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Sabemos que el problema de la vejez no es estrictamente un problema biológico, médico o físico, sino que es, principalmente, un problema social y cultural; es decir, la vejez, su significado, es una construcción social.

Existe una diferencia substancial entre proceso de envejecimiento y vejez. Mientras el primero es un proceso que además se ha transformado en los últimos años, cargándose de vitalidad y expectativas, la vejez es un estado definitivo, irreversible y sobre todo, carente de horizontes de futuro que es lo que más cierra el sentido de sus posibles transformaciones.  Esta consensuada diferenciación entre envejecimiento (proceso) y vejez (circunstancia irreversible) se afianza, a su vez,  en una profunda transformación de la imagen de las personas mayores.

Nuestra vida es un proceso de continuo desarrollo y cambio y desde el momento en que nacemos comenzamos a envejecer.  Este proceso es algo personal, individual y determinado por las propias características de salud, experiencias, educación, medio etc… De este modo, la vejez como parte de este proceso, debería conformarse de forma distinta para cada persona y, como en una etapa más, poder disfrutar de sus ventajas y salvar sus inconvenientes; sin embargo existe un desconocimiento casi intencionado de lo que significa el envejecimiento. La vejez ha de contemplarse como un proceso variable y diferencial, y no uniforme y homogéneo. No podemos hablar de un único patrón de envejecimiento, sino que cada individuo tiene un modelo, un modo de envejecimiento propio.

Antes era considerado viejo, cualquier sujeto que superase los sesenta años. Estos mayores de sesenta años se caracterizaban por sus actitudes conservadoras; por tener una historia (con independencia del grupo social de referencia) marcada por la austeridad y la escasez, signados por un talante exigente pero a la vez despreciativo ante las otras generaciones más jóvenes, incapacitados para comprender las realidades nuevas y sus cambios; religiosos activos (fundamentalmente católicos); intransigentes; autoritarias/os; solitarias/os y vinculados a una imagen global de pobreza material en sus formas y signos de presentación pública.

Sin embargo, ahora, es decir en estos últimos años, esa misma imagen de vejez se ha retrasado hasta después de los setenta y cinco u ochenta años, y hasta esa franja de edad, las personas mayores se caracterizan por su disparidad, diversidad y heterogeneidad como sucede en todos y cada uno de los otros colectivos sociales existentes. Lo común a estos “nuevos” mayores que aún no son considerados viejos es que presentan actitudes muy disímiles, intentan disfrutar y situarse en el bienestar particular de sus vidas, parecen ser mayoritariamente aperturistas en sus posiciones, muy interesados en todo lo que sucede a su alrededor, permisivos, tolerantes, grupalistas y secularizados frente a la dominante fuerza de la religiosidad en sus perfiles pasados.

De manera muy global, la sociedad española sitúa el comienzo del envejecimiento, es decir la tendencia a ser mayores, alrededor de los cincuenta y cinco años, la longevidad a partir de los setenta años y la vejez o ancianidad a partir de los ochenta años. Sin ninguna duda puede afirmarse que se ha producido un proceso de rejuvenecimiento real de los mayores y, sobre todo, una profunda fractura en la ya tradicional noción del concepto tercera edad que, a todas luces, resulta insuficiente, inoportuna y poco eficaz para señalar al atomizado colectivo de personas mayores.

En términos más estructurales y reales, puede afirmarse que el principal eje diferenciador entre proceso de envejecimiento y vejez es el que marca la distancia entre ocupación y desocupación, siempre que entendamos estos términos en relación al trabajo productivo remunerado, que en España, a pesar de las transformaciones que se están produciendo en el ámbito laboral, siguen siendo centrales para la identidad de los sujetos.

LA CONSTRUCCION SOCIAL DE LA VEJEZ

El proceso de envejecimiento, en líneas generales, forma parte de un mensaje de carácter positivo, pero la vejez, como concepto, es una construcción social, una situación que muchas personas asocian indefectiblemente con la palabra clave: la pérdida. Pérdida de autonomía: necesidad de otras personas para cumplir funciones higiénicas básicas; pérdidas económicas y de autosuficiencia material; pérdida de funciones sensoriales (vista y oído) y locomotoras; pérdidas afectivas y de compañía (esposo/a, hijos, amigos…); pérdida de capacidad física, vital (menos energía) y sexual; pérdida de capacidad mental: menos reflejos y memoria; pérdidas sociales: jubilación, etc.; pérdida o limitación en las posibilidades de comunicación, factor decisivo dada la importancia de la comunicación en la familia y en la sociedad.

Y esas pérdidas están engarzadas en el imaginario social con la dependencia de unos o de otros, familiares o ajenos, privados o institucionales, lo cual significa que no hay autonomía total porque ya no se es en su totalidad. Porque esta totalidad depende de los servicios familiares, sanitarios o sociales, o de todos en su conjunto; y entonces, el bienestar es dependiente de la buena voluntad de los otros, que no siempre se manifiesta en tal sentido, como se puede desprender de las denuncias por abandono, malos tratos, incluso violencia y muerte, señalada en ocasiones por los medios de comunicación.

Aunque sin llegar a estas situaciones de violencia y pérdida de dignidad, lo peor de la vejez y de sus componentes sigue siendo la pérdida de autonomía en general, la pérdida de autonomía moral e independencia civil, que les somete al dominio de aquellos poderes públicos y privados (la familia, los médicos, las autoridades) de los que dependen.

Lo más triste del trato que damos a los viejos no es que les abandonemos a su suerte (lo que al menos les obliga a valerse por sí mismos), sino que les tratemos como a menores de edad necesitados de protección y tutela, lo que les coloca bajo nuestro poder discrecional y arbitrario. Pues al sentirnos magnánimos y aceptar protegerles, lo hacemos privándoles de sus derechos, tras expropiarles su propia responsabilidad personal como sujetos agentes. Por eso les engañamos con mentiras piadosas, les impedimos que elijan por sí mismos y tomamos decisiones por ellos, llegando en la práctica a incapacitarlos aunque sólo sea informalmente.

Así pues, en el imaginario social, la construcción de la vejez se hace desde la idea de pérdida, principalmente de autonomía, y por tanto se asocia con las dependencias de cualquier tipo, a partir de las cuales, la familia, los servicios sanitarios y otro tipo de instituciones toman su protagonismo.

Además, en esta construcción social, hay algo que en la actualidad se asocia inequívocamente a la vejez definiendo el estatus social de las personas: la edad. Hemos constatado que la edad es el principal componente definidor de estatus social. Sin embargo, en la determinación del estatus también utilizamos criterios económicos o de actividad económica. Por ejemplo, cuando respondemos a la pregunta de ¿a qué edad se es viejo?, o su contrapunto ¿qué edades son las de la persona joven?, las respuestas tratan de limitar estructuralmente el paso de la edad adulta a la edad vieja, o de la edad joven a la edad adulta; aunque no son sino límites artificiales establecidos sobre concepciones sociales determinadas por el proceso de actividad productiva o económica.

