Fuentes web
Entradas
Comentarios

No es la primera vez, ni pienso que sea la última, que me enfrento al tema de la identidad[1] pero sí es la primera vez que enfrento la construcción de la identidad a un grupo de edad tan cambiante como la adolescencia y con el añadido de un origen familiar tan diverso y diferenciado en todos los ámbitos, como el procedente de los movimientos migratorios, pues los movimientos migratorios se caracterizan en su relación con la sociedad de destino por exhibir distancias culturales y estilos de vida diferentes que son sobre los que se asientan en buena medida los procesos identitarios de los adolescentes hijos de la inmigración.

Y es que para un adolescente proveniente de procesos migratorios, al conjunto de crisis y tensiones propios de su desarrollo biológico así como de la maduración de sus caracteres físicos, se añaden las propias de su condición (impuesta) en el ámbito de las relaciones familiares, sociales y culturales, que si ya de por sí entran en crisis en este periodo, se multiplican en el caso de los adolescentes hijos de la inmigración, pues a éstas deben añadir las tensiones propias de la adquisición de una identidad que debe nadar entre dos aguas y valorar estilos de vida y referentes culturales diferenciados, distanciados y en ocasiones opuestos.

La construcción de la identidad hay que entenderla como un proceso, no innato, que se va forjando a lo largo de nuestra vida y nunca acaba, y en la que intervienen tanto los elementos propios de la estructura social, como nuestros procesos psicológicos e interacciones de la vida cotidiana. Por otra parte, cuando se habla de construcción de la identidad adolescente, se sabe que es en este periodo de la adolescencia cuando se fundamentan los rasgos primigenios y valores que darán forma posteriormente al conjunto de elementos y valores identitarios.

En la constante duda, en la imprecisión y en la búsqueda de uno mismo, los adolescentes experimentan todo tipo de roles, propios o adscritos, que la familia, los amigos y la sociedad en general les otorga o les impone. Por esto, los cambios de actitudes y de comportamientos son un medio de experimentación y de búsqueda de ese lugar bajo el sol que les permita finalmente descubrir quién soy yo, o cómo quiero ser yo. Es la inevitable lucha entre el ser y el deber ser que se ve además amplificada por la experimentación y el cambio. Esto provoca que las contradicciones afloren cuando se relaciona lo que dicen con lo que hacen. Producto de esta confusión, inevitable por otra parte, son los ensayos del adolescente, los experimentos a la hora de adoptar posturas que de ningún modo le satisfacen y que casi siempre chocan con la percepción que del adolescente tienen los familiares y amigos, e incluso la sociedad en la que ejercita esos comportamientos propios de una personalidad indefinida y ambigua.

Compaginar el hecho de ser uno mismo, como los demás, y a la vez distinto a los demás; simultanear la opción de la mismidad y la otredad con la pertenencia a grupos distintos al familiar en los que el adolescente puede desplegar todos los elementos configuradores de su incipiente identidad, es el logro supremo de este periodo transitorio. La adquisición de una identidad personal.

Aunque esto no es fácil porque ese reflejo de lo que el adolescente considera que es ser como uno más tiene que permitir la distinción de los demás. Esto que a simple vista puede parecer una tautología, para el adolescente es una fuente permanente de confusión, por que si bien busca ser alguien, un alguien todavía impreciso e indefinido, también es cierto que busca ser como los demás, fundirse en el anonimato del conjunto de personas que son los demás, los grupos con los que se relaciona y que, en definitiva, le servirán de referentes a la hora de construir su personalidad identitaria.

Esta aparente contradicción en el proceso de construcción identitaria del adolescente, no es sino una muestra más del conjunto de oposiciones que sustenta el significado de la identidad. El proceso de construcción identitario es una tarea larga y dificultosa por las innumerables opciones y posibilidades que se brindan al adolescente para que tome una decisión adecuada y contextualizada con su realidad social inmediata. La pluralidad de opciones que se ofrecen ante el adolescente están en consonancia con la pluralidad de modelos familiares y de socialización que hoy día se encuentran en las sociedades desarrolladas y que algo indican sobre la diversidad existente en los tipos de relación intergeneracional que se producen.

Hoy día no se puede entender un modelo único o general de socialización adolescente y no sólo por la diversidad de los agentes que intervienen en dicho proceso, sino también por el interés y la conformidad que le concede el adolescente, pues si familia, escuela y amigos habían sido por este orden los principales agentes socializadores, hoy día, la intervención y el uso de las tecnologías de la información y la comunicación, y el valor otorgado a las relaciones de amistad, han modificado de modo plural este proceso de socialización encontrando adolescentes diversos, como diversa es su opción primordial en la aceptación de creencias, valores y actitudes procedentes de los diferentes agentes socializadores.

La adolescencia constituye un proceso de integración social, donde la adquisición del estatus de adulto cobra sentido. Es además un proceso de construcción identitaria que depende de los entornos y ámbitos en los que el adolescente se desarrolla y donde negocia su integración. Por esto último, no existen dos procesos de construcción identitaria iguales, como no existen dos adolescentes iguales, como no encontraremos iguales procesos de socialización, ni iguales procesos de integración.

Y si ya es difícil, complejo, dubitativo y hasta arriesgado en un adolescente el proceso de construcción identitaria, una nueva variable como es la de la inmigración que de por sí ofrece inestabilidad a las personas que se encuentran en esa disposición, aumenta las dificultades del adolescente para construir su identidad y adquirir un estatus social integrador, en un periodo de tiempo todavía más acelerado y corto que el que dispone un adolescente autóctono.

En los discursos de estos adolescentes aparecen nuevas variables como el desigual proceso de reagrupación familiar, la ignorancia inicial del idioma y la inmersión inmediata en un entorno escolar totalmente extraño y poco receptivo, el descubrimiento de comportamientos y actitudes de grupo con códigos nuevos, el desconcierto ante lo desconocido, la presión por una imperiosa y urgente adaptación (¿integración?) y, sobre todo, el sentimiento de pérdida de un estadio de seguridad y protección del grupo familiar extenso y de amistades, en el país de origen. Son muchas las exigencias y poco el tiempo concedido para realizarlas.

Exigencias percibidas en su relación con la sociedad de acogida que no hace distingos a la hora de exigir la adquisición de estatus suficientes con los que integrar a las personas. Y no distingue en este sentido, porque ya discrimina cuando ejerce su poder conformador en el proceso de construcción identitaria, donde claramente utiliza los medios a su alcance para  que los adolescentes inmigrantes se identifiquen de manera distinta a los autóctonos, para que estos se integren en la categoría de adolescentes hijos de la inmigración, denominándolos como “segundas” o “terceras” generaciones de inmigrantes, y por tanto, lejos y diferenciados del grupo mayoritario a los que escuetamente trata de adolescentes.

Los adolescentes hijos de la inmigración se ven sometidos a terribles tensiones originadas por la disyuntiva entre mantenerse fieles al origen, adaptarse al destino, o finalmente, marginarse de las dos opciones en la búsqueda de una identidad que se les aparece como un objeto de deseo salpicado de aristas hirientes y discriminadoras. Además tienen que soportar la duda sobre si sus dificultades tienen algo que ver con haber emigrado (ellos o sus familias), o con ser adolescente y no pintar nada, o con pertenecer a colectivos sociales que tienen fuertes dificultades en los procesos de incorporación social.

Por otra parte, todas las dudas que experimentan, todas las tensiones y crisis con las que se enfrentan a menudo, no pueden –o no quieren- compartirlas con su grupo familiar. Así, en el proceso de construcción identitaria del adolescente hijo de la inmigración, un proceso todavía incipiente, observamos a grandes rasgos dos tipos de estrategias. Una consistiría en los intentos de identificación rápida con el grupo mayoritario, el perteneciente a la sociedad de acogida. La segunda estrategia consistiría en el mantenimiento de cierta distancia y recelo hacia el grupo mayoritario, porque de él se derivan las principales dificultades en el proceso de integración social.

Pues bien, frente a estas dos estrategias se encontraría una tercera que constituye la salida más apropiada en la adquisición de una identidad; aquella que valora las estrategias estableciendo sus pros y sus contras. Nos referimos a la actitud positiva de adoptar lo mejor de ambas estrategias, pues de este modo se adquiere la certidumbre de ser uno más entre los demás; es decir, lograr la integración social, aunque en su caso manteniendo la vinculación con los referentes primordiales con los que se habituó desde niño, aquellos que representan los miembros de su red familia, los de su mismo origen nacional, en definitiva los referentes culturales con los que se incorporó a la adolescencia en el país de acogida.

Sobre estas tres estrategias abunda el trabajo que se publicó en 2008 en el libro colectivo DE IDENTIDADES, y que lleva el título de “LA DIFÍCIL CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD ENTRE LOS ADOLESCENTES HIJOS DE LA INMIGRACIÓN” en donde reflexiono también acerca de la identidad étnica y la identidad cultural y la integración social entre los adolescentes hijos de la inmigración.

Explorar0001


[1] Giró, J. (2004): “Pluralismo y educación intercultural”, en Aguirre, J.Mª y Martínez de Pisón. J., Pluralismo y Tolerancia. La sociedad liberal en la encrucijada. Logroño: Perla ediciones, pp.197-228. Giró, J. (2003): “Asociacionismo étnico, identidad cultural y ciudadanía”, en Bernuz, Mª J. y Susín, R., Ciudadanía. Dinámicas de pertenencia y exclusión. Logroño: Universidad de La Rioja, pp.155-172

En 2007 se publicó este trabajo en la editorial madrileña de Entinema. “Adolescentes, ocio y alcohol” es el producto de la investigación llevada a cabo desde el año 2004, a partir de la realidad incontestable de unas cifras que nos hablaban de altas prevalencias de consumo de alcohol, frecuente, continuado (indicador de fidelización) y elevado (indicador de borracheras), entre la población adolescente y joven. Este es el motivo principal que nos empujó a estudiar este fenómeno social, precisamente en una región (La Rioja) que hace de la producción del vino y el consumo de bebidas alcohólicas una de sus señas de identidad. El objetivo general de este proyecto de investigación fue analizar de forma específica y sistemática las pautas de consumo de alcohol entre los adolescentes, relacionadas con las convenciones sociales actuales sobre el consumo de alcohol, así como detectar posibles consumos problemáticos con vistas a poner en marcha una intervención de carácter preventivo hacia los mismos. La complejidad de este objetivo, hacía conveniente su desglose en una serie de objetivos específicos, que quedaron recogidos del siguiente modo:

  • Identificar las variables relevantes que influyen sobre el consumo de alcohol entre los adolescentes.
  • Realizar una caracterización de las diferentes pautas de consumo de alcohol entre los adolescentes.
  • Identificar las variables relevantes que influyen en los valores y actitudes sobre el consumo de alcohol entre los adolescentes y entre padres de adolescentes.
  • Conocer las convenciones sociales actuales sobre el consumo de alcohol entre los propios adolescentes y entre padres de adolescentes.
  • Identificar los componentes de riesgo en el consumo de alcohol entre adolescentes, en relación a las imágenes sociales.
  • Evaluar las distintas opciones preventivas y terapéuticas sobre el consumo/abuso de alcohol diseñadas e implementadas.
  • Poner en marcha, de forma inicial, una intervención preventiva ajustada a las necesidades identificadas.

Dar respuesta a los objetivos expuestos exigió de un esfuerzo continuado que, apriorísticamente, dividimos en tres fases, a desarrollar en tres años consecutivos. El primer año (2004) fue el dedicado al exámen documental y bibliográfico que culminó en la confección de una gran base de datos con más de 12.000 registros. A continuación, se diseñó y realizó una investigación exploratoria de carácter cualitativo, mediante el uso de técnicas de recogida de datos a través de entrevistas en profundidad y grupos de discusión con adolescentes, así como con padres de adolescentes. El segundo año (2005) fue el dedicado al diseño y realización de una investigación descriptiva (descripción del hecho del consumo de alcohol entre adolescentes y extracción de tipologías), y explicativa (mediante el análisis de factores que intervenían en las causas del consumo de alcohol entre los adolescentes), de carácter cuantitativo, es decir, mediante la formalización de encuestas personales, de carácter probabilístico y representativo. Ya el tercer año (2006), nuestro objetivo fue crear una tipología de adolescentes a partir de cuatro aspectos relacionados con las percepciones y valoraciones que éstos hacen sobre el consumo de alcohol. En concreto, las variables que integraban este eje fueron la opinión sobre el alcohol, efectos del consumo de alcohol, rechazo/aceptación hacia el consumo de alcohol y adjetivación de los consumidores de alcohol.

En cuanto al procedimiento que seguimos, éste conllevó la realización de tres análisis consecutivos:

  • Análisis Factorial (cuatro) de las variables con las que establecemos la clasificación.
  • Análisis Cluster con los factores resultantes del Análisis Factorial y,
  • Descripción de los tipos resultantes del Análisis Cluster a partir de su composición demográfica y de las diferencias relativas a los distintos posicionamientos según las actitudes hacia el consumo de alcohol.

Con posterioridad se diseñó y aplicó un programa de intervención para la prevención del consumo abusivo de alcohol entre los adolescentes, y se determinó su efectividad teniendo en cuenta (a) la existencia de cuatro grupos de adolescentes caracterizados (grupo de bebedores excesivos, grupo de bebedores moderados, grupo no bebedores y grupo de bebedores ocasionales), y (b) la necesidad de establecer una serie amplia de medidas para valorar los posibles cambios que pudieran haberse producido a raíz de la aplicación de dicho programa de prevención, que incluyeron datos sobre las salidas nocturnas, el consumo de alcohol, las motivaciones para el consumo, actitudes hacia el alcohol y hacia los adolescentes bebedores, o la valoración de los efectos del alcohol. Todo este trabajo no hubiera sido posible sin la participación amplia de expertos y profesionales que enmarcados en el grupo de investigación “enclavesocial”, lograron año tras año cumplir con los objetivos marcados. A ellos quiero referirme ahora, pues sin su concurso difícilmente podría haber realizado o cumplido las numerosas, laboriosas y exigentes tareas que todo proyecto de investigación conlleva. Formaron parte del equipo inicial las sociólogas/os Milagros Laspeñas García, Marta Muñoz Pinillos, Paz Zuloaga Rada y Luis Alberto Sanvicens y las psicólogas/os Mª Victoria Hernando Ibeas, Elisa Ruiz Domingo, Inés Alcalde y Francisco Cabello Luque, así como el doctor en Medicina, José María Urraca Fernández. Hubo incorporaciones puntuales como la psicóloga Carolina Medina (2005), y la también psicóloga, Anabella Martínez (2006). Además pude contar con cierto número de colaboradores que llevaron a cabo tareas de campo u otras que los miembros del equipo  determinaron a lo largo de estos años. Si bien todos los miembros del equipo han colaborado en la realización de los informes anuales, base material de la que se extraen los textos que componen los diferentes capítulos de este libro, quiero destacar ahora y agradecer su intensa dedicación a este proyecto, en concreto a los sociólogos Milagros Laspeñas y Luis Alberto Sanvicens y al psicólogo Francisco Cabello. A ellos se deben los textos dedicados a mostrar la metodología, las relaciones familiares y las motivaciones, creencias, actitudes y percepciones junto a una tipología de los adolescentes que aparecen en tres capítulos identificados, todo ello sin demérito de los demás miembros del equipo, aunque por su entrega y seguimiento, bien pueden considerarse estos últimos como los más vinculados a este producto final, que es el libro que nos ocupa.

Es un libro dividido en nueve partes que comienza con los métodos y técnicas de investigación seguidos en el abordaje de la realidad  adolescente, sigue con una reflexión sobre la construcción social de los adolescentes, continúa con el descubrimiento de las relaciones familiares y de amistad actuales, y su importancia en el desarrollo de la personalidad; así como la ocupación del tiempo, principalmente el de ocio. Otras partes están dedicadas a las salidas de marcha y el consumo de alcohol, haciendo especial incidencia en el fenómeno mediático del botellón. El último capítulo lo dedicamos a exponer detalladamente los principales motivos y percepciones considerados acerca del consumo de alcohol; así como una tipología de los adolescentes, construida alrededor de una serie de factores y variables que determinan los consumos de alcohol.   El libro finaliza con unas conclusiones relevantes acerca del ocio y consumo de alcohol entre los mismos. En su conjunto, este libro es producto de los datos obtenidos durante el periodo investigador y de trabajo de campo, que invitan a reflexionar y a considerar nuestras opiniones acerca de un periodo vital de las personas, que por su inestabilidad y su ímpetu, está llamado a ser decisivo en la configuración de la sociedad futura y las generaciones que la sostengan. Espero de corazón que su lectura sea provechosa.

A continuación reproduzco el capítulo VII dedicado al botellón, pues ha sido uno de los temas más recurrentes de los últimos años merced a la publicidad que se le ha dado en los medios sin atender a las verdaderas causas que lo originan y lo mantienen. Espero que os guste.

El botellón como fenómeno social está definido como la reunión masiva de jóvenes de entre dieciséis y veinticuatro años, fundamentalmente en espacios abiertos de libre acceso, para combinar y beber la bebida que han adquirido previamente en comercios, escuchar música y hablar. Según Baigorri es un fenómeno global pues es posible encontrar el botellón desde Nueva Zelanda hasta los Estados Unidos, obviamente con denominaciones distintas pero con un nexo común que son sus manifestaciones públicas. No es un hábito de ocio juvenil porque la mayoría de los jóvenes no lo practican; eso sí, los que lo hacen lo practican con intensidad. Ya en nuestro país, señala Baigorri que el conflicto social desencadenado en torno al botellón constituye un ejemplo paradigmático de conflicto postmoderno, ya que se inscribe de lleno en el ámbito del consumo, que es el principal factor de agrupación y creación de identidades en la sociedad contemporánea. En el marco de la globalización, el botellón es una expresión que globaliza las tendencias de ocio nocturno, por cuanto el trinomio joven, noche y alcohol está presente en todas las pautas de ocio nocturno en las sociedades avanzadas.

