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En el pasado, la transición entre la dependencia entendida como la infancia, y la madurez entendida como la llegada a la adultez, se producía mediante ritos de paso construidos y valorados socialmente. Por medio de estos dos periodos se coló la juventud o periodo de transición entre los dos estados, donde no se era ni lo uno ni lo otro, y donde no se percibía la persona ni como dependiente ni como independiente. Era más bien un estado liminal. Un periodo que fue creciendo (dilatándose en el tiempo) al albur del desarrollo socioeconómico y que poco a poco adquirió gran importancia en la sociedad de consumo al constituirse en un periodo mítico dentro del desarrollo humano. Precisamente este estiramiento de los límites temporales de la juventud hasta edades que antes fueron consideradas propias del periodo de adultez o de madurez, ha dado paso a la creación y desarrollo de un nuevo periodo en el desarrollo humano que sirve de transición entre la infancia y la juventud y que hemos denominado adolescencia.

La adolescencia vista en términos de marcadores temporales da la impresión de ser un periodo muy amplio, pese a que se ha convertido en un periodo relativamente corto de transición a la juventud y no a la vida adulta, pues es la juventud un periodo que se ha dilatado demasiado, de modo que sus límites por arriba no se conocen y se encuentran como la adolescencia poco definidos y sujetos al albur de los cambios sociales. Por todo ello, la adolescencia es un periodo que no tiene unos límites o marcadores temporales precisos y se mueve en la inexacta e incierta cronología que abarca desde la niñez hasta la juventud, es decir desde los once y doce años, hasta los diecinueve y veinte. Tal número de edades comprendidas en dicho intervalo puede resultar una manera muy arbitraria de clasificar a las personas, incluso puede parecer excesivo discriminar este intervalo de edades en tres periodos relativos a la adolescencia, pero así podemos entender mejor el proceso de construcción de la identidad adolescente.

Así, consideramos un primer periodo, que se mueve entre los doce y catorce años, de iniciación en la adolescencia; un segundo periodo que abarcaría a los adolescentes de entre quince y diecisiete años o adolescencia de transición, y, finalmente, el periodo que transcurre entre los dieciocho y los veinte años, que correspondería a la adolescencia tardía que da paso a la juventud.

Si atendemos a esta tipología de adolescencia según marcadores temporales por edades, el adolescente en el periodo de iniciación busca sacudirse los elementos de protección familiar que hasta ese momento disfrutaba, pero que en el momento de construir su identidad suponen una rémora insoportable para sus demandas de independencia. Las normas familiares de convivencia son un conjunto de ataduras a sus ansias de libertad. Libertad para encontrarse con sus pares, con sus amigos y su cuadrilla que es el nuevo espacio donde debe crecer en sus rasgos identitarios, donde va a encontrar el apoyo o el rechazo a los cambios que va a producir y reproducir de acuerdo a la observación que el adolescente hace de ese entorno protagonizado por sus iguales.

Es en el entorno del grupo de iguales donde el adolescente trata de expresar aquellos elementos que suponen su identificación como individuo único, con una personalidad apropiada al estatus de que goza en el grupo o en los grupos donde mantiene relaciones sociales. Porque es en el grupo de iguales donde alcanza el nivel de comprensión y aceptación de todos los cambios que como individuo en construcción va a producir en esos años. La construcción de la identidad se lleva a cabo a través de procesos de mediación e intervención del “otro” o de los otros que en sí mismos son significativos por la relación dialógica que se establece.

De algún modo contrasta la necesidad de ser adulto y ser considerado un ser adulto, con la oposición de los adultos a considerarlo un adulto más en una situación de igualdad con los grupos de adultos. Por ello, el adolescente en su necesidad de ser aceptado y reconocido, atiende a los requerimientos del grupo de iguales en oposición al grupo de adultos, como un medio de lograr el necesario concepto positivo de sí mismo y del perfil identitario que adopta.

En el segundo periodo adolescente de transición, se siguen utilizando muchas de las estrategias del periodo anterior, pero ahora se necesita además el reconocimiento social, es decir, el reconocimiento de familiares y adultos. En este periodo el adolescente no sólo trata de definir sus rasgos identitarios, sino también utilizarlos en la búsqueda de un lugar bajo el sol; es decir, de un estatus reconocido en la sociedad que le permita desplegar aquellos papeles adscritos al mismo.

Finalmente, el tercer periodo de adolescencia tardía y paso a la juventud, es un periodo novedoso en la construcción de la identidad adolescente, pues, por lo general, se ingresa en el mundo adulto a renglón seguido, o más bien en el del joven adulto. Claro está que el ingreso en el mundo adulto en toda su extensión viene determinado por la autonomía de las personas, es decir, por la adquisición de una independencia económica mediante el ingreso en el mercado laboral; una independencia convivencial y de cambio de residencia respecto a la familia, y finalmente, una independencia afectiva del núcleo emocional del joven adulto.

Cuanto sucede de cambio en el joven adulto actual es la dilatación del periodo de transición al mundo adulto a cusa de la prolongación de los estudios, el tardío acceso al mundo laboral (con sus secuelas de empleo precario y paro), el retraso en la búsqueda de pareja o de la formación de un hogar, que son algunos de los elementos que han hecho de la juventud un periodo largo y dilatado, y de la adolescencia tardía un periodo en transición a esa juventud.

El tránsito desde la dependencia total a la total emancipación económica se ha alargado. Pero además se ha convertido en una experiencia que crea ambigüedad. Porque la economía de una gran parte de la gente joven se atasca durante el mayor tiempo de la juventud. Y la vida juvenil transcurre de una dependencia que no es completa, a una independencia que no acaba de completarse.

Hoy día los jóvenes son una generación privada de trabajo, precisamente en una sociedad donde la identidad se define por el acceso al mundo laboral. El proceso de construcción de la identidad puede ser largo, dilatado, y al igual que el proceso de socialización puede llevar toda una vida. La capacidad de aprendizaje y de cambio en las personas no tiene un final que aboque a la realización última, pues todo, incluso el conjunto de las experiencias, permiten a las personas renovar con nuevos ímpetus el conjunto de elementos y rasgos que constituyen sus señas de identidad; pero eso es algo todavía lejano en el proceso de desarrollo adolescente, pues este vive la vida con la intensidad de quienes no tienen experiencias identitarias, de quienes constatan una ambigüedad inevitable. Se sienten omnipotentes pero han de reconocer que todavía han de aprender mucho.

Si en vez de los marcadores de edad atendemos a los cambios fisiológicos y de conducta, es durante el periodo adolescente cuando se producen una serie de cambios que no sólo se deben a las demandas y requerimientos sociales y culturales, sino que también tienen que ver mucho con la propia fisiología de las personas y su crecimiento físico y mental. Es una etapa que abarca numerosos cambios, tanto biológicos como de conducta, en función de los nuevos roles y estatus a que se ven abocadas las personas en su desarrollo.

La adolescencia comienza con la pubertad, es decir, con una serie de cambios fisiológicos que desembocan en la plena maduración de los órganos sexuales y en la capacidad para reproducirse y relacionarse sexualmente. Cambios que se caracterizan por la aparición de las características sexuales secundarias, como el crecimiento del vello púbico y el de axilas y piernas que comienza tempranamente, a los nueve o diez años, y hasta los catorce no alcanza el nivel de distribución adulta. Los cambios fisiológicos permiten madurar a las personas hasta que terminan de atravesar el periodo adolescente, tras de los cuales se presenta la juventud y la madurez física.

El adolescente, a partir de los doce y trece años comienza a percibirse como unidad independiente de su entorno familiar. Se observa como persona individual hacia la que dirige sus miradas tanto externas como interiores. Se produce una especie de ensimismamiento. Un observarse a si mismo permanente, que comporta un cierto aislamiento, una búsqueda de espacios propios y de ocasiones únicas en las que desenvolverse por sí mismo sin ayuda o sin aquiescencia de quienes son su entorno individual, los padres y la familia.

El adolescente adolece de una identidad clara y definida y junto a la aceptación de los cambios fisiológicos y la identificación con los referentes de la adultez, debe sin embargo, en una solución incómoda, separarse y diferenciarse. Una separación precedida de una triple pérdida, la de su cuerpo infantil, la de identidad infantil y la de sus padres de infancia, que dará paso a la adquisición de un nuevo cuerpo, una nueva identidad y una nueva relación intergeneracional con los padres y con los adultos.

Los adultos más significativos para el adolescente por su figura o por la proyección de su persona en el imaginario adolescente, suelen ser los padres, los profesores y los ídolos musicales o deportivos, no importa el orden. Con ellos tratará el adolescente de identificarse hasta el punto de fundirse con las supuestas características poderosas y legitimadoras del modelo idealizado de adultez. Sin embargo esto no es sino parte del problema, por que si bien el adolescente se identifica con aquellos rasgos identitarios que mejor conforman su ideal de adultez, a su vez, deben hacer ostensible su separación y diferenciación de aquellas figuras que sirven a tal proyecto de identidad. Se establece una relación de amor odio con los progenitores, con las figuras sobresalientes del universo simbólico del adolescente, al punto de desequilibrarlo, produciéndole estados de ansiedad y confusión, sobre todo en cuanto a la inestable e indefinida orientación sexual. Estados de confusión y ansiedad que pueden desembocar en la pérdida de estima y en la adopción de conductas de riesgo.

Durante este periodo de crisis de identidad en la que se vuelve sobre pasos dados, o donde se avanza ciegamente en la experimentación de las cosas, los cambios que experimenta el adolescente son tanto de carácter externo, fisiológico y de construcción y proyección de imagen, como de carácter interno a través de la adquisición y modificación de personalidad, de estilos de vida y valores, que con frecuencia desembocan en un cambio de la autoestima.

Según un estudio llevado a cabo por el servicio de pediatría del hospital Vall d´Hebrón, la pubertad comienza ahora un promedio de un año antes que en los años ochenta. La edad media se sitúa ahora entre los diez y los once años en las niñas, y entre los doce y los trece en los niños. La pubertad dura unos cuatro años en ambos sexos y en las niñas la menstruación suele llegar entre el segundo y tercer año de pubertad. Estos cambios fisiológicos, súbitos y desordenados que padecen los adolescentes, ponen a prueba su capacidad de autoestima. Autoestima que viene determinada por una serie de características que presentan los adolescentes y que en psicología son definidas como ensimismamiento alternado con audacia, timidez, urgencias, desinterés, apatía, crisis religiosa, intelectualidad, búsqueda de su identidad, tendencia a agruparse, evolución sexual manifiesta, actitud social reivindicativa con tendencias antisociales, contradicciones sucesivas en las manifestaciones de la conducta, separación de los padres y constantes fluctuaciones del humor y estado de ánimo. Tales características no son propias de una cultura o estatus socioeconómico, sino que se presentan de forma diversa en cualquier adolescente.

Los adolescentes, cuando experimentan los cambios físicos sufren modificaciones en la percepción del cuerpo, aumentando su inseguridad que se refleja en la incertidumbre con la que manejan sus relaciones sociales y personales, y donde la comparación es la herramienta social para la integración en el grupo. La angustia producida por los cambios hormonales aumenta cuando se percibe que estos cambios no son aceptados con naturalidad por el entorno en el que se mueve el adolescente. De este modo la adolescencia se ha convertido es uno de los periodos más críticos para el desarrollo de la autoestima; es la etapa en la que la persona necesita hacerse con una firme identidad, es decir, saberse individuo distinto a los demás, conocer sus posibilidades, su talento y sentirse valioso como persona que avanza hacia un futuro. Son los años en que el niño pasa de la dependencia a la independencia y a la confianza en sus propias fuerzas. Es una época en la que se ponen sobre el tapete no pocas cuestiones básicas; piénsese en la vocación, en los planes para ganarse la vida, en el matrimonio, en los principios básicos de la existencia, en la independencia de la familia y en la capacidad para relacionarse con el sexo opuesto. Y a estos aspectos hay que sumar todos aquellos conflictos de la niñez que no se hayan resuelto y que surjan de nuevo, conflictos que habrá que afrontar también.

Para muchos, es un periodo excesivamente largo, pues su imagen patentiza de modo exagerado todos los inconvenientes de la maduración física, produciendo en el desarrollo del adolescente algunas de las características que le acompañarán en la vida adulta. Es igualmente un periodo de construcción del pensamiento racional, que alejándose de las fantasías infantiles, encuentra y da sentido al modo en que se construyen las relaciones sociales. Es, por tanto, un periodo diferenciado en el proceso de construcción de la persona, donde además se lleva a cabo la construcción de la identidad individual.

En este proceso de construcción de la personalidad, el adolescente toma muy en consideración el valor de la apariencia como instrumento fortalecedor de las relaciones sociales. El aprendizaje de cómo se ven a sí mismos y cómo creen que son vistos por los demás está orientado por las modas. En este sentido los adolescentes toman la información necesaria sobre el ser y el deber ser del conjunto de estilos y modas que a modo de oferta plural y diversa los adultos exhiben en campañas promocionales de objetos y mercancías, supuestamente direccionadas hacia el mercado consumidor de los adolescentes. El adolescente hace de la apariencia el leit-motiv en la organización de relaciones sociales. Se identifica e identifica a los suyos, o a los otros, a través de los mensajes implícitos en la forma de vestir, hablar, presentarse a sí mismos y a los demás; es decir, a través de la apariencia. Y a esta ocupación y pre-ocupación por la apariencia y la imagen, dedica mucho tiempo y esfuerzo, pues de la misma se puede desprender la seguridad suficiente para enfrentarse al mundo de un modo individualizado e independiente.

Así pues, la preocupación fundamental del adolescente es su propia re-presentación o presentación de sí mismo ante los demás con el fin de ser aceptado, integrado y querido en sociedad. El cuidado de la imagen, junto a la observación de los cambios producidos en su cuerpo y figura, pasan a ser el problema principal con el que enfrentan el día a día los adolescentes. Las sensaciones y emociones que embargan todo cambio físico son igualmente variadas y diversas en función de la aceptación y la percepción de los demás. Son los demás, es decir, los integrantes de su círculo de relación social y familiar, quienes provocan en el adolescente sentimientos encontrados ante la imagen que proyecta o cree proyectar sobre ellos. El modo que tiene el adolescente para enfrentar estas proyecciones consiguiendo la aceptación o el agrado de los demás, principalmente los grupos de iguales, es mediante la asunción de los cánones y reglas de comportamiento así como de aquellos valores que definen a los demás.

Claro que los demás pueden significar mundos opuestos, distancias insalvables en la conformación de la identidad adolescente. El otro generalizado que abunda en la literatura sociológica, es para el adolescente los grupos referenciales en el desarrollo de su identidad independiente y autónoma, es decir, la familia y los pares. Cuando el adolescente se tatúa, se viste con determinadas prendas, se arregla el pelo o adopta determinados objetos en su ajuar, está reclamando un estatus diferenciado y autónomo respecto a los individuos que forman parte de los grupos referenciales antedichos; pero, a su vez, necesita hacerse querer, ser integrado en dichos grupos, para sentirse reafirmado y conformado con los atributos que ostenta en la proyección de su imagen identitaria.

La adolescencia como periodo en el que se construye la identidad, es un tiempo de búsqueda de uno mismo a través de los demás, tratando ser uno más entre los demás. Es el reflejo de lo que el adolescente considera que es ser como uno más y a la vez distinto a los demás. Esto que a simple vista puede parecer una tautología, para el adolescente es una fuente permanente de confusión, por que si bien busca ser alguien, un alguien todavía impreciso e indefinido, también es cierto que busca ser como los demás, fundirse en el anonimato del conjunto de personas que son los demás, los grupos con los que se relaciona y que, en definitiva, le servirán de referentes a la hora de construir su personalidad identitaria.

La identidad es a la vez permanencia y cambio, unidad y pluralidad; en una palabra es un término paradójico, una construcción social de la personalidad consolidada por la continuidad y acompasada por la ruptura. Sin embargo, cuando se habla de construcción de la identidad, se sabe que es en el periodo de la adolescencia cuando se fundamentan los rasgos primigenios y valores que darán forma posteriormente al conjunto de elementos y valores identitarios. La adolescencia constituye en este sentido un proceso de integración social a la vez que de construcción de la persona, de su identidad. Una construcción un poco inestable y dependiente del entorno en el que se desarrolla y en el que negocia sus formas de integración.

El entorno de las relaciones interpersonales y grupales sería el escenario donde se ensayan los diferentes roles que acompañan a los diferentes estatus que el adolescente construye en esas interrelaciones. Para ello utiliza cuantos instrumentos tiene a su alcance sin calcular el riesgo pues sus experiencias aún son muy limitadas. El adolescente tiene una necesidad imperiosa de encontrar un espacio propio, un lugar donde autoafirmarse, demostrando y poniendo a prueba sus capacidades; y el mejor ámbito para poner a prueba las mismas es entre sus iguales, aunque esto traiga consigo alternancia en los resultados obtenidos. Así aparecen los estados de ánimo y emocionales de forma cambiante dependiendo del éxito de los ensayos.

En la etapa adolescente, con el bagaje de la infancia y coincidiendo con la maduración de los caracteres sexuales secundarios y la genitalización de los estímulos y sensaciones, toman un papel relevante en el proceso de construcción de la identidad sexual y social el grupo de amigos o iguales, los diferentes y variados mensajes sociales y los modelos que se reciben desde los diferentes medios de comunicación como Internet, prensa especializada, televisión, audiovisuales y otros. Durante este proceso aparece la ruptura con el mundo de la infancia, el deseo de compartir, experimentar la propia sexualidad con el otro, la elección con quien hacer el amor, las identificaciones, los miedos, etc. Son momentos diferentes que se van sucediendo y que con frecuencia pueden conllevar sensación de conflicto o de confusión.

Señala Reyero (2001) que la identidad necesita tanto un sentimiento de singularidad, una conciencia de irrepetibilidad, imprescindible para poder decir yo, como un sentimiento de pertenencia a un grupo que nos permita hablar de nosotros. Esta necesidad de pertenencia se puede concretar en diferentes esferas, así puede existir un sentimiento de identificación con aquellos que pertenecen a nuestra familia, o que tienen una misma cultura, una misma religión, un mismo lenguaje, o una misma ciudadanía nacional. La utilización de cada una de estas esferas como expresión de nuestro sentido de pertenencia es convencional, mientras que el principio que lo exige, es decir, la propia necesidad de pertenencia, es inherente al hombre e innegable”.

El desarrollo de esta personalidad se logra mediante el logro de un cierto sentimiento de unidad entre los elementos que consideramos útiles para la formalización de las relaciones sociales. Cuando el adolescente encuentra seguridad en sus rasgos identitarios logra establecer comunicación no sólo con sus iguales, si no con aquellos otros grupos sociales a los que su indefinición identitaria le habían impedido allegarse. De este modo las relaciones sociales, más allá de las mantenidas en el seno de los grupos de igual sexo o edad, son una nueva opción que se presenta al adolescente que asume ciertos rasgos identitarios, adentrándose en las relaciones con el otro sexo o con los otros, los distintos, que por cualquier causa no fueron sujetos de comunicación.

En la adolescencia el juicio que se emite sobre uno mismo viene contaminado por la opinión y la percepción que los demás nos otorgan. No son opiniones neutras como tampoco es neutro el juicio que el adolescente hace de sí mismo, si no que se ve afectado por aquellas emociones y sentimientos que suscitan en los demás. De hecho, los otros, sobre todo los iguales, actúan como un reflejo del espejo en el que se miran los adolescentes. Esto no equivale a decir que la identidad es la simple imitación del otro o de los otros, si no a cierta asimilación, consciente o inconsciente, de los rasgos del otro u otros, mediante la apropiación e internalización, con el fin de conformar y dar base estructural a nuestra personalidad.

En la constante duda, en la imprecisión y en la búsqueda de uno mismo, los adolescentes experimentan todo tipo de roles, propios o adscritos, que la familia, los amigos y la sociedad en general les otorga. Por esto, los cambios de actitudes y de comportamientos son un medio de experimentación y de búsqueda de ese lugar bajo el sol que les permita finalmente descubrir quién soy yo, o cómo quiero ser yo. La inevitable lucha entre el ser y el deber ser se ve además amplificada por la experimentación y el cambio. Esto hace que las contradicciones afloren tanto entre lo que dicen y lo que hacen. Producto de esta confusión, inevitable por otra parte, son los ensayos del adolescente, los experimentos a la hora de adoptar posturas que de ningún modo le satisfacen y que casi siempre chocan con la percepción que del adolescente tienen los familiares y amigos, e incluso la sociedad, en la que ejercita esos comportamientos propios de una personalidad indefinida y ambigua.

Compaginar el hecho de ser uno mismo y a la vez distinto a los demás; simultanear la opción de la mismidad y la otredad con la pertenencia a grupos distintos en los que el adolescente puede desplegar todos los elementos configuradores de su incipiente identidad es el logro supremo de este periodo transitorio. La adquisición de una identidad personal. En el necesario aprendizaje de roles que se lleva a cabo a través de las relaciones interpersonales y sociales se pueden adoptar conductas de riesgo sin la necesaria percepción de peligro que estas conllevan. Hay en el adolescente un sentimiento de perdurabilidad, de consistencia vital que le abstrae de los peligros reales.

En la búsqueda de elementos afianzadores de la personalidad adolescente juega un papel crucial la aprobación de los demás, principalmente de los padres en el mundo adulto y de los amigos en los grupos de iguales. Esta necesidad de ser aceptado como uno más y a la vez ser distinto, impele al adolescente a hacer ostentación de aquellas habilidades y destrezas en las que es más ducho, o bien en aquellas que pueden garantizarle un cierto éxito en el interior del grupo de referencia o pertenencia. Actividades de éxito en las que no se perciben consecuencias y peligros implícitos en cualquier actividad de riesgo, sean estas el mantenimiento de relaciones sexuales, la conducción motorizada o el consumo de sustancias tóxicas.

Durante el periodo de desarrollo adolescente, este se ve sometido a múltiples presiones y conflictos de su entorno inmediato, el que constituyen padres, amigos y escuela; y estas presiones y conflictos deben desembocar en el aumento de la fortaleza del adolescente, que venciendo todos los obstáculos le permita una mejor y mayor integración en dicho entorno. Para conseguirlo, el adolescente se siente capacitado para desafiar los peligros y, al modo de un ser indestructible, obtener el premio a su empuje y osadía en la materialización de aquello que los demás consideran conductas de riesgo.

Si son los demás, principalmente los progenitores o cualquier representante del mundo adulto quienes señalan los límites prudenciales a dichas conductas, el adolescente se puede sentir frustrado, rechazado e incluso incomprendido; pero también puede suceder que el adolescente tome las consideraciones y opiniones externas de un modo no impositivo, si no de un modo protector, aumentando así la seguridad del adolescente en la toma de decisiones autónomas e individualizadas.

Ahora bien, no todo el proceso adolescente depende del adolescente como si este no estuviera interrelacionándose continuamente con otros adolescentes y con los adultos; además, estas interrelaciones se producen en contextos diferentes y en tiempos y momentos irrepetibles; por eso, la adolescencia es muy diversa pese a los estereotipos con que se etiqueta. La condición adolescente es algo más que un grupo de edades o unas características evolutivas, y el conocimiento útil de sus mundos comporta tener visiones bastante más poliédricas. Sus formas de encontrar sentido a la propia adolescencia y todo lo que le rodea, sus formas de estar en ella, de entrar y salir, sus formas de ser adolescente (de tomar esta condición) son el resultado de muchas y complejas interacciones:

Son, en primer lugar, el producto de tiempos concretos, de fracciones históricas muy breves en las que lo que ocurre a su alrededor (la cotidianidad mediáticamente difusa) hace que las adolescencias sean bastante diferentes en periodos muy cortos. Están, además, en territorios, en espacios, en entornos diversos, que son condicionantes de posibles formas de ser adolescentes. Finalmente interaccionan con unos u otros adultos, con unos u otros adolescentes y jóvenes coetáneos o de generaciones próximas (forman así parte de una generación adolescente).

La perspectiva del adolescente como producto de un contexto nos acerca a la realidad de la familia, del grupo familiar y de los progenitores, ocupando un espacio central en la configuración de la identidad adolescente, en su formación y desarrollo. En este sentido, la capacidad socializadora de la familia depende fundamentalmente de la estructura familiar, del conjunto de parientes próximos y lejanos, de sus relaciones internas y su incidencia en el devenir del adolescente; pues no hay una instancia más potente a la hora de conformar hábitos, estructuras de pensamiento, actitudes, etc., que una familia cuyos componentes muestran solidez y estabilidad emocional y consistencia ideológica.

Acompañando la identidad está el aprendizaje de roles y la ocupación de estatus, y aquí también la familia juega un papel clave como agente de socialización y transmisor de roles de género. Es notorio en la familia española el mayor control y protección que los padres y madres ejercen sobre sus hijas, en relación con sus hermanos (límites de dinero, horarios, control amistades…). Las diferencias en la asignación de responsabilidades en las tareas domésticas hace que a los chicos, en contextos de clase trabajadora, tradicionalmente se les ha dejado más libertad para salir a la calle y relacionarse con su grupo de amigos y han tenido que aprender antes a defenderse solos, de manera que también tienen más `posibilidades de acabar desarrollando un rol activo.

Ahora bien, el modelo de familia tradicional está cambiando a gran velocidad. Uno de los cambios más determinantes ha sido su tamaño y composición, pues los hogares son más reducidos y en su composición priman los adultos sobre los jóvenes. Hay más mayores que jóvenes y la unidad familiar se ha reducido al punto de que los llamados hogares unipersonales y monoparentales (aunque realmente están compuestos por una madre y su vástago y habría que denominarlos monomarentales), empiezan a tener un crecimiento relevante. Al mismo tiempo se ha reducido la descendencia, primando el hijo único; y cuando esta se produce, es a edades límite del periodo fértil de la progenitora. Estos cambios en la realidad de los hogares familiares están en relación con la prolongada permanencia de los jóvenes en el hogar de los progenitores.

Así pues, y desde hace años se constatan los cambios en el seno de la familia tradicional mediterránea, que se orientan hacia el modelo nórdico, de carácter más individualista, donde los progenitores se promocionan más que como padres, como hombres y mujeres, y como profesionales. En la actualidad hay cierta carencia de comunicación entre padres e hijos, al menos en lo que los adolescentes consideran importante para ellos, los cuáles dirigen esa comunicación hacia los amigos o hacia la pareja, y esto es una demanda muy clara de comunicación, una comunicación ausente con los padres porque estos no tienen tiempo, porque están todos agobiados trabajando para pagar el piso, el coche, los viajes y ahora tampoco hay tíos y tías, abuelos y abuelas que suplan estas carencias de comunicación. Carencias que el adolescente suple desde su casa, porque ahora muchos son hijos solos, únicos, con su propio cuarto, donde tienen toda clase de herramientas e instrumentos, empezando por Internet con el que establecen la comunicación virtual, que demuestra la necesidad de comunicarse de los más jóvenes. La media de conexión a la red de los jóvenes es de nueve horas semanales.

La socialización y el aprendizaje cívico dependen en buena medida de las familias, y aunque los adolescentes actuales son más pretendidamente autónomos en comparación con los adolescentes de otras generaciones (Elzo, 2000), los jóvenes construyen y reconstruyen sistemas de valores desde sus experiencias, principalmente las obtenidas desde el grupo de pares; sin embargo, para la construcción de sistemas de valores potentes, seguros y estables, la familia es fundamental. Esto sin menoscabo de la realidad que enfrentan los agentes de socialización tradicionales, que se encuentran con bastantes dudas y problemas a la hora de socializar a los jóvenes en una sociedad consumista y fragmentada.

