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Archive for the ‘Pertenencia’ Category

Acaba de publicarse por la editorial Comares de Granada, el libro colectivo “Seguridad, excepción y nuevas realidades jurídicas” coordinado por Mª José Bernuz  y Raúl Susín, gracias a la investigación que se encuentra detrás de los proyectos “Seguridad, estado social y cultura punitiva” de la Universidad de Zaragoza y “La protección de la seguridad en la sociedad del riesgo: una aproximación desde la sociología jurídica”, de la Universidad de La Rioja. A este nuevo libro he contribuido con un artículo “Identidad étnica, adolescencia y aculturación” (páginas 161-176) que comencé a escribir a raíz de la muerte de mi amigo y colega Eduardo Terrén Lalana, que falleció en agosto de 2008 al precipitarse en el vacío en uno de sus habituales recorridos por la montaña del pirineo oscense. Para quienes estén interesados dejo una parte de las conclusiones de dicho artículo:

“Los jóvenes con identidades culturales híbridas, perciben las diferencias de los distintos medios como una ventaja que les permite escoger los grupos con los que se quieren identificar, y al cambiar de contexto cultural, aprovechan su bagaje para realizar un proceso de integración efectivo y rápido (Massot, 2003). Habitar tanto en una sociedad multicultural, como ser social y culturalmente competente, implica saber cuándo es mejor reificar o revitalizar las diferencias. Muchas veces, las fronteras culturales son más débiles que la capacidad de los jóvenes para cruzar las líneas divisorias de un lado a otro sin perder su sentido de identidad. Aunque se sientan divididos entre dos culturas, esa habilidad para cambiar es percibida como una ventaja por todos aquellos que la poseen. Y cuando esa ventaja se vuelve evidente, el cambio de actitudes entre una y otra identidad se convierte en un acto consciente.

Los jóvenes se adhieren a diferentes identificaciones de acuerdo con sus objetivos. Y la adaptabilidad desarrollada, se ha convertido para ellos en una habilidad fundamental para la supervivencia. Al mismo tiempo, las diferencias biculturales de estos jóvenes les han facilitado el desarrollo de otras habilidades, con las cuales pueden aprehender, comprender y convivir con códigos diferentes, y en distintos contextos.

La globalización, como marco sobre el que se dibuja la diversidad cultural, es el escenario desde el que se construyen las identidades. Unas identidades no sujetas a orígenes, ni a pertenencias; de carácter flexible, inestable y cambiante, que acompañan la propia indefinición, inestabilidad y practicidad de los adolescentes, hijos de la inmigración. Unas identidades que superan, o al menos atraviesan, las relaciones de desigualdad sobre las que se organizaron las identidades étnicas de sus padres con la sociedad de acogida.

Al efecto, señala Terrén (2002), que la clave de esta aproximación radica en que la conceptualización de la pertenencia étnica no se construya (o no se construya sólo) sobre un modelo predefinido de cierre cultural y repliegue comunitario, sino que sea una conceptualización capaz de reproducir la diversidad en vez de segmentarla y que, al hacerlo, sea sensible también a las estrategias individuales de integración, a los sincretismos, hibridaciones y voluntades de asimilación. En definitiva, un modelo complejo de la pertenencia étnica, es un modelo que basa su potencial teórico en interesarse más por destacar la diversidad con que la etnicidad es puesta en juego, que por reducirla a la unidad de supuestos atributos esenciales.

Por tanto, estas identidades híbridas, no sólo alejan el esencialismo de los análisis basados en la homogeneidad e invariabilidad de las culturas, sino que, además, se desembarazan de los prejuicios analíticos sobre la “aculturación” como pérdida, asociada a una desvalorización de los componentes identitarios de carácter híbrido logrado.

Por desgracia, la desvalorización de las identidades híbridas, el apego a una tradición inventada, la manipulación de las culturas y la exaltación del choque, violencia y competencia entre las mismas, ha preparado la asunción de estrategias defensivas de los adolescentes involucrados en estas manifestaciones de racismo cultural. Se puede tratar de estrategias interiores, sea asumiendo estereotipos racistas o a través de comportamientos agresivos y violentos (Terrén, 2007). Se puede manifestar mediante maniobras exteriores, a través de una asimilación a los nacionales y de un rechazo de los propios orígenes; o en sentido contrario, mediante una revalorización de la identidad de origen, o incluso ejerciendo la delincuencia como práctica que les revalorice, como una especie de mecanismo que les permita llegar a ser alguien y a salir del anonimato. O bien cabe que se materialice a través de una estrategia mixta de revalorización de la propia cultura –buscando similitudes con la autóctona- y de búsqueda de la integración social -sin renunciar a su propia diferencia-.

