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Archive for the ‘Actitudes’ Category

Hoy día parece que podemos elegirlo todo, menos la forma y el momento de morir (salvo entre los suicidas). Por medio se encuentran los familiares y los profesionales de la medicina que se inmiscuyen en el proceso de morir de las personas. La muerte no sólo implica al que se va sino también a los que se quedan. Y los que se quedan tratan de burlar a la parca, como si esta tuviera algún sentido en sus decisiones, o como si quien se va a morir no fuera capaz de tomar la decisión acertada o deseada, es decir, la buena muerte.

La antropóloga María Catedra (1988) señalaba que la buena muerte sucede a una cierta edad, cuando el individuo ha completado su ciclo vital (morir de viejo), y el desenlace ocurre sin enfermedades ni violencias, es decir, de una manera “natural”. Los que mueren de viejos no padecen una enfermedad específica, sino que simplemente se terminan, es decir, se acaban. Éste tipo de muerte de vejez, o natural, representa a nivel humano la continuación del ciclo general de la naturaleza. Con la vejez empiezan a desaparecer los miedos a la muerte aunque, dependiendo de las circunstancias, se dan diferentes actitudes. Así ciertos ancianos pierden la consciencia total de su próxima muerte, en cuyo caso “no la sienten”; otros, en cambio, se resignan e incluso aceptan la idea y, por último, los que padecen fuertes dolores “piden la muerte”.

En realidad se oponen dos clases de muerte: la buena y la mala muerte. Una buena muerte se caracteriza, entre otras cosas, por la rapidez del desenlace, por la inmediatez, por lo inesperado, mientras que la muerte mala significa semanas, meses o aun años de lenta agonía. La buena muerte, o la muerte feliz, es la que sobreviene sin estridencias durante el sueño, sin que se entere el afortunado. Es una muerte sin dolor, corta o inesperada, una muerte sin agonía. Porque aún en el caso de que sea una muerte violenta, deseamos que ésta se produzca de manera rápida y sin dolor, porque lo que realmente nos asusta, no es tanto la propia muerte, como el dolor, el sufrimiento o la agonía.

En las últimas décadas, los grandes avances surgidos de la medicina han propiciado que enfermos con graves procesos incurables vivan más tiempo. Pero esta situación también demanda dar una mayor calidad de vida a los pacientes. Los médicos, educados para salvar la vida, no están preparados para afrontar la muerte, pero tampoco los familiares saben cómo tratar la pérdida de un ser querido. Entre todos se formaliza un pacto de silencio que atrapa al enfermo y le impide marcharse a su voluntad. La familia sabe que el enfermo sabe y el enfermo sabe que todos saben, pero nadie habla. Es una situación en la que el enfermo querría irse o que su familia le diera permiso para irse, para dejar de luchar porque ya no puede más. Pero la familia y los médicos se sienten atrapados por la vida y no le dejan.

De esa lucha entre los que quieren prolongar la vida y los que quieren dejar de vivir y abandonar la vida con una buena muerte, surge el bálsamo de los cuidados paliativos y la atención al enfermo en fase terminal. Han sido las demandas de los pacientes y la de aquellos familiares que han acompañado al enfermo en su agonía, aunque también el interés y la preocupación de los profesionales sanitarios por evitar el sufrimiento en la etapa final de las enfermedades, lo que ha llevado en la actualidad a una creciente preocupación social y sanitaria en torno a este tema.

Los principios de los cuidados paliativos, a partir de una perspectiva humanística, intentan recuperar el acercamiento a una muerte tranquila, sin estorbos terapéuticos innecesarios, dentro de un clima de confianza, comunicación e intimidad, donde la familia vuelva a ocupar un lugar relevante cerca del paciente. Este planteamiento exige cada vez más la asunción de responsabilidades y una mayor implicación personal de los profesionales en este tipo de cuidados y, sobre todo, una mayor preparación en el terreno técnico y, por ende, una formación tanto básica como permanente en los terrenos propios de la disciplina de enfermería, la sociología, antropología, pedagogía, psicología o atención médica.

