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Archive for the ‘salud’ Category

Un año después de que entregara los originales al Servicio de Publicaciones de la Universidad de La Rioja me encuentro con el volumen correspondiente. La verdad es que casi he olvidado el origen de estos trabajos y siempre me sorprendo al releerlos tiempo después porque su originalidad sigue marcando el devenir de nuestras vidas como si lo anunciaran. Los diferentes trabajos que se presentan en el libro “Envejecimiento, conocimiento y experiencia” tratan de ofrecer una visión interprofesional sobre el envejecimiento, la importancia del aprendizaje a lo largo de toda la vida, la adquisición de conocimientos y saberes dentro de una adecuada gestión del tiempo libre y de ocio y su relación con el bienestar emocional y físico. Además contribuyen al conocimiento de algunos de los paradigmas que sobre el envejecimiento se han promovido desde las ciencias sociales y de la salud, ofreciendo igualmente con el análisis de los datos publicados, una visión más próxima a la realidad de la vejez, potenciando y dotando de valor las experiencias vitales de las personas mayores.

Consideramos que los jubilados todavía pueden aportar mucho a la sociedad. El asociacionismo y el voluntariado se extienden entre quienes buscan un nuevo hueco en la sociedad. La nueva tendencia de participación social de las personas maduras es vincularse a una ONG, o a un colectivo solidario. En cualquier caso, nos encontramos ante una situación personal del nuevo jubilado, distinta respecto a la de generaciones de jubilados anteriores; pues el nuevo jubilado se presenta en sociedad con un periodo más dilatado en expectativas de vida, con un nivel educativo y de formación superior y, por lo general, con un nivel de renta o de ahorro, dependiendo de la actividad profesional ejercida, también muy superior al de jubilados anteriores. Pero sobre todo, lo más importante, su actitud ante la nueva etapa como jubilado y las estrategias sociales y económicas que establece (Giró).

Las personas mayores tienen muchas posibilidades de disfrutar un ocio significativo, pero en ocasiones carecen de las destrezas o habilidades necesarias. Lejos de la creencia estereotipada de que todos los mayores son iguales, las diferencias individuales no sólo no disminuyen a medida que envejecemos, si no que pueden incluso aumentar. Pero, además de las diferencias de partida entre las personas (motivadas por el género, la clase social, el entorno familiar, y tantos otros factores más), a lo largo de la vida nos afectan acontecimientos que nos hacen similares a otras personas, y otros que nos hacen diferentes y únicos (Villar y Celdrán).

Cuando llegamos a la vejez las personas, por una parte hemos experimentado acontecimientos históricos que nos acercan a las personas de nuestra generación, pero por otra también hemos tenido muchas décadas de vida para forjar una trayectoria vital única, para experimentar acontecimientos particulares que incrementan la variabilidad incluso dentro de la misma generación. No hay que olvidar que una gran mayoría de las personas que acuden a programas universitarios no pudieron estudiar porque en su juventud tuvieron que sobrevivir a una guerra que les impidió ir a escuelas y universidades. Para superar esta situación de carencia, en la actualidad son miles los mayores que estudian en España.

De este modo encontramos una diversidad de planteamientos y tendencias, que van tomando forma en las acciones que desde las Universidades se están  llevando a cabo para incorporar a su oferta los programas universitarios para mayores (Paniagua y Mota). La variedad de programas culturales y educativos dirigidos a las personas mayores es una exigencia acorde con un marco social democrático y pluralista como corresponde a una sociedad democrática. Se trata de la implantación de programas educativos socio-competentes que tratan de reactualizar los conocimientos con vistas a una mejor gestión de la vida personal y social de estas personas. Además, es preciso valorar, desde una perspectiva rigurosa, la forma en la que han recibido sus conocimientos, los han asimilado, los han puesto en práctica y los han transmitido, no como una mera repetición mimética de gestos, sino como un acervo propio y particular, enriquecidos con una impronta singular (Hernández). No se puede incurrir en el despilfarro social que supone el no aprovechamiento de los conocimientos y la experiencia de las personas mayores. Por tanto es fundamental la creación y, en su caso, promoción y difusión de proyectos encaminados a potenciar la formación permanente de las personas de mayor edad y, a no menospreciar e infravalorar, por considerarlos obsoletos, los conocimientos de los mayores, valorando y rentabilizando su experiencia, distinguiendo lo que ésta pueda tener de auténtica de lo que sea mera rutina.

Y es que la educación es un elemento esencial para la igualdad efectiva de oportunidades y, por consiguiente, es también un derecho de las personas mayores para un envejecimiento activo. Un ejemplo de los programas universitarios para mayores que aquí se tratan es el de la Universidad de la Experiencia en La Rioja, cuyo inicio en 2002, pese a ser liderado por el Colegio Oficial de Psicólogos de La Rioja y la entonces Unidad Predepartamental de Ciencias Sociales del Trabajo de la Universidad de La Rioja, no obtuvo el apoyo de dicha Universidad, sino de otras entidades educativas y sociales, comenzando su andadura con tal éxito que, tres años más tarde, el nuevo rector salido de las urnas pidió a sus gestores que el proyecto educativo continuara su andadura, ahora ya sí, en el espacio universitario. Un espacio de formación, participación, encuentro y convivencia entre adultos que comparten el interés por la cultura y la ciencia, y la voluntad de implicarse de forma activa en un proceso de aprendizaje (Navarro y Albéniz).

Ciertamente vivimos en la modernidad y en la era de la tecnología, donde la sabiduría del viejo es prescindible y denostada frente a la velocidad y el ímpetu de la juventud. Al eliminar la sabiduría como elemento de valor y significación en la sociedad de la modernidad, estamos desposeyendo de toda función social al viejo, otorgándole como tal un tiempo y un lugar específicos, al margen de la centralidad social del mercado. Lo dejamos suspendido en un tiempo en el que no encaja y que ya no le pertenece; apartándolo de la posibilidad de ocupar el papel de mediador (sabio) entre dos generaciones. Para romper con este proceso, el viejo debe hacer prevalecer los valores que la vejez ofrece y que son, sobre todo, la experiencia vital acumulada y la sabiduría que proporciona esa experiencia. Y es que si algo domina el viejo es el arte de vivir (Lorenzo).

Pero el mejor antídoto contra la vejez desvalorizada es, sin duda, la creatividad. Concebir y realizar proyectos personales implica una vivencia constructiva y de crecimiento con la que el viejo puede mirar hacia el futuro con entusiasmo, compromiso, serenidad, seguridad, bienestar y felicidad. Una actitud creativa, además de tonificar y reactivar el cuerpo, permite alimentar el espíritu favoreciendo la expresión de las capacidades, el enfoque de los gustos y la explosión de sentimientos gratos y vivos.

En esta línea, a un proceso dinámico que comprende la adaptación positiva en condiciones adversas, se le denomina resiliencia. Ante dificultades desfavorables, las personas no siempre desarrollan cuadros patológicos o sufren desadaptación; por el contrario, es notoria y sorprendente su capacidad de recuperación, lo que ha motivado el interés de los investigadores por buscar las  circunstancias y capacidades del ser humano que le llevan a recuperarse de los momentos difíciles de su vida (Manzano). Los conocimientos y experiencias que ha adquirido el geronte a lo largo de su ciclo vital, le permite afrontar de forma satisfactoria los avatares que la vida cotidiana le presenta, e interpretar y experimentar los acontecimientos de forma serena y juiciosa.

Tampoco olvidamos que para conseguir un envejecimiento satisfactorio, para alcanzar un buen grado de autonomía, hay que practicar una correcta alimentación, una adecuada actividad física, un buen entretenimiento, una fluida sociabilidad, un mejor conocimiento sobre la edad, sus patologías y sus cuidados y, desde luego, vivir con ilusiones (Guijarro). La actividad física ha de ajustarse a la capacidad del individuo y a sus preferencias. El entretenimiento se cimenta en los gustos de las personas y en la disponibilidad de tiempo libre lejos de utilitarismos y es deseable que sea participado, convirtiéndolo en un acto social.

Precisamente un acto social y relacional es el comer, pues no tiene como exclusiva finalidad el alimentarse, aunque esta sea la primordial. Para casi todas las personas mayores, los gustos y preferencias alimentarias contribuyen a alcanzar un suplemento de satisfacción nada desdeñable, y más cuando se han desvanecido otras formas de vida placentera, pero esta satisfacción es superior si se comparte el alimento en la mesa.

Aunque sin duda, si hay un entretenimiento por excelencia entre las personas mayores, es el que proporcionan los medios de comunicación. En este sentido, ante la segmentación de los públicos, resulta de interés fundamental conocer los hábitos y las actitudes de los mayores ante el consumo de medios, considerando la importancia que estos tienen en la organización y usos del tiempo, y en los procesos de socialización de la población mayor en España.

Dentro de un cierta orfandad de trabajos que abordan este asunto, lo cierto es que los medios de comunicación ocupan un lugar importante en la vida de las personas mayores –tanto por el tiempo de consumo, como por el interés que despiertan-, sobre todo una vez que se producen acontecimientos como la jubilación, la viudedad, la pérdida de movilidad, etc. (Sánchez y Bódalo). Desde una sociología del gusto, se llegan a conocer las preferencias sobre los medios, temáticas y tipos de programas, y para ello se analiza la evolución en los últimos veinte años de la audiencia en los distintos medios de comunicación entre la población mayor en España.

Sumamente novedosa es la utilización de un medio como el cinematográfico, para llevar a cabo un análisis de la vejez, etapa de la vida que se presta mejor a una interpretación ecológica en términos de eliminación de residuos, que a las nociones marxistas tradicionales (Moscoso). Sirviéndose de “El Cochecito”, la película de Marco Ferreri con guión de Rafael Azcona, esta investigadora parte de la tesis del desencaje funcionalista, precursora de una prolífica industria editorial destinada al “buen envejecer”, hasta procesar el detritus del sistema productivo que son los mayores, en forma de soluciones autobiográficas expresadas en términos de autorrealización. Con posterioridad, haciéndose eco de la afirmación foucaultiana de que donde hay poder hay resistencia, explora los conflictos intergeneracionales entre hijos adultos y padres mayores, a modo de búsqueda de soluciones biográficas a problemas estructurales.

Pero no siempre se ofrecen soluciones biográficas a todas las personas mayores, y por ello contamos con los Servicios Sociales públicos y privados, donde se ha insertado con gran fuerza por su participación, el llamado tercer sector. Cuando hablamos de Servicios Sociales para mayores desde el sector no lucrativo, nos referimos a la oferta que hacen todas aquellas entidades que no son públicas ni privadas mercantiles. Se trata de asociaciones y fundaciones con el claro objetivo de prestar servicios (Gutierrez Resa). Además, las nuevas tecnologías ofrecen posibilidades y esperanzas en el ámbito de las personas mayores. Queremos decir que, hay servicios virtuales, sustitutivos de los más tradicionales, que tienen que ver con la presencia humana y el acompañamiento. No obstante  hemos de recordar que la tecnología por sí misma no transfiere conocimiento, afecto, entendimiento-conocimiento. Razón por la que hemos de ser capaces de aunar, conocimiento, tecnología y humanidad para afrontar las necesidades y soluciones de nuestros mayores. Sólo así, nuestra sociedad podrá afrontar los retos y oportunidades planteados por el envejecimiento.

Por otra parte, los cambios sociales han generado un aumento de la conflictividad en las familias (conciliación vida familiar y trabajo; cargas domésticas y dependientes); en los profesionales del sector gerontológico (atención a la persona mayor, necesidades, recursos, gestión del estrés) y en los mayores (expectativas de servicios, relaciones intergeneracionales).  Además, todo ello ocasiona en la mayoría de las situaciones de vida cotidiana y laboral relaciones difíciles que amenazan la salud y la calidad de vida de mayores, profesionales y familias (Armadans). Para superar este tipo de conflictos latentes o manifiestos, se puso en marcha una experiencia en tres municipios de Cataluña, denominado proyecto “Grans Mediadors”. De los resultados de esta experiencia trata este último artículo, que muestra a las personas mayores demandando un papel más activo y una mayor participación en la sociedad para compensar las pérdidas sociales. Algunos se organizan productivamente en asociaciones y empresas (envejecimiento productivo) y otros mantienen un estilo de vida saludable (envejecimiento saludable o satisfactorio). En el deseo de todos se encuentra el tratar de poder vivir más años con mayor calidad, sin dependencia o minimizando sus efectos. Ese es igualmente nuestro deseo para quienes se encuentran disfrutando de este éxito social que es el alargamiento de la vida, y para quienes observan el crecimiento de las expectativas medias de vida de los españoles libres de enfermedad.

 

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El envejecimiento de la población es un indicador demográfico de la modernidad o posmodernidad de las sociedades, a la vez que un reto socio-sanitario por la impronta que el crecimiento de este sector de población constituye en las políticas económicas que, en general, no han sido proyectadas para una sociedad dominada por las personas mayores de sesenta y cinco años y en buena medida por viejos y dependientes.

El aumento constante de los grupos de edad más avanzada, tanto en cifras absolutas (7,6 millones actuales –el 16,7% de la población total y el 18,2% en La Rioja-), como relativas con respecto a la población en edad activa, tiene consecuencias directas en las relaciones dentro de la familia, la igualdad entre las generaciones, los estilos de vida y la solidaridad familiar, que es la base de la sociedad. El conjunto de estos factores no son sino dimensiones del cambio social que se ha producido en esta década y que tiene que ver con la caída de las tasas de natalidad, la disminución de la fecundidad, el aumento de la esperanza de vida, la tendencia a la privatización en materia de política social, la internacionalización del mercado de trabajo y la aceleración y crecimiento de los flujos migratorios. Además, se han observado numerosos cambios en el modelo de convivencia familiar a través del desarrollo de formas más diversas y complejas. Se tiende hacia modelos más reducidos con incremento en el número de hogares monoparentales y reducción de la convivencia intergeneracional (aumento de la movilidad entre los miembros familiares).

Y es a través de los cambios demográficos y sociales que nos explicamos la emergencia progresiva de la población en situación de dependencia (el 30,5% de las personas mayores de más de sesenta y cinco años poseen algún tipo de discapacidad, estando asociada a una dependencia el 21,6%; es decir, casi un cuarto de las personas de más de sesenta y cinco años son dependientes y necesitan la ayuda de una tercera persona para realizar las actividades de la vida diaria). Además, el aumento del número de personas mayores, así como el rápido incremento de los mayores de ochenta años, junto con los cambios en la vida laboral, la estructura familiar y los estilos de vida, está planteando nuevas exigencias a las familias y a los sistemas socio-sanitarios. Esta tendencia es común en todas las sociedades industriales avanzadas y ha conducido a la puesta en marcha de distintas soluciones en el campo de los servicios y de la política social.

Aunque la evolución de las políticas sociales no ha mantenido un desarrollo lineal y progresivo, hemos asistido a la crisis y reconstrucción del Estado de Bienestar el siglo pasado, lo que ha impactado en el desarrollo y diseño de estas políticas, de entre las que La Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia es su última expresión. La nueva Ley ha supuesto una profunda transformación de sus estructuras, un sustancial incremento de sus dispositivos, nuevas formas de intervención y, sobre todo, la responsabilidad de gestionar un nuevo escenario de derechos ciudadanos.

Pero la política social es una parte de la política pública, y cada vez resulta más evidente la necesidad de realizar un esfuerzo colectivo para adaptar los cambios demográficos, la estructura y organización de los servicios, así como las prestaciones ofrecidas. En lo que respecta a los servicios sociales (ese nuevo Sistema de Protección que nació en los años ochenta al impulso de la democratización de las Administraciones Locales y de la aparición de las Comunidades Autónomas), la provisión de cuidados a nivel público interactúa con las actividades privadas (comerciales) y con el cuidado familiar, alcanzando el nivel de cuidados mixtos, en los que se tiende a considerar el cuidado formal como adicional al cuidado informal proporcionado por la familia, amigos o vecinos.

El incremento de la población de edad avanzada y la mayor supervivencia de las personas con alguna discapacidad son un claro avance social que genera, al tiempo, nuevas necesidades y riesgos, tal y como ocurre en la actualidad donde son muy numerosos los que necesitan ayuda para las actividades básicas de la vida diaria (el cuidado personal, las actividades domésticas básicas, la movilidad esencial, reconocer personas y objetos, orientarse, entender y ejecutar órdenes o tareas sencillas). Para la edad avanzada, autonomía y actividad son dos objetivos que gozan de una valoración creciente. Tales objetivos deben perseguirse en las diversas funciones de la vida, de las cuales la movilidad es de obvia importancia. La misma depende, por supuesto, del estado de salud del individuo, pero también de las condiciones de los entornos físicos, tanto de uso colectivo como particulares; y sobre estas y otras cuestiones tratará en profundidad el IX Curso de Gerontología Social que organiza la Universidad de La Rioja del 15 al 19 de noviembre con la pretensión de abrir el conocimiento de este campo a estudiantes, profesionales y todos aquellos interesados en el proceso de envejecimiento y sus implicaciones sociales.