Esta tercera opción (una estrategia mixta), viene significada por la aceptación y la valorización, en mayor o menor grado, de la cultura inmigrante por la sociedad de acogida; permitiendo que el adolescente tome aquellos elementos necesarios de ambas culturas para su crecimiento personal, su construcción identitaria y su integración social. Es una opción que responde a una estrategia inserta en la perspectiva intercultural, que valora por igual todas las culturas y busca el diálogo entre ellas en un plano de simetría o de igualdad, de modo que la disyuntiva de integración o marginación social en función de los atributos culturales expuestos o utilizados, no es sino una fórmula trasnochada de racismo cultural (Giró, 2004).

La perspectiva intercultural concibe la cultura en relación con las otras culturas, otras realidades, otras formas de concebir e interpretar el mundo y, a su vez, contempla la propia cultura de un modo no estático ni estable, sino cambiante e interactivo. La concepción estática de la cultura deriva a menudo en el esencialismo, el fundamentalismo cultural; y éste es el origen frecuente de la generación de etiquetas y estereotipos culturales, que a su vez constituyen el germen del racismo y la xenofobia”.

Algo parecido a lo que está ocurriendo con motivo de la prohibición del Burka y el Nikab

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La Asociación de Trabajadores Inmigrante s Marroquíes (ATIM) en su revista “entre 2 orillas”, en el nº 4, página 23  (http://entre2orillas.org/),  ha publicado esta colaboración que les envié hace un tiempo. Las líneas que siguen son el resultado de aquellas entrevistas a adolescentes marroquíes que se realizaron hace unos años, y con las que puedo contar algo de sus relaciones personales con amigos y familiares.

Hace un tiempo, tan solo el de unas pocas generaciones, el tránsito entre la infancia o periodo de dependencia de los adultos, y la juventud o periodo de adquisición de madurez, autonomía e independencia se producía mediante ritos de paso construidos y valorados socialmente.  Sin embargo, en este corto periodo determinado por la historia de dos, o a lo sumo tres generaciones, se ha introducido un nuevo estado de transición entre la niñez y la juventud; un estado donde no se es ni lo uno ni lo otro y donde no se percibe la persona ni como dependiente ni como independiente. Es más bien un estado liminal.

Coincide este nuevo estado de transición con el crecimiento y dilatación del periodo de juventud al albur del desarrollo socioeconómico, donde poco a poco adquirió gran importancia ser joven, constituyéndose en un periodo mítico del desarrollo humano en el contexto de la sociedad de consumo. Precisamente este estiramiento de los límites temporales de la juventud hasta edades que antes fueron consideradas propias del periodo de adultez o de madurez, ha dado paso a la creación y desarrollo de este nuevo periodo en el desarrollo humano que sirve de transición entre la infancia y la juventud y al que se ha denominado adolescencia.

Entendemos de adolescentes y no de los adolescentes, y entendemos de adolescencias y no de la adolescencia pese al uso indiscriminado de un término u otro, por eso no nos atrevemos a generalizar sobre los adolescentes hijos de la inmigración como se muestra en ciertos trabajos sobre redes de relación, donde siempre se toma a estos como sujetos desbordados por la identidad étnica, cultural o religiosa de los grupos familiares de pertenencia y donde su individualidad y personalidad están subordinados a la adscripción identitaria de sus familias o grupos familiares.

Nuestra consideración es que hay adolescentes con fracasos en su inserción social, quizás por los débiles vínculos establecidos entre sus grupos familiares y la sociedad mayoritaria, o quizás por la autoadscripción o imposición de los rasgos identitarios de sus grupos familiares; pero también, nuestra consideración es que hay adolescentes que combinan con éxito su adscripción a las redes de relación familiares con su inserción en la sociedad mayoritaria, precisamente a través de los grupos de iguales, con los que comparten otros rasgos distintivos y otras formas de identificarse y de relacionarse con el mundo. Y también como ocurre entre muchos adolescentes (llamémosles autóctonos) que forjan su identidad en oposición a los rasgos culturales de su familia, hay entre los hijos de la inmigración una rebelión frente a situaciones que les vienen impuestas por unos (familiares) o por otros (entornos sociales), y que participan más de lo que ocurre en el interior de los grupos de iguales donde se sienten integrados, que de otros ámbitos de relación donde se habían encontrado hasta la llegada del periodo adolescente.