El problema social del botellón radica en la presencia de menores de edad tomando grandes dosis de alcohol y otro tipo de drogas asociadas a esta práctica (cannabis principalmente), sobre todo en los pueblos donde hay más participación de adolescentes que de jóvenes adultos. En este sentido, los expertos en toxicomanías advierten del riesgo que corren los adolescentes, pues el consumo de alcohol hace de este la droga de mayor prevalencia, al  caracterizarse por una ingesta excesiva de bebidas de alta graduación en periodos pequeños con el fin de lograr embriagueces rápidas. Además, todavía no se puede prever qué consecuencias tendrá el abuso alcohólico en las generaciones que lo practican, pues la edad a la que se inician es cada vez más temprana.

El trinomio jóvenes-noche-alcohol al que aludía Baigorri como fuente de problemas sociales, tiene su correlato en una distinta percepción sobre el consumo de alcohol. Para unos (tanto jóvenes como adultos) se trata de un comportamiento humano inmutable de carácter tradicional y equivalente a un derecho natural, mientras que para otros (exclusivamente adultos) se han producido cambios y ahora predominan comportamientos asociales que reflejan una cierta falta de educación y, por tanto, una crisis en la transmisión y reproducción de valores y normas sociales. Esta diferente percepción acerca del consumo de alcohol ha promovido una cierta ambigüedad en la valoración social del fenómeno del botellón. Para unos es una expresión de libertad que se enmarca en una tradición cultural, mientras que para otros es una forma de expresión de la falta de valores ciudadanos reflejada en actos gamberros propios de una mala educación, aunque los dos tipos de valoración se funden o confunden según el contexto en el que se expresan, pues ambos participan del pensamiento colectivo adulto, o dicho de otro modo, participan de lo considerado mundo de los adultos.

Por su parte los adolescentes beben porque han aprendido que beber forma parte de la diversión y de la noche, a través de sus familias y de todos los productos culturales con que la sociedad les transmite los valores en los que se socializan. La salida nocturna responde a un protocolo cultural claramente prescrito y pautado, también heredado, como el consumo de alcohol entre los adultos. Salir de marcha está vinculado a representaciones de encuentro y posibilidades de establecer distintos vínculos con los pares, a quienes seguramente encontrarán en la calle, en las plazas o en los bares y discotecas. A los adolescentes les produce placer ver mucha gente, ver que todos están ahí, notar que salen todos y que esa es una costumbre que les pertenece y les marca. Entre los adolescentes, el protocolo de salidas nocturnas está más intensamente aplicado porque la noche, especialmente cuando está acompañada de alcohol o de otras drogas, favorece la desinhibición y, por tanto, la tarea que les ha sido encomendada tras la Revolución Industrial: la de buscar ellos/as mismos/as la pareja con la que formar la unidad familiar y contribuir a la transmisión de los genes familiares y, por ende, a la supervivencia de la especie.

Pero si el consumo de alcohol forma parte de un protocolo cultural destinado a la supervivencia de la especie como fin último, también es cierto que esa realidad social y cultural está determinada por una serie de factores, señalados en numerosos estudios:

-      La existencia de periodos de fuerte desarrollo y apertura al exterior, acompañados de bonanza económica.

-      El retraso en el abandono del hogar familiar, lo que lleva a vivir una vida muelle, que no exige de trabajo ni responsabilidades domésticas, y por lo tanto deja más tiempo libre a los jóvenes, y además durante más tiempo de su trayectoria vital.

-      El retraso de la entrada en el mercado laboral, en épocas recesivas por las dificultades de acceso al trabajo, pero sobre todo por la universalización y obligatoriedad de la enseñanza secundaria, y el abaratamiento y generalización de los estudios universitarios.

-      Los cambios de mentalidad por la influencia de los medios de comunicación de masas.

-      Las innovaciones tecnológicas y la introducción de herramientas, como Internet, que rompen las barreras espacio-temporales al virtualizar tiempo y espacio.

-      Las bajas tasas de matrimonio y fecundidad. Al retrasarse la edad de formar una familia, las parejas jóvenes tienen más tiempo para su disfrute personal sin obligaciones familiares.

-      La conversión de los centros comerciales en sustitutos de las iglesias como foros. Los hipermercados se manifiestan como nuevas catedrales, a las que la gente acude a pasar el tiempo rindiendo culto al consumo, y encontrarse con otras gentes con las que practicar la penitencia de la interacción social.

Otras causas sociales que conforman este fenómeno son el crecimiento de las multinacionales del alcohol, la economía especulativa que ha hecho que se disparen los precios de los bares por la noche, la tradición de beber en la calle y las grandes superficies comerciales que son cómplices del fenómeno del botellón pues son las primeras en lucrarse con la práctica del mismo. Finalmente las sociedades de veinticuatro horas que han desestructurado el día y la noche pues en la práctica del ocio se siguen sin solución de continuidad.

Sobre el conjunto de causas conviene resaltar el hecho de que las personas sigan considerándose jóvenes hasta pasados los treinta y muchos años, sin responsabilidades familiares y con dinero, pues este es un aspecto novedoso en la configuración del fenómeno del botellón, considerado siempre como un fenómeno propio del mundo adolescente y joven y no del mundo adulto. Si los jóvenes lo son hasta muy avanzada la edad, la considerada como propia del mundo adulto, la población que se encuentra aceptada en el fenómeno del botellón crece numéricamente, conformando socialmente los valores permisivos sobre la ingesta de alcohol en el espacio público. Nunca hasta este siglo las expectativas de vida habían crecido tanto, estirando hasta los límites que el desarrollo económico permite la configuración de las identidades generacionales.

El fenómeno del botellón tiene diversas características que le acompañan y definen. En general se podría definir como una reunión de grupos de adolescentes y jóvenes que beben, charlan, escuchan música, bailan, o llevan a cabo cualquier otra actividad en espacios públicos y abiertos.  Un periodista que ha conocido la realidad madrileña del botellón señala además una serie de particularidades o características que lo enmarcan. La más llamativa el enorme éxito de convocatoria que tiene esta actividad. Tal afluencia de personal en la vía pública, bien pertrechado de bebidas de diversa graduación alcohólica y muchas ganas de marcha, diríase que es lo más parecido que hay a las fiestas patronales de cualquier pueblo o barrio, y, en efecto, así es. El botellón es una fiesta popular, un espacio absolutamente lúdico en el que sus participantes solo buscan pasárselo bien, ajenos a las rutinas cotidianas y a los condicionamientos sociales. Sin embargo, a diferencia de las fiestas verbeneras, el botellón es restringido y reiterativo. Restringido porque en él solo participa un tipo de gente: los jóvenes. Reiterativo porque no se produce con ocasión de una fecha señalada en el santoral religioso o pagano, sino que sucede todos los fines de semana, las vísperas de fiestas y, en general, durante los periodos vacacionales de la muchachada. Otra de sus características fundamentales es la nocturnidad, siendo la puesta y salida del sol los marcadores del principio y fin de la fiesta. Además, prosigue Aguilera, como cualquier comportamiento grupal, el botellón tiene sus rituales y los jóvenes los cumplen sin planteárselo, simplemente porque es así. No hay manuales sobre el particular ni reglas estrictas, pero sí una línea común de comportamiento. La secuencia sería: primero la cita entre las pandillas de amigos los día previos al fin de semana, que se realiza en colegios, institutos, facultades o vía Internet; segundo el aprovisionamiento mediante la compra en los comercios próximos al lugar donde se va a realizar y que se costea mediante un fondo común de dinero; tercero la ubicación o elección del lugar propicio; y cuarto las actividades que no se acaban en la ingesta de alcohol y la charla, sino que se extienden a los juegos de habilidad de todo tipo. Además habría que sumar la finalización del botellón que también constituye rutinas que desarrollan a través de rutas habituales y horarios de regreso a casa. Son rutas que utilizan masivamente los adolescentes dependiendo del lugar que parten (espacios del botellón), del día de la semana, del horario establecido de regreso a casa y del tipo de participantes en tales eventos. Y es que lo más frecuente es encontrar en los espacios botelloneros, jóvenes de amplias clases medias, estudiantes de instituto o de facultad que viven en la casa familiar, que no crean grandes conflictos en su entorno inmediato, chicos que tienen inquietudes culturales aunque éstas sean mínimas. En este sentido Aguilera dice que  beber con una cierta alegría y en la calle no es nada nuevo, algo con lo que muchos de nosotros estaríamos de acuerdo. La tradición habría tenido mucho que ver con el fenómeno botellón y los jóvenes no habrían hecho nada más que inventar una nueva modalidad para un rito antiguo.

En esta misma línea, Baigorri mantiene que se bebe porque lo impone el modelo cultural global dominante. Los jóvenes beben porque han aprendido que beber forma parte de la diversión y de la noche a través de sus familias y de todos los productos culturales con que la sociedad les transmite los valores en los que se socializan. Modelos culturales, modelos familiares y modelos sociales impelen a beber en las calles y espacios públicos a las cuadrillas de adolescentes que, sin embargo, se pueden distinguir entre ellas por la edad de sus participantes, pues la edad es el marcador temporal que separa a los miembros de un grupo identificándolos en su conjunto. Tan sólo los que se encuentran en ese tiempo liminal que supone estar a las puertas de la mayoría de edad, los portadores de dieciséis y diecisiete años, son capaces de adentrarse en uno y otro grupo, de familiarizarse con los usos de unos y otros y ocupar los espacios que se suponen de quienes lideran el grupo de menores y que igualmente se destina a quienes todavía no ejercen sino de aprendices del grupo de mayores. Por medio, el control de los padres y adultos a través de la figura policial. Los agentes de policía local sólo pueden hacer recomendaciones, obligar a los jóvenes a que recojan las botellas y plásticos y evitar que destruyan el mobiliario o causen daños en los puntos habituales de botellón. Y también identificar a los practicantes de esta modalidad lúdica para comprobar si son menores de edad, en cuyo caso sí pueden tomar medidas. En esto del consumo de alcohol en cuadrilla, se observa de manera meridiana que hay diferencias según las edades. Así, aquellos que se inician en la adolescencia ni siquiera lo han visto o han oído hablar de él, y tan sólo conocen sus resultados; incluso manifiestan un cierto rechazo hacia las consecuencias de un consumo descontrolado en zonas verdes.

En 2005 la media estatal de edad de inicio de los adolescentes en el consumo en grupo de alcohol era de trece años y el porcentaje de adolescentes que se reunían para beber de esta forma se situaba en el 20,4% de los jóvenes de entre catorce y dieciséis años. Nosotros hemos observado que en La Rioja los más jóvenes incluso eran contrarios al botellón, bien porque no les gustaba o bien porque no lo entendían, aunque en la última encuesta (2004) sobre consumo de sustancias adictivas, el 2,6% de los adolescentes riojanos de entre doce y dieciséis años reconoció que se había emborrachado en el último mes. Un porcentaje nada relevante (aunque preocupante dada la edad a la que se experimenta la borrachera), indicador de que quienes se inician en la adolescencia manifiestan disgusto o rechazo por este fenómeno del botellón. Ciertamente, conforme avanza la edad, la curiosidad y la imitación de los más adultos puede ser el desencadenante de un fenómeno que poco a poco se va trivializando entre los jóvenes consumidores.

El botellón no sólo se extiende entre los adolescentes de menos edad por imitación de los más adultos, de los mayores, sino también por la escasa oferta de ocio nocturno que, además, se encuentra limitada por las fuertes restricciones horarias marcadas por los padres y por las prohibiciones a menores para entrar en bares y discotecas donde acceder a la oferta de bebidas alcohólicas. Si tuviéramos que situar el comienzo de la actividad botellonera, el momento más ajustado para realizar el botellón sería el atardecer, al caer las últimas horas del día. Es el momento de preparar la noche, cuando las alternativas al botellón sólo se encuentran en las zonas de diversión y consumo de alcohol de la ciudad. El dilema es que no siempre la salida a la ciudad está al alcance de todo el grupo o compañía de amigos. Por si esto no fuera un obstáculo, la edad es otro impedimento para prolongar la salida nocturna. Los más adolescentes tienen horarios de regreso temprano (salvo los sábados) y las discotecas sin alcohol son de horario diurno, todo lo cual configura un elemento contrario al concepto de diversión y la salida de marcha, como es el horario nocturno.  Pero si el tiempo de ocio y su disfrute están relacionados con la noche, no ocurre aleatoriamente cualquier día de la semana, sino exclusivamente los fines de semana (salvo días especiales). El alargamiento del tiempo libre o de fin de semana no es una prerrogativa de los adolescentes o de los estudiantes, sino que es una conquista de los trabajadores y una respuesta a los actuales modelos de producción y consumo que han llevado a organizar el periodo laboral semanal en torno a las treinta y cinco a cuarenta horas, destinando los fines de semana al tiempo de ocio, y porqué no, también al consumo de ese ocio. Ahora bien, los adolescentes, al igual que otros grupos generacionales, distinguen los viernes, de los sábados y domingos en la organización de sus actividades de ocio y en la materialización de sus tiempos de diversión, dando una preponderancia superior a la noche del sábado, sobre el resto de los días y las horas del fin de semana. Como los días laborables, también los fines de semana se organizan en torno a rutinas de horarios y lugares de diversión. En general, los adolescentes quedan a media tarde para la organización de la noche; con posterioridad proceden a la compra de bebidas. El horario de cita para la reunión en los lugares y espacios de botellón suele oscilar entre las siete de la tarde y las nueve o diez de la noche. Con anterioridad, el aburrimiento es la nota predominante de todos los adolescentes que esperan con ansia la hora de esa cita, de esa reunión con la cuadrilla de amigos.

Lo cierto es que se cumplen los imperativos de la tradición cultural y entre las familias cuando se anima desde muy corta edad a participar del ritual de beber en compañía, bien en espacios públicos cerrados o bien en la calle, y con motivo de cualquier ocasión especial, social o festiva. Sin embargo, el botellón es un ritual de exclusividad adolescente y joven, dado que muchas veces son menores de edad quienes se encuentran con problemas para el consumo en locales públicos (salvo con ocasión de festividades o celebraciones sociales y familiares, donde el consumo de menores se hace más permisivo e incluso alentado), y por supuesto con problemas a la hora de adquirir o comprar los licores con los que elaborar combinados en botellones de dos litros de refresco. Problemas de compra que los adolescentes resuelven de diversas maneras, desde hacerse con la colaboración de adultos, pasando por la utilización de comercios que no presentan dificultades, hasta delegar en aquellos adolescentes cuyo aspecto impone una imagen de persona mayor. De esta manera o bien de cualquier otra, los adolescentes menores de edad se hacen con bebidas de alta graduación, pues las dificultades de acceso por impedimentos legales son relativamente fáciles de superar gracias al empeño y la imaginación que despliegan. Por otra parte, una respuesta que aparece tanto en los cuestionarios de encuesta como en las entrevistas y en los grupos de discusión, acerca de porqué se hace botellón, tiene mucho que ver con el precio de las bebidas que fijan los establecimientos de bares y hostelería, y que para los adolescentes se encuentra totalmente alejado de su realidad económica que viene marcada por los ingresos semanales. Por eso, la respuesta indicada, es que no siempre se puede consumir alcohol de otro modo que no sea a través del botellón. Los adolescentes argumentan que se hace botellón porque su economía de bolsillo no da para muchos estipendios alcohólicos en bares, tampoco para adquirir bebidas de grandes marcas, más bien buscan que el combinado resultante mantenga un sabor aceptable y cumpla su función alcohólica. Para muchos adolescentes, la base de las mezclas es el vino (“kalimotxo”), que se combina en contenedores que van desde la botella hasta la garrafa, y de ahí el nominativo de botellón o garrafón. Pero no todo es adquisición de bebidas alcohólicas, pues una vez realizada la compra o incluso antes de la compra de licores y otras bebidas, se procede a cenar y llenar el estómago con el fin de evitar la borrachera de estómago vacío, algo que parece haber experimentado buen número de adolescentes cuando hablan de ir cenado a los botellones. No son por tanto cenas de restaurante, sino más bien snaks, frutos secos, chucherías, bocadillos, hamburguesas y pizzas los elementos indispensables para sostener una ingesta abusiva y a veces rápida de alcohol. Esporádicamente formalizan cenas a base de pinchos, pero las cenas con la cuadrilla o la pareja en locales de restauración son más un asunto de jóvenes que de adolescentes. Quizás, una cuestión de recursos económicos.

Como todos los adolescentes pertenecientes a una misma cuadrilla suelen conocer los lugares de cita y reunión. Poco a poco, dependiendo de las directrices y demandas familiares, van apareciendo en esos lugares, continuando el ritual del botellón (beber, charlar, jugar, reír), hasta la medianoche o primeras horas de la madrugada, momento en el que de la misma manera que fueron reuniéndose todos los miembros del grupo, van marchándose a otras zonas de diversión. Las calles que han pasado a denominarse la zona son aquellas que disponen de multitud de locales, bares y discobares, y que se sitúan en torno al eje de la calle Chile de Logroño. Otra zona post-botellón está constituida principalmente por la calle Mayor, la plaza del Mercado, el Laurel y Bretón de los Herreros, todas ellas en el casco antiguo de la ciudad. También en el casco antiguo se sitúan las discotecas o centros de atracción para la marcha de última hora, es decir, de cierre del sábado, en torno a las cuatro o las cinco de la madrugada, momento en que deciden regresar a sus domicilios. Pero si estas son las rutinas de los adolescentes que viven en la capital, el momento de quienes provienen de alguno de los pueblos del área próxima a Logroño, es tras la cena, aunque para ellos el botellón es más propio de temporada estival, cuando se visitan los parques de cualquier localidad con la seguridad de que allí se encuentran otros grupos de bebedores, dejando para el invierno el refugio de los bares. En Calahorra, segunda ciudad en importancia poblacional de La Rioja, los adolescentes utilizan locales, bajeras y chamizos para hacer el botellón y, como en otras localidades, también los sábados al anochecer (sobre las diez horas), comenzando una ruta posterior o Ronda por los bares y pubs del casco antiguo, hacia las doce de la noche o una de la madrugada. En cualquier caso, el botellón parece no tener carta de naturaleza en los pueblos, donde se practica sólo a instancias de los tiempos de fiestas y no como un ritual semanal. Así parece desprenderse del relato de estos jóvenes. Sea en la capital o sea en otras localidades y tal como ocurre con cualquier actividad, también el botellón tiene su final y éste, a su vez, marca el comienzo de la diversión, de otro momento de diversión que se caracteriza a su vez por otras actividades, las que suponen salir de marcha un fin de semana. Y como toda actividad necesita un espacio donde realizarla, también la diversión post-botellón tiene el suyo. En este sentido, ir a las discotecas o ir a las zonas de marcha (alcohol, música y baile) son espacios que siguen al botellón. A estas zonas van después del consumo de botellones, momento que aprovechan para hacer sus rondas por las zonas de bares y disco bares sin necesidad de consumir en su interior. Como las cuadrillas se diferencian en ciertas ocasiones según el sexo, los lugares de marcha no siempre coinciden. Esto ocurre a propósito de las discotecas, que se delimitan en función de los intereses de los grupos, claro está, siempre que no haya intención de pasar el tiempo de ocio nocturno en grupos mixtos de chicos y chicas.