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El término género sirve para estructurar la diferencia entre femineidad y masculinidad como conceptos elaborados socioculturalmente, frente a los significados tradicionales del sexo (macho y hembra) otorgados a las diferencias de carácter biológico. Lo que se origina en la naturaleza lo denominamos por su sexo, mientras que lo originado en la sociedad lo denominamos género. Mediante el género identificamos las categorías, roles y diferencias culturales y sociales existentes entre hombres y mujeres, sostenidas y transmitidas por un sistema de carácter patriarcal que tradicionalmente ha santificado las relaciones de dominio y sumisión, pero también de exclusión y discriminación que han ejercido secularmente los hombres sobre las mujeres. El género es, por tanto, la construcción social o cultural basada en la diferencia biológica, que ha ido cambiando a lo largo del tiempo y el espacio.

La transformación de la masculinidad a la que estamos asistiendo en el nuevo milenio se debe a las conquistas de la revolución feminista y a los valores de la igualdad y la coeducación, que han acabado con los viejos roles de la mujer ama de casa abnegada y el hombre dominante que trabaja fuera de casa y alimenta la familia. El reconocimiento de la dignidad humana implica considerar que varones y mujeres nacemos como sujetos iguales en derechos y deberes, que podemos desarrollar las mismas capacidades y habilidades, realizar las mismas tareas productivas y participar paritariamente sin otras diferencias que las que provienen de nuestra individualidad.

Sin embargo, todavía muchos hombres no han logrado transformar y adaptar los roles tradicionales y siguen instalados en un machismo atávico que les impide aceptar las nuevas realidades de igualdad de género tanto en el ámbito público como en el doméstico, lo cual ha producido en muchos casos un aumento de los divorcios, cuando no de la violencia y la muerte. Y es que la violencia contra las mujeres no ha cesado en los últimos años pese a que la lucha por la igualdad ha tomado carta de naturaleza en la sociedad. En general, para los varones tampoco es fácil aceptar públicamente el conflicto y la ruptura si no son ellos quienes la han promovido. Frecuentemente no lo viven tanto como un conflicto individual cuanto como un conflicto social, de desacato a la obediencia que les era debida, y como una agresión contra su propia identidad e imagen social. De ahí que sea necesario que los hombres como colectivos asuman su responsabilidad en la existencia de las desigualdades y la violencia. Hacen falta referentes sociales que faciliten el cambio en los hombres hacia posiciones más favorables a la igualdad y la ruptura con el modelo tradicional masculino. Hace falta políticas de igualdad dirigidas a los hombres que nos permitan superar el machismo atávico porque de ese modo ganaremos en autoestima y desarrollo personal, nos reencontraremos con nuestras emociones, ganaremos en autonomía personal y funcional. Tendremos una sexualidad más completa y satisfactoria y ganaremos en salud. Descubriremos una nueva paternidad más cercana, responsable y solidaria. Disfrutaremos de mejores relaciones de pareja y, sobre todo, nos convertiremos en personas más justas y solidarias.

En esa tarea se incardinan las VII Jornadas sociológicas de la Universidad de La Rioja, que tendrán lugar en el Aula Magna los días 18, 20 y 21, así como la convocatoria de una Rueda de Hombres contra la violencia machista que tendrá lugar en la plaza del Ayuntamiento de Logroño el jueves 21 a las 19,30, bajo el lema “EL SILENCIO NOS HACE CÓMPLICES. VIVAMOS SIN VIOLENCIA”,  y que nos permitirá manifestar nuestra voluntad de acabar con la desigualdad y la violencia de género, fortaleciendo la visibilización de otra masculinidad.

 

 

 

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En el pasado, la transición entre la dependencia entendida como la infancia, y la madurez entendida como la llegada a la adultez, se producía mediante ritos de paso construidos y valorados socialmente. Por medio de estos dos periodos se coló la juventud o periodo de transición entre los dos estados, donde no se era ni lo uno ni lo otro, y donde no se percibía la persona ni como dependiente ni como independiente. Era más bien un estado liminal. Un periodo que fue creciendo (dilatándose en el tiempo) al albur del desarrollo socioeconómico y que poco a poco adquirió gran importancia en la sociedad de consumo al constituirse en un periodo mítico dentro del desarrollo humano. Precisamente este estiramiento de los límites temporales de la juventud hasta edades que antes fueron consideradas propias del periodo de adultez o de madurez, ha dado paso a la creación y desarrollo de un nuevo periodo en el desarrollo humano que sirve de transición entre la infancia y la juventud y que hemos denominado adolescencia.

La adolescencia vista en términos de marcadores temporales da la impresión de ser un periodo muy amplio, pese a que se ha convertido en un periodo relativamente corto de transición a la juventud y no a la vida adulta, pues es la juventud un periodo que se ha dilatado demasiado, de modo que sus límites por arriba no se conocen y se encuentran como la adolescencia poco definidos y sujetos al albur de los cambios sociales. Por todo ello, la adolescencia es un periodo que no tiene unos límites o marcadores temporales precisos y se mueve en la inexacta e incierta cronología que abarca desde la niñez hasta la juventud, es decir desde los once y doce años, hasta los diecinueve y veinte. Tal número de edades comprendidas en dicho intervalo puede resultar una manera muy arbitraria de clasificar a las personas, incluso puede parecer excesivo discriminar este intervalo de edades en tres periodos relativos a la adolescencia, pero así podemos entender mejor el proceso de construcción de la identidad adolescente.

Así, consideramos un primer periodo, que se mueve entre los doce y catorce años, de iniciación en la adolescencia; un segundo periodo que abarcaría a los adolescentes de entre quince y diecisiete años o adolescencia de transición, y, finalmente, el periodo que transcurre entre los dieciocho y los veinte años, que correspondería a la adolescencia tardía que da paso a la juventud.

Si atendemos a esta tipología de adolescencia según marcadores temporales por edades, el adolescente en el periodo de iniciación busca sacudirse los elementos de protección familiar que hasta ese momento disfrutaba, pero que en el momento de construir su identidad suponen una rémora insoportable para sus demandas de independencia. Las normas familiares de convivencia son un conjunto de ataduras a sus ansias de libertad. Libertad para encontrarse con sus pares, con sus amigos y su cuadrilla que es el nuevo espacio donde debe crecer en sus rasgos identitarios, donde va a encontrar el apoyo o el rechazo a los cambios que va a producir y reproducir de acuerdo a la observación que el adolescente hace de ese entorno protagonizado por sus iguales.

Es en el entorno del grupo de iguales donde el adolescente trata de expresar aquellos elementos que suponen su identificación como individuo único, con una personalidad apropiada al estatus de que goza en el grupo o en los grupos donde mantiene relaciones sociales. Porque es en el grupo de iguales donde alcanza el nivel de comprensión y aceptación de todos los cambios que como individuo en construcción va a producir en esos años. La construcción de la identidad se lleva a cabo a través de procesos de mediación e intervención del “otro” o de los otros que en sí mismos son significativos por la relación dialógica que se establece.

De algún modo contrasta la necesidad de ser adulto y ser considerado un ser adulto, con la oposición de los adultos a considerarlo un adulto más en una situación de igualdad con los grupos de adultos. Por ello, el adolescente en su necesidad de ser aceptado y reconocido, atiende a los requerimientos del grupo de iguales en oposición al grupo de adultos, como un medio de lograr el necesario concepto positivo de sí mismo y del perfil identitario que adopta.

En el segundo periodo adolescente de transición, se siguen utilizando muchas de las estrategias del periodo anterior, pero ahora se necesita además el reconocimiento social, es decir, el reconocimiento de familiares y adultos. En este periodo el adolescente no sólo trata de definir sus rasgos identitarios, sino también utilizarlos en la búsqueda de un lugar bajo el sol; es decir, de un estatus reconocido en la sociedad que le permita desplegar aquellos papeles adscritos al mismo.

Finalmente, el tercer periodo de adolescencia tardía y paso a la juventud, es un periodo novedoso en la construcción de la identidad adolescente, pues, por lo general, se ingresa en el mundo adulto a renglón seguido, o más bien en el del joven adulto. Claro está que el ingreso en el mundo adulto en toda su extensión viene determinado por la autonomía de las personas, es decir, por la adquisición de una independencia económica mediante el ingreso en el mercado laboral; una independencia convivencial y de cambio de residencia respecto a la familia, y finalmente, una independencia afectiva del núcleo emocional del joven adulto.

Cuanto sucede de cambio en el joven adulto actual es la dilatación del periodo de transición al mundo adulto a cusa de la prolongación de los estudios, el tardío acceso al mundo laboral (con sus secuelas de empleo precario y paro), el retraso en la búsqueda de pareja o de la formación de un hogar, que son algunos de los elementos que han hecho de la juventud un periodo largo y dilatado, y de la adolescencia tardía un periodo en transición a esa juventud.

El tránsito desde la dependencia total a la total emancipación económica se ha alargado. Pero además se ha convertido en una experiencia que crea ambigüedad. Porque la economía de una gran parte de la gente joven se atasca durante el mayor tiempo de la juventud. Y la vida juvenil transcurre de una dependencia que no es completa, a una independencia que no acaba de completarse.

Hoy día los jóvenes son una generación privada de trabajo, precisamente en una sociedad donde la identidad se define por el acceso al mundo laboral. El proceso de construcción de la identidad puede ser largo, dilatado, y al igual que el proceso de socialización puede llevar toda una vida. La capacidad de aprendizaje y de cambio en las personas no tiene un final que aboque a la realización última, pues todo, incluso el conjunto de las experiencias, permiten a las personas renovar con nuevos ímpetus el conjunto de elementos y rasgos que constituyen sus señas de identidad; pero eso es algo todavía lejano en el proceso de desarrollo adolescente, pues este vive la vida con la intensidad de quienes no tienen experiencias identitarias, de quienes constatan una ambigüedad inevitable. Se sienten omnipotentes pero han de reconocer que todavía han de aprender mucho.

Si en vez de los marcadores de edad atendemos a los cambios fisiológicos y de conducta, es durante el periodo adolescente cuando se producen una serie de cambios que no sólo se deben a las demandas y requerimientos sociales y culturales, sino que también tienen que ver mucho con la propia fisiología de las personas y su crecimiento físico y mental. Es una etapa que abarca numerosos cambios, tanto biológicos como de conducta, en función de los nuevos roles y estatus a que se ven abocadas las personas en su desarrollo.

La adolescencia comienza con la pubertad, es decir, con una serie de cambios fisiológicos que desembocan en la plena maduración de los órganos sexuales y en la capacidad para reproducirse y relacionarse sexualmente. Cambios que se caracterizan por la aparición de las características sexuales secundarias, como el crecimiento del vello púbico y el de axilas y piernas que comienza tempranamente, a los nueve o diez años, y hasta los catorce no alcanza el nivel de distribución adulta. Los cambios fisiológicos permiten madurar a las personas hasta que terminan de atravesar el periodo adolescente, tras de los cuales se presenta la juventud y la madurez física.

El adolescente, a partir de los doce y trece años comienza a percibirse como unidad independiente de su entorno familiar. Se observa como persona individual hacia la que dirige sus miradas tanto externas como interiores. Se produce una especie de ensimismamiento. Un observarse a si mismo permanente, que comporta un cierto aislamiento, una búsqueda de espacios propios y de ocasiones únicas en las que desenvolverse por sí mismo sin ayuda o sin aquiescencia de quienes son su entorno individual, los padres y la familia.

El adolescente adolece de una identidad clara y definida y junto a la aceptación de los cambios fisiológicos y la identificación con los referentes de la adultez, debe sin embargo, en una solución incómoda, separarse y diferenciarse. Una separación precedida de una triple pérdida, la de su cuerpo infantil, la de identidad infantil y la de sus padres de infancia, que dará paso a la adquisición de un nuevo cuerpo, una nueva identidad y una nueva relación intergeneracional con los padres y con los adultos.

Los adultos más significativos para el adolescente por su figura o por la proyección de su persona en el imaginario adolescente, suelen ser los padres, los profesores y los ídolos musicales o deportivos, no importa el orden. Con ellos tratará el adolescente de identificarse hasta el punto de fundirse con las supuestas características poderosas y legitimadoras del modelo idealizado de adultez. Sin embargo esto no es sino parte del problema, por que si bien el adolescente se identifica con aquellos rasgos identitarios que mejor conforman su ideal de adultez, a su vez, deben hacer ostensible su separación y diferenciación de aquellas figuras que sirven a tal proyecto de identidad. Se establece una relación de amor odio con los progenitores, con las figuras sobresalientes del universo simbólico del adolescente, al punto de desequilibrarlo, produciéndole estados de ansiedad y confusión, sobre todo en cuanto a la inestable e indefinida orientación sexual. Estados de confusión y ansiedad que pueden desembocar en la pérdida de estima y en la adopción de conductas de riesgo.

Durante este periodo de crisis de identidad en la que se vuelve sobre pasos dados, o donde se avanza ciegamente en la experimentación de las cosas, los cambios que experimenta el adolescente son tanto de carácter externo, fisiológico y de construcción y proyección de imagen, como de carácter interno a través de la adquisición y modificación de personalidad, de estilos de vida y valores, que con frecuencia desembocan en un cambio de la autoestima.

Según un estudio llevado a cabo por el servicio de pediatría del hospital Vall d´Hebrón, la pubertad comienza ahora un promedio de un año antes que en los años ochenta. La edad media se sitúa ahora entre los diez y los once años en las niñas, y entre los doce y los trece en los niños. La pubertad dura unos cuatro años en ambos sexos y en las niñas la menstruación suele llegar entre el segundo y tercer año de pubertad. Estos cambios fisiológicos, súbitos y desordenados que padecen los adolescentes, ponen a prueba su capacidad de autoestima. Autoestima que viene determinada por una serie de características que presentan los adolescentes y que en psicología son definidas como ensimismamiento alternado con audacia, timidez, urgencias, desinterés, apatía, crisis religiosa, intelectualidad, búsqueda de su identidad, tendencia a agruparse, evolución sexual manifiesta, actitud social reivindicativa con tendencias antisociales, contradicciones sucesivas en las manifestaciones de la conducta, separación de los padres y constantes fluctuaciones del humor y estado de ánimo. Tales características no son propias de una cultura o estatus socioeconómico, sino que se presentan de forma diversa en cualquier adolescente.

Los adolescentes, cuando experimentan los cambios físicos sufren modificaciones en la percepción del cuerpo, aumentando su inseguridad que se refleja en la incertidumbre con la que manejan sus relaciones sociales y personales, y donde la comparación es la herramienta social para la integración en el grupo. La angustia producida por los cambios hormonales aumenta cuando se percibe que estos cambios no son aceptados con naturalidad por el entorno en el que se mueve el adolescente. De este modo la adolescencia se ha convertido es uno de los periodos más críticos para el desarrollo de la autoestima; es la etapa en la que la persona necesita hacerse con una firme identidad, es decir, saberse individuo distinto a los demás, conocer sus posibilidades, su talento y sentirse valioso como persona que avanza hacia un futuro. Son los años en que el niño pasa de la dependencia a la independencia y a la confianza en sus propias fuerzas. Es una época en la que se ponen sobre el tapete no pocas cuestiones básicas; piénsese en la vocación, en los planes para ganarse la vida, en el matrimonio, en los principios básicos de la existencia, en la independencia de la familia y en la capacidad para relacionarse con el sexo opuesto. Y a estos aspectos hay que sumar todos aquellos conflictos de la niñez que no se hayan resuelto y que surjan de nuevo, conflictos que habrá que afrontar también.

Para muchos, es un periodo excesivamente largo, pues su imagen patentiza de modo exagerado todos los inconvenientes de la maduración física, produciendo en el desarrollo del adolescente algunas de las características que le acompañarán en la vida adulta. Es igualmente un periodo de construcción del pensamiento racional, que alejándose de las fantasías infantiles, encuentra y da sentido al modo en que se construyen las relaciones sociales. Es, por tanto, un periodo diferenciado en el proceso de construcción de la persona, donde además se lleva a cabo la construcción de la identidad individual.

En este proceso de construcción de la personalidad, el adolescente toma muy en consideración el valor de la apariencia como instrumento fortalecedor de las relaciones sociales. El aprendizaje de cómo se ven a sí mismos y cómo creen que son vistos por los demás está orientado por las modas. En este sentido los adolescentes toman la información necesaria sobre el ser y el deber ser del conjunto de estilos y modas que a modo de oferta plural y diversa los adultos exhiben en campañas promocionales de objetos y mercancías, supuestamente direccionadas hacia el mercado consumidor de los adolescentes. El adolescente hace de la apariencia el leit-motiv en la organización de relaciones sociales. Se identifica e identifica a los suyos, o a los otros, a través de los mensajes implícitos en la forma de vestir, hablar, presentarse a sí mismos y a los demás; es decir, a través de la apariencia. Y a esta ocupación y pre-ocupación por la apariencia y la imagen, dedica mucho tiempo y esfuerzo, pues de la misma se puede desprender la seguridad suficiente para enfrentarse al mundo de un modo individualizado e independiente.