Los adolescentes hacen buena la idea expuesta por González Anleo (2001) de que la juventud se encuentra a gusto en el hogar paterno, señalando como una de las razones fundamentales la posibilidad de que la familia española, resueltamente permisiva y lejos del autoritarismo de otras épocas, rodee al hijo de mimos y atenciones de todo tipo, especialmente en relación con el consumo y la libertad para la diversión. Y estamos pensando, por ejemplo, en las asignaciones de “dinero de bolsillo” y las compras, o en la libertad de asunción de horarios y responsabilidades.

En nuestra sociedad se esta produciendo cada vez más un aplazamiento de las responsabilidades sociales y la adquisición de la propia independencia.  Incluso algunos adultos continúan siendo eternamente adolescentes y hasta se habla del síndrome de la perpetua adolescencia. Por otra parte, la consecuencia de paro y precariedad laboral tiene una resolución manifiesta: el mantenimiento de las relaciones familiares y del espacio familiar como entorno desde el que se construye el tránsito a la independencia y la adultez. Recientes investigaciones de la FAD, Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (Valores sociales y drogas, 2002. Hijos y padres, comunicación y conflictos, 2002, y Jóvenes y estilos de vida, 2003), indicaban que la familia seguía estando a la cabeza de los valores más importantes dentro de la sociedad española. Tener buenas relaciones familiares alcanzaba una puntuación de 8,4 puntos en una escala de importancia del uno al diez.

Las relaciones de los adolescentes con los padres, por lo que los mismos chicos manifiestan, son en general satisfactorias. A juzgar por las conversaciones mantenidas, las relaciones familiares son poco conflictivas, se diría que padres e hijos han optado por la coexistencia pacífica, con un mayor o menor grado de comunicación según los casos. Sin embargo, los padres se sienten desorientados, dado que un tercio de los mismos confiesa que no educan bien o que no saben hacerlo.

Uno de los retos fundamentales a los que se enfrenta el adolescente es la independencia de sus padres. Ello no significa que desaparezcan los lazos afectivos con ellos,  sino más bien que cambian de forma. Las imágenes interiores positivas que se tengan del padre y de la madre, elaboradas en un agradable ambiente afectivo, ayudarán a una buena separación de ellos y facilitará el paso a la madurez. No obstante, las relaciones familiares con frecuencia cambian por el deseo de autonomía y un aumento de la distancia emocional entre los adolescentes y sus progenitores.

Su atención se concentra fuertemente en el grupo de amigos y en las interacciones sociales, propiciadas porque en la adolescencia aumentan de forma considerable los espacios donde son posibles los intercambios sociales. El adolescente siente la necesidad de estar menos tiempo con sus padres, lo que le permitirá desprenderse de ellos y estar en posibilidad de establecer nuevas relaciones, principalmente con otros adolescentes hombres y mujeres.

En la adolescencia los espacios donde son posibles las interacciones sociales se expanden, mientras que se debilita la referencia familiar.  La emancipación respecto a la familia no se produce por igual en todos los adolescentes;  la vivencia de esta situación va a depender mucho de las prácticas imperantes en la familia.  Junto a los deseos de independencia, el adolescente sigue con una enorme demanda de afecto y cariño por parte de sus padres, y estos a su vez continúan ejerciendo una influencia notable sobre sus hijos. No obstante, existe un aspecto que nos hace recelar de una perfecta armonía familiar entre padres e hijos adolescentes. Alfredo Oliva (2003) se refiere a factores fisiológicos, como el inicio precoz de los cambios puberales (niños y niñas que pese a haber alcanzado una avanzada maduración física, aún muestran gran inmadurez psicológica) y a factores sociales, como la influencia de las series y los programas televisivos, como los causantes de que comportamientos que hasta hace poco eran propios de jóvenes y adolescentes, estén empezando a ser frecuentes en la niñez tardía.

Es verdad que en el proceso adolescente,  los cambios en el desarrollo físico y cognitivo de los chicos y chicas van a estar acompañados de importantes cambios en su relación con los demás, incluidos los miembros de la familia y los amigos. Sin embargo, en el comportamiento adolescente se ha criticado la excesiva tolerancia y permisividad con que la sociedad y la familia tratan ahora a los adolescentes. Por ejemplo, en ningún país de Europa se permiten los botellones que se permiten en la sociedad española y, no hace treinta años, la familia era el baluarte desde el que se procuraba el respeto a la autoridad paterna. El cambio de una sociedad autoritaria a una sociedad permisiva ha sido total y, en ese cambio, la adolescencia ha recibido un mensaje de tolerancia que en muchos casos raya en el desapego y el abandono por el cumplimiento de las normas de convivencia.

Entendemos que durante la adolescencia es normal que los jóvenes tengan y demuestren la necesidad de separarse de sus padres y establecer su propia identidad. En algunos, esto podría ocurrir con una reacción mínima de parte de todas las personas involucradas. Sin embargo, en algunas familias, pueden surgir conflictos significativos sobre los actos del adolescente o gestos de rebeldía y sobre las necesidades de los padres de mantener el control y hacer que el adolescente continúe con los comportamientos de obediencia. Otras veces, el mundo de los adultos recibe a la adolescencia de modo un tanto hostil, debido a las situaciones conflictivas que conlleva. De este modo, las relaciones familiares pueden verse afectadas, pues los padres de adolescentes van a considerar demasiado precoz la edad en la que sus hijos e hijas pretenden iniciarse en actividades como salir en pareja, mantener relaciones sexuales, permanecer en la calle hasta altas horas de la noche, o beber alcohol.

Otra situación bien distinta pero que pertenece al plural y diverso momento que acontece entre los actuales adolescentes, son la falta de relaciones con los padres y madres ausentes del hogar por causa de separaciones y divorcios y que se traduce en una falta de supervisión y control de los comportamientos. No vamos a seguir por estos derroteros, y si hasta el momento hemos tratado de la familia como la principal instancia socializadora del adolescente por la capacidad de influencia en el desarrollo del mismo, ahora vamos a tratar otra fuente de influencia que adquiere un protagonismo relevante precisamente en el proceso de configuración del adolescente y su integración social: los grupos de iguales.

Las dos instancias, los dos agentes de socialización, no se encuentran en polos opuestos, ni uno es la continuación del otro, simplemente el adolescente los separa y en ocasiones los contrapone sopesando sus relaciones, apoyos y consejos que derivan de unos y otros. Por lo general el adolescente observa el criterio de los padres en materias que atañen a su futuro, mientras que sigue más el consejo de sus compañeros en opciones de presente. En el desarrollo y crecimiento del adolescente hay una necesidad interna de salir del entorno familiar, del espacio que le ha protegido y ofrecido seguridad durante la niñez, pero una vez comenzado el proceso adolescente se ve impelido a buscar otros ámbitos de relación donde experimentar con un cierto grado de seguridad (la que proporcionan los iguales en grupo). Para los adolescentes, salir o reunirse con los amigos es la opción más valorada con independencia del tiempo (de obligaciones u ocioso).

Los adolescentes buscan y encuentran nuevos espacios de socialización alejados del mundo de los adultos, lo que en definitiva es la opción de salida del entorno familiar, que a su vez trae consigo nuevas vinculaciones esta vez a grupos de iguales, donde alcanzan cierto grado de seguridad a partir de la cual pueden someter a prueba las nuevas experiencias que les proporciona la vida. Los comportamientos y las actitudes que se manifiestan en el interior de los grupos de pertenencia forman parte del proyecto de construcción identitaria, trasladando de este modo la dependencia familiar anterior hacia los grupos de referencia con los que se relaciona el adolescente.

La influencia que sobre la personalidad del adolescente ejercían sus padres, y en cierta medida otros familiares y profesores y tutores, se traslada ahora a los grupos de amigos, independientemente de las características que exhiben estos grupos. El adolescente, al pertenecer o adscribirse a diferentes grupos de pares elimina toda posibilidad de rechazo o exclusión, pues la certidumbre de que ser aceptado por el grupo de amigos es una ventaja social inestimable para el crecimiento personal y el desarrollo de la autoestima, es muy superior a la seguridad que se puede hallar en el mundo de los adultos, principalmente de los padres.

El grupo de pares o amigos es el espacio social donde el adolescente conforma y aprende aquellos roles necesarios para el desenvolvimiento social. En el seno del grupo tribal (tribu), el adolescente descubre la importancia de su pertenencia o adscripción, pues el grupo es el que proporciona un escenario social, un territorio propio en el que sus miembros experimentan la interconexión con otros y pueden representar el rol que corresponde a la identidad que ha adoptado el grupo. Los elementos que definen la identidad tribal están interconectados con la vida recreativa, con la experiencia vital en la que se encuentran y se expresan a través de la música, el tipo de baile, la indumentaria, la estética, el lenguaje y una serie de hábitos muy relacionados con el consumo de sustancias psicoactivas.

Javier Elzo (2000), apoyándose en datos de encuestas muy reveladoras, define el grupo de amigos como “espacio privilegiado de la socialización”. Los adolescentes perciben el grupo de amigos como el lugar donde se dicen las cosas más importantes para orientar su vida, donde las relaciones están menos formalizadas, donde comparten experiencias comunes en un ámbito no formal, perciben una forma de vivir en libertad y de estar con los suyos sin vigilancia, escapando de la rigidez, la imposición de normas visibles y el control que pueden tener en el hogar y en la escuela. Para el adolescente es de suma importancia la relación con el grupo de amigos, convirtiendo el proceso adolescente en una sucesión de relaciones con el grupo de iguales. Los amigos se consideran imprescindibles en este proceso de crecimiento y desarrollo personal. A esto se suma que pasan más tiempo fuera de casa, con los amigos, convirtiendo el grupo en el lugar de encuentro donde compartir y hablar de aquellos asuntos que no comentan con los padres, como su vida sexual, el consumo de alcohol y drogas, o lo que hacen las noches de fin de semana y fiesta.

El adolescente utiliza las relaciones de amistad como una estrategia defensiva frente al conjunto de normas y obligaciones procedentes del mundo de los adultos y también frente a las incertidumbres de los cambios producidos en el proceso de construcción identitaria. Para ello se refugia en las normas no escritas del grupo donde se recurre a la estrategia de la uniformidad grupal (en las formas y en los contenidos, en la apariencia y en el lenguaje), como fuente de seguridad y estima personal. Esto permite afirmarse y afirmar la identidad del grupo. En este sentido no es de extrañar la importancia que conceden los adolescentes al consumo de determinadas marcas, estilos de música, programas de televisión, etc., pues responden a los deseos de uniformidad con el grupo, a través del ajuste a sus normas, comportamientos y modas. Una uniformidad que les une, como en la forma de salir, en el consumo de drogas y alcohol, en las aficiones. Esto que puede parecer trivial y en algunos casos un comportamiento exagerado cumple una función primordial: crear los límites y separar los grupos de adolescentes de los grupos de adultos, en definitiva, del mundo de los adultos.

La pertenencia a un grupo de iguales no invalida la adscripción o pertenencia a otros grupos pues el adolescente busca y encuentra en cada grupo espacios donde construir y reconstruir su identidad a partir de la similaridad con los otros componentes del grupo. La identidad por similaridad permite recrear la distancia y demarcar los límites entre los grupos de adolescentes y los de adultos. La estrategia de la uniformidad forma parte del proceso por el que se identifican con cada uno de los amigos que integran ese grupo. A veces, el proceso es tan intenso que parece casi imposible la separación del grupo, e incluso parecen pertenecer más al grupo de amigos que a la familia. La relación con los integrantes del grupo proporciona seguridad y compañía, pues a los lazos de amistad se unen los de lealtad y confianza, constituyendo una fuente de apoyo en cualquier crisis emocional.

Los chicos y chicas adolescentes se manifiestan en general muy satisfechos con sus amigos, pues allí se comparten sueños y esperanzas y se planifican y realizan actividades compartidas. La amistad es honesta y de intensos sentimientos; ahora bien, cuando las relaciones no son así y existe cualquier tipo de fricción o se atraviesan dificultades con los amigos/as, se deja traslucir. En el proceso de construcción identitaria el adolescente siente que ocurren cambios en donde no puede participar en forma activa. Entonces, el grupo viene a solucionar gran parte de esos conflictos, pues los miembros integrantes del mismo desempeñan un papel definitivo en el desarrollo psicológico y social de la mayoría de los adolescentes. En comparación con los niños de menor edad, los adolescentes dependen más de las relaciones establecidas con sus compañeros, sencillamente porque los vínculos con sus padres se vuelven cada vez más elásticos a medida que necesitan más independencia.

En el periodo de iniciación en la adolescencia el grupo de iguales está integrado por personas del mismo sexo conformando las cuadrillas. Las cuadrillas adolescentes intentan comportarse y vestirse de forma semejante, estableciendo rituales y participando de las mismas actividades. Por lo general disponen del mismo tiempo de ocio. En el periodo de transición adolescente las cuadrillas comienzan a incorporar a personas del otro sexo constituyéndose en cuadrillas mixtas que se organizan también en torno a rituales y actividades semejantes. Ya en la adolescencia tardía, las posibilidades de asociación y adscripción a los grupos se amplía y las relaciones sociales se expanden. Es también el momento de aproximación y encuentro de la amistad, pues el adolescente no sólo necesita el apoyo y la seguridad del grupo, sino de alguien en particular que esté con él en todo momento acompañándole en cuanto constituyen demandas emocionales.

Para los adolescentes la amistad significa entablar relaciones duraderas basadas en la confianza, la intimidad, la comunicación, el afecto y el conocimiento mutuo.  Durante este periodo se valora a los amigos principalmente por sus características psicológicas, y por ello los amigos son las personas ideales para compartir y ayudar a resolver problemas psicológicos como pueden ser la soledad, la tristeza, las depresiones, entre otras. Los adolescentes consideran las amistades como relaciones sociales que perduran y se construyen a lo largo del tiempo; entienden la amistad cono un sistema de relaciones. Por tanto, podemos decir que la amistad en este periodo permite que se tome conciencia de la realidad del otro, formando de este modo actitudes sociales.

Durante el proceso adolescente la mayoría se percibe a sí mismo en función del otro, o de los otros que conforman el grupo, de cómo los ven y cómo los identifican. Es un modo de aproximación a la identidad, aún en construcción, que se recrea principalmente a través de los rituales y actividades que se llevan a cabo en el tiempo de ocio. El tiempo de ocio que comparten con sus iguales sirve para la adquisición de esas señas de identidad específicamente adolescentes que ofrecen reconocimiento y estima. El adolescente establece una relación directa entre actividades ociosas y su realización en compañía,  principalmente con el grupo de pares. A los adolescentes les gusta estar entre ellos, con sus amigos, y es con sus amigos con los que les gusta compartir ese tiempo dedicado al ocio. A estas edades, los amigos son centrales en sus vidas.

Además no se trata de reunirse con un pequeño y selecto grupo de pares, si no de relacionarse en grupos numerosos (de más de diez amigos) sobre todo cuando hablamos de iniciación en la adolescencia. En las zonas rurales, en localidades de menos de dos mil habitantes, las cuadrillas se forman entre numerosas personas y son de carácter mixto, mientras que en las ciudades, principalmente en la capital, salen cuadrillas de chicas o de chicos que sólo más adelante se unen por diferentes motivos como por ejemplo, para el establecimiento de relaciones de pareja.

Los adolescentes se reúnen no solo con los de su mismo sexo sino también con los de su misma edad (los más pequeños o los más mayores son disfuncionales para pasárselo bien con los grupos de adolescentes). Además, buscan características afines para establecer relaciones más estables e intensas. Sorprende en el caso de las chicas que a esas edades muestren un grado de madurez superior al de los chicos y digan pasárselo muy bien con jóvenes mayores.

Por lo general, los adolescentes forman parte de diferentes grupos de amigos o cuadrillas. De este modo el adolescente tiene el grupo de amigos del pueblo, los amigos de las vacaciones, los amigos de clase del Instituto, los amigos del fútbol o de cualquier otro deporte, los amigos del club, etc. Es decir, el adolescente tiene necesidad de encontrase perteneciendo a un grupo de pares, pero este no es él único grupo de pertenencia o adscripción, sino que el proceso de socialización del adolescente le impele a abrirse a otros adolescentes, los cuáles se afirman sobre ciertas señas de identidad, ciertas formas de adscripción al grupo, cierta cultura, que en general responde a las demandas y necesidades de relación social de todo adolescente.

Las actividades que comparten con sus amigos son muy variadas: charlar, hablar, jugar, ir al cine, hacer deporte, bailar, beber… pero todas ellas son una excusa, pues lo realmente importante es reunirse con los amigos. Los adolescentes con pareja suelen salir en cuadrilla, cada uno a la que pertenezca a sabiendas de que luego, a lo largo de la noche se reunirán o se encontrarán las parejas, pues los recorridos suelen ser rutinarios y todos los grupos y cuadrillas terminan cruzándose en los mismos espacios.

Con el paso del tiempo, sobre todo en la adolescencia tardía, es frecuente que disminuya el número de componentes de los grupos y cuadrillas. Sólo cuando se inician en la adolescencia se forman cuadrillas con gran número de componentes, generalmente del mismo sexo, a partir de la cual se establecen las amistades y las relaciones con el sexo opuesto. El adolescente espera del grupo que le permita la conquista de su autonomía, pero una vez que llega a ser independiente abandona el grupo porque la noción de autonomía y la de grupo se oponen.  Es normal que el adolescente se salga del grupo para comprometerse en relaciones personales y en relaciones con el otro sexo. No obstante se pueden encontrar cuadrillas donde tanto las propias parejas como la de los amigos se integran bastante bien en el grupo ampliándolo y dándole el carácter mixto que no tenía inicialmente. De este modo, la cuadrilla se convierte en el espacio privilegiado para la experimentación de la identidad de género durante la adolescencia. Los roles se construyen en la relación con los iguales del mismo sexo y, por supuesto, en el juego de espejos que supone la interacción en los grupos mixtos. Así pues, durante el proceso adolescente, en paralelo a la emancipación familiar, hay un recorrido socializador por los diferentes grupos a los que termina adscribiéndose o perteneciendo y donde el adolescente establece los lazos más estrechos.  Estos lazos suelen tener en general un devenir de relaciones que se trazan en primer lugar con los pares del mismo sexo, luego con los pares del sexo contrario y finalmente se organizan en relaciones de pareja.

Este trazado de relaciones no es universal, pues la otra compañía, la de la pareja, no siempre es una realidad, y son pocos quienes afirman tenerla. Aquellos adolescentes que salen en pareja realizan actividades que suelen relacionarse con la tranquilidad, como cenar por ahí, quedarse en casa, ir al cine, hablar… y se caracterizan como diferentes a las ejercidas en la cuadrilla de amigos. Incluso un elemento de conflicto con los padres, como es el horario de regreso nocturno a casa de las chicas, se va ampliando cuando se establecen relaciones de pareja.

Las relaciones de pareja en los adolescentes no pueden ser entendidas desde el punto de vista sentimental y afectivo de los adultos, pues es al inicio de la adolescencia cuando aparece el amor a primera vista que puede ser no correspondido, incluso puede ser totalmente ignorado por la parte amada. Es entonces cuando la persona amada se idealiza y provoca en el adolescente su conversión en figuras ajenas a la realidad cotidiana (ídolos musicales, estrellas de cine, deportistas famosos, etc.), pero que no son sino proyecciones de su deseo aún inmaduro. El enamoramiento apasionado es un fenómeno que adquiere características singulares en el adolescente y que presenta vínculos intensos, pero frágiles.

Durante la adolescencia de transición es cuando se despiertan con ímpetu los deseos sexuales, los deseos provocados por la necesidad de conseguir una identidad sexual y descubrir el propio cuerpo a través de los cuerpos de los demás. Las relaciones de amistad manifiestas en el seno de la cuadrilla, sea esta de carácter mixto o de un mismo sexo, permiten al adolescente intercambiar sentimientos, expresar deseos y experimentar una sexualidad de la que no se posee mas que información diferida desde el mundo adulto del que, por cierto, el adolescente trata de distanciarse buscando a través de la experimentación, no siempre resguardada del peligro, la satisfacción de sus necesidades básicas, entre otras las sexuales.

En el seno de la cuadrilla los intercambios de mensajes en los que se expresa todo tipo de afinidades, emociones y sentimientos, son más cómodos para el adolescente que los producidos en el espacio adulto donde desconocen las reglas, reales o ficticias, que enmarcan las relaciones interpersonales, sobre todo si estas van acompañadas de expresiones sexuales. Para los adolescentes las relaciones sexuales son frecuentes, aunque generalmente son sólo de carácter exploratorio y de aprendizaje más que de complemento afectivo. Pueden verse también ciertos aspectos característicos de conductas masculinas en las chicas y femeninas en los chicos, aunque por lo general son sólo expresiones normales de una sexualidad aún no resuelta por completo. Durante el proceso adolescente se reconoce la evolución de las expresiones sexuales porque comienzan en el autoerotismo, continúan en la búsqueda de información a través de los medios (revistas, Internet) y desembocan, en complicidad con los miembros de la cuadrilla, con el descubrimiento del otro.

Sabemos que la familia y el grupo de amigos, pero también los medios de comunicación forman parte del universo socializador del adolescente. Como muy bien puntualiza Ros (2005), la información se ofrece mediante la seducción, con la finalidad de crear la necesidad y no como un medio para favorecer la comunicación, la exploración o el descubrimiento, así, difícilmente se convierte en conocimiento. Para los expertos, la televisión realiza una función socializadora fundamentalmente mediante el entretenimiento, porque son los programas de entretenimiento, y en especial los espacios de ficción, los que concitan a muchos telespectadores, y de modo particular a los adolescentes, a mirar la televisión. En los adolescentes confluyen las necesidades de integrar su yo en un contexto social y de encontrar unas construcciones sociales consensuadas que les permitan sentirse adheridos a su grupo de referencia, y es a través de la televisión y de otros medios como los adolescentes acceden a muchas parcelas de la realidad sobre las que todavía no tienen una experiencia directa.

Además, sabemos de la utilización creciente de Internet en los hogares que abre la puerta a una nueva manera de relacionarse para los adolescentes, pues si bien Internet se utiliza como herramienta de búsqueda de información, también se está extendiendo su uso para la comunicación entre amigos y para el establecimiento de nuevas relaciones a través del Messenger y el Chat. De este modo Internet se convierte en un instrumento que marca límites y distancias con el mundo de los adultos, pues al escaso uso que hacen estos últimos de la tecnología, se une para su preocupación, principalmente la de los padres, la opacidad de las comunicaciones, el tiempo ocupado que no se dedica al estudio u otras actividades normadas y, sobre todo, que no controlan las relaciones que los adolescentes establecen a través de este medio.

Apenas unos años atrás, el modo de comunicación y contacto entre adolescentes (privados de la posibilidad de encuentro material) era el teléfono. Participar de los Chats y del Messenger (MSN) cumple hoy la función de darle al adolescente la posibilidad de mantener ese contacto permanente con sus pares. Con la pantalla encendida en forma constante, ese contacto que parece por momentos tomar sesgos adictivos, resulta en general necesario para la construcción de la identidad adolescente como tal. A través del Chat el joven se instala en un lugar de pertenencia, un espacio de referencia que brinda nuevas formas de acceso a una identidad común adolescente.

En cuanto al fenómeno del boom de la telefonía móvil entre los adolescentes, debe ser entendido en el contexto del éxito que esta tecnología ha tenido en el conjunto de nuestra sociedad y que ha llevado a que en 2002 (apenas siete años después de que fuera introducido en el mercado español) alcanzase los treinta millones de usuarios, lo que es más llamativo si lo comparamos con que la telefonía fija con una antigüedad de ochenta años no ha llegado a los diecisiete millones de clientes. En cualquier caso, el impacto que esta tecnología ha tenido en los distintos segmentos de la sociedad no ha sido igual, y así este fenómeno debe ser entendido entre los adolescentes con sus propias peculiaridades, tal y como lo demuestra el numero especial que sobre el tema dedicó la Revista de Estudios de Juventud (2002), el cual es uno de los pocos trabajos que en España ha abordado este tema.

Nosotros hemos podido constatar el éxito de esta tecnología entre los adolescentes, pues es fácilmente observable tanto en las entrevistas en profundidad como en los grupos de discusión, donde nos confirmaron sin excepción que todos los participantes disponían de un aparato móvil en propiedad. Ahora bien, de lo observado en las entrevistas hemos entresacado que son normalmente los padres quienes compran el teléfono móvil a sus hijos, pero son los adolescentes quienes se responsabilizan de su mantenimiento así como de la compra de tarjetas que les permitan su uso, dado que es esta la modalidad más habitual con la que los padres adquieren este aparato. El motivo por el que los padres optan por esta modalidad y no por la de contrato, se debe a que así se evitan “sustos” cuando reciben las facturas y principalmente porque de esta manera se obliga a los adolescentes a organizarse y autogobernarse económicamente.

Tanto padres como hijos parece que justifican el uso del teléfono móvil a partir de la distinta utilidad que se le adjudica, pues si bien ambos entienden que sirve para poder comunicarse entre ellos cuando los adolescentes salen los fines de semana por la noche, para estos últimos principalmente constituye una forma de estar controlados. Entienden por control que el teléfono móvil les permite llamar a casa para pedir la gracia de llegar más tarde o bien para que los padres vayan a buscarlos. A pesar de que no se ahondó mucho a lo largo de las entrevistas otra cuestión que se detectó fue la mayor importancia que daban los adolescentes a la capacidad de mandar mensajes frente al uso más tradicional de comunicación oral. También resulta sobresaliente el valor otorgado a la posesión y el uso del móvil, pues no hay ningún adolescente que entienda que el uso de esta tecnología no es imprescindible para el desarrollo de las relaciones sociales. Ellos son una generación que ha crecido con esta tecnología y la han adoptado en su ajuar hasta formar parte de su estilo de vida.

En 1996, el Informe del Instituto de Juventud (INJUVE) señalaba que la generación juvenil de entonces estaba marcada por la falta de identidad como resultado de una tardía emancipación, que originaba una etapa aún sin denominación ni esquemas interpretativos. Los jóvenes no se declaraban infelices, sino faltos de identidad, y proseguía el Informe constatando un manifiesto etnocentrismo y una primacía de los sentimientos localistas sobre el talante universalista. Todo ello evidenciaba una búsqueda de ámbitos de seguridad en los que refugiarse. Por lo mismo, si con anterioridad al Informe los hogares familiares eran espacios de relación, y la información se obtenía básicamente fuera del domicilio, en 1996 los jóvenes identificaban la casa como el espacio donde se nutrían de información (televisión, libros, Internet), mientras que las relaciones personales las concentraban fuera del núcleo familiar. Algo parecido ocurre diez años después (2006) con la generación de adolescentes, pues el ámbito familiar es un espacio de seguridad y refugio, aunque no tanto de información y sí algo más de relación, pese a que la calle, el espacio compartido con los iguales, sigue siendo el espacio principal del conjunto de relaciones y por añadidura, de información.

Comas y otros (2003) sostienen que existe una influencia mutua entre estilos de vida y valores, y que la mayoría de los jóvenes van modificando sus estilos de vida y sus valores con la edad. Además, esas diferencias en estilos de vida se reflejan en múltiples aspectos tales como el posicionamiento religioso, los hábitos hogareños, el rendimiento académico, las relaciones sexuales y sobre todo el consumo de alcohol.

De forma general, señala Javier Elzo que los jóvenes valoran por encima de todo lo próximo, lo local, en lugar de lo universal, de los proyectos de futuro, del gran relato, de las grandes cuestiones sociales. Son apolíticos, dada su acentuación por el mundo próximo y por la incapacidad con la que ellos perciben el mundo de lo político de resolver el problema que más les importa: el paro (que les da sensación de exclusión de la vida social). No aceptan la injusticia y son solidarios puntualmente, pero sí aceptan la diferencia. Existe una grieta entre los valores finalistas (pacifismo, tolerancia) y los valores instrumentales (esfuerzo, responsabilidad). Cada vez son menos religiosos, no sienten la necesidad de saber nada sobre fe y cultura religiosas.

