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Sabemos que el problema de la vejez no es estrictamente un problema biológico, médico o físico, sino que es, principalmente, un problema social y cultural; es decir, la vejez, su significado, es una construcción social.

Existe una diferencia substancial entre proceso de envejecimiento y vejez. Mientras el primero es un proceso que además se ha transformado en los últimos años, cargándose de vitalidad y expectativas, la vejez es un estado definitivo, irreversible y sobre todo, carente de horizontes de futuro que es lo que más cierra el sentido de sus posibles transformaciones.  Esta consensuada diferenciación entre envejecimiento (proceso) y vejez (circunstancia irreversible) se afianza, a su vez,  en una profunda transformación de la imagen de las personas mayores.

Nuestra vida es un proceso de continuo desarrollo y cambio y desde el momento en que nacemos comenzamos a envejecer.  Este proceso es algo personal, individual y determinado por las propias características de salud, experiencias, educación, medio etc… De este modo, la vejez como parte de este proceso, debería conformarse de forma distinta para cada persona y, como en una etapa más, poder disfrutar de sus ventajas y salvar sus inconvenientes; sin embargo existe un desconocimiento casi intencionado de lo que significa el envejecimiento. La vejez ha de contemplarse como un proceso variable y diferencial, y no uniforme y homogéneo. No podemos hablar de un único patrón de envejecimiento, sino que cada individuo tiene un modelo, un modo de envejecimiento propio.

Antes era considerado viejo, cualquier sujeto que superase los sesenta años. Estos mayores de sesenta años se caracterizaban por sus actitudes conservadoras; por tener una historia (con independencia del grupo social de referencia) marcada por la austeridad y la escasez, signados por un talante exigente pero a la vez despreciativo ante las otras generaciones más jóvenes, incapacitados para comprender las realidades nuevas y sus cambios; religiosos activos (fundamentalmente católicos); intransigentes; autoritarias/os; solitarias/os y vinculados a una imagen global de pobreza material en sus formas y signos de presentación pública.

Sin embargo, ahora, es decir en estos últimos años, esa misma imagen de vejez se ha retrasado hasta después de los setenta y cinco u ochenta años, y hasta esa franja de edad, las personas mayores se caracterizan por su disparidad, diversidad y heterogeneidad como sucede en todos y cada uno de los otros colectivos sociales existentes. Lo común a estos “nuevos” mayores que aún no son considerados viejos es que presentan actitudes muy disímiles, intentan disfrutar y situarse en el bienestar particular de sus vidas, parecen ser mayoritariamente aperturistas en sus posiciones, muy interesados en todo lo que sucede a su alrededor, permisivos, tolerantes, grupalistas y secularizados frente a la dominante fuerza de la religiosidad en sus perfiles pasados.

De manera muy global, la sociedad española sitúa el comienzo del envejecimiento, es decir la tendencia a ser mayores, alrededor de los cincuenta y cinco años, la longevidad a partir de los setenta años y la vejez o ancianidad a partir de los ochenta años. Sin ninguna duda puede afirmarse que se ha producido un proceso de rejuvenecimiento real de los mayores y, sobre todo, una profunda fractura en la ya tradicional noción del concepto tercera edad que, a todas luces, resulta insuficiente, inoportuna y poco eficaz para señalar al atomizado colectivo de personas mayores.

En términos más estructurales y reales, puede afirmarse que el principal eje diferenciador entre proceso de envejecimiento y vejez es el que marca la distancia entre ocupación y desocupación, siempre que entendamos estos términos en relación al trabajo productivo remunerado, que en España, a pesar de las transformaciones que se están produciendo en el ámbito laboral, siguen siendo centrales para la identidad de los sujetos.

LA CONSTRUCCION SOCIAL DE LA VEJEZ

El proceso de envejecimiento, en líneas generales, forma parte de un mensaje de carácter positivo, pero la vejez, como concepto, es una construcción social, una situación que muchas personas asocian indefectiblemente con la palabra clave: la pérdida. Pérdida de autonomía: necesidad de otras personas para cumplir funciones higiénicas básicas; pérdidas económicas y de autosuficiencia material; pérdida de funciones sensoriales (vista y oído) y locomotoras; pérdidas afectivas y de compañía (esposo/a, hijos, amigos…); pérdida de capacidad física, vital (menos energía) y sexual; pérdida de capacidad mental: menos reflejos y memoria; pérdidas sociales: jubilación, etc.; pérdida o limitación en las posibilidades de comunicación, factor decisivo dada la importancia de la comunicación en la familia y en la sociedad.

Y esas pérdidas están engarzadas en el imaginario social con la dependencia de unos o de otros, familiares o ajenos, privados o institucionales, lo cual significa que no hay autonomía total porque ya no se es en su totalidad. Porque esta totalidad depende de los servicios familiares, sanitarios o sociales, o de todos en su conjunto; y entonces, el bienestar es dependiente de la buena voluntad de los otros, que no siempre se manifiesta en tal sentido, como se puede desprender de las denuncias por abandono, malos tratos, incluso violencia y muerte, señalada en ocasiones por los medios de comunicación.

Aunque sin llegar a estas situaciones de violencia y pérdida de dignidad, lo peor de la vejez y de sus componentes sigue siendo la pérdida de autonomía en general, la pérdida de autonomía moral e independencia civil, que les somete al dominio de aquellos poderes públicos y privados (la familia, los médicos, las autoridades) de los que dependen.

Lo más triste del trato que damos a los viejos no es que les abandonemos a su suerte (lo que al menos les obliga a valerse por sí mismos), sino que les tratemos como a menores de edad necesitados de protección y tutela, lo que les coloca bajo nuestro poder discrecional y arbitrario. Pues al sentirnos magnánimos y aceptar protegerles, lo hacemos privándoles de sus derechos, tras expropiarles su propia responsabilidad personal como sujetos agentes. Por eso les engañamos con mentiras piadosas, les impedimos que elijan por sí mismos y tomamos decisiones por ellos, llegando en la práctica a incapacitarlos aunque sólo sea informalmente.

Así pues, en el imaginario social, la construcción de la vejez se hace desde la idea de pérdida, principalmente de autonomía, y por tanto se asocia con las dependencias de cualquier tipo, a partir de las cuales, la familia, los servicios sanitarios y otro tipo de instituciones toman su protagonismo.

Además, en esta construcción social, hay algo que en la actualidad se asocia inequívocamente a la vejez definiendo el estatus social de las personas: la edad. Hemos constatado que la edad es el principal componente definidor de estatus social. Sin embargo, en la determinación del estatus también utilizamos criterios económicos o de actividad económica. Por ejemplo, cuando respondemos a la pregunta de ¿a qué edad se es viejo?, o su contrapunto ¿qué edades son las de la persona joven?, las respuestas tratan de limitar estructuralmente el paso de la edad adulta a la edad vieja, o de la edad joven a la edad adulta; aunque no son sino límites artificiales establecidos sobre concepciones sociales determinadas por el proceso de actividad productiva o económica.

Es verdad que el concepto de ser mayor de edad ha cambiado radicalmente en estos años, y que la probabilidad de vivir esos años (dilatados años, cada vez con mayor frecuencia), con ciertas cotas de bienestar y de calidad de vida, al menos entre la población de los países desarrollados, empieza a ser una realidad; sin embargo, este notable aumento de la longevidad también tiene su parte menos positiva, y es que ha repercutido en el incremento de problemas y enfermedades relacionadas con la edad, como son la demencia senil y presenil que tiende a precipitarse a partir de los setenta años.

Hay enfermedades crónicas responsables de la mayoría de las muertes y discapacidades, como son la arterosclerosis, la artritis, la diabetes, el enfisema pulmonar, el cáncer y la cirrosis, que representan en sí limitaciones fundamentales por la pérdida acelerada de las reservas del organismo. Además, existen factores científicamente probados que aceleran el envejecimiento de una persona como son la hipertensión arterial, el colesterol elevado, dieta y nutrición inadecuada, capacidad vital disminuida, el sedentarismo, la obesidad, el tabaquismo, el alcoholismo, y diversos factores adversos (personales, psicológicos, sociales y culturales).

No obstante, los avances científicos han permitido el control y prevención de las enfermedades infecto-contagiosas, la promoción de salud y la prevención de los factores de riesgo y de las enfermedades crónicas. De hecho, sabemos que una persona genéticamente favorecida y que evite la enfermedad y los factores de riesgo, puede vivir más que lo actualmente establecido.

En la actualidad, percibimos que se vive más tiempo desde el umbral de los sesenta y cinco años, y el alargamiento de la vida se acompaña de una mejora del estado de salud en todas las edades. El declive de la autonomía personal y, finalmente, la muerte, acaban por llegar, pero cada vez más tarde.

Este proceso de crecimiento del grupo de edad de los mayores, ha conducido a una subdivisión en su interior, pues algunos demógrafos ya hablan de viejos jóvenes hasta los setenta y cinco u ochenta años, porque en general están en perfectas condiciones, y de los viejos más viejos pues a partir de esa edad es cuando las condiciones de salud comienzan a deteriorarse. Precisamente los mayores de ochenta años son considerados como el grupo de edad avanzada en el cual se producen mayores demandas de asistencia social y sanitaria. Es la llamada cuarta edad, y son ya la porción del total de población española que más va a crecer.

La imagen global de las personas mayores presenta una notable revitalización. Se entiende  el envejecimiento y la vejez como dos realidades distintas de la vida de las personas mayores y, desde ese momento, construyen dos imágenes diferentes sobre cada uno de estas etapas. Estas realidades pueden ser explicadas recurriendo a otros ejes que cruzan el envejecimiento y la vejez. Y estos son, fundamentalmente, la ocupación/desocupación y la autonomía/dependencia. La articulación de estos ejes permite diferenciar la realidad de los mayores de la realidad de los ancianos.

La vejez es un estado definido por la dependencia total o parcial de las personas mayores con respecto a terceras personas e instituciones. Por tanto, se percibe la vejez como un producto natural que se inscribe en el ciclo vital de los seres humanos. Se trata de una etapa inevitable a la que toda persona llega irremediablemente como consecuencia del deterioro de sus facultades físicas y mentales. Este deterioro hace que las condiciones sociales de vida de los ancianos y las ancianas sean problemáticas y conflictivas. En la vejez, por tanto, la naturaleza impone su ley a la sociedad.

Con excesiva frecuencia se asocian los conceptos de dependencia y discapacidad con persona mayor, como si aquellos fueran acompañantes inevitables de estos últimos. Frente a esta equívoca percepción de la vejez, cada vez menos se puede observar a personas mayores en situación de dependencia. La inmensa mayoría de las personas mayores (más del 70%) no sufren discapacidad alguna, y más del 85% son independientes y realizan una vida normal y autónoma hasta edades muy avanzadas.

A pesar de ello, la sociedad en general sigue relacionando la vejez y los mayores con la enfermedad, la dependencia y la falta de productividad, en muchas ocasiones haciendo caso omiso de su experiencia y sabiduría, desaprovechando la oportunidad social de contar con la voluntariedad de este sector de población.

Hoy la vejez consiste también en el miedo colectivo que asocia vejez con muerte. Es posible también que detrás  de estas visiones deterministas y estereotipadas sobre la vejez, haya además un problema de concepción de la misma. Porque el envejecimiento puede ser entendido no ya como una meta a la que se llega a tal o cual edad, sino como todo un proceso que discurre a lo largo de la vida (somos cada día un poco más viejos). Un proceso intersubjetivo  en el que las personas mayores y las personas de su entorno deciden cuándo se es viejo y qué papel se desempeña como tal dentro de la comunidad. Y un proceso, además, dinámico, puesto que todo lo anterior puede ser revisado con el tiempo. El modo en que se concibe cómo debe ser una persona mayor en relación con otros grupos de edad y el rol de la gente mayor en las sociedades son cuestiones que cambian con el tiempo al igual que cambia la sociedad en la que viven.