Volver a casa sigue creando conflictos entre padres y aquellos hijos que aún siguen sometidos al control familiar, especialmente en lo referido a la hora de regreso tras la salida nocturna, y en la necesidad de dar explicaciones si el retraso ha sido importante. La hora de regreso es algo que depende de la confianza, la madurez, los lugares frecuentados y las compañías entre otras variables. Existen opiniones muy marcadas respecto al tema. Por un lado, hay padres que consideran fundamental la imposición de una hora. Estos, en su afán de protección al fijar una hora de regreso, quieren lograr una mayor seguridad para sus hijos. Por otra parte se encuentra la opinión de aquellos padres que consideran que es innecesaria la hora de regreso a casa. Esta opción aboga por la confianza en la madurez y la responsabilidad de los hijos. Sin embargo, parece que hay consenso en que una hora de regreso resulta recomendable para evitar los factores externos que los hijos, todavía a ciertas edades no son capaces de controlar. La hora de regreso a casa debe ser fruto de un diálogo abierto y comunicativo y debería estar abierta a situaciones como la llamada telefónica de un hijo anunciando el regreso a casa a una hora más tarde de la prevista porque se lo está pasando bien. Esta fórmula hay que tomarla como un síntoma de madurez de los hijos al mismo tiempo que de respeto por las normas familiares. También es conveniente tratar todos los aspectos que atañen a la salida de marcha, como los lugares que se pretenden frecuentar, los amigos con los que van a salir, la hora a la que quieren salir y volver, pues una vez llegado el momento resulta más complicado tratar de razonar con los hijos los motivos por los que se quiere fijar una hora en concreto. Esta negociación entre padres e hijos para decidir la hora de regreso a casa es habitual, tal y como se desprende de los grupos de discusión con padres de adolescentes y con adolescentes. En general, los padres entrevistados no dan tanta importancia a la hora de llegada, preocupándoles mucho más las condiciones en que llegan sus hijos a casa, así como el medio de transporte utilizado por miedo a que les pueda ocurrir algo. Pero veamos en cifras y porcentajes los datos referidos a la hora de regreso. Sabemos que más del 60% de los adolescentes riojanos tienen hora de regreso a casa los fines de semana, aunque si discriminamos en función del género, son el 58,9% de los chicos y el 62,7% de las chicas quienes tienen convenida con los padres una hora de regreso. Y si el género es sujeto de diferencias, la edad también condiciona la hora de regreso a casa. A medida que aumenta la edad, disminuye el porcentaje de adolescentes que tienen hora de regreso para volver a casa los fines de semana, suponiendo a partir de los dieciocho años que sólo el 30% o el 20% de los adolescentes declaren tener acordada una determinada hora de regreso:

Existencia de hora de regreso el fin de semana por edad

Edad

12

13

14

15

16

17

18

19

%

%

%

%

%

%

%

%

100,0

89,5

93,5

90,0

74,5

58,8

28,3

20,0

No

0,0

10,5

6,5

10,0

25,5

41,2

71,7

80,0

100,0

100,0

100,0

100,0

100,0

100,0

100,0

100,0

En cuanto a las diferencias según la ocupación principal, hemos encontrado que de los adolescentes que estudian, el 64,5% tienen hora de regreso, lo cual supone una proporción que casi duplica la de los adolescentes que trabajan (38,6 %).  En este caso ambas variables son dependientes, aunque hay que tener en cuenta que ésta dependencia si va muy relacionada con la edad es porque los adolescentes que trabajan necesariamente tienen más de dieciséis años. Los días considerados especiales, las cifras respecto a los fines de semana se invierten, y  son poco más del 40% de los adolescentes quienes dicen tener hora de regreso a casa, aunque siguiendo la estela de los datos anteriores en cuanto a las diferencias de género, el 37,3% de los chicos y el 43,7% de las chicas dicen tener convenida dicha hora de regreso.

Existencia de hora de regreso un día especial por edad

12

13

14

15

16

17

18

19

%

%

%

%

%

%

%

%

86,7

66,7

75,0

73,2

60,8

17,7

6,7

4,4

No

13,3

33,3

25,0

26,8

39,2

82,4

93,3

95,6

100,0

100,0

100,0

100,0

100,0

100,0

100,0

100,0

Y del mismo modo que vimos al analizar la existencia de hora de regreso los fines de semana, también en esta ocasión podemos decir que la edad condiciona tener hora de regreso incluso un día especial, pues existe dependencia entre ambas variables. De hecho observamos que a medida que aumenta la edad disminuye el porcentaje de adolescentes que tienen hora de regreso para volver a casa los fines de semana. O dicho de otra manera, el porcentaje de adolescentes que tienen hora de regreso los días especiales, disminuye frente a los que tienen horario de regreso un fin de semana en cada tramo de edad. El grado de cumplimiento de la hora de regreso “siempre” o “a menudo” es de ocho de cada diez adolescentes, de los cuáles se derivan diferencias de género, pues las chicas cumplen la hora de regreso a casa en mayor porcentaje que los chicos. En el extremo opuesto, un porcentaje muy bajo de chicas (3,9%), rara vez o nunca cumplen la hora de regreso, frente a un porcentaje superior de chicos (14,2%).

Cumplimiento de la hora de regreso por sexo

Chico

Chica

%

%

Siempre

46,93

52,94

A menudo

30,61

35,29

A veces sí- a veces no

8,16

7,84

Rara vez

12,24

2,94

Nunca

2,04

0,98

Y son los adolescentes de más edad (19 años), quienes cumplen en menor medida la hora de regreso a casa; en concreto son un 33,33% los que “raras veces” o “nunca” cumplen el horario de regreso a casa, frente al 6,7% o el 4,5% de los adolescentes más jóvenes (12 y 13 años). Es decir, conforme aumenta la edad de los adolescentes y, sobre todo, cuando estos adquieren la mayoría de edad que marca la ley, desoyen las normas familiares sobre horarios de regreso a casa y cumplimiento de los mismos, posiblemente como una manifestación de independencia adolescente frente a la dependencia existente desde la niñez. En cuanto a la hora de regreso los fines de semana, y aunque nos encontramos con valores muy dispersos y no se puede tomar la media como representativa, se sitúa ésta como media a las cinco cincuenta y cinco de la madrugada, hora además muy cercana a la moda, es decir, las seis de la madrugada.

Hora de regreso los fines de semana por edad

Horario

% De 12 a 14 años

% De 15 a 17

% De 18 a 19

De las 10 a las 12.45

1.8

0.8

0

De la una de la madrugada a las 4.45

94.7

39.2

6.5

De las 5 de la mañana a las 7.30

3.5

48.3

55.4

De las 8 de la mañana en adelante

0

11.7

38.0

100

100

100

Existe una dependencia muy fuerte entre las variables “hora de regreso los fines de semana” y “edad”. Es raro que los más jóvenes lleguen más tarde de las cinco de la madrugada, mientras que más de la mitad de los de 15 a 17 años y más del 90% de los de 18 a 19 años llegan a partir de las cinco de la madrugada. Por sexo apenas hay diferencias, sin embargo, por ocupación de nuevo apreciamos una dependencia entre variables, pues los estudiantes llegan a horas más tempranas de la noche que los trabajadores, aunque aquí interviene también el factor edad (sólo se trabaja a partir de los dieciséis años):

Hora de regreso los fines de semana por ocupación

Horario

% estudiante

% trabajador

De las 10 a las 12.45

0.9

0

De la una de la madrugada a las 4.45

43.5

16.2

De las 5 de la mañana a las 7.30

40.5

45.9

De las 8 de la mañana en adelante

15.1

37.8

100

100

Cuando les preguntamos por la hora de regreso un día especial, vimos que ésta se alargaba una hora como media con respecto a la de los fines de semana, convirtiéndose casi en las siete de la madrugada. Al igual que los fines de semana, la hora de regreso los días especiales depende en gran medida de la edad de los adolescentes.

Hora de regreso los días especiales por edad

Horario

% De 12 a 14 años

% De 15 a 17

% De 18 a 19

De las 10 a las 12.45

19.7

0

0

De la una de la madrugada a las 4.45

53.5

36.7

8.1

De las 5 de la mañana a las 7.30

14.1

35.3

41.4

De las 8 de la mañana en adelante

12.7

28.1

50.5

100

100

100

De este modo, el regreso a casa tanto los fines de semana como los días especiales, se produce más allá de las cuatro y las cinco de la madrugada, y las variables que intervienen para diferenciar el comportamiento de los adolescentes son la edad y la ocupación. A más edad y actividad laboral se corresponden comportamientos ajenos o contrarios a la norma familiar, caso de que existiera. Es como si la rebeldía frente a la dependencia familiar sólo pudiera expresarse a través de la libertad de horarios para volver a casa tras las salidas nocturnas de los fines de semana o de los días especiales.

La ocupación del tiempo libre, especialmente durante los fines de semana, va ligada íntimamente a la ocupación de un espacio. Tal y como afirma Martín Serrano, actualmente las demandas específicamente juveniles, en cuanto al disfrute de sus horas de libre disposición, tienen que ver con la necesidad de disponer de sitios propios. Las actividades que llevan a cabo durante el fin de semana los grupos de jóvenes se caracterizan por su nuevo localismo. Precisamente uno de los rasgos más distintivos de las nuevas generaciones, es esa identificación que establecen con “su” pueblo, con “su” barrio; allí donde viven y allí donde desarrollan sus relaciones. La ocupación colectiva de ese locus, que perciben geográficamente como próximo y emocionalmente como propio, tiene una importancia simbólica para los grupos juveniles que no debería de pasar desapercibida. Porque esa apreciación de un espacio público, responde a la necesidad de hacerse un sitio. Tener donde poder estar con los pares, es la condición necesaria para la producción y la reproducción del propio grupo. Y también para desarrollar las actividades afectivas, lúdicas y formativas que el grupo de pares satisface. La ocupación gregaria juvenil de los espacios que perciben geográficamente como cercanos y emocionalmente como propios, tiene una gran importancia simbólica. Esa apropiación de un espacio público y el disfrute del privado en grupo responden a la necesidad de hacerse un sitio, un lugar en el espacio social. Por esto se utilizan con frecuencia los espacios públicos urbanos, los parques y jardines, y las calles y bancos que acogen sus reuniones gregarias. A medida que avanza la edad de los adolescentes se va a dar una importancia creciente a los espacios donde consiguen mayor independencia, prefiriendo los espacios públicos para encontrarse con las amistades. Sus actividades de tiempo libre se dirigen principalmente al ocio nocturno de fin de semana, tanto en el ámbito público (gran oferta de bares y discotecas, parques y jardines), como en el privado con la proliferación de chamizos o cuartos, muy común en las zonas rurales y cada vez más habitual en las ciudades. No obstante todas estas opciones de ocupación de espacio público, serán los parques y jardines el modelo de espacio más utilizado en el desarrollo de la actividad que los jóvenes llaman botellón. En estas ocasiones se reúnen los amigos para beber y relacionarse con otras cuadrillas de adolescentes, y en el caso de la ciudad de Logroño las inmediaciones del parque del Ebro, parque de La laguna, Gallarza, zona de la Ribera, plaza de España y diversos aparcamientos del casco urbano, aunque el parque de San Miguel es el lugar por excelencia que, compartido en menor medida con otras zonas verdes de la ciudad, ha logrado erigirse en lugar de peregrinación incluso para los que no disponen de botellón. Cualquier parque o zona verde son espacios que permiten el disfrute del tiempo de ocio en compañía de los iguales, los de la misma generación, y son permisibles porque no colisionan directamente con otras generaciones, principalmente las de los adultos que son los que en definitiva colapsan los espacios públicos sin posibilidad de compartirlos con los de otras generaciones, que bien por su edad o bien por su capacidad económica no pueden acceder a los mismos. La organización adolescente en cuadrillas permite el intercambio de sus miembros y la posibilidad del encuentro, aspecto que se realiza siempre en lugares determinados, principalmente por la actividad del botellón. La utilización del espacio público para la formalización de encuentros a través de la actividad botellonera entre los miembros de las cuadrillas de adolescentes, forma parte de un ritual significante de pertenencia a las mismas. Dentro de este ritual botellonero, un rasgo definitorio es la costumbre de sentarse en el suelo (o en el respaldo de los bancos) como manera de reafirmar la diferencia. Es algo que hacen los adolescentes y jóvenes pero no los adultos. Es también una forma de delimitar el espacio público de aprovechamiento adolescente para diferenciar a las cuadrillas y grupos de amigos entre sí, de modo que todos conozcan su lugar y el lugar que ocupan en ese espacio imaginario de la jerarquía adolescente.

Otro rasgo que ya han advertido otros observadores es que la reunión forma de manera natural un círculo u otra fórmula geométrica, como un formato ideal no solo para el aprovisionamiento alcohólico, sino para verse las caras y propiciar la interacción entre todos. Los adolescentes que hacen botellón delimitan su territorio a partir de la ocupación de bancos que asumen de su propiedad, es decir, que asumen como de titularidad del grupo o cuadrilla a la que se pertenece y desde la que se entabla relación con los otros bancos, con las otras cuadrillas a las que se reconoce igual titularidad. El mobiliario urbano de los bancos constituye en este sentido el espacio territorial de los grupos de amigos. Los bancos son el punto de cita para todos los miembros integrantes de una cuadrilla de amigos y la relación con otras cuadrillas se establece a nivel de espacios ocupados por bancos. Y es que si bien los parques son públicos y, por tanto, pueden ser atravesados y ocupados por cualquier persona, son los bancos quienes constituyen lugares estanciales de uso exclusivo para las cuadrillas y para los grupos de amigos que han tomado e identificado simbólicamente como propio el territorio delimitado por el banco o los bancos. En el medio rural el uso de chamizos o cuartos por los adolescentes es muy frecuente aunque en el medio urbano también comienza a ser habitual esta práctica. Los adolescentes de menor edad no suelen disponer de este tipo de locales pues son locales cerrados que escapan al control de los padres y adultos, donde pueden realizar las actividades que ellos quieran sin vigilancia alguna y sin restricciones impuestas por factores externos. Pese a ello, las actividades que realizan no son esencialmente de índole ilegal si no que se resumen básicamente en oír música, bailar, hablar, ver alguna película, jugar a la vídeo consola, a juegos de mesa, etc. Los chamizos, en muchos casos disponen de sofá, televisión, juegos de mesa, nevera para guardar bebidas, equipo de música, pero sobre todo, y esto sí es relevante, se utilizan para el consumo de alcohol y otro tipo de sustancias con la seguridad que les da hacerlo entre los “suyos”. Aunque no todos llevan a cabo la actividad del botellón en chamizos, lonjas y locales sólo en ocasión de fiestas locales, sino que también realizan sistemáticamente el botellón semanal del mismo modo que las cuadrillas que utilizan los fines de semana los parques urbanos. El uso de chamizos, lonjas y bajeras acondicionadas para baile y esparcimiento de adolescentes, pero también para el botellón, además de hurtar a la mirada de los adultos las actividades que se realizan en su interior, es que se mantienen todo el año, pues el botellón al aire libre y sometido a las inclemencias del tiempo metereológico no es posible sostenerlo siempre. En cuanto a los espacios para las salidas de marcha, la gama es muy amplia, pues va desde espacios públicos como parques, jardines, calles y zonas de bares (sobre todo durante la adolescencia) a privados como bares y discotecas. Pero en estos casos, no cualquier establecimiento vale, han de ser del tipo en el que se pueda satisfacer dos de los ingredientes básicos en estas salidas: beber y bailar.

La ciudad actual es una ciudad atravesada e inhóspita. Ha dejado de ser un espacio para el encuentro y la convivencia para convertirse en un gran espacio atomizado y compartimentado donde los ciudadanos se recogen hacia dentro, hacia sus domicilios, dejando la calle transformada en un espacio para el transporte entre esas unidades aisladas y sustancialmente remotas, pero no como un espacio estancial que facilita las relaciones entre los ciudadanos sin concesiones por razón de sexo, edad o clase social. El espacio nunca está inerte sino que está activo en la constitución de las relaciones sociales. La organización espacial de las calles y los edificios produce un impacto en los movimientos de los cuerpos y organiza el flujo de las masas hacia ciertos tipos de actividades y relaciones. Hoy día las calles, los parques y cualquier espacio público están siendo ocupados por personas motorizadas que poco a poco demandan más espacio para sus vehículos dificultando, cuando no impidiendo, que las calles sean lugares estanciales, convirtiéndolas en lugares para ser cruzados, atravesados, recorridos pero nunca ocupados. Por otra parte, los espacios públicos que no son objeto de ocupación de vehículos o de personas motorizadas, han entrado en la mecánica del juego de la competencia por su uso y disfrute. Son espacios y estancias cada vez más escasas y en esa competencia, semejante al modelo capitalista de producción y consumo, son los más débiles, es decir, las personas con menor capacidad de decisión económica quienes  han perdido toda oportunidad de establecer la convivencia social en la lucha por los escasos, pequeños y artificiosos lugares y espacios públicos. En este sentido, viejos, niños y adolescentes se encuentran excluidos del espacio público, salvo que sean ellos mismos personas motorizadas o con capacidad económica para serlo. La convivencia entre generaciones, lo mismo que entre clases sociales, está rota por la distinta capacidad económica para ocupar los espacios públicos. Quienes son dependientes de los grupos económicamente activos (principalmente los tres que hemos nombrado: niños, viejos y adolescentes) no tienen acceso al espacio público salvo concesiones de quienes detentan el poder que les otorga su capacidad productiva y su dominio del territorio. En esta atmósfera ciudadana protagonizada por personas fuertes y débiles, de personas y grupos independientes y dependientes, donde el espacio para el encuentro, la estancia y la convivencia entre todos se ha roto o es inexistente, es normal que surjan desde los más débiles o desde los más oprimidos movimientos de resistencia. Una resistencia que surgió con la ocupación simbólica y luego precisa y real de determinados espacios urbanos, que primero fueron abandonados por los grupos ciudadanos con poder y posteriormente fueron ocupados por grupos ciudadanos débiles. Esto ha ocurrido principalmente con las calles y plazas de los cascos antiguos, donde grupos de adolescentes y jóvenes ocupan sin concesiones aceras, calles y plazas, expulsando a quienes otrora fueron sus principales ocupantes.

