien en edad de trabajar, unas cifras que se muestran acordes con la media comunitaria. En los últimos años la entrada de extranjeros ha engrosado la población activa y retrasado los desequilibrios en el sistema de pensiones, que de momento registra superávit. Aunque se ha mitigado la intensidad de estos flujos proseguirán  en el tiempo, lo cual no impide aventurar que en el futuro, pese a la incorporación de nuevos contingentes migratorios, se supere esa relación de un jubilado por cada cuatro trabajadores en activo. Se estima que para el 2050 esa proporción crecerá a sesenta y seis por cada cien (es decir, un jubilado por cada uno a dos trabajadores en activo), muy por encima del promedio comunitario, lo cual obligará a modificar con anticipación el modelo de jubilación y prestaciones sociales si se quiere sostener el Estado del Bienestar. Pero esta es una argumentación que no siempre viene estimulada por ese fin, sino por intereses corporativos y financieros que promueven de manera cíclica este tipo de debates y en el que nosotros ya hemos entrado en otra ocasión (Giró, 2007).

En España viven más de 7,4 millones de personas mayores (las mujeres representan un 58% del total), una cifra muy similar a la que existe en otros países de nuestro entorno europeo, y los octogenarios  son los que más han crecido en los últimos quince años (son ya cerca de dos millones), al incrementarse en un 66% mientras la población general lo hizo en un 13%. Si bien la mayoría de los mayores de sesenta y cinco años vive en entornos urbanos (el 71,7% reside en municipios urbanos, el 17,3% en ciudades intermedias y sólo un 11% en áreas rurales), en proporción, los pueblos y núcleos rurales están más envejecidos. En este momento, las comunidades autónomas con más mayores son Castilla y León, Asturias, Galicia y Aragón que cuentan con más de un 20% de población mayor de sesenta y cinco años, mientras que Baleares, Canarias, Ceuta y Melilla son las comunidades menos envejecidas.

Otro lugar común, otro escenario conocido como una de las causas del envejecimiento de la población, es el hecho biológico innegable del aumento de la esperanza de vida. Sobre todo ha aumentado notablemente en las sociedades desarrolladas, y en las últimas décadas. En estos momentos está en torno a los ochenta años con ligeras variaciones según el sexo (más alta en las mujeres) y los países que analicemos. Esa esperanza es la que tienen los que nacen en estos años, pero no es de aplicación a generaciones anteriores porque es una proyección que tiene su plasmación concreta en el futuro. Por eso, se estima que en él 2050 los mayores de ochenta años serán unos seis millones. Y si hoy existe en España algo menos de 7.000 centenarios, a mitad de siglo pueden ser unos 55.000 los que superen el centenar de años. La esperanza de vida de los españoles que llegan ahora a los sesenta y cinco años es de aproximadamente quince años más para los hombres, y veinte más para las mujeres. Y en cuanto a los españoles que nacen estos años tienen hasta un 90% de posibilidades de llegar a los ochenta años, incluso se prevé que uno de cada dos bebés que nazcan ahora llegará a ser centenario. Esta es una tendencia que va a más, pues las hipótesis demográficas del Instituto Nacional de Estadística (INE) indican que la esperanza de vida no dejará de aumentar en los próximos años, hasta alcanzar en 2030 una esperanza media de vida aproximada de 83,9 años.

Sabemos que no todos tienen la posibilidad de llegar a viejos, pero en España llegan, y de largo, pues si atendemos a la esperanza de vida por países, la de los españoles es una de las mayores de Europa y del mundo, ya que alcanza los 80,23 años, y sigue creciendo. Hace más de un siglo, en 1901, nuestra longevidad media era de 34,76 años; aunque si hemos de ser precisos, esta longevidad se debe principalmente a las mujeres españolas. Ellas tienen una esperanza media de vida de 83,48 años al nacer, y ellos, a pesar de mejorar, sólo alcanzan los 76,96 años. Las españolas, además, según el Eurostat, gozan de una posición privilegiada dentro de la UE. Sólo las francesas van por delante con una esperanza media de vida de 83,82 años. Tanto españolas como francesas, no sólo comparten el primer puesto de la Unión Europea, sino que se encuentran en la cima de los países occidentales. Sólo son superadas por las japonesas, ya que el Japón es el referente mundial tanto para mujeres como para hombres. Suecia, Finlandia e Italia son otros de los países europeos en los que la mujer ha logrado alargar la vida. En el otro extremo, las rumanas, con una esperanza de 75,7 años, ocupan el último peldaño en este club de afortunadas. Si atendemos a los hombres, indiscutiblemente estos han ganado vida, pero menos. Observando lo que ocurre en los países de la Unión Europea salta la sorpresa, pues los varones no siguen el mismo orden que las mujeres; la vanguardia la ocupan los suecos, seguidos de irlandeses, malteses, holandeses e italianos. Y ya en el sexto lugar, los españoles con una media de 76,98 años de vida. Detrás, pero casi a la par, los franceses, con 76,74 años.

¿Por qué las diferencias entre hombres y mujeres? ¿Cómo dar respuesta al hecho de que en el centro y el norte del país, la esperanza de vida sea más alta que en el sur? ¿A qué se deben las diferencias entre países? Y, ¿por qué, pese a que todos los países de la Unión Europea avanzan en longevidad, no existe convergencia, ni tampoco hay paralelismo en cuestión de género? Preguntas que han dado lugar a numerosos debates en la confianza de ofrecer una respuesta de uso universal. Pero quizás las preguntas no están bien planteadas o quizás se buscan respuestas desde planteamientos esencialistas y poco interesados en la diversidad. Desde la gerontología social, y también desde otras disciplinas, se han ofrecido una multiplicidad de respuestas, desde cuestiones como la dieta, hasta los niveles de renta, los diferentes sistemas de salud, los factores ambientales y del entorno. Últimamente, también se ha comenzado a considerar la importancia de los flujos migratorios de jóvenes hacia el centro y el norte, y los flujos de viejos y jubilados hacia el levante y las líneas de costa.

Desde luego, la potabilización del agua, una mayor higiene y algunos descubrimientos médicos fueron claves en el crecimiento de las expectativas de vida; y ya los progresos recientes en biología, la ingeniería genética y el despegue científico de la gerontología son fundamentales en el aumento de la esperanza de vida media. Si vivimos más, es porque han mejorado los aspectos que tienen que ver con la prevención (como las vacunas contra la polio, la viruela o la gripe); también por los fármacos que previenen las recaídas en ciertas patologías, y, sobre todo, la dieta, evitando la malnutrición y la obesidad y paliando el déficit de vitaminas y de calcio. También está la actividad física y los factores ambientales que influyen en el envejecimiento. Además, está la medicina anti envejecimiento que se define como un sistema integral, preventivo y curativo, y que a partir del estudio del envejecimiento natural descarta los factores perjudiciales que producen un envejecimiento prematuro, y propone un sistema de vida aplicando las técnicas correctoras a los signos estéticos y orgánicos del decaimiento corporal. Es decir, aquí cabe tanto el ejercicio, las vitaminas y una dieta cuidada, como una operación de cirugía estética. Todo tiene su importancia, porque si no se puede cambiar la actitud de la sociedad hacia los viejos, sí se puede cambiar la actitud de los viejos hacia la vida. Y es que como se puede deducir por todas estas interpretaciones, el debate no está cerrado. Y menos que ninguno el que trata de dar respuesta a la pregunta de ¿por qué viven más las mujeres?

Desde luego, que las mujeres sean más longevas que los hombres es un fenómeno relativamente moderno, pues a principios del siglo XX no existían estas diferencias. Por entonces, la reducción de la mortalidad infantil fue decisiva para ampliar la esperanza de vida, pues las ganancias se libraron a edades tempranas, y no como en la actualidad que se libran a edades avanzadas. La siguiente observación es que durante los años de la guerra y represión se desarrollan y aumentan las diferencias entre los sexos (mueren más hombres que mujeres). Finalmente, las diferencias empiezan a suavizarse, es decir, las ganancias de esperanza de vida son mayores en los últimos años para los hombres en comparación con las mujeres. Concretamente, la esperanza de vida ha mejorado en España 2,4 años en mujeres y 3,2 años en hombres.

Todo parece indicar que los principales factores en la mejora en la esperanza de vida de las mujeres durante el siglo XX, aparte de las tendencias que afectan también a los hombres (nutrición y salubridad), pudieran atribuirse al descenso de la fecundidad,  las mejoras en la atención al parto y la dedicación de las mujeres a tareas reproductivas. Por su parte, para los hombres se aduce que primero murieron en gran número en la guerra[1] y represión, y luego se expusieron a los riesgos laborales y conductuales propios del desarrollismo, muriendo más por causas externas (accidentes y violencia) y cáncer, y también por enfermedades respiratorias y digestivas. En la década de los ochenta, la mortalidad en varones jóvenes se vio afectada por la irrupción del SIDA y el fenómeno de la drogodependencia, un doble impacto que se ha reducido en estos momentos.

Observemos ahora los últimos datos que facilitó el Instituto Nacional de Estadística, que señalan como la principal causa del descenso en la mortalidad en este siglo, a la llamada revolución cardiovascular, es decir, a la caída de las muertes atribuidas a las enfermedades del sistema circulatorio que representan un tercio del total. Las enfermedades cardiovasculares, con tratamientos cada vez más avanzados (cateterismos, antihipertensivos y fármacos contra el colesterol), son uno de los grupos de dolencias que experimentan un mayor avance en su terapia. Sin embargo, el otro gran motivo de los fallecimientos (los tumores) sigue en aumento. Otro gran grupo de dolencias que más ha contribuido al descenso de las muertes es el de las enfermedades del sistema respiratorio. También las causas externas de mortalidad (accidentes, suicidios) y las enfermedades endocrinas bajaron más que la media.