Así pues, la preocupación fundamental del adolescente es su propia re-presentación o presentación de sí mismo ante los demás con el fin de ser aceptado, integrado y querido en sociedad. El cuidado de la imagen, junto a la observación de los cambios producidos en su cuerpo y figura, pasan a ser el problema principal con el que enfrentan el día a día los adolescentes. Las sensaciones y emociones que embargan todo cambio físico son igualmente variadas y diversas en función de la aceptación y la percepción de los demás. Son los demás, es decir, los integrantes de su círculo de relación social y familiar, quienes provocan en el adolescente sentimientos encontrados ante la imagen que proyecta o cree proyectar sobre ellos. El modo que tiene el adolescente para enfrentar estas proyecciones consiguiendo la aceptación o el agrado de los demás, principalmente los grupos de iguales, es mediante la asunción de los cánones y reglas de comportamiento así como de aquellos valores que definen a los demás.

Claro que los demás pueden significar mundos opuestos, distancias insalvables en la conformación de la identidad adolescente. El otro generalizado que abunda en la literatura sociológica, es para el adolescente los grupos referenciales en el desarrollo de su identidad independiente y autónoma, es decir, la familia y los pares. Cuando el adolescente se tatúa, se viste con determinadas prendas, se arregla el pelo o adopta determinados objetos en su ajuar, está reclamando un estatus diferenciado y autónomo respecto a los individuos que forman parte de los grupos referenciales antedichos; pero, a su vez, necesita hacerse querer, ser integrado en dichos grupos, para sentirse reafirmado y conformado con los atributos que ostenta en la proyección de su imagen identitaria.

La adolescencia como periodo en el que se construye la identidad, es un tiempo de búsqueda de uno mismo a través de los demás, tratando ser uno más entre los demás. Es el reflejo de lo que el adolescente considera que es ser como uno más y a la vez distinto a los demás. Esto que a simple vista puede parecer una tautología, para el adolescente es una fuente permanente de confusión, por que si bien busca ser alguien, un alguien todavía impreciso e indefinido, también es cierto que busca ser como los demás, fundirse en el anonimato del conjunto de personas que son los demás, los grupos con los que se relaciona y que, en definitiva, le servirán de referentes a la hora de construir su personalidad identitaria.

La identidad es a la vez permanencia y cambio, unidad y pluralidad; en una palabra es un término paradójico, una construcción social de la personalidad consolidada por la continuidad y acompasada por la ruptura. Sin embargo, cuando se habla de construcción de la identidad, se sabe que es en el periodo de la adolescencia cuando se fundamentan los rasgos primigenios y valores que darán forma posteriormente al conjunto de elementos y valores identitarios. La adolescencia constituye en este sentido un proceso de integración social a la vez que de construcción de la persona, de su identidad. Una construcción un poco inestable y dependiente del entorno en el que se desarrolla y en el que negocia sus formas de integración.

El entorno de las relaciones interpersonales y grupales sería el escenario donde se ensayan los diferentes roles que acompañan a los diferentes estatus que el adolescente construye en esas interrelaciones. Para ello utiliza cuantos instrumentos tiene a su alcance sin calcular el riesgo pues sus experiencias aún son muy limitadas. El adolescente tiene una necesidad imperiosa de encontrar un espacio propio, un lugar donde autoafirmarse, demostrando y poniendo a prueba sus capacidades; y el mejor ámbito para poner a prueba las mismas es entre sus iguales, aunque esto traiga consigo alternancia en los resultados obtenidos. Así aparecen los estados de ánimo y emocionales de forma cambiante dependiendo del éxito de los ensayos.

En la etapa adolescente, con el bagaje de la infancia y coincidiendo con la maduración de los caracteres sexuales secundarios y la genitalización de los estímulos y sensaciones, toman un papel relevante en el proceso de construcción de la identidad sexual y social el grupo de amigos o iguales, los diferentes y variados mensajes sociales y los modelos que se reciben desde los diferentes medios de comunicación como Internet, prensa especializada, televisión, audiovisuales y otros. Durante este proceso aparece la ruptura con el mundo de la infancia, el deseo de compartir, experimentar la propia sexualidad con el otro, la elección con quien hacer el amor, las identificaciones, los miedos, etc. Son momentos diferentes que se van sucediendo y que con frecuencia pueden conllevar sensación de conflicto o de confusión.

Señala Reyero (2001) que la identidad necesita tanto un sentimiento de singularidad, una conciencia de irrepetibilidad, imprescindible para poder decir yo, como un sentimiento de pertenencia a un grupo que nos permita hablar de nosotros. Esta necesidad de pertenencia se puede concretar en diferentes esferas, así puede existir un sentimiento de identificación con aquellos que pertenecen a nuestra familia, o que tienen una misma cultura, una misma religión, un mismo lenguaje, o una misma ciudadanía nacional. La utilización de cada una de estas esferas como expresión de nuestro sentido de pertenencia es convencional, mientras que el principio que lo exige, es decir, la propia necesidad de pertenencia, es inherente al hombre e innegable”.

El desarrollo de esta personalidad se logra mediante el logro de un cierto sentimiento de unidad entre los elementos que consideramos útiles para la formalización de las relaciones sociales. Cuando el adolescente encuentra seguridad en sus rasgos identitarios logra establecer comunicación no sólo con sus iguales, si no con aquellos otros grupos sociales a los que su indefinición identitaria le habían impedido allegarse. De este modo las relaciones sociales, más allá de las mantenidas en el seno de los grupos de igual sexo o edad, son una nueva opción que se presenta al adolescente que asume ciertos rasgos identitarios, adentrándose en las relaciones con el otro sexo o con los otros, los distintos, que por cualquier causa no fueron sujetos de comunicación.

En la adolescencia el juicio que se emite sobre uno mismo viene contaminado por la opinión y la percepción que los demás nos otorgan. No son opiniones neutras como tampoco es neutro el juicio que el adolescente hace de sí mismo, si no que se ve afectado por aquellas emociones y sentimientos que suscitan en los demás. De hecho, los otros, sobre todo los iguales, actúan como un reflejo del espejo en el que se miran los adolescentes. Esto no equivale a decir que la identidad es la simple imitación del otro o de los otros, si no a cierta asimilación, consciente o inconsciente, de los rasgos del otro u otros, mediante la apropiación e internalización, con el fin de conformar y dar base estructural a nuestra personalidad.

En la constante duda, en la imprecisión y en la búsqueda de uno mismo, los adolescentes experimentan todo tipo de roles, propios o adscritos, que la familia, los amigos y la sociedad en general les otorga. Por esto, los cambios de actitudes y de comportamientos son un medio de experimentación y de búsqueda de ese lugar bajo el sol que les permita finalmente descubrir quién soy yo, o cómo quiero ser yo. La inevitable lucha entre el ser y el deber ser se ve además amplificada por la experimentación y el cambio. Esto hace que las contradicciones afloren tanto entre lo que dicen y lo que hacen. Producto de esta confusión, inevitable por otra parte, son los ensayos del adolescente, los experimentos a la hora de adoptar posturas que de ningún modo le satisfacen y que casi siempre chocan con la percepción que del adolescente tienen los familiares y amigos, e incluso la sociedad, en la que ejercita esos comportamientos propios de una personalidad indefinida y ambigua.

Compaginar el hecho de ser uno mismo y a la vez distinto a los demás; simultanear la opción de la mismidad y la otredad con la pertenencia a grupos distintos en los que el adolescente puede desplegar todos los elementos configuradores de su incipiente identidad es el logro supremo de este periodo transitorio. La adquisición de una identidad personal. En el necesario aprendizaje de roles que se lleva a cabo a través de las relaciones interpersonales y sociales se pueden adoptar conductas de riesgo sin la necesaria percepción de peligro que estas conllevan. Hay en el adolescente un sentimiento de perdurabilidad, de consistencia vital que le abstrae de los peligros reales.

En la búsqueda de elementos afianzadores de la personalidad adolescente juega un papel crucial la aprobación de los demás, principalmente de los padres en el mundo adulto y de los amigos en los grupos de iguales. Esta necesidad de ser aceptado como uno más y a la vez ser distinto, impele al adolescente a hacer ostentación de aquellas habilidades y destrezas en las que es más ducho, o bien en aquellas que pueden garantizarle un cierto éxito en el interior del grupo de referencia o pertenencia. Actividades de éxito en las que no se perciben consecuencias y peligros implícitos en cualquier actividad de riesgo, sean estas el mantenimiento de relaciones sexuales, la conducción motorizada o el consumo de sustancias tóxicas.

Durante el periodo de desarrollo adolescente, este se ve sometido a múltiples presiones y conflictos de su entorno inmediato, el que constituyen padres, amigos y escuela; y estas presiones y conflictos deben desembocar en el aumento de la fortaleza del adolescente, que venciendo todos los obstáculos le permita una mejor y mayor integración en dicho entorno. Para conseguirlo, el adolescente se siente capacitado para desafiar los peligros y, al modo de un ser indestructible, obtener el premio a su empuje y osadía en la materialización de aquello que los demás consideran conductas de riesgo.

Si son los demás, principalmente los progenitores o cualquier representante del mundo adulto quienes señalan los límites prudenciales a dichas conductas, el adolescente se puede sentir frustrado, rechazado e incluso incomprendido; pero también puede suceder que el adolescente tome las consideraciones y opiniones externas de un modo no impositivo, si no de un modo protector, aumentando así la seguridad del adolescente en la toma de decisiones autónomas e individualizadas.

Ahora bien, no todo el proceso adolescente depende del adolescente como si este no estuviera interrelacionándose continuamente con otros adolescentes y con los adultos; además, estas interrelaciones se producen en contextos diferentes y en tiempos y momentos irrepetibles; por eso, la adolescencia es muy diversa pese a los estereotipos con que se etiqueta. La condición adolescente es algo más que un grupo de edades o unas características evolutivas, y el conocimiento útil de sus mundos comporta tener visiones bastante más poliédricas. Sus formas de encontrar sentido a la propia adolescencia y todo lo que le rodea, sus formas de estar en ella, de entrar y salir, sus formas de ser adolescente (de tomar esta condición) son el resultado de muchas y complejas interacciones:

Son, en primer lugar, el producto de tiempos concretos, de fracciones históricas muy breves en las que lo que ocurre a su alrededor (la cotidianidad mediáticamente difusa) hace que las adolescencias sean bastante diferentes en periodos muy cortos. Están, además, en territorios, en espacios, en entornos diversos, que son condicionantes de posibles formas de ser adolescentes. Finalmente interaccionan con unos u otros adultos, con unos u otros adolescentes y jóvenes coetáneos o de generaciones próximas (forman así parte de una generación adolescente).

La perspectiva del adolescente como producto de un contexto nos acerca a la realidad de la familia, del grupo familiar y de los progenitores, ocupando un espacio central en la configuración de la identidad adolescente, en su formación y desarrollo. En este sentido, la capacidad socializadora de la familia depende fundamentalmente de la estructura familiar, del conjunto de parientes próximos y lejanos, de sus relaciones internas y su incidencia en el devenir del adolescente; pues no hay una instancia más potente a la hora de conformar hábitos, estructuras de pensamiento, actitudes, etc., que una familia cuyos componentes muestran solidez y estabilidad emocional y consistencia ideológica.

Acompañando la identidad está el aprendizaje de roles y la ocupación de estatus, y aquí también la familia juega un papel clave como agente de socialización y transmisor de roles de género. Es notorio en la familia española el mayor control y protección que los padres y madres ejercen sobre sus hijas, en relación con sus hermanos (límites de dinero, horarios, control amistades…). Las diferencias en la asignación de responsabilidades en las tareas domésticas hace que a los chicos, en contextos de clase trabajadora, tradicionalmente se les ha dejado más libertad para salir a la calle y relacionarse con su grupo de amigos y han tenido que aprender antes a defenderse solos, de manera que también tienen más `posibilidades de acabar desarrollando un rol activo.

Ahora bien, el modelo de familia tradicional está cambiando a gran velocidad. Uno de los cambios más determinantes ha sido su tamaño y composición, pues los hogares son más reducidos y en su composición priman los adultos sobre los jóvenes. Hay más mayores que jóvenes y la unidad familiar se ha reducido al punto de que los llamados hogares unipersonales y monoparentales (aunque realmente están compuestos por una madre y su vástago y habría que denominarlos monomarentales), empiezan a tener un crecimiento relevante. Al mismo tiempo se ha reducido la descendencia, primando el hijo único; y cuando esta se produce, es a edades límite del periodo fértil de la progenitora. Estos cambios en la realidad de los hogares familiares están en relación con la prolongada permanencia de los jóvenes en el hogar de los progenitores.

Así pues, y desde hace años se constatan los cambios en el seno de la familia tradicional mediterránea, que se orientan hacia el modelo nórdico, de carácter más individualista, donde los progenitores se promocionan más que como padres, como hombres y mujeres, y como profesionales. En la actualidad hay cierta carencia de comunicación entre padres e hijos, al menos en lo que los adolescentes consideran importante para ellos, los cuáles dirigen esa comunicación hacia los amigos o hacia la pareja, y esto es una demanda muy clara de comunicación, una comunicación ausente con los padres porque estos no tienen tiempo, porque están todos agobiados trabajando para pagar el piso, el coche, los viajes y ahora tampoco hay tíos y tías, abuelos y abuelas que suplan estas carencias de comunicación. Carencias que el adolescente suple desde su casa, porque ahora muchos son hijos solos, únicos, con su propio cuarto, donde tienen toda clase de herramientas e instrumentos, empezando por Internet con el que establecen la comunicación virtual, que demuestra la necesidad de comunicarse de los más jóvenes. La media de conexión a la red de los jóvenes es de nueve horas semanales.

La socialización y el aprendizaje cívico dependen en buena medida de las familias, y aunque los adolescentes actuales son más pretendidamente autónomos en comparación con los adolescentes de otras generaciones (Elzo, 2000), los jóvenes construyen y reconstruyen sistemas de valores desde sus experiencias, principalmente las obtenidas desde el grupo de pares; sin embargo, para la construcción de sistemas de valores potentes, seguros y estables, la familia es fundamental. Esto sin menoscabo de la realidad que enfrentan los agentes de socialización tradicionales, que se encuentran con bastantes dudas y problemas a la hora de socializar a los jóvenes en una sociedad consumista y fragmentada.

Los adolescentes hacen buena la idea expuesta por González Anleo (2001) de que la juventud se encuentra a gusto en el hogar paterno, señalando como una de las razones fundamentales la posibilidad de que la familia española, resueltamente permisiva y lejos del autoritarismo de otras épocas, rodee al hijo de mimos y atenciones de todo tipo, especialmente en relación con el consumo y la libertad para la diversión. Y estamos pensando, por ejemplo, en las asignaciones de “dinero de bolsillo” y las compras, o en la libertad de asunción de horarios y responsabilidades.

En nuestra sociedad se esta produciendo cada vez más un aplazamiento de las responsabilidades sociales y la adquisición de la propia independencia.  Incluso algunos adultos continúan siendo eternamente adolescentes y hasta se habla del síndrome de la perpetua adolescencia. Por otra parte, la consecuencia de paro y precariedad laboral tiene una resolución manifiesta: el mantenimiento de las relaciones familiares y del espacio familiar como entorno desde el que se construye el tránsito a la independencia y la adultez. Recientes investigaciones de la FAD, Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (Valores sociales y drogas, 2002. Hijos y padres, comunicación y conflictos, 2002, y Jóvenes y estilos de vida, 2003), indicaban que la familia seguía estando a la cabeza de los valores más importantes dentro de la sociedad española. Tener buenas relaciones familiares alcanzaba una puntuación de 8,4 puntos en una escala de importancia del uno al diez.

Las relaciones de los adolescentes con los padres, por lo que los mismos chicos manifiestan, son en general satisfactorias. A juzgar por las conversaciones mantenidas, las relaciones familiares son poco conflictivas, se diría que padres e hijos han optado por la coexistencia pacífica, con un mayor o menor grado de comunicación según los casos. Sin embargo, los padres se sienten desorientados, dado que un tercio de los mismos confiesa que no educan bien o que no saben hacerlo.

Uno de los retos fundamentales a los que se enfrenta el adolescente es la independencia de sus padres. Ello no significa que desaparezcan los lazos afectivos con ellos,  sino más bien que cambian de forma. Las imágenes interiores positivas que se tengan del padre y de la madre, elaboradas en un agradable ambiente afectivo, ayudarán a una buena separación de ellos y facilitará el paso a la madurez. No obstante, las relaciones familiares con frecuencia cambian por el deseo de autonomía y un aumento de la distancia emocional entre los adolescentes y sus progenitores.

Su atención se concentra fuertemente en el grupo de amigos y en las interacciones sociales, propiciadas porque en la adolescencia aumentan de forma considerable los espacios donde son posibles los intercambios sociales. El adolescente siente la necesidad de estar menos tiempo con sus padres, lo que le permitirá desprenderse de ellos y estar en posibilidad de establecer nuevas relaciones, principalmente con otros adolescentes hombres y mujeres.

