Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Felicidad’ Category

Sabemos que el problema de la vejez no es estrictamente un problema biológico, médico o físico, sino que es, principalmente, un problema social y cultural; es decir, la vejez, su significado, es una construcción social.

Existe una diferencia substancial entre proceso de envejecimiento y vejez. Mientras el primero es un proceso que además se ha transformado en los últimos años, cargándose de vitalidad y expectativas, la vejez es un estado definitivo, irreversible y sobre todo, carente de horizontes de futuro que es lo que más cierra el sentido de sus posibles transformaciones.  Esta consensuada diferenciación entre envejecimiento (proceso) y vejez (circunstancia irreversible) se afianza, a su vez,  en una profunda transformación de la imagen de las personas mayores.

Nuestra vida es un proceso de continuo desarrollo y cambio y desde el momento en que nacemos comenzamos a envejecer.  Este proceso es algo personal, individual y determinado por las propias características de salud, experiencias, educación, medio etc… De este modo, la vejez como parte de este proceso, debería conformarse de forma distinta para cada persona y, como en una etapa más, poder disfrutar de sus ventajas y salvar sus inconvenientes; sin embargo existe un desconocimiento casi intencionado de lo que significa el envejecimiento. La vejez ha de contemplarse como un proceso variable y diferencial, y no uniforme y homogéneo. No podemos hablar de un único patrón de envejecimiento, sino que cada individuo tiene un modelo, un modo de envejecimiento propio.

Antes era considerado viejo, cualquier sujeto que superase los sesenta años. Estos mayores de sesenta años se caracterizaban por sus actitudes conservadoras; por tener una historia (con independencia del grupo social de referencia) marcada por la austeridad y la escasez, signados por un talante exigente pero a la vez despreciativo ante las otras generaciones más jóvenes, incapacitados para comprender las realidades nuevas y sus cambios; religiosos activos (fundamentalmente católicos); intransigentes; autoritarias/os; solitarias/os y vinculados a una imagen global de pobreza material en sus formas y signos de presentación pública.

Sin embargo, ahora, es decir en estos últimos años, esa misma imagen de vejez se ha retrasado hasta después de los setenta y cinco u ochenta años, y hasta esa franja de edad, las personas mayores se caracterizan por su disparidad, diversidad y heterogeneidad como sucede en todos y cada uno de los otros colectivos sociales existentes. Lo común a estos “nuevos” mayores que aún no son considerados viejos es que presentan actitudes muy disímiles, intentan disfrutar y situarse en el bienestar particular de sus vidas, parecen ser mayoritariamente aperturistas en sus posiciones, muy interesados en todo lo que sucede a su alrededor, permisivos, tolerantes, grupalistas y secularizados frente a la dominante fuerza de la religiosidad en sus perfiles pasados.

De manera muy global, la sociedad española sitúa el comienzo del envejecimiento, es decir la tendencia a ser mayores, alrededor de los cincuenta y cinco años, la longevidad a partir de los setenta años y la vejez o ancianidad a partir de los ochenta años. Sin ninguna duda puede afirmarse que se ha producido un proceso de rejuvenecimiento real de los mayores y, sobre todo, una profunda fractura en la ya tradicional noción del concepto tercera edad que, a todas luces, resulta insuficiente, inoportuna y poco eficaz para señalar al atomizado colectivo de personas mayores.

En términos más estructurales y reales, puede afirmarse que el principal eje diferenciador entre proceso de envejecimiento y vejez es el que marca la distancia entre ocupación y desocupación, siempre que entendamos estos términos en relación al trabajo productivo remunerado, que en España, a pesar de las transformaciones que se están produciendo en el ámbito laboral, siguen siendo centrales para la identidad de los sujetos.

LA CONSTRUCCION SOCIAL DE LA VEJEZ

El proceso de envejecimiento, en líneas generales, forma parte de un mensaje de carácter positivo, pero la vejez, como concepto, es una construcción social, una situación que muchas personas asocian indefectiblemente con la palabra clave: la pérdida. Pérdida de autonomía: necesidad de otras personas para cumplir funciones higiénicas básicas; pérdidas económicas y de autosuficiencia material; pérdida de funciones sensoriales (vista y oído) y locomotoras; pérdidas afectivas y de compañía (esposo/a, hijos, amigos…); pérdida de capacidad física, vital (menos energía) y sexual; pérdida de capacidad mental: menos reflejos y memoria; pérdidas sociales: jubilación, etc.; pérdida o limitación en las posibilidades de comunicación, factor decisivo dada la importancia de la comunicación en la familia y en la sociedad.

Y esas pérdidas están engarzadas en el imaginario social con la dependencia de unos o de otros, familiares o ajenos, privados o institucionales, lo cual significa que no hay autonomía total porque ya no se es en su totalidad. Porque esta totalidad depende de los servicios familiares, sanitarios o sociales, o de todos en su conjunto; y entonces, el bienestar es dependiente de la buena voluntad de los otros, que no siempre se manifiesta en tal sentido, como se puede desprender de las denuncias por abandono, malos tratos, incluso violencia y muerte, señalada en ocasiones por los medios de comunicación.

Aunque sin llegar a estas situaciones de violencia y pérdida de dignidad, lo peor de la vejez y de sus componentes sigue siendo la pérdida de autonomía en general, la pérdida de autonomía moral e independencia civil, que les somete al dominio de aquellos poderes públicos y privados (la familia, los médicos, las autoridades) de los que dependen.

Lo más triste del trato que damos a los viejos no es que les abandonemos a su suerte (lo que al menos les obliga a valerse por sí mismos), sino que les tratemos como a menores de edad necesitados de protección y tutela, lo que les coloca bajo nuestro poder discrecional y arbitrario. Pues al sentirnos magnánimos y aceptar protegerles, lo hacemos privándoles de sus derechos, tras expropiarles su propia responsabilidad personal como sujetos agentes. Por eso les engañamos con mentiras piadosas, les impedimos que elijan por sí mismos y tomamos decisiones por ellos, llegando en la práctica a incapacitarlos aunque sólo sea informalmente.

Así pues, en el imaginario social, la construcción de la vejez se hace desde la idea de pérdida, principalmente de autonomía, y por tanto se asocia con las dependencias de cualquier tipo, a partir de las cuales, la familia, los servicios sanitarios y otro tipo de instituciones toman su protagonismo.

Además, en esta construcción social, hay algo que en la actualidad se asocia inequívocamente a la vejez definiendo el estatus social de las personas: la edad. Hemos constatado que la edad es el principal componente definidor de estatus social. Sin embargo, en la determinación del estatus también utilizamos criterios económicos o de actividad económica. Por ejemplo, cuando respondemos a la pregunta de ¿a qué edad se es viejo?, o su contrapunto ¿qué edades son las de la persona joven?, las respuestas tratan de limitar estructuralmente el paso de la edad adulta a la edad vieja, o de la edad joven a la edad adulta; aunque no son sino límites artificiales establecidos sobre concepciones sociales determinadas por el proceso de actividad productiva o económica.

Es verdad que el concepto de ser mayor de edad ha cambiado radicalmente en estos años, y que la probabilidad de vivir esos años (dilatados años, cada vez con mayor frecuencia), con ciertas cotas de bienestar y de calidad de vida, al menos entre la población de los países desarrollados, empieza a ser una realidad; sin embargo, este notable aumento de la longevidad también tiene su parte menos positiva, y es que ha repercutido en el incremento de problemas y enfermedades relacionadas con la edad, como son la demencia senil y presenil que tiende a precipitarse a partir de los setenta años.

Hay enfermedades crónicas responsables de la mayoría de las muertes y discapacidades, como son la arterosclerosis, la artritis, la diabetes, el enfisema pulmonar, el cáncer y la cirrosis, que representan en sí limitaciones fundamentales por la pérdida acelerada de las reservas del organismo. Además, existen factores científicamente probados que aceleran el envejecimiento de una persona como son la hipertensión arterial, el colesterol elevado, dieta y nutrición inadecuada, capacidad vital disminuida, el sedentarismo, la obesidad, el tabaquismo, el alcoholismo, y diversos factores adversos (personales, psicológicos, sociales y culturales).

No obstante, los avances científicos han permitido el control y prevención de las enfermedades infecto-contagiosas, la promoción de salud y la prevención de los factores de riesgo y de las enfermedades crónicas. De hecho, sabemos que una persona genéticamente favorecida y que evite la enfermedad y los factores de riesgo, puede vivir más que lo actualmente establecido.

En la actualidad, percibimos que se vive más tiempo desde el umbral de los sesenta y cinco años, y el alargamiento de la vida se acompaña de una mejora del estado de salud en todas las edades. El declive de la autonomía personal y, finalmente, la muerte, acaban por llegar, pero cada vez más tarde.

Este proceso de crecimiento del grupo de edad de los mayores, ha conducido a una subdivisión en su interior, pues algunos demógrafos ya hablan de viejos jóvenes hasta los setenta y cinco u ochenta años, porque en general están en perfectas condiciones, y de los viejos más viejos pues a partir de esa edad es cuando las condiciones de salud comienzan a deteriorarse. Precisamente los mayores de ochenta años son considerados como el grupo de edad avanzada en el cual se producen mayores demandas de asistencia social y sanitaria. Es la llamada cuarta edad, y son ya la porción del total de población española que más va a crecer.