Es verdad que el concepto de ser mayor de edad ha cambiado radicalmente en estos años, y que la probabilidad de vivir esos años (dilatados años, cada vez con mayor frecuencia), con ciertas cotas de bienestar y de calidad de vida, al menos entre la población de los países desarrollados, empieza a ser una realidad; sin embargo, este notable aumento de la longevidad también tiene su parte menos positiva, y es que ha repercutido en el incremento de problemas y enfermedades relacionadas con la edad, como son la demencia senil y presenil que tiende a precipitarse a partir de los setenta años.

Hay enfermedades crónicas responsables de la mayoría de las muertes y discapacidades, como son la arterosclerosis, la artritis, la diabetes, el enfisema pulmonar, el cáncer y la cirrosis, que representan en sí limitaciones fundamentales por la pérdida acelerada de las reservas del organismo. Además, existen factores científicamente probados que aceleran el envejecimiento de una persona como son la hipertensión arterial, el colesterol elevado, dieta y nutrición inadecuada, capacidad vital disminuida, el sedentarismo, la obesidad, el tabaquismo, el alcoholismo, y diversos factores adversos (personales, psicológicos, sociales y culturales).

No obstante, los avances científicos han permitido el control y prevención de las enfermedades infecto-contagiosas, la promoción de salud y la prevención de los factores de riesgo y de las enfermedades crónicas. De hecho, sabemos que una persona genéticamente favorecida y que evite la enfermedad y los factores de riesgo, puede vivir más que lo actualmente establecido.

En la actualidad, percibimos que se vive más tiempo desde el umbral de los sesenta y cinco años, y el alargamiento de la vida se acompaña de una mejora del estado de salud en todas las edades. El declive de la autonomía personal y, finalmente, la muerte, acaban por llegar, pero cada vez más tarde.

Este proceso de crecimiento del grupo de edad de los mayores, ha conducido a una subdivisión en su interior, pues algunos demógrafos ya hablan de viejos jóvenes hasta los setenta y cinco u ochenta años, porque en general están en perfectas condiciones, y de los viejos más viejos pues a partir de esa edad es cuando las condiciones de salud comienzan a deteriorarse. Precisamente los mayores de ochenta años son considerados como el grupo de edad avanzada en el cual se producen mayores demandas de asistencia social y sanitaria. Es la llamada cuarta edad, y son ya la porción del total de población española que más va a crecer.

La imagen global de las personas mayores presenta una notable revitalización. Se entiende  el envejecimiento y la vejez como dos realidades distintas de la vida de las personas mayores y, desde ese momento, construyen dos imágenes diferentes sobre cada uno de estas etapas. Estas realidades pueden ser explicadas recurriendo a otros ejes que cruzan el envejecimiento y la vejez. Y estos son, fundamentalmente, la ocupación/desocupación y la autonomía/dependencia. La articulación de estos ejes permite diferenciar la realidad de los mayores de la realidad de los ancianos.

La vejez es un estado definido por la dependencia total o parcial de las personas mayores con respecto a terceras personas e instituciones. Por tanto, se percibe la vejez como un producto natural que se inscribe en el ciclo vital de los seres humanos. Se trata de una etapa inevitable a la que toda persona llega irremediablemente como consecuencia del deterioro de sus facultades físicas y mentales. Este deterioro hace que las condiciones sociales de vida de los ancianos y las ancianas sean problemáticas y conflictivas. En la vejez, por tanto, la naturaleza impone su ley a la sociedad.

Con excesiva frecuencia se asocian los conceptos de dependencia y discapacidad con persona mayor, como si aquellos fueran acompañantes inevitables de estos últimos. Frente a esta equívoca percepción de la vejez, cada vez menos se puede observar a personas mayores en situación de dependencia. La inmensa mayoría de las personas mayores (más del 70%) no sufren discapacidad alguna, y más del 85% son independientes y realizan una vida normal y autónoma hasta edades muy avanzadas.

A pesar de ello, la sociedad en general sigue relacionando la vejez y los mayores con la enfermedad, la dependencia y la falta de productividad, en muchas ocasiones haciendo caso omiso de su experiencia y sabiduría, desaprovechando la oportunidad social de contar con la voluntariedad de este sector de población.

Hoy la vejez consiste también en el miedo colectivo que asocia vejez con muerte. Es posible también que detrás  de estas visiones deterministas y estereotipadas sobre la vejez, haya además un problema de concepción de la misma. Porque el envejecimiento puede ser entendido no ya como una meta a la que se llega a tal o cual edad, sino como todo un proceso que discurre a lo largo de la vida (somos cada día un poco más viejos). Un proceso intersubjetivo  en el que las personas mayores y las personas de su entorno deciden cuándo se es viejo y qué papel se desempeña como tal dentro de la comunidad. Y un proceso, además, dinámico, puesto que todo lo anterior puede ser revisado con el tiempo. El modo en que se concibe cómo debe ser una persona mayor en relación con otros grupos de edad y el rol de la gente mayor en las sociedades son cuestiones que cambian con el tiempo al igual que cambia la sociedad en la que viven.

Esta concepción compleja de la vejez entiende que el envejecimiento supone también una gradual pérdida de ingresos, funciones corporales e independencia, pero pone en entredicho cuestiones centrales, como la idea de que un incremento en el número de personas mayores de sesenta y cinco años conlleve obligatoriamente que aumente el número de personas dependientes de forma proporcional. Esto es algo que vendrá dado por la capacidad de las personas y por el lugar que la sociedad les asigne.

Envejecer no significa necesariamente que la persona se deslice inevitablemente hacia el deterioro físico y mental, hacia la soledad, hacia el abandono, hacia la no participación en la vida socio-política de la comunidad en la que vive. Desde esta perspectiva será más fácil aceptar el proceso de la vida en su totalidad, incluida la vejez, como punto de partida  hacia una sociedad  más madura, en la que se pueda perder el miedo a envejecer y morir.

Hace tiempo que debería haberse producido un cambio básico en la percepción de la sociedad sobre las personas de edad. Con mucha frecuencia se las considera erróneamente como personas que necesitan ayuda, en lugar de verlas como una fuente potencial de solución de problemas, propios y de la comunidad. A menudo no se les proporcionan recursos ni se financian las iniciativas que promueven. Podría ser muy ventajoso si se les diera infraestructura social y algún tipo de financiación para actividades de ayuda mutua u otras que les permitieran unir fuerzas, planificar actividades conjuntamente con otras generaciones y relacionarse con organismos externos, incluida la búsqueda de empleo o de crédito.

Sin embargo, en la actualidad la imagen que se construye en torno al proceso de envejecimiento es una imagen dotada de connotaciones negativas, asociándose a pasividad, enfermedad, deterioro y carga social. Es cierto que con el proceso de envejecimiento se concluyen las etapas vitales de una persona, y que esto es del todo inevitable, pero no debe equivaler a vulnerabilidad y mucho menos invisibilidad, pues es la invisibilidad social la que promueve la vulnerabilidad de las personas de edad a través de las múltiples dependencias que generan, desde las económicas hasta las emocionales, pasando por las instrumentales.