Las apreciaciones anteriores se refieren más a los jóvenes finiseculares que a los adolescentes del nuevo siglo, pese a ser verdad que los jóvenes de fin de siglo vivían ahogados en un mar de contradicciones, sencillamente porque también era contradictoria la propia sociedad. Por ejemplo, los intereses personales eran prioritarios con respecto a los intereses comunitarios; de este modo, los jóvenes eran capaces de mantener conductas profundamente prosociales mezcladas con conductas profundamente antisociales, reflejo de las incongruencias que palpitaban en la sociedad española de fin de siglo.

También la sociedad española, como sociedad abierta y de riesgo, empuja a los adolescentes y jóvenes a ser más vulnerables e inseguros. Se han visto abocados a construir una moral de urgencia, utilitaria del funcionar y consumir, una moral de nuevas ficciones donde todavía no hay palabras para hacer canon entre el pasado, el presente y el futuro. Todo parece que transcurre demasiado deprisa. Vulnerabilidad y sufrimiento e inmediatez e incertidumbre forman parte de la inestable construcción de la personalidad adolescente, provocando la suma de contradicciones que los adultos perciben como formando parte del proceso de madurez y adquisición del rol de adulto entre los adolescentes. Proceso que está enmarcado por relaciones de incomunicación entre generaciones,  no sólo en el entorno familiar, sino en el conjunto de las relaciones sociales.

En ese mundo de incomunicación e incomprensión intergeneracional se proyecta como la principal contradicción de la juventud española actual la división entre el yo y el nosotros, entre el individualismo y la solidaridad. En un momento en el que se prima la ayuda a los más necesitados y el apoyo a las organizaciones humanitarias, donde los jóvenes son los primeros en movilizarse a la hora de atajar los problemas de los demás, cuando se exige al Gobierno a gritos que entregue un minúsculo porcentaje del PIB a los países menos desarrollados o que se les condone la deuda, cuando la defensa del medio ambiente va más allá de tener cuidado con el fuego al pasar un día en el campo, aparece otra defensa, la de la subsistencia y la necesidad de destacar en una sociedad extremadamente competitiva, donde ser el mejor es la aspiración de todos, a costa casi de cualquier cosa o persona.

Esta contradicción juvenil se comprueba además, en que mientras se defiende un reparto más justo de los bienes para evitar diferencias abismales entre unos países y otros, se convive con el culto a la moda y el consumo. Las marcas y las tendencias son el plato fuerte del entramado de relaciones sociales de los más jóvenes, dado el cuidado que se manifiesta en la puesta en escena con que nos presentamos, exhibiendo una determinada imagen ante los demás. Hoy día, son los jóvenes de clase media los protagonistas de la moda, que siguiendo a König (2002) tuvieron sus precursores en los punkis, los freaks o los ciborgs.

Los mitos sobre la tolerancia y rebeldía social de los jóvenes españoles no tienen base real. Después de años de estudios y análisis específicos sobre el comportamiento y las actitudes de la juventud, la FAD y el INJUVE trazaron el pasado 2004 un perfil nada complaciente con los adolescentes de este país. Ni la tolerancia que se le supone es tal, ni son activos, ni tampoco rebeldes “con causa”. Reaccionan mal a la diferencia, ante los comportamientos distintos o que se salen de las pautas que ellos consideran normales. Por ejemplo, entre los jóvenes que practican botellón, aquéllos que rehuyen tal práctica son tenidos por “raros”, inmaduros o inadaptados, y rechazados del grupo, y así casi con cualquier otra situación, positiva o negativa, que se plantee.

La cultura juvenil está muy influida por la representación social, o sea, por lo que la sociedad cree que son los jóvenes. Los jóvenes asumen sin rechistar los estereotipos que a menudo forjamos de ellos los adultos y los medios de comunicación. Si el imaginario común de “ser joven” implica ser rebelde contra la autoridad, idealista o practicar un ocio arriesgado (alcohol, drogas…), los adolescentes lo asimilan como algo propio. La paradoja es que se trata de una rebeldía superficial, más provocada por sus hormonas en conflicto o la búsqueda de la propia identidad que contra las pautas sociales establecidas, o contra un mundo injusto. Son de hecho acomodaticios, pragmáticos y partidarios de vivir el día a día.

Su “relativismo moral” tiene más que ver con la indiferencia y el pasotismo que con la tolerancia. Si se aceptan con normalidad fenómenos como el aborto, la eutanasia o los nuevos avances en reproducción asistida, entre otras situaciones de dilema ético, es más por un planteamiento de no me importa, que cada uno haga lo que quiera, que por razones ideológicas o de implicación y reflexión moral. Miran los adultos con indiferencia, resignados a ser en el futuro como ellos, y han convertido el tiempo de ocio en el epicentro de su vida, por encima del estudio y del trabajo. Es el predominio del discurso de la mayoría, tan potente que acalla los discursos individuales, conformando la representación de la cultura juvenil de modo poco idealista, pues sostiene que el compromiso social es cosa de mayores y que, además, suele estorbar para lo que el adolescente y el joven suponen que es su verdadero compromiso: divertirse y prepararse para un mercado laboral complicado. No son pocos los que muestran la falta de constancia y el poco aguante que tienen a la frustración. Quieren conseguirlo todo muy rápido, cuanto antes mejor. Se ilusionan muchísimo con las cosas, pero enseguida se cansan porque han puesto sus esperanzas en otra cosa.

Los adolescentes más que los jóvenes están en general satisfechos. La mayoría no manifiesta grandes preocupaciones y su grado de optimismo y felicidad ante la vida es alto. Son felices, si bien es cierto que, en esta tónica general de felicidad, hay adolescentes que reconocen no sentirse siempre así, y que hubo malos tiempos; aunque rápidamente recapacitan y se reinstalan en su estrenada o recobrada felicidad. Parece cuando menos sorprendente que en una etapa tan convulsa de desarrollo personal, muestren tal grado de unanimidad en su satisfacción con la vida. Es durante este periodo cuando surge entre los adolescentes una nueva comprensión de sí mismos, que conlleva cambios importantes referidos a una mayor búsqueda de independencia. También se afianza la percepción que tienen de sí mismos, sus características propias y de personalidad, es decir, de su identidad. Es frecuente que se produzca una disminución de la autoestima a partir de una creciente manifestación de los cambios en los que se ven inmersos, y la forma diferente de pensar acerca de las cosas, al observar las diferencias entre el modo en que actúan y el modo en que piensan que deberían hacerlo. Es decir, entre el ser y el deber ser.

De una muestra representativa de adolescentes se obtuvieron unos resultados que reflejan cómo la práctica totalidad se encuentran bien o muy bien con las cosas y personas que los rodean. Ahora bien, cuando se analizaron estos resultados en función de distintas variables sociodemográficas se pudo observar que hay distintos sectores dentro de la población adolescente cuya satisfacción general con las distintas cosas y personas que les rodean, es significativamente mayor o menor que la de otros grupos. Así, se observa en primer lugar que los más mayores (chicos y chicas nacidos en el año 1985) definen en mayor medida que el resto, cómo regular su satisfacción con la vida en general. También observamos que en función de la confianza que se tenga con los padres se detectan distintos niveles de satisfacción. A este respecto los datos nos muestran que los adolescentes que tienen confianza con sus padres señalan en mayor medida encontrarse muy bien con la vida en general, mientras que quienes no tienen confianza con sus dos progenitores afirman no encontrarse nada satisfechos en mayor medida. Una tercera variable se refiere al nivel económico subjetivo, que nos indica como los adolescentes que se autoposicionan en un nivel económico bajo o medio bajo, están en menor proporción muy satisfechos con la vida en general que el resto de los adolescentes. En conjunto, más de la mitad de los adolescentes se encuentran muy o bastante satisfechos con todos los aspectos de su vida salvo con las relaciones sexuales, con las que no sólo no se alcanza este porcentaje, sino que además recoge la mayor proporción de adolescentes que no están nada satisfechos (20,2%). Ahora bien, mucha o bastante satisfacción nos indica que ésta se presenta en diferentes grados, por lo que para poder analizar mejor estas diferencias calculamos la satisfacción media de los adolescentes.

Los elementos con los que más satisfechos son, a parte del lugar de residencia, aspectos que tienen que ver con las relaciones humanas, entre las cuales se encuentran en cabeza los amigos y la familia. Por el contrario, el aspecto con el que menos satisfecho se encuentran los adolescentes son sus relaciones sexuales. Entre estos dos extremos se sitúan toda una serie de elementos con los que tienen unos niveles muy similares de satisfacción, ya que se agrupan en torno en torno a puntuaciones que oscilan entre 2,29 (satisfacción con la libertad en casa/normas) y 2,43 (satisfacción con la pareja). Pero más allá de estos resultados genéricos, quisimos indagar en qué sectores de la población adolescente existe más o menos satisfacción con respecto a cada uno de los aspectos, cruzando estos con una serie de variables, y así obtuvimos estos resultados:

1. Satisfacción con la familia. La única variable que establece relación con la satisfacción con la familia es la confianza con los padres. Esta relación nos indica como quienes tienen confianza con sus dos progenitores muestran mayores niveles de satisfacción.

2. Satisfacción con las relaciones de pareja. Dos son las variables que encontramos con relación significativa: edad y tener pareja. Respecto a la edad hemos hallado que son los más jóvenes (chicos y chicas nacidos en 1992) quienes sobresalen por tener menores niveles de satisfacción. En cuanto a tener pareja, se observa como lógicamente quienes tienen novio/a están muchísimo más satisfechos que quienes no tienen pareja.

3. Satisfacción con las relaciones sexuales. Las tres variables con las que hemos hallado relación estadística son: edad, lugar de residencia y tener pareja. La variable edad  nos revela que son los más jóvenes (chicos y chicas nacidos en 1992) los que sobresalen por estar menos satisfechos con sus relaciones sexuales. Por su parte, el lugar de residencia nos señala que son los adolescentes que viven en localidades menores de 2000 habitantes quienes destacan por tener menores niveles de satisfacción en este aspecto. Por último, el tener pareja nos indica que quienes tienen novio/a están significativamente más satisfechos que quienes no tienen.

4. Satisfacción con la disponibilidad de dinero. La variable nivel económico subjetivo nos señala que quienes se autoposicionan en un nivel económico bajo o medio bajo, están significativamente más insatisfechos que el resto de los adolescentes.

5. Satisfacción con la libertad en casa/con las normas. El análisis de los cruces establecidos con otras variables revela que el sexo, la confianza con los padres y la cantidad de normas, son las tres variables que nos muestran grupos de adolescentes con distintos niveles de satisfacción. En cuanto al sexo, las chicas sobresalen por estar poco satisfechas con este elemento de su vida familiar. Respecto a la confianza con los padres, quienes no tienen confianza con ninguno de sus dos progenitores destacan por mostrar niveles de insatisfacción mayores que los adolescentes que tienen confianza. Por último, la variable cantidad de normas nos indica que los adolescentes que dicen tener muchas, se distinguen por tener menores niveles de satisfacción que el resto de los adolescentes.

6. Satisfacción con la disponibilidad de tiempo libre. El sexo es la única variable que, cruzada con la satisfacción por la disponibilidad de tiempo libre, da resultados significativos. El análisis de ese cruce nos revela que mientras los chicos destacan por mostrar mucha satisfacción con el tiempo libre que disponen, las chicas sobresalen por señalar en mayor medida su poca satisfacción.

7. Satisfacción con la utilización del tiempo libre. Al igual que sucedía con la variable anterior, al cruzar diversas variables con la satisfacción en la utilización de su tiempo libre, hemos hallado que sólo se establece relación significativa con el nivel económico subjetivo. Esta variable nos indica que los adolescentes que se autoposicionan en un nivel económico bajo o medio bajo sobresalen por estar en mayor proporción que el resto, nada satisfechos con la utilización que hacen de su tiempo libre.

8. Satisfacción con el aspecto físico. El sexo es la única variable que saca a la luz grupos de adolescentes con una mayor o menor satisfacción con su aspecto físico. Así esta variable nos muestra que los chicos están muy satisfechos con su aspecto físico en mayor medida que las chicas.

9. Satisfacción con el lugar de residencia. Aunque la gran mayoría de los adolescentes (87,1%) se encuentran muy o bastante satisfechos con su lugar de residencia, hemos hallado que los adolescentes que viven en localidades de menos de 2000 habitantes destacan por estar en mayor proporción nada satisfechos con su lugar de residencia.

Son los vaivenes emocionales que sufre el adolescente durante el proceso de construcción identitaria y de conciencia individual los que le empujan a un cierto ensimismamiento acompañado de introspección, todo ello aderezado por un aumento de la preocupación por los principios éticos, filosóficos y sociales que no pocas veces llevan a la formulación de un plan de vida muy distinto al que se tenía inicialmente.

Respecto al posicionamiento político, los adolescentes y jóvenes participan poco en la política. La mayoría de los jóvenes se declaran de izquierda o centro izquierda y manifiestan pensamientos progresistas, sin embargo, la mitad de ellos se muestra aunque no favorable sí complaciente con la pena de muerte. Se definen como tolerantes, garantes de la diversidad, solidarios, contrarios al racismo y la xenofobia, pero fallan en los valores instrumentales, como el trabajo bien hecho, la dedicación, el saber diferenciar los deseos hasta pasado un tiempo, la disciplina o la obediencia. Entre los valores que más destacan figura la necesidad de disfrutar de una buena salud, con lo que eso conlleva de tener hábitos alimenticios y de conductas saludables. De hecho, la actividad preferida que declaran para su tiempo libre es la práctica de algún deporte. Este gusto por el cuerpo no lleva consigo una preocupación por evitar los males que podrían ser fácilmente controlables. La asunción de riesgos, que va en contra de la defensa de la salud, se produce principalmente durante los fines de semana y está vinculada a la ingestión abusiva del alcohol.

Respecto al posicionamiento religioso, contamos con los datos del Informe Juventud en España 2004 del Instituto de la Juventud, que reflejan una caída en picado de la sintonía entre la Iglesia católica y las nuevas generaciones, hasta el punto de que en los últimos cuatro años se ha reducido a la mitad el porcentaje de jóvenes católicos practicantes (del 28% al 14%). Ya en un estudio de González-Anleo (2004) sobre la religión entre los jóvenes, y en el que por primera vez se incluía a los chicos de trece y catorce años, el tramo de edad más religioso, se indicaba que sólo un 12% iba a misa los domingos y en su mayoría son chicas, hijas de familias adineradas y votantes de derechas. El 20% de los encuestados afirmaba haber pasado de una postura religiosa a una no religiosa, sin diferencia entre los hombres y las mujeres. Y sólo el 2% había hecho el viaje contrario. Esto es a consecuencia de que muy pocos jóvenes encuentran en la Iglesia ayuda religiosa para orientarse en la vida y hallar respuesta a sus problemas. Un 79% de los adolescentes y jóvenes opinaba que la Iglesia es demasiado rica, que tiene demasiado dinero, y un 66% que hace muy poco de lo que exige a los demás. El control de la natalidad, la libertad sexual, sus exigencias morales y su anclaje en el pasado lastran la relación de los jóvenes con la Iglesia. Esta postura de los jóvenes sobre la religión venía influida por el ambiente familiar (66%) y por lo que ven en la sociedad (29%). En nuestra encuesta, el porcentaje de adolescentes que se identificaron como practicantes de una religión ascendió al 17’2% (16’9% católico practicante y un 0’3% practicante de otra religión). La mayoría (48’2%) se declaró creyente pero no practicante (46’6% como católico no practicante y un 1’6% como no practicante de otra religión). Finalmente, el 19% dijo ser ateo o agnóstico y un 15’3% indiferente en materia religiosa.

Distribución de la muestra según práctica religiosa

Práctica religiosa n %
Practicante católico 63 16,9
Católico No-practicante 174 46,6
Practicante de otra religión 1 0,3
Otra religión No-practicante 6 1,6
Indiferente 57 15,3
Ateo/agnóstico 71 19,0
N/C 1 0,3
Total 373 100,0

También se ha constatado la crisis de las instituciones tradicionales como la causa de que la escuela, los padres y la iglesia ya no sean correa de transmisión de creencia religiosa alguna. Los adolescentes ya viven dentro de una sociedad secularizada plenamente, y de ella se escuchan su discurso pero no quieren su control: ellos tienen claro que han de construir su propia vida independientemente de sus padres, a  pesar de que vivan eternamente bajo el mismo techo, como también pueden vivir en la esfera política o religiosa, sin aceptar, de ninguna forma, sus incongruencias o dobles morales.

Respecto a las experiencias de voluntariado social en cuanto espacio de socialización adolescente, éstas suponen más un desideratum que una realidad, pues son numerosos los adolescentes que manifiestan su interés por participar o pertenecer a una asociación de voluntariado o a una ONG, pero son una proporción muy pequeña los que realmente participan en dichas organizaciones. Una encuesta realizada en 1998 por el Instituto de la Juventud entre mil doscientos españoles de catorce a veinticuatro años reflejaba que, a pesar de lo mucho que se hablaba del fenómeno del voluntariado juvenil, sólo un 2,2% participaba al menos una vez por semana en tareas de participación social o voluntariado. El estudio era concluyente, los jóvenes no estaban dispuestos a sacrificar su tiempo por los demás.

La participación de los jóvenes en Asociaciones debe situarse en un contexto como el español en el que, a pesar del buen grado de aceptación que estas tienen entre ellos, se dan las cifras de asociacionismo juvenil más bajas de la Europa de los quince junto con Grecia e Italia. Esta baja participación que es justificada por motivos de cultura política, cifra desde hace veinte años el porcentaje de participación juvenil en un 30% y se caracteriza por ser principalmente de tipo deportivo (Elzo, 1999: 238). El último Informe de Juventud (2004) señala que este porcentaje sigue disminuyendo y tan sólo el 26,4% de los adolescentes y jóvenes españoles participa en alguna asociación, y la mitad de ese porcentaje lo hace en deportivas o recreativas. Apenas el 1% del total se involucra en movimientos ecologistas y sólo el 1,5% participa en una ONG

Asociacionismo Adolescente

Pertenencia n %
SI pertenece 170 45,6
NO pertenece 201 53,9
N/C 2 0,5
Total 373 100,0

Casi la mitad de los adolescentes (45’6%), dijo pertenecer o estar vinculado a una Asociación. Ahora bien, el 11’8% de los vinculados asociativamente pertenecía a más de una Asociación.

Vinculados asociativamente según tipo de Asociación

Tipo de Asociación casos %
Deportiva 122 32,7
Religiosa / Apostolado 13 4,4
Cultural / Sociocultural 22 5,9
Club social / Recreativa 25 6,7
Asistencia / ONG 8 2,1
Movimiento Social 1 0,3

El 32’7% de los adolescentes pertenecían a una Asociación de tipo deportiva, el 6’7% de tipo recreativo o Club Social, el 5’9% a una cultural o Socio-cultural, el 4’4% a alguna de tipo religiosos o de apostolado, el 2’1% a alguna ONG y un 0’3% a un Movimiento Social. También encontramos diferencias en función del tipo de hábitat, pues a pesar de la primacía de las asociaciones deportivas, entre los adolescentes entrevistados del ámbito rural o los muy ligados a él hemos encontrado que la adscripción más que la pertenencia se da a un elenco más variado de asociaciones, donde son mayoritariamente usuarios de la asociación, beneficiándose únicamente de las actividades de la asociación.

Respecto al grado de inserción en el mundo asociativo, el 45,8% de los adolescentes están inscritos en algún  tipo de asociación. Ahora bien, los universitarios destacan por mostrar mayores niveles de asociacionismo que el resto de los estudiantes y, por el contrario, quienes se autoposicionan en un nivel económico bajo o medio-bajo muestran niveles de asociacionismo significativamente menores. El tipo de asociaciones en las que participan los adolescentes son de modo mayoritario las de tipo deportivo. El tipo de jóvenes que se encuentran asociados a organizaciones de tipo deportivo es principalmente de chicos más que de chicas. Con un porcentaje de jóvenes asociados muy inferior se sitúan el resto de asociaciones, entre las cuales hay que destacar las de tipo recreativo y cultural por ser las que acogen el mayor porcentaje. A pesar del escaso número de adolescentes que participan en grupos religiosos o de apostolado no quisiéramos dejar de reseñar este dato, puesto que contrasta con el elevado porcentaje de jóvenes que recogían este tipo de organizaciones hasta no hace demasiados años.

Confianza media en la Instituciones
Servicio Riojano de Salud 5,23 Medios de Comunicación 4,12
Centros Educativos 5,06 Movimientos Sociales 4,12
Universidades 4,93 Asociaciones no juveniles 4,07
Asociaciones Juveniles 4,88 Sindicatos 3,96
ONGs 4,86 Ayuntamiento 3,74
Clubes Deportivos 4,82 Iglesia/Parroquia 3,01
Consejo de la Juventud 4,65 Multinacionales 2,88
Centros Jóvenes 4,63 Partidos Políticos 2,52
Policía 4,23

Otras instituciones en el ámbito de los adolescentes queríamos conocerlas a través del crédito y la confianza que depositan en ellas y, por tanto, conocer cuáles poseían credibilidad suficiente a la hora de desarrollar una posible campaña de prevención del consumo abusivo de alcohol. La confianza se midió a través de una escala de uno a siete en la que uno significa que no tienen ninguna confianza en esa institución, y siete que es plena y absoluta y el resultado se muestra en el cuadro siguiente. En este cuadro se puede observar que las instituciones en las que más confianza tienen los adolescentes de doce a diecinueve años, son el Servicio Riojano de Salud y los Centros Educativos (las únicas cuya media supera el cinco) y las que menos son la Iglesia, las Multinacionales y los Partidos Políticos, ya que estas obtuvieron con diferencia las peores puntuaciones. En cualquier caso, si se observa de una manera global los resultados obtenidos puede verse que salvo en el caso del Servicio Riojano de Salud y las ONGs, las instituciones que más valoración reciben (más de un 4,5% de media) son las más cercanas y con las que mantienen un contacto directo.

Hay que entender que la vida interior del adolescente está permanentemente en crisis por los cambios experimentados tanto física como emocionalmente y, por supuesto, por el cúmulo de nuevas experiencias a que se ve sometido de manera más o menos intensa, más o menos rápida e instantánea. Romeu (2005) llega a decir que en la construcción de su propio yo, los adolescentes crean una gran laguna biográfica (de lo que ha sido la religión en sus raíces familiares y personales) y optan por vivir la instantaneidad en todo, es decir, son inmediatos, presentistas, son partidarios del aquí y ahora.

En cuanto a metas y objetivos personales de los adolescentes, abordamos este aspecto desde lo más cercano, lo circunscrito a la visión de sus expectativas a medio y largo plazo y a sus planes de futuro. Partimos de que los estudios y el trabajo son las principales obligaciones de los adolescentes. Respecto a los estudios, se muestran satisfechos incluso cuando los resultados académicos no son muy buenos. Los malos resultados académicos, o lo que creen los padres interpretan como falta de interés por los estudios, supone un motivo de discusión en el seno familiar.

En los últimos años se ha reducido el porcentaje de jóvenes que estudian (se ha mantenido la tasa de escolaridad en niveles obligatorios pero ha disminuido en los postobligatorios). Si en 1999, año en el que se estableció el pico más alto, lo hacía el 55%, en el año 2004, fue del 45%. No sólo ha descendido el número de estudiantes, sino que también se ha reducido notablemente la proporción de aquellos que sólo se dedican a esta actividad (del 41% en 1996 al 31% en 2004). Sin embargo, aquellos jóvenes que han abandonado los estudios y optado por trabajar no se sienten tan satisfechos con su nueva situación, pues se quejan de las condiciones laborales y la remuneración. Aun así, siempre podemos encontrar adolescentes que se sienten estresados o agobiados a causa de las obligaciones cuando compaginan estudios y trabajo.

Otra de las cosas que ocurre en el periodo de la adolescencia y que numerosos autores están de acuerdo en señalar, es que los chicos y chicas además de tener nuevas responsabilidades u obligaciones, también empiezan a tener pensamientos y fantasías sobre su futuro y su vida adulta, es decir, sobre los estudios universitarios, el trabajo o el matrimonio. Con las expectativas de los adolescentes y jóvenes nos pasa como con la satisfacción con sus vidas, no acabamos de creérnoslos. Aunque quizás una visión tan positiva sobre la primera de estas cuestiones, tenga su parangón en el optimismo, o por lo menos la falta de pesimismo, con el que afrontan su futuro. Se enfrentan al futuro con mucho optimismo (por no decir harta alegría), para lo que es nuestro punto de vista de maduros analistas. Parece desprenderse de sus manifestaciones tenerlo todo claro; tanto si van a estudiar en un futuro, en algunos casos ya presente (los universitarios entrevistados), como si su opción es no seguir haciéndolo. E incluso los más jóvenes parecen haber pensado en ello; aunque, en este caso, no tengan las ideas tan definidas. Otros no saben qué van a estudiar. Y mientras, los hay que cogen el toro por los cuernos y rectifican con premura. Otros aplazan en lo posible la decisión. Los hay que se imaginan ejerciendo su profesión, y no cualquier profesión. Y algunas chicas se ven formando al mismo tiempo una familia

Unos planes de futuro sin el más mínimo guiño a consideraciones sobre la realidad actual y las dificultades que ésta entraña. Otros planes de futuro son quizás más imaginativos, pero no más ambiciosos como ellos parecen observar (nosotros entendemos que son más factibles). Relatan viajes, algo muy extendido entre los jóvenes que ansían viajar, y otras experiencias diversas. Pero también hemos encontrado atisbos de realismo. La mayor reflexión o el punto de realismo sobre el futuro parecen venir del lado de los jóvenes que se han incorporado al mercado laboral, que se muestran como más dados a sopesar lo que son oportunidades reales.

Este es el capítulo II que con sus notas de pies de página y bibliografía se puede encontrar en la publicación “Adolescentes, ocio y consumo de alcohol” (Editorial Entinema. Madrid)

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¿Cómo perciben los adolescentes la posibilidad de la diversión? ¿Cuál o cuales son las premisas para el despliegue de su divertimento? La diversión, en una de sus acepciones, se define como seguir alguna afición que les distrae de sus ocupaciones ordinarias. Si atendemos a los discursos de chicos y chicas, el significado que éstos asignan a la práctica de la diversión parece ajustarse perfectamente a esta descripción, y esto porque los adolescentes relacionan de forma automática y mecánica diversión con tiempo desocupado, con tiempo libre fuera de ocupación de cualquier tipo; y, a medida que los adolescentes tienen más edad, se manifiesta en este sentido en mayor grado. (Cuanto sigue proviene de la encuesta realizada en 2005 a jóvenes residentes en La Rioja)

Pero ¿de qué ocupaciones hablamos cuando nos referimos a chicos y chicas de edades comprendidas entre los doce y  los diecinueve años? El rol fundamental de los adolescentes es el de su preparación para la etapa adulta, y esta forma de entender la adolescencia como tránsito hacia la condición de joven-adulto, esta experiencia de vivir la adolescencia se concreta en estudios, trabajos eventuales y, en el peor de los casos, búsqueda de empleo.