La imagen global de las personas mayores presenta una notable revitalización. Se entiende  el envejecimiento y la vejez como dos realidades distintas de la vida de las personas mayores y, desde ese momento, construyen dos imágenes diferentes sobre cada uno de estas etapas. Estas realidades pueden ser explicadas recurriendo a otros ejes que cruzan el envejecimiento y la vejez. Y estos son, fundamentalmente, la ocupación/desocupación y la autonomía/dependencia. La articulación de estos ejes permite diferenciar la realidad de los mayores de la realidad de los ancianos.

La vejez es un estado definido por la dependencia total o parcial de las personas mayores con respecto a terceras personas e instituciones. Por tanto, se percibe la vejez como un producto natural que se inscribe en el ciclo vital de los seres humanos. Se trata de una etapa inevitable a la que toda persona llega irremediablemente como consecuencia del deterioro de sus facultades físicas y mentales. Este deterioro hace que las condiciones sociales de vida de los ancianos y las ancianas sean problemáticas y conflictivas. En la vejez, por tanto, la naturaleza impone su ley a la sociedad.

Con excesiva frecuencia se asocian los conceptos de dependencia y discapacidad con persona mayor, como si aquellos fueran acompañantes inevitables de estos últimos. Frente a esta equívoca percepción de la vejez, cada vez menos se puede observar a personas mayores en situación de dependencia. La inmensa mayoría de las personas mayores (más del 70%) no sufren discapacidad alguna, y más del 85% son independientes y realizan una vida normal y autónoma hasta edades muy avanzadas.

A pesar de ello, la sociedad en general sigue relacionando la vejez y los mayores con la enfermedad, la dependencia y la falta de productividad, en muchas ocasiones haciendo caso omiso de su experiencia y sabiduría, desaprovechando la oportunidad social de contar con la voluntariedad de este sector de población.

Hoy la vejez consiste también en el miedo colectivo que asocia vejez con muerte. Es posible también que detrás  de estas visiones deterministas y estereotipadas sobre la vejez, haya además un problema de concepción de la misma. Porque el envejecimiento puede ser entendido no ya como una meta a la que se llega a tal o cual edad, sino como todo un proceso que discurre a lo largo de la vida (somos cada día un poco más viejos). Un proceso intersubjetivo  en el que las personas mayores y las personas de su entorno deciden cuándo se es viejo y qué papel se desempeña como tal dentro de la comunidad. Y un proceso, además, dinámico, puesto que todo lo anterior puede ser revisado con el tiempo. El modo en que se concibe cómo debe ser una persona mayor en relación con otros grupos de edad y el rol de la gente mayor en las sociedades son cuestiones que cambian con el tiempo al igual que cambia la sociedad en la que viven.

Esta concepción compleja de la vejez entiende que el envejecimiento supone también una gradual pérdida de ingresos, funciones corporales e independencia, pero pone en entredicho cuestiones centrales, como la idea de que un incremento en el número de personas mayores de sesenta y cinco años conlleve obligatoriamente que aumente el número de personas dependientes de forma proporcional. Esto es algo que vendrá dado por la capacidad de las personas y por el lugar que la sociedad les asigne.

Envejecer no significa necesariamente que la persona se deslice inevitablemente hacia el deterioro físico y mental, hacia la soledad, hacia el abandono, hacia la no participación en la vida socio-política de la comunidad en la que vive. Desde esta perspectiva será más fácil aceptar el proceso de la vida en su totalidad, incluida la vejez, como punto de partida  hacia una sociedad  más madura, en la que se pueda perder el miedo a envejecer y morir.

Hace tiempo que debería haberse producido un cambio básico en la percepción de la sociedad sobre las personas de edad. Con mucha frecuencia se las considera erróneamente como personas que necesitan ayuda, en lugar de verlas como una fuente potencial de solución de problemas, propios y de la comunidad. A menudo no se les proporcionan recursos ni se financian las iniciativas que promueven. Podría ser muy ventajoso si se les diera infraestructura social y algún tipo de financiación para actividades de ayuda mutua u otras que les permitieran unir fuerzas, planificar actividades conjuntamente con otras generaciones y relacionarse con organismos externos, incluida la búsqueda de empleo o de crédito.

Sin embargo, en la actualidad la imagen que se construye en torno al proceso de envejecimiento es una imagen dotada de connotaciones negativas, asociándose a pasividad, enfermedad, deterioro y carga social. Es cierto que con el proceso de envejecimiento se concluyen las etapas vitales de una persona, y que esto es del todo inevitable, pero no debe equivaler a vulnerabilidad y mucho menos invisibilidad, pues es la invisibilidad social la que promueve la vulnerabilidad de las personas de edad a través de las múltiples dependencias que generan, desde las económicas hasta las emocionales, pasando por las instrumentales.

Hoy día, en la construcción social del envejecimiento interviene el imaginario de una sociedad basada en la productividad (de ahí las relaciones de oposición entre activo y pasivo), en la juventud (el modelo de consumo por antonomasia es el de la eterna juventud), y en el poder, aunque no el poder de la gerontocracia, sino el poder de  los adultos productivos. Por esto, la imagen del envejecimiento es una imagen cargada de consideraciones negativas que implican discriminación de las personas de edad, al punto de producir no sólo indiferencia o abandono, sino también exclusión y negación de espacios y roles, negándoles el reconocimiento como sujetos de derecho.

Esta construcción social en negativo de la imagen del envejecimiento es preciso combatirla generando desde los medios de comunicación (verdaderos artífices en la construcción de imágenes sociales), cambios en los hábitos y en las actitudes sociales, eliminando todo tipo de prejuicios que impiden la visibilización de las personas de edad en igualdad con el resto de la sociedad. Porque es necesario que las personas de edad sean visibilizadas, no como destinatarias de las ayudas y cuidados de la sociedad, lo cual magnifica las relaciones de dependencia y hace de los mayores sujetos pasivos, sino como artífices de su destino.

Pese a que la calidad de vida depende de las condiciones socioeconómicas de la población, se ha constatado que el principal factor de desigualdad en la percepción subjetiva de la propia salud es el nivel educativo. Recientes estudios transculturales acerca del autoconcepto de las personas mayores sugieren que una dimensión significativa de una madurez plena es encontrar nuevas y diversas vías para seguir teniendo una vida plena de sentido. O sea, que las habilidades adquiridas por los mayores para encontrar un sentido a la vida contribuyen positivamente a la experiencia de envejecer.

En el pasado los viejos eran los depositarios del saber y del conocimiento como producto de la experiencia y el paso de los años. La idea del saber era la de un saber del pasado, es decir, estaban los que conocían el pasado, que enseñaban a los del presente a vivir, a obrar, las técnicas etc. El que conocía, el maestro, el anciano, era el que conocía las técnicas y era el que se las enseñaba a los demás, de modo que el futuro no era visto como una fuente de novedades positivas, sino más bien como la pérdida o la posibilidad de la pérdida de los haberes que estaban depositados en el pasado. El anciano que estaba más en relación con ellos, en quien se encontraban depositados los saberes y los conocimientos, era algo así como la memoria viva, era el que de alguna manera juzgaba las formas de vida. La vejez era un grado, la vejez era de alguna manera una cierta distinción honrosa, porque estaba ligada a la sabiduría, al conocimiento; es decir, el anciano sabía más que los otros por lo tanto era visto como alguien valioso, como alguien a conservar, como alguien, que era un tesoro para el grupo, porque ahí estaban los conocimientos que el grupo requería, necesitaba.

En la actualidad, la pérdida de valor de las personas mayores es un hecho central en las sociedades desarrolladas donde se han invertido los roles, y donde lo viejos son señalados como contrarios a lo innovador, a la creatividad, a la invención y al conocimiento que continuamente se reinventa, dejando como obsoleto y caduco lo que un día fue novedad. Hay que estar a la última, pero por poco tiempo, por que enseguida ésta se quedará vieja; y porque habrá algo más nuevo, más actual y simbólicamente más positivo.

De este modo, todo lo que de positivo tuvo en el pasado la vejez o la ancianidad como fuente y depósito del saber y el conocimiento, hoy día se ha invertido; es decir, se ha negativizado, puesto que el conocimiento se crea y se destruye en un movimiento continuo y no lineal, y puesto que el saber ya no es la prerrogativa del mayor, sino del experto, aquél que es capaz de relacionarse con la tecnología y siempre que ésta no quede obsoleta ante otra más novedosa.

Por esto, el término de viejo ya no tiene el carácter simbólico positivo que tuvo en el pasado, pues la novedad, es el becerro de oro que inspira nuestros deseos e impulsa nuestras relaciones. Antaño, los viejos simbolizaban la experiencia y la sabiduría, pero hoy ya no significan nada salvo su ligazón al mercado y al consumo, aspectos que si le devuelven el rol y la consideración social.

LA JUBILACION

En 1970, la jubilación se producía, generalmente, hacia los sesenta y cinco años, con lo que quedaba entonces una esperanza de vida de trece años por término medio. En la actualidad, la jubilación se inicia alrededor de los sesenta años, y a esta edad un hombre puede vivir una media de veinticinco años, habida cuenta de que el retroceso de la mortalidad se ha acelerado desde 1970.

Si en un principio la jubilación respondía a la necesidad de garantizar la subsistencia de quienes por razones de edad estaban incapacitados para trabajar adecuadamente, hoy en día esta idea carece de validez, dado que es cada vez más frecuente que las personas que se jubilan lleguen a la edad de jubilación en plenitud física y mental. Además, el índice de empleo de las generaciones de 55-64 años ha descendido desde la década de los setenta de modo significativo, por lo que el comienzo de la inactividad definitiva y la jubilación se desvinculan, hasta el punto de observar que los subsidios de desempleo o las prejubilaciones anticipadas se han convertido en una fase que conecta con la fecha oficial de jubilación.