Hoy día, en la construcción social del envejecimiento interviene el imaginario de una sociedad basada en la productividad (de ahí las relaciones de oposición entre activo y pasivo), en la juventud (el modelo de consumo por antonomasia es el de la eterna juventud), y en el poder, aunque no el poder de la gerontocracia, sino el poder de  los adultos productivos. Por esto, la imagen del envejecimiento es una imagen cargada de consideraciones negativas que implican discriminación de las personas de edad, al punto de producir no sólo indiferencia o abandono, sino también exclusión y negación de espacios y roles, negándoles el reconocimiento como sujetos de derecho.

Esta construcción social en negativo de la imagen del envejecimiento es preciso combatirla generando desde los medios de comunicación (verdaderos artífices en la construcción de imágenes sociales), cambios en los hábitos y en las actitudes sociales, eliminando todo tipo de prejuicios que impiden la visibilización de las personas de edad en igualdad con el resto de la sociedad. Porque es necesario que las personas de edad sean visibilizadas, no como destinatarias de las ayudas y cuidados de la sociedad, lo cual magnifica las relaciones de dependencia y hace de los mayores sujetos pasivos, sino como artífices de su destino.

Pese a que la calidad de vida depende de las condiciones socioeconómicas de la población, se ha constatado que el principal factor de desigualdad en la percepción subjetiva de la propia salud es el nivel educativo. Recientes estudios transculturales acerca del autoconcepto de las personas mayores sugieren que una dimensión significativa de una madurez plena es encontrar nuevas y diversas vías para seguir teniendo una vida plena de sentido. O sea, que las habilidades adquiridas por los mayores para encontrar un sentido a la vida contribuyen positivamente a la experiencia de envejecer.

En el pasado los viejos eran los depositarios del saber y del conocimiento como producto de la experiencia y el paso de los años. La idea del saber era la de un saber del pasado, es decir, estaban los que conocían el pasado, que enseñaban a los del presente a vivir, a obrar, las técnicas etc. El que conocía, el maestro, el anciano, era el que conocía las técnicas y era el que se las enseñaba a los demás, de modo que el futuro no era visto como una fuente de novedades positivas, sino más bien como la pérdida o la posibilidad de la pérdida de los haberes que estaban depositados en el pasado. El anciano que estaba más en relación con ellos, en quien se encontraban depositados los saberes y los conocimientos, era algo así como la memoria viva, era el que de alguna manera juzgaba las formas de vida. La vejez era un grado, la vejez era de alguna manera una cierta distinción honrosa, porque estaba ligada a la sabiduría, al conocimiento; es decir, el anciano sabía más que los otros por lo tanto era visto como alguien valioso, como alguien a conservar, como alguien, que era un tesoro para el grupo, porque ahí estaban los conocimientos que el grupo requería, necesitaba.

En la actualidad, la pérdida de valor de las personas mayores es un hecho central en las sociedades desarrolladas donde se han invertido los roles, y donde lo viejos son señalados como contrarios a lo innovador, a la creatividad, a la invención y al conocimiento que continuamente se reinventa, dejando como obsoleto y caduco lo que un día fue novedad. Hay que estar a la última, pero por poco tiempo, por que enseguida ésta se quedará vieja; y porque habrá algo más nuevo, más actual y simbólicamente más positivo.

De este modo, todo lo que de positivo tuvo en el pasado la vejez o la ancianidad como fuente y depósito del saber y el conocimiento, hoy día se ha invertido; es decir, se ha negativizado, puesto que el conocimiento se crea y se destruye en un movimiento continuo y no lineal, y puesto que el saber ya no es la prerrogativa del mayor, sino del experto, aquél que es capaz de relacionarse con la tecnología y siempre que ésta no quede obsoleta ante otra más novedosa.

Por esto, el término de viejo ya no tiene el carácter simbólico positivo que tuvo en el pasado, pues la novedad, es el becerro de oro que inspira nuestros deseos e impulsa nuestras relaciones. Antaño, los viejos simbolizaban la experiencia y la sabiduría, pero hoy ya no significan nada salvo su ligazón al mercado y al consumo, aspectos que si le devuelven el rol y la consideración social.

LA JUBILACION

En 1970, la jubilación se producía, generalmente, hacia los sesenta y cinco años, con lo que quedaba entonces una esperanza de vida de trece años por término medio. En la actualidad, la jubilación se inicia alrededor de los sesenta años, y a esta edad un hombre puede vivir una media de veinticinco años, habida cuenta de que el retroceso de la mortalidad se ha acelerado desde 1970.

Si en un principio la jubilación respondía a la necesidad de garantizar la subsistencia de quienes por razones de edad estaban incapacitados para trabajar adecuadamente, hoy en día esta idea carece de validez, dado que es cada vez más frecuente que las personas que se jubilan lleguen a la edad de jubilación en plenitud física y mental. Además, el índice de empleo de las generaciones de 55-64 años ha descendido desde la década de los setenta de modo significativo, por lo que el comienzo de la inactividad definitiva y la jubilación se desvinculan, hasta el punto de observar que los subsidios de desempleo o las prejubilaciones anticipadas se han convertido en una fase que conecta con la fecha oficial de jubilación.

Han sido los sistemas de jubilación quienes han contribuido al ordenamiento y jerarquización del ciclo de vida en tres etapas principales, con el trabajo como etapa central que define el contenido social de la vida adulta, y que está enmarcado por la juventud dedicada a la formación para el trabajo, y por la vejez, asociada a la inactividad.

De forma paradójica, al situar la productividad como valor central en la sociedad actual y la valía individual en función de la aportación realizada al producto social, nos encontramos con que la actividad laboral y productiva es el instrumento y rasero desde el que se mide el estatus social, el poder, la utilidad social, etc., pero a su vez, declaramos de forma arbitraria que se es viejo cuando se cesa en la actividad laboral al cumplir los sesenta y cinco años, constatando de este modo que la jubilación se traduce culturalmente por inactividad social y en correspondencia, un estatus social bajo con escasa capacidad de influencia social dada la consideración de inutilidad.

Un repaso a la historia social ilustra y permite comprender cómo las diferentes estructuras sociales han impuesto diferentes realidades a la población anciana. Así, la dicotomía trabajo/ocio basada en la edad es un aspecto que sólo aparece en las sociedades industriales (que se prolonga hasta nuestros días), no existiendo en las sociedades nómadas y agrícola-ganaderas, en las que los ancianos ocupan su tiempo en cuidar de los niños y de la transmisión simbólico-cultural, además de ejercer funciones de dirección y toma de decisiones respecto a la explotación y al grupo social hasta el momento de la muerte.

