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Archive for the ‘Atlas etnografico’ Category

El Centro de Investigación y Animación etnográfica (CIAEt), fue un invento del señor L.V. Elias, por entonces etnógrafo o antropólogo, conservador de las esencias riojanas, da igual; el caso es que ya he comentado con anterioridad en otro post de mi pertenencia como Secretario a dicho centro o asociación sin fin de lucro (al menos nominalmente) llamado CIAEt desde el que se pretendía recabar apoyos financieros con los que sacar adelante actividades de carácter tanto antropológico como sociológico. Ya en junio de 1986 se habían celebrado unas “Jornadas de etnografía” en la que me tocó exponer una ponencia sobre las “Relaciones entre la etnografía y los órganos políticos de decisión”, y en la que recibía contestación del entonces Consejero de Cultura del Gobierno de La Rioja, D. Jose Ignacio Pérez. En mayo de 1988 se organizó otra reunión científica con la propuesta de “Jornadas sobre molinos: cultura y tecnología”, cuyo presidente de honor fue el Consejero de Cultura de Cantabria y catedrático de Historia del Derecho, D. Rogelio Pérez Bustamante. Con tal ocasión presenté la comunicación “Un molino fábrica de yeso”, que describía las vicisitudes por las que había pasado un molino desde su apreciación en el Catastro de la Ensenada hasta su actualidad desprovista de actividad. Las comunicaciones durante estas Jornadas fueron publicadas[1] gracias al patrocinio económico del Instituto de Conservación y Restauración de Bienes Culturales. En 1989 se trató en otras Jornadas el tema de “Los centros de Etnología dependientes de las Administraciones Públicas”, al que acudieron Joaquín Díaz (Valladolid), Fermín Leizaola (San Sebastián), Severino Pallaruelo (Huesca), Fernando Gomarín (Santander), Antonio Gomez Sal (León), Pedro García Martín (Madrid), etc. En 1990 se celebraron las “Jornadas sobre cultura pastoril”, con el fin de dar salida a algunos de los materiales del estudio plurianual sobre “Migraciones pastoriles en España” que algunos de los socios del CIAEt estábamos realizando desde 1989. En esas jornadas presenté como comunicación “La organización ganadera en la zona oriental de la montaña de León”, y que fue publicada[2] en 1991, también gracias al patrocinio del Instituto de Conservación y Restauración de Bienes Culturales del Ministerio de Cultura. Precisamente este organismo fue el que encargó el estudio plurianual sobre “Migraciones pastoriles en España” al equipo del CIAEt, determinando el año 1989 para el estudio de la trashumancia, el año 1990 para la trasterminancia del ganado lanar, y el año 1991 para el ganado vacuno y las reses bravas. Este último año no se realizó el trabajo de campo porque el contrato se rescindió por causas económicas. De ese trabajo de campo, yo me encargué de la zona leonesa, quizás una de las de mayor implantación del ganado trashumante, y aunque no se llegó a publicar nada de los materiales reunidos, aún conservo los ejemplares[3] mecanografiados correspondientes a “La trashumancia en León (1989)” y “La ganadería trasterminante en León (1990)”, así como cientos de fichas donde recogía la estructura de la propiedad ganadera y de los pastos. También había comenzado a recabar datos de los archivos parroquiales, Renfe, etc., pero todo esto ha quedado como un testigo mudo en las cajas de archivo. En cuanto al “Estudio etnológico sobre cultura pastoril”, merced a la información que me cedieron los compañeros que habían hecho trabajo de campo en otras zonas pastoriles de España (Palencia, Burgos, Soria, La Rioja, Zamora, Segovia, Cuenca, Guadalajara y Teruel), lo redacté en un trimestre y del que también conservo una fotocopia del ejemplar que hice llegar al coordinador del estudio (Elias Pastor), pero que no ha visto la luz en forma de edición, por lo que sospecho que también descansa en alguna caja de archivo. Esta sensación de haber trabajado para nada (salvo el conocimiento que adquirí de una zona tan bella como es la zona de montaña leonesa, donde además establecí algunas amistades), me llevó a salir del CIAEt (total para lo que pintaba), y desde luego a olvidarme de contar ovejas por siempre jamás.