Han sido los sistemas de jubilación quienes han contribuido al ordenamiento y jerarquización del ciclo de vida en tres etapas principales, con el trabajo como etapa central que define el contenido social de la vida adulta, y que está enmarcado por la juventud dedicada a la formación para el trabajo, y por la vejez, asociada a la inactividad.

De forma paradójica, al situar la productividad como valor central en la sociedad actual y la valía individual en función de la aportación realizada al producto social, nos encontramos con que la actividad laboral y productiva es el instrumento y rasero desde el que se mide el estatus social, el poder, la utilidad social, etc., pero a su vez, declaramos de forma arbitraria que se es viejo cuando se cesa en la actividad laboral al cumplir los sesenta y cinco años, constatando de este modo que la jubilación se traduce culturalmente por inactividad social y en correspondencia, un estatus social bajo con escasa capacidad de influencia social dada la consideración de inutilidad.

Un repaso a la historia social ilustra y permite comprender cómo las diferentes estructuras sociales han impuesto diferentes realidades a la población anciana. Así, la dicotomía trabajo/ocio basada en la edad es un aspecto que sólo aparece en las sociedades industriales (que se prolonga hasta nuestros días), no existiendo en las sociedades nómadas y agrícola-ganaderas, en las que los ancianos ocupan su tiempo en cuidar de los niños y de la transmisión simbólico-cultural, además de ejercer funciones de dirección y toma de decisiones respecto a la explotación y al grupo social hasta el momento de la muerte.

El adelanto de la edad de jubilación y el aumento de las expectativas de vida están haciendo de la vejez un período especialmente sustancial y largo, en el que el trabajo deja de ser el eje de la existencia, y el tiempo libre y las actividades de ocio se sitúan en un primer plano. No obstante, esta preponderancia del tiempo libre frente al tiempo de trabajo, no es, en modo alguno, algo natural en los mayores sino que es fruto de la imposición de la construcción social de la realidad histórica que vivimos.

El deterioro se inicia y desarrolla paulatinamente durante el envejecimiento, proceso que empieza con la jubilación y termina con la dependencia. Se trata, por tanto, de un fenómeno social, que tiene consecuencias negativas sobre las condiciones de vida de los mayores. En esta etapa de la vida los imperativos sociales dominan sobre la naturaleza de estas personas y así merman su buena predisposición natural a vivir en positivo. La sociedad, por tanto, acelera el envejecimiento y lo iguala con la vejez. La sociedad es la responsable de que el envejecimiento se convierta en un problema o, cuando menos, en un reto para los mayores. El punto de inflexión instituido por la sociedad –la jubilación- no coincide con el hito marcado por la naturaleza –la dependencia-. La jubilación acelera el deterioro psicofísico de las personas mayores y, de este modo, adelanta la llegada de la dependencia y de la vejez. Tendría que producirse una inversión de la situación actual del envejecimiento en la que la sociedad domina sobre la naturaleza. Las personas sólo deberían considerarse mayores, cuando sus condiciones naturales así lo dictasen, no cuando una persona cesa en el mundo laboral.

Si nos centramos en el envejecimiento biológico la persona que acaba de jubilarse, seguramente no evidencia signos de deterioro o un declive espectacular como se espera de alguien que ya es viejo. Parece claro por tanto, que nuestro medio sociocultural no favorece la aceptación de  esta nueva vejez que está constituyéndose, una vejez en la cual es posible encontrar las mismas o distintas motivaciones de actuación y de sentimientos como en cualquiera de los otros estadios de la vida. Es justamente en esta etapa de la vejez cuando por primera vez la persona se libera de muchas ataduras, bien de tipo profesional o familiar y cuando posee mucho tiempo para dedicarse a uno mismo, a sus aficiones y a sus seres queridos.

Nos encontramos ante una situación personal del nuevo jubilado, distinta respecto al de generaciones de jubilados anteriores; pues el nuevo jubilado se presenta en sociedad con un periodo más dilatado en expectativas de vida, con un nivel educativo y de formación superior y, por lo general, con un nivel de renta o de ahorro, dependiendo de la actividad profesional ejercida, también muy superior al de jubilados anteriores. Pero sobre todo, lo más importante, su actitud ante la nueva etapa como jubilado y las estrategias sociales y económicas que establece.

Con el aumento de la longevidad, el perfil medio de personas mayores actuales también ha cambiado respecto al pasado. Debido a los avances médicos, los mayores son hoy, no sólo un sector social cada vez más numeroso, sino también un colectivo en el que la incapacidad y la dependencia se ven relegadas a edades cada vez más avanzadas, pues la calidad de vida de las personas mayores ha mejorado, lo que trae consigo que cada vez haya más personas sanas durante más años, con más recursos económicos, más cultas, más vitales, más activas, y se espera que esta tendencia se acentúe incluso en las próximas décadas. No es extraño que cada vez sean más las personas interesadas en continuar aprendiendo, cuando son conscientes de los beneficios, en términos de tiempo libre, que conlleva pasar la última etapa de la vida fuera de las obligaciones del trabajo remunerado, con todas las condiciones para poder implicarse y disfrutar con nuevas actividades.

Son los nuevos jubilados los que establecen una clara distinción entre ellos y el resto de jubilados. La diferencia entre ellos y los demás radica en la necesidad y capacidad que tienen de seguir haciendo cosas para sentirse útiles. No se trata de seguir trabajando, sino de buscarse una serie de actividades que ayuden a que ellos se sientan realizados, o, lo que es lo mismo, que sientan que su tiempo libre es de utilidad, produzca algo. El objetivo de estas personas, una vez que se jubilan, es buscarse actividades nuevas donde tener asignado un rol para que la sociedad se dé cuenta que los mayores tienen cabida en la sociedad, que no son excluidos sociales ni personas dependientes.

La libertad que da la jubilación es otro aspecto destacado en el discurso de las personas que componen este colectivo, y es fundamental en la distinción entre el viejo y el nuevo jubilado. Antes, la jubilación era la ruptura con el trabajo, la ausencia del hombre de la esfera pública, lo que podía producir desestructuración en la vida de los mayores debido a los roles secundarios que les asignaba la sociedad. Esa libertad que, aparentemente, da la jubilación no era aprovechada por los mayores. Sin embargo, hoy, la libertad sí es aprovechada, ya que la jubilación no supone la salida de la esfera pública, sino todo lo contrario, se permanece en ella, aunque en otro espacio. Esto es así porque los mayores son diferentes, ahora están más preparados para esta situación, tienen recursos económicos, psicológicos y sociales para enfrentarse al proceso de jubilación, y encontrar nuevos roles y espacios sociales en un corto período de tiempo.

Es cierto que el cambio se ha producido en la percepción que tienen los jubilados de sí mismos, aunque este cambio también viene protagonizado por la sociedad, donde cada vez más, aumenta el número de personas que abandonan los estereotipos forjados acerca de la jubilación y de la actividad que desarrollan o pueden desarrollar los jubilados. Los jubilados actuales se distinguen de los jubilados de generaciones anteriores, por desarrollar un abanico de actividades sociales y personales que les proporciona autoestima y que combate la percepción negativa que la sociedad pudiera expresar de forma convencional.

Efectivamente, tras la jubilación se abre una nueva fase dentro del ciclo vital para la que no siempre estamos adecuadamente  preparados, pues la vejez es la edad de la vida en la que existe más variabilidad tanto del estado de salud como del estado psíquico, o de las relaciones sociales. La variabilidad en el estado de salud influye en cómo se vive la jubilación, porque puede, por una parte adelantar o retrasar el retiro laboral y, por otra, favorecer o limitar la realización de actividades y la cantidad de contactos sociales tras la jubilación. Así se han identificado como las variables sociales que más influyen en la jubilación, el apoyo social, percibido por parte de las personas relevantes (familia, amigos, compañeros, etc.), que conlleva una mejor adaptación a la jubilación. El estado civil que condiciona de forma significativa la vivencia de la jubilación y el nivel educativo y los ingresos económicos que se consideran también factores sociodemográficos importantes en el ajuste a la jubilación. Por lo general, cuanto más alto es el nivel educativo, mejor suele ser la adaptación a la jubilación ya que suele planificarse antes y mejor el paso a esta nueva situación. Ingresos inadecuados y problemas financieros se asocian con insatisfacción y mal ajuste; por el contrario, disponer de recursos económicos adecuados, junto con un apoyo social importante, un buen estado de salud, etc., predisponen a afrontar este proceso vital de modo satisfactorio. Muy unido al nivel de ingresos está la categoría y los factores laborales de la persona jubilada. La pérdida del rol de trabajador es más problemática para aquellos jubilados que estaban en puestos de poco prestigio, que para los que ocupaban puestos de reconocimiento personal y profesional. Estos últimos, una vez jubilados mantienen mayor contacto con grupos profesionales, se implican más en trabajos a tiempo parcial, etc., lo que hace aumentar sus niveles de satisfacción vital.

Hoy día se puede afirmar que las personas mayores manifiestan una actitud que ambiciona hacer de la vejez una senda de autosuperación personal y ascensión civil. El objetivo no es otro que dotar de significado y función social a esa nueva etapa ganada a la vida y restablecer el equilibrio entre aquel anciano sabio de antaño, y el viejo como un referente negativo del presente, hasta lograr ciudadanos visibles, con rol y estrategias de autoestima.