El adelanto de la edad de jubilación y el aumento de las expectativas de vida están haciendo de la vejez un período especialmente sustancial y largo, en el que el trabajo deja de ser el eje de la existencia, y el tiempo libre y las actividades de ocio se sitúan en un primer plano. No obstante, esta preponderancia del tiempo libre frente al tiempo de trabajo, no es, en modo alguno, algo natural en los mayores sino que es fruto de la imposición de la construcción social de la realidad histórica que vivimos.

El deterioro se inicia y desarrolla paulatinamente durante el envejecimiento, proceso que empieza con la jubilación y termina con la dependencia. Se trata, por tanto, de un fenómeno social, que tiene consecuencias negativas sobre las condiciones de vida de los mayores. En esta etapa de la vida los imperativos sociales dominan sobre la naturaleza de estas personas y así merman su buena predisposición natural a vivir en positivo. La sociedad, por tanto, acelera el envejecimiento y lo iguala con la vejez. La sociedad es la responsable de que el envejecimiento se convierta en un problema o, cuando menos, en un reto para los mayores. El punto de inflexión instituido por la sociedad –la jubilación- no coincide con el hito marcado por la naturaleza –la dependencia-. La jubilación acelera el deterioro psicofísico de las personas mayores y, de este modo, adelanta la llegada de la dependencia y de la vejez. Tendría que producirse una inversión de la situación actual del envejecimiento en la que la sociedad domina sobre la naturaleza. Las personas sólo deberían considerarse mayores, cuando sus condiciones naturales así lo dictasen, no cuando una persona cesa en el mundo laboral.

Si nos centramos en el envejecimiento biológico la persona que acaba de jubilarse, seguramente no evidencia signos de deterioro o un declive espectacular como se espera de alguien que ya es viejo. Parece claro por tanto, que nuestro medio sociocultural no favorece la aceptación de  esta nueva vejez que está constituyéndose, una vejez en la cual es posible encontrar las mismas o distintas motivaciones de actuación y de sentimientos como en cualquiera de los otros estadios de la vida. Es justamente en esta etapa de la vejez cuando por primera vez la persona se libera de muchas ataduras, bien de tipo profesional o familiar y cuando posee mucho tiempo para dedicarse a uno mismo, a sus aficiones y a sus seres queridos.

Nos encontramos ante una situación personal del nuevo jubilado, distinta respecto al de generaciones de jubilados anteriores; pues el nuevo jubilado se presenta en sociedad con un periodo más dilatado en expectativas de vida, con un nivel educativo y de formación superior y, por lo general, con un nivel de renta o de ahorro, dependiendo de la actividad profesional ejercida, también muy superior al de jubilados anteriores. Pero sobre todo, lo más importante, su actitud ante la nueva etapa como jubilado y las estrategias sociales y económicas que establece.

Con el aumento de la longevidad, el perfil medio de personas mayores actuales también ha cambiado respecto al pasado. Debido a los avances médicos, los mayores son hoy, no sólo un sector social cada vez más numeroso, sino también un colectivo en el que la incapacidad y la dependencia se ven relegadas a edades cada vez más avanzadas, pues la calidad de vida de las personas mayores ha mejorado, lo que trae consigo que cada vez haya más personas sanas durante más años, con más recursos económicos, más cultas, más vitales, más activas, y se espera que esta tendencia se acentúe incluso en las próximas décadas. No es extraño que cada vez sean más las personas interesadas en continuar aprendiendo, cuando son conscientes de los beneficios, en términos de tiempo libre, que conlleva pasar la última etapa de la vida fuera de las obligaciones del trabajo remunerado, con todas las condiciones para poder implicarse y disfrutar con nuevas actividades.

Son los nuevos jubilados los que establecen una clara distinción entre ellos y el resto de jubilados. La diferencia entre ellos y los demás radica en la necesidad y capacidad que tienen de seguir haciendo cosas para sentirse útiles. No se trata de seguir trabajando, sino de buscarse una serie de actividades que ayuden a que ellos se sientan realizados, o, lo que es lo mismo, que sientan que su tiempo libre es de utilidad, produzca algo. El objetivo de estas personas, una vez que se jubilan, es buscarse actividades nuevas donde tener asignado un rol para que la sociedad se dé cuenta que los mayores tienen cabida en la sociedad, que no son excluidos sociales ni personas dependientes.

La libertad que da la jubilación es otro aspecto destacado en el discurso de las personas que componen este colectivo, y es fundamental en la distinción entre el viejo y el nuevo jubilado. Antes, la jubilación era la ruptura con el trabajo, la ausencia del hombre de la esfera pública, lo que podía producir desestructuración en la vida de los mayores debido a los roles secundarios que les asignaba la sociedad. Esa libertad que, aparentemente, da la jubilación no era aprovechada por los mayores. Sin embargo, hoy, la libertad sí es aprovechada, ya que la jubilación no supone la salida de la esfera pública, sino todo lo contrario, se permanece en ella, aunque en otro espacio. Esto es así porque los mayores son diferentes, ahora están más preparados para esta situación, tienen recursos económicos, psicológicos y sociales para enfrentarse al proceso de jubilación, y encontrar nuevos roles y espacios sociales en un corto período de tiempo.

Es cierto que el cambio se ha producido en la percepción que tienen los jubilados de sí mismos, aunque este cambio también viene protagonizado por la sociedad, donde cada vez más, aumenta el número de personas que abandonan los estereotipos forjados acerca de la jubilación y de la actividad que desarrollan o pueden desarrollar los jubilados. Los jubilados actuales se distinguen de los jubilados de generaciones anteriores, por desarrollar un abanico de actividades sociales y personales que les proporciona autoestima y que combate la percepción negativa que la sociedad pudiera expresar de forma convencional.

Efectivamente, tras la jubilación se abre una nueva fase dentro del ciclo vital para la que no siempre estamos adecuadamente  preparados, pues la vejez es la edad de la vida en la que existe más variabilidad tanto del estado de salud como del estado psíquico, o de las relaciones sociales. La variabilidad en el estado de salud influye en cómo se vive la jubilación, porque puede, por una parte adelantar o retrasar el retiro laboral y, por otra, favorecer o limitar la realización de actividades y la cantidad de contactos sociales tras la jubilación. Así se han identificado como las variables sociales que más influyen en la jubilación, el apoyo social, percibido por parte de las personas relevantes (familia, amigos, compañeros, etc.), que conlleva una mejor adaptación a la jubilación. El estado civil que condiciona de forma significativa la vivencia de la jubilación y el nivel educativo y los ingresos económicos que se consideran también factores sociodemográficos importantes en el ajuste a la jubilación. Por lo general, cuanto más alto es el nivel educativo, mejor suele ser la adaptación a la jubilación ya que suele planificarse antes y mejor el paso a esta nueva situación. Ingresos inadecuados y problemas financieros se asocian con insatisfacción y mal ajuste; por el contrario, disponer de recursos económicos adecuados, junto con un apoyo social importante, un buen estado de salud, etc., predisponen a afrontar este proceso vital de modo satisfactorio. Muy unido al nivel de ingresos está la categoría y los factores laborales de la persona jubilada. La pérdida del rol de trabajador es más problemática para aquellos jubilados que estaban en puestos de poco prestigio, que para los que ocupaban puestos de reconocimiento personal y profesional. Estos últimos, una vez jubilados mantienen mayor contacto con grupos profesionales, se implican más en trabajos a tiempo parcial, etc., lo que hace aumentar sus niveles de satisfacción vital.