Esta concepción compleja de la vejez entiende que el envejecimiento supone también una gradual pérdida de ingresos, funciones corporales e independencia, pero pone en entredicho cuestiones centrales, como la idea de que un incremento en el número de personas mayores de sesenta y cinco años conlleve obligatoriamente que aumente el número de personas dependientes de forma proporcional. Esto es algo que vendrá dado por la capacidad de las personas y por el lugar que la sociedad les asigne.

Envejecer no significa necesariamente que la persona se deslice inevitablemente hacia el deterioro físico y mental, hacia la soledad, hacia el abandono, hacia la no participación en la vida socio-política de la comunidad en la que vive. Desde esta perspectiva será más fácil aceptar el proceso de la vida en su totalidad, incluida la vejez, como punto de partida  hacia una sociedad  más madura, en la que se pueda perder el miedo a envejecer y morir.

Hace tiempo que debería haberse producido un cambio básico en la percepción de la sociedad sobre las personas de edad. Con mucha frecuencia se las considera erróneamente como personas que necesitan ayuda, en lugar de verlas como una fuente potencial de solución de problemas, propios y de la comunidad. A menudo no se les proporcionan recursos ni se financian las iniciativas que promueven. Podría ser muy ventajoso si se les diera infraestructura social y algún tipo de financiación para actividades de ayuda mutua u otras que les permitieran unir fuerzas, planificar actividades conjuntamente con otras generaciones y relacionarse con organismos externos, incluida la búsqueda de empleo o de crédito.

Sin embargo, en la actualidad la imagen que se construye en torno al proceso de envejecimiento es una imagen dotada de connotaciones negativas, asociándose a pasividad, enfermedad, deterioro y carga social. Es cierto que con el proceso de envejecimiento se concluyen las etapas vitales de una persona, y que esto es del todo inevitable, pero no debe equivaler a vulnerabilidad y mucho menos invisibilidad, pues es la invisibilidad social la que promueve la vulnerabilidad de las personas de edad a través de las múltiples dependencias que generan, desde las económicas hasta las emocionales, pasando por las instrumentales.

Hoy día, en la construcción social del envejecimiento interviene el imaginario de una sociedad basada en la productividad (de ahí las relaciones de oposición entre activo y pasivo), en la juventud (el modelo de consumo por antonomasia es el de la eterna juventud), y en el poder, aunque no el poder de la gerontocracia, sino el poder de  los adultos productivos. Por esto, la imagen del envejecimiento es una imagen cargada de consideraciones negativas que implican discriminación de las personas de edad, al punto de producir no sólo indiferencia o abandono, sino también exclusión y negación de espacios y roles, negándoles el reconocimiento como sujetos de derecho.

Esta construcción social en negativo de la imagen del envejecimiento es preciso combatirla generando desde los medios de comunicación (verdaderos artífices en la construcción de imágenes sociales), cambios en los hábitos y en las actitudes sociales, eliminando todo tipo de prejuicios que impiden la visibilización de las personas de edad en igualdad con el resto de la sociedad. Porque es necesario que las personas de edad sean visibilizadas, no como destinatarias de las ayudas y cuidados de la sociedad, lo cual magnifica las relaciones de dependencia y hace de los mayores sujetos pasivos, sino como artífices de su destino.

Pese a que la calidad de vida depende de las condiciones socioeconómicas de la población, se ha constatado que el principal factor de desigualdad en la percepción subjetiva de la propia salud es el nivel educativo. Recientes estudios transculturales acerca del autoconcepto de las personas mayores sugieren que una dimensión significativa de una madurez plena es encontrar nuevas y diversas vías para seguir teniendo una vida plena de sentido. O sea, que las habilidades adquiridas por los mayores para encontrar un sentido a la vida contribuyen positivamente a la experiencia de envejecer.

En el pasado los viejos eran los depositarios del saber y del conocimiento como producto de la experiencia y el paso de los años. La idea del saber era la de un saber del pasado, es decir, estaban los que conocían el pasado, que enseñaban a los del presente a vivir, a obrar, las técnicas etc. El que conocía, el maestro, el anciano, era el que conocía las técnicas y era el que se las enseñaba a los demás, de modo que el futuro no era visto como una fuente de novedades positivas, sino más bien como la pérdida o la posibilidad de la pérdida de los haberes que estaban depositados en el pasado. El anciano que estaba más en relación con ellos, en quien se encontraban depositados los saberes y los conocimientos, era algo así como la memoria viva, era el que de alguna manera juzgaba las formas de vida. La vejez era un grado, la vejez era de alguna manera una cierta distinción honrosa, porque estaba ligada a la sabiduría, al conocimiento; es decir, el anciano sabía más que los otros por lo tanto era visto como alguien valioso, como alguien a conservar, como alguien, que era un tesoro para el grupo, porque ahí estaban los conocimientos que el grupo requería, necesitaba.

En la actualidad, la pérdida de valor de las personas mayores es un hecho central en las sociedades desarrolladas donde se han invertido los roles, y donde lo viejos son señalados como contrarios a lo innovador, a la creatividad, a la invención y al conocimiento que continuamente se reinventa, dejando como obsoleto y caduco lo que un día fue novedad. Hay que estar a la última, pero por poco tiempo, por que enseguida ésta se quedará vieja; y porque habrá algo más nuevo, más actual y simbólicamente más positivo.

De este modo, todo lo que de positivo tuvo en el pasado la vejez o la ancianidad como fuente y depósito del saber y el conocimiento, hoy día se ha invertido; es decir, se ha negativizado, puesto que el conocimiento se crea y se destruye en un movimiento continuo y no lineal, y puesto que el saber ya no es la prerrogativa del mayor, sino del experto, aquél que es capaz de relacionarse con la tecnología y siempre que ésta no quede obsoleta ante otra más novedosa.

Por esto, el término de viejo ya no tiene el carácter simbólico positivo que tuvo en el pasado, pues la novedad, es el becerro de oro que inspira nuestros deseos e impulsa nuestras relaciones. Antaño, los viejos simbolizaban la experiencia y la sabiduría, pero hoy ya no significan nada salvo su ligazón al mercado y al consumo, aspectos que si le devuelven el rol y la consideración social.

LA JUBILACION

En 1970, la jubilación se producía, generalmente, hacia los sesenta y cinco años, con lo que quedaba entonces una esperanza de vida de trece años por término medio. En la actualidad, la jubilación se inicia alrededor de los sesenta años, y a esta edad un hombre puede vivir una media de veinticinco años, habida cuenta de que el retroceso de la mortalidad se ha acelerado desde 1970.

Si en un principio la jubilación respondía a la necesidad de garantizar la subsistencia de quienes por razones de edad estaban incapacitados para trabajar adecuadamente, hoy en día esta idea carece de validez, dado que es cada vez más frecuente que las personas que se jubilan lleguen a la edad de jubilación en plenitud física y mental. Además, el índice de empleo de las generaciones de 55-64 años ha descendido desde la década de los setenta de modo significativo, por lo que el comienzo de la inactividad definitiva y la jubilación se desvinculan, hasta el punto de observar que los subsidios de desempleo o las prejubilaciones anticipadas se han convertido en una fase que conecta con la fecha oficial de jubilación.

Han sido los sistemas de jubilación quienes han contribuido al ordenamiento y jerarquización del ciclo de vida en tres etapas principales, con el trabajo como etapa central que define el contenido social de la vida adulta, y que está enmarcado por la juventud dedicada a la formación para el trabajo, y por la vejez, asociada a la inactividad.

De forma paradójica, al situar la productividad como valor central en la sociedad actual y la valía individual en función de la aportación realizada al producto social, nos encontramos con que la actividad laboral y productiva es el instrumento y rasero desde el que se mide el estatus social, el poder, la utilidad social, etc., pero a su vez, declaramos de forma arbitraria que se es viejo cuando se cesa en la actividad laboral al cumplir los sesenta y cinco años, constatando de este modo que la jubilación se traduce culturalmente por inactividad social y en correspondencia, un estatus social bajo con escasa capacidad de influencia social dada la consideración de inutilidad.

Un repaso a la historia social ilustra y permite comprender cómo las diferentes estructuras sociales han impuesto diferentes realidades a la población anciana. Así, la dicotomía trabajo/ocio basada en la edad es un aspecto que sólo aparece en las sociedades industriales (que se prolonga hasta nuestros días), no existiendo en las sociedades nómadas y agrícola-ganaderas, en las que los ancianos ocupan su tiempo en cuidar de los niños y de la transmisión simbólico-cultural, además de ejercer funciones de dirección y toma de decisiones respecto a la explotación y al grupo social hasta el momento de la muerte.

El adelanto de la edad de jubilación y el aumento de las expectativas de vida están haciendo de la vejez un período especialmente sustancial y largo, en el que el trabajo deja de ser el eje de la existencia, y el tiempo libre y las actividades de ocio se sitúan en un primer plano. No obstante, esta preponderancia del tiempo libre frente al tiempo de trabajo, no es, en modo alguno, algo natural en los mayores sino que es fruto de la imposición de la construcción social de la realidad histórica que vivimos.

El deterioro se inicia y desarrolla paulatinamente durante el envejecimiento, proceso que empieza con la jubilación y termina con la dependencia. Se trata, por tanto, de un fenómeno social, que tiene consecuencias negativas sobre las condiciones de vida de los mayores. En esta etapa de la vida los imperativos sociales dominan sobre la naturaleza de estas personas y así merman su buena predisposición natural a vivir en positivo. La sociedad, por tanto, acelera el envejecimiento y lo iguala con la vejez. La sociedad es la responsable de que el envejecimiento se convierta en un problema o, cuando menos, en un reto para los mayores. El punto de inflexión instituido por la sociedad –la jubilación- no coincide con el hito marcado por la naturaleza –la dependencia-. La jubilación acelera el deterioro psicofísico de las personas mayores y, de este modo, adelanta la llegada de la dependencia y de la vejez. Tendría que producirse una inversión de la situación actual del envejecimiento en la que la sociedad domina sobre la naturaleza. Las personas sólo deberían considerarse mayores, cuando sus condiciones naturales así lo dictasen, no cuando una persona cesa en el mundo laboral.

Si nos centramos en el envejecimiento biológico la persona que acaba de jubilarse, seguramente no evidencia signos de deterioro o un declive espectacular como se espera de alguien que ya es viejo. Parece claro por tanto, que nuestro medio sociocultural no favorece la aceptación de  esta nueva vejez que está constituyéndose, una vejez en la cual es posible encontrar las mismas o distintas motivaciones de actuación y de sentimientos como en cualquiera de los otros estadios de la vida. Es justamente en esta etapa de la vejez cuando por primera vez la persona se libera de muchas ataduras, bien de tipo profesional o familiar y cuando posee mucho tiempo para dedicarse a uno mismo, a sus aficiones y a sus seres queridos.

Nos encontramos ante una situación personal del nuevo jubilado, distinta respecto al de generaciones de jubilados anteriores; pues el nuevo jubilado se presenta en sociedad con un periodo más dilatado en expectativas de vida, con un nivel educativo y de formación superior y, por lo general, con un nivel de renta o de ahorro, dependiendo de la actividad profesional ejercida, también muy superior al de jubilados anteriores. Pero sobre todo, lo más importante, su actitud ante la nueva etapa como jubilado y las estrategias sociales y económicas que establece.