Sabemos que el ámbito de las relaciones interpersonales y grupales de los adolescentes son el escenario donde se ensayan los diferentes roles que acompañan a los adolescentes en la construcción de su personalidad. El grupo de pares o amigos es el espacio de relación interpersonal donde los adolescentes conforman y aprenden aquellos roles necesarios para el desenvolvimiento social. En el seno del grupo tribal (tribu), los adolescentes descubren la importancia de su pertenencia o adscripción, pues el grupo o los grupos son quienes proporcionan un escenario social, un territorio propio en el que sus miembros experimentan la interconexión con otros y pueden representar el rol que corresponde a la identidad que han adoptado en el interior del grupo.

Por otra parte, los adolescentes buscan sacudirse los elementos de protección familiar que en el momento de construir su identidad suponen una rémora en sus demandas de independencia, salvo que los rasgos primordiales de toda identidad, sea esta étnica, cultural o religiosa, acaparen los intereses del adolescente en la construcción de su personalidad social[1]. En este sentido, las normas familiares de convivencia pueden ser un conjunto de ataduras a sus ansias de libertad para encontrarse con sus pares, con sus amigos y su cuadrilla que es el nuevo espacio donde deben crecer en sus rasgos identitarios, donde van a encontrar el apoyo o el rechazo a los cambios que se van a producir y reproducir de acuerdo a la observación que los adolescentes hacen de ese entorno protagonizado por sus iguales.

Para el desarrollo y crecimiento de su personalidad, los adolescentes sienten la necesidad interna de salir del entorno familiar, del espacio que les ha protegido y ofrecido seguridad durante la niñez, pues una vez comenzado el proceso adolescente se ven impelidos a buscar otros ámbitos de relación donde experimentar con un cierto grado de seguridad (la que proporcionan los iguales en el interior del grupo), pues para los adolescentes, salir o reunirse con los amigos es la opción más valorada con independencia del tiempo (bien sea este el propio de las obligaciones o el ocioso).

Los adolescentes, en el desarrollo de su identidad, demandan un espacio propio, un lugar donde autoafirmarse demostrando y poniendo a prueba sus capacidades; y el mejor ámbito para poner a prueba las mismas es entre sus iguales, aunque esto traiga consigo alternancia en los resultados obtenidos. Así, aparecen los estados de ánimo y emocionales de modo cambiante, fluctuante, dependiendo del éxito de los ensayos.

En principio ir a saludarlos porque era lo único que sabía. Después como a mi me gustaba un poco el deporte, siempre buscaba sitios donde jugar y siempre les pido si es posible jugar con ellos; y a veces me aceptan y a veces no. A veces si está ocupado está ocupado y en la escuela también, pues yo soy una persona que me gusta ayudar a la gente. Los que me ayudan los ayudo; y aunque no me ayudan, pero si me tratan bien, pues yo también intento ayudarlos o intento conocerlos, y de esta manera pues tengo amigos y… (Chico marroquí, generación 2, trabajador)

Los adolescentes buscan y encuentran nuevos espacios de socialización alejados del mundo de los adultos, lo que en definitiva es la opción de salida del entorno familiar que, a su vez, trae consigo nuevas vinculaciones con grupos de iguales, donde alcanzan cierto grado de seguridad a partir de la cual pueden someter a prueba las nuevas experiencias que les proporciona la vida (aunque también se da en ciertos colectivos como el marroquí una simultaneidad entre ambos grupos referenciales: el familiar y el de los amigos.

Los ámbitos donde se tienen los amigos son fundamentales, pues si bien es cierto que los jóvenes extranjeros establecen sus redes de amistad a partir de los centros de trabajo porque disponen de porcentajes de inserción laboral muy superiores a los de los jóvenes autóctonos, también es cierto que el tiempo de ocio de los primeros es inferior al de los segundos, lo que permite a los jóvenes españoles ampliar su red de amistades principalmente en el espacio de su barrio de residencia, generalmente el de sus padres.

En el estudio  sobre adolescentes marroquíes, dominicanos y peruanos (Aparicio y Tornos, 2006), se resaltaban las diferencias en las formas de relacionarse de los tres grupos de jóvenes a partir del modo o los espacios en los que habían trabado amistad con quienes decían que son sus mejores amigos. Como es normal, al tratarse de jóvenes que apenas han traspasado el periodo de escolaridad, en los tres grupos prevalecen las amistades trabadas en el espacio de la escuela o del lugar de estudio. El barrio era el segundo espacio más importante de relación. Sin embargo, los peruanos se diferenciaron de los otros dos grupos, predominando con mucho entre ellos las amistades hechas en la escuela. En los otros dos grupos se dio en cambio una cierta proporcionalidad de las relaciones establecidas en uno y otro ámbito.