Hoy día se puede afirmar que las personas mayores manifiestan una actitud que ambiciona hacer de la vejez una senda de autosuperación personal y ascensión civil. El objetivo no es otro que dotar de significado y función social a esa nueva etapa ganada a la vida y restablecer el equilibrio entre aquel anciano sabio de antaño, y el viejo como un referente negativo del presente, hasta lograr ciudadanos visibles, con rol y estrategias de autoestima.

Es cierto que también se observa entre las personas mayores miedo y temor hacia la enfermedad y la dependencia, pero también vitalidad, optimismo, dignidad y ganas de vivir con intensidad hasta el último segundo. Los viejos de hoy han comenzado a hacer historia de la longevidad en masa, de ser una mayoría de población, creando escuela al viajar, estudiar, participar en redes de solidaridad y consumir.

Los mayores de hoy tienen mejor salud, mejor educación, más poder adquisitivo (sin que deje de haber un 30% de ancianos españoles en el umbral de la pobreza), y forman parte de las estrategias empresariales que buscan alcanzar mayores cuotas de mercado. Tienen la hipoteca pagada, los hijos fuera de casa y son muchos, cada vez más. Se han jubilado y disponen de toneladas de tiempo libre. Por eso se han convertido en unos nuevos reyes del consumo, y por eso las multinacionales se han arremangado para inventar productos y servicios dedicados a un sector de la población que habían olvidado.

Para los mayores, para los senior, el colectivo formado por quienes tienen más de cincuenta y cinco años (esa categoría de edad a la que nadie parece querer apuntarse), está el mercado. Un mercado que se preocupa y se ocupa de la demanda solvente de un colectivo que promete ser extraordinariamente rentable, sobre todo en el futuro, cuando se jubilen las próximas promociones más escolarizadas, sobreeducadas e hipertituladas.

Productos cosméticos, de alimentación y de ocio dirigidos al público mayor han proliferado, como en su día lo hicieron los pensados para el público joven (más de cuarenta mil mayores de edad acuden a universidades, y en Internet proliferan los portales y otras páginas web dedicadas a jubilados), y los servicios, básicamente el gasto en pequeñas compras y el turismo, son los productos favorecidos por este segmento del mercado, dotado de tiempo libre, buena salud y poder adquisitivo. Las empresas están tomando nota del fenómeno y hoy, un tercio de las ventas de la distribución de gran consumo se concentra en mayores de sesenta y cinco años según los paneles de consumo que manejan las multinacionales. En España, el programa de termalismo rescató un sector entero. Sabemos que los jubilados de hoy viajan en avión o en su propio coche y visitan países lejanos, consumen cada vez más, y constituyen un grupo que lleva años escalando puestos de importancia en los estudios de mercado.

En la actualidad, las personas mayores tienen muchas posibilidades de disfrutar de un ocio significativo y altruista, un paso más allá de aquella cultura del ocio planificado y promovido por instituciones y administraciones, que situado en el campo del ocio recreativo daba satisfacción al anhelo de vacaciones y descanso. A pesar de que la sociedad ejerce sobre los jubilados el nuevo mandato de disfrutar del tiempo libre que les quede de vida, las personas mayores encuentran la felicidad y el gozo en sus relaciones con los demás, en sentirse útiles y en servir a la sociedad.

Los mayores contribuyen activamente al sostenimiento de la sociedad. La rápida transformación de la familia española y su segmentación, con la incorporación de la mujer al mercado laboral en condiciones de igualdad, ha hecho de los viejos figuras imprescindibles en los hogares con el fin de que sus descendientes puedan conciliar el trabajo y los hijos. Abuelas y abuelos han adquirido un lugar fundamental en la crianza y socialización de los nietos al representar papeles de padres, amigos, maestros y acompañantes desde su más tierna edad hasta el final de sus días.

Pero también han adquirido conciencia cívica y se mueven mucho, realizan actividades en ONGs y se asocian para defender derechos o buscar soluciones. Los mayores de hoy no sólo orientan su actividad ociosa hacia planes formativos en proyectos universitarios, sino también hacia actividades de participación social de carácter altruista, que les proporciona un sentido de identidad y un sentimiento de utilidad social. La contribución activa y productiva de los mayores, se da tanto en trabajos remunerados como sin remunerar (el hogar, el cuidado de niños o de otros mayores), así como en labores de voluntariado (en colegios, comunidades, organizaciones públicas, museos y empresas privadas). De este modo les hemos reconocido en la familia como consejeros, recaderos, limpiadores, cuidadores; en los colegios participan en proyectos intergeneracionales; son activos en programas de acogida familiar, en asociaciones diversas y hasta asesoran empresas. Estas actividades mantienen y aumentan sus contactos sociales y su bienestar mental, a la vez que hacen que se sientan reconfortados por su contribución a la sociedad.

Las personas mayores han ido, lentamente, incorporándose a las modernas formas de consumos culturales extradomésticos: cine, teatro, lectura, visitas a exposiciones, participación en fiestas populares, actividad en ONGs, etc. todo lo cual ha estado acompañado de una notable mejora en los procesos de autocuidado y presentación pública de éstas/os, avalado por la flexibilidad de los mercados que han incorporado, de forma muy rentable, la oferta de productos y servicios para este amplio colectivo.

Para dar mayor énfasis a estos cambios y estas profundas transformaciones, sólo habrá que tener en cuenta el amplio y masivo volumen de personas mayores que demandan actualmente acceso a las nuevas tecnologías de la comunicación (Internet) sin perder de vista la importancia de la red de sujetos vinculados a los sistemas de teleasistencia y el amplio segmento de mayores que disponen de telefonía móvil y tarjeta de crédito.

Para quienes se han quedado solos, bien por soltería o viudedad, han surgido los programas intergeneracionales de vivienda compartida, que constituyen una experiencia muy positiva y enriquecedora para las dos generaciones. En estos programas, la persona mayor presta su casa a la más joven y a cambio recibe compañía y atención si lo necesita. El joven, por su parte, sabe que no se trata de una pensión sino de un hogar en toda su extensión. Aunque existen programas similares pero con denominaciones y matices diferentes, uno de los objetivos fundamentales que persiguen es, combatir la falsa idea de que la vejez es una etapa inactiva e improductiva de la vida y, a la vez, sensibilizar a los jóvenes respecto de la realidad de los mayores fomentando el crecimiento de la conciencia solidaria.

