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Archive for the ‘Igualdad’ Category

El término género sirve para estructurar la diferencia entre femineidad y masculinidad como conceptos elaborados socioculturalmente, frente a los significados tradicionales del sexo (macho y hembra) otorgados a las diferencias de carácter biológico. Lo que se origina en la naturaleza lo denominamos por su sexo, mientras que lo originado en la sociedad lo denominamos género. Mediante el género identificamos las categorías, roles y diferencias culturales y sociales existentes entre hombres y mujeres, sostenidas y transmitidas por un sistema de carácter patriarcal que tradicionalmente ha santificado las relaciones de dominio y sumisión, pero también de exclusión y discriminación que han ejercido secularmente los hombres sobre las mujeres. El género es, por tanto, la construcción social o cultural basada en la diferencia biológica, que ha ido cambiando a lo largo del tiempo y el espacio.

La transformación de la masculinidad a la que estamos asistiendo en el nuevo milenio se debe a las conquistas de la revolución feminista y a los valores de la igualdad y la coeducación, que han acabado con los viejos roles de la mujer ama de casa abnegada y el hombre dominante que trabaja fuera de casa y alimenta la familia. El reconocimiento de la dignidad humana implica considerar que varones y mujeres nacemos como sujetos iguales en derechos y deberes, que podemos desarrollar las mismas capacidades y habilidades, realizar las mismas tareas productivas y participar paritariamente sin otras diferencias que las que provienen de nuestra individualidad.

Sin embargo, todavía muchos hombres no han logrado transformar y adaptar los roles tradicionales y siguen instalados en un machismo atávico que les impide aceptar las nuevas realidades de igualdad de género tanto en el ámbito público como en el doméstico, lo cual ha producido en muchos casos un aumento de los divorcios, cuando no de la violencia y la muerte. Y es que la violencia contra las mujeres no ha cesado en los últimos años pese a que la lucha por la igualdad ha tomado carta de naturaleza en la sociedad. En general, para los varones tampoco es fácil aceptar públicamente el conflicto y la ruptura si no son ellos quienes la han promovido. Frecuentemente no lo viven tanto como un conflicto individual cuanto como un conflicto social, de desacato a la obediencia que les era debida, y como una agresión contra su propia identidad e imagen social. De ahí que sea necesario que los hombres como colectivos asuman su responsabilidad en la existencia de las desigualdades y la violencia. Hacen falta referentes sociales que faciliten el cambio en los hombres hacia posiciones más favorables a la igualdad y la ruptura con el modelo tradicional masculino. Hace falta políticas de igualdad dirigidas a los hombres que nos permitan superar el machismo atávico porque de ese modo ganaremos en autoestima y desarrollo personal, nos reencontraremos con nuestras emociones, ganaremos en autonomía personal y funcional. Tendremos una sexualidad más completa y satisfactoria y ganaremos en salud. Descubriremos una nueva paternidad más cercana, responsable y solidaria. Disfrutaremos de mejores relaciones de pareja y, sobre todo, nos convertiremos en personas más justas y solidarias.

En esa tarea se incardinan las VII Jornadas sociológicas de la Universidad de La Rioja, que tendrán lugar en el Aula Magna los días 18, 20 y 21, así como la convocatoria de una Rueda de Hombres contra la violencia machista que tendrá lugar en la plaza del Ayuntamiento de Logroño el jueves 21 a las 19,30, bajo el lema “EL SILENCIO NOS HACE CÓMPLICES. VIVAMOS SIN VIOLENCIA”,  y que nos permitirá manifestar nuestra voluntad de acabar con la desigualdad y la violencia de género, fortaleciendo la visibilización de otra masculinidad.

 

 

 

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El próximo lunes 8 de marzo, la Federación de Trabajadores de la Enseñanza FETE-UGT me ha invitado a dar una ponencia en el salón de actos de la Escuela Superior de Diseño de La Rioja, como Homenaje a las Maestras por su contribución al cambio social. La idea que estoy barajando para el próximo lunes es hablar de las maestras, después de situarlas en el contexto de desigualdad secular en la educación de hombres y mujeres, desde que estas accedieron a la profesión con apenas catorce años  para cubrir las vacantes que se habían producido en las escuelas rurales de carácter segregado, tras la depuración efectuada por las autoridades triunfantes del golpe militar franquista.

Años después, con el comienzo de las migraciones de la población rural hacia los centros industriales y urbanos, muchas escuelas segregadas se convirtieron en unitarias. La causa objetiva de esta transformación de las escuelas en unitarias, contraria al pensamiento nacional-católico de la escuela franquista, fue la pérdida de población escolar y la migración de las personas jóvenes que constituían el futuro de aldeas y pueblos. Muchos de estos jóvenes que emigraron, lo hicieron con el bagaje educativo, cultural y profesional obtenido gracias al concurso de las maestras , que dedicaron una parte significativa de sus vidas a esta tarea más allá de sus obligaciones profesionales. En este sentido, las maestras son el primer grupo profesional con una identidad de género distinguida por su trabajo, pues eran autónomas, ejercían múltiples actividades que prolongaban diariamente su labor principal, y que viajaron por diferentes pueblos y localidades, muchas de ellas acompañadas por padres, maridos o familiares masculinos.

Una historia profesional que, por tanto, se ha realizado básicamente en pueblos rurales, exigiendo una enorme movilidad a estas profesionales que, si en un primer momento se hicieron cargo de las escuelas de niñas, con posterioridad atenderán las escuelas mixtas generadas a partir de la emigración . Esta actividad en su conjunto permitió que la escuela rural fuera una escuela feminizada y, a su vez, que ésta tras el salto a los centros urbanos contribuyera a la progresiva feminización de la docencia infantil y primaria.

Sobre la oferta de instrucción femenina durante el franquismo hay que señalar que esta fue muy limitada. En la escuela pública primaria la niña sólo podía aspirar a aprender a leer, sumar, labores y doctrina religiosa, y ahí terminaban sus horizontes culturales. Sólo en colegios privados o con una institutriz, la niña recibía educación de adorno como puede ser el trato de gentes, buenas maneras, urbanidad, etc. Una sólida enseñanza secundaria o superior para la mujer de cualquier clase social fue inconcebible puesto que para la mayoría social de la época no había duda: la feminidad y los conocimientos culturales estaban inexorablemente opuestos.

En la escuela franquista se distinguían las asignaturas exclusivas de las niñas que comprendían cocina, costura, corte y confección, puericultura o economía doméstica y aunque también tuvieron asignaturas iguales que las de los niños, sus contenidos fueron diferentes, como ocurría con la educación física (dirigida a prepararlas para la maternidad) o la Formación del Espíritu Nacional.

En la escuela primaria del franquismo las niñas aprendían a leer en libros especialmente adaptados para ellas, con textos, contenidos e incluso tipo de ilustraciones “femeninas”. Después del aprendizaje de la lectura se pasaba a estudiar la Enciclopedia, compendio de todas las materias con textos distintos para niñas y para niños. También era parte importante en la educación de las niñas la caligrafía, a la que dedicaban interminables horas de copias de muestras, tanto a lápiz como a plumilla. Finalmente y después de haber aprendido a leer, escribir, coser y “las cuatro reglas”, las niñas habían acabado su instrucción, en muchos casos para toda la vida.

Frente a esta instrucción segregada y diferenciada de las niñas, las maestras  opusieron por vocación, y con su entusiasmo y entrega, una formación más amplia que permitiera a las jóvenes abrirse a un mundo nuevo que ya se vislumbraba tras los comienzos del desarrollismo español, y con unas exigencias formativas que iban más allá de los cánones que la Sección Femenina trató de implantar en las escuelas a través  de la colaboración de las maestras que se suponían afectas al régimen franquista.

Pero muchas de estas maestras, que demostraban una especial disponibilidad no sólo para influir en sus alumnas sino para hacerles entender el mundo en el que vivían y la relación que los contenidos de aprendizaje tenían con él, despertaron un tipo de prestigio, de autoridad entre las jóvenes de la que era difícil evadirse. Una autoridad que les permitió asumir objetivos de género, de liberación del estatus y los roles desempeñados por las mujeres, y que motivaron a las maestras para atender también a la educación de las mujeres adultas, más allá de la mínima alfabetización, más allá de la enseñanza de la lectura y la escritura, profundizando en aquellos temas que interesaban a las mujeres en la vida cotidiana, en aquella época, y en aquel contexto de vida rural.

Algo más abundaré sobre estas cuestiones, dando especial relevancia a las relaciones sociales, el prestigio y el reconocimiento de las maestras tal y como ellas me lo transmitieron.

CARTEL DIA 8

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Este año que acaba se publicó el quinto libro sobre envejecimiento que he coordinado (“Envejecimiento, tiempo libre y gestión del ocio”). En él presento un artículo titulado “Sí es país para viejos” donde trato, entre otras aspectos, de la demografía del país y de la necesidad de acometer estudios e investigaciones sobre un colectivo (los mayores de sesenta y cinco años) que si a principios del siglo pasado suponían un 5% de la población total, en 2006 representaban el 16,7% de nuestra población, tres décimas menos de lo registrado en el Informe del Imserso de 2004, pero que en las próximas décadas irá en aumento. Este leve rejuvenecimiento de la sociedad apuntado, se debe a la llegada de población inmigrante joven y al repunte de la tasa de natalidad en los últimos años, gracias en buena parte a esa misma población inmigrante. Sin embargo, esta leve desaceleración del crecimiento y posible mantenimiento en sus actuales porcentajes de la población mayor de sesenta y cinco años, se sostendrá durante un corto periodo de tiempo, pues no olvidemos que actualmente se alimenta de las disminuidas generaciones de la guerra y posguerra civil. Según concluye el Informe 2006, realizado por él Imserso sobre las personas mayores, la población española envejecerá en los próximos años de forma desorbitada, cuando la generación de los años sesenta conocida como del baby boom, llegue a la edad de jubilación. Es decir, será a partir del 2025 cuando empiece a jubilarse esta generación del baby boom y cuando los porcentajes de población envejecida superen los de la media europea.