Es cierto que también se observa entre las personas mayores miedo y temor hacia la enfermedad y la dependencia, pero también vitalidad, optimismo, dignidad y ganas de vivir con intensidad hasta el último segundo. Los viejos de hoy han comenzado a hacer historia de la longevidad en masa, de ser una mayoría de población, creando escuela al viajar, estudiar, participar en redes de solidaridad y consumir.

Los mayores de hoy tienen mejor salud, mejor educación, más poder adquisitivo (sin que deje de haber un 30% de ancianos españoles en el umbral de la pobreza), y forman parte de las estrategias empresariales que buscan alcanzar mayores cuotas de mercado. Tienen la hipoteca pagada, los hijos fuera de casa y son muchos, cada vez más. Se han jubilado y disponen de toneladas de tiempo libre. Por eso se han convertido en unos nuevos reyes del consumo, y por eso las multinacionales se han arremangado para inventar productos y servicios dedicados a un sector de la población que habían olvidado.

Para los mayores, para los senior, el colectivo formado por quienes tienen más de cincuenta y cinco años (esa categoría de edad a la que nadie parece querer apuntarse), está el mercado. Un mercado que se preocupa y se ocupa de la demanda solvente de un colectivo que promete ser extraordinariamente rentable, sobre todo en el futuro, cuando se jubilen las próximas promociones más escolarizadas, sobreeducadas e hipertituladas.

Productos cosméticos, de alimentación y de ocio dirigidos al público mayor han proliferado, como en su día lo hicieron los pensados para el público joven (más de cuarenta mil mayores de edad acuden a universidades, y en Internet proliferan los portales y otras páginas web dedicadas a jubilados), y los servicios, básicamente el gasto en pequeñas compras y el turismo, son los productos favorecidos por este segmento del mercado, dotado de tiempo libre, buena salud y poder adquisitivo. Las empresas están tomando nota del fenómeno y hoy, un tercio de las ventas de la distribución de gran consumo se concentra en mayores de sesenta y cinco años según los paneles de consumo que manejan las multinacionales. En España, el programa de termalismo rescató un sector entero. Sabemos que los jubilados de hoy viajan en avión o en su propio coche y visitan países lejanos, consumen cada vez más, y constituyen un grupo que lleva años escalando puestos de importancia en los estudios de mercado.

En la actualidad, las personas mayores tienen muchas posibilidades de disfrutar de un ocio significativo y altruista, un paso más allá de aquella cultura del ocio planificado y promovido por instituciones y administraciones, que situado en el campo del ocio recreativo daba satisfacción al anhelo de vacaciones y descanso. A pesar de que la sociedad ejerce sobre los jubilados el nuevo mandato de disfrutar del tiempo libre que les quede de vida, las personas mayores encuentran la felicidad y el gozo en sus relaciones con los demás, en sentirse útiles y en servir a la sociedad.

Los mayores contribuyen activamente al sostenimiento de la sociedad. La rápida transformación de la familia española y su segmentación, con la incorporación de la mujer al mercado laboral en condiciones de igualdad, ha hecho de los viejos figuras imprescindibles en los hogares con el fin de que sus descendientes puedan conciliar el trabajo y los hijos. Abuelas y abuelos han adquirido un lugar fundamental en la crianza y socialización de los nietos al representar papeles de padres, amigos, maestros y acompañantes desde su más tierna edad hasta el final de sus días.

Pero también han adquirido conciencia cívica y se mueven mucho, realizan actividades en ONGs y se asocian para defender derechos o buscar soluciones. Los mayores de hoy no sólo orientan su actividad ociosa hacia planes formativos en proyectos universitarios, sino también hacia actividades de participación social de carácter altruista, que les proporciona un sentido de identidad y un sentimiento de utilidad social. La contribución activa y productiva de los mayores, se da tanto en trabajos remunerados como sin remunerar (el hogar, el cuidado de niños o de otros mayores), así como en labores de voluntariado (en colegios, comunidades, organizaciones públicas, museos y empresas privadas). De este modo les hemos reconocido en la familia como consejeros, recaderos, limpiadores, cuidadores; en los colegios participan en proyectos intergeneracionales; son activos en programas de acogida familiar, en asociaciones diversas y hasta asesoran empresas. Estas actividades mantienen y aumentan sus contactos sociales y su bienestar mental, a la vez que hacen que se sientan reconfortados por su contribución a la sociedad.

Las personas mayores han ido, lentamente, incorporándose a las modernas formas de consumos culturales extradomésticos: cine, teatro, lectura, visitas a exposiciones, participación en fiestas populares, actividad en ONGs, etc. todo lo cual ha estado acompañado de una notable mejora en los procesos de autocuidado y presentación pública de éstas/os, avalado por la flexibilidad de los mercados que han incorporado, de forma muy rentable, la oferta de productos y servicios para este amplio colectivo.

Para dar mayor énfasis a estos cambios y estas profundas transformaciones, sólo habrá que tener en cuenta el amplio y masivo volumen de personas mayores que demandan actualmente acceso a las nuevas tecnologías de la comunicación (Internet) sin perder de vista la importancia de la red de sujetos vinculados a los sistemas de teleasistencia y el amplio segmento de mayores que disponen de telefonía móvil y tarjeta de crédito.

Para quienes se han quedado solos, bien por soltería o viudedad, han surgido los programas intergeneracionales de vivienda compartida, que constituyen una experiencia muy positiva y enriquecedora para las dos generaciones. En estos programas, la persona mayor presta su casa a la más joven y a cambio recibe compañía y atención si lo necesita. El joven, por su parte, sabe que no se trata de una pensión sino de un hogar en toda su extensión. Aunque existen programas similares pero con denominaciones y matices diferentes, uno de los objetivos fundamentales que persiguen es, combatir la falsa idea de que la vejez es una etapa inactiva e improductiva de la vida y, a la vez, sensibilizar a los jóvenes respecto de la realidad de los mayores fomentando el crecimiento de la conciencia solidaria.

Todo esto no significa que las distintas generaciones de mayores hayan cambiado de hábitos, sino que dependiendo del capital cultural, la desigualdad de género en las actividades productivas, las condiciones de salud, la situación familiar o los estereotipos sociales; en definitiva de la experiencia vital, podamos encontrar grupos de personas mayores que ocupan su tiempo libre en los espacios sociales tradicionales promovidos por instituciones públicas y privadas. Pero si bien los modelos asistenciales y dinamizadores son necesarios para atender a las necesidades de las personas mayores, también se ha avanzado con modelos participativos que vinculan a instituciones, empresas y centros educativos en la aceptación social de la vejez. Este es el modo de dar valor a las personas mayores, aprovechando su conocimiento y experiencia, no para dirigir las entidades, pero sí para sacar el beneficio de su opinión.

Modelos asistenciales y modelos participativos desarrollan actividades en el contexto extradoméstico; es decir, en un contexto de carácter social y público, fuera del espacio privado y familiar, con amigos, conocidos o personas con las que pueden coincidir en ocasiones. De este modo, las actividades sociales les permiten alejarse del ámbito doméstico y familiar, donde en ocasiones han sido invisibilizados, explotados o agredidos. Ocupan el mundo social externo de una forma más asidua y variada con actividades de ocio, participativas e incluso formativas, si bien es cierto que existe una sustancial continuidad en el tipo de actividades que se realizan antes y después de la jubilación, de tal modo que más de dos tercios de las personas que se jubilan no inician actividades nuevas (culturales, artísticas, sociales, etc.) que no hubieran realizado antes.

Poca atención se presta al patrimonio de conocimientos, experiencia, habilidades y sabiduría que tienen las personas de edad para educar y formar a las jóvenes generaciones. Esa falta de atención equivale a la falta de apoyo en la adopción de políticas públicas para fomentar y favorecer la plena participación de las personas de edad en la sociedad. En este sentido, la organización y gestión de las instituciones deberán orientar sus recursos humanos hacia prácticas profesionales que faciliten y garanticen a las personas  mayores el acceso a los derechos de los cuales son titulares.

Un aspecto que dificulta la aplicación de diferentes programas para personas de edad es la relación predominantemente tutelar a la que muchos mayores están sometidos, sin apenas capacidad de iniciativa y de decisión. Esta sensación de falta de control y auto-determinación en sus vidas produce consecuencias enormemente negativas sobre la salud. Son varios los autores que han mostrado que aumentar la sensación de control incrementa sustancialmente el bienestar personal y la salud, influyendo positivamente incluso en el sistema inmunológico. Se ha visto que todo lo que sea proporcionar iniciativa, responsabilidad y capacidad de decisión fomenta el bienestar y la salud del anciano. Algunas experiencias realizadas en residencias de personas mayores han mostrado estas pautas.

El trabajo voluntario de las personas de edad es un modo singular y particularmente valioso de “envejecimiento activo”, puesto que su contribución es fruto de toda una vida de experiencia, sabiduría y calor humano al servicio de las demás generaciones. Al realizar el trabajo con libertad, por motivaciones exclusivamente intrínsecas y no materiales, se sienten satisfechos, útiles y adquieren tanto autoestima como reconocimiento social. El trabajo voluntario es una forma valiosa y productiva de que las personas de edad se mantengan comprometidas socialmente, utilicen sus conocimientos, conserven y desarrollen el sentimiento de servir para algo, de tener un valor innato, de respeto por sí mismos. Este compromiso y autovaloración provoca naturalmente más independencia, salud y bienestar para las personas de edad.