Todo esto no significa que las distintas generaciones de mayores hayan cambiado de hábitos, sino que dependiendo del capital cultural, la desigualdad de género en las actividades productivas, las condiciones de salud, la situación familiar o los estereotipos sociales; en definitiva de la experiencia vital, podamos encontrar grupos de personas mayores que ocupan su tiempo libre en los espacios sociales tradicionales promovidos por instituciones públicas y privadas. Pero si bien los modelos asistenciales y dinamizadores son necesarios para atender a las necesidades de las personas mayores, también se ha avanzado con modelos participativos que vinculan a instituciones, empresas y centros educativos en la aceptación social de la vejez. Este es el modo de dar valor a las personas mayores, aprovechando su conocimiento y experiencia, no para dirigir las entidades, pero sí para sacar el beneficio de su opinión.

Modelos asistenciales y modelos participativos desarrollan actividades en el contexto extradoméstico; es decir, en un contexto de carácter social y público, fuera del espacio privado y familiar, con amigos, conocidos o personas con las que pueden coincidir en ocasiones. De este modo, las actividades sociales les permiten alejarse del ámbito doméstico y familiar, donde en ocasiones han sido invisibilizados, explotados o agredidos. Ocupan el mundo social externo de una forma más asidua y variada con actividades de ocio, participativas e incluso formativas, si bien es cierto que existe una sustancial continuidad en el tipo de actividades que se realizan antes y después de la jubilación, de tal modo que más de dos tercios de las personas que se jubilan no inician actividades nuevas (culturales, artísticas, sociales, etc.) que no hubieran realizado antes.

Poca atención se presta al patrimonio de conocimientos, experiencia, habilidades y sabiduría que tienen las personas de edad para educar y formar a las jóvenes generaciones. Esa falta de atención equivale a la falta de apoyo en la adopción de políticas públicas para fomentar y favorecer la plena participación de las personas de edad en la sociedad. En este sentido, la organización y gestión de las instituciones deberán orientar sus recursos humanos hacia prácticas profesionales que faciliten y garanticen a las personas  mayores el acceso a los derechos de los cuales son titulares.

Un aspecto que dificulta la aplicación de diferentes programas para personas de edad es la relación predominantemente tutelar a la que muchos mayores están sometidos, sin apenas capacidad de iniciativa y de decisión. Esta sensación de falta de control y auto-determinación en sus vidas produce consecuencias enormemente negativas sobre la salud. Son varios los autores que han mostrado que aumentar la sensación de control incrementa sustancialmente el bienestar personal y la salud, influyendo positivamente incluso en el sistema inmunológico. Se ha visto que todo lo que sea proporcionar iniciativa, responsabilidad y capacidad de decisión fomenta el bienestar y la salud del anciano. Algunas experiencias realizadas en residencias de personas mayores han mostrado estas pautas.

El trabajo voluntario de las personas de edad es un modo singular y particularmente valioso de “envejecimiento activo”, puesto que su contribución es fruto de toda una vida de experiencia, sabiduría y calor humano al servicio de las demás generaciones. Al realizar el trabajo con libertad, por motivaciones exclusivamente intrínsecas y no materiales, se sienten satisfechos, útiles y adquieren tanto autoestima como reconocimiento social. El trabajo voluntario es una forma valiosa y productiva de que las personas de edad se mantengan comprometidas socialmente, utilicen sus conocimientos, conserven y desarrollen el sentimiento de servir para algo, de tener un valor innato, de respeto por sí mismos. Este compromiso y autovaloración provoca naturalmente más independencia, salud y bienestar para las personas de edad.

Mucho de lo que podemos hacer para asegurarnos una jubilación feliz implica adquirir madurez emocional, tomarse un tiempo para encontrar actividades que nos estimulen y nos hagan más tolerantes, profundos y complejos, y actividades en las que participen otros, y en las que en muchos casos, el único beneficio obvio sea para los demás.

BIBLIOGRAFÍA:

– GIRÓ, J. (coord.) (2004): Envejecimiento y Sociedad: una perspectiva pluridisciplinar. Logroño: Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones.

– GIRÓ, J. (coord.) (2005): Envejecimiento, salud y dependencia. Logroño: Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones.

– GIRÓ, J. (coord.) (2006): Envejecimiento activo. Envejecimiento en positivo. Logroño: Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones.

– GIRÓ, J. (coord.) (2007): Envejecimiento, autonomía y seguridad. Logroño: Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones.

– GIRÓ, J. (coord.) (2009): Envejecimiento, tiempo libre y gestión del ocio. Logroño: Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones.

– GIRÓ, J. (coord.) (2010): Envejecimiento, conocimiento y experiencia. Logroño: Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones.

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Acaba de publicarse por la editorial Comares de Granada, el libro colectivo “Seguridad, excepción y nuevas realidades jurídicas” coordinado por Mª José Bernuz  y Raúl Susín, gracias a la investigación que se encuentra detrás de los proyectos “Seguridad, estado social y cultura punitiva” de la Universidad de Zaragoza y “La protección de la seguridad en la sociedad del riesgo: una aproximación desde la sociología jurídica”, de la Universidad de La Rioja. A este nuevo libro he contribuido con un artículo “Identidad étnica, adolescencia y aculturación” (páginas 161-176) que comencé a escribir a raíz de la muerte de mi amigo y colega Eduardo Terrén Lalana, que falleció en agosto de 2008 al precipitarse en el vacío en uno de sus habituales recorridos por la montaña del pirineo oscense. Para quienes estén interesados dejo una parte de las conclusiones de dicho artículo:

“Los jóvenes con identidades culturales híbridas, perciben las diferencias de los distintos medios como una ventaja que les permite escoger los grupos con los que se quieren identificar, y al cambiar de contexto cultural, aprovechan su bagaje para realizar un proceso de integración efectivo y rápido (Massot, 2003). Habitar tanto en una sociedad multicultural, como ser social y culturalmente competente, implica saber cuándo es mejor reificar o revitalizar las diferencias. Muchas veces, las fronteras culturales son más débiles que la capacidad de los jóvenes para cruzar las líneas divisorias de un lado a otro sin perder su sentido de identidad. Aunque se sientan divididos entre dos culturas, esa habilidad para cambiar es percibida como una ventaja por todos aquellos que la poseen. Y cuando esa ventaja se vuelve evidente, el cambio de actitudes entre una y otra identidad se convierte en un acto consciente.

Los jóvenes se adhieren a diferentes identificaciones de acuerdo con sus objetivos. Y la adaptabilidad desarrollada, se ha convertido para ellos en una habilidad fundamental para la supervivencia. Al mismo tiempo, las diferencias biculturales de estos jóvenes les han facilitado el desarrollo de otras habilidades, con las cuales pueden aprehender, comprender y convivir con códigos diferentes, y en distintos contextos.

La globalización, como marco sobre el que se dibuja la diversidad cultural, es el escenario desde el que se construyen las identidades. Unas identidades no sujetas a orígenes, ni a pertenencias; de carácter flexible, inestable y cambiante, que acompañan la propia indefinición, inestabilidad y practicidad de los adolescentes, hijos de la inmigración. Unas identidades que superan, o al menos atraviesan, las relaciones de desigualdad sobre las que se organizaron las identidades étnicas de sus padres con la sociedad de acogida.