En relación a la población activa, es decir, población jubilada respecto a población que trabaja o en edad de trabajar, España tiene veinticinco personas mayores de sesenta y cinco años por cada cien en edad de trabajar, unas cifras que se muestran acordes con la media comunitaria. En los últimos años la entrada de extranjeros ha engrosado la población activa y retrasado los desequilibrios en el sistema de pensiones, que de momento registra superávit. Aunque se ha mitigado la intensidad de estos flujos proseguirán  en el tiempo, lo cual no impide aventurar que en el futuro, pese a la incorporación de nuevos contingentes migratorios, se supere esa relación de un jubilado por cada cuatro trabajadores en activo. Se estima que para el 2050 esa proporción crecerá a sesenta y seis por cada cien (es decir, un jubilado por cada uno a dos trabajadores en activo), muy por encima del promedio comunitario, lo cual obligará a modificar con anticipación el modelo de jubilación y prestaciones sociales si se quiere sostener el Estado del Bienestar. Pero esta es una argumentación que no siempre viene estimulada por ese fin, sino por intereses corporativos y financieros que promueven de manera cíclica este tipo de debates y en el que nosotros ya hemos entrado en otra ocasión (Giró, 2007).

En España viven más de 7,4 millones de personas mayores (las mujeres representan un 58% del total), una cifra muy similar a la que existe en otros países de nuestro entorno europeo, y los octogenarios  son los que más han crecido en los últimos quince años (son ya cerca de dos millones), al incrementarse en un 66% mientras la población general lo hizo en un 13%. Si bien la mayoría de los mayores de sesenta y cinco años vive en entornos urbanos (el 71,7% reside en municipios urbanos, el 17,3% en ciudades intermedias y sólo un 11% en áreas rurales), en proporción, los pueblos y núcleos rurales están más envejecidos. En este momento, las comunidades autónomas con más mayores son Castilla y León, Asturias, Galicia y Aragón que cuentan con más de un 20% de población mayor de sesenta y cinco años, mientras que Baleares, Canarias, Ceuta y Melilla son las comunidades menos envejecidas.

Otro lugar común, otro escenario conocido como una de las causas del envejecimiento de la población, es el hecho biológico innegable del aumento de la esperanza de vida. Sobre todo ha aumentado notablemente en las sociedades desarrolladas, y en las últimas décadas. En estos momentos está en torno a los ochenta años con ligeras variaciones según el sexo (más alta en las mujeres) y los países que analicemos. Esa esperanza es la que tienen los que nacen en estos años, pero no es de aplicación a generaciones anteriores porque es una proyección que tiene su plasmación concreta en el futuro. Por eso, se estima que en él 2050 los mayores de ochenta años serán unos seis millones. Y si hoy existe en España algo menos de 7.000 centenarios, a mitad de siglo pueden ser unos 55.000 los que superen el centenar de años. La esperanza de vida de los españoles que llegan ahora a los sesenta y cinco años es de aproximadamente quince años más para los hombres, y veinte más para las mujeres. Y en cuanto a los españoles que nacen estos años tienen hasta un 90% de posibilidades de llegar a los ochenta años, incluso se prevé que uno de cada dos bebés que nazcan ahora llegará a ser centenario. Esta es una tendencia que va a más, pues las hipótesis demográficas del Instituto Nacional de Estadística (INE) indican que la esperanza de vida no dejará de aumentar en los próximos años, hasta alcanzar en 2030 una esperanza media de vida aproximada de 83,9 años.

Sabemos que no todos tienen la posibilidad de llegar a viejos, pero en España llegan, y de largo, pues si atendemos a la esperanza de vida por países, la de los españoles es una de las mayores de Europa y del mundo, ya que alcanza los 80,23 años, y sigue creciendo. Hace más de un siglo, en 1901, nuestra longevidad media era de 34,76 años; aunque si hemos de ser precisos, esta longevidad se debe principalmente a las mujeres españolas. Ellas tienen una esperanza media de vida de 83,48 años al nacer, y ellos, a pesar de mejorar, sólo alcanzan los 76,96 años. Las españolas, además, según el Eurostat, gozan de una posición privilegiada dentro de la UE. Sólo las francesas van por delante con una esperanza media de vida de 83,82 años. Tanto españolas como francesas, no sólo comparten el primer puesto de la Unión Europea, sino que se encuentran en la cima de los países occidentales. Sólo son superadas por las japonesas, ya que el Japón es el referente mundial tanto para mujeres como para hombres. Suecia, Finlandia e Italia son otros de los países europeos en los que la mujer ha logrado alargar la vida. En el otro extremo, las rumanas, con una esperanza de 75,7 años, ocupan el último peldaño en este club de afortunadas. Si atendemos a los hombres, indiscutiblemente estos han ganado vida, pero menos. Observando lo que ocurre en los países de la Unión Europea salta la sorpresa, pues los varones no siguen el mismo orden que las mujeres; la vanguardia la ocupan los suecos, seguidos de irlandeses, malteses, holandeses e italianos. Y ya en el sexto lugar, los españoles con una media de 76,98 años de vida. Detrás, pero casi a la par, los franceses, con 76,74 años.

¿Por qué las diferencias entre hombres y mujeres? ¿Cómo dar respuesta al hecho de que en el centro y el norte del país, la esperanza de vida sea más alta que en el sur? ¿A qué se deben las diferencias entre países? Y, ¿por qué, pese a que todos los países de la Unión Europea avanzan en longevidad, no existe convergencia, ni tampoco hay paralelismo en cuestión de género? Preguntas que han dado lugar a numerosos debates en la confianza de ofrecer una respuesta de uso universal. Pero quizás las preguntas no están bien planteadas o quizás se buscan respuestas desde planteamientos esencialistas y poco interesados en la diversidad. Desde la gerontología social, y también desde otras disciplinas, se han ofrecido una multiplicidad de respuestas, desde cuestiones como la dieta, hasta los niveles de renta, los diferentes sistemas de salud, los factores ambientales y del entorno. Últimamente, también se ha comenzado a considerar la importancia de los flujos migratorios de jóvenes hacia el centro y el norte, y los flujos de viejos y jubilados hacia el levante y las líneas de costa.

Desde luego, la potabilización del agua, una mayor higiene y algunos descubrimientos médicos fueron claves en el crecimiento de las expectativas de vida; y ya los progresos recientes en biología, la ingeniería genética y el despegue científico de la gerontología son fundamentales en el aumento de la esperanza de vida media. Si vivimos más, es porque han mejorado los aspectos que tienen que ver con la prevención (como las vacunas contra la polio, la viruela o la gripe); también por los fármacos que previenen las recaídas en ciertas patologías, y, sobre todo, la dieta, evitando la malnutrición y la obesidad y paliando el déficit de vitaminas y de calcio. También está la actividad física y los factores ambientales que influyen en el envejecimiento. Además, está la medicina anti envejecimiento que se define como un sistema integral, preventivo y curativo, y que a partir del estudio del envejecimiento natural descarta los factores perjudiciales que producen un envejecimiento prematuro, y propone un sistema de vida aplicando las técnicas correctoras a los signos estéticos y orgánicos del decaimiento corporal. Es decir, aquí cabe tanto el ejercicio, las vitaminas y una dieta cuidada, como una operación de cirugía estética. Todo tiene su importancia, porque si no se puede cambiar la actitud de la sociedad hacia los viejos, sí se puede cambiar la actitud de los viejos hacia la vida. Y es que como se puede deducir por todas estas interpretaciones, el debate no está cerrado. Y menos que ninguno el que trata de dar respuesta a la pregunta de ¿por qué viven más las mujeres?

Desde luego, que las mujeres sean más longevas que los hombres es un fenómeno relativamente moderno, pues a principios del siglo XX no existían estas diferencias. Por entonces, la reducción de la mortalidad infantil fue decisiva para ampliar la esperanza de vida, pues las ganancias se libraron a edades tempranas, y no como en la actualidad que se libran a edades avanzadas. La siguiente observación es que durante los años de la guerra y represión se desarrollan y aumentan las diferencias entre los sexos (mueren más hombres que mujeres). Finalmente, las diferencias empiezan a suavizarse, es decir, las ganancias de esperanza de vida son mayores en los últimos años para los hombres en comparación con las mujeres. Concretamente, la esperanza de vida ha mejorado en España 2,4 años en mujeres y 3,2 años en hombres.

Todo parece indicar que los principales factores en la mejora en la esperanza de vida de las mujeres durante el siglo XX, aparte de las tendencias que afectan también a los hombres (nutrición y salubridad), pudieran atribuirse al descenso de la fecundidad,  las mejoras en la atención al parto y la dedicación de las mujeres a tareas reproductivas. Por su parte, para los hombres se aduce que primero murieron en gran número en la guerra[1] y represión, y luego se expusieron a los riesgos laborales y conductuales propios del desarrollismo, muriendo más por causas externas (accidentes y violencia) y cáncer, y también por enfermedades respiratorias y digestivas. En la década de los ochenta, la mortalidad en varones jóvenes se vio afectada por la irrupción del SIDA y el fenómeno de la drogodependencia, un doble impacto que se ha reducido en estos momentos.