En estos terrenos, el Curso de Gerontología Social de la Universidad de La Rioja “Envejecimiento, vida y muerte” (16-20 Noviembre), también ofrece una perspectiva jurídica sobre el testamento vital, así como las consideraciones éticas que se derivan de la asunción de estas premisas incardinadas en el proceso de la buena muerte. Es un curso de 20 horas que pretende complementar los realizados en años académicos anteriores y en el que participen especialistas en las distintas áreas de conocimiento que entienden del proceso de envejecimiento en todas sus vertientes sociales, políticas, psicológicas, asistenciales, preventivas, paliativas, etc.; por que sólo desde la aceptación de nuestra humanidad, podremos adquirir la consciencia y el conocimiento de la vida y la muerte.

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No es la primera vez, ni pienso que sea la última, que me enfrento al tema de la identidad[1] pero sí es la primera vez que enfrento la construcción de la identidad a un grupo de edad tan cambiante como la adolescencia y con el añadido de un origen familiar tan diverso y diferenciado en todos los ámbitos, como el procedente de los movimientos migratorios, pues los movimientos migratorios se caracterizan en su relación con la sociedad de destino por exhibir distancias culturales y estilos de vida diferentes que son sobre los que se asientan en buena medida los procesos identitarios de los adolescentes hijos de la inmigración.

Y es que para un adolescente proveniente de procesos migratorios, al conjunto de crisis y tensiones propios de su desarrollo biológico así como de la maduración de sus caracteres físicos, se añaden las propias de su condición (impuesta) en el ámbito de las relaciones familiares, sociales y culturales, que si ya de por sí entran en crisis en este periodo, se multiplican en el caso de los adolescentes hijos de la inmigración, pues a éstas deben añadir las tensiones propias de la adquisición de una identidad que debe nadar entre dos aguas y valorar estilos de vida y referentes culturales diferenciados, distanciados y en ocasiones opuestos.

La construcción de la identidad hay que entenderla como un proceso, no innato, que se va forjando a lo largo de nuestra vida y nunca acaba, y en la que intervienen tanto los elementos propios de la estructura social, como nuestros procesos psicológicos e interacciones de la vida cotidiana. Por otra parte, cuando se habla de construcción de la identidad adolescente, se sabe que es en este periodo de la adolescencia cuando se fundamentan los rasgos primigenios y valores que darán forma posteriormente al conjunto de elementos y valores identitarios.

En la constante duda, en la imprecisión y en la búsqueda de uno mismo, los adolescentes experimentan todo tipo de roles, propios o adscritos, que la familia, los amigos y la sociedad en general les otorga o les impone. Por esto, los cambios de actitudes y de comportamientos son un medio de experimentación y de búsqueda de ese lugar bajo el sol que les permita finalmente descubrir quién soy yo, o cómo quiero ser yo. Es la inevitable lucha entre el ser y el deber ser que se ve además amplificada por la experimentación y el cambio. Esto provoca que las contradicciones afloren cuando se relaciona lo que dicen con lo que hacen. Producto de esta confusión, inevitable por otra parte, son los ensayos del adolescente, los experimentos a la hora de adoptar posturas que de ningún modo le satisfacen y que casi siempre chocan con la percepción que del adolescente tienen los familiares y amigos, e incluso la sociedad en la que ejercita esos comportamientos propios de una personalidad indefinida y ambigua.

Compaginar el hecho de ser uno mismo, como los demás, y a la vez distinto a los demás; simultanear la opción de la mismidad y la otredad con la pertenencia a grupos distintos al familiar en los que el adolescente puede desplegar todos los elementos configuradores de su incipiente identidad, es el logro supremo de este periodo transitorio. La adquisición de una identidad personal.