En la adolescencia los espacios donde son posibles las interacciones sociales se expanden, mientras que se debilita la referencia familiar.  La emancipación respecto a la familia no se produce por igual en todos los adolescentes;  la vivencia de esta situación va a depender mucho de las prácticas imperantes en la familia.  Junto a los deseos de independencia, el adolescente sigue con una enorme demanda de afecto y cariño por parte de sus padres, y estos a su vez continúan ejerciendo una influencia notable sobre sus hijos. No obstante, existe un aspecto que nos hace recelar de una perfecta armonía familiar entre padres e hijos adolescentes. Alfredo Oliva (2003) se refiere a factores fisiológicos, como el inicio precoz de los cambios puberales (niños y niñas que pese a haber alcanzado una avanzada maduración física, aún muestran gran inmadurez psicológica) y a factores sociales, como la influencia de las series y los programas televisivos, como los causantes de que comportamientos que hasta hace poco eran propios de jóvenes y adolescentes, estén empezando a ser frecuentes en la niñez tardía.

Es verdad que en el proceso adolescente,  los cambios en el desarrollo físico y cognitivo de los chicos y chicas van a estar acompañados de importantes cambios en su relación con los demás, incluidos los miembros de la familia y los amigos. Sin embargo, en el comportamiento adolescente se ha criticado la excesiva tolerancia y permisividad con que la sociedad y la familia tratan ahora a los adolescentes. Por ejemplo, en ningún país de Europa se permiten los botellones que se permiten en la sociedad española y, no hace treinta años, la familia era el baluarte desde el que se procuraba el respeto a la autoridad paterna. El cambio de una sociedad autoritaria a una sociedad permisiva ha sido total y, en ese cambio, la adolescencia ha recibido un mensaje de tolerancia que en muchos casos raya en el desapego y el abandono por el cumplimiento de las normas de convivencia.

Entendemos que durante la adolescencia es normal que los jóvenes tengan y demuestren la necesidad de separarse de sus padres y establecer su propia identidad. En algunos, esto podría ocurrir con una reacción mínima de parte de todas las personas involucradas. Sin embargo, en algunas familias, pueden surgir conflictos significativos sobre los actos del adolescente o gestos de rebeldía y sobre las necesidades de los padres de mantener el control y hacer que el adolescente continúe con los comportamientos de obediencia. Otras veces, el mundo de los adultos recibe a la adolescencia de modo un tanto hostil, debido a las situaciones conflictivas que conlleva. De este modo, las relaciones familiares pueden verse afectadas, pues los padres de adolescentes van a considerar demasiado precoz la edad en la que sus hijos e hijas pretenden iniciarse en actividades como salir en pareja, mantener relaciones sexuales, permanecer en la calle hasta altas horas de la noche, o beber alcohol.

Otra situación bien distinta pero que pertenece al plural y diverso momento que acontece entre los actuales adolescentes, son la falta de relaciones con los padres y madres ausentes del hogar por causa de separaciones y divorcios y que se traduce en una falta de supervisión y control de los comportamientos. No vamos a seguir por estos derroteros, y si hasta el momento hemos tratado de la familia como la principal instancia socializadora del adolescente por la capacidad de influencia en el desarrollo del mismo, ahora vamos a tratar otra fuente de influencia que adquiere un protagonismo relevante precisamente en el proceso de configuración del adolescente y su integración social: los grupos de iguales.

Las dos instancias, los dos agentes de socialización, no se encuentran en polos opuestos, ni uno es la continuación del otro, simplemente el adolescente los separa y en ocasiones los contrapone sopesando sus relaciones, apoyos y consejos que derivan de unos y otros. Por lo general el adolescente observa el criterio de los padres en materias que atañen a su futuro, mientras que sigue más el consejo de sus compañeros en opciones de presente. En el desarrollo y crecimiento del adolescente hay una necesidad interna de salir del entorno familiar, del espacio que le ha protegido y ofrecido seguridad durante la niñez, pero una vez comenzado el proceso adolescente se ve impelido a buscar otros ámbitos de relación donde experimentar con un cierto grado de seguridad (la que proporcionan los iguales en grupo). Para los adolescentes, salir o reunirse con los amigos es la opción más valorada con independencia del tiempo (de obligaciones u ocioso).

Los adolescentes buscan y encuentran nuevos espacios de socialización alejados del mundo de los adultos, lo que en definitiva es la opción de salida del entorno familiar, que a su vez trae consigo nuevas vinculaciones esta vez a grupos de iguales, donde alcanzan cierto grado de seguridad a partir de la cual pueden someter a prueba las nuevas experiencias que les proporciona la vida. Los comportamientos y las actitudes que se manifiestan en el interior de los grupos de pertenencia forman parte del proyecto de construcción identitaria, trasladando de este modo la dependencia familiar anterior hacia los grupos de referencia con los que se relaciona el adolescente.

La influencia que sobre la personalidad del adolescente ejercían sus padres, y en cierta medida otros familiares y profesores y tutores, se traslada ahora a los grupos de amigos, independientemente de las características que exhiben estos grupos. El adolescente, al pertenecer o adscribirse a diferentes grupos de pares elimina toda posibilidad de rechazo o exclusión, pues la certidumbre de que ser aceptado por el grupo de amigos es una ventaja social inestimable para el crecimiento personal y el desarrollo de la autoestima, es muy superior a la seguridad que se puede hallar en el mundo de los adultos, principalmente de los padres.

El grupo de pares o amigos es el espacio social donde el adolescente conforma y aprende aquellos roles necesarios para el desenvolvimiento social. En el seno del grupo tribal (tribu), el adolescente descubre la importancia de su pertenencia o adscripción, pues el grupo es el que proporciona un escenario social, un territorio propio en el que sus miembros experimentan la interconexión con otros y pueden representar el rol que corresponde a la identidad que ha adoptado el grupo. Los elementos que definen la identidad tribal están interconectados con la vida recreativa, con la experiencia vital en la que se encuentran y se expresan a través de la música, el tipo de baile, la indumentaria, la estética, el lenguaje y una serie de hábitos muy relacionados con el consumo de sustancias psicoactivas.

Javier Elzo (2000), apoyándose en datos de encuestas muy reveladoras, define el grupo de amigos como “espacio privilegiado de la socialización”. Los adolescentes perciben el grupo de amigos como el lugar donde se dicen las cosas más importantes para orientar su vida, donde las relaciones están menos formalizadas, donde comparten experiencias comunes en un ámbito no formal, perciben una forma de vivir en libertad y de estar con los suyos sin vigilancia, escapando de la rigidez, la imposición de normas visibles y el control que pueden tener en el hogar y en la escuela. Para el adolescente es de suma importancia la relación con el grupo de amigos, convirtiendo el proceso adolescente en una sucesión de relaciones con el grupo de iguales. Los amigos se consideran imprescindibles en este proceso de crecimiento y desarrollo personal. A esto se suma que pasan más tiempo fuera de casa, con los amigos, convirtiendo el grupo en el lugar de encuentro donde compartir y hablar de aquellos asuntos que no comentan con los padres, como su vida sexual, el consumo de alcohol y drogas, o lo que hacen las noches de fin de semana y fiesta.

El adolescente utiliza las relaciones de amistad como una estrategia defensiva frente al conjunto de normas y obligaciones procedentes del mundo de los adultos y también frente a las incertidumbres de los cambios producidos en el proceso de construcción identitaria. Para ello se refugia en las normas no escritas del grupo donde se recurre a la estrategia de la uniformidad grupal (en las formas y en los contenidos, en la apariencia y en el lenguaje), como fuente de seguridad y estima personal. Esto permite afirmarse y afirmar la identidad del grupo. En este sentido no es de extrañar la importancia que conceden los adolescentes al consumo de determinadas marcas, estilos de música, programas de televisión, etc., pues responden a los deseos de uniformidad con el grupo, a través del ajuste a sus normas, comportamientos y modas. Una uniformidad que les une, como en la forma de salir, en el consumo de drogas y alcohol, en las aficiones. Esto que puede parecer trivial y en algunos casos un comportamiento exagerado cumple una función primordial: crear los límites y separar los grupos de adolescentes de los grupos de adultos, en definitiva, del mundo de los adultos.

La pertenencia a un grupo de iguales no invalida la adscripción o pertenencia a otros grupos pues el adolescente busca y encuentra en cada grupo espacios donde construir y reconstruir su identidad a partir de la similaridad con los otros componentes del grupo. La identidad por similaridad permite recrear la distancia y demarcar los límites entre los grupos de adolescentes y los de adultos. La estrategia de la uniformidad forma parte del proceso por el que se identifican con cada uno de los amigos que integran ese grupo. A veces, el proceso es tan intenso que parece casi imposible la separación del grupo, e incluso parecen pertenecer más al grupo de amigos que a la familia. La relación con los integrantes del grupo proporciona seguridad y compañía, pues a los lazos de amistad se unen los de lealtad y confianza, constituyendo una fuente de apoyo en cualquier crisis emocional.

Los chicos y chicas adolescentes se manifiestan en general muy satisfechos con sus amigos, pues allí se comparten sueños y esperanzas y se planifican y realizan actividades compartidas. La amistad es honesta y de intensos sentimientos; ahora bien, cuando las relaciones no son así y existe cualquier tipo de fricción o se atraviesan dificultades con los amigos/as, se deja traslucir. En el proceso de construcción identitaria el adolescente siente que ocurren cambios en donde no puede participar en forma activa. Entonces, el grupo viene a solucionar gran parte de esos conflictos, pues los miembros integrantes del mismo desempeñan un papel definitivo en el desarrollo psicológico y social de la mayoría de los adolescentes. En comparación con los niños de menor edad, los adolescentes dependen más de las relaciones establecidas con sus compañeros, sencillamente porque los vínculos con sus padres se vuelven cada vez más elásticos a medida que necesitan más independencia.

En el periodo de iniciación en la adolescencia el grupo de iguales está integrado por personas del mismo sexo conformando las cuadrillas. Las cuadrillas adolescentes intentan comportarse y vestirse de forma semejante, estableciendo rituales y participando de las mismas actividades. Por lo general disponen del mismo tiempo de ocio. En el periodo de transición adolescente las cuadrillas comienzan a incorporar a personas del otro sexo constituyéndose en cuadrillas mixtas que se organizan también en torno a rituales y actividades semejantes. Ya en la adolescencia tardía, las posibilidades de asociación y adscripción a los grupos se amplía y las relaciones sociales se expanden. Es también el momento de aproximación y encuentro de la amistad, pues el adolescente no sólo necesita el apoyo y la seguridad del grupo, sino de alguien en particular que esté con él en todo momento acompañándole en cuanto constituyen demandas emocionales.

Para los adolescentes la amistad significa entablar relaciones duraderas basadas en la confianza, la intimidad, la comunicación, el afecto y el conocimiento mutuo.  Durante este periodo se valora a los amigos principalmente por sus características psicológicas, y por ello los amigos son las personas ideales para compartir y ayudar a resolver problemas psicológicos como pueden ser la soledad, la tristeza, las depresiones, entre otras. Los adolescentes consideran las amistades como relaciones sociales que perduran y se construyen a lo largo del tiempo; entienden la amistad cono un sistema de relaciones. Por tanto, podemos decir que la amistad en este periodo permite que se tome conciencia de la realidad del otro, formando de este modo actitudes sociales.

Durante el proceso adolescente la mayoría se percibe a sí mismo en función del otro, o de los otros que conforman el grupo, de cómo los ven y cómo los identifican. Es un modo de aproximación a la identidad, aún en construcción, que se recrea principalmente a través de los rituales y actividades que se llevan a cabo en el tiempo de ocio. El tiempo de ocio que comparten con sus iguales sirve para la adquisición de esas señas de identidad específicamente adolescentes que ofrecen reconocimiento y estima. El adolescente establece una relación directa entre actividades ociosas y su realización en compañía,  principalmente con el grupo de pares. A los adolescentes les gusta estar entre ellos, con sus amigos, y es con sus amigos con los que les gusta compartir ese tiempo dedicado al ocio. A estas edades, los amigos son centrales en sus vidas.

Además no se trata de reunirse con un pequeño y selecto grupo de pares, si no de relacionarse en grupos numerosos (de más de diez amigos) sobre todo cuando hablamos de iniciación en la adolescencia. En las zonas rurales, en localidades de menos de dos mil habitantes, las cuadrillas se forman entre numerosas personas y son de carácter mixto, mientras que en las ciudades, principalmente en la capital, salen cuadrillas de chicas o de chicos que sólo más adelante se unen por diferentes motivos como por ejemplo, para el establecimiento de relaciones de pareja.

Los adolescentes se reúnen no solo con los de su mismo sexo sino también con los de su misma edad (los más pequeños o los más mayores son disfuncionales para pasárselo bien con los grupos de adolescentes). Además, buscan características afines para establecer relaciones más estables e intensas. Sorprende en el caso de las chicas que a esas edades muestren un grado de madurez superior al de los chicos y digan pasárselo muy bien con jóvenes mayores.

Por lo general, los adolescentes forman parte de diferentes grupos de amigos o cuadrillas. De este modo el adolescente tiene el grupo de amigos del pueblo, los amigos de las vacaciones, los amigos de clase del Instituto, los amigos del fútbol o de cualquier otro deporte, los amigos del club, etc. Es decir, el adolescente tiene necesidad de encontrase perteneciendo a un grupo de pares, pero este no es él único grupo de pertenencia o adscripción, sino que el proceso de socialización del adolescente le impele a abrirse a otros adolescentes, los cuáles se afirman sobre ciertas señas de identidad, ciertas formas de adscripción al grupo, cierta cultura, que en general responde a las demandas y necesidades de relación social de todo adolescente.

Las actividades que comparten con sus amigos son muy variadas: charlar, hablar, jugar, ir al cine, hacer deporte, bailar, beber… pero todas ellas son una excusa, pues lo realmente importante es reunirse con los amigos. Los adolescentes con pareja suelen salir en cuadrilla, cada uno a la que pertenezca a sabiendas de que luego, a lo largo de la noche se reunirán o se encontrarán las parejas, pues los recorridos suelen ser rutinarios y todos los grupos y cuadrillas terminan cruzándose en los mismos espacios.

Con el paso del tiempo, sobre todo en la adolescencia tardía, es frecuente que disminuya el número de componentes de los grupos y cuadrillas. Sólo cuando se inician en la adolescencia se forman cuadrillas con gran número de componentes, generalmente del mismo sexo, a partir de la cual se establecen las amistades y las relaciones con el sexo opuesto. El adolescente espera del grupo que le permita la conquista de su autonomía, pero una vez que llega a ser independiente abandona el grupo porque la noción de autonomía y la de grupo se oponen.  Es normal que el adolescente se salga del grupo para comprometerse en relaciones personales y en relaciones con el otro sexo. No obstante se pueden encontrar cuadrillas donde tanto las propias parejas como la de los amigos se integran bastante bien en el grupo ampliándolo y dándole el carácter mixto que no tenía inicialmente. De este modo, la cuadrilla se convierte en el espacio privilegiado para la experimentación de la identidad de género durante la adolescencia. Los roles se construyen en la relación con los iguales del mismo sexo y, por supuesto, en el juego de espejos que supone la interacción en los grupos mixtos. Así pues, durante el proceso adolescente, en paralelo a la emancipación familiar, hay un recorrido socializador por los diferentes grupos a los que termina adscribiéndose o perteneciendo y donde el adolescente establece los lazos más estrechos.  Estos lazos suelen tener en general un devenir de relaciones que se trazan en primer lugar con los pares del mismo sexo, luego con los pares del sexo contrario y finalmente se organizan en relaciones de pareja.

Este trazado de relaciones no es universal, pues la otra compañía, la de la pareja, no siempre es una realidad, y son pocos quienes afirman tenerla. Aquellos adolescentes que salen en pareja realizan actividades que suelen relacionarse con la tranquilidad, como cenar por ahí, quedarse en casa, ir al cine, hablar… y se caracterizan como diferentes a las ejercidas en la cuadrilla de amigos. Incluso un elemento de conflicto con los padres, como es el horario de regreso nocturno a casa de las chicas, se va ampliando cuando se establecen relaciones de pareja.

Las relaciones de pareja en los adolescentes no pueden ser entendidas desde el punto de vista sentimental y afectivo de los adultos, pues es al inicio de la adolescencia cuando aparece el amor a primera vista que puede ser no correspondido, incluso puede ser totalmente ignorado por la parte amada. Es entonces cuando la persona amada se idealiza y provoca en el adolescente su conversión en figuras ajenas a la realidad cotidiana (ídolos musicales, estrellas de cine, deportistas famosos, etc.), pero que no son sino proyecciones de su deseo aún inmaduro. El enamoramiento apasionado es un fenómeno que adquiere características singulares en el adolescente y que presenta vínculos intensos, pero frágiles.