Estos datos del INE muestran un claro sesgo de género, pues si entre los hombres la principal causa de muerte son los tumores, entre las mujeres lo son las enfermedades del sistema circulatorio (Durán, 2006). Si se descomponen estos grandes grupos, las diferencias se acentúan. El tabaco es la primera causa de muerte en hombres (sólo los tumores de pulmón, traquea y bronquios), y es la única de las diez primeras causas de muerte que aumenta. Si se toma la lista de las diez mayores causas de muerte, aparte del tumor de pulmón, son exclusivamente masculinas las enfermedades de las vías respiratorias inferiores, y los cánceres de colon y de próstata. En cambio, serían femeninos el trastorno mental orgánico, senil y presenil; el Alzheimer, el tumor maligno de mama y la diabetes.

Según el Informe 2006 del Imserso, el retrato demográfico de los mayores de sesenta y cinco años señalaba que al cumplir esa edad, la esperanza de vida estadística concede a cada español otros 19,3 años de vida; de ellos, algo más de doce libres de cualquier incapacidad, y el resto con limitaciones crecientes. En este sentido, los hombres dispondrían de una vejez más corta que las mujeres, pero con mejor estado de salud, si atendemos el dato estadístico (65 años + 12 años) que coincide con la esperanza de vida actual de los hombres (77 años). Además, es cierto que si bien las mujeres viven más años que los hombres, tienen con mayor frecuencia discapacidad. Así lo muestran dos indicadores útiles, no para medir cuánto se vive, sino cómo se vive. Son indicadores sobre la esperanza de vida libre de enfermedad crónica, y la esperanza de vida en buena salud, y ambas ofrecen resultados más favorables a los hombres. Al respecto, según la Encuesta Nacional de Salud 2006, la esperanza de vida libre de enfermedad crónica al nacer, es de 41 años para los hombres, frente a los 38 años para las mujeres. Por otra parte, la esperanza de vida en buena salud al nacimiento, es de 56,3 años para los hombres y de 53,9 años para las mujeres. En resumen, podemos decir que las mujeres, en este momento y en comparación con los hombres, tienen una mayor esperanza de vida al nacer y a los sesenta y cinco años, pero su vida sin enfermedad crónica y con una buena percepción de salud es más corta.

Una vez analizados los datos estadísticos, el planteamiento siguiente sería conocer si estas variaciones entre las expectativas de vida de hombres y mujeres son diferencias, es decir, si se deben a su mera condición biológica de ser hombres y mujeres; o si por el contrario son desigualdades, es decir, si es una cuestión de género acerca de cómo se ha organizado históricamente el trabajo reproductivo. Para responder a este planteamiento es de sumo interés el punto de vista del catedrático de Salud Pública en la Universidad de Alicante, Carlos Álvarez Dardet[2], en su referencia a la desigualdad social como explicación, no sólo de las diferencias de la esperanza de vida entre los sexos, sino del tipo de esperanza de vida logrado. Señala que hay quienes sostienen que la mayor longevidad de las mujeres se debe a razones biológicas. Éste punto de vista proviene del esencialismo biologicista que pretende legitimar las desigualdades haciéndolas pasar por diferencias naturales y físicas, y buscando la explicación en diferencias biológicas pretendidas o reales. Es como el sexismo, que no es otra cosa sino la conversión en esencia natural de un proceso de construcción histórica. Este esencialismo está desentrañado en la obra de Pierre Bourdieu (1998), que muestra los procesos de transformación de la historia en naturaleza que han hecho de la diferencia entre masculino y femenino una nécessité socio-logique naturalizada.

Se pregunta Alvarez Dardet ¿cómo explicar desde una perspectiva genética (y la genética es la diferencia principal a nivel biológico entre hombres y mujeres) que sean ahora más resistentes las mujeres que en 1900?; y la respuesta es que la razón de que la esperanza de vida varíe entre los sexos con el tiempo, se encuentra en los procesos de construcción histórica, en cómo literalmente las fuerzas sociales se han corporizado en cada uno de nosotros. Hasta la primera mitad del siglo XX se atribuyeron las diferencias a que los hombres trabajaban duro y en condiciones penosas; e incluso se creyó que la incorporación de la mujer a la vida laboral acortaría distancias, pues al abandonar la seguridad del ámbito de lo doméstico participaría de los riesgos y peligros propios del ámbito de lo público, reservado hasta entonces a los hombres. Se postulaba que las mujeres, al participar en el trabajo productivo, de alguna manera se masculinizaban adquiriendo hábitos y conductas masculinas, fumando, bebiendo, conduciendo automóviles, sometiéndose a la doble jornada en el trabajo, etc. Pero no ha sido así. Estos argumentos se basan en la pretendida existencia de un efecto protector de la reclusión doméstica de las mujeres (las reinas del hogar); y la asunción de postulados sibilinamente androcéntricos, ya que plantea dos justicias distributivas diferentes, una para el trabajo productivo y otra para el reproductivo.

Sin embargo, la mayoría de los síndromes de la mujer emancipada pueden explicarse de manera más justa no achacando responsabilidades a las mujeres por su participación en la producción, sino preguntando por la responsabilidad de los varones en la reproducción, lo que podríamos llamar el síndrome de inhibición doméstica de los varones. Tratar de explicar la eventual pérdida de la salud de las mujeres por su participación en el sistema productivo, es como intentar argumentar que la culpa es de la víctima por abandonar las tareas reproductivas que socialmente se le habían reservado. La pretendida masculinización de las mujeres, su acceso a la producción, está matizada precisamente por el mantenimiento de su vinculación al ámbito doméstico. La doble jornada o jornada interminable sería el factor más certero en la profundización sobre las desigualdades en las expectativa de vida.

Finaliza Dardet señalando que lo interesante de la teoría de la modernización de roles de género es que nos plantea un universo más flexible. El problema no está ya en los hombres y las mujeres en sentido biológico como plantea el esencialismo, ni en que las mujeres se hayan salido de su nicho social como plantea la teoría de la emancipación, sino en la manera en que hombres y mujeres han construido su participación en la producción y en la reproducción. Añadiendo un poco más de justicia a nuestras sociedades y a nuestras casas, consiguiendo no sólo democracia en lo político sino democracia doméstica, se podría lograr una mejoría sensible. Hemos conseguido una sociedad mucho más justa en lo público en términos de paridad, aunque aún queda un buen trecho por recorrer, especialmente en paridad salarial. Se trata ahora de que esos mismos principios de justicia que ya se han aceptado en el mundo del trabajo productivo (que la mujer tengan los mismos derechos), sea también verdad en el mundo reproductivo (que los hombres tengan las mismas obligaciones y tareas). La ganancia en términos de salud sería enorme.


[1] Cabe aquí hacer una matización prospectiva en cuanto a la mortalidad por conflictos bélicos y su evolución. En las guerras del siglo XX, la mortalidad era aproximadamente del 80% en combatientes. En la actualidad esta proporción se invierte, y como ocurre en Irak, el 80% de las bajas son entre población civil y el 20% en combatientes. Las guerras ya no tienen el impacto por sexo en la mortalidad que tenían, y ahora su impacto es sobre todo entre los no combatientes.

[2] El País, 8-XII-07

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En Octubre de 2002, los directores de los departamentos de Derecho y Ciencias Sociales del Trabajo organizamos unas “Jornadas sobre inmigración y ciudadanía europea” a las que invitamos a sociólogos y juristas para que se pronunciaran sobre el fenómeno de las migraciones europeas y su vinculación al proceso de construcción de una ciudadanía europea. Se trataba de presentar a la sociedad en general, y al medio universitario en particular, una serie de reflexiones sobre un tema crucial para el desarrollo actual y futuro de la sociedad española, motivado por el fenómeno reciente y creciente de la inmigración extracomunitaria.

Las dificultades y problemas que esta inmigración encuentra en la adquisición de una ciudadanía plena están motivando la existencia de focos de marginalidad, explotación y xenofobia. El acercamiento a la realidad del problema, desde diferentes áreas de pensamiento y mediante la participación activa en los debates que se suscitaron, nos acercaron algunas previsiones de resolución a corto y medio plazo que mejorara la situación. En este sentido, los problemas a tratar desde distintas ópticas de pensamiento, tenía que ver con los derechos de ciudadanía y con los problemas de exclusión, con el mercado de trabajo y la protección social, con los procesos identitarios y de relación intercultural, con las políticas inmigratorias y los procesos generales de integración social. Desde ellos, iniciamos la reflexión y el análisis sobre la inmigración y la asunción de una ciudadanía plena.

Las ponencias de los participantes en las Jornadas fueron editadas por el servicio de publicaciones de la Universidad de La Rioja en 2003, a fin de hacer llegar el conjunto de reflexiones a un mayor número de personas que las que en aquella ocasión se presentaron en el Aula Magna de la Universidad. Del éxito de aquella convocatoria dan fe el número superior de preinscripciones al del aforo natural del Aula Magna, y finalmente que casi el 90% de la misma se ocupara durante los dos días (mañana y tarde) que duraron estas Jornadas.