Mucho de lo que podemos hacer para asegurarnos una jubilación feliz implica adquirir madurez emocional, tomarse un tiempo para encontrar actividades que nos estimulen y nos hagan más tolerantes, profundos y complejos, y actividades en las que participen otros, y en las que en muchos casos, el único beneficio obvio sea para los demás.

BIBLIOGRAFÍA:

– GIRÓ, J. (coord.) (2004): Envejecimiento y Sociedad: una perspectiva pluridisciplinar. Logroño: Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones.

– GIRÓ, J. (coord.) (2005): Envejecimiento, salud y dependencia. Logroño: Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones.

– GIRÓ, J. (coord.) (2006): Envejecimiento activo. Envejecimiento en positivo. Logroño: Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones.

– GIRÓ, J. (coord.) (2007): Envejecimiento, autonomía y seguridad. Logroño: Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones.

– GIRÓ, J. (coord.) (2009): Envejecimiento, tiempo libre y gestión del ocio. Logroño: Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones.

– GIRÓ, J. (coord.) (2010): Envejecimiento, conocimiento y experiencia. Logroño: Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones.

Anuncios

Read Full Post »

Este es el tercer libro de Gerontología que publicó la UR en 2006. Ha sido un libro de éxito pues se ha vendido a primeros de este año toda la edición y he autorizado para que se pueda descargar todo el sumario desde Dialnet: http://dialnet.es/servlet/libro?codigo=343628

Cuando a finales del mes de mayo de 2005 decidimos celebrar un nuevo curso de Gerontología Social entre los profesores de la hoy extinta Unidad Predepartamental de Ciencias Sociales del Trabajo de la Universidad de La Rioja, en colaboración con profesores de la escuela Universitaria de Enfermería de La Rioja, pensamos que entre las necesidades de carácter teórico que debíamos abordar, se encontraban aquellas que dieran respuestas válidas a la pregunta de cómo preparar y prepararnos para la jubilación.

Gracias al apoyo financiero de la Universidad de La Rioja en su convocatoria de ayudas para la realización de actividades de extensión universitaria, se pudo invitar a especialistas y profesionales de otras áreas disciplinares con los que ofrecer una visión interprofesional sobre la jubilación y la preparación para la vejez, señalando de modo particular los aspectos positivos de la misma, teniendo en cuenta las dimensiones socioculturales, psicológicas, económicas y medioambientales en que se inscribe el proceso de envejecimiento en España.

Debía ser una visión sobre los recursos internos y externos con que cuentan las personas mayores para enfrentar su vida de forma plena. Los cuidados físicos, los recursos sociosanitarios, el desarrollo de actitudes positivas hacia sí mismos y hacia su entorno, los posibles cambios sociales orientados a mejorar la calidad de vida de los mayores en nuestra sociedad, etc. Por añadidura llevamos a cabo una serie de talleres prácticos mediante los cuáles abordamos estrategias metodológicas que permitieran la adquisición de habilidades necesarias para un envejecimiento activo.

De este modo, y a lo largo de este libro, hemos tratado de ofertar diversas y complementarias visiones teórico-prácticas acerca de lo que entendemos como un envejecimiento activo o un envejecimiento en positivo. El envejecimiento activo debe considerarse un objetivo primordial tanto de la sociedad como de los responsables políticos (Giró), intentando mejorar la autonomía, la salud y la productividad de los mayores mediante políticas activas que proporcionen su apoyo en las áreas de sanidad, economía, trabajo, educación, justicia, vivienda, transporte, respaldando su participación en el proceso político y en otros aspectos de la vida comunitaria. De este modo, cuando la salud, el mercado de trabajo, el empleo y las políticas educativas y sanitarias apoyen el envejecimiento activo, posiblemente habrá menos muertes prematuras en las etapas más productivas de la vida. Menos discapacidades relacionadas con enfermedades crónicas en la ancianidad. Más personas que disfruten de una calidad de vida positiva a medida que vayan envejeciendo.

Precisamente un componente de la calidad de vida, aunque para algunos la esencia de la misma, es la educación (Bermejo). Bajo la premisa de que las personas podemos mejorar constantemente, que podemos aprender continuamente, la educación se convierte en una realidad para todas las personas. El concepto de educarse en la vejez busca dar a todas las personas, independiente de su edad, una oportunidad formativa que le permita optimizar sus capacidades, favorecedoras éstas de su desarrollo individual y social.

Ahora bien, cuando hablamos de vejez, partimos de un situación desigual en función del género (Pérez), no sólo por las expectativas de vida, que son mayores entre las mujeres que entre los hombres, si no por cuestiones como el trabajo y las actividades domésticas, las relaciones familiares o de amistad, el cuidado de las personas dependientes, etc. El motivo es que las identidades de género, edificadas en edades más tempranas de la vida, no se alteran de manera notable en la vejez. Esas identidades reciben el refuerzo de normas sociales que establecen expectativas de comportamiento diferentes para unas y otros en esta etapa postrera de la vida.

Pero si el género es determinante a la hora de enfrentar socialmente el proceso de envejecimiento, no son menos los mecanismos biológicos responsables del envejecimiento, como demuestra la existencia de más de trescientas teorías a lo largo de la historia. Un modo de aproximarnos a este conjunto de teorías sobre el fenómeno del envejecimiento es clasificarlas en dos grandes grupos: deterministas y ambientales (Hernando). Las primeras englobarían aquellos fenómenos que se describen mediante un número determinado de variables concretas y conocidas, que se desarrollan  de la misma manera en cada reproducción del fenómeno estudiado. Son innatas, están programadas en el genoma del individuo. Las segundas se fundamentan en la acumulación casual de sucesos nocivos, debido a la exposición de factores exógenos adversos y, por otra parte, fenómenos que implican una serie de variables aleatorias que hacen que este fenómeno sea producto del azar y se tenga que recurrir a cálculos de probabilidades para ser estudiado.

El cambio de concepción sobre el envejecimiento se produce de una forma muy rápida en la sociedad actual, pues se van abandonando patrones culturales idealistas, previos a la sociedad del bienestar, formados a lo largo de la historia en torno a principios inmutables, sociales, familiares, religiosos, etc. La construcción del pensamiento positivo en oposición al heredado de carácter negativo (Martínez) es una respuesta clásica, producto de la civilización y de la afirmación del individuo en el mundo, libre de complejos y de ataduras, cuyo origen está en la Ilustración, y que no es sino la negación de la falsificación permanente que la sociedad impone cada día a través de sus más poderosas armas de anulación de la capacidad crítica del individuo y de su entorno social. Por eso, Martínez parte de conceptos como necesariedad, vida vivida, obligatoriedad (pensar de otra manera), elección (no una, sino varias alternativas), etc., para construir el pensamiento positivo.

El pensamiento positivo es una herramienta valiosa para afrontar la vida, incrementar el deseo de ser activo, actuar con entusiasmo y aumentar el grado de optimismo de cara a realizar el objetivo fundamental, que es conseguir y disfrutar de la felicidad. Una felicidad, que en todos los casos va a depender de nuestra manera de vivir, y de nuestra manera de relacionarnos con los demás, es decir, del tipo de relaciones sociales y personales que mantengamos a lo largo de nuestra vida.

Igualmente nos debe importar que el largo periodo temporal que va desde la jubilación hasta la muerte sea un periodo activo, de ocupación activa del tiempo. Y es que la revalorización del ocio cobra en la vejez una gran importancia; es la época de la vida en la que uno puede y debe dedicar más tiempo a sus ocupaciones favoritas y a sus hobbies. Normalmente, cuando las personas mayores logran organizar su tiempo libre con actividades que les agradan, se adaptan mejor al envejecimiento y se sienten más seguras de sí mismas; perciben la vida como un todo, con calidad, aceptando sus propias modificaciones a lo largo de ella (Morales y Bravo). Con estos objetivos trabajan los terapeutas ocupacionales, pues entienden que la ocupación es fundamental para la adaptación humana y, por tanto, su ausencia o interrupción (independientemente de cualquier otro problema médico o social) es una amenaza para dicha adaptación. Por otro lado, cuando la enfermedad, el trauma o las condiciones sociales han afectado a la salud biológica o psicológica de una persona, la ocupación es un medio efectivo para reorganizar el comportamiento.

Del mismo talante se muestra la musicoterapia, que entendida como la utilización de música y sonidos con fines terapéuticos, contempla y favorece el desarrollo integral de la persona, y se encamina hacia la salud en términos de un completo equilibrio o bienestar: físico, mental, social e incluso espiritual (Camacho). La musicoterapia actúa sobre las personas mayores mejorando su estado físico y psíquico, ejercitando su memoria a corto y largo plazo, combatiendo problemas emocionales, ofreciéndoles una alternativa de recreo y distracción, motivándoles a vivir y compartir sus experiencias con otras personas, preservando su contacto con la realidad, y ayudándoles a prevenir un buen número de trastornos.

Con el objetivo de favorecer la disposición de los sujetos ante la escucha de la música, ayudarlos a escuchar y así facilitar que aprendan, el educador debe utilizar todas las formas posibles de comunicación (lenguajes) que sea capaz de establecer. Puede servir tanto el lenguaje verbal como el no verbal (corporal y plástico) con diferentes variantes: el gesto, la mímica, el movimiento corporal, las indicaciones realizadas con distintos objetos sonoros, con distintos sonidos cantados, el lenguaje plástico con la utilización de imágenes o de otras grafías no convencionales (De Moya).  Del mismo modo, el juego musical puede conseguir que las personas mayores  disfruten y obtengan alegría y satisfacción personal, pero, además, a través del juego, los mayores aplican sus experiencias, vivencias y conocimientos, ejercitando sus posibilidades motrices en diversas situaciones (cantar, moverse, tocar); potenciando su mundo afectivo y ampliando sus relaciones sociales. Todo esto contribuye a aumentar la confianza en sí mismos, en sus creaciones y elaboraciones personales, a elevar su autoestima, a aumentar su bienestar personal y a encarar esta etapa vital con espíritu alegre y positivo.