Con el aumento de la longevidad, el perfil medio de personas mayores actuales también ha cambiado respecto al pasado. Debido a los avances médicos, los mayores son hoy, no sólo un sector social cada vez más numeroso, sino también un colectivo en el que la incapacidad y la dependencia se ven relegadas a edades cada vez más avanzadas, pues la calidad de vida de las personas mayores ha mejorado, lo que trae consigo que cada vez haya más personas sanas durante más años, con más recursos económicos, más cultas, más vitales, más activas, y se espera que esta tendencia se acentúe incluso en las próximas décadas. No es extraño que cada vez sean más las personas interesadas en continuar aprendiendo, cuando son conscientes de los beneficios, en términos de tiempo libre, que conlleva pasar la última etapa de la vida fuera de las obligaciones del trabajo remunerado, con todas las condiciones para poder implicarse y disfrutar con nuevas actividades.

Son los nuevos jubilados los que establecen una clara distinción entre ellos y el resto de jubilados. La diferencia entre ellos y los demás radica en la necesidad y capacidad que tienen de seguir haciendo cosas para sentirse útiles. No se trata de seguir trabajando, sino de buscarse una serie de actividades que ayuden a que ellos se sientan realizados, o, lo que es lo mismo, que sientan que su tiempo libre es de utilidad, produzca algo. El objetivo de estas personas, una vez que se jubilan, es buscarse actividades nuevas donde tener asignado un rol para que la sociedad se dé cuenta que los mayores tienen cabida en la sociedad, que no son excluidos sociales ni personas dependientes.

La libertad que da la jubilación es otro aspecto destacado en el discurso de las personas que componen este colectivo, y es fundamental en la distinción entre el viejo y el nuevo jubilado. Antes, la jubilación era la ruptura con el trabajo, la ausencia del hombre de la esfera pública, lo que podía producir desestructuración en la vida de los mayores debido a los roles secundarios que les asignaba la sociedad. Esa libertad que, aparentemente, da la jubilación no era aprovechada por los mayores. Sin embargo, hoy, la libertad sí es aprovechada, ya que la jubilación no supone la salida de la esfera pública, sino todo lo contrario, se permanece en ella, aunque en otro espacio. Esto es así porque los mayores son diferentes, ahora están más preparados para esta situación, tienen recursos económicos, psicológicos y sociales para enfrentarse al proceso de jubilación, y encontrar nuevos roles y espacios sociales en un corto período de tiempo.

Es cierto que el cambio se ha producido en la percepción que tienen los jubilados de sí mismos, aunque este cambio también viene protagonizado por la sociedad, donde cada vez más, aumenta el número de personas que abandonan los estereotipos forjados acerca de la jubilación y de la actividad que desarrollan o pueden desarrollar los jubilados. Los jubilados actuales se distinguen de los jubilados de generaciones anteriores, por desarrollar un abanico de actividades sociales y personales que les proporciona autoestima y que combate la percepción negativa que la sociedad pudiera expresar de forma convencional.

Efectivamente, tras la jubilación se abre una nueva fase dentro del ciclo vital para la que no siempre estamos adecuadamente  preparados, pues la vejez es la edad de la vida en la que existe más variabilidad tanto del estado de salud como del estado psíquico, o de las relaciones sociales. La variabilidad en el estado de salud influye en cómo se vive la jubilación, porque puede, por una parte adelantar o retrasar el retiro laboral y, por otra, favorecer o limitar la realización de actividades y la cantidad de contactos sociales tras la jubilación. Así se han identificado como las variables sociales que más influyen en la jubilación, el apoyo social, percibido por parte de las personas relevantes (familia, amigos, compañeros, etc.), que conlleva una mejor adaptación a la jubilación. El estado civil que condiciona de forma significativa la vivencia de la jubilación y el nivel educativo y los ingresos económicos que se consideran también factores sociodemográficos importantes en el ajuste a la jubilación. Por lo general, cuanto más alto es el nivel educativo, mejor suele ser la adaptación a la jubilación ya que suele planificarse antes y mejor el paso a esta nueva situación. Ingresos inadecuados y problemas financieros se asocian con insatisfacción y mal ajuste; por el contrario, disponer de recursos económicos adecuados, junto con un apoyo social importante, un buen estado de salud, etc., predisponen a afrontar este proceso vital de modo satisfactorio. Muy unido al nivel de ingresos está la categoría y los factores laborales de la persona jubilada. La pérdida del rol de trabajador es más problemática para aquellos jubilados que estaban en puestos de poco prestigio, que para los que ocupaban puestos de reconocimiento personal y profesional. Estos últimos, una vez jubilados mantienen mayor contacto con grupos profesionales, se implican más en trabajos a tiempo parcial, etc., lo que hace aumentar sus niveles de satisfacción vital.

Hoy día se puede afirmar que las personas mayores manifiestan una actitud que ambiciona hacer de la vejez una senda de autosuperación personal y ascensión civil. El objetivo no es otro que dotar de significado y función social a esa nueva etapa ganada a la vida y restablecer el equilibrio entre aquel anciano sabio de antaño, y el viejo como un referente negativo del presente, hasta lograr ciudadanos visibles, con rol y estrategias de autoestima.

Es cierto que también se observa entre las personas mayores miedo y temor hacia la enfermedad y la dependencia, pero también vitalidad, optimismo, dignidad y ganas de vivir con intensidad hasta el último segundo. Los viejos de hoy han comenzado a hacer historia de la longevidad en masa, de ser una mayoría de población, creando escuela al viajar, estudiar, participar en redes de solidaridad y consumir.

Los mayores de hoy tienen mejor salud, mejor educación, más poder adquisitivo (sin que deje de haber un 30% de ancianos españoles en el umbral de la pobreza), y forman parte de las estrategias empresariales que buscan alcanzar mayores cuotas de mercado. Tienen la hipoteca pagada, los hijos fuera de casa y son muchos, cada vez más. Se han jubilado y disponen de toneladas de tiempo libre. Por eso se han convertido en unos nuevos reyes del consumo, y por eso las multinacionales se han arremangado para inventar productos y servicios dedicados a un sector de la población que habían olvidado.

Para los mayores, para los senior, el colectivo formado por quienes tienen más de cincuenta y cinco años (esa categoría de edad a la que nadie parece querer apuntarse), está el mercado. Un mercado que se preocupa y se ocupa de la demanda solvente de un colectivo que promete ser extraordinariamente rentable, sobre todo en el futuro, cuando se jubilen las próximas promociones más escolarizadas, sobreeducadas e hipertituladas.

Productos cosméticos, de alimentación y de ocio dirigidos al público mayor han proliferado, como en su día lo hicieron los pensados para el público joven (más de cuarenta mil mayores de edad acuden a universidades, y en Internet proliferan los portales y otras páginas web dedicadas a jubilados), y los servicios, básicamente el gasto en pequeñas compras y el turismo, son los productos favorecidos por este segmento del mercado, dotado de tiempo libre, buena salud y poder adquisitivo. Las empresas están tomando nota del fenómeno y hoy, un tercio de las ventas de la distribución de gran consumo se concentra en mayores de sesenta y cinco años según los paneles de consumo que manejan las multinacionales. En España, el programa de termalismo rescató un sector entero. Sabemos que los jubilados de hoy viajan en avión o en su propio coche y visitan países lejanos, consumen cada vez más, y constituyen un grupo que lleva años escalando puestos de importancia en los estudios de mercado.

En la actualidad, las personas mayores tienen muchas posibilidades de disfrutar de un ocio significativo y altruista, un paso más allá de aquella cultura del ocio planificado y promovido por instituciones y administraciones, que situado en el campo del ocio recreativo daba satisfacción al anhelo de vacaciones y descanso. A pesar de que la sociedad ejerce sobre los jubilados el nuevo mandato de disfrutar del tiempo libre que les quede de vida, las personas mayores encuentran la felicidad y el gozo en sus relaciones con los demás, en sentirse útiles y en servir a la sociedad.

Los mayores contribuyen activamente al sostenimiento de la sociedad. La rápida transformación de la familia española y su segmentación, con la incorporación de la mujer al mercado laboral en condiciones de igualdad, ha hecho de los viejos figuras imprescindibles en los hogares con el fin de que sus descendientes puedan conciliar el trabajo y los hijos. Abuelas y abuelos han adquirido un lugar fundamental en la crianza y socialización de los nietos al representar papeles de padres, amigos, maestros y acompañantes desde su más tierna edad hasta el final de sus días.

Pero también han adquirido conciencia cívica y se mueven mucho, realizan actividades en ONGs y se asocian para defender derechos o buscar soluciones. Los mayores de hoy no sólo orientan su actividad ociosa hacia planes formativos en proyectos universitarios, sino también hacia actividades de participación social de carácter altruista, que les proporciona un sentido de identidad y un sentimiento de utilidad social. La contribución activa y productiva de los mayores, se da tanto en trabajos remunerados como sin remunerar (el hogar, el cuidado de niños o de otros mayores), así como en labores de voluntariado (en colegios, comunidades, organizaciones públicas, museos y empresas privadas). De este modo les hemos reconocido en la familia como consejeros, recaderos, limpiadores, cuidadores; en los colegios participan en proyectos intergeneracionales; son activos en programas de acogida familiar, en asociaciones diversas y hasta asesoran empresas. Estas actividades mantienen y aumentan sus contactos sociales y su bienestar mental, a la vez que hacen que se sientan reconfortados por su contribución a la sociedad.

Las personas mayores han ido, lentamente, incorporándose a las modernas formas de consumos culturales extradomésticos: cine, teatro, lectura, visitas a exposiciones, participación en fiestas populares, actividad en ONGs, etc. todo lo cual ha estado acompañado de una notable mejora en los procesos de autocuidado y presentación pública de éstas/os, avalado por la flexibilidad de los mercados que han incorporado, de forma muy rentable, la oferta de productos y servicios para este amplio colectivo.

Para dar mayor énfasis a estos cambios y estas profundas transformaciones, sólo habrá que tener en cuenta el amplio y masivo volumen de personas mayores que demandan actualmente acceso a las nuevas tecnologías de la comunicación (Internet) sin perder de vista la importancia de la red de sujetos vinculados a los sistemas de teleasistencia y el amplio segmento de mayores que disponen de telefonía móvil y tarjeta de crédito.

Para quienes se han quedado solos, bien por soltería o viudedad, han surgido los programas intergeneracionales de vivienda compartida, que constituyen una experiencia muy positiva y enriquecedora para las dos generaciones. En estos programas, la persona mayor presta su casa a la más joven y a cambio recibe compañía y atención si lo necesita. El joven, por su parte, sabe que no se trata de una pensión sino de un hogar en toda su extensión. Aunque existen programas similares pero con denominaciones y matices diferentes, uno de los objetivos fundamentales que persiguen es, combatir la falsa idea de que la vejez es una etapa inactiva e improductiva de la vida y, a la vez, sensibilizar a los jóvenes respecto de la realidad de los mayores fomentando el crecimiento de la conciencia solidaria.

Todo esto no significa que las distintas generaciones de mayores hayan cambiado de hábitos, sino que dependiendo del capital cultural, la desigualdad de género en las actividades productivas, las condiciones de salud, la situación familiar o los estereotipos sociales; en definitiva de la experiencia vital, podamos encontrar grupos de personas mayores que ocupan su tiempo libre en los espacios sociales tradicionales promovidos por instituciones públicas y privadas. Pero si bien los modelos asistenciales y dinamizadores son necesarios para atender a las necesidades de las personas mayores, también se ha avanzado con modelos participativos que vinculan a instituciones, empresas y centros educativos en la aceptación social de la vejez. Este es el modo de dar valor a las personas mayores, aprovechando su conocimiento y experiencia, no para dirigir las entidades, pero sí para sacar el beneficio de su opinión.