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[1] ISBN: 84-404-4553-9

[2] ISBN: 84-404-8623-5

[3] Trashumancia (67 páginas); trasterminancia (25 páginas); estudio etnológico (257 páginas)

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No se si a través del conocimiento del fenómeno juvenil o a la necesidad de un sociólogo experimentado, el caso es que aquel año de 1989 fui contratado por el Ministerio de Asuntos Sociales, a través del Instituto de la Juventud, para el denominado: “Proyecto Petra-Rioja (Programa europeo de transición al mercado laboral)”, como director de las áreas de Estudios Socioeconómicos y de Descripción Etnográfica. A mi cargo una serie de jóvenes titulados desempleados de la localidad de Grañón (último pueblo riojano del Camino de Santiago) con los que debería llevar a cabo un proceso doble de enseñanza e investigación. Del resultado amplio del equipo (cinco directores y un coordinador -L.V.Elías-, mas 25 jóvenes desempleados) se derivan seis volúmenes que reflejan parte del trabajo realizado, ya que algunas medidas como la creación de un centro de documentación del Camino de Santiago, o la actuación en el Archivo Municipal (limpieza, inventariado, clasificación y ordenamiento), o en el retablo de la ermita de Carrasquedo (limpieza y consolidación), etc., necesariamente exceden de la consideración del material escrito. De aquél trabajo sólo se publicaron[1] en 1991 parte de los volúmenes cuatro y seis, con el título “Grañón: estudio etnográfico”, que recoge el trabajo de campo realizado por el equipo que tuve a mi cargo, de acuerdo al conjunto de encuestas etnográficas que se confeccionaron al modo de las llevadas en el País Vasco por el antropólogo D. Miguel de Barandiaran. Lástima que no se hayan publicado aquellos modelos de encuesta que nos sirvieron entonces, pero que también tuvieron la consistencia para organizar una gran encuesta etnográfica que sirviera para la realización de un Atlas riojano como ya se estaba realizando en Navarra o en el País Vasco. Estas y otras frustraciones de trabajo etnográfico me inclinaron cada vez más a abandonar la antropología en favor de la sociología, que a la postre siempre me dio de comer y me procuró relaciones de amistad y trabajo más sinceras, productivas y eficaces que las del periodo iniciático en la etnografía riojana.

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[1] ISBN: 84-404-8970-6 (183 páginas).

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En el post anterior al hablar del conjunto de actividades a que había dado lugar el trabajo de campo realizado entre 1984 y 1985, podía entenderse que este conjunto constituía una línea de investigación que culminaba con su divulgación.  Es en este sentido que hoy quiero hablar de otro proyecto que comenzó en 1983 cuando presenté al IV Congreso Nacional de Artes y Costumbres Populares, celebrado en Zaragoza del 21-24 abril, una comunicación titulada “Juegos infantiles en la Sierra de Cameros (La Rioja)”, publicada[1] en 1988 por el Instituto Fernando el Católico de la Diputación de Zaragoza, y que en realidad es una comunicación de cuarenta páginas sobre metodología para la recogida de juegos infantiles.

Ya en 1989 había desarrollado un seminario sobre “Juegos y Diversiones en La Rioja”, en el Centro Riojano de Madrid, pero no sería hasta el verano de 1991 cuando fui invitado a dar la conferencia “El juego: tradición y cultura” en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander, dentro del curso sobre “Deportes autóctonos y cultura popular” dirigido por Fernando Gomarín Guirado[2]. Por cierto, la única vez que recibí más dinero del habitual y encima me lo pasé muy bien. Gracias Fernando. Coincidí en aquel curso de verano con el poeta José Hierro, y la estrella invitada por su savoir faire con Lech Walesa, el general polaco Jaruzelski.