Observemos ahora los últimos datos que facilitó el Instituto Nacional de Estadística, que señalan como la principal causa del descenso en la mortalidad en este siglo, a la llamada revolución cardiovascular, es decir, a la caída de las muertes atribuidas a las enfermedades del sistema circulatorio que representan un tercio del total. Las enfermedades cardiovasculares, con tratamientos cada vez más avanzados (cateterismos, antihipertensivos y fármacos contra el colesterol), son uno de los grupos de dolencias que experimentan un mayor avance en su terapia. Sin embargo, el otro gran motivo de los fallecimientos (los tumores) sigue en aumento. Otro gran grupo de dolencias que más ha contribuido al descenso de las muertes es el de las enfermedades del sistema respiratorio. También las causas externas de mortalidad (accidentes, suicidios) y las enfermedades endocrinas bajaron más que la media.

Estos datos del INE muestran un claro sesgo de género, pues si entre los hombres la principal causa de muerte son los tumores, entre las mujeres lo son las enfermedades del sistema circulatorio (Durán, 2006). Si se descomponen estos grandes grupos, las diferencias se acentúan. El tabaco es la primera causa de muerte en hombres (sólo los tumores de pulmón, traquea y bronquios), y es la única de las diez primeras causas de muerte que aumenta. Si se toma la lista de las diez mayores causas de muerte, aparte del tumor de pulmón, son exclusivamente masculinas las enfermedades de las vías respiratorias inferiores, y los cánceres de colon y de próstata. En cambio, serían femeninos el trastorno mental orgánico, senil y presenil; el Alzheimer, el tumor maligno de mama y la diabetes.

Según el Informe 2006 del Imserso, el retrato demográfico de los mayores de sesenta y cinco años señalaba que al cumplir esa edad, la esperanza de vida estadística concede a cada español otros 19,3 años de vida; de ellos, algo más de doce libres de cualquier incapacidad, y el resto con limitaciones crecientes. En este sentido, los hombres dispondrían de una vejez más corta que las mujeres, pero con mejor estado de salud, si atendemos el dato estadístico (65 años + 12 años) que coincide con la esperanza de vida actual de los hombres (77 años). Además, es cierto que si bien las mujeres viven más años que los hombres, tienen con mayor frecuencia discapacidad. Así lo muestran dos indicadores útiles, no para medir cuánto se vive, sino cómo se vive. Son indicadores sobre la esperanza de vida libre de enfermedad crónica, y la esperanza de vida en buena salud, y ambas ofrecen resultados más favorables a los hombres. Al respecto, según la Encuesta Nacional de Salud 2006, la esperanza de vida libre de enfermedad crónica al nacer, es de 41 años para los hombres, frente a los 38 años para las mujeres. Por otra parte, la esperanza de vida en buena salud al nacimiento, es de 56,3 años para los hombres y de 53,9 años para las mujeres. En resumen, podemos decir que las mujeres, en este momento y en comparación con los hombres, tienen una mayor esperanza de vida al nacer y a los sesenta y cinco años, pero su vida sin enfermedad crónica y con una buena percepción de salud es más corta.

Una vez analizados los datos estadísticos, el planteamiento siguiente sería conocer si estas variaciones entre las expectativas de vida de hombres y mujeres son diferencias, es decir, si se deben a su mera condición biológica de ser hombres y mujeres; o si por el contrario son desigualdades, es decir, si es una cuestión de género acerca de cómo se ha organizado históricamente el trabajo reproductivo. Para responder a este planteamiento es de sumo interés el punto de vista del catedrático de Salud Pública en la Universidad de Alicante, Carlos Álvarez Dardet[2], en su referencia a la desigualdad social como explicación, no sólo de las diferencias de la esperanza de vida entre los sexos, sino del tipo de esperanza de vida logrado. Señala que hay quienes sostienen que la mayor longevidad de las mujeres se debe a razones biológicas. Éste punto de vista proviene del esencialismo biologicista que pretende legitimar las desigualdades haciéndolas pasar por diferencias naturales y físicas, y buscando la explicación en diferencias biológicas pretendidas o reales. Es como el sexismo, que no es otra cosa sino la conversión en esencia natural de un proceso de construcción histórica. Este esencialismo está desentrañado en la obra de Pierre Bourdieu (1998), que muestra los procesos de transformación de la historia en naturaleza que han hecho de la diferencia entre masculino y femenino una nécessité socio-logique naturalizada.

Se pregunta Alvarez Dardet ¿cómo explicar desde una perspectiva genética (y la genética es la diferencia principal a nivel biológico entre hombres y mujeres) que sean ahora más resistentes las mujeres que en 1900?; y la respuesta es que la razón de que la esperanza de vida varíe entre los sexos con el tiempo, se encuentra en los procesos de construcción histórica, en cómo literalmente las fuerzas sociales se han corporizado en cada uno de nosotros. Hasta la primera mitad del siglo XX se atribuyeron las diferencias a que los hombres trabajaban duro y en condiciones penosas; e incluso se creyó que la incorporación de la mujer a la vida laboral acortaría distancias, pues al abandonar la seguridad del ámbito de lo doméstico participaría de los riesgos y peligros propios del ámbito de lo público, reservado hasta entonces a los hombres. Se postulaba que las mujeres, al participar en el trabajo productivo, de alguna manera se masculinizaban adquiriendo hábitos y conductas masculinas, fumando, bebiendo, conduciendo automóviles, sometiéndose a la doble jornada en el trabajo, etc. Pero no ha sido así. Estos argumentos se basan en la pretendida existencia de un efecto protector de la reclusión doméstica de las mujeres (las reinas del hogar); y la asunción de postulados sibilinamente androcéntricos, ya que plantea dos justicias distributivas diferentes, una para el trabajo productivo y otra para el reproductivo.

Sin embargo, la mayoría de los síndromes de la mujer emancipada pueden explicarse de manera más justa no achacando responsabilidades a las mujeres por su participación en la producción, sino preguntando por la responsabilidad de los varones en la reproducción, lo que podríamos llamar el síndrome de inhibición doméstica de los varones. Tratar de explicar la eventual pérdida de la salud de las mujeres por su participación en el sistema productivo, es como intentar argumentar que la culpa es de la víctima por abandonar las tareas reproductivas que socialmente se le habían reservado. La pretendida masculinización de las mujeres, su acceso a la producción, está matizada precisamente por el mantenimiento de su vinculación al ámbito doméstico. La doble jornada o jornada interminable sería el factor más certero en la profundización sobre las desigualdades en las expectativa de vida.

Finaliza Dardet señalando que lo interesante de la teoría de la modernización de roles de género es que nos plantea un universo más flexible. El problema no está ya en los hombres y las mujeres en sentido biológico como plantea el esencialismo, ni en que las mujeres se hayan salido de su nicho social como plantea la teoría de la emancipación, sino en la manera en que hombres y mujeres han construido su participación en la producción y en la reproducción. Añadiendo un poco más de justicia a nuestras sociedades y a nuestras casas, consiguiendo no sólo democracia en lo político sino democracia doméstica, se podría lograr una mejoría sensible. Hemos conseguido una sociedad mucho más justa en lo público en términos de paridad, aunque aún queda un buen trecho por recorrer, especialmente en paridad salarial. Se trata ahora de que esos mismos principios de justicia que ya se han aceptado en el mundo del trabajo productivo (que la mujer tengan los mismos derechos), sea también verdad en el mundo reproductivo (que los hombres tengan las mismas obligaciones y tareas). La ganancia en términos de salud sería enorme.


[1] Cabe aquí hacer una matización prospectiva en cuanto a la mortalidad por conflictos bélicos y su evolución. En las guerras del siglo XX, la mortalidad era aproximadamente del 80% en combatientes. En la actualidad esta proporción se invierte, y como ocurre en Irak, el 80% de las bajas son entre población civil y el 20% en combatientes. Las guerras ya no tienen el impacto por sexo en la mortalidad que tenían, y ahora su impacto es sobre todo entre los no combatientes.

[2] El País, 8-XII-07

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ASPECTOS SOCIOJURÍDICOS SOBRE LA VIOLENCIA, LA LIBERTAD Y LOS DERECHOS DE LA MUJER EN EL NUEVO MILENIO

Cuando en mayo de 2004 se organizaron en la Universidad de La Rioja unas Jornadas de debate sobre “Igualdad y género” se abordó de manera específica uno de los problemas más importantes y complejos con que se enfrenta la sociedad actual (la violencia de género) y para cuya erradicación es necesario el compromiso tanto de instituciones y profesionales como del conjunto de la ciudadanía.

En aquellas Jornadas se analizaron y revisaron actitudes y valores en el contorno de la educación y la socialización, reflexionando sobre el desarrollo de estrategias encaminadas a facilitar la eficacia profesional de todas las personas que trabajan desde diferentes perspectivas en relación con la violencia de género, y analizando los cambios legislativos que afectan a dicha violencia. Asimismo, las Jornadas promovieron el debate y la reflexión sobre las acciones desarrolladas desde diferentes campos de intervención profesional con las víctimas y con los maltratadores, como servicios sociales, centros de urgencias, casas de acogida, centros de información y asesoramiento a las mujeres, administración de justicia, red sanitaria, educación y plataformas de sensibilización.