Inmigracion y Ciudadanía

CONTENIDOS:

Primera parte:

1) Inmigración y políticas de integración: Inmigración y globalización. Acerca de los presupuestos de una política de inmigración, por Javier de Lucas. (Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política. Universitat de Valencia)

2) Las dos variantes del cierre: etnos y demos, por Mariano Fernández-Enguita. (Catedrático de Sociología de la Universidad de Salamanca)

3) Migraciones y cultura democrática, por Mikel Azurmendi Inchausti. (Catedrático de Antropología de la Universidad del País Vasco)

4) La inmigración y la Unión Europea, por José Martín y Pérez de Nanclares. (Catedrático de Derecho Internacional Público de la Universidad de La Rioja)

Segunda parte:

5) Inmigración y ciudadanía: El cosmopolitismo y las nuevas fronteras de la ciudadanía, por Andrés García Inda. (Profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad de Zaragoza)

6) Inmigración y multiculturalidad: hacia un nuevo concepto de ciudadanía, por Ricard Zapata-Barrero. (Profesor de Ciencias Políticas de la  Universidad Pompeu Fabra de Barcelona)

7) La (no) política de inmigración y el Estado de Derecho, por José Martínez de Pisón Cavero. (Catedrático de Filosofía del Derecho y Rector de la Universidad de La Rioja)

8) El problema social de la inmigración y políticas de integración ciudadana, por Joaquín Giró Miranda. (Profesor de Sociología de la Universidad de La Rioja)

Son numerosas las cuestiones  que atraviesan el fenómeno de la inmigración, como lo son también los enfoques desde los que pueden analizarse. El libro está estructurado en dos bloques temáticos. En realidad, puede muy bien afirmarse que la intervenciones tocan especialmente, entre otros, cinco problemas: 1.- causas y naturaleza de la actual oleada migratoria; 2.- el debate sobre los modelos de gestión de la inmigración; 3.- el debate sobre la relación entre inmigración y multiculturalismo; 4.- la relación entre inmigración y democracia; y 5.- finalmente, la relación entre inmigración y las nuevas formulaciones del concepto de ciudadanía.

1.- La teoría social sigue insistiendo en que la causa principal de la actual oleada migratoria responde a motivos económicos. Y la teoría económica apunta que las migraciones son el resultado de una tendencia al equilibrio que existe entre los países con excedente de población y los que carecen del número suficiente para cubrir su mercado laboral. En realidad, igual que hay un mercado de capitales y otro de bienes, las migraciones son el resultado de la existencia de un mercado de trabajadores que promueve el desplazamiento de los países o zonas más pobres, pero más populosas, a los más ricos y menos poblados o, al menos, atractivos desde la perspectiva de encontrar un puesto de trabajo.

En la actualidad, las explicaciones sobre las migraciones y sobre la incidencia de la inmigración en determinados países parten de una perspectiva global. El actual proceso migratorio sólo puede ser comprensible a partir del análisis y del estudio de las repercusiones de la globalización. Esto es, de las repercusiones de la actual fase de expansión y de extensión del capitalismo global a todo el planeta en los flujos migratorios. Para alguno, y no precisamente representantes del pensamiento neoliberal, esta perspectiva permitiría explicar los movimientos de población desde que Europa diese el salto a América hasta la actualidad.

Lo cierto, no obstante, es que el actual proceso globalizador en la economía mundial incide directamente en la estructuración de los mercados y en su tendencia hacia la apertura, hacia la flexibilización y liberalización. En este sentido, la globalización parece, en principio, jugar a favor de un incremento de las migraciones en la medida que tiende a constituir mercados no compartimentados, ni estructurados en unidades nacionales. Tiende a constituir un único mercado mundial –o, mejor, diferentes mercados mundiales de acuerdo a sectores económicos, productos, etc.- dentro del cual el de los trabajadores sería un elemento fundamental. Pero, por otro lado, de acuerdo con el carácter dialéctico tantas veces puesto de manifiesto, la globalización muestra una clara tendencia a restringir un único mercado mundial de trabajadores que favorezca la inmigración. Mientras que se abre y se consolida un mercado de capitales y se avanza en el de bienes, se cierran a cal y canto las fronteras a las personas. No se avanza, pues, en la estructuración de un mercado global de trabajo.

2.- El modelo de gestión de la inmigración y, en especial, la política de integración es una de las cuestiones centrales del actual debate y, asimismo, está bien presente en los escritos del libro (de Lucas, Giró, Martínez de Pisón, Zapata). En general, en estos escritos predomina una lectura negativa de los modelos de gestión vigente en la Unión Europea y, por derivación, en España. Estos autores tienen en común una opinión contraria a las políticas restrictivas, a la falta de alternativas de las medidas policiales, a la estigmatización jurídica del inmigrante, etc. Frente al modelo vigente, la política sobre inmigración debería girar en torno a una nueva visión de la ciudadanía y el reconocimiento y protección de los derechos fundamentales de los inmigrantes en tanto que personas.

Un capítulo especial está dedicado a la política de inmigración en la Unión Europea (Martín y Pérez de Nanclares) que es claramente ilustrativo de la estrategia seguida en este marco político. Sus conclusiones, no obstante, tras el Tratado de Ámsterdam y las reuniones de Laeken y  Sevilla no es muy optimista y destaca también el carácter restrictivo de la llamada inmigración deseable o legal y el establecimiento de límites al reconocimiento y disfrute de derechos fundamentales de los inmigrantes en el seno de la Unión.

De entre los autores del volumen, tan sólo Azurmendi parece disentir de esta lectura y pone de manifiesto  la exigencia de que los extranjeros interioricen los valores que inspiran la cultura de nuestras sociedades democráticas. Las democracias occidentales no se construyen en el aire, sino que confían su supervivencia y su cohesión en el sustrato de valores y en una cultura compartida. Eso quiere decir que los extranjeros, quienes posean una cultura diferente, deben aceptar y respetar esos valores comunes, y que en ello va la propia supervivencia de nuestras democracias. Según este autor, a fin de preservar y extender la cultura democrática de las sociedades liberales, es necesario seguir regulando restrictivamente la inmigración para sólo admitir aquellos modos de vida, aquellas formas identitarias, que sean pluralistas y tolerantes. Porque se trata de integrar socialmente a los inmigrantes y no sólo políticamente.

3.- El debate sobre el multiculturalismo es uno de los más polarizados de la filosofía política desde que fuese iniciado por autores comunitaristas, como W. Kymlicka y otros. En estas páginas, se pueden contemplar las diferentes posiciones tan radicalmente encontradas. Por un lado, quienes consideran que el multiculturalismo es un modelo normativo que pervierte las bases pluralistas de nuestras sociedades (Azurmendi). En la línea de lo expuesto por el profesor italiano G. Sartori, los defensores de esta posición mantienen, en un tono apocalíptico que la deriva del pluralismo tradicional, basado en la tolerancia, hacia el reconocimiento del derecho a la diferencia y al multiculturalismo constituye el germen de autodestrucción de la sociedad liberal. Por coherencia con esta tesis, no sólo pretenden desarbolar estos derechos y al multiculturalismo, sino también justificar una política restrictiva en la entrada de inmigrantes, así como un riguroso asimilacionismo cultural por el cual sólo deben ser admitidos los culturalmente similares en razón de la lengua, raza y religión.

Por el contrario, en el otro espectro del debate, los teóricos sociales ponen de manifiesto que el multiculturalismo no es un modelo social a implantar como respuesta a las nuevas realidades, sino que es un hecho social que se impone por encima de nuestras voluntades y en el que la inmigración, pero no sólo ella, ha cumplido un importante papel dinamizador. Precisamente, lo que hay que discutir y pensar es el modelo o política que permita gestionar este hecho social que se da como realidad inevitable e incontestable. Y, como piezas importantes de ese modelo, hay que discutir cómo tratar en condiciones de igualdad a la diversidad cultural, o cómo estructurar el espacio público para que esa discusión sea posible o cuáles son los elementos de una política abierta inclusiva, etc. En este texto, esta postura parece defendida por autores como J. de Lucas, J. Martínez de Pisón, R. Zapata o J. Giró. En todo caso, no se obvia que las dificultades y los problemas son muchos. Y que las posibilidades de estallidos sociales por una inadecuada gestión de la realidad multicultural debe estar bien presente en el debate público.

4.- Un elemento central en el debate sobre la inmigración es la discusión acerca de sus efectos sobre la democracia y sus instituciones. En el texto, la referencia a esta cuestión aparece expresamente en los artículos de M. Azurmendi y M. Fernández Enguita, aunque la preocupación sobre la repercusión del vigente modelo de gestión en el sistema democrático y el Estado de Derecho, en la ciudadanía y en la convivencia social está presente en todos los demás.

El ex-presidente del Foro para la Integración Social de los Inmigrantes, M. Azurmendi, trata de la relación del origen de las democracias y el fenómeno migratorio. De acuerdo con su análisis, el substrato de la cultura democrática es la identidad ciudadana, entendida como un conjunto de representaciones simbólicas acerca de la justicia, la igualdad, la autoridad, que en nuestro imaginario social se representan como emociones, deseos y creencias compartidas por el conjunto de los ciudadanos. El fundamento de esta identidad reside en lo que llama civilidad democrática que se asiente en cuatro dimensiones: 1) un espíritu público capaz de evaluar el comportamiento ciudadano y desarrollar un discurso público; 2) un sentido de justicia capaz de discernir y respetar los derechos del otro; 3) un sentido de decencia civil o de no discriminación; 4) y la tolerancia pluralista. La aceptación de esta civilidad democrática por parte del extranjero resulta de suma importancia, según Azurmendi, para una correcta integración que no altere las bases de la convivencia democrática.

Por su parte, M. Fernández Enguita realiza una interesante reflexión sobre la clásica distinción de las ciencias sociales entre la “comunidad política territorial” (demos, de corte universalita y abierto) y la “comunidad cultural” (etnos, particularista y cerrada). Sin embargo, en su opinión demos y etnos no tienen porqué oponerse, sino que puede constituir dos estructuraciones alternativas, pues ambas tratan de definir quiénes son los nuestros y quiénes son los otros.