Al efecto, señala Terrén (2002), que la clave de esta aproximación radica en que la conceptualización de la pertenencia étnica no se construya (o no se construya sólo) sobre un modelo predefinido de cierre cultural y repliegue comunitario, sino que sea una conceptualización capaz de reproducir la diversidad en vez de segmentarla y que, al hacerlo, sea sensible también a las estrategias individuales de integración, a los sincretismos, hibridaciones y voluntades de asimilación. En definitiva, un modelo complejo de la pertenencia étnica, es un modelo que basa su potencial teórico en interesarse más por destacar la diversidad con que la etnicidad es puesta en juego, que por reducirla a la unidad de supuestos atributos esenciales.

Por tanto, estas identidades híbridas, no sólo alejan el esencialismo de los análisis basados en la homogeneidad e invariabilidad de las culturas, sino que, además, se desembarazan de los prejuicios analíticos sobre la “aculturación” como pérdida, asociada a una desvalorización de los componentes identitarios de carácter híbrido logrado.

Por desgracia, la desvalorización de las identidades híbridas, el apego a una tradición inventada, la manipulación de las culturas y la exaltación del choque, violencia y competencia entre las mismas, ha preparado la asunción de estrategias defensivas de los adolescentes involucrados en estas manifestaciones de racismo cultural. Se puede tratar de estrategias interiores, sea asumiendo estereotipos racistas o a través de comportamientos agresivos y violentos (Terrén, 2007). Se puede manifestar mediante maniobras exteriores, a través de una asimilación a los nacionales y de un rechazo de los propios orígenes; o en sentido contrario, mediante una revalorización de la identidad de origen, o incluso ejerciendo la delincuencia como práctica que les revalorice, como una especie de mecanismo que les permita llegar a ser alguien y a salir del anonimato. O bien cabe que se materialice a través de una estrategia mixta de revalorización de la propia cultura –buscando similitudes con la autóctona- y de búsqueda de la integración social -sin renunciar a su propia diferencia-.

Esta tercera opción (una estrategia mixta), viene significada por la aceptación y la valorización, en mayor o menor grado, de la cultura inmigrante por la sociedad de acogida; permitiendo que el adolescente tome aquellos elementos necesarios de ambas culturas para su crecimiento personal, su construcción identitaria y su integración social. Es una opción que responde a una estrategia inserta en la perspectiva intercultural, que valora por igual todas las culturas y busca el diálogo entre ellas en un plano de simetría o de igualdad, de modo que la disyuntiva de integración o marginación social en función de los atributos culturales expuestos o utilizados, no es sino una fórmula trasnochada de racismo cultural (Giró, 2004).

La perspectiva intercultural concibe la cultura en relación con las otras culturas, otras realidades, otras formas de concebir e interpretar el mundo y, a su vez, contempla la propia cultura de un modo no estático ni estable, sino cambiante e interactivo. La concepción estática de la cultura deriva a menudo en el esencialismo, el fundamentalismo cultural; y éste es el origen frecuente de la generación de etiquetas y estereotipos culturales, que a su vez constituyen el germen del racismo y la xenofobia”.

Algo parecido a lo que está ocurriendo con motivo de la prohibición del Burka y el Nikab

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El pasado fin de semana fui invitado por la Federación Provincial de AFAs de Huelva  para dar una conferencia sobre la construcción social del mal de Alzheimer, sobre la identidad y reconocimiento de los pacientes  e igualmente sobre la construcción social del cuidado. La intención última de estas Jornadas era dar visibilidad a cuanto rodea esta enfermedad y pensé en trabajar el concepto de estigma según Erving Goffman. Aquí voy a dejar colgado un resumen de lo que envié para la revista de la Federación pero que dice mucho de cuanto expuse en la conferencia.

Si hay algo que caracterizó al siglo XX fue la exaltación de la juventud, pese a que acabó dando el relevo a un siglo XXI cuya característica principal es el envejecimiento mundial de la población. Sin embargo, este nuevo siglo deudor del pasado, ha heredado el mismo culto a la juventud, a la imagen del cuerpo juvenil, saludable, que hace del mismo un icono cultural hacia el que se dirigen todas las miradas. La imagen y su tratamiento identitario es el dispositivo a partir del cual se organizan, no sólo las relaciones sociales sino la autoestima. Así, buena parte de la población desea retardar u ocultar su envejecimiento mediante la cosmética, el deporte, la medicina o la nutrición. La cirugía cosmética contra el envejecimiento pretende conseguir personas sin edad, en un proceso de reforma continua en el que a veces se pierde ante el espejo incluso la propia identidad.

En esta dirección se buscan soluciones prácticas para cualquier tipo de problema asociado a la vejez, incluidas las enfermedades degenerativas, que si hasta ahora se ocultaban o se consideraban una cuestión familiar, hoy son ya un problema de los poderes públicos y las organizaciones sanitarias de los países desarrollados. Sin embargo esta preocupación social por las enfermedades mentales, no se han resuelto satisfactoriamente los procesos de construcción identitaria de las personas afectadas, manteniendo como en el pasado un estigma que en ocasiones alcanza a los familiares del enfermo.

Si definimos la presencia del estigma a través de tres dimensiones (estereotipos, prejuicios y discriminación) observamos cómo en nuestra sociedad, varias o todas estas dimensiones se encuentran presentes cuando se identifica a una persona como afectada por una enfermedad mental. El estigma, a lo largo de la historia, además de estas dimensiones ha estado ligado fundamentalmente a la discriminación y la exclusión, marcando negativamente al enfermo mental y a su entorno personal y familiar.

En el pasado, las enfermedades mentales han sido tomadas como manifestaciones de carácter mágico o religioso, incluso no identificándolas como enfermedades y atribuyéndoles ese carácter espiritual de posesión por otros espíritus que se manifestaban a través de la persona poseída, en realidad el enfermo mental, al que despersonalizaban, es decir, le arrebataban su identidad.

En la actualidad, el estigma que sufren las personas aquejadas de una enfermedad mental obra sobre ellos despersonalizándolos y aislándolos de su entorno, pues ya no reciben el  mismo trato. En general, las personas rechazamos aquello que por desconocido o por imprevisto tememos o nos produce incertidumbre. La ausencia de seguridad que mostramos por el modo de pensar, sentir y obrar de un enfermo mental, consigue la pérdida de relaciones y el aislamiento del mismo tras su inevitable estigmatización. Además, ante la vergüenza y la humillación del enfermo y sus familiares, provocamos que uno y otros adopten una posición de ocultamiento de la enfermedad o del enfermo, aislándolo y profundizando en el estigma con el que se le vincula y aumentando su sufrimiento. De este modo, la estrategia de ocultamiento utilizada a menudo por enfermos mentales o por su entorno familiar, no sólo no ha evitado el estigma sino que ha profundizado en el mismo.