Las Jornadas trataban de posibilitar el debate y la reflexión sobre la igualdad entre mujeres y hombres, así como proporcionar a los asistentes instrumentos con los que profundizar en los cambios socioculturales y de roles en las identidades de género, principalmente en la construcción de la masculinidad.

La transformación de la masculinidad es producto de las conquistas de la revolución feminista y de los valores de la igualdad y la coeducación, que han acabado con los viejos roles de la mujer ama de casa abnegada y el hombre dominante que trabaja fuera de casa y alimenta la familia. Sin embargo, muchos hombres no han logrado transformar y adaptar los roles tradicionales y siguen instalados en un machismo atávico que les impide aceptar las nuevas realidades de igualdad de género, tanto en el ámbito público como en el doméstico, lo cual ha producido en muchos casos un aumento de las separaciones y los divorcios, cuando no de la violencia y la muerte. Bien es cierto que la violencia contra las mujeres no sólo no ha cesado sino que ha crecido en los últimos años, y que la lucha por la igualdad no ha dejado de teñirse de sangre desde que esta tomó carta de naturaleza en la sociedad contemporánea.

Y es que la violencia de género es un problema que requiere un abordaje multidisciplinar, tanto para analizar los factores desencadenantes, como para implementar respuestas a las demandas que actualmente exige la sociedad.

Lo que solemos denominar violencia de género, hasta hace muy poco era considerado desde el punto de vista jurídico como una cuestión privada, sin que el Estado se sintiera concernido por ello. Afortunadamente las cosas están cambiando. No sólo el Estado, sino todos los partícipes sociales -incluidos los jueces- se están dando cuenta de la relevancia pública y social de esta lacra. Ciertamente que no solo con cambiar las leyes se consigue todo, pero es una premisa indispensable.

Por todo ello, me pareció que tratar desde diferentes perspectivas y miradas sociojurídicas el género y la violencia, era contribuir a esta lucha por la libertad y los derechos de las mujeres. Además, esta publicación se incardina en el marco del Proyecto de investigación “La tensión entre libertad y seguridad. Una investigación socio-jurídica en torno a la ultima frontera de los derechos humanos”, donde se trata de reflexionar acerca del concepto de discriminación por razón de sexo, analizando cómo se puede luchar desde los ordenamientos jurídicos a nivel estatal y europeo, y desde la sociedad, contra la discriminación.

Al abarcar el estudio de la discriminación por razón de sexo, hay que partir del hecho de que son las mujeres las principales víctimas de este tipo de discriminación, y que la violencia es una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre hombres y mujeres, que ha consolidado la discriminación. Así pues, la violencia contra las mujeres ha sido y es un instrumento para su dominación y una estrategia para perpetuar la desigualdad; por eso en este libro se habla acerca de la violencia que sufren las mujeres en diferentes ámbitos, con especial atención al familiar o doméstico, pero también al público, así como sobre los principales avances y retrocesos que se vienen produciendo respecto a su erradicación.

Por ello, también formaba parte de aquellas Jornadas de debate el estudio sobre las causas, sobre la raíz de la violencia de género, sus características, y la aportación que desde distintas disciplinas de las ciencias sociales se hacía al tema. En general, las explicaciones sociológicas y feministas sobre el uso de la violencia contra las mujeres han resaltado dos factores causales (Maquieira y Sánchez, 1990). En primer lugar, el proceso de socialización diferencial de los sexos. En segundo lugar, se apunta a la persistencia de las definiciones sociales que representan las relaciones entre los géneros como relaciones de subordinación, cuando no de propiedad, en las que las mujeres deben cierta sumisión a sus maridos y compañeros. En este segundo caso, la violencia aparece como un efectivo medio de control social sobre el comportamiento de las mujeres.

De este modo, y una vez definidos los objetivos de la publicación, establecí contactos con los ponentes de las Jornadas de debate por si quisieran hacer una aportación al estudio y el conocimiento sobre la violencia de género. La mayoría de ellos respondieron positivamente, y así sólo me quedó entrar en contacto con aquellos especialistas que en sus trabajos de investigación hubieran tenido presente la realidad de género en cualquiera de sus perspectivas. De este modo nació la presente publicación.

¿Porqué he titulado el libro como “El género quebrantado”, y no he utilizado la expresión de la mujer quebrantada?. Pues porque se ha impuesto la categoría de género, término de procedencia inglesa (gender) que significa al tiempo género y sexo, adoptado por las feministas americanas en los años sesenta para diferenciar el sexo biológico (sexual difference) y las construcciones culturales que determinan la formación de identidades y las relaciones de los sujetos. El género se crea en relación a la construcción cultural de un objeto que, por referirse a un “objeto humano”, es la construcción de un sujeto. De este modo, al hablar de género nos referimos a las aptitudes, cualidades, capacidades, valores, ideas, etc., que asignamos a cada sexo culturalmente.

El término género sirve para estructurar la diferencia entre femineidad y masculinidad como conceptos elaborados socioculturalmente, frente a los significados tradicionales del sexo (macho y hembra) otorgados a las diferencias de carácter biológico. Lo que se origina en la naturaleza lo denominamos por su sexo, mientras que lo originado en la sociedad lo denominamos género. Mediante el género identificamos las categorías, roles y diferencias culturales y sociales existentes entre hombres y mujeres, sostenidas y transmitidas por un sistema de carácter patriarcal, que tradicionalmente ha santificado las relaciones de dominio y sumisión, pero también de exclusión y discriminación, que han ejercido secularmente los hombres sobre las mujeres. El género es, por tanto, la construcción social o cultural basada en la diferencia biológica, que ha ido cambiando a lo largo del tiempo y el espacio.

Y, ¿por qué este género está quebrantado, y no cascado, hendido, machacado, violado o cualquier adjetivo apropiado a la realidad de las relaciones de mujeres y hombres?. Pues porque se presenta en sociedad roto y desgajado a través de la violencia y la opresión de la discriminación que el género masculino ejerce sobre el género femenino. No es por tanto una violencia doméstica como se instaba desde la Real Academia de la Lengua, sino una violencia masculina, de género masculino. No es, por tanto, un término metafórico, como el sentido que le otorga brillantemente María Ángeles Durán en el prólogo, al cuadro de Francis Bacon que sirve de portada del libro y que de forma expresiva resalta por su violencia silenciosa. Es más bien un término que expresa una realidad donde el cónyuge o el ex cónyuge, el compañero sentimental o el ex compañero sentimental, el novio o el ex novio, son los protagonistas de la violencia ejercida sobre su pareja o ex pareja, que en el 92% de los casos es una mujer.

La causa fundamental que provoca esta violencia reside en el modelo de sociedad que sitúa a la mujer en una posición de inferioridad respecto al hombre, así como en los patrones culturales discriminatorios hacia la mujer; es decir, las mujeres son las víctimas primordiales de una violencia ejercida por hombres, significando, por tanto, una violencia sexista y machista. Además, no es una violencia que se de en el ámbito familiar o doméstico, sino que es una violencia que se produce en la pareja, haya o no convivencia de por medio.

No obstante, al afirmar la categoría de género sobre la de sexo, no quiero representar a todas las mujeres ni significar a todos los hombres, pues como muy bien concluye Isabel Morant “comprender a las mujeres como colectivo genérico diferente del grupo de los hombres, no significa uniformizar la realidad de unas y otros, ocultando la diversidad que nos distingue. No hace falta pertenecer a un colectivo genérico para defender la causa de las mujeres. Tan solo es necesario querer ser parte de un colectivo social. Ni todas las mujeres somos maltratadas, ni todos los hombres son maltratadores: gracias a Dios y a las mujeres en plural que, maltratadas o no, defendemos, cada vez con más hombres, éstas y otras causas que son nuestras”. Y cómo no, gracias a los lectores de esta publicación.

GENERO QUEBRANTADO

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En 2004 se editó el estudio “Mujeres inmigrantes. Invisibilidad y práctica cotidiana”. El estudio fue fruto del interés de los autores hacia realidades sociales en las que convergen los conceptos de género junto a los de inmigración, ciudadanía y vida cotidiana. Fueron varias las razones que justificaban la elección de las Mujeres Inmigrantes como el colectivo sobre el que situar nuestro estudio:

1) En primer lugar el fenómeno demográfico que ha supuesto el crecimiento de la inmigración, cuya evolución en los últimos años había sido muy rápido, teniendo en cuenta que si en 1997 suponía el 1,1% de la población logroñesa, en 2003 suponían el 9,5% (algo más de 13.500 inmigrantes empadronados en Logroño). De este colectivo inmigrante, la mujer era quien había llevado un proceso de incorporación más rápido suponiendo entonces el 44,7% de la población inmigrante logroñesa, porcentaje que se superó, si atendemos a algunas de las razones por las que se instalan las mujeres inmigrantes en nuestra ciudad; razones de cuyo conocimiento da cuenta el estudio. Y no es que las mujeres inmigrantes aparezcan o lleguen a nuestro país como compañeras, sino que también aparecen como inmigrantes individuales, es decir, solas.