Precisamente el año anterior, en 1990, habían publicado[3] en Zaragoza, dentro de la Colección Boira, el ejemplar nº3 titulado “Juegos infantiles de La Rioja”, que no es sino una pequeña selección de juegos tradicionales de los que ya por entonces poseía una gran colección conseguida a través de medios diferentes: a través de la participación de profesores y centros escolares, a través de la observación de calles y plazas, y a través de entrevistas con personas de edad. De este modo mi colección de juegos era tan amplia como amplios eran los lugares, las épocas y los informantes, si entendemos que los juegos son distintos según las edades, los sexos, las generaciones, los tiempos y los espacios.

En 1993 aproveché un concurso de la Dirección de Deportes del Gobierno riojano sobre deportes y juegos autóctonos de La Rioja, para presentar ochenta páginas con el título “¡Vamos a jugar!”, donde incidía en algunas cuestiones de tipo conceptual y metodológico sobre los juegos y los deportes, y donde mostraba parte de esa amplia colección de juegos.    Desgraciadamente, el responsable de deportes no entendió que en La Rioja la expresión de deporte autóctono se ha perdido, pero que aún se puede salvar la de juegos tradicionales siempre que se ofrezcan unos referentes significativos desde los que manifestar su verdadera autoctonía, por lo que desestimó el trabajo presentado. Entonces aprendí que a la burocracia no hay que darle razones sino ungüento y vacuidad.

En septiembre de 1997, en la VI Conferencia de Sociología de la Educación organizada por la Universidad de Zaragoza celebrada en Jaca, presenté la comunicación “Juegos tradicionales y educación”; posteriormente, en 1998, se editó el primer volumen de la Revista Contextos Educativos de la Universidad de La Rioja, y en ella se publicó[4] el artículo “El uso de juegos tradicionales en el proceso educativo y su desvirtuación en la praxis pedagógica”, en el que incido sobre el uso de este tipo de juegos en las programaciones del magisterio como medio de promoción educativa, como instrumento de participación escolar y como técnicas de aprendizaje y desarrollo, pero que en esencia, este interés pedagógico, este afán, estas metas, son opuestas a los intereses y objetivos del juego tradicional.

El juego tradicional necesita de muy poca tecnología y sobre todo necesita de espacio y comunicación. Es decir, de todo lo contrario que anima el juego y los juguetes de hoy día.

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[1] Ed. Institución Fernando el Católico. ISBN: 84-00-06781-9 (Obra completa)

[2] Por entonces director del Aula de Cultura del Instituto de Etnografía y Folklore “Hoyos Sáinz”, y de siempre el mejor folklorista y etnógrafo que ha parido Cantabria.

[3] Ed. Ibercaja. Colección Boira nº 3, 103 páginas. ISBN: 84-87007-16-3

[4] ISSN: 1575-023X

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Bajo las aguas era el nombre que había pensado darle a la edición de los materiales provenientes del trabajo de campo realizado en unas poblaciones condenadas a desaparecer, efectivamente bajo las aguas. En el otoño de 1984 las Consejerías de Cultura y de Ordenación del Territorio y Medio Ambiente firmaron un protocolo para la financiación de un “Estudio etnográfico de las aldeas de San Andrés y Pajares”

Producto de aquel trabajo de campo fue el estudio total de una comunidad, al modo antropológico, del que salieron tres ejemplares mecanografiados (de los que no he conservado ninguna copia). En 1986 se presentaron al Premio Nacional de Investigación “Marqués de Lozoya” que convoca la Dirección General de Cooperación Cultural, y que ganó finalmente la profesora María Cátedra Tomás con su trabajo “La muerte y otros mundos”. Con posterioridad, entre 1998-1990 realicé estudios de Doctorado en la Complutense en el programa “Corrientes metodológicas y áreas de investigación en la Antropología Social”, consiguiendo la suficiencia investigadora en 1990 gracias a la tesina elaborada con materiales conseguidos en aquel trabajo de campo de 1985-86. Finalmente, en 1990, la Consejería de Educación, Cultura y Deportes del Gobierno de La Rioja, me encargó la dirección y coordinación de una “Exposición etnográfica sobre las aldeas del pantano de Pajares”, es decir, una exposición amplia sobre la vida comunitaria de estas aldeas que se exhibiría durante un mes en el Ayuntamiento de Logroño y que posteriormente se depositaría en un ecomuseo creado ad-hoc en la parte alta del nuevo San Andrés. La exposición reflejaba el medio físico, la arquitectura y el desarrollo urbano mediante grandes planos y fotografías; la vida doméstica (cocina y dormitorio) y las actividades laborales (agricultura, ganadería y artesanías), mediante escenarios donde se organizaban los diferentes objetos, textos y fotografías; el ciclo vital (nacimiento, pubertad, adolescencia, noviazgo, boda y fallecimiento) y el ciclo festivo a través de objetos y paneles, así como una gran composición del árbol genealógico de todos los habitantes de las dos comunidades, donde se apreciaba la endogamia local.