Una consecuencia radical de esta pugna por la ocupación del espacio público es la convocatoria a través de foros de Internet, por e-mail y móvil, de jóvenes y adolescentes, que el pasado mes de marzo se congregaron en al menos veinte ciudades españolas, con el fin de celebrar “macrobotellones” y concursar sobre en cual se reunía más gente y/o se bebía más. Fue una provocación a los Consistorios y sus regulaciones sobre ocupación del espacio público o sobre las alternativas de diversión en recintos cerrados como pabellones y polideportivos. Ya no es posible la convivencia intergeneracional. Los vecinos, que recluidos en sus pisos no pudieron abandonar esos espacios urbanos, se quejan porque con la ocupación juvenil, aunque sea periódica y rutinariamente de fines de semana y días especiales, han desaparecido aquellos instrumentos para la convivencia como eran los espacios comerciales y de servicios que acompañan por lo general los espacios públicos, donde la ciudad estancial y residente domina sobre la ciudad atravesada y aislada.

Señala Martín Serrano que las pandas juveniles necesitan estar presentes en las calles, tanto para marcar los límites de sus dominios, como para mostrar sus signos de identidad. Pero en las ciudades la geografía urbana generalmente está organizada para circular más que para estar. Los barrios tal vez sean deficitarios de parques, plazas u otros espacios al aire libre, donde grupos juveniles diversos puedan coexistir manteniendo las distancias necesarias para evitar roces, tanto físicos como emocionales, en los que se generan las tensiones que concluyen en conflictos. Los hábitos establecidos de concentrase en espacios al aire libre durante los fines de semana, así como el uso gregario que se hace de las calles, parques y jardines, están relacionados con las carencias de infraestructuras para el ocio juvenil. Esas insuficiencias pueden resumirse de esta manera:

1º) En las áreas rurales y también en las urbanas, es una queja muy común que no existen otros lugares de encuentro disponibles para la juventud que sean gratuitos y estén bien acondicionados.

2º) Los locales públicos destinados a los y las jóvenes suelen tener una inadecuada concepción del espacio, que dificulta las reuniones concurridas y el ejercicio de las actividades de relación y de expresión que en estas edades interesan.

3º) El precio que tiene la entrada a los locales públicos, donde se bebe, se oye música, se baila, no está al alcance de los y las adolescentes ni de los y las más jóvenes.

Las actuales carencias de espacios –apropiados para y apropiables por los jóvenes- tienen mucho que ver con los comportamientos agresivos, etnocéntricos e intolerantes que están surgiendo en la vía pública. Así, España que lleva en los últimos años un proceso de urbanización salvaje que ha colocado al 70% de sus habitantes en núcleos de más de 10.000 vecinos, muestra una presión sobre su espacio metropolitano cada vez más angustiosa por el desapego creciente de sus habitantes (de nuevo y viejo cuño, inclusos los inmigrantes), y la división social por edades que muestra la existencia de un colectivo cada vez más numerosos de personas mayores ocupantes del espacio diurno productivo, y el colectivo de jóvenes que, si bien es más reducido, se compensa con mayor participación en el tiempo de ocio nocturno y ocupación preferencial de los espacios. Adolescentes y jóvenes organizados en torno al consumo de fin de semana han ocupado territorio urbano y han expulsado, a veces no sin violencia, a los grupos de mayores, de propietarios y, en general, a la población productiva y adulta, generando un tipo de organización del espacio que a su vez impide el acercamiento generacional, no sólo con los más adultos, sino también con los más adolescentes. Precisamente son los adolescentes los que han encontrado en estas formas de resistencia de las generaciones jóvenes, un instrumento reivindicador del espacio público para ellos. Si los jóvenes ocupan los fines de semana calles y plazas  modificando el entorno con sus demandas y necesidades (básicamente locales para beber, charlar, oír música y bailar), los adolescentes han propiciado este modelo, trasladando la ocupación del espacio público a parques y jardines, donde los bancos y el botellón forma parte del paisaje modificado que responde a sus demandas. También de estos espacios, aunque puntualmente los sábados, han sido expulsados las generaciones de adultos. El botellón es un instrumento reivindicativo de espacio propio para un grupo de personas dependientes, que sólo puede insertarse en condiciones de igualdad en el espacio joven a través del consumo de alcohol, en espacios públicos determinados como propios.

El espacio social está compartimentado y la calle ha pasado a ser un lugar de lucha y resistencia entre aquellos que fueron excluidos de la ciudad convivencial. Sólo los niños y los viejos mantienen su situación de acomodo dependiente recluyéndose en aquellos locales (centros de mayores, guarderías y ludotecas), que la ciudad atravesada les otorgó a fin de ampliar los espacios públicos para el tráfico rodado. No entender el fenómeno social del botellón como un problema de reivindicación y ocupación del espacio público, secuestrado por un urbanismo embrutecedor para la convivencia ciudadana, es igual que no entender al adolescente cuando señala la luna, entonces, el idiota mira el botellón.

Adolescentes y ocio


ASPECTOS SOCIOJURÍDICOS SOBRE LA VIOLENCIA, LA LIBERTAD Y LOS DERECHOS DE LA MUJER EN EL NUEVO MILENIO

Cuando en mayo de 2004 se organizaron en la Universidad de La Rioja unas Jornadas de debate sobre “Igualdad y género” se abordó de manera específica uno de los problemas más importantes y complejos con que se enfrenta la sociedad actual (la violencia de género) y para cuya erradicación es necesario el compromiso tanto de instituciones y profesionales como del conjunto de la ciudadanía.

En aquellas Jornadas se analizaron y revisaron actitudes y valores en el contorno de la educación y la socialización, reflexionando sobre el desarrollo de estrategias encaminadas a facilitar la eficacia profesional de todas las personas que trabajan desde diferentes perspectivas en relación con la violencia de género, y analizando los cambios legislativos que afectan a dicha violencia. Asimismo, las Jornadas promovieron el debate y la reflexión sobre las acciones desarrolladas desde diferentes campos de intervención profesional con las víctimas y con los maltratadores, como servicios sociales, centros de urgencias, casas de acogida, centros de información y asesoramiento a las mujeres, administración de justicia, red sanitaria, educación y plataformas de sensibilización.

Las Jornadas trataban de posibilitar el debate y la reflexión sobre la igualdad entre mujeres y hombres, así como proporcionar a los asistentes instrumentos con los que profundizar en los cambios socioculturales y de roles en las identidades de género, principalmente en la construcción de la masculinidad.

La transformación de la masculinidad es producto de las conquistas de la revolución feminista y de los valores de la igualdad y la coeducación, que han acabado con los viejos roles de la mujer ama de casa abnegada y el hombre dominante que trabaja fuera de casa y alimenta la familia. Sin embargo, muchos hombres no han logrado transformar y adaptar los roles tradicionales y siguen instalados en un machismo atávico que les impide aceptar las nuevas realidades de igualdad de género, tanto en el ámbito público como en el doméstico, lo cual ha producido en muchos casos un aumento de las separaciones y los divorcios, cuando no de la violencia y la muerte. Bien es cierto que la violencia contra las mujeres no sólo no ha cesado sino que ha crecido en los últimos años, y que la lucha por la igualdad no ha dejado de teñirse de sangre desde que esta tomó carta de naturaleza en la sociedad contemporánea.

Y es que la violencia de género es un problema que requiere un abordaje multidisciplinar, tanto para analizar los factores desencadenantes, como para implementar respuestas a las demandas que actualmente exige la sociedad.

Lo que solemos denominar violencia de género, hasta hace muy poco era considerado desde el punto de vista jurídico como una cuestión privada, sin que el Estado se sintiera concernido por ello. Afortunadamente las cosas están cambiando. No sólo el Estado, sino todos los partícipes sociales -incluidos los jueces- se están dando cuenta de la relevancia pública y social de esta lacra. Ciertamente que no solo con cambiar las leyes se consigue todo, pero es una premisa indispensable.

Por todo ello, me pareció que tratar desde diferentes perspectivas y miradas sociojurídicas el género y la violencia, era contribuir a esta lucha por la libertad y los derechos de las mujeres. Además, esta publicación se incardina en el marco del Proyecto de investigación “La tensión entre libertad y seguridad. Una investigación socio-jurídica en torno a la ultima frontera de los derechos humanos”, donde se trata de reflexionar acerca del concepto de discriminación por razón de sexo, analizando cómo se puede luchar desde los ordenamientos jurídicos a nivel estatal y europeo, y desde la sociedad, contra la discriminación.

Al abarcar el estudio de la discriminación por razón de sexo, hay que partir del hecho de que son las mujeres las principales víctimas de este tipo de discriminación, y que la violencia es una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre hombres y mujeres, que ha consolidado la discriminación. Así pues, la violencia contra las mujeres ha sido y es un instrumento para su dominación y una estrategia para perpetuar la desigualdad; por eso en este libro se habla acerca de la violencia que sufren las mujeres en diferentes ámbitos, con especial atención al familiar o doméstico, pero también al público, así como sobre los principales avances y retrocesos que se vienen produciendo respecto a su erradicación.

Por ello, también formaba parte de aquellas Jornadas de debate el estudio sobre las causas, sobre la raíz de la violencia de género, sus características, y la aportación que desde distintas disciplinas de las ciencias sociales se hacía al tema. En general, las explicaciones sociológicas y feministas sobre el uso de la violencia contra las mujeres han resaltado dos factores causales (Maquieira y Sánchez, 1990). En primer lugar, el proceso de socialización diferencial de los sexos. En segundo lugar, se apunta a la persistencia de las definiciones sociales que representan las relaciones entre los géneros como relaciones de subordinación, cuando no de propiedad, en las que las mujeres deben cierta sumisión a sus maridos y compañeros. En este segundo caso, la violencia aparece como un efectivo medio de control social sobre el comportamiento de las mujeres.

De este modo, y una vez definidos los objetivos de la publicación, establecí contactos con los ponentes de las Jornadas de debate por si quisieran hacer una aportación al estudio y el conocimiento sobre la violencia de género. La mayoría de ellos respondieron positivamente, y así sólo me quedó entrar en contacto con aquellos especialistas que en sus trabajos de investigación hubieran tenido presente la realidad de género en cualquiera de sus perspectivas. De este modo nació la presente publicación.

¿Porqué he titulado el libro como “El género quebrantado”, y no he utilizado la expresión de la mujer quebrantada?. Pues porque se ha impuesto la categoría de género, término de procedencia inglesa (gender) que significa al tiempo género y sexo, adoptado por las feministas americanas en los años sesenta para diferenciar el sexo biológico (sexual difference) y las construcciones culturales que determinan la formación de identidades y las relaciones de los sujetos. El género se crea en relación a la construcción cultural de un objeto que, por referirse a un “objeto humano”, es la construcción de un sujeto. De este modo, al hablar de género nos referimos a las aptitudes, cualidades, capacidades, valores, ideas, etc., que asignamos a cada sexo culturalmente.

El término género sirve para estructurar la diferencia entre femineidad y masculinidad como conceptos elaborados socioculturalmente, frente a los significados tradicionales del sexo (macho y hembra) otorgados a las diferencias de carácter biológico. Lo que se origina en la naturaleza lo denominamos por su sexo, mientras que lo originado en la sociedad lo denominamos género. Mediante el género identificamos las categorías, roles y diferencias culturales y sociales existentes entre hombres y mujeres, sostenidas y transmitidas por un sistema de carácter patriarcal, que tradicionalmente ha santificado las relaciones de dominio y sumisión, pero también de exclusión y discriminación, que han ejercido secularmente los hombres sobre las mujeres. El género es, por tanto, la construcción social o cultural basada en la diferencia biológica, que ha ido cambiando a lo largo del tiempo y el espacio.

Y, ¿por qué este género está quebrantado, y no cascado, hendido, machacado, violado o cualquier adjetivo apropiado a la realidad de las relaciones de mujeres y hombres?. Pues porque se presenta en sociedad roto y desgajado a través de la violencia y la opresión de la discriminación que el género masculino ejerce sobre el género femenino. No es por tanto una violencia doméstica como se instaba desde la Real Academia de la Lengua, sino una violencia masculina, de género masculino. No es, por tanto, un término metafórico, como el sentido que le otorga brillantemente María Ángeles Durán en el prólogo, al cuadro de Francis Bacon que sirve de portada del libro y que de forma expresiva resalta por su violencia silenciosa. Es más bien un término que expresa una realidad donde el cónyuge o el ex cónyuge, el compañero sentimental o el ex compañero sentimental, el novio o el ex novio, son los protagonistas de la violencia ejercida sobre su pareja o ex pareja, que en el 92% de los casos es una mujer.

La causa fundamental que provoca esta violencia reside en el modelo de sociedad que sitúa a la mujer en una posición de inferioridad respecto al hombre, así como en los patrones culturales discriminatorios hacia la mujer; es decir, las mujeres son las víctimas primordiales de una violencia ejercida por hombres, significando, por tanto, una violencia sexista y machista. Además, no es una violencia que se de en el ámbito familiar o doméstico, sino que es una violencia que se produce en la pareja, haya o no convivencia de por medio.

No obstante, al afirmar la categoría de género sobre la de sexo, no quiero representar a todas las mujeres ni significar a todos los hombres, pues como muy bien concluye Isabel Morant “comprender a las mujeres como colectivo genérico diferente del grupo de los hombres, no significa uniformizar la realidad de unas y otros, ocultando la diversidad que nos distingue. No hace falta pertenecer a un colectivo genérico para defender la causa de las mujeres. Tan solo es necesario querer ser parte de un colectivo social. Ni todas las mujeres somos maltratadas, ni todos los hombres son maltratadores: gracias a Dios y a las mujeres en plural que, maltratadas o no, defendemos, cada vez con más hombres, éstas y otras causas que son nuestras”. Y cómo no, gracias a los lectores de esta publicación.

GENERO QUEBRANTADO

Cuando se editó en 2004 el libro sobre “Mujeres inmigrantes. Invisibilidad y práctica cotidiana”, utilizamos en el prólogo unas pequeñas historias de vida que ahora cuelgo aquí pues no se alejan excesivamente de la situación real que muchas viven en 2009. Por entonces, en Logroño más de seis mil mujeres con otro origen nacional trabajaban y soñaban. Colores, acentos, olores y sabores continentales, latinoamericanos, africanos y asiáticos se paseaban por las calles y parques de nuestra ciudad. Unas mujeres rubias de tez blanca y con los ojos muy claros se han parado en un escaparate; otras dos mujeres mulatas sacan a pasear a sus retoños y en la puerta del colegio avistamos unas mujeres que con el pañuelo sobre la cabeza ocultan un cabello negro y ensortijado. Claudia, Marta y Fátima son tres de esas mujeres y algo de sus vidas cotidianas se parece a esto.

Los sábados siempre son especiales para Claudia, al fin y al cabo son los únicos días que tiene libres desde que empezó a trabajar de interna al cuidado de una señora mayor con principios de demencia. Este sábado, además, es el cumpleaños de su madre y van a reunirse a comer todos los familiares y amigos que viven en Logroño.

Claudia se levanta temprano para envolver su regalo, un pañuelo de color azul que compró el sábado anterior. Una vez preparado el desayuno, ha levantado a Marisa, la señora a su cuidado, y la ha acompañado en el lento proceso del desayuno, aseo y vestido. Se le ha hecho un poco tarde, así que se da prisa para vestirse. Cuando ha llegado el hijo de Marisa ha salido rápidamente y ha ido derecha a comprar una modesta tarta para el postre. Algo nerviosa se ha dirigido a la casa que su madre comparte en la C/ Huesca con dos parejas de amigos también de origen rumano. Es la primera invitada en llegar, así que puede disfrutar de un ratito a solas para felicitar y charlar con su madre. Tras el intenso abrazo y la apertura del regalo, que su madre agradece muchísimo, ambas se han sentado a comentar las gestiones que ésta ha hecho a lo largo de la semana.

Para Claudia es algo muy importante, ya que se trata de poder traer a su hija Cristina a España. Cristina solo tiene siete años y todavía vive en Rumanía con la hermana mayor de Claudia. Su madre le explica que los trámites parecen sencillos ya que, si la niña viene a Logroño, una vez empadronada podrá escolarizarse aquí y por tanto, contará con un permiso, al menos, hasta que termine sus estudios.

Claudia no ha podido evitar las lágrimas, por fin, después de ocho meses en España sin ver a su hija podrá tenerla de nuevo aquí. Habrá que preparar el viaje y alojamiento de la pequeña, así que madre e hija se distribuyen ágilmente las actividades para la semana: quién acompañará a la niña, con qué empresa harán el viaje, cuánto dinero pueden permitirse invertir, en qué curso se debe matricular a la niña, en qué habitación se alojará.

Luego, ambas han iniciado los preparativos para la comida, y a la hora prevista han llegado el resto de invitados, juntándose en total ocho personas. Los regalos, la comida, las risas y los abrazos han hecho que el día sea inolvidable y Claudia vuelve sonriendo a su trabajo. Son las nueve en punto de la tarde cuando llega, tiene que preparar rápidamente la cena de Marisa, desvestirla y acostarla. Claudia se acuesta temprano, tiene una larga semana por delante y está cansada, pero esta noche Claudia no se pregunta qué hace en España y si tiene sentido, hoy se siente tranquila, ha recibido la noticia que da sentido a todo el esfuerzo realizado.