2) En segundo lugar la importancia de la mujer inmigrante en el proceso de integración. Ésta, como todos los inmigrantes, vive entre dos culturas, pero a diferencia de los hombres, siente la responsabilidad y es la encargada de establecer un puente entre ambas. En la mayoría de los colectivos se tiene conciencia de que la especificidad cultural se transmite por línea femenina, de que las mujeres son agentes activos de la reproducción cultural, aunque paradójicamente no se les reconozca públicamente. Mientras que antes se limitaba a mantener las tradiciones, ahora, tras la emigración, tiene que ser agente de su cultura al mismo tiempo que posibilita el acceso a la nueva cultura. Es decir; por un lado desarrolla el papel de guardiana de la tradición mientras que por otro, se convierte en agente de cambio.

La mujer inmigrante debe conservar la cohesión del grupo y proteger la identidad cultural, a la vez que desarrollar estrategias adaptativas que les permitan asumir lo nuevo sin romper con lo propio; se trataría de conciliar sus costumbres y tradiciones con los códigos de la nueva situación. Así, las mujeres han tenido que añadir a las viejas funciones tradicionales de esposa y madre, guardiana de los valores culturales y cuidadora del hogar, el de impulsoras de un proceso de cambio, representando para el grupo familiar un elemento de estabilidad para sobrellevar mejor el trauma que todo proceso migratorio lleva implícito.

El papel que la mujer inmigrante juega en la familia, especialmente con los hijos, en la formación de opiniones, actitudes y comportamientos, es mucho más decisiva y esto ha ayudado a que cada vez más, se le atribuya y reconozca un papel clave en el proceso de integración.

3) Además, otra razón que justificaba el estudio, era el cambio en la adopción de roles diferenciados en el escenario familiar, así como el cambio de status adjudicado en la sociedad de origen. Se ha detectado y constatado que las mujeres inmigrantes son más pragmáticas en su adaptación a los diferentes modos de vida y opiniones que los hombres; se muestran más tolerantes ante la pluralidad de valores sin sentirse amenazadas, y tienen mayores aptitudes para orientarse y dominar la vida cotidiana en una sociedad que les es extraña. También son capaces de desarrollar comportamientos aceptados por la nueva sociedad y dan prueba de mayor perseverancia y paciencia en los largos procesos de formación.

4) Hay otras razones que justificaban la necesidad de este estudio, como las provenientes de la presencia de la mujer inmigrante como agente de desarrollo (económico y social). La dimensión de agente de desarrollo económico proviene del mayor acceso de la mujer inmigrante a la educación, así como de su incorporación al mercado laboral (principalmente en el sector servicios). En cuanto a la dimensión social, era preciso destacar su participación en los servicios y las prestaciones sociales (principalmente en labores de asistencia a enfermos y ancianos). Estamos de acuerdo con Sonia Parella, cuando en una publicación[1] afirmaba, que “la masiva demanda actual de empleadas domésticas tiene que ver con cambios sociodemográficos y económicos, como el envejecimiento de la población y el incremento de las personas mayores que viven solas y que precisan ayuda doméstica; la creciente participación femenina en el mercado de trabajo y el consiguiente aumento del número de hogares en que el padre y la madre trabajan a tiempo completo; el mayor número de hogares monoparentales; la progresiva tendencia hacia la dispersión geográfica de la familia; una nueva gestión del tiempo en el núcleo familiar; la crisis fiscal del Estado de Bienestar”, y que podemos destacar como algunas de las causas principales por las que una actividad reservada hasta un pasado reciente, a núcleos de familias pudientes, está hoy generalizándose entre la población española.

5) También, las características del trabajo en el servicio doméstico y el cuidado de los enfermos, han contribuido a que esta ocupación sea vista como poco atractiva para las españolas. La reticencia de muchas españolas a cumplir con estas tareas, ha colaborado a que la inmigración extracomunitaria encuentre un hueco en el sector laboral español. La incorporación de la mujer española al mercado laboral no ha significado que las tareas domésticas tradicionalmente destinadas al sexo femenino hayan sido ocupadas por los hombres, sino que la tecnología y la llegada de otras mujeres, las extranjeras, han permitido esta lenta y progresiva incorporación de la mujer española al ámbito laboral. Un estudio del Instituto de la Mujer revelaba que el 64% de las extranjeras con permiso de trabajo era empleada de hogar. Del mismo modo, es una práctica habitual la contratación de mujeres sudamericanas para el cuidado de personas mayores que, de otro modo, estarían en residencias.

6) Otra razón de estudio proviene de la calidad de estas mujeres que son el sustento económico de muchas familias. En los últimos años y, en especial a partir del año 1999, momento en que se cerraron los cupos para la formalización de la situación legal de las personas inmigrantes, los varones “sin papeles” tienen graves dificultades para acceder al mercado de trabajo, ya que los puestos que se ofertan para ellos, en especial desde la construcción, no son accesibles para aquellos que no puedan entrar en el régimen general de seguridad social. Sin embargo, las tareas de servicios a que optan las mujeres no presentan la exigencia de documentación de los anteriores, por lo que actualmente, mientras muchos hombres buscan oportunidades esporádicas de trabajo (por ejemplo en el campo), las mujeres son quienes están ingresando los salarios necesarios para el mantenimiento de la familia en Logroño o en su país de origen. Esta situación podía provocar la llegada de un número superior de mujeres al de hombres, mientras no se abriera de nuevo el acceso a los documentos legales y la regularización administrativa de la cada vez mayor bolsa de inmigrantes irregulares o indocumentados, eufemísticamente denominados ilegales.

7) Finalmente, encontramos como igualmente razonable, la aproximación al conocimiento del fenómeno demográfico, en cuanto hace relación al incremento de las tasas de natalidad y al incremento del número de hijos/as menores de edad que las madres traen consigo. Todo lo cual, ha supuesto una ralentización del fenómeno del envejecimiento, incrementándose las tasas de población infantil y joven.

En conjunto, todas estas razones nos permiten hablar de un fenómeno de enormes consecuencias para España como es el de la feminización de la inmigración, pero también del cambio en el papel de la mujer en nuestra sociedad, y concretamente, en la historia de la ciudad de Logroño.

MUJERES INMIGRANTES


[1] Parella Rubio, Sonia (2003): Mujer, inmigrante y trabajadora: la triple discriminación. Barcelona: Anthropos, pág. 12

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Hace muy pocos años tuvieron lugar en la UR unas Jornadas sobre Pluralismo y Tolerancia organizadas por las áreas de Filosofía Moral y Filosofía del Derecho a las que fui invitado para dar una conferecnia sobre Educación Intercultural.  De aquellas jornadas salió un libro con artículos de Daniel Innerarity, Jose Igancio Lacasta, André Berten, Jose Mª Aguirre, Javier de Lucas, José Martínez de Pisón, Raúl Susín y yo mismo, y fue publicado por Perla Ediciones en 2004.

Entonces señalaba que si en el pasado el proceso de adaptación en el desarrollo del sistema capitalista estuvo organizado en torno a la pertenencia a una clase social como factor determinante de la identidad, en la actualidad, es la propia pertenencia lo que está en juego, porque como indicaba Bauman (2003), es la exclusión “más que la explotación, como hace un siglo y medio sugería Marx, lo que subyace hoy en los casos más claros de polarización social, de desigualdad cada vez más profunda”. De este modo, la pertenencia por elección y no por asignación se ha convertido en un poderoso factor de estratificación; así, dice Bauman que “en un extremo de la jerarquía global están aquellos que pueden componer y descomponer sus identidades más o menos a voluntad escogiendo entre un conjunto de ofertas insólitamente amplio, planetario. En el otro extremo, se agolpan aquellos a quienes se les ha impedido el acceso a la identidad, personas a las que no se les permite decidir lo que prefieren y que finalmente soportan la carga de unas identidades impuestas por otros”.

Las políticas educativas de los últimos años tienen en cuenta esta realidad diversa y tratan de integrar las minorías étnicas y culturales, sin que por ello pierdan su identidad, su cultura, estableciendo canales de comunicación entre los distintos grupos y colectivos que integran esta diversidad.

La rapidez con que ha penetrado este específico fenómeno migratorio ha obligado a los profesionales de los centros a sobrellevar este cambio reconvirtiendo su bagaje, con formación complementaria y con estrategias varias, para hacer frente a los retos que les plantea la diversidad cultural (que antes representaban algunos gitanos, pero que estaba poco atendida). Realidad o percepción, el hecho es que se ha dado un cambio en los últimos años en la composición de los centros, que ya de por sí atendían a innumerables categorías de situaciones, y que ha representado un replanteamiento y necesidad de adaptación de las intervenciones que se realizan.

La educación intercultural es un proceso facilitador de la comunicación y la comprensión de culturas diferentes, basado en la interrelación igualitaria o semejante ente actores sociales que inicialmente se distinguen por sus peculiaridades lingüísticas o culturales; es decir, que se distinguen por supuestas diferencias en el modo de apreciar y jerarquizar códigos culturales y valores. Para poder desarrollar la comunicación es necesario pasar del enfrentamiento identitario, cultural (choque civilizatorio), a la negociación y la comprensión de las identidades, de las culturas.

No obstante esta importancia que han adquirido las políticas socioeducativas con respecto al fenómeno de la multiculturalidad, así como la incorporación creciente de alumnos de origen inmigrante a los centros educativos, las propuestas de educación intercultural e integración social sólo han ofrecido desarrollos parciales o superficiales ante las grandes necesidades manifestadas por los agentes socioeducativos, insertándose el discurso educativo en lo que ha llegado a concebirse como “retórica de la diversidad”. Desde esta retórica de la diversidad se ha conformado el modelo de integración predominante en las aulas multiétnicas, que busca la integración de los escolares en términos de adopción de los referentes culturales del colectivo o grupo mayoritario de la escuela; es decir, la adopción de los paradigmas señalados como referentes identitarios de la cultura española o europea.