La contraposición entre tiempo ocupado y tiempo desocupado, tiene su traslación desde una perspectiva de viabilidad para la diversión en tiempo normativo, el de los días de estudio o los días laborables, versus tiempo de fiesta. La referencia al tiempo de asueto está íntimamente unido a la diversión;  por el contrario, cuando los chicos y chicas se refieren a las cuestiones que ellos consideran más tediosas, fastidiosas, o cuando menos aburridas, mencionan conceptos y frases como “estudiar” o “las obligaciones”. Los adolescentes que han optado por el mundo laboral, por el trabajo, bien de una forma definitiva con la perspectiva de seguir en ello, o bien a través de una aproximación experimental o puntual en trabajos de verano, se manifiestan en un sentido similar. Así, vemos que los adolescentes cuya ocupación principal está ya circunscrita al mundo laboral, y a los que les gusta su trabajo, se contradicen en cierto modo al señalar como aquello que menos les gusta hacer es precisamente “trabajar

No hay muchas diferencias entre adolescentes estudiantes y adolescentes trabajadores en cuanto a la consideración tediosa de aquellas ocupaciones que les suponen algún tipo de obligación y las actividades que a ellas se asocian. Ahora bien, entre los adolescentes que trabajan señalan como uno de los principales escollos que se interponen en su experiencia de diversión, la falta de tiempo para relacionarse los días de labor. El cansancio es otro de los obstáculos para la diversión de los jóvenes trabajadores.

El tiempo libre es un privilegio juvenil como señala Martín Serrano (2000). Ahora bien, cuanto más joven la persona, más tiempo para los entretenimientos y divertimentos; mientras quienes se aproximan a la condición de adulto a través de la incursión en el mundo laboral, pierden parte de ese privilegio. En este sentido, los adolescentes de hasta quince años no relacionan tedio y ocupaciones que supongan algún tipo de obligación; y esto probablemente porque a esas edades no sienten el peso de la responsabilidad de las obligaciones. Algo que sí ocurre entre los chicos y chicas de edades superiores.

Los adolescentes perciben que la única posibilidad de diversión se va a dar en una situación eximida o relevada de cualquier tipo de obligación, es decir, dentro del ámbito ocupado por el tiempo libre. Por otra parte, referirse a la diversión significa acotar el significado del término a una de sus acepciones, la de esparcimiento; y en concreto reducirla a algunos de sus sinónimos, bien al binomio gusto y aficiones, bien a la más colorista asociación de términos como jolgorio, juerga o parranda.

No sabemos hasta qué punto identifican la diversión con gustos y aficiones, pues las salidas nocturnas -la actividad privilegiada de los adolescentes en sus preferencias de diversión-, forman parte de sus gustos y aficiones. Es revelador comprobar que quienes no participan de las salidas nocturnas (los de menor edad), identifican diversión con el desarrollo de sus aficiones o con algún tipo de actividades que les son gratas. Sin embargo, a partir de los quince años la fiesta -el jolgorio, la juerga- pasan a ser el centro de su idea y de su ideal de la diversión.

Los chicos y chicas diurnos señalan como actividades que les divierten algunas relacionadas con el ejercicio físico, como los deportes (fútbol, baloncesto, pelota) o patinar; ir al cine, ir de tiendas (la mayoría de veces sin ánimo, ni posibilidades, de comprar); los juegos de los recreativos (los de toda la vida como el futbolín, ping-pong y alguno más sofisticado); o simplemente pasear y conversar; sin olvidar las actividades que requieren de cierta premeditación en su diseño, como ir a parques de atracciones, excursiones o salidas al monte o a la playa (entre los chicos y chicas de más edad). A este respecto sería fácil señalar diferencias entre chicos y chicas: ellos parecen preferir los ejercicios físicos y los recreativos; ellas el cine, ir de compras simuladas y los paseos, respondiendo a cánones establecidos de género.

Estas serían  a grandes rasgos las principales actividades en las que se ocupan los adolescentes en su tiempo libre. Sin embargo, estas actividades no son las mismas cuando hablamos de los espacios de ocio, los lugares donde se desarrollan estas actividades, pues si atendemos a lo que ocurre los fines de semana y días festivos, encontramos que los lugares más frecuentados por los adolescentes (el 61,7%) son las calles y parques, seguidos de los bares, cafeterías o pubs a los que asisten el 53,1% y en tercer lugar un 27,1% frecuentan chamizos. Finalmente, un 18% ocupan su tiempo libre visitando los centros comerciales.

La casa, que en los días laborables era el lugar más frecuentado por los adolescentes (un 73,2%), en los días festivos se reduce al 15,3%; una reducción bastante significativa (más de 50 puntos). Existe pues una dualización en la utilización de los espacios en función del día de la semana. Lugares como otras casas, pueblos de origen y campo y naturaleza son frecuentados por el 16,4 %, 12,1% y 11,3 % de los adolescentes respectivamente. En menor medida, con porcentajes comprendidos entre el 9,7% y el 3,8%, los adolescentes pasan su tiempo libre en lugares como recreativos, polideportivos, locales de espectáculos culturales y cibertecas. Por último, el 5,1% de los adolescentes pasan su tiempo libre en los siguientes lugares: locales de espectáculos deportivos, colegios, clubs-asociaciones y talleres de formación.

Si atendemos al sexo de los adolescentes, los chicos frecuentan en mayor medida los chamizos, recreativos, el campo y la naturaleza; y las chicas los centros comerciales y los pueblos de origen de las familias. Y si atendemos a la edad, mientras que los parques y la calle disminuyen como lugares más frecuentados según aumenta ésta, con los bares, cafeterías y pubs ocurre justo lo contrario, pues a más edad más frecuencia en la asistencia a estos locales. Casi un 80% de los adolescentes de entre dieciocho y diecinueve años frecuentan los días festivos los bares, cafeterías y pubs, mientras que menos de un 17% de los adolescentes de entre doce y catorce años hacen uso de estos espacios. No obstante, pese a quedar en segundo lugar calles y parques, siguen siendo un espacio de vital importancia para los adolescentes de cualquier edad, seguido ya a distancia de chamizos y locales de uso exclusivo. Los recreativos, centros jóvenes, y cibertecas, según se puede observar en la tabla, se convierten en territorio casi exclusivo de los más jóvenes.

Sabemos que salir los fines de semana se convirtió desde los años ochenta en una ocasión de transgredir las normas familiares y la monotonía de la rutina (llegar tarde, beber, salir con los amigos, etc.). Estas actitudes transgresoras se interpretaban como la necesidad de abrir vías de fuga y evasión que permitieran soportar la frustración que resultaba de una situación acomodaticia y fundamentalmente como la forma de construir identidad de grupo y, a partir de ella, la propia identidad individual. Hoy día, los adolescentes, sobre todo los de más edad, dedican las noches del fin de semana (especialmente algunos viernes y los sábados) al ocio nocturno. Salir de noche se convierte en una especie de rito obligatorio. Palabras clave como bares, noche, beber y fin de semana aparecen en casi todos los discursos de los adolescentes al preguntarles por el significado de salir de marcha. De este modo, salir de marcha tiene para los adolescentes las siguientes premisas: salir noches de fin de semana y consumir bebidas alcohólicas.

Tal y como afirman Pallarés y Cembranos (2001), la noche, especialmente la del fin de semana, se convierte en un espacio abierto pero ambiguo de experimentación de formas de sociabilidad, que permite a la juventud salir del “atolladero” en que se encuentra por el alargamiento de su dependencia de los adultos. Podrían plantear el conflicto en otros términos y/o otros ámbitos, pero debido a toda una serie de circunstancias, “la marcha” es el lugar preferido para escenificar las diferencias generacionales en el acceso a espacios de participación y poder. A pesar de ello, la ocupación de espacios públicos y privados permite a los y las jóvenes imponer (aunque sólo sea en la noche) sus propias leyes en dichos espacios, al hacerlos suyos y experimentar cuotas de poder y relevancia siempre y cuando (o para que) no reclamen otras. Y es que la diversión de los adolescentes lleva implícita la realización de sus aficiones declaradas y la satisfacción de sus gustos, entre los que se constatan ir de fiesta o ir de marcha. Son sobre todo los adolescentes de más de quince años quienes destacan en sus relatos, de modo enfatizado o en alusiones, el ir de marcha o salir de marcha como experiencia de diversión.

¿Qué entienden los adolescentes por salir o ir de marcha? O mejor aún, ¿en qué consiste la actividad relatada como preferida, por los chicos y chicas, en su experiencia de la diversión? Esa actividad a la que ellos no siempre se refieren como salir de marcha o ir de marcha, pero no obstante, identifican claramente asociada a una serie de componentes. A juzgar por lo que ellos nos transmiten, uno de los rasgos definitorios de la práctica de la diversión de los adolescentes habría que buscarlo en la restricción del ámbito de diversión a la participación de un solo tipo de gente: ellos mismos. De este modo los adolescentes intentan separarse, alejarse de los ámbitos de diversión de los adultos. Es como si los adolescentes creyesen que sólo entre los miembros de su propia generación pueden sentirse a gusto.

La mayor parte de los adolescentes utilizan el tiempo libre que pueden pasar fuera del hogar para estar con los amigos, o los compañeros del equipo, o los colegas del barrio y sobre todo los fines de semana. Estos encuentros se desarrollan siguiendo un plan de alejamiento del ámbito del ocio adulto; modelo de ocio que, por otra parte, ellos consideran bastante alejado del suyo. Y, sin embargo, los hábitos de salidas de estos chicos y chicas responden a la cultura dominante, la de sus propios padres. Son los adultos occidentales quienes, sobre todo a partir de mediados del siglo XX, habrían extendido un modelo de ocio nocturno que descansa en el alcohol. Además, no hace falta que estos chicos y chicas se remitan a personas de cierta edad para apreciar diferencias en cuanto al disfrute del tiempo libre y a los espacios frecuentados; los adolescentes llegan a establecer diferencias con otros jóvenes apenas unos años (cuatro años), mayores que ellos. Además, a la hora de salvaguardar sus espacios de diversión frente a los adultos, se muestran bastante tajantes.

La pretendida y buscada separación del mundo adulto se manifiesta claramente en otros dos componentes del salir de marcha, como son la nocturnidad y los espacios de la fiesta. La nocturnidad es un hecho contrastado que incluso entre los más jóvenes y aquellos que apenas han comenzado a salir con sus amigos está muy presente. Ahí se encuentra la diferencia que supone cruzar la frontera de la edad, sus salidas del lado de la noche. Así, los adolescentes que no salen por la noche, aunque sí salen por la tarde hasta cierta hora, en ningún caso identifican estas salidas con salir de marcha.  Tampoco entre quienes tienen la posibilidad de salir por la noche, a todo tipo de salidas le denominan ir de marcha. Sólo se sale o se va de marcha a partir de unas determinadas horas; quizás, cuando los espacios de diversión de su elección están a su entera y exclusiva disposición.

Casi el 86% de los adolescentes salen alguna vez con sus amigos por la noche (más tarde de las 22:00 horas). Apenas hay diferencias entre los sexos, pues el 88% de los chicos y el 83,2% de las chicas salen alguna vez con sus amigos por las noches. Pero si el sexo no es significativo para que los adolescentes salgan por la noche o no, la edad sí lo es. A medida que aumenta la edad aumenta el porcentaje de adolescentes que salen por las noches. A partir de los quince años y hasta los diecinueve, por cada tramo de edad, más del 95% de los adolescentes salen con sus amigos por las noches. En cuanto a la ocupación o actividad principal de los adolescentes, el 84,1% de los que estudian y el 95,6% de los que trabajan salen alguna vez por las noches. Parece que existe una cierta dependencia (pese a que no es muy significativa) entre las variables salir por ahí y trabajar. No ocurre lo mismo en la relación de dependencia entre las variables consumo de alcohol (adolescentes que han consumido en alguna ocasión una bebida alcohólica) y salir por ahí, que sí es una relación significativa. De los adolescentes que  consumen alcohol, el 86,2% sale por las noches y el 20,3% no lo hace. De los adolescentes que no consumen, el 13,7% sale por las noches y el 79,6% no sale.

Estar con los amigos es sin duda el motivo al que los adolescentes le otorgan más importancia a la hora de salir por ahí. Casi la totalidad considera este motivo como mucho o bastante importante y se corresponde con la necesidad de pertenencia a un grupo o cuadrilla. Otra de las razones que empujan a los adolescentes a salir por ahí, es escapar de la rutina. Más del 40% señalan este motivo como bastante importante, y más del 30% lo considera como muy importante. Son rutinas aquellas que se derivan de las obligaciones, sean estas los estudios o las actividades domésticas, porque las rutinas propias de la repetición de actos durante la ocupación del tiempo de ocio no se consideran tales (véase escuchar música y bailar, considerados igualmente motivos bastante o muy importantes a la hora de salir por ahí). En el otro extremo está el ligar, beber alcohol, escapar del control familiar o imitar a los de su edad (porque todos los de la edad salen), que son considerados motivos poco o nada importantes a la hora de salir (por encima del 50% de los adolescentes, salvo ligar que llega al 45%).

Al analizar las medias para el conjunto de los encuestados, podemos extraer conclusiones muy parecidas, donde estar con los amigos y escapar de la rutina son los dos motivos más importantes del conjunto de motivos que se suponen organizan sus salidas nocturnas. Del mismo modo obtenemos que el motivo más importante por el que los adolescentes salen de noche es para estar con los amigos, tanto si analizamos las medias filtrando por sexo, como por edad o por tamaño del municipio. Estar con los amigos es el principio que nueve a los adolescentes en cualquier circunstancia y lugar para salir por ahí por la noche. Por sexo se mantiene como segundo motivo, tanto para chicos como para chicas, el escapar de la rutina. El tercer motivo más importante para los chicos es, sin embargo, que se aburren en casa, mientras para las chicas es bailar.

Cuando atendemos las diferentes edades observamos que los más jóvenes (12-14 años) valoran en segundo lugar de importancia el aburrimiento, mientras que tanto los del grupo de edad de 15 a 17 como los del grupo de 18 a 19 años puntúan como bastante importante escapar de la rutina. Es decir, cuando se inician en la adolescencia piensan en salir para no aburrirse en casa, y conforme aumenta su edad salen para escapar de las rutinas provocadas por las obligaciones diarias.

Por último teniendo en cuenta el tamaño del hábitat, los jóvenes que habitan en localidades grandes (más de dos mil habitantes) encuentran como motivos más importantes y principales para salir, el estar con los amigos y escapar de la rutina. Por su parte, en las localidades de menos de dos mil habitantes adquiere mayor peso (por supuesto, después de estar con los amigos, que sigue siendo el motivo principal para todo tipo de adolescentes sin importar el tipo de hábitat) aburrirse en casa (localidades de 500-2000) o escuchar música (localidades de menos de 500 habitantes). Entendemos que en las localidades más pequeñas, las posibilidades de asistir a un concierto de música en directo, o a un discobar o discoteca son nulas y, por tanto, escuchar música se convierte en el motivo más importante tras el de salir con los amigos.

Los adolescentes tienen una hora para salir (las primeras horas de la tarde-noche), y una ruta ritual siguiendo comportamientos similares porque el propósito último es relacionarse con los pares, los iguales, con quienes se identifican. Salen siempre en horarios nocturnos porque encuentran la independencia necesaria frente al mundo de los adultos.

Este comportamiento ha sido observado igualmente por varios autores que señalan la falta de vivienda propia como una de las causas por las que los jóvenes desarrollan otras estrategias espacio-temporales en su relación con la ciudad. En este sentido, la adopción de horarios peculiares diferentes al resto de la población les permite el uso en exclusiva de espacios comunes en su propia franja horaria. Este comportamiento es, en cierta manera, tolerado e incluso promovido por la sociedad. Los chicos que no salen de noche resultan raros e incómodos incluso para los padres. Los jóvenes se transforman el fin de semana buscando una identidad diferente a la que poseen el resto de la semana, buscando romper las rutinas y las normas. Sin embargo, en este afán (en ocasiones compulsivo) por buscar el descontrol y la ruptura de límites, llegan a escenificar nuevas rutinas, nuevas normas, nuevas obligaciones.

Algunos autores llegan incluso a afirmar que se dan situaciones paradójicas en las que los jóvenes deben obedecer entre semana, y obedecer desobedeciendo el fin de semana. Reciben permanentemente este doble mensaje desde la sociedad: entre semana deben cumplir todas las normas, esforzarse, ser competitivos; mientras que el fin de semana se tolera, se promueve, se espera de ellos que sean rebeldes, hedonistas, desobedientes. Siguiendo la lógica de este autor, los jóvenes obedecen en ambos casos.

Nosotros decimos que en el tiempo libre pueden romper las rutinas del tiempo ocupado, pues de lo contrario la liberación de esas mismas rutinas conducen a la pérdida de la seguridad que aportan. El tiempo libre y el ocio del que se disfruta implican enfrentarse a ciertos riesgos. Esta realidad y la tendencia a la dualización radical entre tiempo libre y tiempo ocupado, es la que determina la concentración en el tiempo libre de los riesgos relacionados con la conducción de vehículos, el consumo de alcohol y drogas, la violencia, etc. Los adolescentes de menor edad no salen de marcha, pues emplean su tiempo de ocio en estar con los amigos en parques, recreativos y centros jóvenes. En algunos casos sabemos que comienzan a frecuentar bares o cafeterías, y es en las edades intermedias cuando ya es frecuente el uso de chamizos o cuartos.

También el deporte es una actividad a la que los adolescentes dedican parte importante de su tiempo. Los fines de semana tienen lugar los partidos y las concentraciones deportivas. En menor medida, dedican algo de su tiempo libre a estudiar, al desarrollo de tareas domésticas y en apoyo de actividades productivas familiares. Así pues, no todo el tiempo del fin de semana es un tiempo liberado de obligaciones.

Los consumos de alcohol que se producen fuera del ámbito doméstico se producen inicialmente y entre los adolescentes de menor edad, a consecuencia de celebraciones entre iguales (cumpleaños), fiestas locales y/o de pueblos próximos. En todos los casos aparece paulatinamente una aproximación hacia la pauta generalizada de consumo seguida por los adolescentes de más edad (más frecuente, generalmente cada fin de semana). A veces, esta imitación progresiva se produce enfrentando las contradicciones del propio joven. Incluso muchas de las pautas podríamos definirlas como rituales de paso hacia una edad superior. Según se incrementa la edad de los consumidores de alcohol, las diferentes variables que conforman y asocian con el contexto de consumo se operativizan mucho más, llegando a diferenciar claramente entre lo que denominan salir, que hace referencia en general a un horario diurno, a los días entre semana (es decir, lunes, martes, miércoles o jueves, no suele incluir el viernes y, desde luego, excluye el sábado y el domingo). Son salidas que se realizan con los amigos para desarrollar un número variable de actividades (charlar, pasear, ir de compras, etc.), entre las que pueden aparecer consumos (ir a los bares), si bien tanto la cantidad de alcohol consumida como el tiempo dedicado a ello es menor. Además, con dichos consumos no se busca específicamente la modificación del estado de ánimo o el punto, como sí aparece en lo que denominan salir de marcha.

El incremento en el consumo de drogas en las salidas de marcha de fin de semana, tiene para algunos autores su explicación en una serie de factores, como el número de días que tiene el fin de semana (desde dos hasta cuatro días); el tener como objetivo estar toda la noche fuera sistemáticamente (para toda la noche), y finalmente en una movilidad prácticamente compulsiva, una especie de maratón en el que hay que ir de garito en garito.

Respecto al término salir de marcha, podemos observar diferencias respecto a salir en la estructuración de momentos, días, horas y ruta, que está muy definida por y para el grupo de referencia. Así encontramos que:

  • Momento en el que se produce o al que refieren: son los fines de semana.
  • Horarios: extensos y siempre durante la noche. Por la tarde, con el incremento de edad, se produce una internalización mayor en la noche, llegando en algunos casos hasta la madrugada o inicio del día siguiente.
  • Días concretos: la principal referencia es el sábado por la noche. El viernes, generalmente lo refieren como más tranquilo, o como día de salir, mientras el domingo suelen dedicarse a descansar, recuperarse de la noche anterior y comentar lo vivido el sábado (como parte del ritual del fin de semana).

Por tanto, la expresión con la que se refieren o denominan al hecho objetivo y al momento es salir de marcha, independientemente de que se refieran a hacer botellón, ir de bares y/o discobares, o todo ello en alternancia. Para otros días de la semana, horarios del día, objetivo de la salida, etc., únicamente se refieren como salir.

Un 87,8% de los adolescentes que salen por las noches lo hacen los fines de semana y los días festivos. Residualmente, un 11,3% salen, además de los fines de semana, los días laborables. Si atendemos a las diferencias de género, el 83,8 % de los chicos y el 91,7% de las chicas que salen, lo hacen como media únicamente los fines de semana y días festivos. Es decir, son más los chicos (15,5%) que salen fines de semana y entre semana que las chicas (6,96%). Si ahora apreciamos las diferencias por edad, a partir de los dieciséis años y por cada grupo de edad hay un porcentaje reseñable de adolescentes que salen además de los fines de semana y festivos, los días laborables. El 9,8% de los adolescentes de dieciséis años salen por la noche los fines de semana y entre semana. Porcentaje que sube al 11,8% y al 11,7% entre los de diecisiete y dieciocho años respectivamente, y que se dispara hasta el 31,1% entre los de diecinueve años. Es decir, se confirma que a más edad del adolescente sale más, al sumar a la tradicional salida de los fines de semana las salidas entre semana, es decir, los días laborables.

En cuanto a las diferencias según actividad u ocupación principal, podemos señalar que el 92,7% de los estudiantes y el 56,8% de los trabajadores salen de media únicamente los fines de semana. El 6,1% de los estudiantes y el 43,1% de los adolescentes que trabajan salen tanto los fines de semana y festivos como los días laborables. Existe, por tanto, una relación de dependencia entre los días de la semana que los adolescentes salen por ahí con sus amigos y por la noche, y la ocupación principal que desarrollan. Mientras que los estudiantes salen principalmente los días festivos y fines de semana, los trabajadores salen en parecida proporción tanto los fines de semana y festivos como los días laborables.

Respecto a la existencia de dependencia entre las variables de consumo de alcohol y frecuencia en las salidas nocturnas, podemos extraer las siguientes conclusiones. El 100% de los que salen entre semana y casi todos los adolescentes que salen los fines de semana y entre semana han consumido en alguna ocasión bebidas alcohólicas, mientras que alrededor de un 15% de los que salen sólo los “fines de semana y festivos” no han consumido nunca bebidas alcohólicas. Casi el 60% de los adolescentes que salen por las noches, lo hacen todos los fines de semana, mientras que el 5% sale menos de un fin de semana al mes. Por sexos, el 63,1% de los chicos y el 54,4% de las chicas que salen las noches del fin de semana, lo hacen todos los fines de semana.

En cuanto a número de fines de semana que salen al mes son los adolescentes de menor edad (12 y 13 años), los que en un porcentaje mayor salen menos de un fin de semana al mes (35,7% y 25% respectivamente). Esto es indicativo de que las salidas nocturnas de los más adolescentes presentan un carácter ocasional. Los de más edad, es decir, los adolescentes de 14, 15, 16, 17, 18 y 19 años, salen, en una proporción superior a la mitad de los mismos, todos los fines de semana.

Si nos fijamos en la ocupación principal que desarrollan los adolescentes el 13% de los estudiantes salen entre uno y menos de un fin de semana al mes. Este porcentaje se reduce aún más (al 2,2%), cuando hablamos de adolescentes trabajadores. En correspondencia, el porcentaje de adolescentes que salen todos los fines de semana es inferior si son estudiantes (58,1%), que si son trabajadores (63,6%). Haciendo un análisis por medias, nos reafirmamos en la hipótesis de que los trabajadores salen con mayor frecuencia que los estudiantes, aunque la diferencia no es muy grande. La media de fines de semana que los trabajadores salen al mes es de 3,48 mientras que la de los estudiantes es de 3,15.

En cuanto a consumo de alcohol y su relación con salir los fines de semana, hay una dependencia entre las dos variables, pudiendo concluir que a medida que aumentan la frecuencia de las salidas, aumenta el porcentaje de adolescentes que dicen haber consumido en algún momento alguna bebida alcohólica. Cuantos más noches de fines de semana se sale, mayor es el número de adolescentes que asegura consumir alcohol. Existe pues una dependencia entre la frecuencia en las salidas nocturnas y la frecuencia con la que los adolescentes consumen alcohol, con lo que podríamos corroborar la hipótesis que nos planteamos al inicio de la investigación: “A mayor frecuencia de salidas nocturnas, mayor consumo”.

Los lugares de marcha y de reunión y consumo de alcohol de los adolescentes evidencian costumbres distintas entre los sujetos  residentes en la capital de provincia o fuera de ella. En las zonas rurales los grupos de amigos cuentan con los llamados “cuartos” o “chamizos” como espacio principal para encontrar y estar con los amigos, independientemente de la edad y el sexo. Sin embargo entre los grupos de amigos residentes en la capital esta costumbre sólo aparece, y no significativamente, en las fiestas de San Mateo (septiembre). En la capital, parece que el tiempo que los sujetos destinan al consumo de alcohol en compañía de los amigos se sucede en parques y bares de la ciudad. Así, el fenómeno del botellón se sucede en los parques, y en horario de tarde o al principio de la noche. Por otro lado, los bares son propios de un horario más tardío. El objeto de salir y divertirse, es conocer o coincidir con otros iguales de los diferentes colegios. Y el modo es frecuentar los mismos lugares (zonas), seleccionando los locales (bares), o incluso los bancos del parque en un determinado orden (rutas y tiempos o ritmos de movimiento dentro de las zonas), cumpliendo y pautando unos momentos de llegada y salida de los mismos (horarios), favoreciendo la coincidencia con los pares.

En cuanto a la edad, si hubiera que intentar clasificar los espacios y tiempos, parece que el segmento más joven es más asiduo a los parques (seguramente por razones de horario), mientras que  el segmento de más edad parece ir abandonando la costumbre del botellón en parques y decantarse por beber en los bares de la “zona”. Las zonas donde se relacionan o coinciden dependen del día de la semana y de la hora de la noche en que se encuentren. Con carácter general, diferencian los sábados del resto de los días. Diferencian las primeras horas del sábado, donde el lugar de referencia suele ser los parques y zonas abiertas de, según avanza el horario en la noche, otras zonas donde acuden a bares o discobares. En las zonas rurales y en función de la menor edad de los entrevistados, los lugares de referencia para relacionarse suelen ser los cuartos o chamizos, que son lonjas o locales acondicionados por ellos mismos que, a veces con la idea de utilización para las fiestas locales y otras prolongando su mantenimiento para todo el año, utilizan como lugar de reunión, relación, conocimiento, y para divertirse y beber. En ocasiones son cuestiones tan sencillas como la disponibilidad económica las que incitan a disponer de estos locales para ahorrarse un dinerillo, pero no todos los padres están de acuerdo en el uso y disfrute de estos lugares que atraen tanto a los adolescentes

Estos locales son referencias más utilizadas por los adolescentes del medio rural que las propias salidas a otros lugares próximos en localidades adyacentes. Para los adolescentes de menos edad, la necesidad de desplazarse a los pueblos se ve mediatizada por la imposibilidad de conducir (tener carnet y disponibilidad de coche), y contar con la disposición (generalmente de los padres) para poder acudir a otros pueblos en fiestas. Por contraste, en las zonas urbanas las posibilidades son mayores tanto en la oferta de localizaciones (chamizos, bares, botellón, discobares, discotecas…) como en la capacidad de acceder a ellas directamente (caminando, autobús, taxi, moto, etc.). Algunos adolescentes no desaprovechan la ocasión que se les presenta en ausencia de los padres y recurren a su propia casa como lugar de diversión. Los adolescentes prefieren disfrutar de su tiempo libre en aquellos espacios liberados de los mayores, espacios en los que desarrollar su propia identidad y construir sus códigos y lenguajes. En definitiva, para desarrollar sus actividades de ocio prefieren el exterior al hogar familiar.

En este punto, podríamos unir la elección de estos espacios a otra de las características del salir de marcha: lo repetitivo de las conductas de los jóvenes hasta convertirse en costumbres y llegar a lo rutinario, al menos para los que (ya) no estamos inmersos en esa experiencia de la diversión y, también para ellos, según manifiestan algunos de los entrevistados.