La soledad y la carencia de apoyos sociales impiden satisfacer plenamente los anhelos de felicidad y bienestar. Es preciso, por tanto, que nos impliquemos en la relación con los demás, expresando nuestros propios sentimientos, demostrando interés por la vida de quienes nos rodean, implicándonos, participando, ofreciendo y pidiendo ayuda. Precisamente una de las formas de atención personal para la prestación de cuidados es la atención domiciliaria, que se constituye como un medio idóneo para detectar las necesidades del anciano o del enfermo en todos sus aspectos, valorando el entorno y evaluando posibles deficiencias (Iruzubieta). Además, la aplicación de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en la atención social y sanitaria de la población en general, y de los ancianos en particular, ha permitido mejorar los procesos asistenciales, los procedimientos de información y comunicación, dinamizando los lentos y complejos procesos burocráticos y organizativos de los sistemas sanitarios. Los aspectos positivos han sido evidentes, con la reducción de las barreras de acceso a los servicios socio-sanitarios, con un mayor grado de autonomía para los pacientes y, en última instancia, el logro de una clara mejoría en la calidad asistencial de los ancianos, tanto en la vertiente social como en la sanitaria.

No obstante las bondades de la atención domiciliaria del paciente, tampoco se puede dejar de lado la atención en institución, sobre todo en el caso de enfermos en situación terminal. Para ellos están los Cuidados Paliativos, que comprenden la asistencia global y activa de los pacientes cuya enfermedad ya no responde a un tratamiento curativo (Astudillo, Mendicueta y Orbegozo). Sobre los factores a favor y en contra de una u otra modalidad de asistencia y cuidado de enfermos terminales hay que reflexionar, pues lo que nos tiene que importar es que cualquiera que sea el lugar donde la muerte acontezca, nuestro deber es estar preparados para ayudar a que sea apacible, sin sufrimiento y en compañía de sus seres queridos.

De este modo concluimos las diferentes aproximaciones a la cuestión de un envejecimiento activo, un envejecimiento en positivo, que nos ayude a encarar el periodo que va de la jubilación hasta el fin de nuestra existencia, con el objetivo de mejorar la calidad de vida y el disfrute de las oportunidades que sea abren para aumentar la felicidad.

ENVEJECIMIENTO3

Read Full Post »

Hace unas semanas se publicó el quinto volumen que sobre Gerontología Social vengo coordinando desde el 2004 en que apareció el primero en la Biblioteca de investigación de la UR. Este quinto volumen lleva por título “Envejecimiento, tiempo libre y gestión del ocio” y los diferentes trabajos que se presentan en él tratan de ofrecer una visión interprofesional sobre el envejecimiento, la importancia de una adecuada gestión del tiempo libre y de ocio y su relación con el bienestar emocional y físico, así como promover la utilización de estrategias y alternativas para favorecer un empleo óptimo del tiempo de ocio entre los mayores.

Sabemos por el informe de Eurostat que los mayores de sesenta y cinco años disfrutan de más tiempo libre que el conjunto de la población. También se constata que en general los hombres mayores tienen más tiempo libre que las mujeres (en España dos horas más); además, que las actividades de carácter sedentario predominan entre la población mayor.

También sabemos que tanto el concepto de ocio como el del tiempo libre, al estar relacionado con múltiples parcelas de la vida cotidiana como la educación, la familia, la vida laboral y más globalmente la calidad de vida, ha sido objeto de muchas definiciones y perspectivas de análisis, pero siempre vinculadas a un determinado contexto social.

El fenómeno del ocio y del tiempo libre ha ido adquiriendo importancia a medida que se han ido sucediendo diversas transformaciones sociales y culturales del trabajo. En los países desarrollados donde la protección social abarca diferentes sistemas de pensiones, se entiende que la “jubilación” es la divisoria entre el ciclo vital ocupado por las obligaciones y el determinado por el tiempo libre sin obligaciones laborales.

Para muchos, la jubilación viene marcada por desajustes que obligan a una reorganización del tiempo vital. En este sentido, con la lectura de las páginas de este libro nos planteamos educar para el ocio y al mismo tiempo señalar cómo mejorar las políticas públicas de centros e instituciones destinados a cubrir el tiempo libre de las personas mayores. Por todo ello, el objetivo principal de este libro es comprender el fenómeno del envejecimiento asociado al tiempo libre y la gestión del ocio.

Partimos de que la generación del baby boom se hace mayor y vieja, pero no tienen nada que ver con los viejos de hace unas pocas décadas. Llevan diferentes tipos de vida y son un grupo heterogéneo cuyo denominador común es sólo su edad y la disposición de tiempo libre. Sin lugar a dudas, los viejos de ahora se parecen cada vez menos a los de antes, porque han tenido un nivel de vida superior y tienen otra cultura, demandan más derechos, cuidan su salud y buscan una calidad de vida mejor, adoptando un estilo de vida saludable mediante una alimentación sana, que en este país se correspondería con la dieta mediterránea, el ejercicio físico y la actividad social e intelectual. (Giró)

El concepto de vejez cambia (envejecer es, en cierto sentido, algo subjetivo y está condicionado por factores socioculturales), y el mercado, las empresas y los medios de comunicación también han cambiado para atender las nuevas demandas (los viejos consumen en función de la edad que sienten, no de la que tienen). No hay más que observar la publicidad, para ver que los mensajes han sufrido una gran transformación; el nuevo mensaje publicitario se lanza en positivo mostrando a los viejos con una vida abierta, rica, apasionada y apasionante.

El comportamiento de las personas mayores frente a los medios, determina la percepción e imagen que ellos tienen de la realidad que les rodea y condiciona sus procesos de decisión (Olarte). Por ello, hoy asistimos a nuevas preocupaciones de los viejos sobre cómo gestionar su tiempo libre, cuidar su salud y hasta mejorar su formación y las relaciones sociales e intergeneracionales.

Preocupaciones, que no ocupaciones, que paradójicamente nacen con la desocupación laboral, con la denominada jubilación de la personas activa. Y es que con la jubilación, la sociedad pierde el concurso valioso de muchas personas capacitadas y aptas para el desempeño de su actividad profesional, básicamente en los campos de la docencia, la investigación y la creatividad.

Al mismo tiempo, estas personas realizan una labor silenciosa que, frecuentemente, es poco o nada reconocida socialmente, como es la dedicación de su tiempo al cuidado y atención de otras personas. En la mayoría de las ocasiones, los destinatarios de esta ayuda son miembros de las propias familias. En otras ocasiones se trata de amistades, vecinos, etc. La realidad social nos muestra que casi la mitad de las personas con edades iguales o superiores a los sesenta y cinco años realizan esta tarea. (Hernández).

La realidad social, con su inmediatez, se impone en el decurso de las cosas y las personas. Además, el tiempo de lo instantáneo genera formas de vida que se contraponen al tiempo de los mayores. Se crean nuevos binomios que distancian a las generaciones. El tiempo pausado, hogareño, cíclico de los mayores frente a lo precario, lo fragmentado, lo instantáneo de los jóvenes. Dos formas de vidas cronológicas y cronométricas que distancian y diluyen las relaciones y los encuentros interpersonales entre las generaciones.

Y es que los cambios sociales, marcados por la globalización, han creado una brecha generacional. Tenemos dos grupos aislados con un gran nivel de incomunicación. Una generación de la posguerra española que vivió gran parte de su vida en el franquismo, con valores vitales basados en el trabajo productivo del sector primario y secundario, la moral católica, y la familia tradicional extensa. Y una generación que crece con las nuevas tecnologías, la globalización, la pérdida de valores, la secularización, que concede una importancia vital al tiempo libre, y con pautas y normas inestables y tambaleantes.

Pese a ello, los mayores buscan una interrelación y una interacción con personas de otros grupos de edad con los que enriquecer su tiempo de ocio, sus conocimientos, a fin de seguir sintiéndose miembros de una sociedad plural, y no verse excluidos, marginados, o encasillados en el grupo de “los viejos”.

Precisamente ha sido la visibilización de la dependencia (principalmente la de los viejos), lo que ha obligado a las familias a realizar ajustes y adaptaciones a las nuevas situaciones de convivencia, suponiendo en muchos casos una sobrecarga de las personas cuidadores y, en otros casos, riesgos de desatención, dados los cambios en los modelos familiares, en las relaciones sociales, junto con los cambios en las condiciones y esperanza de vida de las personas mayores. Todo lo cual no sólo justifica la necesidad y la utilidad de los programas intergeneracionales, sino que los impone como fuente de integración y cohesión social. (Sabater & Raya)

Y si hablamos de sobre carga laboral entre los cuidadores informales de las personas dependientes, no podemos sino constatar que, en este país, las mujeres tienen atribuido un rol social, caracterizado por ser el eslabón que articula los servicios y prestaciones de la política social y la atención de las necesidades de cada persona que compone la unidad familiar.

La definición que otorgamos al cuidado informal es, en su nivel más general, el que se presta por parientes, amigos o vecinos a una persona dependiente. Este conjunto difuso de red social de cuidadores informales suele caracterizarse por su reducido tamaño, por existir afectividad en la relación, y por realizar el cuidado, no de manera ocasional, sino mediante un compromiso de cierta permanencia o duración. Todo lo cual, redunda en la ausencia de tiempo libre y de actividades de ocio entre las cuidadoras informales.