A partir de la adopción de esa política de integración, la educación intercultural prescribe la tolerancia ante la diversidad como un mero mecanismo de apoyo al logro de la asimilación cultural. Los procedimientos seguidos, generalmente asumen como primer escalón de esta política de integración cultural la inmersión lingüística y la adaptación curricular mediante la creación de grupos segregados a los que se imparte educación compensatoria.

Estos dos procedimientos que son reivindicados por las organizaciones de apoyo a los inmigrantes, sindicatos, así como por asociaciones de padres y algunos colectivos de profesores, y que encuentran enormes dificultades para su implantación bien por falta de recursos humanos o económicos, o bien por desidia de la administración educativa, (cuando no una clara oposición a cualquier proyecto de integración escolar), es, sin embargo, el principal modelo fijado como desarrollo de la educación intercultural.

Los programas compensatorios o de educación compensatoria para grupos de alumnos con déficit educativo para la integración en el currículum escolar, podría considerarse programas válidos si  antes se llevaran a cabo estudios y análisis sobre necesidades sentidas por los diferentes agentes educativos, y entre otras se demandaran determinadas políticas compensatorias, y siempre que estas fueran aplicadas como parte del conjunto de acciones propias de una política socioeducativa de carácter intercultural, y no sólo como el principal tratamiento de la diversidad dentro de una política de asimilación cultural.

Los programas de inmersión lingüística en la escuela deberían promoverse al mismo nivel que los programas de enseñanza de la lengua materna, manteniendo estos últimos durante todo el periodo escolar obligatorio y no sólo ocasionalmente y de forma voluntarista entre algunos centros. En la actualidad, la enseñanza de la lengua materna se considera cada vez más un valor en sí mismo por su capacidad para la formación y el desarrollo de la identidad personal, por la capacidad de encontrar trabajo en ciertos sectores del mercado laboral en que hay demanda creciente de conocimientos de idiomas poco frecuentes y por la capacidad de mantener lazos sociales con las respectivas comunidades de inmigrantes. Además, un buen dominio de la lengua materna contribuye significativamente a la adquisición de una segunda lengua.

Tampoco se busca una escuela que promueva una auténtica competencia multicultural, pues esto implica desarrollar en los diversos alumnos conocimientos sobre los otros como personas, con formas de pensar, vivir y relacionarse diferentes (conocimiento e interés por las culturas en contacto), habilidades comunicativas (dominio de las varias lenguas) y actitudes sociales de intercambio (positivas respecto a la diversidad cultural); cualidades, todas ellas, que les permitirían participar, según situaciones, necesidades u opciones, tanto en la cultura mayoritaria como en la minoritaria u originaria. Existe pues, un desequilibrio entre discurso pedagógico intercultural y experiencias educativas que lo contrasten.

Quizás se deba a la falta de todo tipo de apoyos (la mayor parte del profesorado se considera escasamente formado y reclama más conocimiento a fin de adquirir las competencias necesarias con las que atender a un alumnado diverso culturalmente), o bien se deba a la improvisación y la falta de formación ante una realidad que desborda el marco escolar (no son sólo los profesores quienes carecen de estrategias didáctico-organizativas con las que enfrentar los problemas que plantea un alumnado diverso, sino también el conjunto de agentes socioeducativos implicados en el proceso educativo que buscan o demandan respuestas educativas adecuadas), pero, en cualquier caso, es preciso señalar la existencia de un error de gran calado, un error proveniente de la definición de los objetivos de la escuela multicultural, que en nada pretenden la adquisición por parte de los alumnos diversos de una verdadera competencia intercultural (entendida como habilidad comunicativa), pues como señalaba Javier de Lucas (2001), hay que partir del reconocimiento de los procesos de diferenciación cultural como estrategias adaptativas. Desde ahí no es difícil deconstruir el mito de la “cultura anfitriona” como paradigma y, aún más, como molde en el que debe desaparecer toda cultura alógena que pretenda integración, pues resulta de todo punto imposible un proceso social de interacción y que a la vez se traduzca en un solo sentido, esto es, que la cultura anfitriona incorpore a las alógenas sin quedar transformada a su vez.

Respecto a la situación en que se encuentra la Comunidad de La Rioja, uno de los aspectos más llamativos del proceso de integración de las minorías étnicas y los colectivos de inmigrantes, es el que se está produciendo en los centros educativos, donde junto a las tradicionales tareas educativas el profesorado debe asumir la formación de jóvenes con especiales necesidades educativas, bien sea por el idioma, la cultura o la procedencia familiar. En este sentido, la adaptación curricular sería el vehículo idóneo para la atención de estos niños y jóvenes procedentes de una comunidad cultural distinta, si no fuera porque, en general, el profesorado carece de la preparación suficiente para llevar a cabo esta adaptación curricular sobre la base del desarrollo de la educación intercultural.

También se insiste en la necesidad de aportar especialistas a la escuela, pero a su vez, se demanda una formación específica del profesorado existente que permita desarrollar una labor educativa eficaz dentro del ámbito intercultural. El conocimiento de las otras culturas, de otros idiomas, de otros valores, de otros modos de convivencia y de relación familiar; el respeto, la aceptación, la protección y su desarrollo, serían el medio de integración social y cultural más propicio que se podría dar dentro de la escuela. En este sentido se puede entender la educación intercultural, más como una forma de vida, que una improvisada y voluntariosa adaptación curricular.

Otros datos nos indican que se está produciendo una mayor concentración de alumnado con situaciones sociales o culturales desfavorecidas, o que necesita apoyos y atenciones educativas específicas a lo largo de la escolarización en determinados centros, lo cual incrementa los problemas del profesorado de dichos centros al hacer constantes adaptaciones curriculares. Sería preciso buscar el equilibrio en la matriculación, pues si bien se ha dado una disminución del alumnado autóctono, la experiencia nos señala que las incorporaciones de jóvenes inmigrantes se producen mediado el curso (los sudamericanos llegan de febrero en adelante), por lo que el comienzo de curso no es el mejor momento para la reserva de plazas.

La escuela debe facilitar un clima de interculturalidad reelaborando los programas de centro y flexibilizando el curriculum de modo que cada centro lo adapte a sus necesidades (es decir, generalizados e individualizados). También, es posible que bajando la ratio de veinticinco alumnos por aula, o utilizando metodologías de trabajo cooperativo, se lograra avanzar en los fines de la educación en la interculturalidad, pero nuestro conocimiento es, por ahora, puramente especulativo.

Las escuelas, más que transmisoras de un currículo oficial, deberían ser foros en los que se debatieran ideas y valores cívicos desde el reconocimiento de las diferencias culturales. Donde los escolares fueran considerados ciudadanos con los mismos derechos y obligaciones pero con pertenencias a grupos culturales diversos, y donde se adoptaran actitudes de apertura hacia el otro, de capacidad de ponerse en el lugar del otro con el fin de entenderlo, comprenderlo, aceptarlo. Pero sin que el principio que rija esta actitud provenga de la tolerancia y la desigualdad, de las relaciones jerárquicas entre superiores/inferiores,  entre valorados y minusvalorados, sino desde el principio del respeto y la igualdad, verdadero fundamento de relaciones basadas en la reciprocidad y la simetría.

La escuela debería desarrollar un currículo inclusivo y no segregador que integrara la diversidad cultural de una sociedad diversa, a la vez que estimulara críticamente el debate acerca de los derechos y las responsabilidades que deben asumir como ciudadanos, proporcionando oportunidades para el aprendizaje cooperativo, la comprensión y el respeto, y el entrenamiento específico para la participación social. (Bartolomé, 2001). Los ámbitos de la educación intercultural en la escuela no deberían ceder a la pretensión de integración de las poblaciones de origen inmigrado, sino que debieran extenderse a todo aquello que permite vivir la pluralidad en nuestra sociedad: las relaciones interculturales, interreligiosas, interétnicas, relaciones hombre-mujer, orientación sexual, etc.

Y es que la educación intercultural sólo tendrá significado y sentido cuando se avance en la realización de prácticas interculturales, las que se puedan y quieran. Porque no hay nada que esperar de un programa o un proyecto que se define como intercultural, pues la verdadera interculturalidad se da en la acción, en la propia relación que se establece en el aula o en cualesquiera de los ámbitos que podemos plantear para desarrollar la interculturalidad en la práctica: el proyecto educativo, el desarrollo curricular, los materiales, el estilo metodológico, la acción tutorial y la relación con las familias.

Para conseguirlo, para llevar a cabo prácticas de índole intercultural, es preciso conocer las diferentes realidades sociales y culturales presentes en el entorno en el que trabajamos; también observar, investigar, colaborar en cada uno de los ámbitos y contextos en los que nos relacionamos, propiciando ocasiones, lugares, tiempos, que faciliten  el encuentro, las relaciones, la interacción, la cooperación entre las diversas personas y comunidades que conviven en el mismo medio.

Es preciso traducir el significado de la interculturalidad en el contexto en el que se trabaja, es decir, explicitar y hacer consciente un análisis contextualizado de la multiculturalidad. Asumir la diversificación como un criterio pedagógico a utilizar con regularidad. Plantear la diversidad en muy diversos frentes de nuestro trabajo: estrategias de intervención, actividades, metodologías, recursos, materiales, formas de evaluación.