En sus salidas nocturnas, los chicos y chicas relatan seguir unas pautas, no se sabe muy bien en base a qué, que les llevan a quedar siempre en un mismo sitio, frecuentar los mismos lugares, siguiendo incluso un itinerario imaginariamente marcado por ellos mismos en su reiteración.

Pero también, y muy importante, estos adolescentes establecen sus rutinas en relación o con referencia a los grupos de su edad. Hay que transitar la noche, asomarse a todos los escaparates, a todos los grupos donde se conoce y se es conocido, dejarse ver. La última de las características del salir de marcha es la reiteración o reincidencia en este tipo de salidas; algo habitual a partir de una determinada edad, y fehaciente en las noches de los fines de semana. La respuesta a la pregunta de cuándo se sale de marcha, es siempre los fines de semana; todos los fines de semana. Salvo algunas excepciones achacables a la circunstancia de los exámenes que, es justo reconocer, están bastante presentes en la disposición de sus salidas. Otros dos ingredientes, si no imprescindibles sí por lo menos buenos compañeros en las salidas de marcha, son el alcohol y la música, como se desprende de las asociaciones que los propios chicos y chicas hace del salir de marcha con beber y bailar.

Salir de marcha es algo que los jóvenes hacen a partir de una determinada edad, diríamos que los quince años. Primero de una manera esporádica y con el tiempo de manera habitual, reincidiendo en las salidas sobre todo de fin de semana; que implica nocturnidad (salir más tarde de las diez de la noche), y desarrollarse en unos espacios de disfrute exclusivo alejados de los ámbitos del ocio adulto; y que lleva aparejado, además, el establecimiento tácito, con origen en el comportamiento del grupo extenso, de ciertas pautas o rutinas en la forma de divertirse, con dos ingredientes básicos de estas salidas: el alcohol -beber- y la música -bailar-.

Entonces, salir de marcha ¿es un gusto, una afición, o se trataría de un convencionalismo social intra-jóvenes? Una de las pistas que podemos considerar es la coletilla de todo el mundo lo hace. Los adolescentes han establecido un criterio de normalidad para sus comportamientos, muy sensible a los hábitos del grupo extenso de los de su edad. Cada joven dentro de su grupo acepta este comportamiento como evidente. Salen de marcha porque eso es lo que se hace entre los de su edad. Estaríamos ante una forma, una seña de identidad, reconocible sobre todo entre el grupo de iguales. En este punto, nos hacemos dos preguntas. Una es si los adolescentes y jóvenes ven alguna alternativa, algún sustitutivo al tipo de salidas descritas, en su búsqueda de diversión. Por sus comentarios parece que no. Y la segunda pregunta es acerca de cuál es el motivo de estos jóvenes para salir de marcha y la respuesta cierra el círculo, pues se divierten saliendo de marcha y salen de marcha para divertirse.

Los adolescentes han establecido un criterio de normalidad para sus salidas de marcha, basado en los comportamientos del grupo extenso: salen  de marcha porque eso es lo que se hace entre los de su edad y no ven sustitutivo alguno a este modelo de diversión. En las ciudades todo lo referente a la salida de marcha para los jóvenes está claramente estructurado y, pese a que ya lo hemos anticipado, se puede resumir de este modo. Primero, las zonas de relación de los jóvenes están claramente delimitadas y conocidas por el grupo de iguales. Las zonas donde se relacionan o coinciden dependen del día de la semana y de la hora de la noche en que se encuentren. Con carácter general, diferencian los sábados del resto de los días, diferencian la primera hora del sábado donde el lugar de referencia suele ser los parques y las zonas abiertas, trasladándose a otras zonas donde acuden a bares o discobares según avanza el horario en la noche. Igual ocurre con los lugares y locales que componen las rutas.

Segundo, los horarios de referencia de entrada y salida a las zonas o espacios de marcha marcan el ritmo, llegando a desarrollar conductas de espera o ajuste antes del inicio del deambular por los lugares marcados para la noche. Igualmente hacen referencia a permanecer hasta determinada hora en los parques, o no pasar a la zona siguiente hasta cumplir determinado horario, con el fin de coincidir con los grupos o personas de su interés, que igualmente ajustan su conducta a dichas pautas horarias no escritas pero por todos conocidas.

Un 53% de los adolescentes que salen por la noche se trasladan a otra localidad para seguir divirtiéndose, si bien de entre estos, casi un 40% sólo lo hace algunas veces. Hay que entender que salvo la capital y las cabeceras de comarca son pocas las localidades que ofrecen un abanico amplio de posibilidades para que los adolescentes encuentren todo aquello que se supone fundamental para salir por ahí por las noches, como son los amigos, huir de las rutinas y no aburrirse en casa, escuchar música y bailar. En este sentido, la opción que se plantea a la mitad de los adolescentes es salir de la localidad de residencia y trasladarse a otra u otras localidades. Las diferencias entre adolescentes según su sexo no son significativas a la hora de explicar la frecuencia con la que se trasladan a otra localidad. Los porcentajes de chicos y chicas en todas las categorías son muy similares. En cambio si consideramos las diferencias por edad, a medida que aumenta ésta, aumenta la frecuencia de las salidas nocturnas fuera de la localidad de residencia.

También, a medida que disminuye el tamaño del municipio de residencia aumentan las frecuencias de salidas nocturnas fuera del municipio. En los municipios más pequeños (menos de 500 habitantes) el 83% de los adolescentes salen por las noches y se dirigen a otra localidad, y un 50% lo hacen siempre, es decir, han adquirido la costumbre de desplazarse de su pequeña localidad a otras con el fin de divertirse. En Logroño, municipio  de más de cien mil habitantes, el porcentaje de adolescentes que salen en alguna ocasión fuera de la ciudad se reduce al 39%. Son, por tanto, los adolescentes más afortunados, pues encuentran los principales motivos para salir en su propio entorno.

La principal razón por la que los adolescentes se trasladan de su localidad en las salidas nocturnas, son las fiestas de otras localidades. Más del 40% de los adolescentes se van a otras localidades para participar de sus fiestas y de este modo continúan una actividad tradicional que consiste en la participación en aquellos actos festivos de las localidades de su entorno, pese a que la ocupación de su tiempo libre se determine en función de los grupos de pertenencia o de adscripción con los que se desplaza, o por los que se desplaza a otras localidades. El resto de motivos que los adolescentes tienen para salir de su localidad, y en porcentajes no muy distantes entre sí, son por orden de importancia, la búsqueda de más oferta de ocio, la falta de oferta que hay en su propia localidad y simplemente por cambiar, o porque los amigos o la pareja son de otra localidad o están fuera. Al hacer el análisis por sexo o por edad no se observan resultados destacables, pues el porcentaje más alto sigue estando en la categoría “Fiestas de otras localidades”, si bien es verdad que conforme aumenta la edad de los adolescentes este motivo para desplazarse a otras localidades pasa del 66,70% (12-14 años), al 81,30% (18-19 años).

Si atendemos a la tipología de hábitat, observamos que en todo tipo de localidades el principal motivo para desplazarse a otro lugar es por ir de fiestas (ir a los pueblos que están en fiestas). Sin embargo se observan diferencias cuando nos preguntamos por el segundo motivo, pues en las localidades de más de diez mil habitantes y en la capital, los adolescentes entienden como segundo motivo más importante para desplazarse a otra localidad la necesidad de cambiar de sitio, mientras que en las localidades menores de diez mil habitantes los adolescentes arguyen que van a otras localidades porque no hay ofertas suficientes en la suya.

Más de la mitad de los adolescentes (el 63,3%), regresan a sus casas andando, teniendo en cuenta que las distancias en la ciudad de Logroño no son excesivas y los desplazamientos a pie desde los lugares de reunión de los adolescentes hasta sus domicilios familiares no suponen grandes recorridos. También son numerosos los adolescentes que utilizan los coches de sus amigos (32,6%), generalmente los que se desplazan a otras localidades; y, sin embargo (seguramente por la edad), muy pocos son los que regresan conduciendo un vehículo. Igualmente llama poderosamente la atención el considerable número de adolescentes que regresan con sus padres, así como los que utilizan el transporte público y los taxis. Haciendo la observación según el sexo de los adolescentes, en general podemos decir que los porcentajes son similares, si bien el porcentaje de chicas que vuelven  a sus casas a pie (71,8%) es más alto que el de los chicos (60,9%); mientras que el propio coche y la moto son medios de transporte más utilizados por los chicos. En cuestión de conducir vehículos, las chicas usan más a menudo que los chicos la modalidad de a turnos para regresar a casa. En cuanto a las edades, los más pequeños regresan a casa principalmente a pie  o con sus padres,  mientras que para los adolescentes de quince a diecisiete años, aunque se mantienen por orden de importancia las modalidades a pie y con los padres, cobra relevancia el coche de los amigos.  Los más mayores (18-19 años), vuelven a casa a pie (57,7%), casi en la misma proporción que en coche conducido por los amigos (54,8%). Respecto al tipo de hábitat, a medida que disminuye el tamaño del municipio, los adolescentes se trasladan en menor medida a pie y van utilizando más el resto de modalidades propuestas, principalmente el coche conducido por los amigos.  En los municipios con menos de dos mil habitantes, gran parte de los adolescentes regresan a casa con los padres.

La gran importancia de las salidas y con ellas los consumos (a veces de forma más importante y significativa que los lugares, la música, el horario, la disponibilidad económica, los traslados), es la compañía. Por encima de todas las demás variables, el elemento primordial para los adolescentes a la hora de salir y consumir es el hacerlo en compañía de los amigos. Otras veces los consumos se asocian con los compañeros de clase, en las cenas de curso, cumpleaños, festividades del colegio, viajes de estudios, etc. Salir es principalmente divertirse, coincidir con los amigos, sentirse mayores, ligar, conocer o coincidir con iguales y afines (compañeros de clase, alumnos de otros colegios). La familia y los amigos constituyen con el mismo porcentaje (44%) la principal compañía de los adolescentes en su tiempo libre los días laborables. Estar con la pareja y solos, les siguen en importancia con un 16,4% y un 11.4% respectivamente. Según el sexo de los entrevistados, la mayor diferencia la encontramos en los porcentajes relativos a los amigos. Hay un porcentaje visiblemente mayor entre los chicos (más de doce puntos porcentuales) que dicen pasar la mayor parte de su tiempo con sus amigos, que entre las chicas que pasan en mayor proporción el tiempo con sus compañeros y su pareja. Hay una considerable y a la vez predecible pérdida de importancia de la familia, según aumenta la edad de los jóvenes y, por el contrario, un progresivo aumento de los amigos y la pareja como principal compañía, conforme los adolescentes tienen más edad.

Las cuadrillas de los adolescentes, en cuanto al número de sus componentes, son por lo general muy numerosas. El 68,8% de las cuadrillas de adolescentes las componen entre seis y quince personas. Como media están compuestas por once personas, y el valor que más se repite (la moda) es ocho. La composición cuando hablamos de cuadrillas integradas por adolescentes de un mismo sexo no muestra grandes diferencias, pues la media entre los chicos es de 11,84 componentes y la media de las cuadrillas de chicas es de 10,96 componentes. Ahora bien, las cuadrillas de adolescentes son principalmente de carácter mixto (52,6%), más que cuadrillas de adolescentes del mismo sexo (47,4%). Generalmente son del mismo sexo las cuadrillas de iniciación a la adolescencia (12-14 años), pasan a ser de carácter más bien mixto (50,3%) entre los adolescentes de quince a diecisiete años, y son definitivamente de carácter mixto (67%) las cuadrillas de adolescentes en tránsito a la juventud (18-19 años).Tampoco aparecen grandes diferencias en la composición de las cuadrillas según el tipo de hábitat, pues si en la capital están compuestas por una media de diez personas, en el resto de localidades la composición oscila entre once y catorce componentes. Menos llamativas son las diferencias en la composición de las cuadrillas según el grupo de edad pues apenas varía en un solo adolescente según aumenta la edad de las cuadrillas.

Sí que hemos encontrado algo de significación en el dato de la edad de los integrantes de una cuadrilla de adolescentes. En general, los integrantes de las cuadrillas son de edad similar (41,8%), o con una diferencia mínima de dos o tres años a lo sumo (31,3%); sin embargo, no deja de ser importante el porcentaje de cuadrillas con jóvenes cuya diferencia de edades llega a ser de cuatro o más años (26.9%). La media en cuanto a la diferencia de edad entre el mayor y el menor de los componentes de las cuadrillas se sitúa en 2,63 años, si bien hay mucha dispersión entre los valores, y por lo tanto la media no es representativa. Las chicas se encuentran más a menudo que los chicos en cuadrillas donde las diferencias de edad son mayores. También encontramos una dependencia con la variable edad, e incluso con una fuerza mayor que cuando la cruzamos por sexo, pues cuando son de más edad los adolescentes, también se agrandan las diferencias de edad que hay entre el mayor y el menor de la cuadrilla. Probablemente, las diferencias de edad van perdiendo importancia según se va produciendo el cambio de la adolescencia a la juventud.

En cuanto al sentimiento de integración en las cuadrillas, casi todos los adolescentes se encuentran muy integrados (63,1%) o bastante integrados (34%) en sus cuadrillas. Esto es posible porque el entorno social, los amigos, la pandilla o el grupo, tienen una posición privilegiada como elementos fundamentales para la diversión.  Los amigos, a todas luces, son un importante componente de la diversión de los adolescentes. Son quienes alcanzan más importancia en la adolescencia; se hacen imprescindibles. Una característica de esta etapa de desarrollo es la contradictoria búsqueda de independencia y el sometimiento a la dependencia funcional de la familia. Desde un punto de vista emocional significa un alejamiento progresivo de los padres y de la familia, que hasta el momento ha sido su punto de apoyo; porque los adolescentes entienden que necesitan a otros, que son el grupo o la pandilla de amigos. Todos, sin excepción, hacían referencia a los amigos al hablar de los momentos de diversión. Incluso hay quienes este requerimiento lo llevan al extremo, y señalan estar con amigos como condición suficiente para la diversión.

La actividad estrella cuando se sale con los amigos por la noche (casi el 60% de los adolescentes riojanos), es ir de bares y pubs. Ir a tomar algo por ahí es la expresión más usual cuando se pregunta a un adolescente, pero ira tomar algo es principalmente ir a beber e ir en compañía de amigos y/o pareja. La otra actividad que mueve a casi la mitad (45,5%) de los adolescentes en las noches de los fines de semana es ir de cena con los amigos. Podríamos decir que estas son las dos actividades estrella o principales que mueven al mayor número de adolescentes, desde los doce hasta los diecinueve años. Un número menos numeroso pero igualmente importante (entre el 25% y el 31%) frecuentan discotecas, chamizos, van a fiestas o de botellón, donde posiblemente ejercitan las dos actividades estrella antedichas, tomar algo, beber y cenar, aunque también escuchar música, bailar, hablar, reír, y como siempre con los amigos y/o la pareja. Menos habitual, pero también reseñable, es ir a casa de los amigos, acudir a conciertos, ir al cine o pasear (11% al 17%).

Con la pareja, las actividades más habituales son ir al cine y a cenar (más de la mitad de los adolescentes). Sigue siendo importante la cifra de adolescentes que se mueven por los bares y pubs con sus parejas (casi el 50%), y ya en menor medida pasear (27,9% realizan esa actividad con sus novios/as frente a sólo un 11,3% que lo hacen con sus amigos/as). Claro está que sólo el 30,4% de los adolescentes declaran tener pareja mientras que el 69,6% no tienen pareja oficial.

Si atendemos a las diferencias existentes según el sexo, los chicos realizan con sus amigos en un porcentaje superior a las chicas las siguientes actividades: ir a bares y pubs, ir a fiestas y estar en chamizos, mientras que las chicas superan a los chicos en doce puntos porcentuales en la actividad de ir a cenar con los amigos. Respecto a los adolescentes que salen con la pareja, el porcentaje de chicas que van con la suya al cine (63%) y a cenar (62%), es muy superior al de los chicos (10% y 38% respectivamente); sin embargo,  son más los chicos (33%) que dicen pasear con su pareja que las chicas (25%). Por grupos de edad, los más jóvenes (12-14 años) principalmente salen de cena con sus amigos o van al chamizo, y de manera secundaria van a casas de los amigos o salen a pasear con ellos. A medida que avanza la edad (15-17 años), cambian sus preferencias, pues salen principalmente con sus amigos por los bares y pubs o a cenar y a bailar, y secundariamente van a los chamizos o de botellón y/o a fiestas de otras localidades. Entre los de más edad (18-19 años) aumenta su actividad de salir por bares y pubs y secundariamente salen a cenar o de botellón. En relación a las actividades que realizan los adolescentes cuando salen por la noche con la pareja, hay que destacar que los más jóvenes realizan las mismas actividades tanto si salen con los amigos como si van con la pareja, pues siempre acuden principalmente a los locales y chamizos. Los de edades superiores hacen otro tanto con la pareja cuando van a cenar o de bares y pubs, distinguiendo la actividad de ir al cine que realizan principalmente con la pareja, y no tanto con los amigos con los que sin embargo prefieren ir a bailar. Para todas las edades, hay una actividad que realizan más en exclusiva con la pareja y lejos de la frecuencia con los amigos, y es la de salir a pasear.

Si atendemos a las actividades de los adolescentes según el tipo de ocupación principal, nos encontramos que los trabajadores van a bares y pubs (84,1%) en un porcentaje más alto que los estudiantes (53,1%); sin embargo, mientras los estudiantes lo siguen haciendo en un porcentaje similar con sus parejas (53,3%), el porcentaje de trabajadores que van a bares y pubs con sus parejas se reduce a un (33,3%), es decir en la satisfacción de sus preferencias prefieren la compañía de los amigos. En cuanto a las actividades que realizan los adolescentes en sus salidas nocturnas según el hábitat de residencia, es destacable el alto porcentaje de aquellos que residen en localidades de menos de 500 habitantes que van a bares y pubs, tanto con sus amigos (83,3%), como con sus parejas (100%). No es casual que los adolescentes que afirman haber consumido en alguna ocasión alguna bebida alcohólica sean aquellos que en un porcentaje más alto han ido con sus amigos a bares y pubs (62%), mientras que los que no consumen cuando salen van principalmente a cenar (49%), o a casa de los amigos (35%).

Para saber sobre qué temas hablan en la cuadrilla de amigos o qué temas son los que ocupan el tiempo de relación, nosotros propusimos doce temas a los adolescentes, y de entre ellos destacaron tres temas como preferenciales en las conversaciones y reuniones mantenidas en el seno de las cuadrillas de amigos. Estos tres temas principales son, por orden de importancia, los ligues y las parejas (54,2%), recordar lo acontecido el fin de semana (46,9%) y la planificación del tiempo libre o las salidas en cuadrilla (44%). Son temas que indiscutiblemente se manejan siempre en el seno de las cuadrillas si bien el orden no es el contemplado aquí pues todo depende del momento de la reunión. Por ejemplo, hablar de lo acontecido el fin de semana se repite de manera ritual todos los domingos y hablar de ligues está presente en casi todas las reuniones de amigos sin importar el día de la semana. La planificación del tiempo libre o las salidas por ahí pertenecen más a los días previos al fin de semana, unas veces los jueves y otras los viernes. Junto a estos tres temas, otros que siguen en orden de importancia, son las relaciones internas de la cuadrilla (37%) y los estudios o el trabajo (28%). Y ya mucho menos se habla de las aficiones, las relaciones familiares, los temas sociales o de actualidad y el sexo (entre el 18% y el 10%). Nos llama la atención, que temas tratados por un porcentaje de adolescentes tan reducido sean precisamente los temas referidos al consumo de alcohol y consumo de tabaco y otras drogas. Sólo un 5,4% de los adolescentes dicen hablar abiertamente de temas referidos al consumo de alcohol y un escaso 3,5% lo hacen del consumo de tabaco y otras sustancias.

Haciendo el análisis por sexo de los doce temas propuestos, sólo en cuatro observamos diferencias notables en los porcentajes de respuestas entre chicos y chicas. Las chicas hablan más de sus relaciones, tanto de las relaciones familiares (22,2%) frente al 7,7% de las cuadrillas de chicos, como sobre los integrantes de la cuadrilla (casi un 9% más que los chicos). Sin embargo, sobre temas sociales y de actualidad y de sexo, hablan más los chicos que las chicas (casi el doble). Por edades, los más jóvenes hablan de los temas que tienen que ver con el universo de relaciones entre el grupo de pares, y a medida que avanza la edad se habla más de temas sociales y de actualidad y de sexo. De este modo sabemos que las conversaciones se realizan sobre temas que hacen referencia a los rituales de salidas de marcha conformando, a su vez, un rito más de la liturgia adolescente.

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La Asociación de Trabajadores Inmigrante s Marroquíes (ATIM) en su revista “entre 2 orillas”, en el nº 4, página 23  (http://entre2orillas.org/),  ha publicado esta colaboración que les envié hace un tiempo. Las líneas que siguen son el resultado de aquellas entrevistas a adolescentes marroquíes que se realizaron hace unos años, y con las que puedo contar algo de sus relaciones personales con amigos y familiares.

Hace un tiempo, tan solo el de unas pocas generaciones, el tránsito entre la infancia o periodo de dependencia de los adultos, y la juventud o periodo de adquisición de madurez, autonomía e independencia se producía mediante ritos de paso construidos y valorados socialmente.  Sin embargo, en este corto periodo determinado por la historia de dos, o a lo sumo tres generaciones, se ha introducido un nuevo estado de transición entre la niñez y la juventud; un estado donde no se es ni lo uno ni lo otro y donde no se percibe la persona ni como dependiente ni como independiente. Es más bien un estado liminal.

Coincide este nuevo estado de transición con el crecimiento y dilatación del periodo de juventud al albur del desarrollo socioeconómico, donde poco a poco adquirió gran importancia ser joven, constituyéndose en un periodo mítico del desarrollo humano en el contexto de la sociedad de consumo. Precisamente este estiramiento de los límites temporales de la juventud hasta edades que antes fueron consideradas propias del periodo de adultez o de madurez, ha dado paso a la creación y desarrollo de este nuevo periodo en el desarrollo humano que sirve de transición entre la infancia y la juventud y al que se ha denominado adolescencia.

Entendemos de adolescentes y no de los adolescentes, y entendemos de adolescencias y no de la adolescencia pese al uso indiscriminado de un término u otro, por eso no nos atrevemos a generalizar sobre los adolescentes hijos de la inmigración como se muestra en ciertos trabajos sobre redes de relación, donde siempre se toma a estos como sujetos desbordados por la identidad étnica, cultural o religiosa de los grupos familiares de pertenencia y donde su individualidad y personalidad están subordinados a la adscripción identitaria de sus familias o grupos familiares.

Nuestra consideración es que hay adolescentes con fracasos en su inserción social, quizás por los débiles vínculos establecidos entre sus grupos familiares y la sociedad mayoritaria, o quizás por la autoadscripción o imposición de los rasgos identitarios de sus grupos familiares; pero también, nuestra consideración es que hay adolescentes que combinan con éxito su adscripción a las redes de relación familiares con su inserción en la sociedad mayoritaria, precisamente a través de los grupos de iguales, con los que comparten otros rasgos distintivos y otras formas de identificarse y de relacionarse con el mundo. Y también como ocurre entre muchos adolescentes (llamémosles autóctonos) que forjan su identidad en oposición a los rasgos culturales de su familia, hay entre los hijos de la inmigración una rebelión frente a situaciones que les vienen impuestas por unos (familiares) o por otros (entornos sociales), y que participan más de lo que ocurre en el interior de los grupos de iguales donde se sienten integrados, que de otros ámbitos de relación donde se habían encontrado hasta la llegada del periodo adolescente.

Sabemos que el ámbito de las relaciones interpersonales y grupales de los adolescentes son el escenario donde se ensayan los diferentes roles que acompañan a los adolescentes en la construcción de su personalidad. El grupo de pares o amigos es el espacio de relación interpersonal donde los adolescentes conforman y aprenden aquellos roles necesarios para el desenvolvimiento social. En el seno del grupo tribal (tribu), los adolescentes descubren la importancia de su pertenencia o adscripción, pues el grupo o los grupos son quienes proporcionan un escenario social, un territorio propio en el que sus miembros experimentan la interconexión con otros y pueden representar el rol que corresponde a la identidad que han adoptado en el interior del grupo.

Por otra parte, los adolescentes buscan sacudirse los elementos de protección familiar que en el momento de construir su identidad suponen una rémora en sus demandas de independencia, salvo que los rasgos primordiales de toda identidad, sea esta étnica, cultural o religiosa, acaparen los intereses del adolescente en la construcción de su personalidad social[1]. En este sentido, las normas familiares de convivencia pueden ser un conjunto de ataduras a sus ansias de libertad para encontrarse con sus pares, con sus amigos y su cuadrilla que es el nuevo espacio donde deben crecer en sus rasgos identitarios, donde van a encontrar el apoyo o el rechazo a los cambios que se van a producir y reproducir de acuerdo a la observación que los adolescentes hacen de ese entorno protagonizado por sus iguales.

Para el desarrollo y crecimiento de su personalidad, los adolescentes sienten la necesidad interna de salir del entorno familiar, del espacio que les ha protegido y ofrecido seguridad durante la niñez, pues una vez comenzado el proceso adolescente se ven impelidos a buscar otros ámbitos de relación donde experimentar con un cierto grado de seguridad (la que proporcionan los iguales en el interior del grupo), pues para los adolescentes, salir o reunirse con los amigos es la opción más valorada con independencia del tiempo (bien sea este el propio de las obligaciones o el ocioso).

Los adolescentes, en el desarrollo de su identidad, demandan un espacio propio, un lugar donde autoafirmarse demostrando y poniendo a prueba sus capacidades; y el mejor ámbito para poner a prueba las mismas es entre sus iguales, aunque esto traiga consigo alternancia en los resultados obtenidos. Así, aparecen los estados de ánimo y emocionales de modo cambiante, fluctuante, dependiendo del éxito de los ensayos.

En principio ir a saludarlos porque era lo único que sabía. Después como a mi me gustaba un poco el deporte, siempre buscaba sitios donde jugar y siempre les pido si es posible jugar con ellos; y a veces me aceptan y a veces no. A veces si está ocupado está ocupado y en la escuela también, pues yo soy una persona que me gusta ayudar a la gente. Los que me ayudan los ayudo; y aunque no me ayudan, pero si me tratan bien, pues yo también intento ayudarlos o intento conocerlos, y de esta manera pues tengo amigos y… (Chico marroquí, generación 2, trabajador)

Los adolescentes buscan y encuentran nuevos espacios de socialización alejados del mundo de los adultos, lo que en definitiva es la opción de salida del entorno familiar que, a su vez, trae consigo nuevas vinculaciones con grupos de iguales, donde alcanzan cierto grado de seguridad a partir de la cual pueden someter a prueba las nuevas experiencias que les proporciona la vida (aunque también se da en ciertos colectivos como el marroquí una simultaneidad entre ambos grupos referenciales: el familiar y el de los amigos.

Los ámbitos donde se tienen los amigos son fundamentales, pues si bien es cierto que los jóvenes extranjeros establecen sus redes de amistad a partir de los centros de trabajo porque disponen de porcentajes de inserción laboral muy superiores a los de los jóvenes autóctonos, también es cierto que el tiempo de ocio de los primeros es inferior al de los segundos, lo que permite a los jóvenes españoles ampliar su red de amistades principalmente en el espacio de su barrio de residencia, generalmente el de sus padres.