Aprovechando la coordinación de esta exposición tuve ocasión de seleccionar los materiales documentales y gráficos que dieron lugar en 1991 a una publicación[1] titulada, cómo no: “Las aldeas del pantano. San Andrés y Pajares”. Finalmente colaboré en la rehabilitación del horno comunal de San Andrés y de un antiguo pajar donde se ubicaría finalmente el ecomuseo, constituyendo un conjunto integral que devolvía la ilusión de lo que pudo ser la vida comunitaria en las aldeas. El ecomuseo se puede visitar, pues la Asociación de Amigos de San Andrés lo mantienen y se turnan para mostrarlo al visitante. Yo os dejo algunas fotos que hice hace un tiempo de este ecomuseo, pero poseo otras que son únicas porque pertenecen a un tiempo y un espacio que desapareció bajo las aguas del pantano.explorar0027



[1] Ed. Gobierno de La Rioja, e Ilustre Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos, 166 páginas. ISBN: 84-87209-30-0

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Con anterioridad he hablado de mi entrometimiento en aventuras en que la cultura popular fue el objeto de mis intereses investigadores, pues bien, otra aventura distinta a la del pan la constituyó la trashumancia riojana, y me explico. En ese periodo de dedicación al Museo Etnográfico fui contratado por la Consejería de Cultura para llevar a cabo una labor de divulgación sobre la trashumancia riojana en compañía del conservador y artífice de la exposición. El proyecto consistía en montar una Exposición en algunas de las cabeceras de comarca de los valles riojanos (Nájera, Ezcaray, Villoslada, San Román, Arnedo y Cervera), mantenerla durante una semana, y en el intervalo llevar a cabo la difusión de dos videos por los pueblos de cada valle, uno sobre la trashumancia riojana y otro el mencionado sobre el pan.

Montar una exposición etnográfica no significa diseñar el montaje, determinar los contenidos u organizar el espacio, sino que significa clavar, coser, grapar o pegar los objetos en los paneles; escribir, editar e imprimir los textos que irán enmarcados, pegados o colgados en paredes, paneles y caballetes. Significa limpiar, tratar y encerar las piezas, o vestir maniquíes, o finalmente, empaquetar y organizar todo en cajas para su traslado, y como colofón, cargar y descargar estas cajas y paquetes del camión contratado para su traslado. No es pues la labor brillante y limpia que se le supone al comisario de una exposición, sino una más sucia y oscura que se corresponde con el trabajador cultural multiuso. En la actualidad se ha creado un Museo de la Trashumancia en la antigua Venta de Piqueras, nada más atravesar el puerto que lleva el mismo nombre. Pues bien, la base argumental y de contenidos de ese Museo, es la que en los años ochenta estuvimos paseando por la geografía riojana mi amigo José Luis Gil Valgañón y yo.