Aunque esto no es fácil porque ese reflejo de lo que el adolescente considera que es ser como uno más tiene que permitir la distinción de los demás. Esto que a simple vista puede parecer una tautología, para el adolescente es una fuente permanente de confusión, por que si bien busca ser alguien, un alguien todavía impreciso e indefinido, también es cierto que busca ser como los demás, fundirse en el anonimato del conjunto de personas que son los demás, los grupos con los que se relaciona y que, en definitiva, le servirán de referentes a la hora de construir su personalidad identitaria.

Esta aparente contradicción en el proceso de construcción identitaria del adolescente, no es sino una muestra más del conjunto de oposiciones que sustenta el significado de la identidad. El proceso de construcción identitario es una tarea larga y dificultosa por las innumerables opciones y posibilidades que se brindan al adolescente para que tome una decisión adecuada y contextualizada con su realidad social inmediata. La pluralidad de opciones que se ofrecen ante el adolescente están en consonancia con la pluralidad de modelos familiares y de socialización que hoy día se encuentran en las sociedades desarrolladas y que algo indican sobre la diversidad existente en los tipos de relación intergeneracional que se producen.

Hoy día no se puede entender un modelo único o general de socialización adolescente y no sólo por la diversidad de los agentes que intervienen en dicho proceso, sino también por el interés y la conformidad que le concede el adolescente, pues si familia, escuela y amigos habían sido por este orden los principales agentes socializadores, hoy día, la intervención y el uso de las tecnologías de la información y la comunicación, y el valor otorgado a las relaciones de amistad, han modificado de modo plural este proceso de socialización encontrando adolescentes diversos, como diversa es su opción primordial en la aceptación de creencias, valores y actitudes procedentes de los diferentes agentes socializadores.

La adolescencia constituye un proceso de integración social, donde la adquisición del estatus de adulto cobra sentido. Es además un proceso de construcción identitaria que depende de los entornos y ámbitos en los que el adolescente se desarrolla y donde negocia su integración. Por esto último, no existen dos procesos de construcción identitaria iguales, como no existen dos adolescentes iguales, como no encontraremos iguales procesos de socialización, ni iguales procesos de integración.

Y si ya es difícil, complejo, dubitativo y hasta arriesgado en un adolescente el proceso de construcción identitaria, una nueva variable como es la de la inmigración que de por sí ofrece inestabilidad a las personas que se encuentran en esa disposición, aumenta las dificultades del adolescente para construir su identidad y adquirir un estatus social integrador, en un periodo de tiempo todavía más acelerado y corto que el que dispone un adolescente autóctono.

En los discursos de estos adolescentes aparecen nuevas variables como el desigual proceso de reagrupación familiar, la ignorancia inicial del idioma y la inmersión inmediata en un entorno escolar totalmente extraño y poco receptivo, el descubrimiento de comportamientos y actitudes de grupo con códigos nuevos, el desconcierto ante lo desconocido, la presión por una imperiosa y urgente adaptación (¿integración?) y, sobre todo, el sentimiento de pérdida de un estadio de seguridad y protección del grupo familiar extenso y de amistades, en el país de origen. Son muchas las exigencias y poco el tiempo concedido para realizarlas.

Exigencias percibidas en su relación con la sociedad de acogida que no hace distingos a la hora de exigir la adquisición de estatus suficientes con los que integrar a las personas. Y no distingue en este sentido, porque ya discrimina cuando ejerce su poder conformador en el proceso de construcción identitaria, donde claramente utiliza los medios a su alcance para  que los adolescentes inmigrantes se identifiquen de manera distinta a los autóctonos, para que estos se integren en la categoría de adolescentes hijos de la inmigración, denominándolos como “segundas” o “terceras” generaciones de inmigrantes, y por tanto, lejos y diferenciados del grupo mayoritario a los que escuetamente trata de adolescentes.

Los adolescentes hijos de la inmigración se ven sometidos a terribles tensiones originadas por la disyuntiva entre mantenerse fieles al origen, adaptarse al destino, o finalmente, marginarse de las dos opciones en la búsqueda de una identidad que se les aparece como un objeto de deseo salpicado de aristas hirientes y discriminadoras. Además tienen que soportar la duda sobre si sus dificultades tienen algo que ver con haber emigrado (ellos o sus familias), o con ser adolescente y no pintar nada, o con pertenecer a colectivos sociales que tienen fuertes dificultades en los procesos de incorporación social.