En el estudio  sobre adolescentes marroquíes, dominicanos y peruanos (Aparicio y Tornos, 2006), se resaltaban las diferencias en las formas de relacionarse de los tres grupos de jóvenes a partir del modo o los espacios en los que habían trabado amistad con quienes decían que son sus mejores amigos. Como es normal, al tratarse de jóvenes que apenas han traspasado el periodo de escolaridad, en los tres grupos prevalecen las amistades trabadas en el espacio de la escuela o del lugar de estudio. El barrio era el segundo espacio más importante de relación. Sin embargo, los peruanos se diferenciaron de los otros dos grupos, predominando con mucho entre ellos las amistades hechas en la escuela. En los otros dos grupos se dio en cambio una cierta proporcionalidad de las relaciones establecidas en uno y otro ámbito.

En general, los chicos y chicas adolescentes manifiestan sentirse muy satisfechos con sus amigos, pues con ellos comparten sueños y esperanzas y planifican y realizan actividades. Para la mayoría, la amistad es honesta y se envuelve de intensos sentimientos. Los adolescentes entienden la amistad como un sistema de relaciones. La amistad, la que consideran verdadera amistad, significa entablar relaciones duraderas basadas en la confianza, la intimidad, la comunicación, el afecto y el conocimiento mutuo:

A los compañeros no se pueden elegir pero  los amigos sí. He elegido amigas que son muy buenas conmigo y por supuesto que yo también con ellas. Nos explicamos todo, lo bueno, lo malo, y… ya para todo. (Chica marroquí, generación 2, estudiante)

Durante este periodo se valora a los amigos principalmente por sus características psicológicas, y por ello los amigos son las personas ideales para compartir y ayudar a resolver problemas psicológicos como pueden ser la soledad, la tristeza, las depresiones, entre otras:

Actualmente no hay amigos, hay colegas, porque un amigo debe reunir muchos requisitos para ser amigo. Tienen que ser eh… Digamos que son dos personas: tú tienes que ser él y él tiene que ser tú. En vez de dos uno, no dos, sois uno. Yo no te puedo fallar, tú no me puedes fallar. Tiene que ser una persona. Yo tengo problemas, mis problemas son como si fueran tus problemas, entiendes. Eso es un amigo; un colega es con quien estás actualmente y habitualmente. Sales con él, te ríes con él, pero a un amigo le cuentas tus problemas. Eso es como lo veo yo… (Varón marroquí, generación 1,5 trabajador)

Los adolescentes consideran las amistades como relaciones sociales que se construyen a lo largo del tiempo y perduran. Por tanto, podemos decir que la amistad en este periodo adolescente ayuda a tomar conciencia de la realidad del otro, colaborando de este modo en la formación de actitudes sociales. Entre los adolescentes norteafricanos de origen magrebí, principalmente Marruecos, en torno al 50% declaran una amistad exclusiva o preferente con otros adolescentes marroquíes, sobre todo entre las chicas, que destacan por afirmaciones del tipo:

No tengo amigos españoles, sólo una amiga marroquí… Porque es buena, es una persona muy buena que te ayuda en los momentos malos y en los momentos buenos. Está contigo en cualquier momento, y para mí eso es muy importante. La amiga que tengo así más cercana, la siento como hermana, y en verano nos vamos juntas, porque su padre es el mejor amigo de mi padre, y entonces nos vemos reunidas, porque cuando estamos aquí estamos las dos, y cuando vamos para Marruecos nos vamos las dos. Y en Marruecos vivimos más cerca que aquí. Aquí, aunque estamos lejos, nos podemos ver en el instituto todos los días. En Marruecos estamos cerca y nos podemos ver todos los días… (Chica marroquí, generación 1,5 estudiante).

Sí, suelo salir más bien con amigas marroquíes y como que nos conocemos más. Con mis primas. Nos ha unido mucho la mezquita. Veníamos a una mezquita aquí a estudiar y todo, y de allí nos hemos… (Chica marroquí, generación 2, estudiante).

Y también destacan porque incluyen en su red de amistades a los miembros de su familia, sobre todo a los consanguíneos, al responder sobre quienes son sus verdaderos amigos:

Amigas marroquíes y también con mis primas…

Amigos de verdad uno de aquí y otro de Marruecos y aparte el de mi familia (primo)

Aunque también ocurre que en la elección de las amistades interviene de manera eficaz el control que ejercen las familias a la hora de elegir con quién pueden salir, como señala esta chica marroquí, generación 2:

Porque si la digo a mi madre que quiero salir con estas españolas me dice que no las conoce, que tiene que conocer a su madre… Como no es así, no me deja

El otro 50% de las respuestas obtenidas de los adolescentes marroquíes nos indica que hay amistad o redes de amistad con españoles, marroquíes y latinos indistintamente:

Yo ya empiezo a hablar, y se hablar, y se escuchar y se escribir. Ya empiezo a tener amigos, tener relaciones con mucha gente y la verdad, desde aquí puedes tener otra vida. Es que no tenía amigas, y cuando empiezo a hablar y escribir y conocer más gente he vuelto a vivir, he vuelto a tener otra vida; porque si no, piensas que te vas a quedar así siempre. Mola gente de otros países, otros idiomas y cosas diferentes… A mi me ha gustado. Me gusta mucho conocer gentes diferentes, cosas diferentes. Vivir otra vida. No siempre la misma… (Chica marroquí, generación 1,5 trabajadora)

Aunque también adolescentes marroquíes que señalan en algunos casos a sus amigos como los de de clase, compañeros…, o bien dicen que tienen pocos amigos…

Finalmente se encuentran aquellos adolescentes marroquíes que se muestran abiertamente por sostener la amistad con autóctonos:

Mis amigos de verdad son españoles…

Son españoles todos…

Yo voy más con los de aquí…

Respuestas que corresponden a aquellos adolescentes nacidos aquí o traídos de muy pequeños. En definitiva, para la mitad de los adolescentes marroquíes sus verdaderos amigos son los de procedencia marroquí, principalmente entre las chicas de generación 1,5 y 2 donde incluyen a miembros próximos y consanguíneos de la familia. En este sentido, la familia es el ámbito de relación que procura o señala las amistades convenientes a la naturaleza y al género de los adolescentes de origen marroquí; mientras que para la otra mitad de los adolescentes, las amistades, las verdaderas amistades, se reparten entre todo tipo de orígenes nacionales sobresaliendo los españoles, quizás debido a los años de estancia en nuestro país y también a causa de los espacios de relación donde el espacio escolar domina al ámbito familiar:

A ver, yo tengo amigos de muchos países. Los que tengo más, de aquí y marroquines. Esos son los que tengo más. Catalanes o españoles y marroquines en comparación de colombianos, chinos o “argelinos”. Estos son los dos grupos. Entiendes, a ver yo los conozco a todos y ellos me conocen por que me he criado en C., en ningún pueblo más. Voy con cuatro o cinco marroquines y dos o tres españoles. Ir por ahí, en un pub, tomar algo, pasarlo bien, bailar, es lo mismo, pero normalmente estoy con marroquines. (Varón marroquí, generación 1,5 trabajador)

Yo como desde casi muy pequeña he estado aquí pues ya me siento como si fuera de aquí y yo voy más con los de aquí que no de mi país. Porque a lo mejor aquí hay gente con la que no te llevas, bueno no te sientes bien por que piensan diferente que tú… (Chica marroquí, generación 2, estudiante)

Los adolescentes utilizan las relaciones de amistad como una estrategia defensiva frente al conjunto de normas y obligaciones procedentes del mundo familiar y de los adultos, y también frente a las incertidumbres de los cambios producidos en el proceso de construcción identitaria. Para ello se refugian en las normas no escritas del grupo, donde se recurre a la estrategia de la uniformidad grupal (en las formas y en los contenidos, en la apariencia y en el lenguaje), como fuente de seguridad y estima personal. Esto les permite afirmarse a la vez que afirman la identidad del grupo.

Es en este sentido donde no es de extrañar la importancia que conceden los adolescentes al consumo de determinadas marcas, estilos de música, programas de televisión, etc., pues responden a los deseos de uniformidad con el grupo, a través del ajuste a sus normas, comportamientos y modas. Una uniformidad que les une, como en la forma de salir, en el consumo, en las aficiones, etc. Esto que puede parecer trivial y en algunos casos un comportamiento exagerado cumple una función primordial: crear los límites y separar los grupos de adolescentes de los grupos de adultos, en definitiva, del mundo impositivo y normativo de los adultos.

La estrategia de la uniformidad forma parte del proceso por el que se identifican con cada uno de los amigos que integran el grupo. A veces, el proceso es tan intenso que parece casi imposible la separación del grupo, e incluso parecen pertenecer más al grupo de amigos que a la familia. La relación con los integrantes del grupo proporciona seguridad y compañía, pues a los lazos de amistad se unen los de lealtad y confianza, constituyendo una fuente de apoyo en cualquier situación de crisis emocional.

Entre los adolescentes hijos de la inmigración, la pertenencia a un grupo de iguales no invalida la adscripción o pertenencia a otros grupos, pues son todos los adolescentes sin distinción, los que buscan y encuentran en cada grupo espacios donde construir y reconstruir su identidad a partir de la similaridad con los otros componentes del grupo. La identidad por similaridad permite recrear la distancia y demarcar los límites entre los grupos de adolescentes y entre estos y los adultos. Una identidad con múltiples referentes propios de una sociedad diversa y multicultural.


[1] En nuestros trabajos de investigación del mundo adolescente hemos utilizado la clasificación de los mismos según generaciones: la G.1 (nacidos y criados allí y habiendo llegado solos –menores no acompañados-); la G.1,5 (nacidos allí y traídos con al menos diez años); y la G.2 (nacidos aquí de padres extranjeros o nacidos allí pero traídos con menos de diez años). Es un modo de entender el proceso de construcción identitario a través de las experiencias primeras (primeros diez años de vida) del adolescente, que o bien sucedieron en el país de origen, o bien en el país de destino de sus padres.

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En 2007 se publicó este trabajo en la editorial madrileña de Entinema. “Adolescentes, ocio y alcohol” es el producto de la investigación llevada a cabo desde el año 2004, a partir de la realidad incontestable de unas cifras que nos hablaban de altas prevalencias de consumo de alcohol, frecuente, continuado (indicador de fidelización) y elevado (indicador de borracheras), entre la población adolescente y joven. Este es el motivo principal que nos empujó a estudiar este fenómeno social, precisamente en una región (La Rioja) que hace de la producción del vino y el consumo de bebidas alcohólicas una de sus señas de identidad. El objetivo general de este proyecto de investigación fue analizar de forma específica y sistemática las pautas de consumo de alcohol entre los adolescentes, relacionadas con las convenciones sociales actuales sobre el consumo de alcohol, así como detectar posibles consumos problemáticos con vistas a poner en marcha una intervención de carácter preventivo hacia los mismos. La complejidad de este objetivo, hacía conveniente su desglose en una serie de objetivos específicos, que quedaron recogidos del siguiente modo:

  • Identificar las variables relevantes que influyen sobre el consumo de alcohol entre los adolescentes.
  • Realizar una caracterización de las diferentes pautas de consumo de alcohol entre los adolescentes.
  • Identificar las variables relevantes que influyen en los valores y actitudes sobre el consumo de alcohol entre los adolescentes y entre padres de adolescentes.
  • Conocer las convenciones sociales actuales sobre el consumo de alcohol entre los propios adolescentes y entre padres de adolescentes.
  • Identificar los componentes de riesgo en el consumo de alcohol entre adolescentes, en relación a las imágenes sociales.
  • Evaluar las distintas opciones preventivas y terapéuticas sobre el consumo/abuso de alcohol diseñadas e implementadas.
  • Poner en marcha, de forma inicial, una intervención preventiva ajustada a las necesidades identificadas.

Dar respuesta a los objetivos expuestos exigió de un esfuerzo continuado que, apriorísticamente, dividimos en tres fases, a desarrollar en tres años consecutivos. El primer año (2004) fue el dedicado al exámen documental y bibliográfico que culminó en la confección de una gran base de datos con más de 12.000 registros. A continuación, se diseñó y realizó una investigación exploratoria de carácter cualitativo, mediante el uso de técnicas de recogida de datos a través de entrevistas en profundidad y grupos de discusión con adolescentes, así como con padres de adolescentes. El segundo año (2005) fue el dedicado al diseño y realización de una investigación descriptiva (descripción del hecho del consumo de alcohol entre adolescentes y extracción de tipologías), y explicativa (mediante el análisis de factores que intervenían en las causas del consumo de alcohol entre los adolescentes), de carácter cuantitativo, es decir, mediante la formalización de encuestas personales, de carácter probabilístico y representativo. Ya el tercer año (2006), nuestro objetivo fue crear una tipología de adolescentes a partir de cuatro aspectos relacionados con las percepciones y valoraciones que éstos hacen sobre el consumo de alcohol. En concreto, las variables que integraban este eje fueron la opinión sobre el alcohol, efectos del consumo de alcohol, rechazo/aceptación hacia el consumo de alcohol y adjetivación de los consumidores de alcohol.

En cuanto al procedimiento que seguimos, éste conllevó la realización de tres análisis consecutivos:

  • Análisis Factorial (cuatro) de las variables con las que establecemos la clasificación.
  • Análisis Cluster con los factores resultantes del Análisis Factorial y,
  • Descripción de los tipos resultantes del Análisis Cluster a partir de su composición demográfica y de las diferencias relativas a los distintos posicionamientos según las actitudes hacia el consumo de alcohol.

Con posterioridad se diseñó y aplicó un programa de intervención para la prevención del consumo abusivo de alcohol entre los adolescentes, y se determinó su efectividad teniendo en cuenta (a) la existencia de cuatro grupos de adolescentes caracterizados (grupo de bebedores excesivos, grupo de bebedores moderados, grupo no bebedores y grupo de bebedores ocasionales), y (b) la necesidad de establecer una serie amplia de medidas para valorar los posibles cambios que pudieran haberse producido a raíz de la aplicación de dicho programa de prevención, que incluyeron datos sobre las salidas nocturnas, el consumo de alcohol, las motivaciones para el consumo, actitudes hacia el alcohol y hacia los adolescentes bebedores, o la valoración de los efectos del alcohol. Todo este trabajo no hubiera sido posible sin la participación amplia de expertos y profesionales que enmarcados en el grupo de investigación “enclavesocial”, lograron año tras año cumplir con los objetivos marcados. A ellos quiero referirme ahora, pues sin su concurso difícilmente podría haber realizado o cumplido las numerosas, laboriosas y exigentes tareas que todo proyecto de investigación conlleva. Formaron parte del equipo inicial las sociólogas/os Milagros Laspeñas García, Marta Muñoz Pinillos, Paz Zuloaga Rada y Luis Alberto Sanvicens y las psicólogas/os Mª Victoria Hernando Ibeas, Elisa Ruiz Domingo, Inés Alcalde y Francisco Cabello Luque, así como el doctor en Medicina, José María Urraca Fernández. Hubo incorporaciones puntuales como la psicóloga Carolina Medina (2005), y la también psicóloga, Anabella Martínez (2006). Además pude contar con cierto número de colaboradores que llevaron a cabo tareas de campo u otras que los miembros del equipo  determinaron a lo largo de estos años. Si bien todos los miembros del equipo han colaborado en la realización de los informes anuales, base material de la que se extraen los textos que componen los diferentes capítulos de este libro, quiero destacar ahora y agradecer su intensa dedicación a este proyecto, en concreto a los sociólogos Milagros Laspeñas y Luis Alberto Sanvicens y al psicólogo Francisco Cabello. A ellos se deben los textos dedicados a mostrar la metodología, las relaciones familiares y las motivaciones, creencias, actitudes y percepciones junto a una tipología de los adolescentes que aparecen en tres capítulos identificados, todo ello sin demérito de los demás miembros del equipo, aunque por su entrega y seguimiento, bien pueden considerarse estos últimos como los más vinculados a este producto final, que es el libro que nos ocupa.

Es un libro dividido en nueve partes que comienza con los métodos y técnicas de investigación seguidos en el abordaje de la realidad  adolescente, sigue con una reflexión sobre la construcción social de los adolescentes, continúa con el descubrimiento de las relaciones familiares y de amistad actuales, y su importancia en el desarrollo de la personalidad; así como la ocupación del tiempo, principalmente el de ocio. Otras partes están dedicadas a las salidas de marcha y el consumo de alcohol, haciendo especial incidencia en el fenómeno mediático del botellón. El último capítulo lo dedicamos a exponer detalladamente los principales motivos y percepciones considerados acerca del consumo de alcohol; así como una tipología de los adolescentes, construida alrededor de una serie de factores y variables que determinan los consumos de alcohol.   El libro finaliza con unas conclusiones relevantes acerca del ocio y consumo de alcohol entre los mismos. En su conjunto, este libro es producto de los datos obtenidos durante el periodo investigador y de trabajo de campo, que invitan a reflexionar y a considerar nuestras opiniones acerca de un periodo vital de las personas, que por su inestabilidad y su ímpetu, está llamado a ser decisivo en la configuración de la sociedad futura y las generaciones que la sostengan. Espero de corazón que su lectura sea provechosa.

A continuación reproduzco el capítulo VII dedicado al BOTELLÓN, pues ha sido uno de los temas más recurrentes de los últimos años merced a la publicidad que se le ha dado en los medios sin atender a las verdaderas causas que lo originan y lo mantienen. Espero que os guste.

El botellón como fenómeno social está definido como la reunión masiva de jóvenes de entre dieciséis y veinticuatro años, fundamentalmente en espacios abiertos de libre acceso, para combinar y beber la bebida que han adquirido previamente en comercios, escuchar música y hablar. Según Baigorri es un fenómeno global pues es posible encontrar el botellón desde Nueva Zelanda hasta los Estados Unidos, obviamente con denominaciones distintas pero con un nexo común que son sus manifestaciones públicas. No es un hábito de ocio juvenil porque la mayoría de los jóvenes no lo practican; eso sí, los que lo hacen lo practican con intensidad. Ya en nuestro país, señala Baigorri que el conflicto social desencadenado en torno al botellón constituye un ejemplo paradigmático de conflicto postmoderno, ya que se inscribe de lleno en el ámbito del consumo, que es el principal factor de agrupación y creación de identidades en la sociedad contemporánea. En el marco de la globalización, el botellón es una expresión que globaliza las tendencias de ocio nocturno, por cuanto el trinomio joven, noche y alcohol está presente en todas las pautas de ocio nocturno en las sociedades avanzadas.

El problema social del botellón radica en la presencia de menores de edad tomando grandes dosis de alcohol y otro tipo de drogas asociadas a esta práctica (cannabis principalmente), sobre todo en los pueblos donde hay más participación de adolescentes que de jóvenes adultos. En este sentido, los expertos en toxicomanías advierten del riesgo que corren los adolescentes, pues el consumo de alcohol hace de este la droga de mayor prevalencia, al  caracterizarse por una ingesta excesiva de bebidas de alta graduación en periodos pequeños con el fin de lograr embriagueces rápidas. Además, todavía no se puede prever qué consecuencias tendrá el abuso alcohólico en las generaciones que lo practican, pues la edad a la que se inician es cada vez más temprana.

El trinomio jóvenes-noche-alcohol al que aludía Baigorri como fuente de problemas sociales, tiene su correlato en una distinta percepción sobre el consumo de alcohol. Para unos (tanto jóvenes como adultos) se trata de un comportamiento humano inmutable de carácter tradicional y equivalente a un derecho natural, mientras que para otros (exclusivamente adultos) se han producido cambios y ahora predominan comportamientos asociales que reflejan una cierta falta de educación y, por tanto, una crisis en la transmisión y reproducción de valores y normas sociales. Esta diferente percepción acerca del consumo de alcohol ha promovido una cierta ambigüedad en la valoración social del fenómeno del botellón. Para unos es una expresión de libertad que se enmarca en una tradición cultural, mientras que para otros es una forma de expresión de la falta de valores ciudadanos reflejada en actos gamberros propios de una mala educación, aunque los dos tipos de valoración se funden o confunden según el contexto en el que se expresan, pues ambos participan del pensamiento colectivo adulto, o dicho de otro modo, participan de lo considerado mundo de los adultos.

Por su parte los adolescentes beben porque han aprendido que beber forma parte de la diversión y de la noche, a través de sus familias y de todos los productos culturales con que la sociedad les transmite los valores en los que se socializan. La salida nocturna responde a un protocolo cultural claramente prescrito y pautado, también heredado, como el consumo de alcohol entre los adultos. Salir de marcha está vinculado a representaciones de encuentro y posibilidades de establecer distintos vínculos con los pares, a quienes seguramente encontrarán en la calle, en las plazas o en los bares y discotecas. A los adolescentes les produce placer ver mucha gente, ver que todos están ahí, notar que salen todos y que esa es una costumbre que les pertenece y les marca. Entre los adolescentes, el protocolo de salidas nocturnas está más intensamente aplicado porque la noche, especialmente cuando está acompañada de alcohol o de otras drogas, favorece la desinhibición y, por tanto, la tarea que les ha sido encomendada tras la Revolución Industrial: la de buscar ellos/as mismos/as la pareja con la que formar la unidad familiar y contribuir a la transmisión de los genes familiares y, por ende, a la supervivencia de la especie.

Pero si el consumo de alcohol forma parte de un protocolo cultural destinado a la supervivencia de la especie como fin último, también es cierto que esa realidad social y cultural está determinada por una serie de factores, señalados en numerosos estudios:

–      La existencia de periodos de fuerte desarrollo y apertura al exterior, acompañados de bonanza económica.

–      El retraso en el abandono del hogar familiar, lo que lleva a vivir una vida muelle, que no exige de trabajo ni responsabilidades domésticas, y por lo tanto deja más tiempo libre a los jóvenes, y además durante más tiempo de su trayectoria vital.

–      El retraso de la entrada en el mercado laboral, en épocas recesivas por las dificultades de acceso al trabajo, pero sobre todo por la universalización y obligatoriedad de la enseñanza secundaria, y el abaratamiento y generalización de los estudios universitarios.

–      Los cambios de mentalidad por la influencia de los medios de comunicación de masas.

–      Las innovaciones tecnológicas y la introducción de herramientas, como Internet, que rompen las barreras espacio-temporales al virtualizar tiempo y espacio.

–      Las bajas tasas de matrimonio y fecundidad. Al retrasarse la edad de formar una familia, las parejas jóvenes tienen más tiempo para su disfrute personal sin obligaciones familiares.

–      La conversión de los centros comerciales en sustitutos de las iglesias como foros. Los hipermercados se manifiestan como nuevas catedrales, a las que la gente acude a pasar el tiempo rindiendo culto al consumo, y encontrarse con otras gentes con las que practicar la penitencia de la interacción social.

Otras causas sociales que conforman este fenómeno son el crecimiento de las multinacionales del alcohol, la economía especulativa que ha hecho que se disparen los precios de los bares por la noche, la tradición de beber en la calle y las grandes superficies comerciales que son cómplices del fenómeno del botellón pues son las primeras en lucrarse con la práctica del mismo. Finalmente las sociedades de veinticuatro horas que han desestructurado el día y la noche pues en la práctica del ocio se siguen sin solución de continuidad.

Sobre el conjunto de causas conviene resaltar el hecho de que las personas sigan considerándose jóvenes hasta pasados los treinta y muchos años, sin responsabilidades familiares y con dinero, pues este es un aspecto novedoso en la configuración del fenómeno del botellón, considerado siempre como un fenómeno propio del mundo adolescente y joven y no del mundo adulto. Si los jóvenes lo son hasta muy avanzada la edad, la considerada como propia del mundo adulto, la población que se encuentra aceptada en el fenómeno del botellón crece numéricamente, conformando socialmente los valores permisivos sobre la ingesta de alcohol en el espacio público. Nunca hasta este siglo las expectativas de vida habían crecido tanto, estirando hasta los límites que el desarrollo económico permite la configuración de las identidades generacionales.

El fenómeno del botellón tiene diversas características que le acompañan y definen. En general se podría definir como una reunión de grupos de adolescentes y jóvenes que beben, charlan, escuchan música, bailan, o llevan a cabo cualquier otra actividad en espacios públicos y abiertos.  Un periodista que ha conocido la realidad madrileña del botellón señala además una serie de particularidades o características que lo enmarcan. La más llamativa el enorme éxito de convocatoria que tiene esta actividad. Tal afluencia de personal en la vía pública, bien pertrechado de bebidas de diversa graduación alcohólica y muchas ganas de marcha, diríase que es lo más parecido que hay a las fiestas patronales de cualquier pueblo o barrio, y, en efecto, así es. El botellón es una fiesta popular, un espacio absolutamente lúdico en el que sus participantes solo buscan pasárselo bien, ajenos a las rutinas cotidianas y a los condicionamientos sociales. Sin embargo, a diferencia de las fiestas verbeneras, el botellón es restringido y reiterativo. Restringido porque en él solo participa un tipo de gente: los jóvenes. Reiterativo porque no se produce con ocasión de una fecha señalada en el santoral religioso o pagano, sino que sucede todos los fines de semana, las vísperas de fiestas y, en general, durante los periodos vacacionales de la muchachada. Otra de sus características fundamentales es la nocturnidad, siendo la puesta y salida del sol los marcadores del principio y fin de la fiesta. Además, prosigue Aguilera, como cualquier comportamiento grupal, el botellón tiene sus rituales y los jóvenes los cumplen sin planteárselo, simplemente porque es así. No hay manuales sobre el particular ni reglas estrictas, pero sí una línea común de comportamiento. La secuencia sería: primero la cita entre las pandillas de amigos los día previos al fin de semana, que se realiza en colegios, institutos, facultades o vía Internet; segundo el aprovisionamiento mediante la compra en los comercios próximos al lugar donde se va a realizar y que se costea mediante un fondo común de dinero; tercero la ubicación o elección del lugar propicio; y cuarto las actividades que no se acaban en la ingesta de alcohol y la charla, sino que se extienden a los juegos de habilidad de todo tipo. Además habría que sumar la finalización del botellón que también constituye rutinas que desarrollan a través de rutas habituales y horarios de regreso a casa. Son rutas que utilizan masivamente los adolescentes dependiendo del lugar que parten (espacios del botellón), del día de la semana, del horario establecido de regreso a casa y del tipo de participantes en tales eventos. Y es que lo más frecuente es encontrar en los espacios botelloneros, jóvenes de amplias clases medias, estudiantes de instituto o de facultad que viven en la casa familiar, que no crean grandes conflictos en su entorno inmediato, chicos que tienen inquietudes culturales aunque éstas sean mínimas. En este sentido Aguilera dice que  beber con una cierta alegría y en la calle no es nada nuevo, algo con lo que muchos de nosotros estaríamos de acuerdo. La tradición habría tenido mucho que ver con el fenómeno botellón y los jóvenes no habrían hecho nada más que inventar una nueva modalidad para un rito antiguo.

En esta misma línea, Baigorri mantiene que se bebe porque lo impone el modelo cultural global dominante. Los jóvenes beben porque han aprendido que beber forma parte de la diversión y de la noche a través de sus familias y de todos los productos culturales con que la sociedad les transmite los valores en los que se socializan. Modelos culturales, modelos familiares y modelos sociales impelen a beber en las calles y espacios públicos a las cuadrillas de adolescentes que, sin embargo, se pueden distinguir entre ellas por la edad de sus participantes, pues la edad es el marcador temporal que separa a los miembros de un grupo identificándolos en su conjunto. Tan sólo los que se encuentran en ese tiempo liminal que supone estar a las puertas de la mayoría de edad, los portadores de dieciséis y diecisiete años, son capaces de adentrarse en uno y otro grupo, de familiarizarse con los usos de unos y otros y ocupar los espacios que se suponen de quienes lideran el grupo de menores y que igualmente se destina a quienes todavía no ejercen sino de aprendices del grupo de mayores. Por medio, el control de los padres y adultos a través de la figura policial. Los agentes de policía local sólo pueden hacer recomendaciones, obligar a los jóvenes a que recojan las botellas y plásticos y evitar que destruyan el mobiliario o causen daños en los puntos habituales de botellón. Y también identificar a los practicantes de esta modalidad lúdica para comprobar si son menores de edad, en cuyo caso sí pueden tomar medidas. En esto del consumo de alcohol en cuadrilla, se observa de manera meridiana que hay diferencias según las edades. Así, aquellos que se inician en la adolescencia ni siquiera lo han visto o han oído hablar de él, y tan sólo conocen sus resultados; incluso manifiestan un cierto rechazo hacia las consecuencias de un consumo descontrolado en zonas verdes.