Desde esta perspectiva, los currículos pueden desarrollar programas interculturales, dotándose de contenidos que reflejen y valoren la diversidad humana, promoviendo actividades que requieran la interrelación de las comunidades y los grupos diversos, apuntalando un espacio libre de prejuicios y estereotipos que permita el debate abierto sobre cuantos elementos conflictivos o marginales se suscitan en el ámbito multicultural. También creando cauces de participación entre los actores sociales diversos implicados en el  proceso educativo, como son los padres, profesores, alumnos y autoridades, descentralizando el proceso de toma de decisiones, buscando la democracia en el seno de la escuela a partir de la consideración de igualdad entre todos los agentes y actores sociales comprometidos, en ocasiones mediante la participación de intermediarios o mediadores que faciliten el intercambio, la reciprocidad y la solución de los conflictos que se susciten en el desarrollo de este proceso. Un proceso que, en definitiva, no confunda la integración con la asimilación.

Porque no sólo se aprecia error al confundir integración y asimilación, educación intercultural con inmersión cultural, o dicho en otras palabras, al confundir diálogo con monólogo, sino que también se detecta un grave error al entender que la educación intercultural tan sólo se debe dar en ocasión de conflicto multiétnico o en ocasión de presencia multiétnica o multicultural, desvitalizando las posibilidades de la educación intercultural en ámbitos que se suponen o se determinan como de homogeneidad cultural. Javier de Lucas (2001) indicaba que en el fondo se abona la idea de que la interculturalidad es cosa de unos pocos, los que están en la frontera (es decir, los ciudadanos de la periferia, los más próximos al contacto cotidiano con la multiculturalidad) y, esto, necesariamente conlleva un proceso creciente de marginalidad tanto de quienes buscan la aplicación de políticas de integración mediante el diálogo intercultural como de quienes son sus interlocutores.

Un error de graves consecuencias para toda la sociedad, pues al cerrar los sentidos a la comunicación con los otros no sólo cerramos las puertas de la existencia social a los otros sino que cerramos, en consecuencia, nuestra propia libertad de circulación, de desarrollo y enriquecimiento cultural.

Pluralismo y Tolerancia

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En Octubre de 2002, los directores de los departamentos de Derecho y Ciencias Sociales del Trabajo organizamos unas “Jornadas sobre inmigración y ciudadanía europea” a las que invitamos a sociólogos y juristas para que se pronunciaran sobre el fenómeno de las migraciones europeas y su vinculación al proceso de construcción de una ciudadanía europea. Se trataba de presentar a la sociedad en general, y al medio universitario en particular, una serie de reflexiones sobre un tema crucial para el desarrollo actual y futuro de la sociedad española, motivado por el fenómeno reciente y creciente de la inmigración extracomunitaria.

Las dificultades y problemas que esta inmigración encuentra en la adquisición de una ciudadanía plena están motivando la existencia de focos de marginalidad, explotación y xenofobia. El acercamiento a la realidad del problema, desde diferentes áreas de pensamiento y mediante la participación activa en los debates que se suscitaron, nos acercaron algunas previsiones de resolución a corto y medio plazo que mejorara la situación. En este sentido, los problemas a tratar desde distintas ópticas de pensamiento, tenía que ver con los derechos de ciudadanía y con los problemas de exclusión, con el mercado de trabajo y la protección social, con los procesos identitarios y de relación intercultural, con las políticas inmigratorias y los procesos generales de integración social. Desde ellos, iniciamos la reflexión y el análisis sobre la inmigración y la asunción de una ciudadanía plena.

Las ponencias de los participantes en las Jornadas fueron editadas por el servicio de publicaciones de la Universidad de La Rioja en 2003, a fin de hacer llegar el conjunto de reflexiones a un mayor número de personas que las que en aquella ocasión se presentaron en el Aula Magna de la Universidad. Del éxito de aquella convocatoria dan fe el número superior de preinscripciones al del aforo natural del Aula Magna, y finalmente que casi el 90% de la misma se ocupara durante los dos días (mañana y tarde) que duraron estas Jornadas.

Inmigracion y Ciudadanía

CONTENIDOS:

Primera parte:

1) Inmigración y políticas de integración: Inmigración y globalización. Acerca de los presupuestos de una política de inmigración, por Javier de Lucas. (Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política. Universitat de Valencia)

2) Las dos variantes del cierre: etnos y demos, por Mariano Fernández-Enguita. (Catedrático de Sociología de la Universidad de Salamanca)

3) Migraciones y cultura democrática, por Mikel Azurmendi Inchausti. (Catedrático de Antropología de la Universidad del País Vasco)

4) La inmigración y la Unión Europea, por José Martín y Pérez de Nanclares. (Catedrático de Derecho Internacional Público de la Universidad de La Rioja)

Segunda parte:

5) Inmigración y ciudadanía: El cosmopolitismo y las nuevas fronteras de la ciudadanía, por Andrés García Inda. (Profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad de Zaragoza)

6) Inmigración y multiculturalidad: hacia un nuevo concepto de ciudadanía, por Ricard Zapata-Barrero. (Profesor de Ciencias Políticas de la  Universidad Pompeu Fabra de Barcelona)

7) La (no) política de inmigración y el Estado de Derecho, por José Martínez de Pisón Cavero. (Catedrático de Filosofía del Derecho y Rector de la Universidad de La Rioja)

8) El problema social de la inmigración y políticas de integración ciudadana, por Joaquín Giró Miranda. (Profesor de Sociología de la Universidad de La Rioja)

Son numerosas las cuestiones  que atraviesan el fenómeno de la inmigración, como lo son también los enfoques desde los que pueden analizarse. El libro está estructurado en dos bloques temáticos. En realidad, puede muy bien afirmarse que la intervenciones tocan especialmente, entre otros, cinco problemas: 1.- causas y naturaleza de la actual oleada migratoria; 2.- el debate sobre los modelos de gestión de la inmigración; 3.- el debate sobre la relación entre inmigración y multiculturalismo; 4.- la relación entre inmigración y democracia; y 5.- finalmente, la relación entre inmigración y las nuevas formulaciones del concepto de ciudadanía.

1.- La teoría social sigue insistiendo en que la causa principal de la actual oleada migratoria responde a motivos económicos. Y la teoría económica apunta que las migraciones son el resultado de una tendencia al equilibrio que existe entre los países con excedente de población y los que carecen del número suficiente para cubrir su mercado laboral. En realidad, igual que hay un mercado de capitales y otro de bienes, las migraciones son el resultado de la existencia de un mercado de trabajadores que promueve el desplazamiento de los países o zonas más pobres, pero más populosas, a los más ricos y menos poblados o, al menos, atractivos desde la perspectiva de encontrar un puesto de trabajo.

En la actualidad, las explicaciones sobre las migraciones y sobre la incidencia de la inmigración en determinados países parten de una perspectiva global. El actual proceso migratorio sólo puede ser comprensible a partir del análisis y del estudio de las repercusiones de la globalización. Esto es, de las repercusiones de la actual fase de expansión y de extensión del capitalismo global a todo el planeta en los flujos migratorios. Para alguno, y no precisamente representantes del pensamiento neoliberal, esta perspectiva permitiría explicar los movimientos de población desde que Europa diese el salto a América hasta la actualidad.

Lo cierto, no obstante, es que el actual proceso globalizador en la economía mundial incide directamente en la estructuración de los mercados y en su tendencia hacia la apertura, hacia la flexibilización y liberalización. En este sentido, la globalización parece, en principio, jugar a favor de un incremento de las migraciones en la medida que tiende a constituir mercados no compartimentados, ni estructurados en unidades nacionales. Tiende a constituir un único mercado mundial –o, mejor, diferentes mercados mundiales de acuerdo a sectores económicos, productos, etc.- dentro del cual el de los trabajadores sería un elemento fundamental. Pero, por otro lado, de acuerdo con el carácter dialéctico tantas veces puesto de manifiesto, la globalización muestra una clara tendencia a restringir un único mercado mundial de trabajadores que favorezca la inmigración. Mientras que se abre y se consolida un mercado de capitales y se avanza en el de bienes, se cierran a cal y canto las fronteras a las personas. No se avanza, pues, en la estructuración de un mercado global de trabajo.

2.- El modelo de gestión de la inmigración y, en especial, la política de integración es una de las cuestiones centrales del actual debate y, asimismo, está bien presente en los escritos del libro (de Lucas, Giró, Martínez de Pisón, Zapata). En general, en estos escritos predomina una lectura negativa de los modelos de gestión vigente en la Unión Europea y, por derivación, en España. Estos autores tienen en común una opinión contraria a las políticas restrictivas, a la falta de alternativas de las medidas policiales, a la estigmatización jurídica del inmigrante, etc. Frente al modelo vigente, la política sobre inmigración debería girar en torno a una nueva visión de la ciudadanía y el reconocimiento y protección de los derechos fundamentales de los inmigrantes en tanto que personas.

Un capítulo especial está dedicado a la política de inmigración en la Unión Europea (Martín y Pérez de Nanclares) que es claramente ilustrativo de la estrategia seguida en este marco político. Sus conclusiones, no obstante, tras el Tratado de Ámsterdam y las reuniones de Laeken y  Sevilla no es muy optimista y destaca también el carácter restrictivo de la llamada inmigración deseable o legal y el establecimiento de límites al reconocimiento y disfrute de derechos fundamentales de los inmigrantes en el seno de la Unión.