Otras estrategias igualmente frecuentes suelen ser la negación del problema, la normalización del mismo a través de intentar ver a los otros como semejantes, y la evitación de aquellas circunstancias que llamarían la atención sobre las diferencias del enfermo y que provocarían la estigmatización del mismo.

Como las personas nos identificamos a través de la mirada de los otros, de los grupos a los que pertenecemos; también las personas con el mal de Alzheimer se identifican y sienten su identidad a través de los grupos con los que se relacionan o pertenecen, principalmente de su entorno familiar y social. Por esto, el retraimiento, el abandono o la pérdida de relaciones sociales, y la segregación y el aislamiento respecto a los grupos con los que habitualmente se relaciona una persona, hace que esta se perciba a si misma como distinta, como poseída por una marca o un estigma que le hace distinguirse de los demás marginándolo.

No todos los enfermos son capaces de buscar y encontrar ayuda en su entorno sociolaboral, ni de mantener su independencia y autonomía sin el concurso de especialistas, por lo que se resignan a aceptar de un modo u otro el apoyo de los miembros de su familia que de este modo reidentifican al pariente como paciente con el estigma de la enfermedad.

Es habitual que las personas diagnosticadas con el mal de Alzheimer o con cualquier otra enfermedad mental, perciban cómo su círculo de amistades o de relaciones afectivas tiende a reducirse. Entonces, si quieren continuar sus actividades laborales o de relación social en un plano de normalidad deben mentir u ocultar los aspectos relacionados con la enfermedad, porque en el caso contrario, el aislamiento y la soledad son un destino certero. Por supuesto que quieren tratarse y curarse, pero como eso no debería implicar dejar de ser como antes, de hacer lo que venían realizando hasta el momento del diagnóstico, buscan ayuda entre sus allegados, entre sus cercanos y familiares, para seguir independientes el mayor tiempo posible manteniendo el mismo tipo de vida que hasta ese momento se habían procurado.

En general se desconoce el origen de las enfermedades mentales, y cuando se allega cierto conocimiento, este está contaminado por historias y narraciones de todo tipo más próximas al mito que a la realidad. Se hace uso de categorías como las de normalidad, demencia o cordura que permiten explicar las conductas y el comportamiento de las personas y por extensión reconstruyen su identidad. En estos casos, el etiquetaje es el instrumento utilizado para la identificación de las personas con una enfermedad mental, despersonalizándola, pues dejan de ser sujetos con características propias de la normalidad y se convierten en sujetos aquejados de una patología.

Para los familiares, las conductas, los comportamientos, la pérdida de memoria, la necesidad de cuidado continuo, entre otros, son algunos de los atributos que vuelven diferentes y extrañas a las personas enfermas, que dejan de ser ellas mismas ya que ni siquiera logran autoidentificarse. Al enfermo se le reconoce porque deja de comunicar su realidad personal, sus necesidades, sus intereses; y deja de expresar sus sentimientos, sus afectos o sus gustos para ser sujetos identificados exclusivamente con la posesión de una enfermedad.

Una vez que la persona atraviesa el umbral de lo considerado como normal, deja de ser identificado por su vida o su personalidad para ser tratado como sujeto de una enfermedad despersonalizadora y deshumanizadora que le impide ser él mismo. Y es en este punto cuando el sujeto toma la forma de un cuerpo sin voluntad al que hay que conservar y cuidar. El punto en que deja de ser uno mismo para ser la persona que sus cuidadores deciden que sea; una persona que piensa y actúa por intermediación de sus cuidadores, de acuerdo a la interpretación que hacen estos de su identidad. Hay quien señala que esta forma de actuar de los cuidadores, de carácter despersonalizador para el paciente, puede llegar a considerar el enfermo como carente de las necesidades de las que podría disponer en una situación de normalidad, anulándolo y no dándole satisfacción a cuanto pudiera necesitar realmente. Esta actitud, además se ve reforzada por el discurso del propio colectivo médico que apoya la despersonalización del sujeto enfermo con su diagnóstico.

Algunos cuidadores proceden a tomar la parte por el todo; es decir, hacen extensiva la enfermedad mental al conjunto de la persona, inutilizándola como ser autónomo, independiente y con características propias. Es como si toda su identidad social fuera determinada por la parte significada en el diagnóstico médico. Toman la categoría médica como punto de partida para interactuar y explicar lo que sucede a la persona enferma, relegando la voz del paciente a su cuidado.

Esto ha ocurrido con la demencia senil, que como nuevo síndrome patológico es un invento reciente de la medicina con el fin de representar los desvaríos de la vejez. En este caso, las representaciones populares sobre la enfermedad y el enfermo son inicialmente contrarias al etiquetaje médico pues los desvaríos se encuentran dentro de lo considerado normal dentro de la vejez; y encuentran que es propio de los viejos chochear, desvariar, perder memoria, hacer cosas extrañas. Para los familiares, los aquejados con demencia tienen una enfermedad pero no entran en la categoría de enfermos, pues la salud de su cuerpo es la normal, la reconocida como normal dentro de las circunstancias personales.

Por esto se da una gran contradicción entre el diagnóstico del mal de Alzheimer y su interpretación a la hora de llevar acabo un tratamiento adecuado, de modo que una persona diagnosticada, aun considerando que es una enfermedad, no es realmente un enfermo. Curiosamente el diagnóstico médico viene precedido de indicadores subjetivos que proporcionan los familiares, como las conductas anormales o los trastornos del paciente, cuando el diagnóstico debería provenir exclusivamente de indicadores objetivos y científicos que demostraran la existencia del mal.

En la actualidad, sólo el diagnóstico médico del mal de Alzheimer ha permitido situaciones en las que los cuidadores ceden a esta categorización de enfermedad, determinando el modelo o la guía de comportamiento a utilizar en su relación con el familiar (sano hasta entonces y enfermo a continuación), aunque encuentran serias dificultades para seguir un tratamiento que vaya más allá del cuidado personal, afectivo o emocional del familiar.

Hoy día, como el avance en el conocimiento científico del mal de Alzheimer permite realizar diagnósticos preventivos, ya no se produce la muerte social del diagnosticado, ni se le oculta o se le encierra, sino que se respeta su identidad aplicando el afecto y el cariño de los suyos. Precisamente los familiares son quienes llevan el peso principal del cuidado, por lo que necesitan, más aún que el propio enfermo, de todo tipo de ayudas económicas, asistenciales y, desde luego, psicológicas. En España a causa del escaso desarrollo del Estado de Bienestar, han sido las Asociaciones de Familiares (la mayoría se han desarrollado extraordinariamente en los diez últimos años) quienes han asistido y cuidado a los diagnosticados con el mal de Alzheimer, y ha sido también en los últimos años cuando se puede apreciar una creciente sensibilidad ante la necesidad de atención que merece la familia como principal ámbito donde se proveen los cuidados.

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