En 2005 la media estatal de edad de inicio de los adolescentes en el consumo en grupo de alcohol era de trece años y el porcentaje de adolescentes que se reunían para beber de esta forma se situaba en el 20,4% de los jóvenes de entre catorce y dieciséis años. Nosotros hemos observado que en La Rioja los más jóvenes incluso eran contrarios al botellón, bien porque no les gustaba o bien porque no lo entendían, aunque en la última encuesta (2004) sobre consumo de sustancias adictivas, el 2,6% de los adolescentes riojanos de entre doce y dieciséis años reconoció que se había emborrachado en el último mes. Un porcentaje nada relevante (aunque preocupante dada la edad a la que se experimenta la borrachera), indicador de que quienes se inician en la adolescencia manifiestan disgusto o rechazo por este fenómeno del botellón. Ciertamente, conforme avanza la edad, la curiosidad y la imitación de los más adultos puede ser el desencadenante de un fenómeno que poco a poco se va trivializando entre los jóvenes consumidores.

El botellón no sólo se extiende entre los adolescentes de menos edad por imitación de los más adultos, de los mayores, sino también por la escasa oferta de ocio nocturno que, además, se encuentra limitada por las fuertes restricciones horarias marcadas por los padres y por las prohibiciones a menores para entrar en bares y discotecas donde acceder a la oferta de bebidas alcohólicas. Si tuviéramos que situar el comienzo de la actividad botellonera, el momento más ajustado para realizar el botellón sería el atardecer, al caer las últimas horas del día. Es el momento de preparar la noche, cuando las alternativas al botellón sólo se encuentran en las zonas de diversión y consumo de alcohol de la ciudad. El dilema es que no siempre la salida a la ciudad está al alcance de todo el grupo o compañía de amigos. Por si esto no fuera un obstáculo, la edad es otro impedimento para prolongar la salida nocturna. Los más adolescentes tienen horarios de regreso temprano (salvo los sábados) y las discotecas sin alcohol son de horario diurno, todo lo cual configura un elemento contrario al concepto de diversión y la salida de marcha, como es el horario nocturno.  Pero si el tiempo de ocio y su disfrute están relacionados con la noche, no ocurre aleatoriamente cualquier día de la semana, sino exclusivamente los fines de semana (salvo días especiales). El alargamiento del tiempo libre o de fin de semana no es una prerrogativa de los adolescentes o de los estudiantes, sino que es una conquista de los trabajadores y una respuesta a los actuales modelos de producción y consumo que han llevado a organizar el periodo laboral semanal en torno a las treinta y cinco a cuarenta horas, destinando los fines de semana al tiempo de ocio, y porqué no, también al consumo de ese ocio. Ahora bien, los adolescentes, al igual que otros grupos generacionales, distinguen los viernes, de los sábados y domingos en la organización de sus actividades de ocio y en la materialización de sus tiempos de diversión, dando una preponderancia superior a la noche del sábado, sobre el resto de los días y las horas del fin de semana. Como los días laborables, también los fines de semana se organizan en torno a rutinas de horarios y lugares de diversión. En general, los adolescentes quedan a media tarde para la organización de la noche; con posterioridad proceden a la compra de bebidas. El horario de cita para la reunión en los lugares y espacios de botellón suele oscilar entre las siete de la tarde y las nueve o diez de la noche. Con anterioridad, el aburrimiento es la nota predominante de todos los adolescentes que esperan con ansia la hora de esa cita, de esa reunión con la cuadrilla de amigos.

Lo cierto es que se cumplen los imperativos de la tradición cultural y entre las familias cuando se anima desde muy corta edad a participar del ritual de beber en compañía, bien en espacios públicos cerrados o bien en la calle, y con motivo de cualquier ocasión especial, social o festiva. Sin embargo, el botellón es un ritual de exclusividad adolescente y joven, dado que muchas veces son menores de edad quienes se encuentran con problemas para el consumo en locales públicos (salvo con ocasión de festividades o celebraciones sociales y familiares, donde el consumo de menores se hace más permisivo e incluso alentado), y por supuesto con problemas a la hora de adquirir o comprar los licores con los que elaborar combinados en botellones de dos litros de refresco. Problemas de compra que los adolescentes resuelven de diversas maneras, desde hacerse con la colaboración de adultos, pasando por la utilización de comercios que no presentan dificultades, hasta delegar en aquellos adolescentes cuyo aspecto impone una imagen de persona mayor. De esta manera o bien de cualquier otra, los adolescentes menores de edad se hacen con bebidas de alta graduación, pues las dificultades de acceso por impedimentos legales son relativamente fáciles de superar gracias al empeño y la imaginación que despliegan. Por otra parte, una respuesta que aparece tanto en los cuestionarios de encuesta como en las entrevistas y en los grupos de discusión, acerca de porqué se hace botellón, tiene mucho que ver con el precio de las bebidas que fijan los establecimientos de bares y hostelería, y que para los adolescentes se encuentra totalmente alejado de su realidad económica que viene marcada por los ingresos semanales. Por eso, la respuesta indicada, es que no siempre se puede consumir alcohol de otro modo que no sea a través del botellón. Los adolescentes argumentan que se hace botellón porque su economía de bolsillo no da para muchos estipendios alcohólicos en bares, tampoco para adquirir bebidas de grandes marcas, más bien buscan que el combinado resultante mantenga un sabor aceptable y cumpla su función alcohólica. Para muchos adolescentes, la base de las mezclas es el vino (“kalimotxo”), que se combina en contenedores que van desde la botella hasta la garrafa, y de ahí el nominativo de botellón o garrafón. Pero no todo es adquisición de bebidas alcohólicas, pues una vez realizada la compra o incluso antes de la compra de licores y otras bebidas, se procede a cenar y llenar el estómago con el fin de evitar la borrachera de estómago vacío, algo que parece haber experimentado buen número de adolescentes cuando hablan de ir cenado a los botellones. No son por tanto cenas de restaurante, sino más bien snaks, frutos secos, chucherías, bocadillos, hamburguesas y pizzas los elementos indispensables para sostener una ingesta abusiva y a veces rápida de alcohol. Esporádicamente formalizan cenas a base de pinchos, pero las cenas con la cuadrilla o la pareja en locales de restauración son más un asunto de jóvenes que de adolescentes. Quizás, una cuestión de recursos económicos.

Como todos los adolescentes pertenecientes a una misma cuadrilla suelen conocer los lugares de cita y reunión. Poco a poco, dependiendo de las directrices y demandas familiares, van apareciendo en esos lugares, continuando el ritual del botellón (beber, charlar, jugar, reír), hasta la medianoche o primeras horas de la madrugada, momento en el que de la misma manera que fueron reuniéndose todos los miembros del grupo, van marchándose a otras zonas de diversión. Las calles que han pasado a denominarse la zona son aquellas que disponen de multitud de locales, bares y discobares, y que se sitúan en torno al eje de la calle Chile de Logroño. Otra zona post-botellón está constituida principalmente por la calle Mayor, la plaza del Mercado, el Laurel y Bretón de los Herreros, todas ellas en el casco antiguo de la ciudad. También en el casco antiguo se sitúan las discotecas o centros de atracción para la marcha de última hora, es decir, de cierre del sábado, en torno a las cuatro o las cinco de la madrugada, momento en que deciden regresar a sus domicilios. Pero si estas son las rutinas de los adolescentes que viven en la capital, el momento de quienes provienen de alguno de los pueblos del área próxima a Logroño, es tras la cena, aunque para ellos el botellón es más propio de temporada estival, cuando se visitan los parques de cualquier localidad con la seguridad de que allí se encuentran otros grupos de bebedores, dejando para el invierno el refugio de los bares. En Calahorra, segunda ciudad en importancia poblacional de La Rioja, los adolescentes utilizan locales, bajeras y chamizos para hacer el botellón y, como en otras localidades, también los sábados al anochecer (sobre las diez horas), comenzando una ruta posterior o Ronda por los bares y pubs del casco antiguo, hacia las doce de la noche o una de la madrugada. En cualquier caso, el botellón parece no tener carta de naturaleza en los pueblos, donde se practica sólo a instancias de los tiempos de fiestas y no como un ritual semanal. Así parece desprenderse del relato de estos jóvenes. Sea en la capital o sea en otras localidades y tal como ocurre con cualquier actividad, también el botellón tiene su final y éste, a su vez, marca el comienzo de la diversión, de otro momento de diversión que se caracteriza a su vez por otras actividades, las que suponen salir de marcha un fin de semana. Y como toda actividad necesita un espacio donde realizarla, también la diversión post-botellón tiene el suyo. En este sentido, ir a las discotecas o ir a las zonas de marcha (alcohol, música y baile) son espacios que siguen al botellón. A estas zonas van después del consumo de botellones, momento que aprovechan para hacer sus rondas por las zonas de bares y disco bares sin necesidad de consumir en su interior. Como las cuadrillas se diferencian en ciertas ocasiones según el sexo, los lugares de marcha no siempre coinciden. Esto ocurre a propósito de las discotecas, que se delimitan en función de los intereses de los grupos, claro está, siempre que no haya intención de pasar el tiempo de ocio nocturno en grupos mixtos de chicos y chicas.

Volver a casa sigue creando conflictos entre padres y aquellos hijos que aún siguen sometidos al control familiar, especialmente en lo referido a la hora de regreso tras la salida nocturna, y en la necesidad de dar explicaciones si el retraso ha sido importante. La hora de regreso es algo que depende de la confianza, la madurez, los lugares frecuentados y las compañías entre otras variables. Existen opiniones muy marcadas respecto al tema. Por un lado, hay padres que consideran fundamental la imposición de una hora. Estos, en su afán de protección al fijar una hora de regreso, quieren lograr una mayor seguridad para sus hijos. Por otra parte se encuentra la opinión de aquellos padres que consideran que es innecesaria la hora de regreso a casa. Esta opción aboga por la confianza en la madurez y la responsabilidad de los hijos. Sin embargo, parece que hay consenso en que una hora de regreso resulta recomendable para evitar los factores externos que los hijos, todavía a ciertas edades no son capaces de controlar. La hora de regreso a casa debe ser fruto de un diálogo abierto y comunicativo y debería estar abierta a situaciones como la llamada telefónica de un hijo anunciando el regreso a casa a una hora más tarde de la prevista porque se lo está pasando bien. Esta fórmula hay que tomarla como un síntoma de madurez de los hijos al mismo tiempo que de respeto por las normas familiares. También es conveniente tratar todos los aspectos que atañen a la salida de marcha, como los lugares que se pretenden frecuentar, los amigos con los que van a salir, la hora a la que quieren salir y volver, pues una vez llegado el momento resulta más complicado tratar de razonar con los hijos los motivos por los que se quiere fijar una hora en concreto. Esta negociación entre padres e hijos para decidir la hora de regreso a casa es habitual, tal y como se desprende de los grupos de discusión con padres de adolescentes y con adolescentes. En general, los padres entrevistados no dan tanta importancia a la hora de llegada, preocupándoles mucho más las condiciones en que llegan sus hijos a casa, así como el medio de transporte utilizado por miedo a que les pueda ocurrir algo. Pero veamos en cifras y porcentajes los datos referidos a la hora de regreso. Sabemos que más del 60% de los adolescentes riojanos tienen hora de regreso a casa los fines de semana, aunque si discriminamos en función del género, son el 58,9% de los chicos y el 62,7% de las chicas quienes tienen convenida con los padres una hora de regreso. Y si el género es sujeto de diferencias, la edad también condiciona la hora de regreso a casa. A medida que aumenta la edad, disminuye el porcentaje de adolescentes que tienen hora de regreso para volver a casa los fines de semana, suponiendo a partir de los dieciocho años que sólo el 30% o el 20% de los adolescentes declaren tener acordada una determinada hora de regreso:

Existencia de hora de regreso el fin de semana por edad
Edad 12 13 14 15 16 17 18 19
% % % % % % % %
100,0 89,5 93,5 90,0 74,5 58,8 28,3 20,0
No 0,0 10,5 6,5 10,0 25,5 41,2 71,7 80,0
100,0 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0

En cuanto a las diferencias según la ocupación principal, hemos encontrado que de los adolescentes que estudian, el 64,5% tienen hora de regreso, lo cual supone una proporción que casi duplica la de los adolescentes que trabajan (38,6 %).  En este caso ambas variables son dependientes, aunque hay que tener en cuenta que ésta dependencia si va muy relacionada con la edad es porque los adolescentes que trabajan necesariamente tienen más de dieciséis años. Los días considerados especiales, las cifras respecto a los fines de semana se invierten, y  son poco más del 40% de los adolescentes quienes dicen tener hora de regreso a casa, aunque siguiendo la estela de los datos anteriores en cuanto a las diferencias de género, el 37,3% de los chicos y el 43,7% de las chicas dicen tener convenida dicha hora de regreso.

Existencia de hora de regreso un día especial por edad
12 13 14 15 16 17 18 19
% % % % % % % %
86,7 66,7 75,0 73,2 60,8 17,7 6,7 4,4
No 13,3 33,3 25,0 26,8 39,2 82,4 93,3 95,6
100,0 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0

Y del mismo modo que vimos al analizar la existencia de hora de regreso los fines de semana, también en esta ocasión podemos decir que la edad condiciona tener hora de regreso incluso un día especial, pues existe dependencia entre ambas variables. De hecho observamos que a medida que aumenta la edad disminuye el porcentaje de adolescentes que tienen hora de regreso para volver a casa los fines de semana. O dicho de otra manera, el porcentaje de adolescentes que tienen hora de regreso los días especiales, disminuye frente a los que tienen horario de regreso un fin de semana en cada tramo de edad. El grado de cumplimiento de la hora de regreso “siempre” o “a menudo” es de ocho de cada diez adolescentes, de los cuáles se derivan diferencias de género, pues las chicas cumplen la hora de regreso a casa en mayor porcentaje que los chicos. En el extremo opuesto, un porcentaje muy bajo de chicas (3,9%), rara vez o nunca cumplen la hora de regreso, frente a un porcentaje superior de chicos (14,2%).

Cumplimiento de la hora de regreso por sexo
Chico Chica
% %
Siempre 46,93 52,94
A menudo 30,61 35,29
A veces sí- a veces no 8,16 7,84
Rara vez 12,24 2,94
Nunca 2,04 0,98

Y son los adolescentes de más edad (19 años), quienes cumplen en menor medida la hora de regreso a casa; en concreto son un 33,33% los que “raras veces” o “nunca” cumplen el horario de regreso a casa, frente al 6,7% o el 4,5% de los adolescentes más jóvenes (12 y 13 años). Es decir, conforme aumenta la edad de los adolescentes y, sobre todo, cuando estos adquieren la mayoría de edad que marca la ley, desoyen las normas familiares sobre horarios de regreso a casa y cumplimiento de los mismos, posiblemente como una manifestación de independencia adolescente frente a la dependencia existente desde la niñez. En cuanto a la hora de regreso los fines de semana, y aunque nos encontramos con valores muy dispersos y no se puede tomar la media como representativa, se sitúa ésta como media a las cinco cincuenta y cinco de la madrugada, hora además muy cercana a la moda, es decir, las seis de la madrugada.

Hora de regreso los fines de semana por edad
Horario % De 12 a 14 años % De 15 a 17 % De 18 a 19
De las 10 a las 12.45 1.8 0.8 0
De la una de la madrugada a las 4.45 94.7 39.2 6.5
De las 5 de la mañana a las 7.30 3.5 48.3 55.4
De las 8 de la mañana en adelante 0 11.7 38.0
100 100 100

Existe una dependencia muy fuerte entre las variables “hora de regreso los fines de semana” y “edad”. Es raro que los más jóvenes lleguen más tarde de las cinco de la madrugada, mientras que más de la mitad de los de 15 a 17 años y más del 90% de los de 18 a 19 años llegan a partir de las cinco de la madrugada. Por sexo apenas hay diferencias, sin embargo, por ocupación de nuevo apreciamos una dependencia entre variables, pues los estudiantes llegan a horas más tempranas de la noche que los trabajadores, aunque aquí interviene también el factor edad (sólo se trabaja a partir de los dieciséis años):

Hora de regreso los fines de semana por ocupación
Horario % estudiante % trabajador
De las 10 a las 12.45 0.9 0
De la una de la madrugada a las 4.45 43.5 16.2
De las 5 de la mañana a las 7.30 40.5 45.9
De las 8 de la mañana en adelante 15.1 37.8
100 100

Cuando les preguntamos por la hora de regreso un día especial, vimos que ésta se alargaba una hora como media con respecto a la de los fines de semana, convirtiéndose casi en las siete de la madrugada. Al igual que los fines de semana, la hora de regreso los días especiales depende en gran medida de la edad de los adolescentes.

Hora de regreso los días especiales por edad
Horario % De 12 a 14 años % De 15 a 17 % De 18 a 19
De las 10 a las 12.45 19.7 0 0
De la una de la madrugada a las 4.45 53.5 36.7 8.1
De las 5 de la mañana a las 7.30 14.1 35.3 41.4
De las 8 de la mañana en adelante 12.7 28.1 50.5
100 100 100

De este modo, el regreso a casa tanto los fines de semana como los días especiales, se produce más allá de las cuatro y las cinco de la madrugada, y las variables que intervienen para diferenciar el comportamiento de los adolescentes son la edad y la ocupación. A más edad y actividad laboral se corresponden comportamientos ajenos o contrarios a la norma familiar, caso de que existiera. Es como si la rebeldía frente a la dependencia familiar sólo pudiera expresarse a través de la libertad de horarios para volver a casa tras las salidas nocturnas de los fines de semana o de los días especiales.

La ocupación del tiempo libre, especialmente durante los fines de semana, va ligada íntimamente a la ocupación de un espacio. Tal y como afirma Martín Serrano, actualmente las demandas específicamente juveniles, en cuanto al disfrute de sus horas de libre disposición, tienen que ver con la necesidad de disponer de sitios propios. Las actividades que llevan a cabo durante el fin de semana los grupos de jóvenes se caracterizan por su nuevo localismo. Precisamente uno de los rasgos más distintivos de las nuevas generaciones, es esa identificación que establecen con “su” pueblo, con “su” barrio; allí donde viven y allí donde desarrollan sus relaciones. La ocupación colectiva de ese locus, que perciben geográficamente como próximo y emocionalmente como propio, tiene una importancia simbólica para los grupos juveniles que no debería de pasar desapercibida. Porque esa apreciación de un espacio público, responde a la necesidad de hacerse un sitio. Tener donde poder estar con los pares, es la condición necesaria para la producción y la reproducción del propio grupo. Y también para desarrollar las actividades afectivas, lúdicas y formativas que el grupo de pares satisface. La ocupación gregaria juvenil de los espacios que perciben geográficamente como cercanos y emocionalmente como propios, tiene una gran importancia simbólica. Esa apropiación de un espacio público y el disfrute del privado en grupo responden a la necesidad de hacerse un sitio, un lugar en el espacio social. Por esto se utilizan con frecuencia los espacios públicos urbanos, los parques y jardines, y las calles y bancos que acogen sus reuniones gregarias. A medida que avanza la edad de los adolescentes se va a dar una importancia creciente a los espacios donde consiguen mayor independencia, prefiriendo los espacios públicos para encontrarse con las amistades. Sus actividades de tiempo libre se dirigen principalmente al ocio nocturno de fin de semana, tanto en el ámbito público (gran oferta de bares y discotecas, parques y jardines), como en el privado con la proliferación de chamizos o cuartos, muy común en las zonas rurales y cada vez más habitual en las ciudades. No obstante todas estas opciones de ocupación de espacio público, serán los parques y jardines el modelo de espacio más utilizado en el desarrollo de la actividad que los jóvenes llaman botellón. En estas ocasiones se reúnen los amigos para beber y relacionarse con otras cuadrillas de adolescentes, y en el caso de la ciudad de Logroño las inmediaciones del parque del Ebro, parque de La laguna, Gallarza, zona de la Ribera, plaza de España y diversos aparcamientos del casco urbano, aunque el parque de San Miguel es el lugar por excelencia que, compartido en menor medida con otras zonas verdes de la ciudad, ha logrado erigirse en lugar de peregrinación incluso para los que no disponen de botellón. Cualquier parque o zona verde son espacios que permiten el disfrute del tiempo de ocio en compañía de los iguales, los de la misma generación, y son permisibles porque no colisionan directamente con otras generaciones, principalmente las de los adultos que son los que en definitiva colapsan los espacios públicos sin posibilidad de compartirlos con los de otras generaciones, que bien por su edad o bien por su capacidad económica no pueden acceder a los mismos. La organización adolescente en cuadrillas permite el intercambio de sus miembros y la posibilidad del encuentro, aspecto que se realiza siempre en lugares determinados, principalmente por la actividad del botellón. La utilización del espacio público para la formalización de encuentros a través de la actividad botellonera entre los miembros de las cuadrillas de adolescentes, forma parte de un ritual significante de pertenencia a las mismas. Dentro de este ritual botellonero, un rasgo definitorio es la costumbre de sentarse en el suelo (o en el respaldo de los bancos) como manera de reafirmar la diferencia. Es algo que hacen los adolescentes y jóvenes pero no los adultos. Es también una forma de delimitar el espacio público de aprovechamiento adolescente para diferenciar a las cuadrillas y grupos de amigos entre sí, de modo que todos conozcan su lugar y el lugar que ocupan en ese espacio imaginario de la jerarquía adolescente.

Otro rasgo que ya han advertido otros observadores es que la reunión forma de manera natural un círculo u otra fórmula geométrica, como un formato ideal no solo para el aprovisionamiento alcohólico, sino para verse las caras y propiciar la interacción entre todos. Los adolescentes que hacen botellón delimitan su territorio a partir de la ocupación de bancos que asumen de su propiedad, es decir, que asumen como de titularidad del grupo o cuadrilla a la que se pertenece y desde la que se entabla relación con los otros bancos, con las otras cuadrillas a las que se reconoce igual titularidad. El mobiliario urbano de los bancos constituye en este sentido el espacio territorial de los grupos de amigos. Los bancos son el punto de cita para todos los miembros integrantes de una cuadrilla de amigos y la relación con otras cuadrillas se establece a nivel de espacios ocupados por bancos. Y es que si bien los parques son públicos y, por tanto, pueden ser atravesados y ocupados por cualquier persona, son los bancos quienes constituyen lugares estanciales de uso exclusivo para las cuadrillas y para los grupos de amigos que han tomado e identificado simbólicamente como propio el territorio delimitado por el banco o los bancos. En el medio rural el uso de chamizos o cuartos por los adolescentes es muy frecuente aunque en el medio urbano también comienza a ser habitual esta práctica. Los adolescentes de menor edad no suelen disponer de este tipo de locales pues son locales cerrados que escapan al control de los padres y adultos, donde pueden realizar las actividades que ellos quieran sin vigilancia alguna y sin restricciones impuestas por factores externos. Pese a ello, las actividades que realizan no son esencialmente de índole ilegal si no que se resumen básicamente en oír música, bailar, hablar, ver alguna película, jugar a la vídeo consola, a juegos de mesa, etc. Los chamizos, en muchos casos disponen de sofá, televisión, juegos de mesa, nevera para guardar bebidas, equipo de música, pero sobre todo, y esto sí es relevante, se utilizan para el consumo de alcohol y otro tipo de sustancias con la seguridad que les da hacerlo entre los “suyos”. Aunque no todos llevan a cabo la actividad del botellón en chamizos, lonjas y locales sólo en ocasión de fiestas locales, sino que también realizan sistemáticamente el botellón semanal del mismo modo que las cuadrillas que utilizan los fines de semana los parques urbanos. El uso de chamizos, lonjas y bajeras acondicionadas para baile y esparcimiento de adolescentes, pero también para el botellón, además de hurtar a la mirada de los adultos las actividades que se realizan en su interior, es que se mantienen todo el año, pues el botellón al aire libre y sometido a las inclemencias del tiempo metereológico no es posible sostenerlo siempre. En cuanto a los espacios para las salidas de marcha, la gama es muy amplia, pues va desde espacios públicos como parques, jardines, calles y zonas de bares (sobre todo durante la adolescencia) a privados como bares y discotecas. Pero en estos casos, no cualquier establecimiento vale, han de ser del tipo en el que se pueda satisfacer dos de los ingredientes básicos en estas salidas: beber y bailar.

La ciudad actual es una ciudad atravesada e inhóspita. Ha dejado de ser un espacio para el encuentro y la convivencia para convertirse en un gran espacio atomizado y compartimentado donde los ciudadanos se recogen hacia dentro, hacia sus domicilios, dejando la calle transformada en un espacio para el transporte entre esas unidades aisladas y sustancialmente remotas, pero no como un espacio estancial que facilita las relaciones entre los ciudadanos sin concesiones por razón de sexo, edad o clase social. El espacio nunca está inerte sino que está activo en la constitución de las relaciones sociales. La organización espacial de las calles y los edificios produce un impacto en los movimientos de los cuerpos y organiza el flujo de las masas hacia ciertos tipos de actividades y relaciones. Hoy día las calles, los parques y cualquier espacio público están siendo ocupados por personas motorizadas que poco a poco demandan más espacio para sus vehículos dificultando, cuando no impidiendo, que las calles sean lugares estanciales, convirtiéndolas en lugares para ser cruzados, atravesados, recorridos pero nunca ocupados. Por otra parte, los espacios públicos que no son objeto de ocupación de vehículos o de personas motorizadas, han entrado en la mecánica del juego de la competencia por su uso y disfrute. Son espacios y estancias cada vez más escasas y en esa competencia, semejante al modelo capitalista de producción y consumo, son los más débiles, es decir, las personas con menor capacidad de decisión económica quienes  han perdido toda oportunidad de establecer la convivencia social en la lucha por los escasos, pequeños y artificiosos lugares y espacios públicos. En este sentido, viejos, niños y adolescentes se encuentran excluidos del espacio público, salvo que sean ellos mismos personas motorizadas o con capacidad económica para serlo. La convivencia entre generaciones, lo mismo que entre clases sociales, está rota por la distinta capacidad económica para ocupar los espacios públicos. Quienes son dependientes de los grupos económicamente activos (principalmente los tres que hemos nombrado: niños, viejos y adolescentes) no tienen acceso al espacio público salvo concesiones de quienes detentan el poder que les otorga su capacidad productiva y su dominio del territorio. En esta atmósfera ciudadana protagonizada por personas fuertes y débiles, de personas y grupos independientes y dependientes, donde el espacio para el encuentro, la estancia y la convivencia entre todos se ha roto o es inexistente, es normal que surjan desde los más débiles o desde los más oprimidos movimientos de resistencia. Una resistencia que surgió con la ocupación simbólica y luego precisa y real de determinados espacios urbanos, que primero fueron abandonados por los grupos ciudadanos con poder y posteriormente fueron ocupados por grupos ciudadanos débiles. Esto ha ocurrido principalmente con las calles y plazas de los cascos antiguos, donde grupos de adolescentes y jóvenes ocupan sin concesiones aceras, calles y plazas, expulsando a quienes otrora fueron sus principales ocupantes.