Durante la adolescencia de transición es cuando se despiertan con ímpetu los deseos sexuales, los deseos provocados por la necesidad de conseguir una identidad sexual y descubrir el propio cuerpo a través de los cuerpos de los demás. Las relaciones de amistad manifiestas en el seno de la cuadrilla, sea esta de carácter mixto o de un mismo sexo, permiten al adolescente intercambiar sentimientos, expresar deseos y experimentar una sexualidad de la que no se posee mas que información diferida desde el mundo adulto del que, por cierto, el adolescente trata de distanciarse buscando a través de la experimentación, no siempre resguardada del peligro, la satisfacción de sus necesidades básicas, entre otras las sexuales.

En el seno de la cuadrilla los intercambios de mensajes en los que se expresa todo tipo de afinidades, emociones y sentimientos, son más cómodos para el adolescente que los producidos en el espacio adulto donde desconocen las reglas, reales o ficticias, que enmarcan las relaciones interpersonales, sobre todo si estas van acompañadas de expresiones sexuales. Para los adolescentes las relaciones sexuales son frecuentes, aunque generalmente son sólo de carácter exploratorio y de aprendizaje más que de complemento afectivo. Pueden verse también ciertos aspectos característicos de conductas masculinas en las chicas y femeninas en los chicos, aunque por lo general son sólo expresiones normales de una sexualidad aún no resuelta por completo. Durante el proceso adolescente se reconoce la evolución de las expresiones sexuales porque comienzan en el autoerotismo, continúan en la búsqueda de información a través de los medios (revistas, Internet) y desembocan, en complicidad con los miembros de la cuadrilla, con el descubrimiento del otro.

Sabemos que la familia y el grupo de amigos, pero también los medios de comunicación forman parte del universo socializador del adolescente. Como muy bien puntualiza Ros (2005), la información se ofrece mediante la seducción, con la finalidad de crear la necesidad y no como un medio para favorecer la comunicación, la exploración o el descubrimiento, así, difícilmente se convierte en conocimiento. Para los expertos, la televisión realiza una función socializadora fundamentalmente mediante el entretenimiento, porque son los programas de entretenimiento, y en especial los espacios de ficción, los que concitan a muchos telespectadores, y de modo particular a los adolescentes, a mirar la televisión. En los adolescentes confluyen las necesidades de integrar su yo en un contexto social y de encontrar unas construcciones sociales consensuadas que les permitan sentirse adheridos a su grupo de referencia, y es a través de la televisión y de otros medios como los adolescentes acceden a muchas parcelas de la realidad sobre las que todavía no tienen una experiencia directa.

Además, sabemos de la utilización creciente de Internet en los hogares que abre la puerta a una nueva manera de relacionarse para los adolescentes, pues si bien Internet se utiliza como herramienta de búsqueda de información, también se está extendiendo su uso para la comunicación entre amigos y para el establecimiento de nuevas relaciones a través del Messenger y el Chat. De este modo Internet se convierte en un instrumento que marca límites y distancias con el mundo de los adultos, pues al escaso uso que hacen estos últimos de la tecnología, se une para su preocupación, principalmente la de los padres, la opacidad de las comunicaciones, el tiempo ocupado que no se dedica al estudio u otras actividades normadas y, sobre todo, que no controlan las relaciones que los adolescentes establecen a través de este medio.

Apenas unos años atrás, el modo de comunicación y contacto entre adolescentes (privados de la posibilidad de encuentro material) era el teléfono. Participar de los Chats y del Messenger (MSN) cumple hoy la función de darle al adolescente la posibilidad de mantener ese contacto permanente con sus pares. Con la pantalla encendida en forma constante, ese contacto que parece por momentos tomar sesgos adictivos, resulta en general necesario para la construcción de la identidad adolescente como tal. A través del Chat el joven se instala en un lugar de pertenencia, un espacio de referencia que brinda nuevas formas de acceso a una identidad común adolescente.

En cuanto al fenómeno del boom de la telefonía móvil entre los adolescentes, debe ser entendido en el contexto del éxito que esta tecnología ha tenido en el conjunto de nuestra sociedad y que ha llevado a que en 2002 (apenas siete años después de que fuera introducido en el mercado español) alcanzase los treinta millones de usuarios, lo que es más llamativo si lo comparamos con que la telefonía fija con una antigüedad de ochenta años no ha llegado a los diecisiete millones de clientes. En cualquier caso, el impacto que esta tecnología ha tenido en los distintos segmentos de la sociedad no ha sido igual, y así este fenómeno debe ser entendido entre los adolescentes con sus propias peculiaridades, tal y como lo demuestra el numero especial que sobre el tema dedicó la Revista de Estudios de Juventud (2002), el cual es uno de los pocos trabajos que en España ha abordado este tema.

Nosotros hemos podido constatar el éxito de esta tecnología entre los adolescentes, pues es fácilmente observable tanto en las entrevistas en profundidad como en los grupos de discusión, donde nos confirmaron sin excepción que todos los participantes disponían de un aparato móvil en propiedad. Ahora bien, de lo observado en las entrevistas hemos entresacado que son normalmente los padres quienes compran el teléfono móvil a sus hijos, pero son los adolescentes quienes se responsabilizan de su mantenimiento así como de la compra de tarjetas que les permitan su uso, dado que es esta la modalidad más habitual con la que los padres adquieren este aparato. El motivo por el que los padres optan por esta modalidad y no por la de contrato, se debe a que así se evitan “sustos” cuando reciben las facturas y principalmente porque de esta manera se obliga a los adolescentes a organizarse y autogobernarse económicamente.

Tanto padres como hijos parece que justifican el uso del teléfono móvil a partir de la distinta utilidad que se le adjudica, pues si bien ambos entienden que sirve para poder comunicarse entre ellos cuando los adolescentes salen los fines de semana por la noche, para estos últimos principalmente constituye una forma de estar controlados. Entienden por control que el teléfono móvil les permite llamar a casa para pedir la gracia de llegar más tarde o bien para que los padres vayan a buscarlos. A pesar de que no se ahondó mucho a lo largo de las entrevistas otra cuestión que se detectó fue la mayor importancia que daban los adolescentes a la capacidad de mandar mensajes frente al uso más tradicional de comunicación oral. También resulta sobresaliente el valor otorgado a la posesión y el uso del móvil, pues no hay ningún adolescente que entienda que el uso de esta tecnología no es imprescindible para el desarrollo de las relaciones sociales. Ellos son una generación que ha crecido con esta tecnología y la han adoptado en su ajuar hasta formar parte de su estilo de vida.

En 1996, el Informe del Instituto de Juventud (INJUVE) señalaba que la generación juvenil de entonces estaba marcada por la falta de identidad como resultado de una tardía emancipación, que originaba una etapa aún sin denominación ni esquemas interpretativos. Los jóvenes no se declaraban infelices, sino faltos de identidad, y proseguía el Informe constatando un manifiesto etnocentrismo y una primacía de los sentimientos localistas sobre el talante universalista. Todo ello evidenciaba una búsqueda de ámbitos de seguridad en los que refugiarse. Por lo mismo, si con anterioridad al Informe los hogares familiares eran espacios de relación, y la información se obtenía básicamente fuera del domicilio, en 1996 los jóvenes identificaban la casa como el espacio donde se nutrían de información (televisión, libros, Internet), mientras que las relaciones personales las concentraban fuera del núcleo familiar. Algo parecido ocurre diez años después (2006) con la generación de adolescentes, pues el ámbito familiar es un espacio de seguridad y refugio, aunque no tanto de información y sí algo más de relación, pese a que la calle, el espacio compartido con los iguales, sigue siendo el espacio principal del conjunto de relaciones y por añadidura, de información.

Comas y otros (2003) sostienen que existe una influencia mutua entre estilos de vida y valores, y que la mayoría de los jóvenes van modificando sus estilos de vida y sus valores con la edad. Además, esas diferencias en estilos de vida se reflejan en múltiples aspectos tales como el posicionamiento religioso, los hábitos hogareños, el rendimiento académico, las relaciones sexuales y sobre todo el consumo de alcohol.

De forma general, señala Javier Elzo que los jóvenes valoran por encima de todo lo próximo, lo local, en lugar de lo universal, de los proyectos de futuro, del gran relato, de las grandes cuestiones sociales. Son apolíticos, dada su acentuación por el mundo próximo y por la incapacidad con la que ellos perciben el mundo de lo político de resolver el problema que más les importa: el paro (que les da sensación de exclusión de la vida social). No aceptan la injusticia y son solidarios puntualmente, pero sí aceptan la diferencia. Existe una grieta entre los valores finalistas (pacifismo, tolerancia) y los valores instrumentales (esfuerzo, responsabilidad). Cada vez son menos religiosos, no sienten la necesidad de saber nada sobre fe y cultura religiosas.

Las apreciaciones anteriores se refieren más a los jóvenes finiseculares que a los adolescentes del nuevo siglo, pese a ser verdad que los jóvenes de fin de siglo vivían ahogados en un mar de contradicciones, sencillamente porque también era contradictoria la propia sociedad. Por ejemplo, los intereses personales eran prioritarios con respecto a los intereses comunitarios; de este modo, los jóvenes eran capaces de mantener conductas profundamente prosociales mezcladas con conductas profundamente antisociales, reflejo de las incongruencias que palpitaban en la sociedad española de fin de siglo.

También la sociedad española, como sociedad abierta y de riesgo, empuja a los adolescentes y jóvenes a ser más vulnerables e inseguros. Se han visto abocados a construir una moral de urgencia, utilitaria del funcionar y consumir, una moral de nuevas ficciones donde todavía no hay palabras para hacer canon entre el pasado, el presente y el futuro. Todo parece que transcurre demasiado deprisa. Vulnerabilidad y sufrimiento e inmediatez e incertidumbre forman parte de la inestable construcción de la personalidad adolescente, provocando la suma de contradicciones que los adultos perciben como formando parte del proceso de madurez y adquisición del rol de adulto entre los adolescentes. Proceso que está enmarcado por relaciones de incomunicación entre generaciones,  no sólo en el entorno familiar, sino en el conjunto de las relaciones sociales.

En ese mundo de incomunicación e incomprensión intergeneracional se proyecta como la principal contradicción de la juventud española actual la división entre el yo y el nosotros, entre el individualismo y la solidaridad. En un momento en el que se prima la ayuda a los más necesitados y el apoyo a las organizaciones humanitarias, donde los jóvenes son los primeros en movilizarse a la hora de atajar los problemas de los demás, cuando se exige al Gobierno a gritos que entregue un minúsculo porcentaje del PIB a los países menos desarrollados o que se les condone la deuda, cuando la defensa del medio ambiente va más allá de tener cuidado con el fuego al pasar un día en el campo, aparece otra defensa, la de la subsistencia y la necesidad de destacar en una sociedad extremadamente competitiva, donde ser el mejor es la aspiración de todos, a costa casi de cualquier cosa o persona.

Esta contradicción juvenil se comprueba además, en que mientras se defiende un reparto más justo de los bienes para evitar diferencias abismales entre unos países y otros, se convive con el culto a la moda y el consumo. Las marcas y las tendencias son el plato fuerte del entramado de relaciones sociales de los más jóvenes, dado el cuidado que se manifiesta en la puesta en escena con que nos presentamos, exhibiendo una determinada imagen ante los demás. Hoy día, son los jóvenes de clase media los protagonistas de la moda, que siguiendo a König (2002) tuvieron sus precursores en los punkis, los freaks o los ciborgs.

Los mitos sobre la tolerancia y rebeldía social de los jóvenes españoles no tienen base real. Después de años de estudios y análisis específicos sobre el comportamiento y las actitudes de la juventud, la FAD y el INJUVE trazaron el pasado 2004 un perfil nada complaciente con los adolescentes de este país. Ni la tolerancia que se le supone es tal, ni son activos, ni tampoco rebeldes “con causa”. Reaccionan mal a la diferencia, ante los comportamientos distintos o que se salen de las pautas que ellos consideran normales. Por ejemplo, entre los jóvenes que practican botellón, aquéllos que rehuyen tal práctica son tenidos por “raros”, inmaduros o inadaptados, y rechazados del grupo, y así casi con cualquier otra situación, positiva o negativa, que se plantee.

La cultura juvenil está muy influida por la representación social, o sea, por lo que la sociedad cree que son los jóvenes. Los jóvenes asumen sin rechistar los estereotipos que a menudo forjamos de ellos los adultos y los medios de comunicación. Si el imaginario común de “ser joven” implica ser rebelde contra la autoridad, idealista o practicar un ocio arriesgado (alcohol, drogas…), los adolescentes lo asimilan como algo propio. La paradoja es que se trata de una rebeldía superficial, más provocada por sus hormonas en conflicto o la búsqueda de la propia identidad que contra las pautas sociales establecidas, o contra un mundo injusto. Son de hecho acomodaticios, pragmáticos y partidarios de vivir el día a día.

Su “relativismo moral” tiene más que ver con la indiferencia y el pasotismo que con la tolerancia. Si se aceptan con normalidad fenómenos como el aborto, la eutanasia o los nuevos avances en reproducción asistida, entre otras situaciones de dilema ético, es más por un planteamiento de no me importa, que cada uno haga lo que quiera, que por razones ideológicas o de implicación y reflexión moral. Miran los adultos con indiferencia, resignados a ser en el futuro como ellos, y han convertido el tiempo de ocio en el epicentro de su vida, por encima del estudio y del trabajo. Es el predominio del discurso de la mayoría, tan potente que acalla los discursos individuales, conformando la representación de la cultura juvenil de modo poco idealista, pues sostiene que el compromiso social es cosa de mayores y que, además, suele estorbar para lo que el adolescente y el joven suponen que es su verdadero compromiso: divertirse y prepararse para un mercado laboral complicado. No son pocos los que muestran la falta de constancia y el poco aguante que tienen a la frustración. Quieren conseguirlo todo muy rápido, cuanto antes mejor. Se ilusionan muchísimo con las cosas, pero enseguida se cansan porque han puesto sus esperanzas en otra cosa.

Los adolescentes más que los jóvenes están en general satisfechos. La mayoría no manifiesta grandes preocupaciones y su grado de optimismo y felicidad ante la vida es alto. Son felices, si bien es cierto que, en esta tónica general de felicidad, hay adolescentes que reconocen no sentirse siempre así, y que hubo malos tiempos; aunque rápidamente recapacitan y se reinstalan en su estrenada o recobrada felicidad. Parece cuando menos sorprendente que en una etapa tan convulsa de desarrollo personal, muestren tal grado de unanimidad en su satisfacción con la vida. Es durante este periodo cuando surge entre los adolescentes una nueva comprensión de sí mismos, que conlleva cambios importantes referidos a una mayor búsqueda de independencia. También se afianza la percepción que tienen de sí mismos, sus características propias y de personalidad, es decir, de su identidad. Es frecuente que se produzca una disminución de la autoestima a partir de una creciente manifestación de los cambios en los que se ven inmersos, y la forma diferente de pensar acerca de las cosas, al observar las diferencias entre el modo en que actúan y el modo en que piensan que deberían hacerlo. Es decir, entre el ser y el deber ser.

De una muestra representativa de adolescentes se obtuvieron unos resultados que reflejan cómo la práctica totalidad se encuentran bien o muy bien con las cosas y personas que los rodean. Ahora bien, cuando se analizaron estos resultados en función de distintas variables sociodemográficas se pudo observar que hay distintos sectores dentro de la población adolescente cuya satisfacción general con las distintas cosas y personas que les rodean, es significativamente mayor o menor que la de otros grupos. Así, se observa en primer lugar que los más mayores (chicos y chicas nacidos en el año 1985) definen en mayor medida que el resto, cómo regular su satisfacción con la vida en general. También observamos que en función de la confianza que se tenga con los padres se detectan distintos niveles de satisfacción. A este respecto los datos nos muestran que los adolescentes que tienen confianza con sus padres señalan en mayor medida encontrarse muy bien con la vida en general, mientras que quienes no tienen confianza con sus dos progenitores afirman no encontrarse nada satisfechos en mayor medida. Una tercera variable se refiere al nivel económico subjetivo, que nos indica como los adolescentes que se autoposicionan en un nivel económico bajo o medio bajo, están en menor proporción muy satisfechos con la vida en general que el resto de los adolescentes. En conjunto, más de la mitad de los adolescentes se encuentran muy o bastante satisfechos con todos los aspectos de su vida salvo con las relaciones sexuales, con las que no sólo no se alcanza este porcentaje, sino que además recoge la mayor proporción de adolescentes que no están nada satisfechos (20,2%). Ahora bien, mucha o bastante satisfacción nos indica que ésta se presenta en diferentes grados, por lo que para poder analizar mejor estas diferencias calculamos la satisfacción media de los adolescentes.