Por su parte, Marta es de origen colombiano y llegó a Logroño hace más de tres años. Antes peregrinó mucho por diferentes ciudades y pueblos, pero decidió permanecer en Logroño donde consiguió un buen trabajo y regularizar su situación. Hace un mes logró abrir las puertas de su negocio, una pequeña peluquería que le supuso un esfuerzo de trabajo y ahorro grandes pero que le reportó mucha satisfacción.

Como todos los lunes Marta madruga para llegar temprano a la peluquería y hacer las cuentas y gestiones previas a la apertura. Todavía tiene pocas ganancias y se ve apurada para hacer frente a los pagos mensuales, especialmente al préstamo y al alquiler. Sabe que su novio (español) quiere ayudarla económicamente para salir del apuro, pero esa opción prefiere desecharla mientras no sea imprescindible.

Cuando Marta llega a la peluquería no puede creer lo que ve, han vuelto a romperle las lunas del escaparate. Es la segunda vez que se lo hacen. Entra como puede, tratando de no pisar los cristales rotos que están por todas partes, y tras observar que no hay otros desperfectos comienza a recoger cayéndole las lágrimas. Cuando termina de dar los partes necesarios coloca un tablero en el escaparate y se dispone a atender a las clientas del día, no está dispuesta a perder un nuevo día de trabajo…

Las pocas clientas de la mañana, afortunadamente son de confianza y lejos de escandalizarse por el estado del local, animan a Marta. Cuando su novio se entera, acude deprisa a la peluquería y tras animar a Marta y tratar de restarle importancia a lo sucedido, consigue que un cristalero arregle el escaparate esa misma tarde.

Van juntos a comer y él le propone la posibilidad de irse a vivir juntos, a fin de cuentas están pagando dos alquileres y por tanto, desperdiciando el dinero y además así ella podrá dejar de compartir piso con cinco personas más. Marta se violenta con la proposición y elude la conversación, alegando la necesidad de marcharse y posponiendo su respuesta. Pasa una tarde muy mala, tiene que atender a las clientas mientras el cristalero hace un ruido infernal y el del seguro no para de hacerle preguntas acerca de posibles “enemigos”. Marta cierra la peluquería temprano y se lleva todas las facturas a casa para poder estudiarlas detenidamente.

Cuando termina de cenar un emparedado en la cocina de su casa, se encierra en su habitación a trabajar (no quiere que sus compañeros de piso sepan lo que hace). Más tarde de la una de la madrugada, agotada y deprimida, con las cuentas hechas, se da cuenta de la terrible situación: no puede pagar los alquileres del piso y del local de este mes, ni mucho menos enviar dinero a sus padres en Colombia.

Marta se plantea si no se ha precipitado, se asusta, la cabeza le va a estallar, solo tiene una solución, aceptar la ayuda económica de su novio y plantearse en serio la posibilidad de adelantar su decisión personal de irse a vivir con él. Agotada, se queda dormida encima de la cama aún vestida.

Finalmente, sabemos que Fátima vino hace dos años a Logroño porque su marido le había dicho que el patrón le había ofrecido un contrato indefinido. Fátima estaba embarazada de seis meses pero no le importó dejar a su familia y a sus amigos, para reunirse con su marido, una vez que su padre le dio la bendición.

No sabía nada de Logroño, le habían contado que se parecía a aquellas ciudades que se veían en la televisión de Tetuán. Hizo el viaje, junto con sus otros dos niños, en la furgoneta de su vecino Hamed que vivía en Francia donde le habían contado que las manifestaciones de racismo eran siempre contra las personas de origen árabe. Por eso estaba contenta de que su marido le hubiera llamado desde una ciudad española alejada de aquel horrible lugar donde las noticias hablaron de persecución de árabes y bereberes como principales víctimas del odio al extranjero (El Ejido).

Después de cuatro años en Logroño, como todos los días, Fátima se levantó la primera para preparar el desayuno de sus hijos y de su marido. En esta época del año, Logroño era muy frío y Fátima recordaba  los amaneceres cálidos de su tierra.  Tras permitirse un breve espacio para el recuerdo, Fátima se puso en marcha, encendiendo las estufas de butano de reciente estreno, preparando el té, recalentando el pan y levantando, aseando y vistiendo por orden a los niños. Una hora más tarde, el autobús de la empresa recogía al marido de Fátima y a otros empleados en la esquina de Doce Ligero con Primo de Rivera para trasladarlos al Polígono de Cantabria. A su vez Fátima, tomaba el autobús de línea para desplazarse a trabajar al locutorio de un amigo de la familia en la calle Oviedo. Fátima empezó a trabajar allí hacía apenas tres meses. Estaba contenta, una vez que los niños eran mayores ella podía trabajar para aportar dinero al hogar. Fátima trabajaba de lunes a sábado en horario de mañanas, ya que así lo había acordado con su marido, con el objetivo de atender la casa y a los niños el resto del día. Como siempre Fátima se mostró amable con los clientes que acudieron al locutorio. Una vez finalizado el turno, corrió como todos los días a casa de su amiga Hannan, quien le recogía a los niños del colegio y cuidaba de ellos hasta su regreso. Aquel día la niña estaba disgustada y se echó en brazos de su madre cuando esta apareció en la puerta: “no quiero volver al colegio mamá, las niñas no quieren ser mis amigas y me han llamado mora de mierda”… Fátima miró con disgusto a su amiga Hannan quien le hizo un gesto tranquilizador. Cuando Fátima llegó a casa con los niños, su marido observó su disgusto y buscaron un espacio para comentar lo sucedido. Ambos llegaron a la conclusión de que Fátima fuera a hablar con la profesora de la niña para comentar lo sucedido y solicitar su intervención en las situaciones como la acontecida. Más tranquila, Fátima puso la comida para todos y cuando llevó a los niños al colegio por la tarde habló con la profesora, una vez aclarada la situación y con el compromiso por parte de la docente de interceder en la situación, Fátima se marchó a hacer unos recados y volvió a casa cargada de compra. La noche fue tranquila, todos durmieron bien, excepto Fátima que tardó en conciliar el sueño.

Estas son historias de vida cotidiana, la vida cotidiana de muchas mujeres de la ciudad de Logroño, de miles de mujeres, que con su testimonio nos han ayudado a entenderlas mejor, a comprender sus problemas y atender a sus necesidades. Sus relatos nos han ayudado a conformar una historia de la mujer de Logroño con una característica particular que es su origen nacional, necesariamente distinto al español. Esta historia de mujeres de Logroño es la historia de la mujer inmigrante en Logroño y por tanto queremos agradecer su amabilidad la contarnos su historia en aquellos temas que les hemos demandado.

4pRosa

3pDoricaDorinaDoina2

5pDuniaNubiaNela

7pGavrilescu2

9pKatty3

10pMariana2

11pNelly2

13pAI

15'pQueen1

16pYordanca

17pSvetana2

En 2004 se editó el estudio “Mujeres inmigrantes. Invisibilidad y práctica cotidiana”. El estudio fue fruto del interés de los autores hacia realidades sociales en las que convergen los conceptos de género junto a los de inmigración, ciudadanía y vida cotidiana. Fueron varias las razones que justificaban la elección de las Mujeres Inmigrantes como el colectivo sobre el que situar nuestro estudio:

1) En primer lugar el fenómeno demográfico que ha supuesto el crecimiento de la inmigración, cuya evolución en los últimos años había sido muy rápido, teniendo en cuenta que si en 1997 suponía el 1,1% de la población logroñesa, en 2003 suponían el 9,5% (algo más de 13.500 inmigrantes empadronados en Logroño). De este colectivo inmigrante, la mujer era quien había llevado un proceso de incorporación más rápido suponiendo entonces el 44,7% de la población inmigrante logroñesa, porcentaje que se superó, si atendemos a algunas de las razones por las que se instalan las mujeres inmigrantes en nuestra ciudad; razones de cuyo conocimiento da cuenta el estudio. Y no es que las mujeres inmigrantes aparezcan o lleguen a nuestro país como compañeras, sino que también aparecen como inmigrantes individuales, es decir, solas.

2) En segundo lugar la importancia de la mujer inmigrante en el proceso de integración. Ésta, como todos los inmigrantes, vive entre dos culturas, pero a diferencia de los hombres, siente la responsabilidad y es la encargada de establecer un puente entre ambas. En la mayoría de los colectivos se tiene conciencia de que la especificidad cultural se transmite por línea femenina, de que las mujeres son agentes activos de la reproducción cultural, aunque paradójicamente no se les reconozca públicamente. Mientras que antes se limitaba a mantener las tradiciones, ahora, tras la emigración, tiene que ser agente de su cultura al mismo tiempo que posibilita el acceso a la nueva cultura. Es decir; por un lado desarrolla el papel de guardiana de la tradición mientras que por otro, se convierte en agente de cambio.

La mujer inmigrante debe conservar la cohesión del grupo y proteger la identidad cultural, a la vez que desarrollar estrategias adaptativas que les permitan asumir lo nuevo sin romper con lo propio; se trataría de conciliar sus costumbres y tradiciones con los códigos de la nueva situación. Así, las mujeres han tenido que añadir a las viejas funciones tradicionales de esposa y madre, guardiana de los valores culturales y cuidadora del hogar, el de impulsoras de un proceso de cambio, representando para el grupo familiar un elemento de estabilidad para sobrellevar mejor el trauma que todo proceso migratorio lleva implícito.

El papel que la mujer inmigrante juega en la familia, especialmente con los hijos, en la formación de opiniones, actitudes y comportamientos, es mucho más decisiva y esto ha ayudado a que cada vez más, se le atribuya y reconozca un papel clave en el proceso de integración.

3) Además, otra razón que justificaba el estudio, era el cambio en la adopción de roles diferenciados en el escenario familiar, así como el cambio de status adjudicado en la sociedad de origen. Se ha detectado y constatado que las mujeres inmigrantes son más pragmáticas en su adaptación a los diferentes modos de vida y opiniones que los hombres; se muestran más tolerantes ante la pluralidad de valores sin sentirse amenazadas, y tienen mayores aptitudes para orientarse y dominar la vida cotidiana en una sociedad que les es extraña. También son capaces de desarrollar comportamientos aceptados por la nueva sociedad y dan prueba de mayor perseverancia y paciencia en los largos procesos de formación.

4) Hay otras razones que justificaban la necesidad de este estudio, como las provenientes de la presencia de la mujer inmigrante como agente de desarrollo (económico y social). La dimensión de agente de desarrollo económico proviene del mayor acceso de la mujer inmigrante a la educación, así como de su incorporación al mercado laboral (principalmente en el sector servicios). En cuanto a la dimensión social, era preciso destacar su participación en los servicios y las prestaciones sociales (principalmente en labores de asistencia a enfermos y ancianos). Estamos de acuerdo con Sonia Parella, cuando en una publicación[1] afirmaba, que “la masiva demanda actual de empleadas domésticas tiene que ver con cambios sociodemográficos y económicos, como el envejecimiento de la población y el incremento de las personas mayores que viven solas y que precisan ayuda doméstica; la creciente participación femenina en el mercado de trabajo y el consiguiente aumento del número de hogares en que el padre y la madre trabajan a tiempo completo; el mayor número de hogares monoparentales; la progresiva tendencia hacia la dispersión geográfica de la familia; una nueva gestión del tiempo en el núcleo familiar; la crisis fiscal del Estado de Bienestar”, y que podemos destacar como algunas de las causas principales por las que una actividad reservada hasta un pasado reciente, a núcleos de familias pudientes, está hoy generalizándose entre la población española.

5) También, las características del trabajo en el servicio doméstico y el cuidado de los enfermos, han contribuido a que esta ocupación sea vista como poco atractiva para las españolas. La reticencia de muchas españolas a cumplir con estas tareas, ha colaborado a que la inmigración extracomunitaria encuentre un hueco en el sector laboral español. La incorporación de la mujer española al mercado laboral no ha significado que las tareas domésticas tradicionalmente destinadas al sexo femenino hayan sido ocupadas por los hombres, sino que la tecnología y la llegada de otras mujeres, las extranjeras, han permitido esta lenta y progresiva incorporación de la mujer española al ámbito laboral. Un estudio del Instituto de la Mujer revelaba que el 64% de las extranjeras con permiso de trabajo era empleada de hogar. Del mismo modo, es una práctica habitual la contratación de mujeres sudamericanas para el cuidado de personas mayores que, de otro modo, estarían en residencias.

6) Otra razón de estudio proviene de la calidad de estas mujeres que son el sustento económico de muchas familias. En los últimos años y, en especial a partir del año 1999, momento en que se cerraron los cupos para la formalización de la situación legal de las personas inmigrantes, los varones “sin papeles” tienen graves dificultades para acceder al mercado de trabajo, ya que los puestos que se ofertan para ellos, en especial desde la construcción, no son accesibles para aquellos que no puedan entrar en el régimen general de seguridad social. Sin embargo, las tareas de servicios a que optan las mujeres no presentan la exigencia de documentación de los anteriores, por lo que actualmente, mientras muchos hombres buscan oportunidades esporádicas de trabajo (por ejemplo en el campo), las mujeres son quienes están ingresando los salarios necesarios para el mantenimiento de la familia en Logroño o en su país de origen. Esta situación podía provocar la llegada de un número superior de mujeres al de hombres, mientras no se abriera de nuevo el acceso a los documentos legales y la regularización administrativa de la cada vez mayor bolsa de inmigrantes irregulares o indocumentados, eufemísticamente denominados ilegales.

7) Finalmente, encontramos como igualmente razonable, la aproximación al conocimiento del fenómeno demográfico, en cuanto hace relación al incremento de las tasas de natalidad y al incremento del número de hijos/as menores de edad que las madres traen consigo. Todo lo cual, ha supuesto una ralentización del fenómeno del envejecimiento, incrementándose las tasas de población infantil y joven.

En conjunto, todas estas razones nos permiten hablar de un fenómeno de enormes consecuencias para España como es el de la feminización de la inmigración, pero también del cambio en el papel de la mujer en nuestra sociedad, y concretamente, en la historia de la ciudad de Logroño.

MUJERES INMIGRANTES


[1] Parella Rubio, Sonia (2003): Mujer, inmigrante y trabajadora: la triple discriminación. Barcelona: Anthropos, pág. 12

Hace muy pocos años tuvieron lugar en la UR unas Jornadas sobre Pluralismo y Tolerancia organizadas por las áreas de Filosofía Moral y Filosofía del Derecho a las que fui invitado para dar una conferecnia sobre Educación Intercultural.  De aquellas jornadas salió un libro con artículos de Daniel Innerarity, Jose Igancio Lacasta, André Berten, Jose Mª Aguirre, Javier de Lucas, José Martínez de Pisón, Raúl Susín y yo mismo, y fue publicado por Perla Ediciones en 2004.

Entonces señalaba que si en el pasado el proceso de adaptación en el desarrollo del sistema capitalista estuvo organizado en torno a la pertenencia a una clase social como factor determinante de la identidad, en la actualidad, es la propia pertenencia lo que está en juego, porque como indicaba Bauman (2003), es la exclusión “más que la explotación, como hace un siglo y medio sugería Marx, lo que subyace hoy en los casos más claros de polarización social, de desigualdad cada vez más profunda”. De este modo, la pertenencia por elección y no por asignación se ha convertido en un poderoso factor de estratificación; así, dice Bauman que “en un extremo de la jerarquía global están aquellos que pueden componer y descomponer sus identidades más o menos a voluntad escogiendo entre un conjunto de ofertas insólitamente amplio, planetario. En el otro extremo, se agolpan aquellos a quienes se les ha impedido el acceso a la identidad, personas a las que no se les permite decidir lo que prefieren y que finalmente soportan la carga de unas identidades impuestas por otros”.

Las políticas educativas de los últimos años tienen en cuenta esta realidad diversa y tratan de integrar las minorías étnicas y culturales, sin que por ello pierdan su identidad, su cultura, estableciendo canales de comunicación entre los distintos grupos y colectivos que integran esta diversidad.

La rapidez con que ha penetrado este específico fenómeno migratorio ha obligado a los profesionales de los centros a sobrellevar este cambio reconvirtiendo su bagaje, con formación complementaria y con estrategias varias, para hacer frente a los retos que les plantea la diversidad cultural (que antes representaban algunos gitanos, pero que estaba poco atendida). Realidad o percepción, el hecho es que se ha dado un cambio en los últimos años en la composición de los centros, que ya de por sí atendían a innumerables categorías de situaciones, y que ha representado un replanteamiento y necesidad de adaptación de las intervenciones que se realizan.

La educación intercultural es un proceso facilitador de la comunicación y la comprensión de culturas diferentes, basado en la interrelación igualitaria o semejante ente actores sociales que inicialmente se distinguen por sus peculiaridades lingüísticas o culturales; es decir, que se distinguen por supuestas diferencias en el modo de apreciar y jerarquizar códigos culturales y valores. Para poder desarrollar la comunicación es necesario pasar del enfrentamiento identitario, cultural (choque civilizatorio), a la negociación y la comprensión de las identidades, de las culturas.

No obstante esta importancia que han adquirido las políticas socioeducativas con respecto al fenómeno de la multiculturalidad, así como la incorporación creciente de alumnos de origen inmigrante a los centros educativos, las propuestas de educación intercultural e integración social sólo han ofrecido desarrollos parciales o superficiales ante las grandes necesidades manifestadas por los agentes socioeducativos, insertándose el discurso educativo en lo que ha llegado a concebirse como “retórica de la diversidad”. Desde esta retórica de la diversidad se ha conformado el modelo de integración predominante en las aulas multiétnicas, que busca la integración de los escolares en términos de adopción de los referentes culturales del colectivo o grupo mayoritario de la escuela; es decir, la adopción de los paradigmas señalados como referentes identitarios de la cultura española o europea.

A partir de la adopción de esa política de integración, la educación intercultural prescribe la tolerancia ante la diversidad como un mero mecanismo de apoyo al logro de la asimilación cultural. Los procedimientos seguidos, generalmente asumen como primer escalón de esta política de integración cultural la inmersión lingüística y la adaptación curricular mediante la creación de grupos segregados a los que se imparte educación compensatoria.