Dado que esta actividad de montaje y desmontaje la habíamos solucionado en el tiempo récord de dos días, a lo sumo tres, la Consejería nos compensaba con el recital de visitas populares, donde televisor y video en ristre reuníamos a prácticamente toda la población existente en más de cincuenta localidades[1]. Hay que entender que en 1983 muchos pueblos no contaban ni siquiera con luz a 220 voltios (cosa que descubrí después de quemar el video un par de veces), ni por supuesto televisión como no fuera en el bar o el teleclub; y que nuestra llegada a última hora de la tarde, cuando las tareas cotidianas habían finalizado, constituía un acto extraordinario. Pues bien, toda aquella actividad divulgadora fue aprovechada para contrastar nuevas informaciones sobre la elaboración del pan, sobre la actividad pastoril, o sobre otras cuestiones que como investigador me ocupó esos años, ya que nunca volvería a disponer de un público informador más entregado.


[1] Algunas solicitaron nuestra visita ante el eco que nuestra aparición en aquellos pueblos olvidados había suscitado. El Consejero de Cultura, atento a las demandas populares de entonces, nos ofrecía unas dietas extras por visitarlos.

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En un post anterior señalaba la existencia de otros trabajos (al margen del pastoreo de cabras y la elaboración de quesos) que me procuraron un presupuesto mínimo para resolver las necesidades cotidianas. Pues bien, estos trabajos iban desde la colaboración en las tareas de investigación y divulgación del Museo Etnográfico de La Rioja, pasando por las becas de investigación sociológica, y la aceptación de aquellos encargos de investigación aplicada que surgían. De todos ellos hablaré en este y en próximos escritos.

Entre 1980 y 1984 el entonces consejero de Cultura del Gobierno Socialista (Jose Ignacio Pérez) había promocionado la creación de una infraestructura varia y servicios de promoción cultural y educativa (escuela de teatro, colegio universitario, museos, etc.), pero sin la proyección que el tiempo, el dinero y la legislación permite asentar entre la ciudadanía. A esto se debe que desde 1980 se me contratara con el fin de recopilar (adquirir), estudiar y catalogar objetos con vistas a una futura exposición permanente (Museo) de materiales pertenecientes a la cultura tradicional de los pueblos de La Rioja.

 

Fueron varias las campañas en que tuve una dedicación de investigador pero también de chamarilero en competencia con anticuarios y otras gentes que también se dedicaban a la adquisición de objetos con fines comerciales más que museísticos. Del conjunto de esas campañas se lograron catalogar más de dos mil objetos de todo tipo creando lo que se suponía el fondo base desde el que llevar a cabo futuras exposiciones temáticas. A cada objeto se le abría una ficha de campo en la que se consignaba el área geográfica correspondiente, el nombre del objeto así como las designaciones que podía recibir, la localidad de adquisición, donación o cesión, la de fabricación, el nombre del propietario, los materiales, la fecha de adquisición y el precio si es que había existido venta. Posteriormente se realizaba una ficha general con foto del objeto, medidas, etc., a la vez que se confeccionaba el catálogo.

Junto a las campañas de adquisición de objetos tuve la osadía de sacar adelante un proyecto de recogida del folklore y todo tipo de manifestaciones orales y musicales, tales como canciones, poemas, letrillas, romances, de los que no hubo mas que una campaña, dada nuestra escasa preparación en un aspecto tan necesitado de profesionales como es el del folklore. En cualquier caso, estas campañas de recogida de información, pueblo a pueblo (la totalidad de La Rioja, incluidos sus lugares y aldeas), me sirvió para aprender mucho sobre el oficio de entrevistador, no poco sobre las técnicas propias del trabajo de campo y, sobre todo, para lanzarme a nuevas aventuras sociológicas imbuidas tanto de intereses económicos, sociales y culturales, como de cierta finalidad pedagógica. Me referiré ahora a alguna de estas aventuras propias de este tiempo en que la cultura popular era el objeto de mis intereses investigadores.