Por otra parte, todas las dudas que experimentan, todas las tensiones y crisis con las que se enfrentan a menudo, no pueden –o no quieren- compartirlas con su grupo familiar. Así, en el proceso de construcción identitaria del adolescente hijo de la inmigración, un proceso todavía incipiente, observamos a grandes rasgos dos tipos de estrategias. Una consistiría en los intentos de identificación rápida con el grupo mayoritario, el perteneciente a la sociedad de acogida. La segunda estrategia consistiría en el mantenimiento de cierta distancia y recelo hacia el grupo mayoritario, porque de él se derivan las principales dificultades en el proceso de integración social.

Pues bien, frente a estas dos estrategias se encontraría una tercera que constituye la salida más apropiada en la adquisición de una identidad; aquella que valora las estrategias estableciendo sus pros y sus contras. Nos referimos a la actitud positiva de adoptar lo mejor de ambas estrategias, pues de este modo se adquiere la certidumbre de ser uno más entre los demás; es decir, lograr la integración social, aunque en su caso manteniendo la vinculación con los referentes primordiales con los que se habituó desde niño, aquellos que representan los miembros de su red familia, los de su mismo origen nacional, en definitiva los referentes culturales con los que se incorporó a la adolescencia en el país de acogida.

Sobre estas tres estrategias abunda el trabajo que se publicó en 2008 en el libro colectivo DE IDENTIDADES, y que lleva el título de “LA DIFÍCIL CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD ENTRE LOS ADOLESCENTES HIJOS DE LA INMIGRACIÓN” en donde reflexiono también acerca de la identidad étnica y la identidad cultural y la integración social entre los adolescentes hijos de la inmigración.

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[1] Giró, J. (2004): “Pluralismo y educación intercultural”, en Aguirre, J.Mª y Martínez de Pisón. J., Pluralismo y Tolerancia. La sociedad liberal en la encrucijada. Logroño: Perla ediciones, pp.197-228. Giró, J. (2003): “Asociacionismo étnico, identidad cultural y ciudadanía”, en Bernuz, Mª J. y Susín, R., Ciudadanía. Dinámicas de pertenencia y exclusión. Logroño: Universidad de La Rioja, pp.155-172

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Estos días estoy finalizando la historia de Las Maestras (un análisis sobre la identidad de género y trabajo), gracias a la beca sobre el papel de la mujer en la historia de la ciudad de Logroño, cuya IX convocatoria gané con este tema el año pasado. Mi idea es terminar su redacción de forma inminente y sólo cuando se publique daré algunas de las conclusiones que he anotado sobre el tema. Desde luego mi interés por las maestras viene de lejos, en concreto de una línea de investigación que me ocupó los primeros años como docente de sociología de la educación con los estudiantes de Magisterio. Una línea que constituyó una reflexión sobre el Proceso de socialización del futuro maestro y profesor del recién estrenado siglo XXI, en que se ve inmerso desde su ingreso el primer año en Magisterio (en sus diferentes titulaciones), hasta su salida del mismo tres años después; es decir, una investigación sobre el proceso de socialización de los estudiantes de las Diplomaturas de Magisterio de la Universidad de La Rioja, y más concretamente, sobre los alumnos que comenzaron sus estudios el curso 1997/98 y los finalizaron en el curso 1999/2000.