En general, los chicos y chicas adolescentes manifiestan sentirse muy satisfechos con sus amigos, pues con ellos comparten sueños y esperanzas y planifican y realizan actividades. Para la mayoría, la amistad es honesta y se envuelve de intensos sentimientos. Los adolescentes entienden la amistad como un sistema de relaciones. La amistad, la que consideran verdadera amistad, significa entablar relaciones duraderas basadas en la confianza, la intimidad, la comunicación, el afecto y el conocimiento mutuo:

A los compañeros no se pueden elegir pero  los amigos sí. He elegido amigas que son muy buenas conmigo y por supuesto que yo también con ellas. Nos explicamos todo, lo bueno, lo malo, y… ya para todo. (Chica marroquí, generación 2, estudiante)

Durante este periodo se valora a los amigos principalmente por sus características psicológicas, y por ello los amigos son las personas ideales para compartir y ayudar a resolver problemas psicológicos como pueden ser la soledad, la tristeza, las depresiones, entre otras:

Actualmente no hay amigos, hay colegas, porque un amigo debe reunir muchos requisitos para ser amigo. Tienen que ser eh… Digamos que son dos personas: tú tienes que ser él y él tiene que ser tú. En vez de dos uno, no dos, sois uno. Yo no te puedo fallar, tú no me puedes fallar. Tiene que ser una persona. Yo tengo problemas, mis problemas son como si fueran tus problemas, entiendes. Eso es un amigo; un colega es con quien estás actualmente y habitualmente. Sales con él, te ríes con él, pero a un amigo le cuentas tus problemas. Eso es como lo veo yo… (Varón marroquí, generación 1,5 trabajador)

Los adolescentes consideran las amistades como relaciones sociales que se construyen a lo largo del tiempo y perduran. Por tanto, podemos decir que la amistad en este periodo adolescente ayuda a tomar conciencia de la realidad del otro, colaborando de este modo en la formación de actitudes sociales. Entre los adolescentes norteafricanos de origen magrebí, principalmente Marruecos, en torno al 50% declaran una amistad exclusiva o preferente con otros adolescentes marroquíes, sobre todo entre las chicas, que destacan por afirmaciones del tipo:

No tengo amigos españoles, sólo una amiga marroquí… Porque es buena, es una persona muy buena que te ayuda en los momentos malos y en los momentos buenos. Está contigo en cualquier momento, y para mí eso es muy importante. La amiga que tengo así más cercana, la siento como hermana, y en verano nos vamos juntas, porque su padre es el mejor amigo de mi padre, y entonces nos vemos reunidas, porque cuando estamos aquí estamos las dos, y cuando vamos para Marruecos nos vamos las dos. Y en Marruecos vivimos más cerca que aquí. Aquí, aunque estamos lejos, nos podemos ver en el instituto todos los días. En Marruecos estamos cerca y nos podemos ver todos los días… (Chica marroquí, generación 1,5 estudiante).

Sí, suelo salir más bien con amigas marroquíes y como que nos conocemos más. Con mis primas. Nos ha unido mucho la mezquita. Veníamos a una mezquita aquí a estudiar y todo, y de allí nos hemos… (Chica marroquí, generación 2, estudiante).

Y también destacan porque incluyen en su red de amistades a los miembros de su familia, sobre todo a los consanguíneos, al responder sobre quienes son sus verdaderos amigos:

Amigas marroquíes y también con mis primas…

Amigos de verdad uno de aquí y otro de Marruecos y aparte el de mi familia (primo)

Aunque también ocurre que en la elección de las amistades interviene de manera eficaz el control que ejercen las familias a la hora de elegir con quién pueden salir, como señala esta chica marroquí, generación 2:

Porque si la digo a mi madre que quiero salir con estas españolas me dice que no las conoce, que tiene que conocer a su madre… Como no es así, no me deja

El otro 50% de las respuestas obtenidas de los adolescentes marroquíes nos indica que hay amistad o redes de amistad con españoles, marroquíes y latinos indistintamente:

Yo ya empiezo a hablar, y se hablar, y se escuchar y se escribir. Ya empiezo a tener amigos, tener relaciones con mucha gente y la verdad, desde aquí puedes tener otra vida. Es que no tenía amigas, y cuando empiezo a hablar y escribir y conocer más gente he vuelto a vivir, he vuelto a tener otra vida; porque si no, piensas que te vas a quedar así siempre. Mola gente de otros países, otros idiomas y cosas diferentes… A mi me ha gustado. Me gusta mucho conocer gentes diferentes, cosas diferentes. Vivir otra vida. No siempre la misma… (Chica marroquí, generación 1,5 trabajadora)

Aunque también adolescentes marroquíes que señalan en algunos casos a sus amigos como los de de clase, compañeros…, o bien dicen que tienen pocos amigos…