Los elementos con los que más satisfechos son, a parte del lugar de residencia, aspectos que tienen que ver con las relaciones humanas, entre las cuales se encuentran en cabeza los amigos y la familia. Por el contrario, el aspecto con el que menos satisfecho se encuentran los adolescentes son sus relaciones sexuales. Entre estos dos extremos se sitúan toda una serie de elementos con los que tienen unos niveles muy similares de satisfacción, ya que se agrupan en torno en torno a puntuaciones que oscilan entre 2,29 (satisfacción con la libertad en casa/normas) y 2,43 (satisfacción con la pareja). Pero más allá de estos resultados genéricos, quisimos indagar en qué sectores de la población adolescente existe más o menos satisfacción con respecto a cada uno de los aspectos, cruzando estos con una serie de variables, y así obtuvimos estos resultados:

1. Satisfacción con la familia. La única variable que establece relación con la satisfacción con la familia es la confianza con los padres. Esta relación nos indica como quienes tienen confianza con sus dos progenitores muestran mayores niveles de satisfacción.

2. Satisfacción con las relaciones de pareja. Dos son las variables que encontramos con relación significativa: edad y tener pareja. Respecto a la edad hemos hallado que son los más jóvenes (chicos y chicas nacidos en 1992) quienes sobresalen por tener menores niveles de satisfacción. En cuanto a tener pareja, se observa como lógicamente quienes tienen novio/a están muchísimo más satisfechos que quienes no tienen pareja.

3. Satisfacción con las relaciones sexuales. Las tres variables con las que hemos hallado relación estadística son: edad, lugar de residencia y tener pareja. La variable edad  nos revela que son los más jóvenes (chicos y chicas nacidos en 1992) los que sobresalen por estar menos satisfechos con sus relaciones sexuales. Por su parte, el lugar de residencia nos señala que son los adolescentes que viven en localidades menores de 2000 habitantes quienes destacan por tener menores niveles de satisfacción en este aspecto. Por último, el tener pareja nos indica que quienes tienen novio/a están significativamente más satisfechos que quienes no tienen.

4. Satisfacción con la disponibilidad de dinero. La variable nivel económico subjetivo nos señala que quienes se autoposicionan en un nivel económico bajo o medio bajo, están significativamente más insatisfechos que el resto de los adolescentes.

5. Satisfacción con la libertad en casa/con las normas. El análisis de los cruces establecidos con otras variables revela que el sexo, la confianza con los padres y la cantidad de normas, son las tres variables que nos muestran grupos de adolescentes con distintos niveles de satisfacción. En cuanto al sexo, las chicas sobresalen por estar poco satisfechas con este elemento de su vida familiar. Respecto a la confianza con los padres, quienes no tienen confianza con ninguno de sus dos progenitores destacan por mostrar niveles de insatisfacción mayores que los adolescentes que tienen confianza. Por último, la variable cantidad de normas nos indica que los adolescentes que dicen tener muchas, se distinguen por tener menores niveles de satisfacción que el resto de los adolescentes.

6. Satisfacción con la disponibilidad de tiempo libre. El sexo es la única variable que, cruzada con la satisfacción por la disponibilidad de tiempo libre, da resultados significativos. El análisis de ese cruce nos revela que mientras los chicos destacan por mostrar mucha satisfacción con el tiempo libre que disponen, las chicas sobresalen por señalar en mayor medida su poca satisfacción.

7. Satisfacción con la utilización del tiempo libre. Al igual que sucedía con la variable anterior, al cruzar diversas variables con la satisfacción en la utilización de su tiempo libre, hemos hallado que sólo se establece relación significativa con el nivel económico subjetivo. Esta variable nos indica que los adolescentes que se autoposicionan en un nivel económico bajo o medio bajo sobresalen por estar en mayor proporción que el resto, nada satisfechos con la utilización que hacen de su tiempo libre.

8. Satisfacción con el aspecto físico. El sexo es la única variable que saca a la luz grupos de adolescentes con una mayor o menor satisfacción con su aspecto físico. Así esta variable nos muestra que los chicos están muy satisfechos con su aspecto físico en mayor medida que las chicas.

9. Satisfacción con el lugar de residencia. Aunque la gran mayoría de los adolescentes (87,1%) se encuentran muy o bastante satisfechos con su lugar de residencia, hemos hallado que los adolescentes que viven en localidades de menos de 2000 habitantes destacan por estar en mayor proporción nada satisfechos con su lugar de residencia.

Son los vaivenes emocionales que sufre el adolescente durante el proceso de construcción identitaria y de conciencia individual los que le empujan a un cierto ensimismamiento acompañado de introspección, todo ello aderezado por un aumento de la preocupación por los principios éticos, filosóficos y sociales que no pocas veces llevan a la formulación de un plan de vida muy distinto al que se tenía inicialmente.

Respecto al posicionamiento político, los adolescentes y jóvenes participan poco en la política. La mayoría de los jóvenes se declaran de izquierda o centro izquierda y manifiestan pensamientos progresistas, sin embargo, la mitad de ellos se muestra aunque no favorable sí complaciente con la pena de muerte. Se definen como tolerantes, garantes de la diversidad, solidarios, contrarios al racismo y la xenofobia, pero fallan en los valores instrumentales, como el trabajo bien hecho, la dedicación, el saber diferenciar los deseos hasta pasado un tiempo, la disciplina o la obediencia. Entre los valores que más destacan figura la necesidad de disfrutar de una buena salud, con lo que eso conlleva de tener hábitos alimenticios y de conductas saludables. De hecho, la actividad preferida que declaran para su tiempo libre es la práctica de algún deporte. Este gusto por el cuerpo no lleva consigo una preocupación por evitar los males que podrían ser fácilmente controlables. La asunción de riesgos, que va en contra de la defensa de la salud, se produce principalmente durante los fines de semana y está vinculada a la ingestión abusiva del alcohol.

Respecto al posicionamiento religioso, contamos con los datos del Informe Juventud en España 2004 del Instituto de la Juventud, que reflejan una caída en picado de la sintonía entre la Iglesia católica y las nuevas generaciones, hasta el punto de que en los últimos cuatro años se ha reducido a la mitad el porcentaje de jóvenes católicos practicantes (del 28% al 14%). Ya en un estudio de González-Anleo (2004) sobre la religión entre los jóvenes, y en el que por primera vez se incluía a los chicos de trece y catorce años, el tramo de edad más religioso, se indicaba que sólo un 12% iba a misa los domingos y en su mayoría son chicas, hijas de familias adineradas y votantes de derechas. El 20% de los encuestados afirmaba haber pasado de una postura religiosa a una no religiosa, sin diferencia entre los hombres y las mujeres. Y sólo el 2% había hecho el viaje contrario. Esto es a consecuencia de que muy pocos jóvenes encuentran en la Iglesia ayuda religiosa para orientarse en la vida y hallar respuesta a sus problemas. Un 79% de los adolescentes y jóvenes opinaba que la Iglesia es demasiado rica, que tiene demasiado dinero, y un 66% que hace muy poco de lo que exige a los demás. El control de la natalidad, la libertad sexual, sus exigencias morales y su anclaje en el pasado lastran la relación de los jóvenes con la Iglesia. Esta postura de los jóvenes sobre la religión venía influida por el ambiente familiar (66%) y por lo que ven en la sociedad (29%). En nuestra encuesta, el porcentaje de adolescentes que se identificaron como practicantes de una religión ascendió al 17’2% (16’9% católico practicante y un 0’3% practicante de otra religión). La mayoría (48’2%) se declaró creyente pero no practicante (46’6% como católico no practicante y un 1’6% como no practicante de otra religión). Finalmente, el 19% dijo ser ateo o agnóstico y un 15’3% indiferente en materia religiosa.

Distribución de la muestra según práctica religiosa

Práctica religiosa n %
Practicante católico 63 16,9
Católico No-practicante 174 46,6
Practicante de otra religión 1 0,3
Otra religión No-practicante 6 1,6
Indiferente 57 15,3
Ateo/agnóstico 71 19,0
N/C 1 0,3
Total 373 100,0

También se ha constatado la crisis de las instituciones tradicionales como la causa de que la escuela, los padres y la iglesia ya no sean correa de transmisión de creencia religiosa alguna. Los adolescentes ya viven dentro de una sociedad secularizada plenamente, y de ella se escuchan su discurso pero no quieren su control: ellos tienen claro que han de construir su propia vida independientemente de sus padres, a  pesar de que vivan eternamente bajo el mismo techo, como también pueden vivir en la esfera política o religiosa, sin aceptar, de ninguna forma, sus incongruencias o dobles morales.

Respecto a las experiencias de voluntariado social en cuanto espacio de socialización adolescente, éstas suponen más un desideratum que una realidad, pues son numerosos los adolescentes que manifiestan su interés por participar o pertenecer a una asociación de voluntariado o a una ONG, pero son una proporción muy pequeña los que realmente participan en dichas organizaciones. Una encuesta realizada en 1998 por el Instituto de la Juventud entre mil doscientos españoles de catorce a veinticuatro años reflejaba que, a pesar de lo mucho que se hablaba del fenómeno del voluntariado juvenil, sólo un 2,2% participaba al menos una vez por semana en tareas de participación social o voluntariado. El estudio era concluyente, los jóvenes no estaban dispuestos a sacrificar su tiempo por los demás.

La participación de los jóvenes en Asociaciones debe situarse en un contexto como el español en el que, a pesar del buen grado de aceptación que estas tienen entre ellos, se dan las cifras de asociacionismo juvenil más bajas de la Europa de los quince junto con Grecia e Italia. Esta baja participación que es justificada por motivos de cultura política, cifra desde hace veinte años el porcentaje de participación juvenil en un 30% y se caracteriza por ser principalmente de tipo deportivo (Elzo, 1999: 238). El último Informe de Juventud (2004) señala que este porcentaje sigue disminuyendo y tan sólo el 26,4% de los adolescentes y jóvenes españoles participa en alguna asociación, y la mitad de ese porcentaje lo hace en deportivas o recreativas. Apenas el 1% del total se involucra en movimientos ecologistas y sólo el 1,5% participa en una ONG

Asociacionismo Adolescente

Pertenencia n %
SI pertenece 170 45,6
NO pertenece 201 53,9
N/C 2 0,5
Total 373 100,0

Casi la mitad de los adolescentes (45’6%), dijo pertenecer o estar vinculado a una Asociación. Ahora bien, el 11’8% de los vinculados asociativamente pertenecía a más de una Asociación.

Vinculados asociativamente según tipo de Asociación

Tipo de Asociación casos %
Deportiva 122 32,7
Religiosa / Apostolado 13 4,4
Cultural / Sociocultural 22 5,9
Club social / Recreativa 25 6,7
Asistencia / ONG 8 2,1
Movimiento Social 1 0,3

El 32’7% de los adolescentes pertenecían a una Asociación de tipo deportiva, el 6’7% de tipo recreativo o Club Social, el 5’9% a una cultural o Socio-cultural, el 4’4% a alguna de tipo religiosos o de apostolado, el 2’1% a alguna ONG y un 0’3% a un Movimiento Social. También encontramos diferencias en función del tipo de hábitat, pues a pesar de la primacía de las asociaciones deportivas, entre los adolescentes entrevistados del ámbito rural o los muy ligados a él hemos encontrado que la adscripción más que la pertenencia se da a un elenco más variado de asociaciones, donde son mayoritariamente usuarios de la asociación, beneficiándose únicamente de las actividades de la asociación.

Respecto al grado de inserción en el mundo asociativo, el 45,8% de los adolescentes están inscritos en algún  tipo de asociación. Ahora bien, los universitarios destacan por mostrar mayores niveles de asociacionismo que el resto de los estudiantes y, por el contrario, quienes se autoposicionan en un nivel económico bajo o medio-bajo muestran niveles de asociacionismo significativamente menores. El tipo de asociaciones en las que participan los adolescentes son de modo mayoritario las de tipo deportivo. El tipo de jóvenes que se encuentran asociados a organizaciones de tipo deportivo es principalmente de chicos más que de chicas. Con un porcentaje de jóvenes asociados muy inferior se sitúan el resto de asociaciones, entre las cuales hay que destacar las de tipo recreativo y cultural por ser las que acogen el mayor porcentaje. A pesar del escaso número de adolescentes que participan en grupos religiosos o de apostolado no quisiéramos dejar de reseñar este dato, puesto que contrasta con el elevado porcentaje de jóvenes que recogían este tipo de organizaciones hasta no hace demasiados años.

Confianza media en la Instituciones
Servicio Riojano de Salud 5,23 Medios de Comunicación 4,12
Centros Educativos 5,06 Movimientos Sociales 4,12
Universidades 4,93 Asociaciones no juveniles 4,07
Asociaciones Juveniles 4,88 Sindicatos 3,96
ONGs 4,86 Ayuntamiento 3,74
Clubes Deportivos 4,82 Iglesia/Parroquia 3,01
Consejo de la Juventud 4,65 Multinacionales 2,88
Centros Jóvenes 4,63 Partidos Políticos 2,52
Policía 4,23

Otras instituciones en el ámbito de los adolescentes queríamos conocerlas a través del crédito y la confianza que depositan en ellas y, por tanto, conocer cuáles poseían credibilidad suficiente a la hora de desarrollar una posible campaña de prevención del consumo abusivo de alcohol. La confianza se midió a través de una escala de uno a siete en la que uno significa que no tienen ninguna confianza en esa institución, y siete que es plena y absoluta y el resultado se muestra en el cuadro siguiente. En este cuadro se puede observar que las instituciones en las que más confianza tienen los adolescentes de doce a diecinueve años, son el Servicio Riojano de Salud y los Centros Educativos (las únicas cuya media supera el cinco) y las que menos son la Iglesia, las Multinacionales y los Partidos Políticos, ya que estas obtuvieron con diferencia las peores puntuaciones. En cualquier caso, si se observa de una manera global los resultados obtenidos puede verse que salvo en el caso del Servicio Riojano de Salud y las ONGs, las instituciones que más valoración reciben (más de un 4,5% de media) son las más cercanas y con las que mantienen un contacto directo.

Hay que entender que la vida interior del adolescente está permanentemente en crisis por los cambios experimentados tanto física como emocionalmente y, por supuesto, por el cúmulo de nuevas experiencias a que se ve sometido de manera más o menos intensa, más o menos rápida e instantánea. Romeu (2005) llega a decir que en la construcción de su propio yo, los adolescentes crean una gran laguna biográfica (de lo que ha sido la religión en sus raíces familiares y personales) y optan por vivir la instantaneidad en todo, es decir, son inmediatos, presentistas, son partidarios del aquí y ahora.

En cuanto a metas y objetivos personales de los adolescentes, abordamos este aspecto desde lo más cercano, lo circunscrito a la visión de sus expectativas a medio y largo plazo y a sus planes de futuro. Partimos de que los estudios y el trabajo son las principales obligaciones de los adolescentes. Respecto a los estudios, se muestran satisfechos incluso cuando los resultados académicos no son muy buenos. Los malos resultados académicos, o lo que creen los padres interpretan como falta de interés por los estudios, supone un motivo de discusión en el seno familiar.

En los últimos años se ha reducido el porcentaje de jóvenes que estudian (se ha mantenido la tasa de escolaridad en niveles obligatorios pero ha disminuido en los postobligatorios). Si en 1999, año en el que se estableció el pico más alto, lo hacía el 55%, en el año 2004, fue del 45%. No sólo ha descendido el número de estudiantes, sino que también se ha reducido notablemente la proporción de aquellos que sólo se dedican a esta actividad (del 41% en 1996 al 31% en 2004). Sin embargo, aquellos jóvenes que han abandonado los estudios y optado por trabajar no se sienten tan satisfechos con su nueva situación, pues se quejan de las condiciones laborales y la remuneración. Aun así, siempre podemos encontrar adolescentes que se sienten estresados o agobiados a causa de las obligaciones cuando compaginan estudios y trabajo.

Otra de las cosas que ocurre en el periodo de la adolescencia y que numerosos autores están de acuerdo en señalar, es que los chicos y chicas además de tener nuevas responsabilidades u obligaciones, también empiezan a tener pensamientos y fantasías sobre su futuro y su vida adulta, es decir, sobre los estudios universitarios, el trabajo o el matrimonio. Con las expectativas de los adolescentes y jóvenes nos pasa como con la satisfacción con sus vidas, no acabamos de creérnoslos. Aunque quizás una visión tan positiva sobre la primera de estas cuestiones, tenga su parangón en el optimismo, o por lo menos la falta de pesimismo, con el que afrontan su futuro. Se enfrentan al futuro con mucho optimismo (por no decir harta alegría), para lo que es nuestro punto de vista de maduros analistas. Parece desprenderse de sus manifestaciones tenerlo todo claro; tanto si van a estudiar en un futuro, en algunos casos ya presente (los universitarios entrevistados), como si su opción es no seguir haciéndolo. E incluso los más jóvenes parecen haber pensado en ello; aunque, en este caso, no tengan las ideas tan definidas. Otros no saben qué van a estudiar. Y mientras, los hay que cogen el toro por los cuernos y rectifican con premura. Otros aplazan en lo posible la decisión. Los hay que se imaginan ejerciendo su profesión, y no cualquier profesión. Y algunas chicas se ven formando al mismo tiempo una familia

Unos planes de futuro sin el más mínimo guiño a consideraciones sobre la realidad actual y las dificultades que ésta entraña. Otros planes de futuro son quizás más imaginativos, pero no más ambiciosos como ellos parecen observar (nosotros entendemos que son más factibles). Relatan viajes, algo muy extendido entre los jóvenes que ansían viajar, y otras experiencias diversas. Pero también hemos encontrado atisbos de realismo. La mayor reflexión o el punto de realismo sobre el futuro parecen venir del lado de los jóvenes que se han incorporado al mercado laboral, que se muestran como más dados a sopesar lo que son oportunidades reales.