El demos se basa en el territorio, en la residencia, para fijar quien pertenece a él y quien no. El etnos se basa en la familia y en otras formas de filiación (filiación consanguínea), para fijar quien pertenece y quien no. Digamos que en el uno predomina el dónde se ha nacido, en el otro predomina de quién se ha nacido, aunque no tenga una forma jurídica, escrita, codificada, etc., pero sí como norma consuetudinaria establecida. Los dos se cierran a los otros: el etnos se cierra a los extraños, a los que son de otro color, otra religión, otra lengua, otro modo de vida, la forma de vestir o comportarse. El demos se cierra pura y sencillamente a los extranjeros, sean como sean. También los dos pueden tener vías de apertura limitada. Por ejemplo, en el caso del demos la naturalización, es decir, la concesión de la ciudadanía con cuentagotas, la residencia legal, la concesión de ciertos derechos, pero no todos, a los que compartan ese territorio. En el caso del etnos su forma de apertura existe a través de los matrimonios mixtos y otras formas de mestizaje.

5.- El título de esta publicación denota la importancia que el debate sobre la inmigración está teniendo en la revisión de la noción de ciudadanía. Puede decirse que casi todos los textos tratan de alguna manera esta cuestión. Desde quienes consideran que no se puede estirar el significado de la ciudadanía hasta el infinito para resolver el estatuto jurídico de los inmigrantes, hasta quienes repasan diferentes modalidades, sea cosmopolita, multicultural o, más pragmáticamente, la ciudadanía europea.

J. Martínez de Pisón es quien adopta una posición más escéptica respecto a esa función liberadora de la ciudadanía. Un concepto-chicle, como afirma, que no puede estirarse indefinidamente. En su opinión, el camino recorrido hasta la fecha no parece augurar que una ciudadanía “universal”, fundada en los textos internacionales sobre derechos humanos, o la misma ciudadanía europea como la impulsada por el Tratado de Maastricht puedan abrir una vía de esperanza a este tipo de soluciones. Por un lado, porque es palmario el incumplimiento del compromiso universalista de los derechos; por otro, porque la ciudadanía europea se construye en un estrecho vínculo con la nacionalidad.

Sin duda, en el resto de autores tenemos una muy interesante panoplia de propuestas de lectura del concepto de ciudadanía: cosmopolita (García Inda), multicultural (Zapata) plural e inclusiva o ciudadanía cívica (J. de Lucas). No obstante, estas posturas no están exentas de un enfoque autocrítico. Así, el primero de estos autores reconoce que su lectura supone un “elogio crítico del cosmopolitismo; o, dicho de otra manera, el elogio de un cosmopolitismo crítico, consciente de los riesgos del universalismo abstracto y formal al que abocan determinados discursos aparentemente universalistas”, pero sin que ello suponga la renuncia a “recuperar las posibilidades transformadoras que subyacen en el ideal de la ciudadanía cosmopolita entendida como una apuesta profundamente ética y política”.

Asimismo, no deja de ser inquietante las conclusiones de Zapata cuando, al hacer el balance final de sus reflexiones, aventura el inicio de un período histórico de “desencantos”: “Si tomamos en serio el paradigma moderno que hemos denominado como de la Santísima Trinidad, formado por el vínculo triangular entre el Estado, la nación y la ciudadanía, lo que supone el vínculo entre inmigración, ciudadanía y multiculturalismo es que apoya la idea de que estamos viviendo un proceso similar al que M. Weber denominaba de desacralización o desencanto. En aquel entonces, esta desacralización apuntaba básicamente a la separación entre la Iglesia y la Política. Este nuevo período pone en duda de forma similar al pilar básico que ejerce el monopolio de nuestras creencias y lealtades: la nación y la nacionalidad. Este nuevo proceso podría describirse como de separación entre Nación y Política”.

Por su parte, el profesor Javier de Lucas presenta probablemente una postura no exenta de realismo y, al mismo tiempo, de riesgo al apostar por una serie de medidas concretas y, habría que decir, posibles. Entre las que hay que mencionar la creación de un estatuto del residente y de una ciudadanía cívica. Según afirma, “esa ciudadanía cívica debe comenzar por el reconocimiento de que el residente (aunque sea sólo residente temporal y no definitivo o permanente) en la medida en que paga impuestos y contribuye con su trabajo y con sus impuestos, con su presencia como vecino y no sólo como trabajador a la construcción de la comunidad política, comenzando por la primera, la ciudad, tiene no sólo derechos civiles e incluso sociales, sino políticos: derecho a participar al menos en ese nivel. El primer escalón de la ciudadanía cívica sería de nuevo el primer escalón de la idea europea, las ciudades, la comunidad política municipal”.  Pues bien, de Lucas se arriesga no sólo al apostar por esta ciudadanía cívica, primer paso de una ciudadanía múltiple o multilateral que concrete una democracia inclusiva y plural, sino que apunta los pasos que permitan materializar el modelo propuesto.


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Este es el tercer libro de Gerontología que publicó la UR en 2006. Ha sido un libro de éxito pues se ha vendido a primeros de este año toda la edición y he autorizado para que se pueda descargar todo el sumario desde Dialnet: http://dialnet.es/servlet/libro?codigo=343628

Cuando a finales del mes de mayo de 2005 decidimos celebrar un nuevo curso de Gerontología Social entre los profesores de la hoy extinta Unidad Predepartamental de Ciencias Sociales del Trabajo de la Universidad de La Rioja, en colaboración con profesores de la escuela Universitaria de Enfermería de La Rioja, pensamos que entre las necesidades de carácter teórico que debíamos abordar, se encontraban aquellas que dieran respuestas válidas a la pregunta de cómo preparar y prepararnos para la jubilación.

Gracias al apoyo financiero de la Universidad de La Rioja en su convocatoria de ayudas para la realización de actividades de extensión universitaria, se pudo invitar a especialistas y profesionales de otras áreas disciplinares con los que ofrecer una visión interprofesional sobre la jubilación y la preparación para la vejez, señalando de modo particular los aspectos positivos de la misma, teniendo en cuenta las dimensiones socioculturales, psicológicas, económicas y medioambientales en que se inscribe el proceso de envejecimiento en España.

Debía ser una visión sobre los recursos internos y externos con que cuentan las personas mayores para enfrentar su vida de forma plena. Los cuidados físicos, los recursos sociosanitarios, el desarrollo de actitudes positivas hacia sí mismos y hacia su entorno, los posibles cambios sociales orientados a mejorar la calidad de vida de los mayores en nuestra sociedad, etc. Por añadidura llevamos a cabo una serie de talleres prácticos mediante los cuáles abordamos estrategias metodológicas que permitieran la adquisición de habilidades necesarias para un envejecimiento activo.

De este modo, y a lo largo de este libro, hemos tratado de ofertar diversas y complementarias visiones teórico-prácticas acerca de lo que entendemos como un envejecimiento activo o un envejecimiento en positivo. El envejecimiento activo debe considerarse un objetivo primordial tanto de la sociedad como de los responsables políticos (Giró), intentando mejorar la autonomía, la salud y la productividad de los mayores mediante políticas activas que proporcionen su apoyo en las áreas de sanidad, economía, trabajo, educación, justicia, vivienda, transporte, respaldando su participación en el proceso político y en otros aspectos de la vida comunitaria. De este modo, cuando la salud, el mercado de trabajo, el empleo y las políticas educativas y sanitarias apoyen el envejecimiento activo, posiblemente habrá menos muertes prematuras en las etapas más productivas de la vida. Menos discapacidades relacionadas con enfermedades crónicas en la ancianidad. Más personas que disfruten de una calidad de vida positiva a medida que vayan envejeciendo.

Precisamente un componente de la calidad de vida, aunque para algunos la esencia de la misma, es la educación (Bermejo). Bajo la premisa de que las personas podemos mejorar constantemente, que podemos aprender continuamente, la educación se convierte en una realidad para todas las personas. El concepto de educarse en la vejez busca dar a todas las personas, independiente de su edad, una oportunidad formativa que le permita optimizar sus capacidades, favorecedoras éstas de su desarrollo individual y social.

Ahora bien, cuando hablamos de vejez, partimos de un situación desigual en función del género (Pérez), no sólo por las expectativas de vida, que son mayores entre las mujeres que entre los hombres, si no por cuestiones como el trabajo y las actividades domésticas, las relaciones familiares o de amistad, el cuidado de las personas dependientes, etc. El motivo es que las identidades de género, edificadas en edades más tempranas de la vida, no se alteran de manera notable en la vejez. Esas identidades reciben el refuerzo de normas sociales que establecen expectativas de comportamiento diferentes para unas y otros en esta etapa postrera de la vida.

Pero si el género es determinante a la hora de enfrentar socialmente el proceso de envejecimiento, no son menos los mecanismos biológicos responsables del envejecimiento, como demuestra la existencia de más de trescientas teorías a lo largo de la historia. Un modo de aproximarnos a este conjunto de teorías sobre el fenómeno del envejecimiento es clasificarlas en dos grandes grupos: deterministas y ambientales (Hernando). Las primeras englobarían aquellos fenómenos que se describen mediante un número determinado de variables concretas y conocidas, que se desarrollan  de la misma manera en cada reproducción del fenómeno estudiado. Son innatas, están programadas en el genoma del individuo. Las segundas se fundamentan en la acumulación casual de sucesos nocivos, debido a la exposición de factores exógenos adversos y, por otra parte, fenómenos que implican una serie de variables aleatorias que hacen que este fenómeno sea producto del azar y se tenga que recurrir a cálculos de probabilidades para ser estudiado.