Finalmente se encuentran aquellos adolescentes marroquíes que se muestran abiertamente por sostener la amistad con autóctonos:

Mis amigos de verdad son españoles…

Son españoles todos…

Yo voy más con los de aquí…

Respuestas que corresponden a aquellos adolescentes nacidos aquí o traídos de muy pequeños. En definitiva, para la mitad de los adolescentes marroquíes sus verdaderos amigos son los de procedencia marroquí, principalmente entre las chicas de generación 1,5 y 2 donde incluyen a miembros próximos y consanguíneos de la familia. En este sentido, la familia es el ámbito de relación que procura o señala las amistades convenientes a la naturaleza y al género de los adolescentes de origen marroquí; mientras que para la otra mitad de los adolescentes, las amistades, las verdaderas amistades, se reparten entre todo tipo de orígenes nacionales sobresaliendo los españoles, quizás debido a los años de estancia en nuestro país y también a causa de los espacios de relación donde el espacio escolar domina al ámbito familiar:

A ver, yo tengo amigos de muchos países. Los que tengo más, de aquí y marroquines. Esos son los que tengo más. Catalanes o españoles y marroquines en comparación de colombianos, chinos o “argelinos”. Estos son los dos grupos. Entiendes, a ver yo los conozco a todos y ellos me conocen por que me he criado en C., en ningún pueblo más. Voy con cuatro o cinco marroquines y dos o tres españoles. Ir por ahí, en un pub, tomar algo, pasarlo bien, bailar, es lo mismo, pero normalmente estoy con marroquines. (Varón marroquí, generación 1,5 trabajador)

Yo como desde casi muy pequeña he estado aquí pues ya me siento como si fuera de aquí y yo voy más con los de aquí que no de mi país. Porque a lo mejor aquí hay gente con la que no te llevas, bueno no te sientes bien por que piensan diferente que tú… (Chica marroquí, generación 2, estudiante)

Los adolescentes utilizan las relaciones de amistad como una estrategia defensiva frente al conjunto de normas y obligaciones procedentes del mundo familiar y de los adultos, y también frente a las incertidumbres de los cambios producidos en el proceso de construcción identitaria. Para ello se refugian en las normas no escritas del grupo, donde se recurre a la estrategia de la uniformidad grupal (en las formas y en los contenidos, en la apariencia y en el lenguaje), como fuente de seguridad y estima personal. Esto les permite afirmarse a la vez que afirman la identidad del grupo.

Es en este sentido donde no es de extrañar la importancia que conceden los adolescentes al consumo de determinadas marcas, estilos de música, programas de televisión, etc., pues responden a los deseos de uniformidad con el grupo, a través del ajuste a sus normas, comportamientos y modas. Una uniformidad que les une, como en la forma de salir, en el consumo, en las aficiones, etc. Esto que puede parecer trivial y en algunos casos un comportamiento exagerado cumple una función primordial: crear los límites y separar los grupos de adolescentes de los grupos de adultos, en definitiva, del mundo impositivo y normativo de los adultos.

La estrategia de la uniformidad forma parte del proceso por el que se identifican con cada uno de los amigos que integran el grupo. A veces, el proceso es tan intenso que parece casi imposible la separación del grupo, e incluso parecen pertenecer más al grupo de amigos que a la familia. La relación con los integrantes del grupo proporciona seguridad y compañía, pues a los lazos de amistad se unen los de lealtad y confianza, constituyendo una fuente de apoyo en cualquier situación de crisis emocional.

Entre los adolescentes hijos de la inmigración, la pertenencia a un grupo de iguales no invalida la adscripción o pertenencia a otros grupos, pues son todos los adolescentes sin distinción, los que buscan y encuentran en cada grupo espacios donde construir y reconstruir su identidad a partir de la similaridad con los otros componentes del grupo. La identidad por similaridad permite recrear la distancia y demarcar los límites entre los grupos de adolescentes y entre estos y los adultos. Una identidad con múltiples referentes propios de una sociedad diversa y multicultural.


[1] En nuestros trabajos de investigación del mundo adolescente hemos utilizado la clasificación de los mismos según generaciones: la G.1 (nacidos y criados allí y habiendo llegado solos –menores no acompañados-); la G.1,5 (nacidos allí y traídos con al menos diez años); y la G.2 (nacidos aquí de padres extranjeros o nacidos allí pero traídos con menos de diez años). Es un modo de entender el proceso de construcción identitario a través de las experiencias primeras (primeros diez años de vida) del adolescente, que o bien sucedieron en el país de origen, o bien en el país de destino de sus padres.

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