Esta investigación comenzó a estructurarse gracias a la profesora Gloria de la Fuente Blanco con ocasión del encuentro de Sociólogos de la Educación celebrado en Jaca en septiembre de 1997, en que tuvimos ocasión de intercambiar diferentes puntos de vista sobre el proceso de evolución de los estudios y los estudiantes de Magisterio, coincidiendo en el interés por llevar a cabo un estudio comparativo entre la realidad del estudiantado madrileño que ella había investigado y el riojano. De este estudio longitudinal destacaré el interés por llevar a cabo un análisis descriptivo e interpretativo de las características de este colectivo, a partir de las cuales se pueden reconocer las características de la realidad sociocultural de los estudiantes que eligieron estas titulaciones; y, a partir de ésta, el proceso de cambio que se producía en función de su experiencia durante los años de estancia en la Universidad, en diferentes aspectos, tales como las actitudes y valores sociales, las preferencias de ocio y cultura, o el valor atribuido al asociacionismo, como modo de entender el grado de integración social.

Era el reconocimiento social del maestro, y por extensión de la diplomatura universitaria, lo que me invitaba a reflexionar sobre el proceso de socialización que se producía dentro de la Universidad a lo largo de los tres años de carrera, entendiendo este proceso, como una combinación entre la adquisición de unos conocimientos y una formación académica, con la adquisición de unas ideas o modelos acerca de la profesión, con la que los jóvenes se enfrentan al mercado de trabajo. Producto de los datos conseguidos de los dos cuestionarios elaborados y realizados en 1997 y en 2000, son las diferentes comunicaciones y artículos presentados durante estos años y que han culminado con el publicado (quizás algo tarde) el 2002 por la Revista Contextos Educativos nº 5, que lleva el título de “El aprendizaje de una profesión en la Universidad. Los maestros finiseculares”, que es un título que de algún modo engloba los objetivos de investigación inicialmente propuestos.

La primera comunicación presentada, fue al I Congreso de Educación en La Rioja, en marzo de 1998, con el título de “Los maestros de enseñanza infantil del año 2000”, que fue publicada[1] precisamente en 2000. Con parecido título “Los maestros del siglo XXI” presenté una comunicación en el VI Congreso Español de Sociología, celebrado en A Coruña en septiembre de 1998. Ya en 1999, con ocasión de la VII Conferencia de sociólogos de la educación presenté una comunicación sobre “La determinación del origen social en la elección de los estudios de Magisterio”, y que fue publicada[2] por el Departamento de Sociología y Política Social de la Universidad de Murcia ese mismo año. También en ese tiempo, en colaboración con el profesor de psicología Javier Escorza con quien un año después compartiría una ayuda a la investigación[3] para el proyecto titulado “Actitudes y valores del profesorado del siglo XXI”, presentamos una comunicación en el IX Congreso Nacional de Formación del Profesorado, celebrado en Cáceres, que llevaba el título de “El maestro del siglo XXI: datos para una reflexión sobre el influjo de la experiencia en la formación del maestro”, y que fue publicada[4] en la Revista Electrónica Interuniversitaria de Formación del Profesorado.

Otros Congresos a los que asistí con comunicaciones realizadas a partir del mismo proyecto de investigación son, el I Congreso sobre los Valores en la Ciencia y la Cultura celebrado en León, en septiembre de 2000, donde en compañía del profesor Javier Escorza, presentamos la comunicación “Actitudes y valores del profesorado del siglo XXI”. Por mi parte acudí a la VIII Conferencia de sociólogos de la educación celebrada, también en septiembre de 2000, en Madrid, con la comunicación que llevaba por título “Universidad y cambio social: la socialización del estudiante de Magisterio”. Un mes después me presentaba al Congreso Nacional de Educación celebrado en Burgos con la comunicación “Los maestros finiseculares. Un perfil de los diplomados universitarios”. Finalmente, en el VII Congreso Español de Sociología celebrado en Salamanca, en septiembre de 2001, presenté la comunicación “La experiencia universitaria y el cambio en los valores y actitudes de los estudiantes de Magisterio y Trabajo Social”.