En el verano de 1983 conseguí el apoyo de la escuela de cine del colegio universitario, y de los propietarios de un antiguo horno de pan en un pueblo de montaña, y con ellos me propuse sacar adelante un proyecto de animación sociocultural en torno a La elaboración tradicional del pan, consistente no sólo en documentar in situ esta técnica artesanal en desuso, sino acercarla y descubrirla entre un público que desconocía estas actividades de carácter popular. El método utilizado fue la documentación sobre hornos, utensilios, técnicas, consumo y aspectos rituales y económicos que envuelven la elaboración tradicional del pan; la recogida y catalogación de útiles e instrumentos con miras a su exposición o uso según su estado (siempre con la participación de sus propietarios) y, finalmente, la puesta en funcionamiento de un horno domiciliario en la víspera de la fiesta local, según el modo documentado por su anterior usuaria. Como experiencia piloto, y puesto que el horno acusaba los veinte años en desuso, se realizaron varias pruebas hasta quedar satisfechos de su uso. De modo paralelo tuve que realizar el guión cinematográfico de cara a la disposición de las dos cámaras U-MATIC durante el rodaje. Por último, una serie de voluntarios colaboraron en la exposición organizada en las antiguas escuelas, y en la organización del público asistente durante el tiempo que duró la fiesta.

 

De los resultados de aquella experiencia[1], puedo señalar el video: “La elaboración tradicional del pan en Rabanera de Cameros”, del que se sacaron unas trescientas copias aunque hoy día se puede ver en You Tube, aunque en dos partes cuyo enlace pongo a vuestra disposición.

Rabanera de Cameros Parte 1ª:

http://www.youtube.com/watch?v=lnsJRx4H6cs

y Rabanera de Cameros Parte 2ª:

http://www.youtube.com/watch?v=XzQDuXejQ4I

Además, el audiovisual “… Buenas son tortas”, que con posterioridad y con fines didácticos se produjo a fin de establecer el valor de los medios audiovisuales (fotografía y video) en la documentación y análisis de investigaciones de carácter antropológico. Fue precisamente con estos dos medios, el video y el audiovisual, con el que se mostró en el III Congreso Nacional de Antropología[2], en el simposio sobre Métodos y Técnicas coordinado por Fermín Leizaola, de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, la comunicación “La utilización de los medios audiovisuales en la investigación etnográfica”. Desgraciadamente no conservo mas que la comunicación y una copia del video, pero el audiovisual se ha perdido y el mismo era expresivo de la manipulación del investigador, pues si ya la fotografía consiste en transformar un objeto físico o una idea en una imagen no necesariamente analógica o literal, el video es una mera interpretación y selección de materiales según criterios no sólo antropológicos sino estéticos. El audiovisual señalaba cómo en la filmación del sobado de pan se habían utilizado dos sobaderas, una de hierro y otra de madera. La tradicional era la de madera, pero hubo que desecharla al no realizar bien su función; de ese modo en el video se había introducido como un elemento de realidad lo que no era mas que una opción estética.

 

En 1985, merced a la amistad con un antiguo pastor de la localidad, buen informante y gran conversador, llevamos a cabo la redacción de sus memorias (no todas, pues tras la publicación de las mismas siguió enviándome escritos suyos que aún conservo), y junto al trabajo de recopilación sobre el pan que había llevado con anterioridad por los pueblos de la sierra riojana, presentamos los escritos a una entidad financiera para su publicación. Tuvimos la suerte de ser seleccionados, para la entonces su única edición que con motivo del día del libro esa entidad regalaba a cambio de una cierta imposición en la libreta de ahorro. Ese libro[3] se tituló como correspondía a dos autores “Memorias de un pastor riojano” y “El pan en La Rioja (elaboración y tradiciones)”. Sobre el número de ejemplares nunca supimos la cantidad pero dada la forma de distribución gratuita, podríamos aventurar que fue un best-seller de la época.el-pan-en-la-riojadonostia842

 


[1] Al margen de los inmateriales como la animación de todo un pueblo hasta entonces desintegrado socialmente, su percepción de pueblo unido no sólo por la celebración de la fiesta local, sino por señas de identidad materiales que definían algo de su pasado pero que daban consistencia al presente, y, por último y con relación a mi persona, las amistades que asenté durante muchos años.

[2] Celebrado en San Sebastián, del 23 al 27 de abril de 1984

[3] Ed: Jaime Libros, en exclusiva para Caja de Ahorros de La Rioja (272 páginas). ISBN: 84-7.091-331-X

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