Estos dos procedimientos que son reivindicados por las organizaciones de apoyo a los inmigrantes, sindicatos, así como por asociaciones de padres y algunos colectivos de profesores, y que encuentran enormes dificultades para su implantación bien por falta de recursos humanos o económicos, o bien por desidia de la administración educativa, (cuando no una clara oposición a cualquier proyecto de integración escolar), es, sin embargo, el principal modelo fijado como desarrollo de la educación intercultural.

Los programas compensatorios o de educación compensatoria para grupos de alumnos con déficit educativo para la integración en el currículum escolar, podría considerarse programas válidos si  antes se llevaran a cabo estudios y análisis sobre necesidades sentidas por los diferentes agentes educativos, y entre otras se demandaran determinadas políticas compensatorias, y siempre que estas fueran aplicadas como parte del conjunto de acciones propias de una política socioeducativa de carácter intercultural, y no sólo como el principal tratamiento de la diversidad dentro de una política de asimilación cultural.

Los programas de inmersión lingüística en la escuela deberían promoverse al mismo nivel que los programas de enseñanza de la lengua materna, manteniendo estos últimos durante todo el periodo escolar obligatorio y no sólo ocasionalmente y de forma voluntarista entre algunos centros. En la actualidad, la enseñanza de la lengua materna se considera cada vez más un valor en sí mismo por su capacidad para la formación y el desarrollo de la identidad personal, por la capacidad de encontrar trabajo en ciertos sectores del mercado laboral en que hay demanda creciente de conocimientos de idiomas poco frecuentes y por la capacidad de mantener lazos sociales con las respectivas comunidades de inmigrantes. Además, un buen dominio de la lengua materna contribuye significativamente a la adquisición de una segunda lengua.

Tampoco se busca una escuela que promueva una auténtica competencia multicultural, pues esto implica desarrollar en los diversos alumnos conocimientos sobre los otros como personas, con formas de pensar, vivir y relacionarse diferentes (conocimiento e interés por las culturas en contacto), habilidades comunicativas (dominio de las varias lenguas) y actitudes sociales de intercambio (positivas respecto a la diversidad cultural); cualidades, todas ellas, que les permitirían participar, según situaciones, necesidades u opciones, tanto en la cultura mayoritaria como en la minoritaria u originaria. Existe pues, un desequilibrio entre discurso pedagógico intercultural y experiencias educativas que lo contrasten.

Quizás se deba a la falta de todo tipo de apoyos (la mayor parte del profesorado se considera escasamente formado y reclama más conocimiento a fin de adquirir las competencias necesarias con las que atender a un alumnado diverso culturalmente), o bien se deba a la improvisación y la falta de formación ante una realidad que desborda el marco escolar (no son sólo los profesores quienes carecen de estrategias didáctico-organizativas con las que enfrentar los problemas que plantea un alumnado diverso, sino también el conjunto de agentes socioeducativos implicados en el proceso educativo que buscan o demandan respuestas educativas adecuadas), pero, en cualquier caso, es preciso señalar la existencia de un error de gran calado, un error proveniente de la definición de los objetivos de la escuela multicultural, que en nada pretenden la adquisición por parte de los alumnos diversos de una verdadera competencia intercultural (entendida como habilidad comunicativa), pues como señalaba Javier de Lucas (2001), hay que partir del reconocimiento de los procesos de diferenciación cultural como estrategias adaptativas. Desde ahí no es difícil deconstruir el mito de la “cultura anfitriona” como paradigma y, aún más, como molde en el que debe desaparecer toda cultura alógena que pretenda integración, pues resulta de todo punto imposible un proceso social de interacción y que a la vez se traduzca en un solo sentido, esto es, que la cultura anfitriona incorpore a las alógenas sin quedar transformada a su vez.

Respecto a la situación en que se encuentra la Comunidad de La Rioja, uno de los aspectos más llamativos del proceso de integración de las minorías étnicas y los colectivos de inmigrantes, es el que se está produciendo en los centros educativos, donde junto a las tradicionales tareas educativas el profesorado debe asumir la formación de jóvenes con especiales necesidades educativas, bien sea por el idioma, la cultura o la procedencia familiar. En este sentido, la adaptación curricular sería el vehículo idóneo para la atención de estos niños y jóvenes procedentes de una comunidad cultural distinta, si no fuera porque, en general, el profesorado carece de la preparación suficiente para llevar a cabo esta adaptación curricular sobre la base del desarrollo de la educación intercultural.

También se insiste en la necesidad de aportar especialistas a la escuela, pero a su vez, se demanda una formación específica del profesorado existente que permita desarrollar una labor educativa eficaz dentro del ámbito intercultural. El conocimiento de las otras culturas, de otros idiomas, de otros valores, de otros modos de convivencia y de relación familiar; el respeto, la aceptación, la protección y su desarrollo, serían el medio de integración social y cultural más propicio que se podría dar dentro de la escuela. En este sentido se puede entender la educación intercultural, más como una forma de vida, que una improvisada y voluntariosa adaptación curricular.

Otros datos nos indican que se está produciendo una mayor concentración de alumnado con situaciones sociales o culturales desfavorecidas, o que necesita apoyos y atenciones educativas específicas a lo largo de la escolarización en determinados centros, lo cual incrementa los problemas del profesorado de dichos centros al hacer constantes adaptaciones curriculares. Sería preciso buscar el equilibrio en la matriculación, pues si bien se ha dado una disminución del alumnado autóctono, la experiencia nos señala que las incorporaciones de jóvenes inmigrantes se producen mediado el curso (los sudamericanos llegan de febrero en adelante), por lo que el comienzo de curso no es el mejor momento para la reserva de plazas.

La escuela debe facilitar un clima de interculturalidad reelaborando los programas de centro y flexibilizando el curriculum de modo que cada centro lo adapte a sus necesidades (es decir, generalizados e individualizados). También, es posible que bajando la ratio de veinticinco alumnos por aula, o utilizando metodologías de trabajo cooperativo, se lograra avanzar en los fines de la educación en la interculturalidad, pero nuestro conocimiento es, por ahora, puramente especulativo.

Las escuelas, más que transmisoras de un currículo oficial, deberían ser foros en los que se debatieran ideas y valores cívicos desde el reconocimiento de las diferencias culturales. Donde los escolares fueran considerados ciudadanos con los mismos derechos y obligaciones pero con pertenencias a grupos culturales diversos, y donde se adoptaran actitudes de apertura hacia el otro, de capacidad de ponerse en el lugar del otro con el fin de entenderlo, comprenderlo, aceptarlo. Pero sin que el principio que rija esta actitud provenga de la tolerancia y la desigualdad, de las relaciones jerárquicas entre superiores/inferiores,  entre valorados y minusvalorados, sino desde el principio del respeto y la igualdad, verdadero fundamento de relaciones basadas en la reciprocidad y la simetría.

La escuela debería desarrollar un currículo inclusivo y no segregador que integrara la diversidad cultural de una sociedad diversa, a la vez que estimulara críticamente el debate acerca de los derechos y las responsabilidades que deben asumir como ciudadanos, proporcionando oportunidades para el aprendizaje cooperativo, la comprensión y el respeto, y el entrenamiento específico para la participación social. (Bartolomé, 2001). Los ámbitos de la educación intercultural en la escuela no deberían ceder a la pretensión de integración de las poblaciones de origen inmigrado, sino que debieran extenderse a todo aquello que permite vivir la pluralidad en nuestra sociedad: las relaciones interculturales, interreligiosas, interétnicas, relaciones hombre-mujer, orientación sexual, etc.

Y es que la educación intercultural sólo tendrá significado y sentido cuando se avance en la realización de prácticas interculturales, las que se puedan y quieran. Porque no hay nada que esperar de un programa o un proyecto que se define como intercultural, pues la verdadera interculturalidad se da en la acción, en la propia relación que se establece en el aula o en cualesquiera de los ámbitos que podemos plantear para desarrollar la interculturalidad en la práctica: el proyecto educativo, el desarrollo curricular, los materiales, el estilo metodológico, la acción tutorial y la relación con las familias.

Para conseguirlo, para llevar a cabo prácticas de índole intercultural, es preciso conocer las diferentes realidades sociales y culturales presentes en el entorno en el que trabajamos; también observar, investigar, colaborar en cada uno de los ámbitos y contextos en los que nos relacionamos, propiciando ocasiones, lugares, tiempos, que faciliten  el encuentro, las relaciones, la interacción, la cooperación entre las diversas personas y comunidades que conviven en el mismo medio.

Es preciso traducir el significado de la interculturalidad en el contexto en el que se trabaja, es decir, explicitar y hacer consciente un análisis contextualizado de la multiculturalidad. Asumir la diversificación como un criterio pedagógico a utilizar con regularidad. Plantear la diversidad en muy diversos frentes de nuestro trabajo: estrategias de intervención, actividades, metodologías, recursos, materiales, formas de evaluación.

Desde esta perspectiva, los currículos pueden desarrollar programas interculturales, dotándose de contenidos que reflejen y valoren la diversidad humana, promoviendo actividades que requieran la interrelación de las comunidades y los grupos diversos, apuntalando un espacio libre de prejuicios y estereotipos que permita el debate abierto sobre cuantos elementos conflictivos o marginales se suscitan en el ámbito multicultural. También creando cauces de participación entre los actores sociales diversos implicados en el  proceso educativo, como son los padres, profesores, alumnos y autoridades, descentralizando el proceso de toma de decisiones, buscando la democracia en el seno de la escuela a partir de la consideración de igualdad entre todos los agentes y actores sociales comprometidos, en ocasiones mediante la participación de intermediarios o mediadores que faciliten el intercambio, la reciprocidad y la solución de los conflictos que se susciten en el desarrollo de este proceso. Un proceso que, en definitiva, no confunda la integración con la asimilación.

Porque no sólo se aprecia error al confundir integración y asimilación, educación intercultural con inmersión cultural, o dicho en otras palabras, al confundir diálogo con monólogo, sino que también se detecta un grave error al entender que la educación intercultural tan sólo se debe dar en ocasión de conflicto multiétnico o en ocasión de presencia multiétnica o multicultural, desvitalizando las posibilidades de la educación intercultural en ámbitos que se suponen o se determinan como de homogeneidad cultural. Javier de Lucas (2001) indicaba que en el fondo se abona la idea de que la interculturalidad es cosa de unos pocos, los que están en la frontera (es decir, los ciudadanos de la periferia, los más próximos al contacto cotidiano con la multiculturalidad) y, esto, necesariamente conlleva un proceso creciente de marginalidad tanto de quienes buscan la aplicación de políticas de integración mediante el diálogo intercultural como de quienes son sus interlocutores.

Un error de graves consecuencias para toda la sociedad, pues al cerrar los sentidos a la comunicación con los otros no sólo cerramos las puertas de la existencia social a los otros sino que cerramos, en consecuencia, nuestra propia libertad de circulación, de desarrollo y enriquecimiento cultural.

Pluralismo y Tolerancia

En Octubre de 2002, los directores de los departamentos de Derecho y Ciencias Sociales del Trabajo organizamos unas “Jornadas sobre inmigración y ciudadanía europea” a las que invitamos a sociólogos y juristas para que se pronunciaran sobre el fenómeno de las migraciones europeas y su vinculación al proceso de construcción de una ciudadanía europea. Se trataba de presentar a la sociedad en general, y al medio universitario en particular, una serie de reflexiones sobre un tema crucial para el desarrollo actual y futuro de la sociedad española, motivado por el fenómeno reciente y creciente de la inmigración extracomunitaria.

Las dificultades y problemas que esta inmigración encuentra en la adquisición de una ciudadanía plena están motivando la existencia de focos de marginalidad, explotación y xenofobia. El acercamiento a la realidad del problema, desde diferentes áreas de pensamiento y mediante la participación activa en los debates que se suscitaron, nos acercaron algunas previsiones de resolución a corto y medio plazo que mejorara la situación. En este sentido, los problemas a tratar desde distintas ópticas de pensamiento, tenía que ver con los derechos de ciudadanía y con los problemas de exclusión, con el mercado de trabajo y la protección social, con los procesos identitarios y de relación intercultural, con las políticas inmigratorias y los procesos generales de integración social. Desde ellos, iniciamos la reflexión y el análisis sobre la inmigración y la asunción de una ciudadanía plena.

Las ponencias de los participantes en las Jornadas fueron editadas por el servicio de publicaciones de la Universidad de La Rioja en 2003, a fin de hacer llegar el conjunto de reflexiones a un mayor número de personas que las que en aquella ocasión se presentaron en el Aula Magna de la Universidad. Del éxito de aquella convocatoria dan fe el número superior de preinscripciones al del aforo natural del Aula Magna, y finalmente que casi el 90% de la misma se ocupara durante los dos días (mañana y tarde) que duraron estas Jornadas.

Inmigracion y Ciudadanía

CONTENIDOS:

Primera parte:

1) Inmigración y políticas de integración: Inmigración y globalización. Acerca de los presupuestos de una política de inmigración, por Javier de Lucas. (Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política. Universitat de Valencia)

2) Las dos variantes del cierre: etnos y demos, por Mariano Fernández-Enguita. (Catedrático de Sociología de la Universidad de Salamanca)

3) Migraciones y cultura democrática, por Mikel Azurmendi Inchausti. (Catedrático de Antropología de la Universidad del País Vasco)

4) La inmigración y la Unión Europea, por José Martín y Pérez de Nanclares. (Catedrático de Derecho Internacional Público de la Universidad de La Rioja)

Segunda parte:

5) Inmigración y ciudadanía: El cosmopolitismo y las nuevas fronteras de la ciudadanía, por Andrés García Inda. (Profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad de Zaragoza)

6) Inmigración y multiculturalidad: hacia un nuevo concepto de ciudadanía, por Ricard Zapata-Barrero. (Profesor de Ciencias Políticas de la  Universidad Pompeu Fabra de Barcelona)

7) La (no) política de inmigración y el Estado de Derecho, por José Martínez de Pisón Cavero. (Catedrático de Filosofía del Derecho y Rector de la Universidad de La Rioja)

8) El problema social de la inmigración y políticas de integración ciudadana, por Joaquín Giró Miranda. (Profesor de Sociología de la Universidad de La Rioja)

Son numerosas las cuestiones  que atraviesan el fenómeno de la inmigración, como lo son también los enfoques desde los que pueden analizarse. El libro está estructurado en dos bloques temáticos. En realidad, puede muy bien afirmarse que la intervenciones tocan especialmente, entre otros, cinco problemas: 1.- causas y naturaleza de la actual oleada migratoria; 2.- el debate sobre los modelos de gestión de la inmigración; 3.- el debate sobre la relación entre inmigración y multiculturalismo; 4.- la relación entre inmigración y democracia; y 5.- finalmente, la relación entre inmigración y las nuevas formulaciones del concepto de ciudadanía.

1.- La teoría social sigue insistiendo en que la causa principal de la actual oleada migratoria responde a motivos económicos. Y la teoría económica apunta que las migraciones son el resultado de una tendencia al equilibrio que existe entre los países con excedente de población y los que carecen del número suficiente para cubrir su mercado laboral. En realidad, igual que hay un mercado de capitales y otro de bienes, las migraciones son el resultado de la existencia de un mercado de trabajadores que promueve el desplazamiento de los países o zonas más pobres, pero más populosas, a los más ricos y menos poblados o, al menos, atractivos desde la perspectiva de encontrar un puesto de trabajo.

En la actualidad, las explicaciones sobre las migraciones y sobre la incidencia de la inmigración en determinados países parten de una perspectiva global. El actual proceso migratorio sólo puede ser comprensible a partir del análisis y del estudio de las repercusiones de la globalización. Esto es, de las repercusiones de la actual fase de expansión y de extensión del capitalismo global a todo el planeta en los flujos migratorios. Para alguno, y no precisamente representantes del pensamiento neoliberal, esta perspectiva permitiría explicar los movimientos de población desde que Europa diese el salto a América hasta la actualidad.

Lo cierto, no obstante, es que el actual proceso globalizador en la economía mundial incide directamente en la estructuración de los mercados y en su tendencia hacia la apertura, hacia la flexibilización y liberalización. En este sentido, la globalización parece, en principio, jugar a favor de un incremento de las migraciones en la medida que tiende a constituir mercados no compartimentados, ni estructurados en unidades nacionales. Tiende a constituir un único mercado mundial –o, mejor, diferentes mercados mundiales de acuerdo a sectores económicos, productos, etc.- dentro del cual el de los trabajadores sería un elemento fundamental. Pero, por otro lado, de acuerdo con el carácter dialéctico tantas veces puesto de manifiesto, la globalización muestra una clara tendencia a restringir un único mercado mundial de trabajadores que favorezca la inmigración. Mientras que se abre y se consolida un mercado de capitales y se avanza en el de bienes, se cierran a cal y canto las fronteras a las personas. No se avanza, pues, en la estructuración de un mercado global de trabajo.

2.- El modelo de gestión de la inmigración y, en especial, la política de integración es una de las cuestiones centrales del actual debate y, asimismo, está bien presente en los escritos del libro (de Lucas, Giró, Martínez de Pisón, Zapata). En general, en estos escritos predomina una lectura negativa de los modelos de gestión vigente en la Unión Europea y, por derivación, en España. Estos autores tienen en común una opinión contraria a las políticas restrictivas, a la falta de alternativas de las medidas policiales, a la estigmatización jurídica del inmigrante, etc. Frente al modelo vigente, la política sobre inmigración debería girar en torno a una nueva visión de la ciudadanía y el reconocimiento y protección de los derechos fundamentales de los inmigrantes en tanto que personas.

Un capítulo especial está dedicado a la política de inmigración en la Unión Europea (Martín y Pérez de Nanclares) que es claramente ilustrativo de la estrategia seguida en este marco político. Sus conclusiones, no obstante, tras el Tratado de Ámsterdam y las reuniones de Laeken y  Sevilla no es muy optimista y destaca también el carácter restrictivo de la llamada inmigración deseable o legal y el establecimiento de límites al reconocimiento y disfrute de derechos fundamentales de los inmigrantes en el seno de la Unión.