Si varias han sido las comunicaciones presentadas a diferentes Congresos y reuniones de sociólogos de la educación, pues la educación es el interés objetivo de los estudiantes de Magisterio, también llevé los mismos cuestionarios aunque adaptados, a los estudiantes de Trabajo Social. De ese modo presenté dos comunicaciones, una al II Congreso de Escuelas de Trabajo Social celebrado en Madrid en septiembre de 1998, con el título de “Los valores del trabajador social en el año 2000”, y otra al IV Congreso de Escuelas de Trabajo Social celebrado en Alicante en abril de 2002, con el título “La incidencia de la formación en la práctica del trabajo social” y que ha sido publicado[5] por la Escuela Universitaria de Trabajo Social de la Universidad de Alicante.

Este estudio longitudinal sobre los estudiantes de Magisterio y Trabajo Social que empezó el curso 1997/98 y que culminó en junio de 2000 mientras realizaban el prácticum de maestro o las prácticas de trabajo social, debió continuar el otoño de 2003 a fin de reconocer los procesos de inserción laboral de los mismos, y haberlo realizado si hubiera encontrado los recursos y el tiempo necesario para finalizar esta investigación. Pero paar entonces ya estaba enfrascado en otra línea de investigación que igualmente he sostenido en el tiempo y que hace referencia al fenómeno de las migraciones. Pero sobre esto me tomaré mi tiempo pues ya son varios los trabajos y las publicaciones que han aparecido desde entonces.


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[1] ISBN: 84-699-1790-0

[2] ISBN: 84-699-2050-2

[3] API-00/A08 de la UR

[4] Universidad de Zaragoza (AUFOP), Vol. 2, nº 1. ISSN:1575-0965

[5] Universidad de Alicante (2002). ISBN: 84-7908-687-4

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Siempre recordaré el final de los años ochenta como los años en que mejor me trataron como investigador y profesional autónomo de la sociología. Precisamente en 1988 recibí una oferta del Gobierno de La Rioja en colaboración con el Ayuntamiento de Logroño y el Consejo de la Juventud de La Rioja, dada la magnitud del encargo. Se trataba de realizar un “Estudio sociológico de la juventud en La Rioja”, pero dando cabida a demandas de cada uno de los promotores del estudio, es decir, plantear y establecer una política general de juventud; diseñar un proyecto joven para la ciudad de Logroño, y conocer las opiniones, inclinaciones y participación hacia y en las asociaciones de jóvenes.

De este modo, el estudio sociológico de la juventud en La Rioja tenía como objetivo general conocer la realidad juvenil, entendiendo esta tanto por sus condiciones objetivas como por las opiniones y actitudes mantenidas en el seno de la misma. Desde esta perspectiva, los objetivos específicos mostraban esta doble relación que conlleva el estudio de la realidad joven a través del análisis de siete capítulos: 1. Quiénes son los jóvenes riojanos; 2. Los jóvenes y la educación; 3. El trabajo; 4. El proceso de emancipación; 5. Cultura y ocio; 6. El asociacionismo juvenil y 7. Actitudes sociales.

Necesariamente la metodología[1] empleada hacía uso de técnicas cualitativas y cuantitativas. Entre las primeras señalar que se hicieron once entrevistas en profundidad y siete grupos de discusión; y entre las segundas se llevó a cabo un estudio exhaustivo de la estructura demográfica riojana y juvenil de La Rioja, así como de la ciudad de Logroño por barrios; el estudio de las enseñanzas medias, la Formación Profesional y los estudios universitarios a lo largo de los años ochenta, y finalmente, el análisis del paro en La Rioja y el paro juvenil tanto en La Rioja como en Logroño ciudad, también desagregado por barrios y a lo largo de los años ochenta (en aquella época ni el INEM ni Educación habían informatizado sus datos, por lo que nuevamente pasamos como ratones de biblioteca, meses y meses, contando ficha a ficha a los jóvenes registrados).