Modelos asistenciales y modelos participativos desarrollan actividades en el contexto extradoméstico; es decir, en un contexto de carácter social y público, fuera del espacio privado y familiar, con amigos, conocidos o personas con las que pueden coincidir en ocasiones. De este modo, las actividades sociales les permiten alejarse del ámbito doméstico y familiar, donde en ocasiones han sido invisibilizados, explotados o agredidos. Ocupan el mundo social externo de una forma más asidua y variada con actividades de ocio, participativas e incluso formativas, si bien es cierto que existe una sustancial continuidad en el tipo de actividades que se realizan antes y después de la jubilación, de tal modo que más de dos tercios de las personas que se jubilan no inician actividades nuevas (culturales, artísticas, sociales, etc.) que no hubieran realizado antes.

Poca atención se presta al patrimonio de conocimientos, experiencia, habilidades y sabiduría que tienen las personas de edad para educar y formar a las jóvenes generaciones. Esa falta de atención equivale a la falta de apoyo en la adopción de políticas públicas para fomentar y favorecer la plena participación de las personas de edad en la sociedad. En este sentido, la organización y gestión de las instituciones deberán orientar sus recursos humanos hacia prácticas profesionales que faciliten y garanticen a las personas  mayores el acceso a los derechos de los cuales son titulares.

Un aspecto que dificulta la aplicación de diferentes programas para personas de edad es la relación predominantemente tutelar a la que muchos mayores están sometidos, sin apenas capacidad de iniciativa y de decisión. Esta sensación de falta de control y auto-determinación en sus vidas produce consecuencias enormemente negativas sobre la salud. Son varios los autores que han mostrado que aumentar la sensación de control incrementa sustancialmente el bienestar personal y la salud, influyendo positivamente incluso en el sistema inmunológico. Se ha visto que todo lo que sea proporcionar iniciativa, responsabilidad y capacidad de decisión fomenta el bienestar y la salud del anciano. Algunas experiencias realizadas en residencias de personas mayores han mostrado estas pautas.

El trabajo voluntario de las personas de edad es un modo singular y particularmente valioso de “envejecimiento activo”, puesto que su contribución es fruto de toda una vida de experiencia, sabiduría y calor humano al servicio de las demás generaciones. Al realizar el trabajo con libertad, por motivaciones exclusivamente intrínsecas y no materiales, se sienten satisfechos, útiles y adquieren tanto autoestima como reconocimiento social. El trabajo voluntario es una forma valiosa y productiva de que las personas de edad se mantengan comprometidas socialmente, utilicen sus conocimientos, conserven y desarrollen el sentimiento de servir para algo, de tener un valor innato, de respeto por sí mismos. Este compromiso y autovaloración provoca naturalmente más independencia, salud y bienestar para las personas de edad.

Mucho de lo que podemos hacer para asegurarnos una jubilación feliz implica adquirir madurez emocional, tomarse un tiempo para encontrar actividades que nos estimulen y nos hagan más tolerantes, profundos y complejos, y actividades en las que participen otros, y en las que en muchos casos, el único beneficio obvio sea para los demás.

BIBLIOGRAFÍA:

– GIRÓ, J. (coord.) (2004): Envejecimiento y Sociedad: una perspectiva pluridisciplinar. Logroño: Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones.

– GIRÓ, J. (coord.) (2005): Envejecimiento, salud y dependencia. Logroño: Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones.

– GIRÓ, J. (coord.) (2006): Envejecimiento activo. Envejecimiento en positivo. Logroño: Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones.

– GIRÓ, J. (coord.) (2007): Envejecimiento, autonomía y seguridad. Logroño: Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones.

– GIRÓ, J. (coord.) (2009): Envejecimiento, tiempo libre y gestión del ocio. Logroño: Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones.

– GIRÓ, J. (coord.) (2010): Envejecimiento, conocimiento y experiencia. Logroño: Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones.

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Un año después de que entregara los originales al Servicio de Publicaciones de la Universidad de La Rioja me encuentro con el volumen correspondiente. La verdad es que casi he olvidado el origen de estos trabajos y siempre me sorprendo al releerlos tiempo después porque su originalidad sigue marcando el devenir de nuestras vidas como si lo anunciaran. Los diferentes trabajos que se presentan en el libro “Envejecimiento, conocimiento y experiencia” tratan de ofrecer una visión interprofesional sobre el envejecimiento, la importancia del aprendizaje a lo largo de toda la vida, la adquisición de conocimientos y saberes dentro de una adecuada gestión del tiempo libre y de ocio y su relación con el bienestar emocional y físico. Además contribuyen al conocimiento de algunos de los paradigmas que sobre el envejecimiento se han promovido desde las ciencias sociales y de la salud, ofreciendo igualmente con el análisis de los datos publicados, una visión más próxima a la realidad de la vejez, potenciando y dotando de valor las experiencias vitales de las personas mayores.

Consideramos que los jubilados todavía pueden aportar mucho a la sociedad. El asociacionismo y el voluntariado se extienden entre quienes buscan un nuevo hueco en la sociedad. La nueva tendencia de participación social de las personas maduras es vincularse a una ONG, o a un colectivo solidario. En cualquier caso, nos encontramos ante una situación personal del nuevo jubilado, distinta respecto a la de generaciones de jubilados anteriores; pues el nuevo jubilado se presenta en sociedad con un periodo más dilatado en expectativas de vida, con un nivel educativo y de formación superior y, por lo general, con un nivel de renta o de ahorro, dependiendo de la actividad profesional ejercida, también muy superior al de jubilados anteriores. Pero sobre todo, lo más importante, su actitud ante la nueva etapa como jubilado y las estrategias sociales y económicas que establece (Giró).

Las personas mayores tienen muchas posibilidades de disfrutar un ocio significativo, pero en ocasiones carecen de las destrezas o habilidades necesarias. Lejos de la creencia estereotipada de que todos los mayores son iguales, las diferencias individuales no sólo no disminuyen a medida que envejecemos, si no que pueden incluso aumentar. Pero, además de las diferencias de partida entre las personas (motivadas por el género, la clase social, el entorno familiar, y tantos otros factores más), a lo largo de la vida nos afectan acontecimientos que nos hacen similares a otras personas, y otros que nos hacen diferentes y únicos (Villar y Celdrán).

Cuando llegamos a la vejez las personas, por una parte hemos experimentado acontecimientos históricos que nos acercan a las personas de nuestra generación, pero por otra también hemos tenido muchas décadas de vida para forjar una trayectoria vital única, para experimentar acontecimientos particulares que incrementan la variabilidad incluso dentro de la misma generación. No hay que olvidar que una gran mayoría de las personas que acuden a programas universitarios no pudieron estudiar porque en su juventud tuvieron que sobrevivir a una guerra que les impidió ir a escuelas y universidades. Para superar esta situación de carencia, en la actualidad son miles los mayores que estudian en España.

De este modo encontramos una diversidad de planteamientos y tendencias, que van tomando forma en las acciones que desde las Universidades se están  llevando a cabo para incorporar a su oferta los programas universitarios para mayores (Paniagua y Mota). La variedad de programas culturales y educativos dirigidos a las personas mayores es una exigencia acorde con un marco social democrático y pluralista como corresponde a una sociedad democrática. Se trata de la implantación de programas educativos socio-competentes que tratan de reactualizar los conocimientos con vistas a una mejor gestión de la vida personal y social de estas personas. Además, es preciso valorar, desde una perspectiva rigurosa, la forma en la que han recibido sus conocimientos, los han asimilado, los han puesto en práctica y los han transmitido, no como una mera repetición mimética de gestos, sino como un acervo propio y particular, enriquecidos con una impronta singular (Hernández). No se puede incurrir en el despilfarro social que supone el no aprovechamiento de los conocimientos y la experiencia de las personas mayores. Por tanto es fundamental la creación y, en su caso, promoción y difusión de proyectos encaminados a potenciar la formación permanente de las personas de mayor edad y, a no menospreciar e infravalorar, por considerarlos obsoletos, los conocimientos de los mayores, valorando y rentabilizando su experiencia, distinguiendo lo que ésta pueda tener de auténtica de lo que sea mera rutina.

Y es que la educación es un elemento esencial para la igualdad efectiva de oportunidades y, por consiguiente, es también un derecho de las personas mayores para un envejecimiento activo. Un ejemplo de los programas universitarios para mayores que aquí se tratan es el de la Universidad de la Experiencia en La Rioja, cuyo inicio en 2002, pese a ser liderado por el Colegio Oficial de Psicólogos de La Rioja y la entonces Unidad Predepartamental de Ciencias Sociales del Trabajo de la Universidad de La Rioja, no obtuvo el apoyo de dicha Universidad, sino de otras entidades educativas y sociales, comenzando su andadura con tal éxito que, tres años más tarde, el nuevo rector salido de las urnas pidió a sus gestores que el proyecto educativo continuara su andadura, ahora ya sí, en el espacio universitario. Un espacio de formación, participación, encuentro y convivencia entre adultos que comparten el interés por la cultura y la ciencia, y la voluntad de implicarse de forma activa en un proceso de aprendizaje (Navarro y Albéniz).

Ciertamente vivimos en la modernidad y en la era de la tecnología, donde la sabiduría del viejo es prescindible y denostada frente a la velocidad y el ímpetu de la juventud. Al eliminar la sabiduría como elemento de valor y significación en la sociedad de la modernidad, estamos desposeyendo de toda función social al viejo, otorgándole como tal un tiempo y un lugar específicos, al margen de la centralidad social del mercado. Lo dejamos suspendido en un tiempo en el que no encaja y que ya no le pertenece; apartándolo de la posibilidad de ocupar el papel de mediador (sabio) entre dos generaciones. Para romper con este proceso, el viejo debe hacer prevalecer los valores que la vejez ofrece y que son, sobre todo, la experiencia vital acumulada y la sabiduría que proporciona esa experiencia. Y es que si algo domina el viejo es el arte de vivir (Lorenzo).

Pero el mejor antídoto contra la vejez desvalorizada es, sin duda, la creatividad. Concebir y realizar proyectos personales implica una vivencia constructiva y de crecimiento con la que el viejo puede mirar hacia el futuro con entusiasmo, compromiso, serenidad, seguridad, bienestar y felicidad. Una actitud creativa, además de tonificar y reactivar el cuerpo, permite alimentar el espíritu favoreciendo la expresión de las capacidades, el enfoque de los gustos y la explosión de sentimientos gratos y vivos.

En esta línea, a un proceso dinámico que comprende la adaptación positiva en condiciones adversas, se le denomina resiliencia. Ante dificultades desfavorables, las personas no siempre desarrollan cuadros patológicos o sufren desadaptación; por el contrario, es notoria y sorprendente su capacidad de recuperación, lo que ha motivado el interés de los investigadores por buscar las  circunstancias y capacidades del ser humano que le llevan a recuperarse de los momentos difíciles de su vida (Manzano). Los conocimientos y experiencias que ha adquirido el geronte a lo largo de su ciclo vital, le permite afrontar de forma satisfactoria los avatares que la vida cotidiana le presenta, e interpretar y experimentar los acontecimientos de forma serena y juiciosa.

Tampoco olvidamos que para conseguir un envejecimiento satisfactorio, para alcanzar un buen grado de autonomía, hay que practicar una correcta alimentación, una adecuada actividad física, un buen entretenimiento, una fluida sociabilidad, un mejor conocimiento sobre la edad, sus patologías y sus cuidados y, desde luego, vivir con ilusiones (Guijarro). La actividad física ha de ajustarse a la capacidad del individuo y a sus preferencias. El entretenimiento se cimenta en los gustos de las personas y en la disponibilidad de tiempo libre lejos de utilitarismos y es deseable que sea participado, convirtiéndolo en un acto social.