De entre los autores del volumen, tan sólo Azurmendi parece disentir de esta lectura y pone de manifiesto  la exigencia de que los extranjeros interioricen los valores que inspiran la cultura de nuestras sociedades democráticas. Las democracias occidentales no se construyen en el aire, sino que confían su supervivencia y su cohesión en el sustrato de valores y en una cultura compartida. Eso quiere decir que los extranjeros, quienes posean una cultura diferente, deben aceptar y respetar esos valores comunes, y que en ello va la propia supervivencia de nuestras democracias. Según este autor, a fin de preservar y extender la cultura democrática de las sociedades liberales, es necesario seguir regulando restrictivamente la inmigración para sólo admitir aquellos modos de vida, aquellas formas identitarias, que sean pluralistas y tolerantes. Porque se trata de integrar socialmente a los inmigrantes y no sólo políticamente.

3.- El debate sobre el multiculturalismo es uno de los más polarizados de la filosofía política desde que fuese iniciado por autores comunitaristas, como W. Kymlicka y otros. En estas páginas, se pueden contemplar las diferentes posiciones tan radicalmente encontradas. Por un lado, quienes consideran que el multiculturalismo es un modelo normativo que pervierte las bases pluralistas de nuestras sociedades (Azurmendi). En la línea de lo expuesto por el profesor italiano G. Sartori, los defensores de esta posición mantienen, en un tono apocalíptico que la deriva del pluralismo tradicional, basado en la tolerancia, hacia el reconocimiento del derecho a la diferencia y al multiculturalismo constituye el germen de autodestrucción de la sociedad liberal. Por coherencia con esta tesis, no sólo pretenden desarbolar estos derechos y al multiculturalismo, sino también justificar una política restrictiva en la entrada de inmigrantes, así como un riguroso asimilacionismo cultural por el cual sólo deben ser admitidos los culturalmente similares en razón de la lengua, raza y religión.

Por el contrario, en el otro espectro del debate, los teóricos sociales ponen de manifiesto que el multiculturalismo no es un modelo social a implantar como respuesta a las nuevas realidades, sino que es un hecho social que se impone por encima de nuestras voluntades y en el que la inmigración, pero no sólo ella, ha cumplido un importante papel dinamizador. Precisamente, lo que hay que discutir y pensar es el modelo o política que permita gestionar este hecho social que se da como realidad inevitable e incontestable. Y, como piezas importantes de ese modelo, hay que discutir cómo tratar en condiciones de igualdad a la diversidad cultural, o cómo estructurar el espacio público para que esa discusión sea posible o cuáles son los elementos de una política abierta inclusiva, etc. En este texto, esta postura parece defendida por autores como J. de Lucas, J. Martínez de Pisón, R. Zapata o J. Giró. En todo caso, no se obvia que las dificultades y los problemas son muchos. Y que las posibilidades de estallidos sociales por una inadecuada gestión de la realidad multicultural debe estar bien presente en el debate público.

4.- Un elemento central en el debate sobre la inmigración es la discusión acerca de sus efectos sobre la democracia y sus instituciones. En el texto, la referencia a esta cuestión aparece expresamente en los artículos de M. Azurmendi y M. Fernández Enguita, aunque la preocupación sobre la repercusión del vigente modelo de gestión en el sistema democrático y el Estado de Derecho, en la ciudadanía y en la convivencia social está presente en todos los demás.

El ex-presidente del Foro para la Integración Social de los Inmigrantes, M. Azurmendi, trata de la relación del origen de las democracias y el fenómeno migratorio. De acuerdo con su análisis, el substrato de la cultura democrática es la identidad ciudadana, entendida como un conjunto de representaciones simbólicas acerca de la justicia, la igualdad, la autoridad, que en nuestro imaginario social se representan como emociones, deseos y creencias compartidas por el conjunto de los ciudadanos. El fundamento de esta identidad reside en lo que llama civilidad democrática que se asiente en cuatro dimensiones: 1) un espíritu público capaz de evaluar el comportamiento ciudadano y desarrollar un discurso público; 2) un sentido de justicia capaz de discernir y respetar los derechos del otro; 3) un sentido de decencia civil o de no discriminación; 4) y la tolerancia pluralista. La aceptación de esta civilidad democrática por parte del extranjero resulta de suma importancia, según Azurmendi, para una correcta integración que no altere las bases de la convivencia democrática.

Por su parte, M. Fernández Enguita realiza una interesante reflexión sobre la clásica distinción de las ciencias sociales entre la “comunidad política territorial” (demos, de corte universalita y abierto) y la “comunidad cultural” (etnos, particularista y cerrada). Sin embargo, en su opinión demos y etnos no tienen porqué oponerse, sino que puede constituir dos estructuraciones alternativas, pues ambas tratan de definir quiénes son los nuestros y quiénes son los otros.

El demos se basa en el territorio, en la residencia, para fijar quien pertenece a él y quien no. El etnos se basa en la familia y en otras formas de filiación (filiación consanguínea), para fijar quien pertenece y quien no. Digamos que en el uno predomina el dónde se ha nacido, en el otro predomina de quién se ha nacido, aunque no tenga una forma jurídica, escrita, codificada, etc., pero sí como norma consuetudinaria establecida. Los dos se cierran a los otros: el etnos se cierra a los extraños, a los que son de otro color, otra religión, otra lengua, otro modo de vida, la forma de vestir o comportarse. El demos se cierra pura y sencillamente a los extranjeros, sean como sean. También los dos pueden tener vías de apertura limitada. Por ejemplo, en el caso del demos la naturalización, es decir, la concesión de la ciudadanía con cuentagotas, la residencia legal, la concesión de ciertos derechos, pero no todos, a los que compartan ese territorio. En el caso del etnos su forma de apertura existe a través de los matrimonios mixtos y otras formas de mestizaje.

5.- El título de esta publicación denota la importancia que el debate sobre la inmigración está teniendo en la revisión de la noción de ciudadanía. Puede decirse que casi todos los textos tratan de alguna manera esta cuestión. Desde quienes consideran que no se puede estirar el significado de la ciudadanía hasta el infinito para resolver el estatuto jurídico de los inmigrantes, hasta quienes repasan diferentes modalidades, sea cosmopolita, multicultural o, más pragmáticamente, la ciudadanía europea.

J. Martínez de Pisón es quien adopta una posición más escéptica respecto a esa función liberadora de la ciudadanía. Un concepto-chicle, como afirma, que no puede estirarse indefinidamente. En su opinión, el camino recorrido hasta la fecha no parece augurar que una ciudadanía “universal”, fundada en los textos internacionales sobre derechos humanos, o la misma ciudadanía europea como la impulsada por el Tratado de Maastricht puedan abrir una vía de esperanza a este tipo de soluciones. Por un lado, porque es palmario el incumplimiento del compromiso universalista de los derechos; por otro, porque la ciudadanía europea se construye en un estrecho vínculo con la nacionalidad.

Sin duda, en el resto de autores tenemos una muy interesante panoplia de propuestas de lectura del concepto de ciudadanía: cosmopolita (García Inda), multicultural (Zapata) plural e inclusiva o ciudadanía cívica (J. de Lucas). No obstante, estas posturas no están exentas de un enfoque autocrítico. Así, el primero de estos autores reconoce que su lectura supone un “elogio crítico del cosmopolitismo; o, dicho de otra manera, el elogio de un cosmopolitismo crítico, consciente de los riesgos del universalismo abstracto y formal al que abocan determinados discursos aparentemente universalistas”, pero sin que ello suponga la renuncia a “recuperar las posibilidades transformadoras que subyacen en el ideal de la ciudadanía cosmopolita entendida como una apuesta profundamente ética y política”.

Asimismo, no deja de ser inquietante las conclusiones de Zapata cuando, al hacer el balance final de sus reflexiones, aventura el inicio de un período histórico de “desencantos”: “Si tomamos en serio el paradigma moderno que hemos denominado como de la Santísima Trinidad, formado por el vínculo triangular entre el Estado, la nación y la ciudadanía, lo que supone el vínculo entre inmigración, ciudadanía y multiculturalismo es que apoya la idea de que estamos viviendo un proceso similar al que M. Weber denominaba de desacralización o desencanto. En aquel entonces, esta desacralización apuntaba básicamente a la separación entre la Iglesia y la Política. Este nuevo período pone en duda de forma similar al pilar básico que ejerce el monopolio de nuestras creencias y lealtades: la nación y la nacionalidad. Este nuevo proceso podría describirse como de separación entre Nación y Política”.

Por su parte, el profesor Javier de Lucas presenta probablemente una postura no exenta de realismo y, al mismo tiempo, de riesgo al apostar por una serie de medidas concretas y, habría que decir, posibles. Entre las que hay que mencionar la creación de un estatuto del residente y de una ciudadanía cívica. Según afirma, “esa ciudadanía cívica debe comenzar por el reconocimiento de que el residente (aunque sea sólo residente temporal y no definitivo o permanente) en la medida en que paga impuestos y contribuye con su trabajo y con sus impuestos, con su presencia como vecino y no sólo como trabajador a la construcción de la comunidad política, comenzando por la primera, la ciudad, tiene no sólo derechos civiles e incluso sociales, sino políticos: derecho a participar al menos en ese nivel. El primer escalón de la ciudadanía cívica sería de nuevo el primer escalón de la idea europea, las ciudades, la comunidad política municipal”.  Pues bien, de Lucas se arriesga no sólo al apostar por esta ciudadanía cívica, primer paso de una ciudadanía múltiple o multilateral que concrete una democracia inclusiva y plural, sino que apunta los pasos que permitan materializar el modelo propuesto.


Este es el segundo libro de Gerontología Social que he coordinado y que se publcó en 2005. En él se recoge la información, el estudio y las reflexiones de diversos especialistas acerca del proceso de envejecimiento de la población. Aunque si quisiéramos ser más precisos, deberíamos hablar del fenómeno de rejuvenecimiento de la población española, pues a nadie se le escapa que los denominados mayores en el pasado reciente (mayores de cincuenta años), hoy día son considerados personas en la plenitud de la vida al trasladar la crisis vital a los ochenta y más años. El rejuvenecimiento de la población ha conllevado un periodo de actividad extra que no tiene carácter productivo y que se caracteriza por el desarrollo de ocupaciones de tiempo libre.  Sin embargo, este rejuvenecimiento de la población no hace sino trasladar los problemas de salud en el tiempo hacia las cohortes más longevas, las cuáles han desarrollado patologías que implican una dependencia extrasanitaria, como ocurre con las enfermedades cerebrales y de carácter cognitivo.

Ha sido pues el rápido proceso de envejecimiento de la estructura de población en los países desarrollados el desencadenante del interés por la gerontología social y no sólo por la geriatría (rama de la medicina que se interesa por los procesos degenerativos propios de la edad avanzada), pues el envejecimiento de la población no se refiere exclusivamente a un proceso biológico determinante de las condiciones de salud de las personas, sino a un proceso social por el que la sociedad se transforma de manera significativa, en virtud de su estructura y organización en torno a la edad como componente diferenciador de los estatus de las personas. En el desarrollo de este proceso de envejecimiento el grupo de personas de edad se incrementa (es decir, los mayores de sesenta y cinco años), aunque no de forma homogénea en todas las edades de la vejez (el crecimiento en los últimos tramos de edad biológica es menor aunque porcentualmente haya sido superior en estos últimos años el crecimiento de los mayores de ochenta años –la llamada cuarta edad-), ni tampoco en la relación entre los sexos (las mujeres han logrado una mayor longevidad que los varones), en detrimento de la población joven (por caída de la natalidad y los índices de fecundidad), dando lugar a lo que se denomina el envejecimiento demográfico.

Buena parte de estas reflexiones se expusieron y discutieron en el II curso de Gerontología Social celebrado en la Universidad de La Rioja durante el mes de noviembre de 2003, organizadas por profesores de la Unidad Predepartamental de Ciencias Sociales del Trabajo en colaboración con profesores de la Escuela Universitaria de Enfermería de La Rioja, gracias al apoyo financiero de la Universidad de La Rioja en su convocatoria de ayudas para la realización de actividades de extensión universitaria, mediante la cual se pudo invitar a especialistas y profesionales de otras áreas disciplinares.

Así pues y a lo largo de este libro, se tratan diferentes aspectos de un mismo proceso, el de envejecimiento, resaltando las relaciones con la salud y la dependencia (Giró), como cuestiones que pese no ser sinónimas están presentes en un gran número de personas que alcanzan edades avanzadas. La independencia personal es una expresión de calidad de vida; por ello, la dependencia supone en líneas generales la carencia de algo que se supone fundamental para el desarrollo de una vida plena.

Precisamente un componente de la calidad de vida, aunque para algunos la esencia de la misma, es el ocio y su disfrute. En este sentido se trata el envejecimiento desde una perspectiva sociocultural (Alcalde y Laspeñas), relacionándolo con el aumento del tiempo libre que, en general, infravaloramos y del que desconocemos su manera de empleo. Las autoras, además de constatarlo, incitan a la utilización voluntaria, satisfactoria y positiva del mismo, pues este tiempo de ocio es el que más significativamente, conlleva -repercute o incrementa- el bienestar y calidad de vida entre las personas mayores. Entienden por un buen envejecimiento, por un envejecimiento satisfactorio, aquel que entiende la salud, no únicamente como ausencia de enfermedad, sino desde una triple perspectiva: biológica (envejecimiento sano y pleno), psicológica (envejecimiento positivo y adaptado) y social (envejecimiento integrado, activo y participativo).

Las diferentes variables bio-psico-sociales que afectan al individuo desde que nace hasta que muere, y no sólo la edad, hacen que se produzcan cambios en las diferentes capacidades. Sin embargo, el peso de los mitos y prejuicios que acompañan al concepto de vejez aún es demasiado significativo y los propios mayores se ven en la obligación de corresponder y asumir el rol asignado, puesto que también participan de éstos estereotipos culturales (Hernando). La construcción social existente sobre la etapa de la vejez pone de manifiesto, en numerosas ocasiones, una perspectiva que niega, entre otras, la posibilidad de interés y actividad sexual en los hombres y mujeres mayores. Esta perspectiva construye y genera mitos y creencias erróneas, que no facilitan vivenciar saludable y placenteramente la sexualidad. Sin embargo, el desarrollo y expresión de la personalidad humana exige el abordaje de los aspectos afectivos y sexuales.

Es una obligación ética respetar el pasado de quienes hoy son mayores, y ofrecerles alternativas que les permitan vivir sus experiencias sexuales como consideren más oportuno, eligiendo, sin presionarles a cambiar unos esquemas por otros. Pero la sociedad también debe comprometerse a trabajar (educación, prevención, intervención…) por la creación y el mantenimiento de vínculos afectivos estables y seguros, puesto que éstos son fuente estructural del ser humano, sin importar la edad, el género o la condición.

El concepto de calidad de vida se popularizó a partir de los años sesenta convirtiéndose en un término utilizado en muy diversos ámbitos: la salud, la educación, la política, el mundo de los servicios en general y muy especialmente en la salud mental y física de los mayores. El cambio de costumbres y hábitos en las sociedades industrializadas hizo surgir la necesidad de medir esta realidad y planificar una actuación centrada en la persona así como la adopción de modelos de apoyo y técnicas de mejora, incluyendo la evaluación de las necesidades y sus niveles de satisfacción. En este contexto de salud y calidad de vida, las denominadas terapias creativas (Buades y Rodríguez), permiten aumentar la vitalidad de las personas mayores, al contribuir mediante el uso de terapias tales como la musicoterapia y la danzaterapia mejorar su estado de ánimo, aumentando la creatividad, relajándolas y recuperando su ilusión.

Toda clase de medidas terapéuticas y preventivas serán pocas, pues en la medida que la dinámica de envejecimiento poblacional persista, los sistemas de atención se verán sometidos a unas cargas asistenciales progresivamente mayores debido a que la población de más edad tiende a utilizar en mayor medida los servicios asistenciales. Esta mayor presión asistencial se ve favorecida  por otros factores (Iruzubieta), además del demográfico, como son los avances científicos que se traducen en la aplicación de nuevas y más sofisticadas tecnologías en el campo sanitario, el incremento del nivel socioeconómico de la población en general y los cambios que se han producido en la organización de los servicios socio-sanitarios que permiten a la población tener a su alcance mejores recursos tanto desde un punto de vista cualitativo como cuantitativo. En cualquier caso, los sistemas sanitarios están pensados para solucionar situaciones episódicas, agudas, las cuales no son las prevalentes en el caso de los ancianos que se ven afectados fundamentalmente por procesos de tipo crónico.

Dentro de este contexto, la educación sanitaria dirigida al anciano juega un papel decisivo. Los ancianos con problemas crónicos reciben la mayor parte de los cuidados del entorno familiar que van a depender de factores económicos, afectivos y estructurales, donde el cuidador principal aporta hasta el 90% de las horas de atención familiar. El género será una variable a tener muy en cuenta en estos cuidados, muy ligados al papel tradicional desempeñado por la mujer en el ámbito familiar. Asimismo, el conocimiento de los determinantes de la salud y las metodologías utilizadas en la educación sanitaria del anciano y de su entorno serán claves en la mejora del bienestar de esta población.

Pero si la educación sanitaria es una medida preventiva fundamental, no por ello la sanidad debe ver los problemas geriátricos como enfermedades únicas en las que es necesario saber de forma exacta el diagnóstico o las causas últimas; además, estas enfermedades pueden y deben ser tratadas, y sino curadas, por lo menos paliadas.

Las enfermedades en las personas mayores tienen unas características especiales que las diferencian de las patologías en personas más jóvenes. Las diferencias más importantes proceden de la aparición de patologías múltiples (Urraca). Es común en este grupo de población que las personas tengan varias enfermedades a la vez; por ejemplo, es frecuente que una persona diabética tenga asociados problemas circulatorios, insuficiencia cardiaca, insuficiencia respiratoria, etc. Estas situaciones hacen pensar al personal sanitario sobre qué síntoma es más urgente a la hora de comenzar el tratamiento, pero teniendo en cuenta que los fármacos para una dolencia pueden agravar o desencadenar la aparición de otra nueva.