Con estas mimbres llevé a cabo la elaboración de un cuestionario que permitiera la realización de una encuesta por muestreo de acuerdo con cuotas de edad, sexo y hábitat. En el caso de la ciudad de Logroño, además, según barrio de pertenencia del entrevistado. Los resultados fueron entregados a partir del por entonces más moderno programa de análisis multivariante proporcionado por el paquete estadístico SPSS/PC+. Para la realización de este estudio contraté a un especialista en informática (Julio Grande), una psicóloga (Maite Villota) y una administrativo de apoyo (Pilar Marín), así como una red de campo integrada por seis personas para la formalización de las más de seiscientas entrevistas por toda La Rioja.

En 1989, se publicaba[1] el “Estudio sociológico de la juventud en La Rioja” en dos volúmenes (el segundo como documento estadístico), con la intención de que sirviera de basamento para futuros análisis comparativos que entonces esperaba que se realizaran con una cierta regularidad, pero que el paso del tiempo desgraciadamente desmintió, aunque en la actualidad han tomado mejores direcciones que los de la pasada década de los noventa.explorar00143


[1] Vol. I (documento estadístico): 221 páginas mecanografiadas; Vol. II (Entrevistas en profundidad y Grupos de opinión/discusión): 165 páginas; Vol. III (Estudio sociológico): 338 páginas.
[1] Vol. I: 190 páginas y Vol. II: 72 páginas. ISBN: 84-7359-329-4 y 84-7359-330-8


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Por aquella época (1972) de institucionalización universitaria de la Sociología con la dotación de cátedras y creación de una nueva Facultad, con Luis González Seara como primer Decano tras la división de la macro Facultad de Ciencias Económicas y Políticas, me encontraba, creo que al igual que muchos de mis compañeros, con la necesidad de definir qué es ser sociólogo y para qué servía la sociología. La primera pregunta tardé muchos años en resolverla, incluso no sé aún si la he resuelto acertadamente. Sobre la segunda me vi impelido a improvisar, dada la preocupación que familiares y amigos manifestaron ante la extrañeza que tales estudios les procuraba. Como mi experiencia era nula, la mejor respuesta que se me ocurría era más de carácter ético social que de carácter empírico, que es por lo que suspiraba mi madre extrañada como estaba de que no hubiera conocido nunca un profesional de las características que yo le mostraba.

Con el paso del tiempo fui acotando las actividades pragmáticas del sociólogo, gracias a la existencia de informes sociales (Informes FOESSA), encuestas sociales y de mercado, en conjunción con mis preocupaciones de carácter político social, dando por fin cumplida respuesta a cuantos me inquirían por el valor práctico de la sociología que no era otro que el de diagnosticar la realidad social (dictadura y estado autoritario) y proponer soluciones alternativas a problemas manifiestos.

Este afán político-social de carácter trascendente me llevaría, no sé si en compañía de muchos, a una grave decisión que modificaría vitalmente mi proyección universitaria, pues tras un año en blanco debido a una huelga general y al grito de la verdadera universidad está en la calle, decidí marchar de Madrid y retornar sobre mis raíces de las que desconocía todo; es decir, volver a La Rioja, de la que salí para hacer el bachillerato cuando tenía catorce años y a la que no había prestado más atención que la sugerida durante la infancia donde la vida no conoce mas límites que los familiares.

Así que en el terreno de la Sociología me planteaba dejar la carrera universitaria en beneficio de lo que presentía que era la verdadera formación e información vital, aquella que proporciona el pueblo en proceso de transformación y cambio. Porque es bien cierto que se avecinaban vientos de cambio como así sucedió al poco de instalarme en lo que alguien definió como el culo del mundo, un pequeño pueblo ganadero de la sierra riojana de apenas veintidós residentes.

A veces las circunstancias que rodean las líneas del destino son extrañamente contrarias a los proyectos vitales que las personas se marcan con el fin de restar incertidumbre a sus vidas, y eso es lo que aparentemente me sucedió en aquellos años de la transición; porque si bien retorné a la disciplina de la carrera universitaria, eso sí bajo la figura de matrícula libre (lo cual siempre agradeceré porque de algún modo me obligó a leer más de lo que hubiera leído en caso de matrícula oficial y asistente a las clases de la facultad), también es verdad que seguí unos derroteros que me llevarían finalmente a abrazar la profesión de sociólogo en toda su amplitud.