Precisamente un acto social y relacional es el comer, pues no tiene como exclusiva finalidad el alimentarse, aunque esta sea la primordial. Para casi todas las personas mayores, los gustos y preferencias alimentarias contribuyen a alcanzar un suplemento de satisfacción nada desdeñable, y más cuando se han desvanecido otras formas de vida placentera, pero esta satisfacción es superior si se comparte el alimento en la mesa.

Aunque sin duda, si hay un entretenimiento por excelencia entre las personas mayores, es el que proporcionan los medios de comunicación. En este sentido, ante la segmentación de los públicos, resulta de interés fundamental conocer los hábitos y las actitudes de los mayores ante el consumo de medios, considerando la importancia que estos tienen en la organización y usos del tiempo, y en los procesos de socialización de la población mayor en España.

Dentro de un cierta orfandad de trabajos que abordan este asunto, lo cierto es que los medios de comunicación ocupan un lugar importante en la vida de las personas mayores –tanto por el tiempo de consumo, como por el interés que despiertan-, sobre todo una vez que se producen acontecimientos como la jubilación, la viudedad, la pérdida de movilidad, etc. (Sánchez y Bódalo). Desde una sociología del gusto, se llegan a conocer las preferencias sobre los medios, temáticas y tipos de programas, y para ello se analiza la evolución en los últimos veinte años de la audiencia en los distintos medios de comunicación entre la población mayor en España.

Sumamente novedosa es la utilización de un medio como el cinematográfico, para llevar a cabo un análisis de la vejez, etapa de la vida que se presta mejor a una interpretación ecológica en términos de eliminación de residuos, que a las nociones marxistas tradicionales (Moscoso). Sirviéndose de “El Cochecito”, la película de Marco Ferreri con guión de Rafael Azcona, esta investigadora parte de la tesis del desencaje funcionalista, precursora de una prolífica industria editorial destinada al “buen envejecer”, hasta procesar el detritus del sistema productivo que son los mayores, en forma de soluciones autobiográficas expresadas en términos de autorrealización. Con posterioridad, haciéndose eco de la afirmación foucaultiana de que donde hay poder hay resistencia, explora los conflictos intergeneracionales entre hijos adultos y padres mayores, a modo de búsqueda de soluciones biográficas a problemas estructurales.

Pero no siempre se ofrecen soluciones biográficas a todas las personas mayores, y por ello contamos con los Servicios Sociales públicos y privados, donde se ha insertado con gran fuerza por su participación, el llamado tercer sector. Cuando hablamos de Servicios Sociales para mayores desde el sector no lucrativo, nos referimos a la oferta que hacen todas aquellas entidades que no son públicas ni privadas mercantiles. Se trata de asociaciones y fundaciones con el claro objetivo de prestar servicios (Gutierrez Resa). Además, las nuevas tecnologías ofrecen posibilidades y esperanzas en el ámbito de las personas mayores. Queremos decir que, hay servicios virtuales, sustitutivos de los más tradicionales, que tienen que ver con la presencia humana y el acompañamiento. No obstante  hemos de recordar que la tecnología por sí misma no transfiere conocimiento, afecto, entendimiento-conocimiento. Razón por la que hemos de ser capaces de aunar, conocimiento, tecnología y humanidad para afrontar las necesidades y soluciones de nuestros mayores. Sólo así, nuestra sociedad podrá afrontar los retos y oportunidades planteados por el envejecimiento.

Por otra parte, los cambios sociales han generado un aumento de la conflictividad en las familias (conciliación vida familiar y trabajo; cargas domésticas y dependientes); en los profesionales del sector gerontológico (atención a la persona mayor, necesidades, recursos, gestión del estrés) y en los mayores (expectativas de servicios, relaciones intergeneracionales).  Además, todo ello ocasiona en la mayoría de las situaciones de vida cotidiana y laboral relaciones difíciles que amenazan la salud y la calidad de vida de mayores, profesionales y familias (Armadans). Para superar este tipo de conflictos latentes o manifiestos, se puso en marcha una experiencia en tres municipios de Cataluña, denominado proyecto “Grans Mediadors”. De los resultados de esta experiencia trata este último artículo, que muestra a las personas mayores demandando un papel más activo y una mayor participación en la sociedad para compensar las pérdidas sociales. Algunos se organizan productivamente en asociaciones y empresas (envejecimiento productivo) y otros mantienen un estilo de vida saludable (envejecimiento saludable o satisfactorio). En el deseo de todos se encuentra el tratar de poder vivir más años con mayor calidad, sin dependencia o minimizando sus efectos. Ese es igualmente nuestro deseo para quienes se encuentran disfrutando de este éxito social que es el alargamiento de la vida, y para quienes observan el crecimiento de las expectativas medias de vida de los españoles libres de enfermedad.

 

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El envejecimiento de la población es un indicador demográfico de la modernidad o posmodernidad de las sociedades, a la vez que un reto socio-sanitario por la impronta que el crecimiento de este sector de población constituye en las políticas económicas que, en general, no han sido proyectadas para una sociedad dominada por las personas mayores de sesenta y cinco años y en buena medida por viejos y dependientes.

El aumento constante de los grupos de edad más avanzada, tanto en cifras absolutas (7,6 millones actuales –el 16,7% de la población total y el 18,2% en La Rioja-), como relativas con respecto a la población en edad activa, tiene consecuencias directas en las relaciones dentro de la familia, la igualdad entre las generaciones, los estilos de vida y la solidaridad familiar, que es la base de la sociedad. El conjunto de estos factores no son sino dimensiones del cambio social que se ha producido en esta década y que tiene que ver con la caída de las tasas de natalidad, la disminución de la fecundidad, el aumento de la esperanza de vida, la tendencia a la privatización en materia de política social, la internacionalización del mercado de trabajo y la aceleración y crecimiento de los flujos migratorios. Además, se han observado numerosos cambios en el modelo de convivencia familiar a través del desarrollo de formas más diversas y complejas. Se tiende hacia modelos más reducidos con incremento en el número de hogares monoparentales y reducción de la convivencia intergeneracional (aumento de la movilidad entre los miembros familiares).

Y es a través de los cambios demográficos y sociales que nos explicamos la emergencia progresiva de la población en situación de dependencia (el 30,5% de las personas mayores de más de sesenta y cinco años poseen algún tipo de discapacidad, estando asociada a una dependencia el 21,6%; es decir, casi un cuarto de las personas de más de sesenta y cinco años son dependientes y necesitan la ayuda de una tercera persona para realizar las actividades de la vida diaria). Además, el aumento del número de personas mayores, así como el rápido incremento de los mayores de ochenta años, junto con los cambios en la vida laboral, la estructura familiar y los estilos de vida, está planteando nuevas exigencias a las familias y a los sistemas socio-sanitarios. Esta tendencia es común en todas las sociedades industriales avanzadas y ha conducido a la puesta en marcha de distintas soluciones en el campo de los servicios y de la política social.

Aunque la evolución de las políticas sociales no ha mantenido un desarrollo lineal y progresivo, hemos asistido a la crisis y reconstrucción del Estado de Bienestar el siglo pasado, lo que ha impactado en el desarrollo y diseño de estas políticas, de entre las que La Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia es su última expresión. La nueva Ley ha supuesto una profunda transformación de sus estructuras, un sustancial incremento de sus dispositivos, nuevas formas de intervención y, sobre todo, la responsabilidad de gestionar un nuevo escenario de derechos ciudadanos.

Pero la política social es una parte de la política pública, y cada vez resulta más evidente la necesidad de realizar un esfuerzo colectivo para adaptar los cambios demográficos, la estructura y organización de los servicios, así como las prestaciones ofrecidas. En lo que respecta a los servicios sociales (ese nuevo Sistema de Protección que nació en los años ochenta al impulso de la democratización de las Administraciones Locales y de la aparición de las Comunidades Autónomas), la provisión de cuidados a nivel público interactúa con las actividades privadas (comerciales) y con el cuidado familiar, alcanzando el nivel de cuidados mixtos, en los que se tiende a considerar el cuidado formal como adicional al cuidado informal proporcionado por la familia, amigos o vecinos.

El incremento de la población de edad avanzada y la mayor supervivencia de las personas con alguna discapacidad son un claro avance social que genera, al tiempo, nuevas necesidades y riesgos, tal y como ocurre en la actualidad donde son muy numerosos los que necesitan ayuda para las actividades básicas de la vida diaria (el cuidado personal, las actividades domésticas básicas, la movilidad esencial, reconocer personas y objetos, orientarse, entender y ejecutar órdenes o tareas sencillas). Para la edad avanzada, autonomía y actividad son dos objetivos que gozan de una valoración creciente. Tales objetivos deben perseguirse en las diversas funciones de la vida, de las cuales la movilidad es de obvia importancia. La misma depende, por supuesto, del estado de salud del individuo, pero también de las condiciones de los entornos físicos, tanto de uso colectivo como particulares; y sobre estas y otras cuestiones tratará en profundidad el IX Curso de Gerontología Social que organiza la Universidad de La Rioja del 15 al 19 de noviembre con la pretensión de abrir el conocimiento de este campo a estudiantes, profesionales y todos aquellos interesados en el proceso de envejecimiento y sus implicaciones sociales.

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El término género sirve para estructurar la diferencia entre femineidad y masculinidad como conceptos elaborados socioculturalmente, frente a los significados tradicionales del sexo (macho y hembra) otorgados a las diferencias de carácter biológico. Lo que se origina en la naturaleza lo denominamos por su sexo, mientras que lo originado en la sociedad lo denominamos género. Mediante el género identificamos las categorías, roles y diferencias culturales y sociales existentes entre hombres y mujeres, sostenidas y transmitidas por un sistema de carácter patriarcal que tradicionalmente ha santificado las relaciones de dominio y sumisión, pero también de exclusión y discriminación que han ejercido secularmente los hombres sobre las mujeres. El género es, por tanto, la construcción social o cultural basada en la diferencia biológica, que ha ido cambiando a lo largo del tiempo y el espacio.

La transformación de la masculinidad a la que estamos asistiendo en el nuevo milenio se debe a las conquistas de la revolución feminista y a los valores de la igualdad y la coeducación, que han acabado con los viejos roles de la mujer ama de casa abnegada y el hombre dominante que trabaja fuera de casa y alimenta la familia. El reconocimiento de la dignidad humana implica considerar que varones y mujeres nacemos como sujetos iguales en derechos y deberes, que podemos desarrollar las mismas capacidades y habilidades, realizar las mismas tareas productivas y participar paritariamente sin otras diferencias que las que provienen de nuestra individualidad.

Sin embargo, todavía muchos hombres no han logrado transformar y adaptar los roles tradicionales y siguen instalados en un machismo atávico que les impide aceptar las nuevas realidades de igualdad de género tanto en el ámbito público como en el doméstico, lo cual ha producido en muchos casos un aumento de los divorcios, cuando no de la violencia y la muerte. Y es que la violencia contra las mujeres no ha cesado en los últimos años pese a que la lucha por la igualdad ha tomado carta de naturaleza en la sociedad. En general, para los varones tampoco es fácil aceptar públicamente el conflicto y la ruptura si no son ellos quienes la han promovido. Frecuentemente no lo viven tanto como un conflicto individual cuanto como un conflicto social, de desacato a la obediencia que les era debida, y como una agresión contra su propia identidad e imagen social. De ahí que sea necesario que los hombres como colectivos asuman su responsabilidad en la existencia de las desigualdades y la violencia. Hacen falta referentes sociales que faciliten el cambio en los hombres hacia posiciones más favorables a la igualdad y la ruptura con el modelo tradicional masculino. Hace falta políticas de igualdad dirigidas a los hombres que nos permitan superar el machismo atávico porque de ese modo ganaremos en autoestima y desarrollo personal, nos reencontraremos con nuestras emociones, ganaremos en autonomía personal y funcional. Tendremos una sexualidad más completa y satisfactoria y ganaremos en salud. Descubriremos una nueva paternidad más cercana, responsable y solidaria. Disfrutaremos de mejores relaciones de pareja y, sobre todo, nos convertiremos en personas más justas y solidarias.