Por esto, es necesario buscar estrategias clave para el afrontamiento de una situación que puede tornarse estresante e insostenible, mediante fórmulas que permitan a las cuidadoras informales beneficiarse del apoyo social con el que mejorar su tiempo de dedicación ociosa, ya que el ocio actúa como elemento protector.

Se ha comprobado que uno de los recursos más efectivos para aliviar el estrés reside en el apoyo social y en la valoración subjetiva que hacemos de su disponibilidad, accesibilidad y competencia, para apoyarnos en otras personas cercanas en caso de necesitarlo. El ocio es esencialmente relación y mediante la práctica de actividades de ocio ampliamos nuestra red de apoyo social, conocemos gente, creamos lazos de amistad en los que confiamos y a los que confiar las “penas”. Se trata de un potente recurso para aliviar emocionalmente el estrés crónico que produce el cuidado de un familiar dependiente. (Miguel & Bermejo)

Son por tanto las relaciones sociales, las relaciones intergeneracionales, algunas de las modalidades para envejecer positivamente, felizmente. Hoy sabemos que la felicidad en la vejez depende más de una actitud positiva que de la salud que se tenga. El optimismo y la actitud de “hacer frente” a las cosas son más importantes para conseguir un envejecimiento exitoso, que las mediciones tradicionales de salud y bienestar. El estado físico no es sinónimo de un envejecimiento óptimo, por el contrario, una buena actitud es casi una garantía de un buen envejecimiento; y el tiempo libre y la óptima elección  para nuestro tiempo de ocio es, ante todo, una cuestión de actitud, y esto se comprueba a cualquier edad. Obviamente, en la etapa de la vejez se convierte, si cabe, en una cuestión más importante. Hablamos, por tanto, de calidad de vida y de envejecimiento saludable (Hernando).

Las relaciones sociales mejoran con la formación, la educación y la cultura. Hoy día, los viejos tiene más recursos, precisamente por el aumento de su nivel educativo y cultural, y las actividades mentales de los viejos son una ocasión privilegiada para profundizar en el conocimiento de sí mismos, situándose lúcidamente en el contexto social y cultural del mundo en que viven, e implicándose en actividades que les sirven para reconocerse sujetos útiles. Al mismo tiempo disfrutan del ejercicio de sus capacidades y habilidades, enmarcadas en experiencias de ocio creativo, voluntario y relajado.

Los principales tipos de actividad que suelen vincularse con un envejecimiento de éxito son el ejercicio físico, las actividades productivas y el ocio creativo. La intención de algunos programas que siguen este objetivo, es ofrecer metas de desarrollo en la comprensión y valoración positiva de la propia historia personal, dejando en segundo plano consideraciones de carácter paliativo o “remedial” de la situación y, promoviendo el dominio de estrategias apropiadas con las que  afrontar las normales disminuciones o pérdidas derivadas de la edad. (Bernad)

El envejecimiento de éxito y su programa de actividades es un objetivo fácilmente asumible por los viejos que gozan de cierta autonomía, pero no ocurre eso mismo entre quienes sufren de alguna dependencia, o bien entre quienes la autonomía residencial viene enmarcada en un recinto con sus propias normas de funcionamiento, pese a que en los últimos siete años se han producido cambios significativos en los servicios y recursos humanos y materiales que prestan las residencias de personas mayores.

Han sido cambios al hilo de la potenciación de las políticas de calidad aplicadas a los servicios sociales, de la presión social, y de la competencia entre los propios centros, al convertirse en un sector de interés para los inversores. La creciente legislación en esta materia de las diferentes administraciones públicas ha acompañado en este nuevo panorama que presentan las residencias para personas mayores.

En la práctica se están desarrollando una serie programas enfocados a la participación de las personas mayores desde dos ámbitos: el de la participación en las actividades de terapia ocupacional y animación sociocultural, y el de la participación por medio de un Consejo o Comisión de Participación. (Anaut)

No obstante, el fenómeno del envejecimiento en una residencia, supone cambios en el decurso de la vida de las personas mayores, y los conflictos son inevitables en las relaciones de convivencia. También, no hay que desestimar los cambios acontecidos en el seno de diversas instituciones, los cuales pueden poner en peligro las relaciones de convivencia. Por todo ello, se requieren nuevas estrategias y recursos para hacer frente a la vida cotidiana en las residencias, a través de la prevención, resolución y contención de los conflictos. Por el mero hecho de envejecer pueden aparecer situaciones de dependencia, de soledad, de aislamiento social, de falta de entendimiento con los demás. Estas situaciones requieren una transformación social y personal en el entorno de las personas mayores con el objeto de dotar de calidad los años vividos de más.

La mediación en el ámbito de las personas mayores, que ha demostrado ser una estrategia útil en la prevención y en la resolución de conflictos, debe responder a un cambio de paradigma donde la sociedad asuma la necesidad de resolver los conflictos a través de vías pacíficas, tratando de evitar la judicialización de la vida cotidiana. Los programas de mediación  permiten tratar los problemas de comunicación, de falta de entendimiento, de percepción de la realidad social de los centros y de la comunidad, para llegar a la transformación de las relaciones de convivencia. (Armadans)

En ese viaje vital que es la vejez y el envejecimiento, no debemos olvidar un aspecto que, en muchas ocasiones, se presenta fuertemente interrelacionado con el ocio: la creatividad. Todas las personas mayores son capaces de encontrar soluciones más o menos ingeniosas, originales, diferentes o inesperadas a los retos que plantea la vida en su cotidianidad. La resolución de problemas, la variedad en la manera de enfrentarse a cualquier actividad o trabajo, la búsqueda de nuevos retos, de nuevas amistades, la adaptación a nuevas situaciones, o la expresión de uno mismo como ser, son actividades que las personas mayores han de realizar con asiduidad durante su proceso de envejecimiento y que forman parte del ámbito de la creatividad.

Cuando se aúnan creatividad y ocio, las oportunidades de crecimiento personal y vivencia saludable crecen exponencialmente. Esto es debido a que el ambiente se transforma en un ámbito de auténtica libertad para hacer y expresar, y esa libertad es aprovechada para enfocar gustos, habilidades y capacidades. Todo ello incrementa la motivación intrínseca y acaba dotando de sentido a la actividad que se está realizando. A medida que el proceso va avanzando, se retroalimenta y acaba por instituir un sentimiento de autoestima tan arraigado, que el resultado es una experiencia óptima de ocio  en la que el individuo se siente autorrealizado. La música es, entonces, una manifestación vital del ser humano, y se nos presenta como “una metáfora de vida”, de su temporalidad, de su creatividad, de su mismidad, de su trascendencia, de sus sentimientos y valores. (Lorenzo)

Quienes no recurren a estrategias creativas son aquellos que viven en la “polifarmacia”. Son los consumidores abusivos de fármacos como medio de sublimación de cuanto venimos denominando envejecimiento de éxito, envejecimiento en positivo, pese a que medicamentos y hábitos de vida  no son antagónicos, sino  elementos complementarios para la salud. No obstante, en las sociedades desarrolladas, el equilibrio necesario se desajusta por el lado del consumo desaforado de medicamentos; por su alcance económico, y por enmarcarse en un acto médico, que no lo es sino son dispensados por un facultativo. Además, su utilización exige poco esfuerzo, frente a una infrautilización de recursos basados en los hábitos de vida saludables que requieren del esfuerzo individual, y  que en nuestro país se enfrentan además a la costumbre de celebrarlo todo  con pan y vino.

Los efectos adversos derivados de una mala utilización de los fármacos y la utilidad incuestionable de la modificación de los hábitos de vida en enfermedades tan prevalentes como las enfermedades llamadas cerebrovasculares y que afectan fundamentalmente al cerebro y al corazón, es la importante contribución de la Iatrogenia. En términos generales, Iatrogenia se refiere a cualquier reacción adversa dependiente de la aplicación de un tratamiento, farmacológico o de otro tipo.  Entre  las reacciones adversas determinadas por fármacos, existen reacciones que dependen de la  propia naturaleza  del individuo, poco frecuentes e imprevisibles y que no podemos  controlar, como pueden ser las reacciones alérgicas; sin embargo, hay otras previsibles que dependen de una  mala utilización de los medicamentos y es a lo que nos referimos, cuando hablamos de enfermedades iatrógenas (Astiazarán).

El conjunto de propuestas que se exhiben en este libro sobre envejecimiento, tiempo libre y gestión del ocio, son propuestas que persiguen incorporar a las personas mayores a otra dinámica social; una dinámica en la que los viejos sean cada vez más protagonistas de un envejecimiento de éxito, y en el que la sociedad saque provecho de su incorporación activa y positiva.

Envejecimiento5

Read Full Post »

No puedo sino recordar aquellos años de estudiante alejado de las aulas. Unos años que estuvieron marcados por una gratificante vida social, pese a el supuesto aislamiento que la montaña suponía para el común de los habitantes de aquella región, y que a modo de un gran laboratorio donde llevar a cabo el trabajo de campo necesario en toda investigación, me permitió elaborar la urdimbre sobre la que construiría mi propia biografía como investigador.