Este es el capítulo II que con sus notas de pies de página y bibliografía se puede encontrar en la publicación “Adolescentes, ocio y consumo de alcohol” (Editorial Entinema. Madrid)

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El pasado fin de semana fui invitado por la Federación Provincial de AFAs de Huelva  para dar una conferencia sobre la construcción social del mal de Alzheimer, sobre la identidad y reconocimiento de los pacientes  e igualmente sobre la construcción social del cuidado. La intención última de estas Jornadas era dar visibilidad a cuanto rodea esta enfermedad y pensé en trabajar el concepto de estigma según Erving Goffman. Aquí voy a dejar colgado un resumen de lo que envié para la revista de la Federación pero que dice mucho de cuanto expuse en la conferencia.

Si hay algo que caracterizó al siglo XX fue la exaltación de la juventud, pese a que acabó dando el relevo a un siglo XXI cuya característica principal es el envejecimiento mundial de la población. Sin embargo, este nuevo siglo deudor del pasado, ha heredado el mismo culto a la juventud, a la imagen del cuerpo juvenil, saludable, que hace del mismo un icono cultural hacia el que se dirigen todas las miradas. La imagen y su tratamiento identitario es el dispositivo a partir del cual se organizan, no sólo las relaciones sociales sino la autoestima. Así, buena parte de la población desea retardar u ocultar su envejecimiento mediante la cosmética, el deporte, la medicina o la nutrición. La cirugía cosmética contra el envejecimiento pretende conseguir personas sin edad, en un proceso de reforma continua en el que a veces se pierde ante el espejo incluso la propia identidad.

En esta dirección se buscan soluciones prácticas para cualquier tipo de problema asociado a la vejez, incluidas las enfermedades degenerativas, que si hasta ahora se ocultaban o se consideraban una cuestión familiar, hoy son ya un problema de los poderes públicos y las organizaciones sanitarias de los países desarrollados. Sin embargo esta preocupación social por las enfermedades mentales, no se han resuelto satisfactoriamente los procesos de construcción identitaria de las personas afectadas, manteniendo como en el pasado un estigma que en ocasiones alcanza a los familiares del enfermo.

Si definimos la presencia del estigma a través de tres dimensiones (estereotipos, prejuicios y discriminación) observamos cómo en nuestra sociedad, varias o todas estas dimensiones se encuentran presentes cuando se identifica a una persona como afectada por una enfermedad mental. El estigma, a lo largo de la historia, además de estas dimensiones ha estado ligado fundamentalmente a la discriminación y la exclusión, marcando negativamente al enfermo mental y a su entorno personal y familiar.

En el pasado, las enfermedades mentales han sido tomadas como manifestaciones de carácter mágico o religioso, incluso no identificándolas como enfermedades y atribuyéndoles ese carácter espiritual de posesión por otros espíritus que se manifestaban a través de la persona poseída, en realidad el enfermo mental, al que despersonalizaban, es decir, le arrebataban su identidad.

En la actualidad, el estigma que sufren las personas aquejadas de una enfermedad mental obra sobre ellos despersonalizándolos y aislándolos de su entorno, pues ya no reciben el  mismo trato. En general, las personas rechazamos aquello que por desconocido o por imprevisto tememos o nos produce incertidumbre. La ausencia de seguridad que mostramos por el modo de pensar, sentir y obrar de un enfermo mental, consigue la pérdida de relaciones y el aislamiento del mismo tras su inevitable estigmatización. Además, ante la vergüenza y la humillación del enfermo y sus familiares, provocamos que uno y otros adopten una posición de ocultamiento de la enfermedad o del enfermo, aislándolo y profundizando en el estigma con el que se le vincula y aumentando su sufrimiento. De este modo, la estrategia de ocultamiento utilizada a menudo por enfermos mentales o por su entorno familiar, no sólo no ha evitado el estigma sino que ha profundizado en el mismo.

Otras estrategias igualmente frecuentes suelen ser la negación del problema, la normalización del mismo a través de intentar ver a los otros como semejantes, y la evitación de aquellas circunstancias que llamarían la atención sobre las diferencias del enfermo y que provocarían la estigmatización del mismo.

Como las personas nos identificamos a través de la mirada de los otros, de los grupos a los que pertenecemos; también las personas con el mal de Alzheimer se identifican y sienten su identidad a través de los grupos con los que se relacionan o pertenecen, principalmente de su entorno familiar y social. Por esto, el retraimiento, el abandono o la pérdida de relaciones sociales, y la segregación y el aislamiento respecto a los grupos con los que habitualmente se relaciona una persona, hace que esta se perciba a si misma como distinta, como poseída por una marca o un estigma que le hace distinguirse de los demás marginándolo.

No todos los enfermos son capaces de buscar y encontrar ayuda en su entorno sociolaboral, ni de mantener su independencia y autonomía sin el concurso de especialistas, por lo que se resignan a aceptar de un modo u otro el apoyo de los miembros de su familia que de este modo reidentifican al pariente como paciente con el estigma de la enfermedad.

Es habitual que las personas diagnosticadas con el mal de Alzheimer o con cualquier otra enfermedad mental, perciban cómo su círculo de amistades o de relaciones afectivas tiende a reducirse. Entonces, si quieren continuar sus actividades laborales o de relación social en un plano de normalidad deben mentir u ocultar los aspectos relacionados con la enfermedad, porque en el caso contrario, el aislamiento y la soledad son un destino certero. Por supuesto que quieren tratarse y curarse, pero como eso no debería implicar dejar de ser como antes, de hacer lo que venían realizando hasta el momento del diagnóstico, buscan ayuda entre sus allegados, entre sus cercanos y familiares, para seguir independientes el mayor tiempo posible manteniendo el mismo tipo de vida que hasta ese momento se habían procurado.

En general se desconoce el origen de las enfermedades mentales, y cuando se allega cierto conocimiento, este está contaminado por historias y narraciones de todo tipo más próximas al mito que a la realidad. Se hace uso de categorías como las de normalidad, demencia o cordura que permiten explicar las conductas y el comportamiento de las personas y por extensión reconstruyen su identidad. En estos casos, el etiquetaje es el instrumento utilizado para la identificación de las personas con una enfermedad mental, despersonalizándola, pues dejan de ser sujetos con características propias de la normalidad y se convierten en sujetos aquejados de una patología.

Para los familiares, las conductas, los comportamientos, la pérdida de memoria, la necesidad de cuidado continuo, entre otros, son algunos de los atributos que vuelven diferentes y extrañas a las personas enfermas, que dejan de ser ellas mismas ya que ni siquiera logran autoidentificarse. Al enfermo se le reconoce porque deja de comunicar su realidad personal, sus necesidades, sus intereses; y deja de expresar sus sentimientos, sus afectos o sus gustos para ser sujetos identificados exclusivamente con la posesión de una enfermedad.

Una vez que la persona atraviesa el umbral de lo considerado como normal, deja de ser identificado por su vida o su personalidad para ser tratado como sujeto de una enfermedad despersonalizadora y deshumanizadora que le impide ser él mismo. Y es en este punto cuando el sujeto toma la forma de un cuerpo sin voluntad al que hay que conservar y cuidar. El punto en que deja de ser uno mismo para ser la persona que sus cuidadores deciden que sea; una persona que piensa y actúa por intermediación de sus cuidadores, de acuerdo a la interpretación que hacen estos de su identidad. Hay quien señala que esta forma de actuar de los cuidadores, de carácter despersonalizador para el paciente, puede llegar a considerar el enfermo como carente de las necesidades de las que podría disponer en una situación de normalidad, anulándolo y no dándole satisfacción a cuanto pudiera necesitar realmente. Esta actitud, además se ve reforzada por el discurso del propio colectivo médico que apoya la despersonalización del sujeto enfermo con su diagnóstico.

Algunos cuidadores proceden a tomar la parte por el todo; es decir, hacen extensiva la enfermedad mental al conjunto de la persona, inutilizándola como ser autónomo, independiente y con características propias. Es como si toda su identidad social fuera determinada por la parte significada en el diagnóstico médico. Toman la categoría médica como punto de partida para interactuar y explicar lo que sucede a la persona enferma, relegando la voz del paciente a su cuidado.

Esto ha ocurrido con la demencia senil, que como nuevo síndrome patológico es un invento reciente de la medicina con el fin de representar los desvaríos de la vejez. En este caso, las representaciones populares sobre la enfermedad y el enfermo son inicialmente contrarias al etiquetaje médico pues los desvaríos se encuentran dentro de lo considerado normal dentro de la vejez; y encuentran que es propio de los viejos chochear, desvariar, perder memoria, hacer cosas extrañas. Para los familiares, los aquejados con demencia tienen una enfermedad pero no entran en la categoría de enfermos, pues la salud de su cuerpo es la normal, la reconocida como normal dentro de las circunstancias personales.

Por esto se da una gran contradicción entre el diagnóstico del mal de Alzheimer y su interpretación a la hora de llevar acabo un tratamiento adecuado, de modo que una persona diagnosticada, aun considerando que es una enfermedad, no es realmente un enfermo. Curiosamente el diagnóstico médico viene precedido de indicadores subjetivos que proporcionan los familiares, como las conductas anormales o los trastornos del paciente, cuando el diagnóstico debería provenir exclusivamente de indicadores objetivos y científicos que demostraran la existencia del mal.

En la actualidad, sólo el diagnóstico médico del mal de Alzheimer ha permitido situaciones en las que los cuidadores ceden a esta categorización de enfermedad, determinando el modelo o la guía de comportamiento a utilizar en su relación con el familiar (sano hasta entonces y enfermo a continuación), aunque encuentran serias dificultades para seguir un tratamiento que vaya más allá del cuidado personal, afectivo o emocional del familiar.

Hoy día, como el avance en el conocimiento científico del mal de Alzheimer permite realizar diagnósticos preventivos, ya no se produce la muerte social del diagnosticado, ni se le oculta o se le encierra, sino que se respeta su identidad aplicando el afecto y el cariño de los suyos. Precisamente los familiares son quienes llevan el peso principal del cuidado, por lo que necesitan, más aún que el propio enfermo, de todo tipo de ayudas económicas, asistenciales y, desde luego, psicológicas. En España a causa del escaso desarrollo del Estado de Bienestar, han sido las Asociaciones de Familiares (la mayoría se han desarrollado extraordinariamente en los diez últimos años) quienes han asistido y cuidado a los diagnosticados con el mal de Alzheimer, y ha sido también en los últimos años cuando se puede apreciar una creciente sensibilidad ante la necesidad de atención que merece la familia como principal ámbito donde se proveen los cuidados.

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Este año que acaba se publicó el quinto libro sobre envejecimiento que he coordinado (“Envejecimiento, tiempo libre y gestión del ocio”). En él presento un artículo titulado “Sí es país para viejos” donde trato, entre otras aspectos, de la demografía del país y de la necesidad de acometer estudios e investigaciones sobre un colectivo (los mayores de sesenta y cinco años) que si a principios del siglo pasado suponían un 5% de la población total, en 2006 representaban el 16,7% de nuestra población, tres décimas menos de lo registrado en el Informe del Imserso de 2004, pero que en las próximas décadas irá en aumento. Este leve rejuvenecimiento de la sociedad apuntado, se debe a la llegada de población inmigrante joven y al repunte de la tasa de natalidad en los últimos años, gracias en buena parte a esa misma población inmigrante. Sin embargo, esta leve desaceleración del crecimiento y posible mantenimiento en sus actuales porcentajes de la población mayor de sesenta y cinco años, se sostendrá durante un corto periodo de tiempo, pues no olvidemos que actualmente se alimenta de las disminuidas generaciones de la guerra y posguerra civil. Según concluye el Informe 2006, realizado por él Imserso sobre las personas mayores, la población española envejecerá en los próximos años de forma desorbitada, cuando la generación de los años sesenta conocida como del baby boom, llegue a la edad de jubilación. Es decir, será a partir del 2025 cuando empiece a jubilarse esta generación del baby boom y cuando los porcentajes de población envejecida superen los de la media europea.

En relación a la población activa, es decir, población jubilada respecto a población que trabaja o en edad de trabajar, España tiene veinticinco personas mayores de sesenta y cinco años por cada cien en edad de trabajar, unas cifras que se muestran acordes con la media comunitaria. En los últimos años la entrada de extranjeros ha engrosado la población activa y retrasado los desequilibrios en el sistema de pensiones, que de momento registra superávit. Aunque se ha mitigado la intensidad de estos flujos proseguirán  en el tiempo, lo cual no impide aventurar que en el futuro, pese a la incorporación de nuevos contingentes migratorios, se supere esa relación de un jubilado por cada cuatro trabajadores en activo. Se estima que para el 2050 esa proporción crecerá a sesenta y seis por cada cien (es decir, un jubilado por cada uno a dos trabajadores en activo), muy por encima del promedio comunitario, lo cual obligará a modificar con anticipación el modelo de jubilación y prestaciones sociales si se quiere sostener el Estado del Bienestar. Pero esta es una argumentación que no siempre viene estimulada por ese fin, sino por intereses corporativos y financieros que promueven de manera cíclica este tipo de debates y en el que nosotros ya hemos entrado en otra ocasión (Giró, 2007).

En España viven más de 7,4 millones de personas mayores (las mujeres representan un 58% del total), una cifra muy similar a la que existe en otros países de nuestro entorno europeo, y los octogenarios  son los que más han crecido en los últimos quince años (son ya cerca de dos millones), al incrementarse en un 66% mientras la población general lo hizo en un 13%. Si bien la mayoría de los mayores de sesenta y cinco años vive en entornos urbanos (el 71,7% reside en municipios urbanos, el 17,3% en ciudades intermedias y sólo un 11% en áreas rurales), en proporción, los pueblos y núcleos rurales están más envejecidos. En este momento, las comunidades autónomas con más mayores son Castilla y León, Asturias, Galicia y Aragón que cuentan con más de un 20% de población mayor de sesenta y cinco años, mientras que Baleares, Canarias, Ceuta y Melilla son las comunidades menos envejecidas.

Otro lugar común, otro escenario conocido como una de las causas del envejecimiento de la población, es el hecho biológico innegable del aumento de la esperanza de vida. Sobre todo ha aumentado notablemente en las sociedades desarrolladas, y en las últimas décadas. En estos momentos está en torno a los ochenta años con ligeras variaciones según el sexo (más alta en las mujeres) y los países que analicemos. Esa esperanza es la que tienen los que nacen en estos años, pero no es de aplicación a generaciones anteriores porque es una proyección que tiene su plasmación concreta en el futuro. Por eso, se estima que en él 2050 los mayores de ochenta años serán unos seis millones. Y si hoy existe en España algo menos de 7.000 centenarios, a mitad de siglo pueden ser unos 55.000 los que superen el centenar de años. La esperanza de vida de los españoles que llegan ahora a los sesenta y cinco años es de aproximadamente quince años más para los hombres, y veinte más para las mujeres. Y en cuanto a los españoles que nacen estos años tienen hasta un 90% de posibilidades de llegar a los ochenta años, incluso se prevé que uno de cada dos bebés que nazcan ahora llegará a ser centenario. Esta es una tendencia que va a más, pues las hipótesis demográficas del Instituto Nacional de Estadística (INE) indican que la esperanza de vida no dejará de aumentar en los próximos años, hasta alcanzar en 2030 una esperanza media de vida aproximada de 83,9 años.

Sabemos que no todos tienen la posibilidad de llegar a viejos, pero en España llegan, y de largo, pues si atendemos a la esperanza de vida por países, la de los españoles es una de las mayores de Europa y del mundo, ya que alcanza los 80,23 años, y sigue creciendo. Hace más de un siglo, en 1901, nuestra longevidad media era de 34,76 años; aunque si hemos de ser precisos, esta longevidad se debe principalmente a las mujeres españolas. Ellas tienen una esperanza media de vida de 83,48 años al nacer, y ellos, a pesar de mejorar, sólo alcanzan los 76,96 años. Las españolas, además, según el Eurostat, gozan de una posición privilegiada dentro de la UE. Sólo las francesas van por delante con una esperanza media de vida de 83,82 años. Tanto españolas como francesas, no sólo comparten el primer puesto de la Unión Europea, sino que se encuentran en la cima de los países occidentales. Sólo son superadas por las japonesas, ya que el Japón es el referente mundial tanto para mujeres como para hombres. Suecia, Finlandia e Italia son otros de los países europeos en los que la mujer ha logrado alargar la vida. En el otro extremo, las rumanas, con una esperanza de 75,7 años, ocupan el último peldaño en este club de afortunadas. Si atendemos a los hombres, indiscutiblemente estos han ganado vida, pero menos. Observando lo que ocurre en los países de la Unión Europea salta la sorpresa, pues los varones no siguen el mismo orden que las mujeres; la vanguardia la ocupan los suecos, seguidos de irlandeses, malteses, holandeses e italianos. Y ya en el sexto lugar, los españoles con una media de 76,98 años de vida. Detrás, pero casi a la par, los franceses, con 76,74 años.