En esa tarea se incardinan las VII Jornadas sociológicas de la Universidad de La Rioja, que tendrán lugar en el Aula Magna los días 18, 20 y 21, así como la convocatoria de una Rueda de Hombres contra la violencia machista que tendrá lugar en la plaza del Ayuntamiento de Logroño el jueves 21 a las 19,30, bajo el lema “EL SILENCIO NOS HACE CÓMPLICES. VIVAMOS SIN VIOLENCIA”,  y que nos permitirá manifestar nuestra voluntad de acabar con la desigualdad y la violencia de género, fortaleciendo la visibilización de otra masculinidad.

 

 

 

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El pasado fin de semana fui invitado por la Federación Provincial de AFAs de Huelva  para dar una conferencia sobre la construcción social del mal de Alzheimer, sobre la identidad y reconocimiento de los pacientes  e igualmente sobre la construcción social del cuidado. La intención última de estas Jornadas era dar visibilidad a cuanto rodea esta enfermedad y pensé en trabajar el concepto de estigma según Erving Goffman. Aquí voy a dejar colgado un resumen de lo que envié para la revista de la Federación pero que dice mucho de cuanto expuse en la conferencia.

Si hay algo que caracterizó al siglo XX fue la exaltación de la juventud, pese a que acabó dando el relevo a un siglo XXI cuya característica principal es el envejecimiento mundial de la población. Sin embargo, este nuevo siglo deudor del pasado, ha heredado el mismo culto a la juventud, a la imagen del cuerpo juvenil, saludable, que hace del mismo un icono cultural hacia el que se dirigen todas las miradas. La imagen y su tratamiento identitario es el dispositivo a partir del cual se organizan, no sólo las relaciones sociales sino la autoestima. Así, buena parte de la población desea retardar u ocultar su envejecimiento mediante la cosmética, el deporte, la medicina o la nutrición. La cirugía cosmética contra el envejecimiento pretende conseguir personas sin edad, en un proceso de reforma continua en el que a veces se pierde ante el espejo incluso la propia identidad.

En esta dirección se buscan soluciones prácticas para cualquier tipo de problema asociado a la vejez, incluidas las enfermedades degenerativas, que si hasta ahora se ocultaban o se consideraban una cuestión familiar, hoy son ya un problema de los poderes públicos y las organizaciones sanitarias de los países desarrollados. Sin embargo esta preocupación social por las enfermedades mentales, no se han resuelto satisfactoriamente los procesos de construcción identitaria de las personas afectadas, manteniendo como en el pasado un estigma que en ocasiones alcanza a los familiares del enfermo.

Si definimos la presencia del estigma a través de tres dimensiones (estereotipos, prejuicios y discriminación) observamos cómo en nuestra sociedad, varias o todas estas dimensiones se encuentran presentes cuando se identifica a una persona como afectada por una enfermedad mental. El estigma, a lo largo de la historia, además de estas dimensiones ha estado ligado fundamentalmente a la discriminación y la exclusión, marcando negativamente al enfermo mental y a su entorno personal y familiar.

En el pasado, las enfermedades mentales han sido tomadas como manifestaciones de carácter mágico o religioso, incluso no identificándolas como enfermedades y atribuyéndoles ese carácter espiritual de posesión por otros espíritus que se manifestaban a través de la persona poseída, en realidad el enfermo mental, al que despersonalizaban, es decir, le arrebataban su identidad.

En la actualidad, el estigma que sufren las personas aquejadas de una enfermedad mental obra sobre ellos despersonalizándolos y aislándolos de su entorno, pues ya no reciben el  mismo trato. En general, las personas rechazamos aquello que por desconocido o por imprevisto tememos o nos produce incertidumbre. La ausencia de seguridad que mostramos por el modo de pensar, sentir y obrar de un enfermo mental, consigue la pérdida de relaciones y el aislamiento del mismo tras su inevitable estigmatización. Además, ante la vergüenza y la humillación del enfermo y sus familiares, provocamos que uno y otros adopten una posición de ocultamiento de la enfermedad o del enfermo, aislándolo y profundizando en el estigma con el que se le vincula y aumentando su sufrimiento. De este modo, la estrategia de ocultamiento utilizada a menudo por enfermos mentales o por su entorno familiar, no sólo no ha evitado el estigma sino que ha profundizado en el mismo.

Otras estrategias igualmente frecuentes suelen ser la negación del problema, la normalización del mismo a través de intentar ver a los otros como semejantes, y la evitación de aquellas circunstancias que llamarían la atención sobre las diferencias del enfermo y que provocarían la estigmatización del mismo.

Como las personas nos identificamos a través de la mirada de los otros, de los grupos a los que pertenecemos; también las personas con el mal de Alzheimer se identifican y sienten su identidad a través de los grupos con los que se relacionan o pertenecen, principalmente de su entorno familiar y social. Por esto, el retraimiento, el abandono o la pérdida de relaciones sociales, y la segregación y el aislamiento respecto a los grupos con los que habitualmente se relaciona una persona, hace que esta se perciba a si misma como distinta, como poseída por una marca o un estigma que le hace distinguirse de los demás marginándolo.

No todos los enfermos son capaces de buscar y encontrar ayuda en su entorno sociolaboral, ni de mantener su independencia y autonomía sin el concurso de especialistas, por lo que se resignan a aceptar de un modo u otro el apoyo de los miembros de su familia que de este modo reidentifican al pariente como paciente con el estigma de la enfermedad.

Es habitual que las personas diagnosticadas con el mal de Alzheimer o con cualquier otra enfermedad mental, perciban cómo su círculo de amistades o de relaciones afectivas tiende a reducirse. Entonces, si quieren continuar sus actividades laborales o de relación social en un plano de normalidad deben mentir u ocultar los aspectos relacionados con la enfermedad, porque en el caso contrario, el aislamiento y la soledad son un destino certero. Por supuesto que quieren tratarse y curarse, pero como eso no debería implicar dejar de ser como antes, de hacer lo que venían realizando hasta el momento del diagnóstico, buscan ayuda entre sus allegados, entre sus cercanos y familiares, para seguir independientes el mayor tiempo posible manteniendo el mismo tipo de vida que hasta ese momento se habían procurado.

En general se desconoce el origen de las enfermedades mentales, y cuando se allega cierto conocimiento, este está contaminado por historias y narraciones de todo tipo más próximas al mito que a la realidad. Se hace uso de categorías como las de normalidad, demencia o cordura que permiten explicar las conductas y el comportamiento de las personas y por extensión reconstruyen su identidad. En estos casos, el etiquetaje es el instrumento utilizado para la identificación de las personas con una enfermedad mental, despersonalizándola, pues dejan de ser sujetos con características propias de la normalidad y se convierten en sujetos aquejados de una patología.

Para los familiares, las conductas, los comportamientos, la pérdida de memoria, la necesidad de cuidado continuo, entre otros, son algunos de los atributos que vuelven diferentes y extrañas a las personas enfermas, que dejan de ser ellas mismas ya que ni siquiera logran autoidentificarse. Al enfermo se le reconoce porque deja de comunicar su realidad personal, sus necesidades, sus intereses; y deja de expresar sus sentimientos, sus afectos o sus gustos para ser sujetos identificados exclusivamente con la posesión de una enfermedad.

Una vez que la persona atraviesa el umbral de lo considerado como normal, deja de ser identificado por su vida o su personalidad para ser tratado como sujeto de una enfermedad despersonalizadora y deshumanizadora que le impide ser él mismo. Y es en este punto cuando el sujeto toma la forma de un cuerpo sin voluntad al que hay que conservar y cuidar. El punto en que deja de ser uno mismo para ser la persona que sus cuidadores deciden que sea; una persona que piensa y actúa por intermediación de sus cuidadores, de acuerdo a la interpretación que hacen estos de su identidad. Hay quien señala que esta forma de actuar de los cuidadores, de carácter despersonalizador para el paciente, puede llegar a considerar el enfermo como carente de las necesidades de las que podría disponer en una situación de normalidad, anulándolo y no dándole satisfacción a cuanto pudiera necesitar realmente. Esta actitud, además se ve reforzada por el discurso del propio colectivo médico que apoya la despersonalización del sujeto enfermo con su diagnóstico.

Algunos cuidadores proceden a tomar la parte por el todo; es decir, hacen extensiva la enfermedad mental al conjunto de la persona, inutilizándola como ser autónomo, independiente y con características propias. Es como si toda su identidad social fuera determinada por la parte significada en el diagnóstico médico. Toman la categoría médica como punto de partida para interactuar y explicar lo que sucede a la persona enferma, relegando la voz del paciente a su cuidado.

Esto ha ocurrido con la demencia senil, que como nuevo síndrome patológico es un invento reciente de la medicina con el fin de representar los desvaríos de la vejez. En este caso, las representaciones populares sobre la enfermedad y el enfermo son inicialmente contrarias al etiquetaje médico pues los desvaríos se encuentran dentro de lo considerado normal dentro de la vejez; y encuentran que es propio de los viejos chochear, desvariar, perder memoria, hacer cosas extrañas. Para los familiares, los aquejados con demencia tienen una enfermedad pero no entran en la categoría de enfermos, pues la salud de su cuerpo es la normal, la reconocida como normal dentro de las circunstancias personales.

Por esto se da una gran contradicción entre el diagnóstico del mal de Alzheimer y su interpretación a la hora de llevar acabo un tratamiento adecuado, de modo que una persona diagnosticada, aun considerando que es una enfermedad, no es realmente un enfermo. Curiosamente el diagnóstico médico viene precedido de indicadores subjetivos que proporcionan los familiares, como las conductas anormales o los trastornos del paciente, cuando el diagnóstico debería provenir exclusivamente de indicadores objetivos y científicos que demostraran la existencia del mal.

En la actualidad, sólo el diagnóstico médico del mal de Alzheimer ha permitido situaciones en las que los cuidadores ceden a esta categorización de enfermedad, determinando el modelo o la guía de comportamiento a utilizar en su relación con el familiar (sano hasta entonces y enfermo a continuación), aunque encuentran serias dificultades para seguir un tratamiento que vaya más allá del cuidado personal, afectivo o emocional del familiar.

Hoy día, como el avance en el conocimiento científico del mal de Alzheimer permite realizar diagnósticos preventivos, ya no se produce la muerte social del diagnosticado, ni se le oculta o se le encierra, sino que se respeta su identidad aplicando el afecto y el cariño de los suyos. Precisamente los familiares son quienes llevan el peso principal del cuidado, por lo que necesitan, más aún que el propio enfermo, de todo tipo de ayudas económicas, asistenciales y, desde luego, psicológicas. En España a causa del escaso desarrollo del Estado de Bienestar, han sido las Asociaciones de Familiares (la mayoría se han desarrollado extraordinariamente en los diez últimos años) quienes han asistido y cuidado a los diagnosticados con el mal de Alzheimer, y ha sido también en los últimos años cuando se puede apreciar una creciente sensibilidad ante la necesidad de atención que merece la familia como principal ámbito donde se proveen los cuidados.