El cambio de concepción sobre el envejecimiento se produce de una forma muy rápida en la sociedad actual, pues se van abandonando patrones culturales idealistas, previos a la sociedad del bienestar, formados a lo largo de la historia en torno a principios inmutables, sociales, familiares, religiosos, etc. La construcción del pensamiento positivo en oposición al heredado de carácter negativo (Martínez) es una respuesta clásica, producto de la civilización y de la afirmación del individuo en el mundo, libre de complejos y de ataduras, cuyo origen está en la Ilustración, y que no es sino la negación de la falsificación permanente que la sociedad impone cada día a través de sus más poderosas armas de anulación de la capacidad crítica del individuo y de su entorno social. Por eso, Martínez parte de conceptos como necesariedad, vida vivida, obligatoriedad (pensar de otra manera), elección (no una, sino varias alternativas), etc., para construir el pensamiento positivo.

El pensamiento positivo es una herramienta valiosa para afrontar la vida, incrementar el deseo de ser activo, actuar con entusiasmo y aumentar el grado de optimismo de cara a realizar el objetivo fundamental, que es conseguir y disfrutar de la felicidad. Una felicidad, que en todos los casos va a depender de nuestra manera de vivir, y de nuestra manera de relacionarnos con los demás, es decir, del tipo de relaciones sociales y personales que mantengamos a lo largo de nuestra vida.

Igualmente nos debe importar que el largo periodo temporal que va desde la jubilación hasta la muerte sea un periodo activo, de ocupación activa del tiempo. Y es que la revalorización del ocio cobra en la vejez una gran importancia; es la época de la vida en la que uno puede y debe dedicar más tiempo a sus ocupaciones favoritas y a sus hobbies. Normalmente, cuando las personas mayores logran organizar su tiempo libre con actividades que les agradan, se adaptan mejor al envejecimiento y se sienten más seguras de sí mismas; perciben la vida como un todo, con calidad, aceptando sus propias modificaciones a lo largo de ella (Morales y Bravo). Con estos objetivos trabajan los terapeutas ocupacionales, pues entienden que la ocupación es fundamental para la adaptación humana y, por tanto, su ausencia o interrupción (independientemente de cualquier otro problema médico o social) es una amenaza para dicha adaptación. Por otro lado, cuando la enfermedad, el trauma o las condiciones sociales han afectado a la salud biológica o psicológica de una persona, la ocupación es un medio efectivo para reorganizar el comportamiento.

Del mismo talante se muestra la musicoterapia, que entendida como la utilización de música y sonidos con fines terapéuticos, contempla y favorece el desarrollo integral de la persona, y se encamina hacia la salud en términos de un completo equilibrio o bienestar: físico, mental, social e incluso espiritual (Camacho). La musicoterapia actúa sobre las personas mayores mejorando su estado físico y psíquico, ejercitando su memoria a corto y largo plazo, combatiendo problemas emocionales, ofreciéndoles una alternativa de recreo y distracción, motivándoles a vivir y compartir sus experiencias con otras personas, preservando su contacto con la realidad, y ayudándoles a prevenir un buen número de trastornos.

Con el objetivo de favorecer la disposición de los sujetos ante la escucha de la música, ayudarlos a escuchar y así facilitar que aprendan, el educador debe utilizar todas las formas posibles de comunicación (lenguajes) que sea capaz de establecer. Puede servir tanto el lenguaje verbal como el no verbal (corporal y plástico) con diferentes variantes: el gesto, la mímica, el movimiento corporal, las indicaciones realizadas con distintos objetos sonoros, con distintos sonidos cantados, el lenguaje plástico con la utilización de imágenes o de otras grafías no convencionales (De Moya).  Del mismo modo, el juego musical puede conseguir que las personas mayores  disfruten y obtengan alegría y satisfacción personal, pero, además, a través del juego, los mayores aplican sus experiencias, vivencias y conocimientos, ejercitando sus posibilidades motrices en diversas situaciones (cantar, moverse, tocar); potenciando su mundo afectivo y ampliando sus relaciones sociales. Todo esto contribuye a aumentar la confianza en sí mismos, en sus creaciones y elaboraciones personales, a elevar su autoestima, a aumentar su bienestar personal y a encarar esta etapa vital con espíritu alegre y positivo.

La soledad y la carencia de apoyos sociales impiden satisfacer plenamente los anhelos de felicidad y bienestar. Es preciso, por tanto, que nos impliquemos en la relación con los demás, expresando nuestros propios sentimientos, demostrando interés por la vida de quienes nos rodean, implicándonos, participando, ofreciendo y pidiendo ayuda. Precisamente una de las formas de atención personal para la prestación de cuidados es la atención domiciliaria, que se constituye como un medio idóneo para detectar las necesidades del anciano o del enfermo en todos sus aspectos, valorando el entorno y evaluando posibles deficiencias (Iruzubieta). Además, la aplicación de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en la atención social y sanitaria de la población en general, y de los ancianos en particular, ha permitido mejorar los procesos asistenciales, los procedimientos de información y comunicación, dinamizando los lentos y complejos procesos burocráticos y organizativos de los sistemas sanitarios. Los aspectos positivos han sido evidentes, con la reducción de las barreras de acceso a los servicios socio-sanitarios, con un mayor grado de autonomía para los pacientes y, en última instancia, el logro de una clara mejoría en la calidad asistencial de los ancianos, tanto en la vertiente social como en la sanitaria.

No obstante las bondades de la atención domiciliaria del paciente, tampoco se puede dejar de lado la atención en institución, sobre todo en el caso de enfermos en situación terminal. Para ellos están los Cuidados Paliativos, que comprenden la asistencia global y activa de los pacientes cuya enfermedad ya no responde a un tratamiento curativo (Astudillo, Mendicueta y Orbegozo). Sobre los factores a favor y en contra de una u otra modalidad de asistencia y cuidado de enfermos terminales hay que reflexionar, pues lo que nos tiene que importar es que cualquiera que sea el lugar donde la muerte acontezca, nuestro deber es estar preparados para ayudar a que sea apacible, sin sufrimiento y en compañía de sus seres queridos.

De este modo concluimos las diferentes aproximaciones a la cuestión de un envejecimiento activo, un envejecimiento en positivo, que nos ayude a encarar el periodo que va de la jubilación hasta el fin de nuestra existencia, con el objetivo de mejorar la calidad de vida y el disfrute de las oportunidades que sea abren para aumentar la felicidad.

ENVEJECIMIENTO3

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El cuarto libro de Gerontología Social editado por la Biblioteca de Investigación de la UR con el nº 50  se publicó en 2007.

El aumento constante de los grupos de edad más avanzada en las poblaciones, tanto en cifras absolutas como relativas con respecto a la población en edad activa, tiene consecuencias directas en las relaciones dentro de la familia, la igualdad entre las generaciones, los estilos de vida y la solidaridad familiar, que es la base de la sociedad.

También nuestra sociedad está experimentando importantes cambios sociales y demográficos como el incremento del número de personas mayores de ochenta años y el incremento de ancianos que viven solos lo que conlleva el aumento de la necesidad de cuidados por la inadecuada red de apoyo informal. Esta situación configura un nuevo panorama que exige respuestas eficaces desde las instituciones públicas que pasan, necesariamente, por el replanteamiento de los principales objetivos hacia los que estaba dirigida la política socio-sanitaria en años anteriores, tal y como señalan algunos autores en esta obra.

Además, la edad sigue siendo un factor diferencial en nuestra sociedad y con demasiada frecuencia fuente de desigualdad y discriminación en los diferentes espacios de convivencia y expresión social. Por esto, la sociedad en su conjunto y los poderes públicos en particular, deben de poner los medios y recursos para encauzar los proyectos vitales de todos, sin los estigmas de la edad. En este sentido, la autonomía, la seguridad[1], la libertad personal, el respeto, las relaciones afectivas satisfactorias, la atención sanitaria y la integración social, son algunas de las condiciones básicas para el bienestar de todas las personas.

Por esto es necesario desarrollar aquellos instrumentos que posibiliten el disfrute de los derechos humanos y remover los obstáculos que dificulten su ejercicio. Por esto es necesario que desde el ámbito de las ciencias sociales se denote la necesidad de concebir a las personas mayores como sujetos únicos y protagonistas del ejercicio de todos los derechos que como ciudadanos les compete; por esto, la edición de “Envejecimiento, Autonomía y Seguridad” trata de responder a algunos de los problemas inherentes al cumplimiento de los derechos humanos en el ámbito de las personas de edad.

Poca atención se presta al patrimonio de conocimientos, experiencia, habilidades y sabiduría que tienen las personas de edad para educar y formar a las jóvenes generaciones. Esa falta de atención equivale a la falta de apoyo en la adopción de políticas públicas para fomentar y favorecer la plena participación de las personas de edad en la sociedad (Giró). En este sentido, la organización y gestión de las instituciones (de salud, bienestar social, etc.) deberán orientar sus recursos humanos hacia prácticas profesionales que faciliten y garanticen a las personas  mayores el acceso a los derechos de los cuales son titulares. Pero para que el derecho a tener derechos se convierta en realidad y las personas de edad sean consideradas personas de derecho, será necesario ampliar la participación ciudadana, ejercer la fiscalización y el control de las políticas públicas y fortalecer las organizaciones de la sociedad civil.

Sin embargo, las personas mayores (mejor, los varones) nunca han estado excluidas de los espacios del poder y la influencia, al contrario. Las democracias han sido, históricamente, gerontocracias (Zubero). Lo siguen siendo en gran medida. Por su parte, el lugar de la juventud ha sido, también históricamente, el de la oposición, el de la contracultura. Para aumentar el sentido de la ironía, los mayores de hoy fueron jóvenes en la década de los sesenta, y muchos de ellos participaron de las revueltas del mítico mayo del sesenta y ocho. Entonces, ¿de verdad la juventud es una enfermedad que se pasa con los años? y, ¿cómo se relacionan la edad y la participación sociopolítica?