De entre los autores del volumen, tan sólo Azurmendi parece disentir de esta lectura y pone de manifiesto  la exigencia de que los extranjeros interioricen los valores que inspiran la cultura de nuestras sociedades democráticas. Las democracias occidentales no se construyen en el aire, sino que confían su supervivencia y su cohesión en el sustrato de valores y en una cultura compartida. Eso quiere decir que los extranjeros, quienes posean una cultura diferente, deben aceptar y respetar esos valores comunes, y que en ello va la propia supervivencia de nuestras democracias. Según este autor, a fin de preservar y extender la cultura democrática de las sociedades liberales, es necesario seguir regulando restrictivamente la inmigración para sólo admitir aquellos modos de vida, aquellas formas identitarias, que sean pluralistas y tolerantes. Porque se trata de integrar socialmente a los inmigrantes y no sólo políticamente.

3.- El debate sobre el multiculturalismo es uno de los más polarizados de la filosofía política desde que fuese iniciado por autores comunitaristas, como W. Kymlicka y otros. En estas páginas, se pueden contemplar las diferentes posiciones tan radicalmente encontradas. Por un lado, quienes consideran que el multiculturalismo es un modelo normativo que pervierte las bases pluralistas de nuestras sociedades (Azurmendi). En la línea de lo expuesto por el profesor italiano G. Sartori, los defensores de esta posición mantienen, en un tono apocalíptico que la deriva del pluralismo tradicional, basado en la tolerancia, hacia el reconocimiento del derecho a la diferencia y al multiculturalismo constituye el germen de autodestrucción de la sociedad liberal. Por coherencia con esta tesis, no sólo pretenden desarbolar estos derechos y al multiculturalismo, sino también justificar una política restrictiva en la entrada de inmigrantes, así como un riguroso asimilacionismo cultural por el cual sólo deben ser admitidos los culturalmente similares en razón de la lengua, raza y religión.

Por el contrario, en el otro espectro del debate, los teóricos sociales ponen de manifiesto que el multiculturalismo no es un modelo social a implantar como respuesta a las nuevas realidades, sino que es un hecho social que se impone por encima de nuestras voluntades y en el que la inmigración, pero no sólo ella, ha cumplido un importante papel dinamizador. Precisamente, lo que hay que discutir y pensar es el modelo o política que permita gestionar este hecho social que se da como realidad inevitable e incontestable. Y, como piezas importantes de ese modelo, hay que discutir cómo tratar en condiciones de igualdad a la diversidad cultural, o cómo estructurar el espacio público para que esa discusión sea posible o cuáles son los elementos de una política abierta inclusiva, etc. En este texto, esta postura parece defendida por autores como J. de Lucas, J. Martínez de Pisón, R. Zapata o J. Giró. En todo caso, no se obvia que las dificultades y los problemas son muchos. Y que las posibilidades de estallidos sociales por una inadecuada gestión de la realidad multicultural debe estar bien presente en el debate público.

4.- Un elemento central en el debate sobre la inmigración es la discusión acerca de sus efectos sobre la democracia y sus instituciones. En el texto, la referencia a esta cuestión aparece expresamente en los artículos de M. Azurmendi y M. Fernández Enguita, aunque la preocupación sobre la repercusión del vigente modelo de gestión en el sistema democrático y el Estado de Derecho, en la ciudadanía y en la convivencia social está presente en todos los demás.

El ex-presidente del Foro para la Integración Social de los Inmigrantes, M. Azurmendi, trata de la relación del origen de las democracias y el fenómeno migratorio. De acuerdo con su análisis, el substrato de la cultura democrática es la identidad ciudadana, entendida como un conjunto de representaciones simbólicas acerca de la justicia, la igualdad, la autoridad, que en nuestro imaginario social se representan como emociones, deseos y creencias compartidas por el conjunto de los ciudadanos. El fundamento de esta identidad reside en lo que llama civilidad democrática que se asiente en cuatro dimensiones: 1) un espíritu público capaz de evaluar el comportamiento ciudadano y desarrollar un discurso público; 2) un sentido de justicia capaz de discernir y respetar los derechos del otro; 3) un sentido de decencia civil o de no discriminación; 4) y la tolerancia pluralista. La aceptación de esta civilidad democrática por parte del extranjero resulta de suma importancia, según Azurmendi, para una correcta integración que no altere las bases de la convivencia democrática.

Por su parte, M. Fernández Enguita realiza una interesante reflexión sobre la clásica distinción de las ciencias sociales entre la “comunidad política territorial” (demos, de corte universalita y abierto) y la “comunidad cultural” (etnos, particularista y cerrada). Sin embargo, en su opinión demos y etnos no tienen porqué oponerse, sino que puede constituir dos estructuraciones alternativas, pues ambas tratan de definir quiénes son los nuestros y quiénes son los otros.

El demos se basa en el territorio, en la residencia, para fijar quien pertenece a él y quien no. El etnos se basa en la familia y en otras formas de filiación (filiación consanguínea), para fijar quien pertenece y quien no. Digamos que en el uno predomina el dónde se ha nacido, en el otro predomina de quién se ha nacido, aunque no tenga una forma jurídica, escrita, codificada, etc., pero sí como norma consuetudinaria establecida. Los dos se cierran a los otros: el etnos se cierra a los extraños, a los que son de otro color, otra religión, otra lengua, otro modo de vida, la forma de vestir o comportarse. El demos se cierra pura y sencillamente a los extranjeros, sean como sean. También los dos pueden tener vías de apertura limitada. Por ejemplo, en el caso del demos la naturalización, es decir, la concesión de la ciudadanía con cuentagotas, la residencia legal, la concesión de ciertos derechos, pero no todos, a los que compartan ese territorio. En el caso del etnos su forma de apertura existe a través de los matrimonios mixtos y otras formas de mestizaje.

5.- El título de esta publicación denota la importancia que el debate sobre la inmigración está teniendo en la revisión de la noción de ciudadanía. Puede decirse que casi todos los textos tratan de alguna manera esta cuestión. Desde quienes consideran que no se puede estirar el significado de la ciudadanía hasta el infinito para resolver el estatuto jurídico de los inmigrantes, hasta quienes repasan diferentes modalidades, sea cosmopolita, multicultural o, más pragmáticamente, la ciudadanía europea.

J. Martínez de Pisón es quien adopta una posición más escéptica respecto a esa función liberadora de la ciudadanía. Un concepto-chicle, como afirma, que no puede estirarse indefinidamente. En su opinión, el camino recorrido hasta la fecha no parece augurar que una ciudadanía “universal”, fundada en los textos internacionales sobre derechos humanos, o la misma ciudadanía europea como la impulsada por el Tratado de Maastricht puedan abrir una vía de esperanza a este tipo de soluciones. Por un lado, porque es palmario el incumplimiento del compromiso universalista de los derechos; por otro, porque la ciudadanía europea se construye en un estrecho vínculo con la nacionalidad.

Sin duda, en el resto de autores tenemos una muy interesante panoplia de propuestas de lectura del concepto de ciudadanía: cosmopolita (García Inda), multicultural (Zapata) plural e inclusiva o ciudadanía cívica (J. de Lucas). No obstante, estas posturas no están exentas de un enfoque autocrítico. Así, el primero de estos autores reconoce que su lectura supone un “elogio crítico del cosmopolitismo; o, dicho de otra manera, el elogio de un cosmopolitismo crítico, consciente de los riesgos del universalismo abstracto y formal al que abocan determinados discursos aparentemente universalistas”, pero sin que ello suponga la renuncia a “recuperar las posibilidades transformadoras que subyacen en el ideal de la ciudadanía cosmopolita entendida como una apuesta profundamente ética y política”.

Asimismo, no deja de ser inquietante las conclusiones de Zapata cuando, al hacer el balance final de sus reflexiones, aventura el inicio de un período histórico de “desencantos”: “Si tomamos en serio el paradigma moderno que hemos denominado como de la Santísima Trinidad, formado por el vínculo triangular entre el Estado, la nación y la ciudadanía, lo que supone el vínculo entre inmigración, ciudadanía y multiculturalismo es que apoya la idea de que estamos viviendo un proceso similar al que M. Weber denominaba de desacralización o desencanto. En aquel entonces, esta desacralización apuntaba básicamente a la separación entre la Iglesia y la Política. Este nuevo período pone en duda de forma similar al pilar básico que ejerce el monopolio de nuestras creencias y lealtades: la nación y la nacionalidad. Este nuevo proceso podría describirse como de separación entre Nación y Política”.

Por su parte, el profesor Javier de Lucas presenta probablemente una postura no exenta de realismo y, al mismo tiempo, de riesgo al apostar por una serie de medidas concretas y, habría que decir, posibles. Entre las que hay que mencionar la creación de un estatuto del residente y de una ciudadanía cívica. Según afirma, “esa ciudadanía cívica debe comenzar por el reconocimiento de que el residente (aunque sea sólo residente temporal y no definitivo o permanente) en la medida en que paga impuestos y contribuye con su trabajo y con sus impuestos, con su presencia como vecino y no sólo como trabajador a la construcción de la comunidad política, comenzando por la primera, la ciudad, tiene no sólo derechos civiles e incluso sociales, sino políticos: derecho a participar al menos en ese nivel. El primer escalón de la ciudadanía cívica sería de nuevo el primer escalón de la idea europea, las ciudades, la comunidad política municipal”.  Pues bien, de Lucas se arriesga no sólo al apostar por esta ciudadanía cívica, primer paso de una ciudadanía múltiple o multilateral que concrete una democracia inclusiva y plural, sino que apunta los pasos que permitan materializar el modelo propuesto.


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