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Este es el segundo libro de Gerontología Social que he coordinado y que se publcó en 2005. En él se recoge la información, el estudio y las reflexiones de diversos especialistas acerca del proceso de envejecimiento de la población. Aunque si quisiéramos ser más precisos, deberíamos hablar del fenómeno de rejuvenecimiento de la población española, pues a nadie se le escapa que los denominados mayores en el pasado reciente (mayores de cincuenta años), hoy día son considerados personas en la plenitud de la vida al trasladar la crisis vital a los ochenta y más años. El rejuvenecimiento de la población ha conllevado un periodo de actividad extra que no tiene carácter productivo y que se caracteriza por el desarrollo de ocupaciones de tiempo libre.  Sin embargo, este rejuvenecimiento de la población no hace sino trasladar los problemas de salud en el tiempo hacia las cohortes más longevas, las cuáles han desarrollado patologías que implican una dependencia extrasanitaria, como ocurre con las enfermedades cerebrales y de carácter cognitivo.

Ha sido pues el rápido proceso de envejecimiento de la estructura de población en los países desarrollados el desencadenante del interés por la gerontología social y no sólo por la geriatría (rama de la medicina que se interesa por los procesos degenerativos propios de la edad avanzada), pues el envejecimiento de la población no se refiere exclusivamente a un proceso biológico determinante de las condiciones de salud de las personas, sino a un proceso social por el que la sociedad se transforma de manera significativa, en virtud de su estructura y organización en torno a la edad como componente diferenciador de los estatus de las personas. En el desarrollo de este proceso de envejecimiento el grupo de personas de edad se incrementa (es decir, los mayores de sesenta y cinco años), aunque no de forma homogénea en todas las edades de la vejez (el crecimiento en los últimos tramos de edad biológica es menor aunque porcentualmente haya sido superior en estos últimos años el crecimiento de los mayores de ochenta años –la llamada cuarta edad-), ni tampoco en la relación entre los sexos (las mujeres han logrado una mayor longevidad que los varones), en detrimento de la población joven (por caída de la natalidad y los índices de fecundidad), dando lugar a lo que se denomina el envejecimiento demográfico.

Buena parte de estas reflexiones se expusieron y discutieron en el II curso de Gerontología Social celebrado en la Universidad de La Rioja durante el mes de noviembre de 2003, organizadas por profesores de la Unidad Predepartamental de Ciencias Sociales del Trabajo en colaboración con profesores de la Escuela Universitaria de Enfermería de La Rioja, gracias al apoyo financiero de la Universidad de La Rioja en su convocatoria de ayudas para la realización de actividades de extensión universitaria, mediante la cual se pudo invitar a especialistas y profesionales de otras áreas disciplinares.

Así pues y a lo largo de este libro, se tratan diferentes aspectos de un mismo proceso, el de envejecimiento, resaltando las relaciones con la salud y la dependencia (Giró), como cuestiones que pese no ser sinónimas están presentes en un gran número de personas que alcanzan edades avanzadas. La independencia personal es una expresión de calidad de vida; por ello, la dependencia supone en líneas generales la carencia de algo que se supone fundamental para el desarrollo de una vida plena.

Precisamente un componente de la calidad de vida, aunque para algunos la esencia de la misma, es el ocio y su disfrute. En este sentido se trata el envejecimiento desde una perspectiva sociocultural (Alcalde y Laspeñas), relacionándolo con el aumento del tiempo libre que, en general, infravaloramos y del que desconocemos su manera de empleo. Las autoras, además de constatarlo, incitan a la utilización voluntaria, satisfactoria y positiva del mismo, pues este tiempo de ocio es el que más significativamente, conlleva -repercute o incrementa- el bienestar y calidad de vida entre las personas mayores. Entienden por un buen envejecimiento, por un envejecimiento satisfactorio, aquel que entiende la salud, no únicamente como ausencia de enfermedad, sino desde una triple perspectiva: biológica (envejecimiento sano y pleno), psicológica (envejecimiento positivo y adaptado) y social (envejecimiento integrado, activo y participativo).

Las diferentes variables bio-psico-sociales que afectan al individuo desde que nace hasta que muere, y no sólo la edad, hacen que se produzcan cambios en las diferentes capacidades. Sin embargo, el peso de los mitos y prejuicios que acompañan al concepto de vejez aún es demasiado significativo y los propios mayores se ven en la obligación de corresponder y asumir el rol asignado, puesto que también participan de éstos estereotipos culturales (Hernando). La construcción social existente sobre la etapa de la vejez pone de manifiesto, en numerosas ocasiones, una perspectiva que niega, entre otras, la posibilidad de interés y actividad sexual en los hombres y mujeres mayores. Esta perspectiva construye y genera mitos y creencias erróneas, que no facilitan vivenciar saludable y placenteramente la sexualidad. Sin embargo, el desarrollo y expresión de la personalidad humana exige el abordaje de los aspectos afectivos y sexuales.

Es una obligación ética respetar el pasado de quienes hoy son mayores, y ofrecerles alternativas que les permitan vivir sus experiencias sexuales como consideren más oportuno, eligiendo, sin presionarles a cambiar unos esquemas por otros. Pero la sociedad también debe comprometerse a trabajar (educación, prevención, intervención…) por la creación y el mantenimiento de vínculos afectivos estables y seguros, puesto que éstos son fuente estructural del ser humano, sin importar la edad, el género o la condición.

El concepto de calidad de vida se popularizó a partir de los años sesenta convirtiéndose en un término utilizado en muy diversos ámbitos: la salud, la educación, la política, el mundo de los servicios en general y muy especialmente en la salud mental y física de los mayores. El cambio de costumbres y hábitos en las sociedades industrializadas hizo surgir la necesidad de medir esta realidad y planificar una actuación centrada en la persona así como la adopción de modelos de apoyo y técnicas de mejora, incluyendo la evaluación de las necesidades y sus niveles de satisfacción. En este contexto de salud y calidad de vida, las denominadas terapias creativas (Buades y Rodríguez), permiten aumentar la vitalidad de las personas mayores, al contribuir mediante el uso de terapias tales como la musicoterapia y la danzaterapia mejorar su estado de ánimo, aumentando la creatividad, relajándolas y recuperando su ilusión.

Toda clase de medidas terapéuticas y preventivas serán pocas, pues en la medida que la dinámica de envejecimiento poblacional persista, los sistemas de atención se verán sometidos a unas cargas asistenciales progresivamente mayores debido a que la población de más edad tiende a utilizar en mayor medida los servicios asistenciales. Esta mayor presión asistencial se ve favorecida  por otros factores (Iruzubieta), además del demográfico, como son los avances científicos que se traducen en la aplicación de nuevas y más sofisticadas tecnologías en el campo sanitario, el incremento del nivel socioeconómico de la población en general y los cambios que se han producido en la organización de los servicios socio-sanitarios que permiten a la población tener a su alcance mejores recursos tanto desde un punto de vista cualitativo como cuantitativo. En cualquier caso, los sistemas sanitarios están pensados para solucionar situaciones episódicas, agudas, las cuales no son las prevalentes en el caso de los ancianos que se ven afectados fundamentalmente por procesos de tipo crónico.

Dentro de este contexto, la educación sanitaria dirigida al anciano juega un papel decisivo. Los ancianos con problemas crónicos reciben la mayor parte de los cuidados del entorno familiar que van a depender de factores económicos, afectivos y estructurales, donde el cuidador principal aporta hasta el 90% de las horas de atención familiar. El género será una variable a tener muy en cuenta en estos cuidados, muy ligados al papel tradicional desempeñado por la mujer en el ámbito familiar. Asimismo, el conocimiento de los determinantes de la salud y las metodologías utilizadas en la educación sanitaria del anciano y de su entorno serán claves en la mejora del bienestar de esta población.

Pero si la educación sanitaria es una medida preventiva fundamental, no por ello la sanidad debe ver los problemas geriátricos como enfermedades únicas en las que es necesario saber de forma exacta el diagnóstico o las causas últimas; además, estas enfermedades pueden y deben ser tratadas, y sino curadas, por lo menos paliadas.

Las enfermedades en las personas mayores tienen unas características especiales que las diferencian de las patologías en personas más jóvenes. Las diferencias más importantes proceden de la aparición de patologías múltiples (Urraca). Es común en este grupo de población que las personas tengan varias enfermedades a la vez; por ejemplo, es frecuente que una persona diabética tenga asociados problemas circulatorios, insuficiencia cardiaca, insuficiencia respiratoria, etc. Estas situaciones hacen pensar al personal sanitario sobre qué síntoma es más urgente a la hora de comenzar el tratamiento, pero teniendo en cuenta que los fármacos para una dolencia pueden agravar o desencadenar la aparición de otra nueva.

Mientras las enfermedades que aparecen en las personas más jóvenes suelen ser agudas y autolimitadas, en el caso de las personas mayores las enfermedades tienen características diferentes como son la cronicidad y la asociación de varias enfermedades al mismo tiempo. Esta situación conlleva tratamientos más prolongados, incluso de por vida. Si a esto le añadimos la polimedicación, lo que nos encontramos es una persona de edad que debe tomar varias medicinas a lo largo del día durante toda su vida.

Las limitaciones en la salud de las personas mayores que en ocasiones conlleva la polimedicación como expectativa vital, no es comparable con el deterioro de la memoria y la inteligencia, auténticos factores claves del envejecimiento (Martínez). En este sentido se informa sobre el avance en el conocimiento de estos soportes mentales para el mantenimiento de la calidad de vida entre los mayores, que se complementa con la propuesta de algunos principios de actuación con el fin de lograr su estimulación en el marco de las aportaciones novedosas de la psicología cognitiva. Del mismo modo se establecen los rudimentos de técnicas de estimulación, así como algunas orientaciones profesionales.

El tratamiento no farmacológico para tratar el síndrome de demencia en general y en especial la enfermedad de Alzheimer, consiste en una serie de  técnicas muy diversas que persiguen diferentes objetivos, tales como mantener las funciones cognitivas que el paciente conserva, controlar las alteraciones de conducta de los pacientes, mantener las AVD básicas e instrumentales, proporcionar apoyo al cuidador disminuyendo el estrés a través de la información y formación, y mejorar la calidad de vida del paciente y de su entorno (Acinas). La intervención cognitiva se puede llevar a cabo a través de múltiples técnicas, tales como la orientación a la realidad, psicomotricidad, reminiscencia, musicoterapia, etc. La estimulación puede igualmente realizarse en el domicilio de la persona enferma para lo cual se necesita que el cuidador o el personal especializado estén formados.

Cuando los cuidados exceden el marco familiar, entonces hay que recurrir a los centros y servicios para mayores, los cuáles exigen unos principios básicos de planificación y diseño (Fernández), haciendo hincapié en la necesidad de conocer las características y demandas de los beneficiarios, la importancia de la correcta evaluación (del recurso y de la persona), y en especial a la adecuación a criterios de calidad del centro o servicio, así como el bienestar y la calidad de vida de la persona.

La falta de autonomía personal para satisfacer actos básicos de la vida diaria es un problema creciente tanto en las personas potenciales de riesgo, sus cuidadores familiares y las estructuras sociales y sanitarias que deberán cubrir esa carencia, proporcionando cuidados de forma continuada, con la sobrecarga que en todos estos niveles va a generarse, hasta convertirla sin duda en un desafío para el Sistema. La limitación física que caracteriza muy a menudo al anciano dependiente y merma o impide la capacidad de movilizarse de forma autónoma e incluso cambiar por sus propios medios de posición durante su estancia en la cama o en el sillón, perfil muy frecuente de un gran grupo de esta población, conlleva entre otras complicaciones posibles el desarrollo de úlceras por presión (Soldevilla), silente “epidemia viva aún en el siglo XXI”, considerada a menudo como un problema banal e imprevisible, aún cuando paradójicamente estamos en situación de poder evitarlas al menos en un 95 % de todos los casos.