Las respuestas habría que buscarlas profundizando, a su vez, en el concepto de ciudadanía social que encontraría la garantía de su ejercicio en el desarrollo del Estado del Bienestar. El individuo es miembro de la sociedad en tanto es reconocido como ciudadano y a la inversa, el reconocimiento de ciudadanía se erige como garantía de participación e integración social (Raya). El aumento del número de personas mayores, así como el rápido incremento de las mayores de ochenta años, junto con los cambios en la vida laboral, la estructura familiar y los estilos de vida, está planteando nuevas exigencias a las familias y a los sistemas socio-sanitarios. Esta tendencia es común en todas las sociedades industriales avanzadas y ha conducido a la puesta en marcha de distintas soluciones en el campo de los servicios y de la política social.

Aunque la evolución de las políticas sociales no ha mantenido un desarrollo lineal y progresivo, hemos asistido a la crisis y reconstrucción del Estado de Bienestar en el último decenio del siglo pasado, lo que ha impactado en el desarrollo y diseño de estas políticas, de entre las que La Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia es su última expresión. La nueva Ley va a suponer una profunda transformación de sus estructuras, un sustancial incremento de sus dispositivos, nuevas formas de intervención y, sobre todo, la responsabilidad de gestionar un nuevo escenario de derechos ciudadanos.

Los Servicios Sociales, ese nuevo Sistema de Protección que nació en los años ochenta al impulso de la democratización de las Administraciones Locales y de la aparición de las Comunidades Autónomas, deberán asumir (García) funciones y responsabilidades, gestionar el contenido de estos nuevos derechos –catálogo de servicios y prestaciones, beneficiarios, procedimientos-, el carácter público de este Sistema y el apoyo a los cuidadores familiares entre otros retos.

Pero no solo la atención social, sino la sanitaria en colaboración estrecha, constituyen uno de los pilares básicos sobre el que se asienta la sociedad del bienestar. La especial vulnerabilidad en la última etapa de la vida del ser humano exige, por parte de los poderes públicos, un esfuerzo muy especial para cubrir las necesidades de la realidad de la dependencia, y presentar alternativas a la misma que provean de autonomía y seguridad. La falta de una asistencia adecuada en el nivel primario de salud, que posibilite un control precoz y eficaz de sus enfermedades trae como consecuencia acudir a un centro hospitalario, con los riesgos de inadaptación, inseguridad y dependencia (Iruzubieta). Desde la atención primaria, los profesionales sanitarios y sociales pueden jugar un importante papel para evitar estas situaciones a partir del uso de normas estandarizadas que describen y miden la salud y las limitaciones de esta.

La dependencia es el resultado de un proceso que se inicia con la aparición de un déficit en el funcionamiento corporal, como consecuencia de una enfermedad o accidente. En este proceso se pueden identificar una serie de factores de riesgo sobre los que se puede trabajar para retrasar una posible situación de dependencia, a través de programas como “enseñar a envejecer” y talleres de habilidades sociales, duelo o crecimiento personal (Cuesta).

También estructuras asistenciales como el hospital, el centro de salud y los servicios sociales comunitarios, complementadas con el recurso de la propia familia del dependiente, van a configurar el escenario en el se desarrollará la atención socio-sanitaria. Un instrumento de coordinación ante la confluencia de servicios y prestaciones en el ámbito local es “la metodología de gestión de casos” (Garcés y Ródenas), que muestra una mejora en la calidad asistencial, indicadores de mejora de la eficacia en la detección y solución de problemas sociosanitarios, una mejor coordinación e integración de los servicios, y una mejora de la satisfacción de los sectores implicados (pacientes, cuidadores y profesionales).

La política social es una parte de la política pública y cada vez resulta más evidente la necesidad de realizar un esfuerzo colectivo para adaptar los cambios demográficos, la estructura y organización de los servicios, así como las prestaciones ofrecidas. En lo que respecta a los servicios sociales, la provisión de cuidados a nivel público interactúa con las actividades privadas (comerciales) y con el cuidado familiar. Actualmente, se tiende a considerar el cuidado formal como adicional al cuidado informal proporcionado por la familia, amigos o vecinos. Los límites entre el cuidado formal e informal son inflexibles (Bazo). No se espera que la atención pública sustituya al cuidado privado o viceversa; asimismo, los servicios comerciales están experimentando un desarrollo cada vez mayor.

El concepto de cuidado se construye socialmente. Y está socialmente aceptado que las tareas de cuidado son una responsabilidad de las mujeres debido a su supuesto instinto natural para este tipo de trabajo. Además, la labor de cuidar no se percibe como trabajo cualificado. Desde una perspectiva sociológica, el cuidado es una actividad basada en patrones sociales. Estos patrones afectan tanto al cuidado familiar como al cuidado formal, y justifican los bajos salarios percibidos por los trabajadores que son principalmente mujeres.

Las consecuencias de esta ideología son la sobrecarga de las mujeres debido a las distintas exigencias familiares y laborales a las que tienen que hacer frente, a la desvalorización de las actividades de cuidado, y a la ausencia de políticas de apoyo a los cuidadores. No hay suficiente apoyo para los cuidadores y es posible que las personas que realmente necesitan cuidados no los estén recibiendo, y que algunos cuidadores se vean superados por las responsabilidades del cuidado, ocasionándoles estrés laboral (Manzano).

Todo parece indicar que ser mujer es un contratiempo para el ejercicio de los derechos, a pesar de la considerable supremacía cuantitativa de las mujeres sobre los hombres en el peso demográfico, principalmente a edades avanzadas, pues multiplica las posibilidades de que pasen los últimos años de su vida solteras o viudas, viviendo, bien solas o bien dependiendo de los hijos. De este modo, el sistema de transmisión patrimonial, la escasa participación fuera del hogar cuando estaban en la edad activa, la menor cuantía de las pensiones de viudedad respecto a las de jubilación, la mayor morbilidad, etc., presentan un cuadro muy diferente (Hernández) para los sectores masculino y femenino de la vejez. Pero también la mujer de edad, en general, demuestra frecuentemente una mayor capacidad no sólo de supervivencia biológica, sino también de autosuficiencia en la soledad, para hacer frente a sus necesidades e, incluso, para prestar su ayuda a otros.

Las personas de edad (mujeres y hombres) tienen que seguir eligiendo su vida inexcusablemente y eligiendo las tareas que puedan y quieran realizar siendo artífices de su vida a través del ejercicio activo de sus derechos, manteniendo la dignidad frente al inevitable deterioro físico, la quiebra de la salud y la cercanía y posibilidad de la muerte, porque el principio regulador de la ética (Aguirre) es el respeto absoluto a toda persona, la defensa de la dignidad humana: “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

La perspectiva ética debe formar parte de la actividad médica y de la práctica de enfermería, porque todas las actividades requieren un juicio ético que las acompañe, para poder ser actividades humanas razonables y con sentido. Los diferentes profesionales, sanitarios y sociales, son quienes se encuentran en las mejores condiciones para detectar y combatir el problema del maltrato. El maltrato suele ser al mismo tiempo un problema sanitario y social. La discriminación suele ser, muy a menudo, la antesala de la violencia, o el sustrato en el que hunde sus raíces la aparición del maltrato (Bellosta). El maltrato hacia las personas mayores entendido como aquellas acciones u omisiones, realizadas intencionada o negligentemente, que no tienen carácter de accidentalidad, se repiten en el tiempo y hacen referencia a daños físicos, psíquicos, sexuales y/o económicos.

Es desde fechas muy recientes, apenas hace poco más de una década, cuando la sociedad ha ido tomando conciencia abiertamente, de la existencia de situaciones de negligencia y malos tratos a ancianos. El maltrato ha sido reconocido como un problema global de todos, los mayores como colectivo afectado, las instituciones como responsables de la calidad de los cuidados ofertados, y los políticos como sujetos responsables que deben potenciar políticas, donde el derecho de la persona mayor sea algo real para la totalidad.

Porque siendo las personas mayores el colectivo más vulnerable y frágil de la sociedad, son de este modo las víctimas habituales de las prácticas de maltrato. Precisamente una práctica de maltrato institucional es la utilización indebida de medios de contención e inmovilización (Soldevilla). Puede entenderse como restricción física cualquier método o dispositivo físico o mecánico, que  no sea capaz de retirar con facilidad, que limita los movimientos para la actividad física o el acceso normal a su cuerpo, y que anula o disminuye la función independiente de la persona mayor. Esta práctica profesional debe erradicarse si queremos ser respetuosos con el sufrimiento humano y con la dignidad de los pacientes que por sus condiciones de edad y dependencia son los más desprotegidos, y a los que con más facilidad se les retiran los derechos fundamentales.

Para evitar esta ausencia de derechos es necesario que las personas de edad sean visibilizadas, no como destinatarias de las ayudas y cuidados de la sociedad, lo cual magnifica las relaciones de dependencia y hace de los mayores sujetos pasivos, sino como artífices de su destino. Para conseguir esto, las instituciones deben cambiar sus mensajes invitando a la participación ciudadana y excluyendo la utilización partidista en su emisión. Entendiendo que el concepto de ciudadanía equivale a asumir el derecho a tener y ejercer derechos, e implica un ejercicio activo de los derechos humanos en condiciones de equidad e igualdad, incluyendo la capacidad para participar activamente en las políticas y decisiones públicas. Y porque el objeto de una política o legislación basada en la promoción de derechos, procura la construcción de ciudadanía también entre los mayores, garantizando las condiciones para el ejercicio tanto de los derechos individuales de cada persona mayor, como los del grupo de edad. Sobre todos estos temas trata este libro, que invitan a una lectura reflexiva y sosegada y que nos permitirán adoptar una posición crítica y activa sobre la protección de la seguridad en la sociedad del riesgo.


[1] La publicación de este libro se enmarca en la actividad investigadora propiciada por el proyecto “La protección de la seguridad en la sociedad del riesgo”, concedido por el Ministerio de Ciencia y Tecnología (referencia: SEJ2006-15335-C02-01), que dirige el catedrático de Filosofía del Derecho y rector de la Universidad de La Rioja, don José Martínez de Pisón.