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La verdad es que me encuentro un poco vago para escribir en este blog sobre Sociología, porque me paso los días escribiendo (unas veces para mis alumnos y otras veces para los colegas, y también rellenando todo lo que me pide la burocracia y que necesita para su supervivencia). En fin, que no necesito justificarme sobre el porqué de mi escaso entusiasmo hacia escribir en este blog. Aun así, he pensado obligarme a escribir algo sobre mi trayectoria profesional y de ese modo dar algo más de continuidad a los avatares y el ejercicio de la Sociología en una ciudad de provincias como es la capital de La Rioja, Logroño.

Primero quisiera explicar por qué elegí estudiar Sociología. En este periodo de reformas educativas en que se ha vuelto a hablar de reválidas, yo tuve francamente la opción de cursar las dos últimas correspondientes al curso cuarto y sexto de bachillerato, para finalmente realizar el entonces experimental curso de orientación universitaria (COU) en un colegio menor madrileño. En la preparación de la reválida de sexto de bachillerato conté con la inestimable formación de un joven profesor, historiador y filósofo a la sazón, que me enseñó los rudimentos de la investigación, indicándome la conveniencia de visitar la antigua sede de la Biblioteca Nacional. De este hombre conservo su amable dirección en los asuntos de la vida y también algo que sirvió a mis inclinaciones sociológicas, como fueron sus enseñanzas sobre organización de la información en fichas temáticas y bibliográficas. Aun conservo cientos de fichas que con dieciséis años comencé a recopilar.

En aquél curso de orientación universitaria (1971/72) tuve la suerte de conocer a otro profesor que me tomaría bajo sus auspicios y me llevaría a amar las ciencias sociales (donde logré las calificaciones más brillantes de todo el bachillerato), pero también a resolver las llamadas asignaturas de ciencias (matemáticas y química) las cuales libraba con esfuerzo. Asimismo el psicólogo orientador manifestó en su informe al tribunal de la Universidad Complutense que las carreras más afines a mi personalidad eran las de Filosofía y Ciencias Políticas.

Con estas mimbres no me fue nada difícil acceder a la que fue primera promoción de licenciados en Sociología de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense, donde precisamente el pasado 2002, el profesor Octavio Uña en colaboración con el Colegio Nacional de Doctores y Licenciados, lograría reunir un gran número de sociólogos a fin de celebrar las bodas de plata de aquella primera promoción. Puede resultar anecdótico pero, al margen de encontrar que la mayor parte de mis antiguos compañeros además de desconocidos habían envejecido tanto como mis antiguos profesores, en ese intentar averiguar quién era quién y de qué modo se podían resumir veinticinco años de ausencia, la pregunta que todo el mundo me hizo es si había vivido de la sociología en esos años. Casi me sentí avergonzado de confesar que sí había vivido de la sociología durante todos esos años, ya que no era necesario precisar en qué condiciones había vivido y si la sociología en provincias daba para vivir bien o precariamente, algo que ahora mismo está por demás en esta breve exposición sobre mi trayectoria profesional. Lo que sí quiero atestiguar es que muy pocos compañeros, salvo aquellos que desde el principio tomaron el rumbo de la docencia, habían optado por ejercer de sociólogos, bien porque en sus biografías laborales se habían cruzado otras oportunidades, bien porque el ejercicio de la sociología en aquella época fue un acto de fe más que una alternativa posible[1].


[1] Algo parecido ocurrió cuando en 1992 fui elegido Presidente de la Delegación Territorial de La Rioja del Colegio de Doctores y Licenciados, y traté de organizar grupos de trabajo. Entonces surgió la dificultad, expresada por la mayoría de los aproximadamente 40 colegiados, que no habían tenido en su trayectoria profesional experiencias investigadoras o que permitieran la divulgación de investigaciones sociológicas. Podíamos sentenciar que la carrera les había abierto otras puertas que las explícitamente sociológicas.

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