Es así como con las diferentes aproximaciones a los aspectos sanitarios y de dependencia de la población mayor, siempre con la perspectiva de mejorar la calidad de vida de su existencia, cerramos este libro que esperamos sirva al desarrollo del conocimiento que demanda una buena parte de la sociedad, especialmente quienes de una forma voluntaria o profesional se encuentran más cerca de la población mayor.

ENVEJECIMIENTO2

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Este es el tercer libro de Gerontología que publicó la UR en 2006. Ha sido un libro de éxito pues se ha vendido a primeros de este año toda la edición y he autorizado para que se pueda descargar todo el sumario desde Dialnet: http://dialnet.es/servlet/libro?codigo=343628

Cuando a finales del mes de mayo de 2005 decidimos celebrar un nuevo curso de Gerontología Social entre los profesores de la hoy extinta Unidad Predepartamental de Ciencias Sociales del Trabajo de la Universidad de La Rioja, en colaboración con profesores de la escuela Universitaria de Enfermería de La Rioja, pensamos que entre las necesidades de carácter teórico que debíamos abordar, se encontraban aquellas que dieran respuestas válidas a la pregunta de cómo preparar y prepararnos para la jubilación.

Gracias al apoyo financiero de la Universidad de La Rioja en su convocatoria de ayudas para la realización de actividades de extensión universitaria, se pudo invitar a especialistas y profesionales de otras áreas disciplinares con los que ofrecer una visión interprofesional sobre la jubilación y la preparación para la vejez, señalando de modo particular los aspectos positivos de la misma, teniendo en cuenta las dimensiones socioculturales, psicológicas, económicas y medioambientales en que se inscribe el proceso de envejecimiento en España.

Debía ser una visión sobre los recursos internos y externos con que cuentan las personas mayores para enfrentar su vida de forma plena. Los cuidados físicos, los recursos sociosanitarios, el desarrollo de actitudes positivas hacia sí mismos y hacia su entorno, los posibles cambios sociales orientados a mejorar la calidad de vida de los mayores en nuestra sociedad, etc. Por añadidura llevamos a cabo una serie de talleres prácticos mediante los cuáles abordamos estrategias metodológicas que permitieran la adquisición de habilidades necesarias para un envejecimiento activo.

De este modo, y a lo largo de este libro, hemos tratado de ofertar diversas y complementarias visiones teórico-prácticas acerca de lo que entendemos como un envejecimiento activo o un envejecimiento en positivo. El envejecimiento activo debe considerarse un objetivo primordial tanto de la sociedad como de los responsables políticos (Giró), intentando mejorar la autonomía, la salud y la productividad de los mayores mediante políticas activas que proporcionen su apoyo en las áreas de sanidad, economía, trabajo, educación, justicia, vivienda, transporte, respaldando su participación en el proceso político y en otros aspectos de la vida comunitaria. De este modo, cuando la salud, el mercado de trabajo, el empleo y las políticas educativas y sanitarias apoyen el envejecimiento activo, posiblemente habrá menos muertes prematuras en las etapas más productivas de la vida. Menos discapacidades relacionadas con enfermedades crónicas en la ancianidad. Más personas que disfruten de una calidad de vida positiva a medida que vayan envejeciendo.

Precisamente un componente de la calidad de vida, aunque para algunos la esencia de la misma, es la educación (Bermejo). Bajo la premisa de que las personas podemos mejorar constantemente, que podemos aprender continuamente, la educación se convierte en una realidad para todas las personas. El concepto de educarse en la vejez busca dar a todas las personas, independiente de su edad, una oportunidad formativa que le permita optimizar sus capacidades, favorecedoras éstas de su desarrollo individual y social.

Ahora bien, cuando hablamos de vejez, partimos de un situación desigual en función del género (Pérez), no sólo por las expectativas de vida, que son mayores entre las mujeres que entre los hombres, si no por cuestiones como el trabajo y las actividades domésticas, las relaciones familiares o de amistad, el cuidado de las personas dependientes, etc. El motivo es que las identidades de género, edificadas en edades más tempranas de la vida, no se alteran de manera notable en la vejez. Esas identidades reciben el refuerzo de normas sociales que establecen expectativas de comportamiento diferentes para unas y otros en esta etapa postrera de la vida.

Pero si el género es determinante a la hora de enfrentar socialmente el proceso de envejecimiento, no son menos los mecanismos biológicos responsables del envejecimiento, como demuestra la existencia de más de trescientas teorías a lo largo de la historia. Un modo de aproximarnos a este conjunto de teorías sobre el fenómeno del envejecimiento es clasificarlas en dos grandes grupos: deterministas y ambientales (Hernando). Las primeras englobarían aquellos fenómenos que se describen mediante un número determinado de variables concretas y conocidas, que se desarrollan  de la misma manera en cada reproducción del fenómeno estudiado. Son innatas, están programadas en el genoma del individuo. Las segundas se fundamentan en la acumulación casual de sucesos nocivos, debido a la exposición de factores exógenos adversos y, por otra parte, fenómenos que implican una serie de variables aleatorias que hacen que este fenómeno sea producto del azar y se tenga que recurrir a cálculos de probabilidades para ser estudiado.

El cambio de concepción sobre el envejecimiento se produce de una forma muy rápida en la sociedad actual, pues se van abandonando patrones culturales idealistas, previos a la sociedad del bienestar, formados a lo largo de la historia en torno a principios inmutables, sociales, familiares, religiosos, etc. La construcción del pensamiento positivo en oposición al heredado de carácter negativo (Martínez) es una respuesta clásica, producto de la civilización y de la afirmación del individuo en el mundo, libre de complejos y de ataduras, cuyo origen está en la Ilustración, y que no es sino la negación de la falsificación permanente que la sociedad impone cada día a través de sus más poderosas armas de anulación de la capacidad crítica del individuo y de su entorno social. Por eso, Martínez parte de conceptos como necesariedad, vida vivida, obligatoriedad (pensar de otra manera), elección (no una, sino varias alternativas), etc., para construir el pensamiento positivo.

El pensamiento positivo es una herramienta valiosa para afrontar la vida, incrementar el deseo de ser activo, actuar con entusiasmo y aumentar el grado de optimismo de cara a realizar el objetivo fundamental, que es conseguir y disfrutar de la felicidad. Una felicidad, que en todos los casos va a depender de nuestra manera de vivir, y de nuestra manera de relacionarnos con los demás, es decir, del tipo de relaciones sociales y personales que mantengamos a lo largo de nuestra vida.

Igualmente nos debe importar que el largo periodo temporal que va desde la jubilación hasta la muerte sea un periodo activo, de ocupación activa del tiempo. Y es que la revalorización del ocio cobra en la vejez una gran importancia; es la época de la vida en la que uno puede y debe dedicar más tiempo a sus ocupaciones favoritas y a sus hobbies. Normalmente, cuando las personas mayores logran organizar su tiempo libre con actividades que les agradan, se adaptan mejor al envejecimiento y se sienten más seguras de sí mismas; perciben la vida como un todo, con calidad, aceptando sus propias modificaciones a lo largo de ella (Morales y Bravo). Con estos objetivos trabajan los terapeutas ocupacionales, pues entienden que la ocupación es fundamental para la adaptación humana y, por tanto, su ausencia o interrupción (independientemente de cualquier otro problema médico o social) es una amenaza para dicha adaptación. Por otro lado, cuando la enfermedad, el trauma o las condiciones sociales han afectado a la salud biológica o psicológica de una persona, la ocupación es un medio efectivo para reorganizar el comportamiento.

Del mismo talante se muestra la musicoterapia, que entendida como la utilización de música y sonidos con fines terapéuticos, contempla y favorece el desarrollo integral de la persona, y se encamina hacia la salud en términos de un completo equilibrio o bienestar: físico, mental, social e incluso espiritual (Camacho). La musicoterapia actúa sobre las personas mayores mejorando su estado físico y psíquico, ejercitando su memoria a corto y largo plazo, combatiendo problemas emocionales, ofreciéndoles una alternativa de recreo y distracción, motivándoles a vivir y compartir sus experiencias con otras personas, preservando su contacto con la realidad, y ayudándoles a prevenir un buen número de trastornos.

Con el objetivo de favorecer la disposición de los sujetos ante la escucha de la música, ayudarlos a escuchar y así facilitar que aprendan, el educador debe utilizar todas las formas posibles de comunicación (lenguajes) que sea capaz de establecer. Puede servir tanto el lenguaje verbal como el no verbal (corporal y plástico) con diferentes variantes: el gesto, la mímica, el movimiento corporal, las indicaciones realizadas con distintos objetos sonoros, con distintos sonidos cantados, el lenguaje plástico con la utilización de imágenes o de otras grafías no convencionales (De Moya).  Del mismo modo, el juego musical puede conseguir que las personas mayores  disfruten y obtengan alegría y satisfacción personal, pero, además, a través del juego, los mayores aplican sus experiencias, vivencias y conocimientos, ejercitando sus posibilidades motrices en diversas situaciones (cantar, moverse, tocar); potenciando su mundo afectivo y ampliando sus relaciones sociales. Todo esto contribuye a aumentar la confianza en sí mismos, en sus creaciones y elaboraciones personales, a elevar su autoestima, a aumentar su bienestar personal y a encarar esta etapa vital con espíritu alegre y positivo.

La soledad y la carencia de apoyos sociales impiden satisfacer plenamente los anhelos de felicidad y bienestar. Es preciso, por tanto, que nos impliquemos en la relación con los demás, expresando nuestros propios sentimientos, demostrando interés por la vida de quienes nos rodean, implicándonos, participando, ofreciendo y pidiendo ayuda. Precisamente una de las formas de atención personal para la prestación de cuidados es la atención domiciliaria, que se constituye como un medio idóneo para detectar las necesidades del anciano o del enfermo en todos sus aspectos, valorando el entorno y evaluando posibles deficiencias (Iruzubieta). Además, la aplicación de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en la atención social y sanitaria de la población en general, y de los ancianos en particular, ha permitido mejorar los procesos asistenciales, los procedimientos de información y comunicación, dinamizando los lentos y complejos procesos burocráticos y organizativos de los sistemas sanitarios. Los aspectos positivos han sido evidentes, con la reducción de las barreras de acceso a los servicios socio-sanitarios, con un mayor grado de autonomía para los pacientes y, en última instancia, el logro de una clara mejoría en la calidad asistencial de los ancianos, tanto en la vertiente social como en la sanitaria.

No obstante las bondades de la atención domiciliaria del paciente, tampoco se puede dejar de lado la atención en institución, sobre todo en el caso de enfermos en situación terminal. Para ellos están los Cuidados Paliativos, que comprenden la asistencia global y activa de los pacientes cuya enfermedad ya no responde a un tratamiento curativo (Astudillo, Mendicueta y Orbegozo). Sobre los factores a favor y en contra de una u otra modalidad de asistencia y cuidado de enfermos terminales hay que reflexionar, pues lo que nos tiene que importar es que cualquiera que sea el lugar donde la muerte acontezca, nuestro deber es estar preparados para ayudar a que sea apacible, sin sufrimiento y en compañía de sus seres queridos.

De este modo concluimos las diferentes aproximaciones a la cuestión de un envejecimiento activo, un envejecimiento en positivo, que nos ayude a encarar el periodo que va de la jubilación hasta el fin de nuestra existencia, con el objetivo de mejorar la calidad de vida y el disfrute de las oportunidades que sea abren para aumentar la felicidad.

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