¿Por qué las diferencias entre hombres y mujeres? ¿Cómo dar respuesta al hecho de que en el centro y el norte del país, la esperanza de vida sea más alta que en el sur? ¿A qué se deben las diferencias entre países? Y, ¿por qué, pese a que todos los países de la Unión Europea avanzan en longevidad, no existe convergencia, ni tampoco hay paralelismo en cuestión de género? Preguntas que han dado lugar a numerosos debates en la confianza de ofrecer una respuesta de uso universal. Pero quizás las preguntas no están bien planteadas o quizás se buscan respuestas desde planteamientos esencialistas y poco interesados en la diversidad. Desde la gerontología social, y también desde otras disciplinas, se han ofrecido una multiplicidad de respuestas, desde cuestiones como la dieta, hasta los niveles de renta, los diferentes sistemas de salud, los factores ambientales y del entorno. Últimamente, también se ha comenzado a considerar la importancia de los flujos migratorios de jóvenes hacia el centro y el norte, y los flujos de viejos y jubilados hacia el levante y las líneas de costa.

Desde luego, la potabilización del agua, una mayor higiene y algunos descubrimientos médicos fueron claves en el crecimiento de las expectativas de vida; y ya los progresos recientes en biología, la ingeniería genética y el despegue científico de la gerontología son fundamentales en el aumento de la esperanza de vida media. Si vivimos más, es porque han mejorado los aspectos que tienen que ver con la prevención (como las vacunas contra la polio, la viruela o la gripe); también por los fármacos que previenen las recaídas en ciertas patologías, y, sobre todo, la dieta, evitando la malnutrición y la obesidad y paliando el déficit de vitaminas y de calcio. También está la actividad física y los factores ambientales que influyen en el envejecimiento. Además, está la medicina anti envejecimiento que se define como un sistema integral, preventivo y curativo, y que a partir del estudio del envejecimiento natural descarta los factores perjudiciales que producen un envejecimiento prematuro, y propone un sistema de vida aplicando las técnicas correctoras a los signos estéticos y orgánicos del decaimiento corporal. Es decir, aquí cabe tanto el ejercicio, las vitaminas y una dieta cuidada, como una operación de cirugía estética. Todo tiene su importancia, porque si no se puede cambiar la actitud de la sociedad hacia los viejos, sí se puede cambiar la actitud de los viejos hacia la vida. Y es que como se puede deducir por todas estas interpretaciones, el debate no está cerrado. Y menos que ninguno el que trata de dar respuesta a la pregunta de ¿por qué viven más las mujeres?

Desde luego, que las mujeres sean más longevas que los hombres es un fenómeno relativamente moderno, pues a principios del siglo XX no existían estas diferencias. Por entonces, la reducción de la mortalidad infantil fue decisiva para ampliar la esperanza de vida, pues las ganancias se libraron a edades tempranas, y no como en la actualidad que se libran a edades avanzadas. La siguiente observación es que durante los años de la guerra y represión se desarrollan y aumentan las diferencias entre los sexos (mueren más hombres que mujeres). Finalmente, las diferencias empiezan a suavizarse, es decir, las ganancias de esperanza de vida son mayores en los últimos años para los hombres en comparación con las mujeres. Concretamente, la esperanza de vida ha mejorado en España 2,4 años en mujeres y 3,2 años en hombres.

Todo parece indicar que los principales factores en la mejora en la esperanza de vida de las mujeres durante el siglo XX, aparte de las tendencias que afectan también a los hombres (nutrición y salubridad), pudieran atribuirse al descenso de la fecundidad,  las mejoras en la atención al parto y la dedicación de las mujeres a tareas reproductivas. Por su parte, para los hombres se aduce que primero murieron en gran número en la guerra[1] y represión, y luego se expusieron a los riesgos laborales y conductuales propios del desarrollismo, muriendo más por causas externas (accidentes y violencia) y cáncer, y también por enfermedades respiratorias y digestivas. En la década de los ochenta, la mortalidad en varones jóvenes se vio afectada por la irrupción del SIDA y el fenómeno de la drogodependencia, un doble impacto que se ha reducido en estos momentos.

Observemos ahora los últimos datos que facilitó el Instituto Nacional de Estadística, que señalan como la principal causa del descenso en la mortalidad en este siglo, a la llamada revolución cardiovascular, es decir, a la caída de las muertes atribuidas a las enfermedades del sistema circulatorio que representan un tercio del total. Las enfermedades cardiovasculares, con tratamientos cada vez más avanzados (cateterismos, antihipertensivos y fármacos contra el colesterol), son uno de los grupos de dolencias que experimentan un mayor avance en su terapia. Sin embargo, el otro gran motivo de los fallecimientos (los tumores) sigue en aumento. Otro gran grupo de dolencias que más ha contribuido al descenso de las muertes es el de las enfermedades del sistema respiratorio. También las causas externas de mortalidad (accidentes, suicidios) y las enfermedades endocrinas bajaron más que la media.

Estos datos del INE muestran un claro sesgo de género, pues si entre los hombres la principal causa de muerte son los tumores, entre las mujeres lo son las enfermedades del sistema circulatorio (Durán, 2006). Si se descomponen estos grandes grupos, las diferencias se acentúan. El tabaco es la primera causa de muerte en hombres (sólo los tumores de pulmón, traquea y bronquios), y es la única de las diez primeras causas de muerte que aumenta. Si se toma la lista de las diez mayores causas de muerte, aparte del tumor de pulmón, son exclusivamente masculinas las enfermedades de las vías respiratorias inferiores, y los cánceres de colon y de próstata. En cambio, serían femeninos el trastorno mental orgánico, senil y presenil; el Alzheimer, el tumor maligno de mama y la diabetes.

Según el Informe 2006 del Imserso, el retrato demográfico de los mayores de sesenta y cinco años señalaba que al cumplir esa edad, la esperanza de vida estadística concede a cada español otros 19,3 años de vida; de ellos, algo más de doce libres de cualquier incapacidad, y el resto con limitaciones crecientes. En este sentido, los hombres dispondrían de una vejez más corta que las mujeres, pero con mejor estado de salud, si atendemos el dato estadístico (65 años + 12 años) que coincide con la esperanza de vida actual de los hombres (77 años). Además, es cierto que si bien las mujeres viven más años que los hombres, tienen con mayor frecuencia discapacidad. Así lo muestran dos indicadores útiles, no para medir cuánto se vive, sino cómo se vive. Son indicadores sobre la esperanza de vida libre de enfermedad crónica, y la esperanza de vida en buena salud, y ambas ofrecen resultados más favorables a los hombres. Al respecto, según la Encuesta Nacional de Salud 2006, la esperanza de vida libre de enfermedad crónica al nacer, es de 41 años para los hombres, frente a los 38 años para las mujeres. Por otra parte, la esperanza de vida en buena salud al nacimiento, es de 56,3 años para los hombres y de 53,9 años para las mujeres. En resumen, podemos decir que las mujeres, en este momento y en comparación con los hombres, tienen una mayor esperanza de vida al nacer y a los sesenta y cinco años, pero su vida sin enfermedad crónica y con una buena percepción de salud es más corta.

Una vez analizados los datos estadísticos, el planteamiento siguiente sería conocer si estas variaciones entre las expectativas de vida de hombres y mujeres son diferencias, es decir, si se deben a su mera condición biológica de ser hombres y mujeres; o si por el contrario son desigualdades, es decir, si es una cuestión de género acerca de cómo se ha organizado históricamente el trabajo reproductivo. Para responder a este planteamiento es de sumo interés el punto de vista del catedrático de Salud Pública en la Universidad de Alicante, Carlos Álvarez Dardet[2], en su referencia a la desigualdad social como explicación, no sólo de las diferencias de la esperanza de vida entre los sexos, sino del tipo de esperanza de vida logrado. Señala que hay quienes sostienen que la mayor longevidad de las mujeres se debe a razones biológicas. Éste punto de vista proviene del esencialismo biologicista que pretende legitimar las desigualdades haciéndolas pasar por diferencias naturales y físicas, y buscando la explicación en diferencias biológicas pretendidas o reales. Es como el sexismo, que no es otra cosa sino la conversión en esencia natural de un proceso de construcción histórica. Este esencialismo está desentrañado en la obra de Pierre Bourdieu (1998), que muestra los procesos de transformación de la historia en naturaleza que han hecho de la diferencia entre masculino y femenino una nécessité socio-logique naturalizada.

Se pregunta Alvarez Dardet ¿cómo explicar desde una perspectiva genética (y la genética es la diferencia principal a nivel biológico entre hombres y mujeres) que sean ahora más resistentes las mujeres que en 1900?; y la respuesta es que la razón de que la esperanza de vida varíe entre los sexos con el tiempo, se encuentra en los procesos de construcción histórica, en cómo literalmente las fuerzas sociales se han corporizado en cada uno de nosotros. Hasta la primera mitad del siglo XX se atribuyeron las diferencias a que los hombres trabajaban duro y en condiciones penosas; e incluso se creyó que la incorporación de la mujer a la vida laboral acortaría distancias, pues al abandonar la seguridad del ámbito de lo doméstico participaría de los riesgos y peligros propios del ámbito de lo público, reservado hasta entonces a los hombres. Se postulaba que las mujeres, al participar en el trabajo productivo, de alguna manera se masculinizaban adquiriendo hábitos y conductas masculinas, fumando, bebiendo, conduciendo automóviles, sometiéndose a la doble jornada en el trabajo, etc. Pero no ha sido así. Estos argumentos se basan en la pretendida existencia de un efecto protector de la reclusión doméstica de las mujeres (las reinas del hogar); y la asunción de postulados sibilinamente androcéntricos, ya que plantea dos justicias distributivas diferentes, una para el trabajo productivo y otra para el reproductivo.

Sin embargo, la mayoría de los síndromes de la mujer emancipada pueden explicarse de manera más justa no achacando responsabilidades a las mujeres por su participación en la producción, sino preguntando por la responsabilidad de los varones en la reproducción, lo que podríamos llamar el síndrome de inhibición doméstica de los varones. Tratar de explicar la eventual pérdida de la salud de las mujeres por su participación en el sistema productivo, es como intentar argumentar que la culpa es de la víctima por abandonar las tareas reproductivas que socialmente se le habían reservado. La pretendida masculinización de las mujeres, su acceso a la producción, está matizada precisamente por el mantenimiento de su vinculación al ámbito doméstico. La doble jornada o jornada interminable sería el factor más certero en la profundización sobre las desigualdades en las expectativa de vida.

Finaliza Dardet señalando que lo interesante de la teoría de la modernización de roles de género es que nos plantea un universo más flexible. El problema no está ya en los hombres y las mujeres en sentido biológico como plantea el esencialismo, ni en que las mujeres se hayan salido de su nicho social como plantea la teoría de la emancipación, sino en la manera en que hombres y mujeres han construido su participación en la producción y en la reproducción. Añadiendo un poco más de justicia a nuestras sociedades y a nuestras casas, consiguiendo no sólo democracia en lo político sino democracia doméstica, se podría lograr una mejoría sensible. Hemos conseguido una sociedad mucho más justa en lo público en términos de paridad, aunque aún queda un buen trecho por recorrer, especialmente en paridad salarial. Se trata ahora de que esos mismos principios de justicia que ya se han aceptado en el mundo del trabajo productivo (que la mujer tengan los mismos derechos), sea también verdad en el mundo reproductivo (que los hombres tengan las mismas obligaciones y tareas). La ganancia en términos de salud sería enorme.


[1] Cabe aquí hacer una matización prospectiva en cuanto a la mortalidad por conflictos bélicos y su evolución. En las guerras del siglo XX, la mortalidad era aproximadamente del 80% en combatientes. En la actualidad esta proporción se invierte, y como ocurre en Irak, el 80% de las bajas son entre población civil y el 20% en combatientes. Las guerras ya no tienen el impacto por sexo en la mortalidad que tenían, y ahora su impacto es sobre todo entre los no combatientes.

[2] El País, 8-XII-07

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Hoy día parece que podemos elegirlo todo, menos la forma y el momento de morir (salvo entre los suicidas). Por medio se encuentran los familiares y los profesionales de la medicina que se inmiscuyen en el proceso de morir de las personas. La muerte no sólo implica al que se va sino también a los que se quedan. Y los que se quedan tratan de burlar a la parca, como si esta tuviera algún sentido en sus decisiones, o como si quien se va a morir no fuera capaz de tomar la decisión acertada o deseada, es decir, la buena muerte.

La antropóloga María Catedra (1988) señalaba que la buena muerte sucede a una cierta edad, cuando el individuo ha completado su ciclo vital (morir de viejo), y el desenlace ocurre sin enfermedades ni violencias, es decir, de una manera “natural”. Los que mueren de viejos no padecen una enfermedad específica, sino que simplemente se terminan, es decir, se acaban. Éste tipo de muerte de vejez, o natural, representa a nivel humano la continuación del ciclo general de la naturaleza. Con la vejez empiezan a desaparecer los miedos a la muerte aunque, dependiendo de las circunstancias, se dan diferentes actitudes. Así ciertos ancianos pierden la consciencia total de su próxima muerte, en cuyo caso “no la sienten”; otros, en cambio, se resignan e incluso aceptan la idea y, por último, los que padecen fuertes dolores “piden la muerte”.

En realidad se oponen dos clases de muerte: la buena y la mala muerte. Una buena muerte se caracteriza, entre otras cosas, por la rapidez del desenlace, por la inmediatez, por lo inesperado, mientras que la muerte mala significa semanas, meses o aun años de lenta agonía. La buena muerte, o la muerte feliz, es la que sobreviene sin estridencias durante el sueño, sin que se entere el afortunado. Es una muerte sin dolor, corta o inesperada, una muerte sin agonía. Porque aún en el caso de que sea una muerte violenta, deseamos que ésta se produzca de manera rápida y sin dolor, porque lo que realmente nos asusta, no es tanto la propia muerte, como el dolor, el sufrimiento o la agonía.

En las últimas décadas, los grandes avances surgidos de la medicina han propiciado que enfermos con graves procesos incurables vivan más tiempo. Pero esta situación también demanda dar una mayor calidad de vida a los pacientes. Los médicos, educados para salvar la vida, no están preparados para afrontar la muerte, pero tampoco los familiares saben cómo tratar la pérdida de un ser querido. Entre todos se formaliza un pacto de silencio que atrapa al enfermo y le impide marcharse a su voluntad. La familia sabe que el enfermo sabe y el enfermo sabe que todos saben, pero nadie habla. Es una situación en la que el enfermo querría irse o que su familia le diera permiso para irse, para dejar de luchar porque ya no puede más. Pero la familia y los médicos se sienten atrapados por la vida y no le dejan.

De esa lucha entre los que quieren prolongar la vida y los que quieren dejar de vivir y abandonar la vida con una buena muerte, surge el bálsamo de los cuidados paliativos y la atención al enfermo en fase terminal. Han sido las demandas de los pacientes y la de aquellos familiares que han acompañado al enfermo en su agonía, aunque también el interés y la preocupación de los profesionales sanitarios por evitar el sufrimiento en la etapa final de las enfermedades, lo que ha llevado en la actualidad a una creciente preocupación social y sanitaria en torno a este tema.

Los principios de los cuidados paliativos, a partir de una perspectiva humanística, intentan recuperar el acercamiento a una muerte tranquila, sin estorbos terapéuticos innecesarios, dentro de un clima de confianza, comunicación e intimidad, donde la familia vuelva a ocupar un lugar relevante cerca del paciente. Este planteamiento exige cada vez más la asunción de responsabilidades y una mayor implicación personal de los profesionales en este tipo de cuidados y, sobre todo, una mayor preparación en el terreno técnico y, por ende, una formación tanto básica como permanente en los terrenos propios de la disciplina de enfermería, la sociología, antropología, pedagogía, psicología o atención médica.

En estos terrenos, el Curso de Gerontología Social de la Universidad de La Rioja “Envejecimiento, vida y muerte” (16-20 Noviembre), también ofrece una perspectiva jurídica sobre el testamento vital, así como las consideraciones éticas que se derivan de la asunción de estas premisas incardinadas en el proceso de la buena muerte. Es un curso de 20 horas que pretende complementar los realizados en años académicos anteriores y en el que participen especialistas en las distintas áreas de conocimiento que entienden del proceso de envejecimiento en todas sus vertientes sociales, políticas, psicológicas, asistenciales, preventivas, paliativas, etc.; por que sólo desde la aceptación de nuestra humanidad, podremos adquirir la consciencia y el conocimiento de la vida y la muerte.

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Cartel_Gerontología_2009

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