ENVEJECIMIENTO4

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Hace unas semanas se publicó el quinto volumen que sobre Gerontología Social vengo coordinando desde el 2004 en que apareció el primero en la Biblioteca de investigación de la UR. Este quinto volumen lleva por título “Envejecimiento, tiempo libre y gestión del ocio” y los diferentes trabajos que se presentan en él tratan de ofrecer una visión interprofesional sobre el envejecimiento, la importancia de una adecuada gestión del tiempo libre y de ocio y su relación con el bienestar emocional y físico, así como promover la utilización de estrategias y alternativas para favorecer un empleo óptimo del tiempo de ocio entre los mayores.

Sabemos por el informe de Eurostat que los mayores de sesenta y cinco años disfrutan de más tiempo libre que el conjunto de la población. También se constata que en general los hombres mayores tienen más tiempo libre que las mujeres (en España dos horas más); además, que las actividades de carácter sedentario predominan entre la población mayor.

También sabemos que tanto el concepto de ocio como el del tiempo libre, al estar relacionado con múltiples parcelas de la vida cotidiana como la educación, la familia, la vida laboral y más globalmente la calidad de vida, ha sido objeto de muchas definiciones y perspectivas de análisis, pero siempre vinculadas a un determinado contexto social.

El fenómeno del ocio y del tiempo libre ha ido adquiriendo importancia a medida que se han ido sucediendo diversas transformaciones sociales y culturales del trabajo. En los países desarrollados donde la protección social abarca diferentes sistemas de pensiones, se entiende que la “jubilación” es la divisoria entre el ciclo vital ocupado por las obligaciones y el determinado por el tiempo libre sin obligaciones laborales.

Para muchos, la jubilación viene marcada por desajustes que obligan a una reorganización del tiempo vital. En este sentido, con la lectura de las páginas de este libro nos planteamos educar para el ocio y al mismo tiempo señalar cómo mejorar las políticas públicas de centros e instituciones destinados a cubrir el tiempo libre de las personas mayores. Por todo ello, el objetivo principal de este libro es comprender el fenómeno del envejecimiento asociado al tiempo libre y la gestión del ocio.

Partimos de que la generación del baby boom se hace mayor y vieja, pero no tienen nada que ver con los viejos de hace unas pocas décadas. Llevan diferentes tipos de vida y son un grupo heterogéneo cuyo denominador común es sólo su edad y la disposición de tiempo libre. Sin lugar a dudas, los viejos de ahora se parecen cada vez menos a los de antes, porque han tenido un nivel de vida superior y tienen otra cultura, demandan más derechos, cuidan su salud y buscan una calidad de vida mejor, adoptando un estilo de vida saludable mediante una alimentación sana, que en este país se correspondería con la dieta mediterránea, el ejercicio físico y la actividad social e intelectual. (Giró)

El concepto de vejez cambia (envejecer es, en cierto sentido, algo subjetivo y está condicionado por factores socioculturales), y el mercado, las empresas y los medios de comunicación también han cambiado para atender las nuevas demandas (los viejos consumen en función de la edad que sienten, no de la que tienen). No hay más que observar la publicidad, para ver que los mensajes han sufrido una gran transformación; el nuevo mensaje publicitario se lanza en positivo mostrando a los viejos con una vida abierta, rica, apasionada y apasionante.

El comportamiento de las personas mayores frente a los medios, determina la percepción e imagen que ellos tienen de la realidad que les rodea y condiciona sus procesos de decisión (Olarte). Por ello, hoy asistimos a nuevas preocupaciones de los viejos sobre cómo gestionar su tiempo libre, cuidar su salud y hasta mejorar su formación y las relaciones sociales e intergeneracionales.

Preocupaciones, que no ocupaciones, que paradójicamente nacen con la desocupación laboral, con la denominada jubilación de la personas activa. Y es que con la jubilación, la sociedad pierde el concurso valioso de muchas personas capacitadas y aptas para el desempeño de su actividad profesional, básicamente en los campos de la docencia, la investigación y la creatividad.

Al mismo tiempo, estas personas realizan una labor silenciosa que, frecuentemente, es poco o nada reconocida socialmente, como es la dedicación de su tiempo al cuidado y atención de otras personas. En la mayoría de las ocasiones, los destinatarios de esta ayuda son miembros de las propias familias. En otras ocasiones se trata de amistades, vecinos, etc. La realidad social nos muestra que casi la mitad de las personas con edades iguales o superiores a los sesenta y cinco años realizan esta tarea. (Hernández).

La realidad social, con su inmediatez, se impone en el decurso de las cosas y las personas. Además, el tiempo de lo instantáneo genera formas de vida que se contraponen al tiempo de los mayores. Se crean nuevos binomios que distancian a las generaciones. El tiempo pausado, hogareño, cíclico de los mayores frente a lo precario, lo fragmentado, lo instantáneo de los jóvenes. Dos formas de vidas cronológicas y cronométricas que distancian y diluyen las relaciones y los encuentros interpersonales entre las generaciones.

Y es que los cambios sociales, marcados por la globalización, han creado una brecha generacional. Tenemos dos grupos aislados con un gran nivel de incomunicación. Una generación de la posguerra española que vivió gran parte de su vida en el franquismo, con valores vitales basados en el trabajo productivo del sector primario y secundario, la moral católica, y la familia tradicional extensa. Y una generación que crece con las nuevas tecnologías, la globalización, la pérdida de valores, la secularización, que concede una importancia vital al tiempo libre, y con pautas y normas inestables y tambaleantes.

Pese a ello, los mayores buscan una interrelación y una interacción con personas de otros grupos de edad con los que enriquecer su tiempo de ocio, sus conocimientos, a fin de seguir sintiéndose miembros de una sociedad plural, y no verse excluidos, marginados, o encasillados en el grupo de “los viejos”.

Precisamente ha sido la visibilización de la dependencia (principalmente la de los viejos), lo que ha obligado a las familias a realizar ajustes y adaptaciones a las nuevas situaciones de convivencia, suponiendo en muchos casos una sobrecarga de las personas cuidadores y, en otros casos, riesgos de desatención, dados los cambios en los modelos familiares, en las relaciones sociales, junto con los cambios en las condiciones y esperanza de vida de las personas mayores. Todo lo cual no sólo justifica la necesidad y la utilidad de los programas intergeneracionales, sino que los impone como fuente de integración y cohesión social. (Sabater & Raya)

Y si hablamos de sobre carga laboral entre los cuidadores informales de las personas dependientes, no podemos sino constatar que, en este país, las mujeres tienen atribuido un rol social, caracterizado por ser el eslabón que articula los servicios y prestaciones de la política social y la atención de las necesidades de cada persona que compone la unidad familiar.

La definición que otorgamos al cuidado informal es, en su nivel más general, el que se presta por parientes, amigos o vecinos a una persona dependiente. Este conjunto difuso de red social de cuidadores informales suele caracterizarse por su reducido tamaño, por existir afectividad en la relación, y por realizar el cuidado, no de manera ocasional, sino mediante un compromiso de cierta permanencia o duración. Todo lo cual, redunda en la ausencia de tiempo libre y de actividades de ocio entre las cuidadoras informales.

Por esto, es necesario buscar estrategias clave para el afrontamiento de una situación que puede tornarse estresante e insostenible, mediante fórmulas que permitan a las cuidadoras informales beneficiarse del apoyo social con el que mejorar su tiempo de dedicación ociosa, ya que el ocio actúa como elemento protector.

Se ha comprobado que uno de los recursos más efectivos para aliviar el estrés reside en el apoyo social y en la valoración subjetiva que hacemos de su disponibilidad, accesibilidad y competencia, para apoyarnos en otras personas cercanas en caso de necesitarlo. El ocio es esencialmente relación y mediante la práctica de actividades de ocio ampliamos nuestra red de apoyo social, conocemos gente, creamos lazos de amistad en los que confiamos y a los que confiar las “penas”. Se trata de un potente recurso para aliviar emocionalmente el estrés crónico que produce el cuidado de un familiar dependiente. (Miguel & Bermejo)

Son por tanto las relaciones sociales, las relaciones intergeneracionales, algunas de las modalidades para envejecer positivamente, felizmente. Hoy sabemos que la felicidad en la vejez depende más de una actitud positiva que de la salud que se tenga. El optimismo y la actitud de “hacer frente” a las cosas son más importantes para conseguir un envejecimiento exitoso, que las mediciones tradicionales de salud y bienestar. El estado físico no es sinónimo de un envejecimiento óptimo, por el contrario, una buena actitud es casi una garantía de un buen envejecimiento; y el tiempo libre y la óptima elección  para nuestro tiempo de ocio es, ante todo, una cuestión de actitud, y esto se comprueba a cualquier edad. Obviamente, en la etapa de la vejez se convierte, si cabe, en una cuestión más importante. Hablamos, por tanto, de calidad de vida y de envejecimiento saludable (Hernando).

Las relaciones sociales mejoran con la formación, la educación y la cultura. Hoy día, los viejos tiene más recursos, precisamente por el aumento de su nivel educativo y cultural, y las actividades mentales de los viejos son una ocasión privilegiada para profundizar en el conocimiento de sí mismos, situándose lúcidamente en el contexto social y cultural del mundo en que viven, e implicándose en actividades que les sirven para reconocerse sujetos útiles. Al mismo tiempo disfrutan del ejercicio de sus capacidades y habilidades, enmarcadas en experiencias de ocio creativo, voluntario y relajado.