Una consecuencia radical de esta pugna por la ocupación del espacio público es la convocatoria a través de foros de Internet, por e-mail y móvil, de jóvenes y adolescentes, que el pasado mes de marzo se congregaron en al menos veinte ciudades españolas, con el fin de celebrar “macrobotellones” y concursar sobre en cual se reunía más gente y/o se bebía más. Fue una provocación a los Consistorios y sus regulaciones sobre ocupación del espacio público o sobre las alternativas de diversión en recintos cerrados como pabellones y polideportivos. Ya no es posible la convivencia intergeneracional. Los vecinos, que recluidos en sus pisos no pudieron abandonar esos espacios urbanos, se quejan porque con la ocupación juvenil, aunque sea periódica y rutinariamente de fines de semana y días especiales, han desaparecido aquellos instrumentos para la convivencia como eran los espacios comerciales y de servicios que acompañan por lo general los espacios públicos, donde la ciudad estancial y residente domina sobre la ciudad atravesada y aislada.

Señala Martín Serrano que las pandas juveniles necesitan estar presentes en las calles, tanto para marcar los límites de sus dominios, como para mostrar sus signos de identidad. Pero en las ciudades la geografía urbana generalmente está organizada para circular más que para estar. Los barrios tal vez sean deficitarios de parques, plazas u otros espacios al aire libre, donde grupos juveniles diversos puedan coexistir manteniendo las distancias necesarias para evitar roces, tanto físicos como emocionales, en los que se generan las tensiones que concluyen en conflictos. Los hábitos establecidos de concentrase en espacios al aire libre durante los fines de semana, así como el uso gregario que se hace de las calles, parques y jardines, están relacionados con las carencias de infraestructuras para el ocio juvenil. Esas insuficiencias pueden resumirse de esta manera:

1º) En las áreas rurales y también en las urbanas, es una queja muy común que no existen otros lugares de encuentro disponibles para la juventud que sean gratuitos y estén bien acondicionados.

2º) Los locales públicos destinados a los y las jóvenes suelen tener una inadecuada concepción del espacio, que dificulta las reuniones concurridas y el ejercicio de las actividades de relación y de expresión que en estas edades interesan.

3º) El precio que tiene la entrada a los locales públicos, donde se bebe, se oye música, se baila, no está al alcance de los y las adolescentes ni de los y las más jóvenes.

Las actuales carencias de espacios –apropiados para y apropiables por los jóvenes- tienen mucho que ver con los comportamientos agresivos, etnocéntricos e intolerantes que están surgiendo en la vía pública. Así, España que lleva en los últimos años un proceso de urbanización salvaje que ha colocado al 70% de sus habitantes en núcleos de más de 10.000 vecinos, muestra una presión sobre su espacio metropolitano cada vez más angustiosa por el desapego creciente de sus habitantes (de nuevo y viejo cuño, inclusos los inmigrantes), y la división social por edades que muestra la existencia de un colectivo cada vez más numerosos de personas mayores ocupantes del espacio diurno productivo, y el colectivo de jóvenes que, si bien es más reducido, se compensa con mayor participación en el tiempo de ocio nocturno y ocupación preferencial de los espacios. Adolescentes y jóvenes organizados en torno al consumo de fin de semana han ocupado territorio urbano y han expulsado, a veces no sin violencia, a los grupos de mayores, de propietarios y, en general, a la población productiva y adulta, generando un tipo de organización del espacio que a su vez impide el acercamiento generacional, no sólo con los más adultos, sino también con los más adolescentes. Precisamente son los adolescentes los que han encontrado en estas formas de resistencia de las generaciones jóvenes, un instrumento reivindicador del espacio público para ellos. Si los jóvenes ocupan los fines de semana calles y plazas  modificando el entorno con sus demandas y necesidades (básicamente locales para beber, charlar, oír música y bailar), los adolescentes han propiciado este modelo, trasladando la ocupación del espacio público a parques y jardines, donde los bancos y el botellón forma parte del paisaje modificado que responde a sus demandas. También de estos espacios, aunque puntualmente los sábados, han sido expulsados las generaciones de adultos. El botellón es un instrumento reivindicativo de espacio propio para un grupo de personas dependientes, que sólo puede insertarse en condiciones de igualdad en el espacio joven a través del consumo de alcohol, en espacios públicos determinados como propios.

El espacio social está compartimentado y la calle ha pasado a ser un lugar de lucha y resistencia entre aquellos que fueron excluidos de la ciudad convivencial. Sólo los niños y los viejos mantienen su situación de acomodo dependiente recluyéndose en aquellos locales (centros de mayores, guarderías y ludotecas), que la ciudad atravesada les otorgó a fin de ampliar los espacios públicos para el tráfico rodado. No entender el fenómeno social del botellón como un problema de reivindicación y ocupación del espacio público, secuestrado por un urbanismo embrutecedor para la convivencia ciudadana, es igual que no entender al adolescente cuando señala la luna, entonces, el idiota mira el botellón.

Adolescentes y ocio


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En Octubre de 2002, los directores de los departamentos de Derecho y Ciencias Sociales del Trabajo organizamos unas “Jornadas sobre inmigración y ciudadanía europea” a las que invitamos a sociólogos y juristas para que se pronunciaran sobre el fenómeno de las migraciones europeas y su vinculación al proceso de construcción de una ciudadanía europea. Se trataba de presentar a la sociedad en general, y al medio universitario en particular, una serie de reflexiones sobre un tema crucial para el desarrollo actual y futuro de la sociedad española, motivado por el fenómeno reciente y creciente de la inmigración extracomunitaria.

Las dificultades y problemas que esta inmigración encuentra en la adquisición de una ciudadanía plena están motivando la existencia de focos de marginalidad, explotación y xenofobia. El acercamiento a la realidad del problema, desde diferentes áreas de pensamiento y mediante la participación activa en los debates que se suscitaron, nos acercaron algunas previsiones de resolución a corto y medio plazo que mejorara la situación. En este sentido, los problemas a tratar desde distintas ópticas de pensamiento, tenía que ver con los derechos de ciudadanía y con los problemas de exclusión, con el mercado de trabajo y la protección social, con los procesos identitarios y de relación intercultural, con las políticas inmigratorias y los procesos generales de integración social. Desde ellos, iniciamos la reflexión y el análisis sobre la inmigración y la asunción de una ciudadanía plena.

Las ponencias de los participantes en las Jornadas fueron editadas por el servicio de publicaciones de la Universidad de La Rioja en 2003, a fin de hacer llegar el conjunto de reflexiones a un mayor número de personas que las que en aquella ocasión se presentaron en el Aula Magna de la Universidad. Del éxito de aquella convocatoria dan fe el número superior de preinscripciones al del aforo natural del Aula Magna, y finalmente que casi el 90% de la misma se ocupara durante los dos días (mañana y tarde) que duraron estas Jornadas.

Inmigracion y Ciudadanía

CONTENIDOS:

Primera parte:

1) Inmigración y políticas de integración: Inmigración y globalización. Acerca de los presupuestos de una política de inmigración, por Javier de Lucas. (Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política. Universitat de Valencia)

2) Las dos variantes del cierre: etnos y demos, por Mariano Fernández-Enguita. (Catedrático de Sociología de la Universidad de Salamanca)

3) Migraciones y cultura democrática, por Mikel Azurmendi Inchausti. (Catedrático de Antropología de la Universidad del País Vasco)

4) La inmigración y la Unión Europea, por José Martín y Pérez de Nanclares. (Catedrático de Derecho Internacional Público de la Universidad de La Rioja)

Segunda parte:

5) Inmigración y ciudadanía: El cosmopolitismo y las nuevas fronteras de la ciudadanía, por Andrés García Inda. (Profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad de Zaragoza)

6) Inmigración y multiculturalidad: hacia un nuevo concepto de ciudadanía, por Ricard Zapata-Barrero. (Profesor de Ciencias Políticas de la  Universidad Pompeu Fabra de Barcelona)

7) La (no) política de inmigración y el Estado de Derecho, por José Martínez de Pisón Cavero. (Catedrático de Filosofía del Derecho y Rector de la Universidad de La Rioja)

8) El problema social de la inmigración y políticas de integración ciudadana, por Joaquín Giró Miranda. (Profesor de Sociología de la Universidad de La Rioja)

Son numerosas las cuestiones  que atraviesan el fenómeno de la inmigración, como lo son también los enfoques desde los que pueden analizarse. El libro está estructurado en dos bloques temáticos. En realidad, puede muy bien afirmarse que la intervenciones tocan especialmente, entre otros, cinco problemas: 1.- causas y naturaleza de la actual oleada migratoria; 2.- el debate sobre los modelos de gestión de la inmigración; 3.- el debate sobre la relación entre inmigración y multiculturalismo; 4.- la relación entre inmigración y democracia; y 5.- finalmente, la relación entre inmigración y las nuevas formulaciones del concepto de ciudadanía.

1.- La teoría social sigue insistiendo en que la causa principal de la actual oleada migratoria responde a motivos económicos. Y la teoría económica apunta que las migraciones son el resultado de una tendencia al equilibrio que existe entre los países con excedente de población y los que carecen del número suficiente para cubrir su mercado laboral. En realidad, igual que hay un mercado de capitales y otro de bienes, las migraciones son el resultado de la existencia de un mercado de trabajadores que promueve el desplazamiento de los países o zonas más pobres, pero más populosas, a los más ricos y menos poblados o, al menos, atractivos desde la perspectiva de encontrar un puesto de trabajo.

En la actualidad, las explicaciones sobre las migraciones y sobre la incidencia de la inmigración en determinados países parten de una perspectiva global. El actual proceso migratorio sólo puede ser comprensible a partir del análisis y del estudio de las repercusiones de la globalización. Esto es, de las repercusiones de la actual fase de expansión y de extensión del capitalismo global a todo el planeta en los flujos migratorios. Para alguno, y no precisamente representantes del pensamiento neoliberal, esta perspectiva permitiría explicar los movimientos de población desde que Europa diese el salto a América hasta la actualidad.

Lo cierto, no obstante, es que el actual proceso globalizador en la economía mundial incide directamente en la estructuración de los mercados y en su tendencia hacia la apertura, hacia la flexibilización y liberalización. En este sentido, la globalización parece, en principio, jugar a favor de un incremento de las migraciones en la medida que tiende a constituir mercados no compartimentados, ni estructurados en unidades nacionales. Tiende a constituir un único mercado mundial –o, mejor, diferentes mercados mundiales de acuerdo a sectores económicos, productos, etc.- dentro del cual el de los trabajadores sería un elemento fundamental. Pero, por otro lado, de acuerdo con el carácter dialéctico tantas veces puesto de manifiesto, la globalización muestra una clara tendencia a restringir un único mercado mundial de trabajadores que favorezca la inmigración. Mientras que se abre y se consolida un mercado de capitales y se avanza en el de bienes, se cierran a cal y canto las fronteras a las personas. No se avanza, pues, en la estructuración de un mercado global de trabajo.

2.- El modelo de gestión de la inmigración y, en especial, la política de integración es una de las cuestiones centrales del actual debate y, asimismo, está bien presente en los escritos del libro (de Lucas, Giró, Martínez de Pisón, Zapata). En general, en estos escritos predomina una lectura negativa de los modelos de gestión vigente en la Unión Europea y, por derivación, en España. Estos autores tienen en común una opinión contraria a las políticas restrictivas, a la falta de alternativas de las medidas policiales, a la estigmatización jurídica del inmigrante, etc. Frente al modelo vigente, la política sobre inmigración debería girar en torno a una nueva visión de la ciudadanía y el reconocimiento y protección de los derechos fundamentales de los inmigrantes en tanto que personas.

Un capítulo especial está dedicado a la política de inmigración en la Unión Europea (Martín y Pérez de Nanclares) que es claramente ilustrativo de la estrategia seguida en este marco político. Sus conclusiones, no obstante, tras el Tratado de Ámsterdam y las reuniones de Laeken y  Sevilla no es muy optimista y destaca también el carácter restrictivo de la llamada inmigración deseable o legal y el establecimiento de límites al reconocimiento y disfrute de derechos fundamentales de los inmigrantes en el seno de la Unión.

De entre los autores del volumen, tan sólo Azurmendi parece disentir de esta lectura y pone de manifiesto  la exigencia de que los extranjeros interioricen los valores que inspiran la cultura de nuestras sociedades democráticas. Las democracias occidentales no se construyen en el aire, sino que confían su supervivencia y su cohesión en el sustrato de valores y en una cultura compartida. Eso quiere decir que los extranjeros, quienes posean una cultura diferente, deben aceptar y respetar esos valores comunes, y que en ello va la propia supervivencia de nuestras democracias. Según este autor, a fin de preservar y extender la cultura democrática de las sociedades liberales, es necesario seguir regulando restrictivamente la inmigración para sólo admitir aquellos modos de vida, aquellas formas identitarias, que sean pluralistas y tolerantes. Porque se trata de integrar socialmente a los inmigrantes y no sólo políticamente.

3.- El debate sobre el multiculturalismo es uno de los más polarizados de la filosofía política desde que fuese iniciado por autores comunitaristas, como W. Kymlicka y otros. En estas páginas, se pueden contemplar las diferentes posiciones tan radicalmente encontradas. Por un lado, quienes consideran que el multiculturalismo es un modelo normativo que pervierte las bases pluralistas de nuestras sociedades (Azurmendi). En la línea de lo expuesto por el profesor italiano G. Sartori, los defensores de esta posición mantienen, en un tono apocalíptico que la deriva del pluralismo tradicional, basado en la tolerancia, hacia el reconocimiento del derecho a la diferencia y al multiculturalismo constituye el germen de autodestrucción de la sociedad liberal. Por coherencia con esta tesis, no sólo pretenden desarbolar estos derechos y al multiculturalismo, sino también justificar una política restrictiva en la entrada de inmigrantes, así como un riguroso asimilacionismo cultural por el cual sólo deben ser admitidos los culturalmente similares en razón de la lengua, raza y religión.

Por el contrario, en el otro espectro del debate, los teóricos sociales ponen de manifiesto que el multiculturalismo no es un modelo social a implantar como respuesta a las nuevas realidades, sino que es un hecho social que se impone por encima de nuestras voluntades y en el que la inmigración, pero no sólo ella, ha cumplido un importante papel dinamizador. Precisamente, lo que hay que discutir y pensar es el modelo o política que permita gestionar este hecho social que se da como realidad inevitable e incontestable. Y, como piezas importantes de ese modelo, hay que discutir cómo tratar en condiciones de igualdad a la diversidad cultural, o cómo estructurar el espacio público para que esa discusión sea posible o cuáles son los elementos de una política abierta inclusiva, etc. En este texto, esta postura parece defendida por autores como J. de Lucas, J. Martínez de Pisón, R. Zapata o J. Giró. En todo caso, no se obvia que las dificultades y los problemas son muchos. Y que las posibilidades de estallidos sociales por una inadecuada gestión de la realidad multicultural debe estar bien presente en el debate público.

4.- Un elemento central en el debate sobre la inmigración es la discusión acerca de sus efectos sobre la democracia y sus instituciones. En el texto, la referencia a esta cuestión aparece expresamente en los artículos de M. Azurmendi y M. Fernández Enguita, aunque la preocupación sobre la repercusión del vigente modelo de gestión en el sistema democrático y el Estado de Derecho, en la ciudadanía y en la convivencia social está presente en todos los demás.

El ex-presidente del Foro para la Integración Social de los Inmigrantes, M. Azurmendi, trata de la relación del origen de las democracias y el fenómeno migratorio. De acuerdo con su análisis, el substrato de la cultura democrática es la identidad ciudadana, entendida como un conjunto de representaciones simbólicas acerca de la justicia, la igualdad, la autoridad, que en nuestro imaginario social se representan como emociones, deseos y creencias compartidas por el conjunto de los ciudadanos. El fundamento de esta identidad reside en lo que llama civilidad democrática que se asiente en cuatro dimensiones: 1) un espíritu público capaz de evaluar el comportamiento ciudadano y desarrollar un discurso público; 2) un sentido de justicia capaz de discernir y respetar los derechos del otro; 3) un sentido de decencia civil o de no discriminación; 4) y la tolerancia pluralista. La aceptación de esta civilidad democrática por parte del extranjero resulta de suma importancia, según Azurmendi, para una correcta integración que no altere las bases de la convivencia democrática.

Por su parte, M. Fernández Enguita realiza una interesante reflexión sobre la clásica distinción de las ciencias sociales entre la “comunidad política territorial” (demos, de corte universalita y abierto) y la “comunidad cultural” (etnos, particularista y cerrada). Sin embargo, en su opinión demos y etnos no tienen porqué oponerse, sino que puede constituir dos estructuraciones alternativas, pues ambas tratan de definir quiénes son los nuestros y quiénes son los otros.

El demos se basa en el territorio, en la residencia, para fijar quien pertenece a él y quien no. El etnos se basa en la familia y en otras formas de filiación (filiación consanguínea), para fijar quien pertenece y quien no. Digamos que en el uno predomina el dónde se ha nacido, en el otro predomina de quién se ha nacido, aunque no tenga una forma jurídica, escrita, codificada, etc., pero sí como norma consuetudinaria establecida. Los dos se cierran a los otros: el etnos se cierra a los extraños, a los que son de otro color, otra religión, otra lengua, otro modo de vida, la forma de vestir o comportarse. El demos se cierra pura y sencillamente a los extranjeros, sean como sean. También los dos pueden tener vías de apertura limitada. Por ejemplo, en el caso del demos la naturalización, es decir, la concesión de la ciudadanía con cuentagotas, la residencia legal, la concesión de ciertos derechos, pero no todos, a los que compartan ese territorio. En el caso del etnos su forma de apertura existe a través de los matrimonios mixtos y otras formas de mestizaje.

5.- El título de esta publicación denota la importancia que el debate sobre la inmigración está teniendo en la revisión de la noción de ciudadanía. Puede decirse que casi todos los textos tratan de alguna manera esta cuestión. Desde quienes consideran que no se puede estirar el significado de la ciudadanía hasta el infinito para resolver el estatuto jurídico de los inmigrantes, hasta quienes repasan diferentes modalidades, sea cosmopolita, multicultural o, más pragmáticamente, la ciudadanía europea.

J. Martínez de Pisón es quien adopta una posición más escéptica respecto a esa función liberadora de la ciudadanía. Un concepto-chicle, como afirma, que no puede estirarse indefinidamente. En su opinión, el camino recorrido hasta la fecha no parece augurar que una ciudadanía “universal”, fundada en los textos internacionales sobre derechos humanos, o la misma ciudadanía europea como la impulsada por el Tratado de Maastricht puedan abrir una vía de esperanza a este tipo de soluciones. Por un lado, porque es palmario el incumplimiento del compromiso universalista de los derechos; por otro, porque la ciudadanía europea se construye en un estrecho vínculo con la nacionalidad.

Sin duda, en el resto de autores tenemos una muy interesante panoplia de propuestas de lectura del concepto de ciudadanía: cosmopolita (García Inda), multicultural (Zapata) plural e inclusiva o ciudadanía cívica (J. de Lucas). No obstante, estas posturas no están exentas de un enfoque autocrítico. Así, el primero de estos autores reconoce que su lectura supone un “elogio crítico del cosmopolitismo; o, dicho de otra manera, el elogio de un cosmopolitismo crítico, consciente de los riesgos del universalismo abstracto y formal al que abocan determinados discursos aparentemente universalistas”, pero sin que ello suponga la renuncia a “recuperar las posibilidades transformadoras que subyacen en el ideal de la ciudadanía cosmopolita entendida como una apuesta profundamente ética y política”.

Asimismo, no deja de ser inquietante las conclusiones de Zapata cuando, al hacer el balance final de sus reflexiones, aventura el inicio de un período histórico de “desencantos”: “Si tomamos en serio el paradigma moderno que hemos denominado como de la Santísima Trinidad, formado por el vínculo triangular entre el Estado, la nación y la ciudadanía, lo que supone el vínculo entre inmigración, ciudadanía y multiculturalismo es que apoya la idea de que estamos viviendo un proceso similar al que M. Weber denominaba de desacralización o desencanto. En aquel entonces, esta desacralización apuntaba básicamente a la separación entre la Iglesia y la Política. Este nuevo período pone en duda de forma similar al pilar básico que ejerce el monopolio de nuestras creencias y lealtades: la nación y la nacionalidad. Este nuevo proceso podría describirse como de separación entre Nación y Política”.

Por su parte, el profesor Javier de Lucas presenta probablemente una postura no exenta de realismo y, al mismo tiempo, de riesgo al apostar por una serie de medidas concretas y, habría que decir, posibles. Entre las que hay que mencionar la creación de un estatuto del residente y de una ciudadanía cívica. Según afirma, “esa ciudadanía cívica debe comenzar por el reconocimiento de que el residente (aunque sea sólo residente temporal y no definitivo o permanente) en la medida en que paga impuestos y contribuye con su trabajo y con sus impuestos, con su presencia como vecino y no sólo como trabajador a la construcción de la comunidad política, comenzando por la primera, la ciudad, tiene no sólo derechos civiles e incluso sociales, sino políticos: derecho a participar al menos en ese nivel. El primer escalón de la ciudadanía cívica sería de nuevo el primer escalón de la idea europea, las ciudades, la comunidad política municipal”.  Pues bien, de Lucas se arriesga no sólo al apostar por esta ciudadanía cívica, primer paso de una ciudadanía múltiple o multilateral que concrete una democracia inclusiva y plural, sino que apunta los pasos que permitan materializar el modelo propuesto.


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Hace unos días  falleció Javier Sáez Forcada, quien fuera concejal socialista del Ayuntamiento de Logroño entre 1983 y 1994.  Nos conocimos en ese tiempo en que yo empezaba a vivir en Logroño después de mi etapa serrana, y enseguida congeniamos tras recordar algunas anécdotas de la experiencia vivida  (el tenía creo que pocos años más que yo). Me introdujo en las Escuelas Taller que él impulsó para luchar contra la marginación de los excluidos del campo escolar, donde llegué  a dar algún que otro curso (creo que de metodología para la investigación), y siempre que nos cruzábamos encontraba el tiempo para ponerme al día sobre la situación política municipal que, por cierto, se cebó con él en bastantes ocasiones, siendo como era un pedazo pan socialista. Antes de finalizar su etapa como concejal, en 1992, el año del Quinto Centenario, me propuso que liderara un ambicioso proyecto para estudiar el aprovechamiento que se podía dar a un vasto territorio urbano en Logroño, denominado las Huertas de Madre de Dios. No recuerdo a santo de qué pero decliné su oferta, y le dije que sí estaría como sociólogo en el equipo que se formara, pero que no  asumiría el encargo de coordinar este proyecto. El “Proyecto de aprovechamiento integral de las Huertas de Madre de Dios” quedó bajo la responsabilidad de un arquitecto, dados los objetivos de urbanización de las 75 Has. de extensión que contaba en ese momento la superficie, y donde hoy se encuentra enclavado una parte del campus universitario, nuevas calles, el Riojaforum, etc. En aquel momento este gran espacio poseía valores culturales, históricos y económicos y, por tanto, las propuestas debían tener en consideración este pasado hortícola de la zona ofreciendo alternativas de ocio didáctico no-consumista y convirtiendo la zona en un verdadero parque urbano sin establecer rupturas con el planeamiento urbanístico y urbanizable, de modo que se consiguiera una interacción positiva entre cultura urbana y cultura rural propia de la ciudadanía logroñesa. Mi papel, pese a estar subsumido en el conjunto del equipo redactor, me llevó a organizar lo que llamamos reseña histórica así como el análisis socioeconómico y de infraestructuras de este vasto territorio urbano, aspecto que me llevó a la elaboración de una ficha informatizada que con posterioridad amplié mediante transcripciones de entrevistas a los propietarios y arrendatarios de las huertas de Madre de Dios. En cuanto a las propuestas, estudié el modelo de Huertos de ocio de la Comunidad de Madrid, precisando cuál debía ser el modelo de Huerto Social de la ciudad de Logroño. Finalmente, el equipo prolongó su actividad durante el primer semestre de 1993 con el fin de dotar de unidad a las propuestas que finalmente se elevaron al Pleno del Ayuntamiento y no sólo ante la Comisión de Urbanismo, tal y como se hizo en un avance en noviembre de 1992. Mi gran frustración es que el esfuerzo y el entusiasmo que nos alentó en aquellos meses sólo sirvió para alimentar el oportunismo político del partido popular. Me estoy refiriendo al hecho de cómo aprovecharon la información sobre la estructura de la propiedad y el modo de acceder a la misma (por compra o expropiación), para con posterioridad a su adquisición desechar aquellas propuestas que el equipo de investigación había presentado, dándole otros usos. Recuerdo que en nuestra spropuestas, la calle Madre de Dios seguía siendo una calle de paseo interrelacionando el gran parque de Ribera con la ciudad. Años después hubo que contabilizar varios muertos para que se comenzara a limitar la velocidad del tráfico motorizado que consiguió la urbanización del alacalde popular (experto arquitecto y sensible urbanista). De los huertos de ocio nunca se supo y todas las mejoras  que se han realizado y que se realicen en el futuro partirán de una concepción bastarda de lo que pudo ser esta gran zona hortícola y de expansión de Logroño. En cuanto a Javier, nos veíamos cuando paseaba de la mano de su mujer por la calle Manzanera; había perdido el pelo tras los últimos tratamientos y su aspecto no era nada enviadiable tras el deterioro que seguía a cualquier ingreso hospitalario, pero lo recuerdo sonriendo o esforzándose en sonreir cuando trataba de bromear acerca de su estado de salud o de cualquier tontería que le diera señales de que seguía estando entre los vivos, y entre quienes cariñosamente le apreciábamos. Javier, descansa en paz.

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No se si fue en 1990 o 1991 (creo que en este último año) firmé un contrato con el Gabinete de Presidencia del Gobierno de La Rioja con objeto de realizar una “Encuesta sobre infraestructura y equipamiento local”. Se trataba de dotar a la Comunidad Autónoma de un instrumento de información sobre infraestructura y equipamiento relativo a los servicios de competencia de las 173 corporaciones locales de La Rioja, excluyendo Logroño, a fin de prever las necesidades y demandas de los ayuntamientos. Este conocimiento permitiría abordar la planificación y la toma de decisiones, así como la asignación de recursos de forma objetiva y racional. En última instancia el objetivo no confesado era dotarse de información suficiente sobre necesidades de infraestructura y equipamiento local, de cara a la elaboración del programa electoral. De acuerdo con estas premisas se debía obtener un inventario con información precisa y sistematizada, por lo que se procedió a la organización de 48 fichas debidamente codificadas para su posterior tratamiento informático que respondían en sus contenidos a 27 temas fundamentales (demografía, vivienda, planeamiento urbanístico y recursos del suelo, carreteras, infraestructura viaria, abastecimiento de agua, saneamiento y depuración, recogida y eliminación de residuos sólidos, suministro de energía eléctrica, alumbrado público, etc.). La organización de la red de campo y el posterior trabajo de encuesta también formaba parte de mi trabajo, el cual finalizó cuando se entregaron las carpetas correspondientes a las 173 corporaciones municipales, sin que de su tratamiento y explotación posterior pudiera realizar un trabajo de análisis por imperativos del contrato. No se cuántos trabajos de carácter sociológico se realizan para la Administración, pero desde luego de su conocimiento, análisis, evaluación, puesta en práctica de actividades propuestas, etc., estoy seguro que apenas tiene cabida en el pensamiento político. Como muchas veces hemos sabido, estos estudios tan sólo han servido para justificar pagos y cheques en blanco a los afines y amigos, saldando deudas electorales, cuando no sirviendo de blanqueo de dinero negro o de medio de aumentar los ingresos del corrupto. La Administración política debería exigirse en todas sus convocatorias de Estudios y Proyectos de Investigación, su publicidad suficiente, lectura, reflexión y debate público, y como mínimo aplicación de aquellos elementos consensuados entre todos los participantes del debate. Pero eso queda para una democracia ciudadana más participativa.

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