Hubo pues una época, una corta época, en que en este país casi todo el mundo tenía alguna opinión más o menos elaborada sobre el acontecer político, las posibilidades de transformación social, la justicia o injusticia de las desigualdades sociales, etc.  Evidentemente me pareció que la claridad de lo que estaba pasando a mi alrededor sólo se podía obtener desde la Sociología, porque era la ciencia sociológica la que disponía como su principal objeto la realidad social, la vida social, y como instrumento para aprehenderla, para interpretarla, el método científico.

De siempre me ha preocupado el método, quizás porque entre mis primeras lecturas de Durkheim [1], Bourdieu[2], Harris[3], el método ocupa una parte sustancial, pero también porque un principio metodológico que indica Malinowski[4] y señala con igual acierto Juan Maestre Alfonso[5], me marcó a fuego en estos primeros años de actividad como sociólogo en formación: “Lo más importante de todo, no vivir con otros blancos, sino entre indígenas”; es decir, siguiendo la técnica de la observación participante, se trataba de introducirse en la comunidad objeto de investigación y, a base de integrarse como un miembro más de esa sociedad, poder obtener los datos deseados conociendo el punto de vista del otro. Todo ello implicaba la doble necesidad, como indica el nombre de esta técnica, de participar (en la vida comunitaria se entiende) y observar todo lo que se produce a su alrededor.

Este principio de vivir con los otros, o ser con los otros, los “indígenas”, justificó mi residencia en lo que he antedicho como el culo del mundo. De este modo la opción vital compaginaba mi decisión de ser un buen sociólogo (investigador), con la de sobrevivir en un medio que no era el mío (ganadero). Ahora bien, la investigación como sociólogo nunca me ha proporcionado unos medios económicos suficientes para sobrevivir en la montaña, sino para seguir formándome en esto de la investigación, por ello, en 1982 abandoné con amargura el medio rural, lo que fuera paraíso vital aunque ajeno a la realidad de un país en cambio.

De este periodo formativo tan sólo he conservado algunas colaboraciones en el semanario Cicerone Riojano (1978-79) para la divulgación de la artesanía y la cultura tradicional, y el artículo publicado en la revista de artes y costumbres populares de la Universidad Autónoma de Madrid (Narria nº10), en 1978: “La elaboración del queso de cabra en el Camero Viejo”, que curiosamente tuve que consultar unos años después cuando dispuse efectivamente de cabras y leche con la que elaborar los quesos más afamados de mi corta experiencia ganadera.

narria1


[1] Durkheim, E. (1972): Las reglas del método sociológico. Madrid: Morata

[2] Bourdieu, P. (1976): El oficio de sociólogo. Madrid: Siglo XXI

[3] Harris, M. (1978): El desarrollo de la teoría antropológica. Madrid: Siglo XXI

[4] Malinowski, B. (1973): Los argonautas del Pacífico Occidental. Barcelona: Península

[5] Maestre Alfonso, J. (1976): La investigación en Antropología Social. Madrid: Akal

Read Full Post »

Por aquella época (1972) de institucionalización universitaria de la Sociología con la dotación de cátedras y creación de una nueva Facultad, con Luis González Seara como primer Decano tras la división de la macro Facultad de Ciencias Económicas y Políticas, me encontraba, creo que al igual que muchos de mis compañeros, con la necesidad de definir qué es ser sociólogo y para qué servía la sociología. La primera pregunta tardé muchos años en resolverla, incluso no sé aún si la he resuelto acertadamente. Sobre la segunda me vi impelido a improvisar, dada la preocupación que familiares y amigos manifestaron ante la extrañeza que tales estudios les procuraba. Como mi experiencia era nula, la mejor respuesta que se me ocurría era más de carácter ético social que de carácter empírico, que es por lo que suspiraba mi madre extrañada como estaba de que no hubiera conocido nunca un profesional de las características que yo le mostraba.

Con el paso del tiempo fui acotando las actividades pragmáticas del sociólogo, gracias a la existencia de informes sociales (Informes FOESSA), encuestas sociales y de mercado, en conjunción con mis preocupaciones de carácter político social, dando por fin cumplida respuesta a cuantos me inquirían por el valor práctico de la sociología que no era otro que el de diagnosticar la realidad social (dictadura y estado autoritario) y proponer soluciones alternativas a problemas manifiestos.

Este afán político-social de carácter trascendente me llevaría, no sé si en compañía de muchos, a una grave decisión que modificaría vitalmente mi proyección universitaria, pues tras un año en blanco debido a una huelga general y al grito de la verdadera universidad está en la calle, decidí marchar de Madrid y retornar sobre mis raíces de las que desconocía todo; es decir, volver a La Rioja, de la que salí para hacer el bachillerato cuando tenía catorce años y a la que no había prestado más atención que la sugerida durante la infancia donde la vida no conoce mas límites que los familiares.

Así que en el terreno de la Sociología me planteaba dejar la carrera universitaria en beneficio de lo que presentía que era la verdadera formación e información vital, aquella que proporciona el pueblo en proceso de transformación y cambio. Porque es bien cierto que se avecinaban vientos de cambio como así sucedió al poco de instalarme en lo que alguien definió como el culo del mundo, un pequeño pueblo ganadero de la sierra riojana de apenas veintidós residentes.

A veces las circunstancias que rodean las líneas del destino son extrañamente contrarias a los proyectos vitales que las personas se marcan con el fin de restar incertidumbre a sus vidas, y eso es lo que aparentemente me sucedió en aquellos años de la transición; porque si bien retorné a la disciplina de la carrera universitaria, eso sí bajo la figura de matrícula libre (lo cual siempre agradeceré porque de algún modo me obligó a leer más de lo que hubiera leído en caso de matrícula oficial y asistente a las clases de la facultad), también es verdad que seguí unos derroteros que me llevarían finalmente a abrazar la profesión de sociólogo en toda su amplitud.

Read Full Post »

La verdad es que me encuentro un poco vago para escribir en este blog sobre Sociología, porque me paso los días escribiendo (unas veces para mis alumnos y otras veces para los colegas, y también rellenando todo lo que me pide la burocracia y que necesita para su supervivencia). En fin, que no necesito justificarme sobre el porqué de mi escaso entusiasmo hacia escribir en este blog. Aun así, he pensado obligarme a escribir algo sobre mi trayectoria profesional y de ese modo dar algo más de continuidad a los avatares y el ejercicio de la Sociología en una ciudad de provincias como es la capital de La Rioja, Logroño.

Primero quisiera explicar por qué elegí estudiar Sociología. En este periodo de reformas educativas en que se ha vuelto a hablar de reválidas, yo tuve francamente la opción de cursar las dos últimas correspondientes al curso cuarto y sexto de bachillerato, para finalmente realizar el entonces experimental curso de orientación universitaria (COU) en un colegio menor madrileño. En la preparación de la reválida de sexto de bachillerato conté con la inestimable formación de un joven profesor, historiador y filósofo a la sazón, que me enseñó los rudimentos de la investigación, indicándome la conveniencia de visitar la antigua sede de la Biblioteca Nacional. De este hombre conservo su amable dirección en los asuntos de la vida y también algo que sirvió a mis inclinaciones sociológicas, como fueron sus enseñanzas sobre organización de la información en fichas temáticas y bibliográficas. Aun conservo cientos de fichas que con dieciséis años comencé a recopilar.

En aquél curso de orientación universitaria (1971/72) tuve la suerte de conocer a otro profesor que me tomaría bajo sus auspicios y me llevaría a amar las ciencias sociales (donde logré las calificaciones más brillantes de todo el bachillerato), pero también a resolver las llamadas asignaturas de ciencias (matemáticas y química) las cuales libraba con esfuerzo. Asimismo el psicólogo orientador manifestó en su informe al tribunal de la Universidad Complutense que las carreras más afines a mi personalidad eran las de Filosofía y Ciencias Políticas.

Con estas mimbres no me fue nada difícil acceder a la que fue primera promoción de licenciados en Sociología de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense, donde precisamente el pasado 2002, el profesor Octavio Uña en colaboración con el Colegio Nacional de Doctores y Licenciados, lograría reunir un gran número de sociólogos a fin de celebrar las bodas de plata de aquella primera promoción. Puede resultar anecdótico pero, al margen de encontrar que la mayor parte de mis antiguos compañeros además de desconocidos habían envejecido tanto como mis antiguos profesores, en ese intentar averiguar quién era quién y de qué modo se podían resumir veinticinco años de ausencia, la pregunta que todo el mundo me hizo es si había vivido de la sociología en esos años. Casi me sentí avergonzado de confesar que sí había vivido de la sociología durante todos esos años, ya que no era necesario precisar en qué condiciones había vivido y si la sociología en provincias daba para vivir bien o precariamente, algo que ahora mismo está por demás en esta breve exposición sobre mi trayectoria profesional. Lo que sí quiero atestiguar es que muy pocos compañeros, salvo aquellos que desde el principio tomaron el rumbo de la docencia, habían optado por ejercer de sociólogos, bien porque en sus biografías laborales se habían cruzado otras oportunidades, bien porque el ejercicio de la sociología en aquella época fue un acto de fe más que una alternativa posible[1].


[1] Algo parecido ocurrió cuando en 1992 fui elegido Presidente de la Delegación Territorial de La Rioja del Colegio de Doctores y Licenciados, y traté de organizar grupos de trabajo. Entonces surgió la dificultad, expresada por la mayoría de los aproximadamente 40 colegiados, que no habían tenido en su trayectoria profesional experiencias investigadoras o que permitieran la divulgación de investigaciones sociológicas. Podíamos sentenciar que la carrera les había abierto otras puertas que las explícitamente sociológicas.

Read Full Post »