Los principales tipos de actividad que suelen vincularse con un envejecimiento de éxito son el ejercicio físico, las actividades productivas y el ocio creativo. La intención de algunos programas que siguen este objetivo, es ofrecer metas de desarrollo en la comprensión y valoración positiva de la propia historia personal, dejando en segundo plano consideraciones de carácter paliativo o “remedial” de la situación y, promoviendo el dominio de estrategias apropiadas con las que  afrontar las normales disminuciones o pérdidas derivadas de la edad. (Bernad)

El envejecimiento de éxito y su programa de actividades es un objetivo fácilmente asumible por los viejos que gozan de cierta autonomía, pero no ocurre eso mismo entre quienes sufren de alguna dependencia, o bien entre quienes la autonomía residencial viene enmarcada en un recinto con sus propias normas de funcionamiento, pese a que en los últimos siete años se han producido cambios significativos en los servicios y recursos humanos y materiales que prestan las residencias de personas mayores.

Han sido cambios al hilo de la potenciación de las políticas de calidad aplicadas a los servicios sociales, de la presión social, y de la competencia entre los propios centros, al convertirse en un sector de interés para los inversores. La creciente legislación en esta materia de las diferentes administraciones públicas ha acompañado en este nuevo panorama que presentan las residencias para personas mayores.

En la práctica se están desarrollando una serie programas enfocados a la participación de las personas mayores desde dos ámbitos: el de la participación en las actividades de terapia ocupacional y animación sociocultural, y el de la participación por medio de un Consejo o Comisión de Participación. (Anaut)

No obstante, el fenómeno del envejecimiento en una residencia, supone cambios en el decurso de la vida de las personas mayores, y los conflictos son inevitables en las relaciones de convivencia. También, no hay que desestimar los cambios acontecidos en el seno de diversas instituciones, los cuales pueden poner en peligro las relaciones de convivencia. Por todo ello, se requieren nuevas estrategias y recursos para hacer frente a la vida cotidiana en las residencias, a través de la prevención, resolución y contención de los conflictos. Por el mero hecho de envejecer pueden aparecer situaciones de dependencia, de soledad, de aislamiento social, de falta de entendimiento con los demás. Estas situaciones requieren una transformación social y personal en el entorno de las personas mayores con el objeto de dotar de calidad los años vividos de más.

La mediación en el ámbito de las personas mayores, que ha demostrado ser una estrategia útil en la prevención y en la resolución de conflictos, debe responder a un cambio de paradigma donde la sociedad asuma la necesidad de resolver los conflictos a través de vías pacíficas, tratando de evitar la judicialización de la vida cotidiana. Los programas de mediación  permiten tratar los problemas de comunicación, de falta de entendimiento, de percepción de la realidad social de los centros y de la comunidad, para llegar a la transformación de las relaciones de convivencia. (Armadans)

En ese viaje vital que es la vejez y el envejecimiento, no debemos olvidar un aspecto que, en muchas ocasiones, se presenta fuertemente interrelacionado con el ocio: la creatividad. Todas las personas mayores son capaces de encontrar soluciones más o menos ingeniosas, originales, diferentes o inesperadas a los retos que plantea la vida en su cotidianidad. La resolución de problemas, la variedad en la manera de enfrentarse a cualquier actividad o trabajo, la búsqueda de nuevos retos, de nuevas amistades, la adaptación a nuevas situaciones, o la expresión de uno mismo como ser, son actividades que las personas mayores han de realizar con asiduidad durante su proceso de envejecimiento y que forman parte del ámbito de la creatividad.

Cuando se aúnan creatividad y ocio, las oportunidades de crecimiento personal y vivencia saludable crecen exponencialmente. Esto es debido a que el ambiente se transforma en un ámbito de auténtica libertad para hacer y expresar, y esa libertad es aprovechada para enfocar gustos, habilidades y capacidades. Todo ello incrementa la motivación intrínseca y acaba dotando de sentido a la actividad que se está realizando. A medida que el proceso va avanzando, se retroalimenta y acaba por instituir un sentimiento de autoestima tan arraigado, que el resultado es una experiencia óptima de ocio  en la que el individuo se siente autorrealizado. La música es, entonces, una manifestación vital del ser humano, y se nos presenta como “una metáfora de vida”, de su temporalidad, de su creatividad, de su mismidad, de su trascendencia, de sus sentimientos y valores. (Lorenzo)

Quienes no recurren a estrategias creativas son aquellos que viven en la “polifarmacia”. Son los consumidores abusivos de fármacos como medio de sublimación de cuanto venimos denominando envejecimiento de éxito, envejecimiento en positivo, pese a que medicamentos y hábitos de vida  no son antagónicos, sino  elementos complementarios para la salud. No obstante, en las sociedades desarrolladas, el equilibrio necesario se desajusta por el lado del consumo desaforado de medicamentos; por su alcance económico, y por enmarcarse en un acto médico, que no lo es sino son dispensados por un facultativo. Además, su utilización exige poco esfuerzo, frente a una infrautilización de recursos basados en los hábitos de vida saludables que requieren del esfuerzo individual, y  que en nuestro país se enfrentan además a la costumbre de celebrarlo todo  con pan y vino.

Los efectos adversos derivados de una mala utilización de los fármacos y la utilidad incuestionable de la modificación de los hábitos de vida en enfermedades tan prevalentes como las enfermedades llamadas cerebrovasculares y que afectan fundamentalmente al cerebro y al corazón, es la importante contribución de la Iatrogenia. En términos generales, Iatrogenia se refiere a cualquier reacción adversa dependiente de la aplicación de un tratamiento, farmacológico o de otro tipo.  Entre  las reacciones adversas determinadas por fármacos, existen reacciones que dependen de la  propia naturaleza  del individuo, poco frecuentes e imprevisibles y que no podemos  controlar, como pueden ser las reacciones alérgicas; sin embargo, hay otras previsibles que dependen de una  mala utilización de los medicamentos y es a lo que nos referimos, cuando hablamos de enfermedades iatrógenas (Astiazarán).

El conjunto de propuestas que se exhiben en este libro sobre envejecimiento, tiempo libre y gestión del ocio, son propuestas que persiguen incorporar a las personas mayores a otra dinámica social; una dinámica en la que los viejos sean cada vez más protagonistas de un envejecimiento de éxito, y en el que la sociedad saque provecho de su incorporación activa y positiva.

Envejecimiento5

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Estamos en una crisis mundial auspiciada por las malas prácticas del capitalismo financiero y especulativo, que desembarazado de todo tipo de control regulatorio por parte de los gobiernos de las naciones desarrolladas, ha llevado su desmedida ambición por la riqueza y el despilfarro más allá de los límites que incluso la naturaleza había sabido hasta hoy guardar. Claro que yo pasé mi crisis económica personal allá por los años noventa. Entonces no hubo tanto eco mediático, pero entonces fuimos muchos los que nos enganchamos a la búsqueda de empleo, a la búsqueda desesperada de algún ingreso y, en última instancia, a la revaluación de las prácticas antisistema (ahora no voy a dar información sobre tales), y al apoyo de la familia y amigos. Trabajé en las cosas más variopintas (desde luego ninguna próxima o parecida a la investigación sociológica), obtuve los empleos más precarios y menos asegurados que empresas como EULEN promueven para beneficio de sus accionistas. En fin que sólo cuando tomé ciertas decisiones y las puse en prácticas empecé poco a poco a salir de un pozo muy hondo y muy negro, desesperante y aniquilador, como es el agujero en el que caen los desempleados con cargas familiares y sin prestaciones. Creo que fueron los años 1993, 1994 y parte del 95 los años más crudos de la crisis que repercutieron en mi vida, pero como de todo se aprende, nada me cuesta decir que salí victorioso (no sin lucha y voluntad) y que los remedios que puse fueron, en primer lugar, seguir formándome y estudiando, no solo para ampliar las posibilidades de empleo, sino también para sentirme mejor persona y evitar ciertas depresiones (me lie otra vez con la tesis doctoral), pedí un préstamo e inicié un negocio de hostelería con la construcción de una casa rural (también hice varios cursos, hasta de cocina, algo que nos tendrían que haber enseñado en casa), y por último, algo de lo que había renegado siempre pero que me vi empujado por necesidad: ser docente universitario. Yo siempre había pensado que la investigación sociológica era un medio suficiente para poder vivir sin grandes consumos pero también sin muchas estrecheces, hasta que me tocó la crisis del 92 y eché mano de cuanto se ponía al alcance, y esta fue una oportunidad que desde luego aprovecharía en pocos años con cierto éxito y gusto. Precisamente los proyectos de investigación posteriores a estos años pertenecen a mi etapa como docente y por lo tanto responden a líneas de investigación en buena medida financiadas por la propia Universidad.

Con el título “La Rioja ante la crisis del 98”, recibí dos ayudas[1] para el desarrollo de un proyecto de investigación en el que figuraba como investigador principal junto a otros cuatro investigadores, tres de ellos ajenos a la propia UR. Este proyecto interdisciplinar trataba de satisfacer una necesidad perentoria por recuperar la memoria, y a tal fin, el grupo de cinco investigadores decide reconocer algunos de los elementos más significativos del acontecer regional de fines de siglo sin someterse a las efemérides del desastre colonial, salvo como excusa para recrear un periodo más amplio, que en ocasiones recoge la formación del estado burgués desde mediados del siglo XIX hasta el primer cuarto del siglo XX. Este trabajo colectivo abre, merced a las diversas metodologías y plurales cosmovisiones sobre la crisis finisecular riojana, la posibilidad de desarrollos investigadores puntuales, que en definitiva nos enseñen, sino todas, sí las principales claves de nuestra historia regional. Las 258 páginas de texto nunca fueron publicadas en su conjunto, aunque sí parcialmente en trabajos posteriores de los autores de este proyecto de investigación. Vaya, que para crisis, la del 98


[1] API-97/A03 y API-98/A10

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