Mientras las enfermedades que aparecen en las personas más jóvenes suelen ser agudas y autolimitadas, en el caso de las personas mayores las enfermedades tienen características diferentes como son la cronicidad y la asociación de varias enfermedades al mismo tiempo. Esta situación conlleva tratamientos más prolongados, incluso de por vida. Si a esto le añadimos la polimedicación, lo que nos encontramos es una persona de edad que debe tomar varias medicinas a lo largo del día durante toda su vida.

Las limitaciones en la salud de las personas mayores que en ocasiones conlleva la polimedicación como expectativa vital, no es comparable con el deterioro de la memoria y la inteligencia, auténticos factores claves del envejecimiento (Martínez). En este sentido se informa sobre el avance en el conocimiento de estos soportes mentales para el mantenimiento de la calidad de vida entre los mayores, que se complementa con la propuesta de algunos principios de actuación con el fin de lograr su estimulación en el marco de las aportaciones novedosas de la psicología cognitiva. Del mismo modo se establecen los rudimentos de técnicas de estimulación, así como algunas orientaciones profesionales.

El tratamiento no farmacológico para tratar el síndrome de demencia en general y en especial la enfermedad de Alzheimer, consiste en una serie de  técnicas muy diversas que persiguen diferentes objetivos, tales como mantener las funciones cognitivas que el paciente conserva, controlar las alteraciones de conducta de los pacientes, mantener las AVD básicas e instrumentales, proporcionar apoyo al cuidador disminuyendo el estrés a través de la información y formación, y mejorar la calidad de vida del paciente y de su entorno (Acinas). La intervención cognitiva se puede llevar a cabo a través de múltiples técnicas, tales como la orientación a la realidad, psicomotricidad, reminiscencia, musicoterapia, etc. La estimulación puede igualmente realizarse en el domicilio de la persona enferma para lo cual se necesita que el cuidador o el personal especializado estén formados.

Cuando los cuidados exceden el marco familiar, entonces hay que recurrir a los centros y servicios para mayores, los cuáles exigen unos principios básicos de planificación y diseño (Fernández), haciendo hincapié en la necesidad de conocer las características y demandas de los beneficiarios, la importancia de la correcta evaluación (del recurso y de la persona), y en especial a la adecuación a criterios de calidad del centro o servicio, así como el bienestar y la calidad de vida de la persona.

La falta de autonomía personal para satisfacer actos básicos de la vida diaria es un problema creciente tanto en las personas potenciales de riesgo, sus cuidadores familiares y las estructuras sociales y sanitarias que deberán cubrir esa carencia, proporcionando cuidados de forma continuada, con la sobrecarga que en todos estos niveles va a generarse, hasta convertirla sin duda en un desafío para el Sistema. La limitación física que caracteriza muy a menudo al anciano dependiente y merma o impide la capacidad de movilizarse de forma autónoma e incluso cambiar por sus propios medios de posición durante su estancia en la cama o en el sillón, perfil muy frecuente de un gran grupo de esta población, conlleva entre otras complicaciones posibles el desarrollo de úlceras por presión (Soldevilla), silente “epidemia viva aún en el siglo XXI”, considerada a menudo como un problema banal e imprevisible, aún cuando paradójicamente estamos en situación de poder evitarlas al menos en un 95 % de todos los casos.

Es así como con las diferentes aproximaciones a los aspectos sanitarios y de dependencia de la población mayor, siempre con la perspectiva de mejorar la calidad de vida de su existencia, cerramos este libro que esperamos sirva al desarrollo del conocimiento que demanda una buena parte de la sociedad, especialmente quienes de una forma voluntaria o profesional se encuentran más cerca de la población mayor.

ENVEJECIMIENTO2

Este es el título del primer libro de Gerontología Social que he coordinado y que se publicó en 2004. En él se recogen parte de las ponencias que se expusieron y discutieron en el curso de Gerontología Social “Envejecimiento y Sociedad” celebradas en la Universidad de La Rioja durante el mes de marzo de 2003, organizadas por profesores de la Unidad Predepartamental de Ciencias Sociales del Trabajo en colaboración con profesores de la escuela Universitaria de Enfermería de La Rioja. Estas Jornadas han contado con el apoyo financiero de la convocatoria para la realización de actividades de extensión universitaria lo cual ha redundado en beneficio de los alumnos que debieron abonar unos derechos de inscripción muy inferiores a su coste real. A propósito de la inscripción en los cursos, como coordinador de los mismos debo dejar patente mi sorpresa ante el éxito de todas las convocatorias pues, si bien nuestras previsiones se encontraban en torno a un número equilibrado a fin de darle un formato de seminario al curso, tuvimos que admitir en más de una ocasión hasta un 50% más y dejar fuera una demanda inicial cinco veces superior. Ante el interés suscitado desde la primera convocatoria decidí seguir ofertando otros cursos de diferentes niveles. En este primero, decidimos darles prioridad a los profesionales, principalmente de la salud y el trabajo social, así como alumnos de último año.
Este curso de Gerontología Social pretendía ser una introducción en la comprensión de la realidad de las personas mayores, integrando lo social lo psicológico y lo físico desde tres perspectivas diferentes, pero complementarias, que podríamos resumir como percepciones, vivencias y alternativas sobre el proceso de envejecimiento. En este sentido:
1. Las percepciones sociales sobre la vejez, o cómo la sociedad percibe y valora diferentes aspectos significativos sobre las personas mayores, comenzando por la propia vejez y descendiendo a aspectos más concretos como la actividad-inactividad, la sexualidad, el papel de la familia, los servicios sociales y un largo etcétera de temas que no sólo nos permiten comprender mejor el entorno social, político y económico que rodea al proceso de envejecimiento, sino que condiciona también la propia autopercepción de los mayores.
2. La vivencia de la vejez, o la forma en que las personas mayores enfrentan su situación social, económica y personal. Los aspectos que condicionan sus actitudes, las estrategias vitales que desarrollan o la falta de ellas manifestadas, nuevamente, a través de las múltiples dimensiones que les afectan: utilización del tiempo, relaciones personales, adecuación al entorno etc.
3. Salud y bienestar en la vejez, es decir, una visión sobre los recursos internos y externos con que cuentan las personas mayores para enfrentar su vida de forma plena. Los cuidados físicos, los recursos sociosanitarios, el desarrollo de actitudes positivas hacia sí mismos y hacia su entorno, los posibles cambios sociales orientados a mejorar el entorno y el lugar de los mayores en nuestra sociedad.
Por eso, nos ha parecido que, como profesores universitarios preocupados por el devenir y las nuevas realidades sociales, era nuestra obligación un análisis pausado y serio de los diferentes perfiles del fenómeno del envejecimiento.
Son numerosas las cuestiones que atraviesan el fenómeno del envejecimiento, como lo son también los enfoques desde los que pueden analizarse. En las páginas que siguen, se habla del significado de la vejez (Giró), que inicia su exposición el siglo pasado, cuando el porcentaje de personas ancianas sobre la población total era escaso, es decir, la esperanza media de vida era sensiblemente más reducida que hoy en día, especialmente entre la clase obrera. No existía la jubilación. Quien llegaba a viejo tenía muchas posibilidades de vivir en la indigencia. Por ello, en la actualidad, el problema de la vejez no es estrictamente un problema biológico, médico o físico, sino que es también, principalmente, un problema social y cultural, es decir, la vejez es una construcción social. Hoy en día la vejez no es una fuente de reverencia, sino más bien lo contrario. Las personas de edad son apartadas del desempeño de tareas que perfectamente podrían realizar. Y esto, a pesar de que la realidad y la opinión pública parecen no compartir la idea de la inutilidad de los mayores.
Para hablarnos de formas de convivencia, soledad y relaciones sociales en la vejez, (Santamarina) nos indica cómo podemos adentrarnos en el conocimiento de la forma en que las personas mayores enfrentan sus relaciones sociales a través de dos vías: Conocer lo que hacen, es decir, cuáles son sus condiciones materiales, con quién se relacionan, con qué frecuencia, cuantos viven solos y cómo valoran estas situaciones; y conocer como viven estas situaciones, es decir, si se sienten o no solos, qué motiva esos sentimientos, cómo se sienten tratados, cómo les gustaría ser tratados etc.
Continuando con estas reflexiones se introduce en el estudio de las actividades, actitudes y valores de las personas mayores, abordando en primer lugar algunas precondiciones, como los recursos de que disponen tanto económicos como intelectuales, y rastreando posteriormente en sus actividades más habituales y en otros aspectos que nos permiten conocer mejor el conjunto de actitudes y valores desde el que enfrentan su situación vital.
El objetivo es comprender mejor a las personas mayores en tanto que seres sociales activos con sus expectativas y necesidades pero contempladas no aisladamente, sino en el marco específicamente social, es decir, en el de la interacción con los demás.
Para desarrollar la ponencia sobre promoción de la salud y prevención de la enfermedad en los ancianos (Iruzubieta), nos situamos en la última etapa de la vida del ser humano, que se caracteriza, entre otros aspectos, por el aumento de la prevalencia de patologías con un denominador común, la cronicidad, a veces invalidante pero, en cualquier caso, limitante. ¿Hasta qué punto limitante? A esta pregunta responde, pero no fijando exclusivamente la atención en la patología, sino que abordando la salud, asociada a funcionalidad y bienestar. Se identifica qué puede aportar la promoción de la salud y la prevención de la enfermedad en este contexto y cómo, de algún modo, el bienestar del anciano estará vinculado a la capacidad que tengamos para desarrollar estas acciones.
Se analizan factores sanitarios y sociales implícitos en las acciones de promoción y prevención que condicionan la capacidad funcional del anciano y, en última instancia, determinan su calidad de vida y su nivel de bienestar. Establece cómo vive el anciano sus problemas de salud y cómo se pueden modificar para conseguir que esta última etapa de la vida sea satisfactoria, e incluso, productiva. Este concepto de funcionalidad entronca directamente con la nueva visión en el abordaje de las enfermedades que la Organización Mundial de la Salud explicitó en su Clasificación Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y de la Salud (CIF), en noviembre de 2001.
Por su parte, la ponencia sobre habilidades de comunicación con las personas mayores (Hernando) presenta la comunicación como una herramienta de vital importancia en el desempeño de la labor profesional de todos aquellos que interactúan frecuentemente con personas mayores. Se plantea la toma de conciencia sobre el “poder” y efecto de nuestras habilidades comunicativas en el bienestar/malestar del usuario/paciente y, se pretende dotar al alumnado de estrategias y pautas concretas de actuación útiles para la resolución de “conflictos” en su escenario cotidiano y de forma general, para el desempeño de su profesión.
A fin de entender la relación existente entre actividad física y deportiva de los mayores (Urraca y Calvé), partimos de la situación actual donde el 85% de los ancianos de nuestro país llevan una vida sedentaria. Este sedentarismo es un factor de riesgo que implica un incremento de la incidencia de enfermedades como hipertensión, obesidad, diabetes, osteoporosis, enfermedades cardiovasculares, etc. La práctica habitual de ejercicio físico va a producir una serie de mejoras en la calidad de vida de las personas de la tercera edad. Algunas de estos beneficios son el ejercicio de carga de peso (como, por ejemplo, caminar, bailar, nadar, montar en bicicleta…) que puede prevenir, e incluso invertir, la pérdida de hueso. El ejercicio hace mejorar los músculos, articulaciones, ligamentos, tendones… Se puede reducir el riesgo de ataque cardiaco y/o accidente cerebrovascular (tolerancia a esfuerzos bruscos y sobresaltos, quema calorías que no se acumulan en el organismo en forma de grasas, reduce la presión sanguínea…). Disminuir la pérdida de calcio en los huesos con el consiguiente retraso de la aparición de fracturas por osteoporosis. Algunos estudios demuestran que cuando se hace ejercicio, la glándula pituitaria libera unas hormonas beneficiosas llamadas endorfinas que mejoran el estado percibido de salud.
Una de las patologías de mayor prevalencia en la actualidad (más de 500.000 casos de Alzheimer en España), necesita de una formación especializada, que (Fernández) utiliza ahondando en la comprensión del enfermo, en las consecuencias para la familia, ofreciendo herramientas para el adecuado manejo y atención del enfermo y su familia.
Por último, para tratar la relación entre enfermedad terminal y vejez (Soldevilla) y de los cuidados al final de la vida (Astudillo), entienden que si complejo, incluso extraño en ocasiones, es el proceso de enfermar en el anciano, qué decir en cuanto a la situación de terminalidad en él, tanto en el plano de su demarcación como del abordaje de sus cuidados. El hecho de tratarse de una persona de edad avanzada puede con mucha frecuencia condicionar los planteamientos éticos en la atención al anciano moribundo. Numerosos prejuicios sociales respecto a la vejez pueden reflejarse a la vez en conductas profesionales inadecuadas.
Los últimos años de desarrollo de la asistencia específica y la formación de distintos profesionales en la atención de los más mayores de nuestra sociedad han permitido erradicar el empleo indiscriminado de todos los medios al alcance, diagnósticos y terapéuticos, que conllevan sufrimiento, para salvar la vida al anciano, deteniéndose a evaluar lo que supone de alienación ante un derecho universal como es el de morir con dignidad.
Cuando no es posible curar, es injusto el abandono a su suerte al paciente, anciano o no y a sus familiares, es exactamente en ese momento cuando se abre todo un arsenal de cuidados. Ese es el espacio en el que se mueven los cuidados paliativos. La enfermera, el profesional del cuidado, a buen seguro es, entre todos los miembros del equipo, la más próxima al enfermo, estando en una posición ideal para la detección de problemas, monitorización del tratamiento, provisión de apoyo psicológico y especialmente de información, asesoramiento y educación al paciente y su familia, establecer la continuidad del tratamiento desde la institución a la comunidad y coordinar la necesidad de intervención de otros profesionales en este proceso de cuidar.
Los profesionales gerontológicos y de cuidados paliativos han de estar entrenados para integrar la enfermedad y la muerte como fenómenos naturales relacionados con la vida. Deben haber lidiado y vencido limitaciones y fantasmas en relación con la muerte y el propio proceso de su envejecimiento que finaliza ineludiblemente con la muerte. Han de poseer la formación técnica y la destreza para actuar eficazmente en el control de varios y simultáneos problemas que requieren de una certera intervención, especialmente sobre los que conllevan sufrimiento para el paciente y los que le rodean, pero, la verdadera profesionalidad no exige solamente competencia técnica sino sobre todo competencia comunicativa (manejando el silencio y el tacto con la misma habilidad que la palabra) de interpretación y de mediación.
Deberá poseer las bases de la terapéutica, el uso de técnicas y fármacos para el control de síntomas paliando sus efectos penosos. Todo esto es ciencia (saber y conocer) pero la dotación del buen cuidador deberá nutrirse además de otros valores de corte humano que habremos de cultivar: la actitud positiva y la alegría, ver lo bueno de las personas y situaciones, la calma, el autocontrol, el consuelo y la compasión, la creatividad, la disponibilidad y acompañamiento, la prontitud en dar respuesta, la compañía atenta y solícita, la empatía, sensibilidad como gran sintonía humana, sencillez en las personas, los procedimientos y los tratamientos, el silencio como mejor discurso y el tacto.
Es así como los profesores y profesionales de la Gerontología Social ofrecen un arsenal teórico-práctico con el fin de introducir al lector, tanto novel como profesional, en el contexto del envejecimiento en nuestra sociedad. Ese es el objetivo con el que iniciamos los cursos de Gerontología Social en la Universidad de La Rioja, y de cuyo desarrollo es fruto este ejemplar.

ENVEJECIMIENTO1

Este es el tercer libro de Gerontología que publicó la UR en 2006. Ha sido un libro de éxito pues se ha vendido a primeros de este año toda la edición y he autorizado para que se pueda descargar todo el sumario desde Dialnet: http://dialnet.es/servlet/libro?codigo=343628

Cuando a finales del mes de mayo de 2005 decidimos celebrar un nuevo curso de Gerontología Social entre los profesores de la hoy extinta Unidad Predepartamental de Ciencias Sociales del Trabajo de la Universidad de La Rioja, en colaboración con profesores de la escuela Universitaria de Enfermería de La Rioja, pensamos que entre las necesidades de carácter teórico que debíamos abordar, se encontraban aquellas que dieran respuestas válidas a la pregunta de cómo preparar y prepararnos para la jubilación.

Gracias al apoyo financiero de la Universidad de La Rioja en su convocatoria de ayudas para la realización de actividades de extensión universitaria, se pudo invitar a especialistas y profesionales de otras áreas disciplinares con los que ofrecer una visión interprofesional sobre la jubilación y la preparación para la vejez, señalando de modo particular los aspectos positivos de la misma, teniendo en cuenta las dimensiones socioculturales, psicológicas, económicas y medioambientales en que se inscribe el proceso de envejecimiento en España.

Debía ser una visión sobre los recursos internos y externos con que cuentan las personas mayores para enfrentar su vida de forma plena. Los cuidados físicos, los recursos sociosanitarios, el desarrollo de actitudes positivas hacia sí mismos y hacia su entorno, los posibles cambios sociales orientados a mejorar la calidad de vida de los mayores en nuestra sociedad, etc. Por añadidura llevamos a cabo una serie de talleres prácticos mediante los cuáles abordamos estrategias metodológicas que permitieran la adquisición de habilidades necesarias para un envejecimiento activo.

De este modo, y a lo largo de este libro, hemos tratado de ofertar diversas y complementarias visiones teórico-prácticas acerca de lo que entendemos como un envejecimiento activo o un envejecimiento en positivo. El envejecimiento activo debe considerarse un objetivo primordial tanto de la sociedad como de los responsables políticos (Giró), intentando mejorar la autonomía, la salud y la productividad de los mayores mediante políticas activas que proporcionen su apoyo en las áreas de sanidad, economía, trabajo, educación, justicia, vivienda, transporte, respaldando su participación en el proceso político y en otros aspectos de la vida comunitaria. De este modo, cuando la salud, el mercado de trabajo, el empleo y las políticas educativas y sanitarias apoyen el envejecimiento activo, posiblemente habrá menos muertes prematuras en las etapas más productivas de la vida. Menos discapacidades relacionadas con enfermedades crónicas en la ancianidad. Más personas que disfruten de una calidad de vida positiva a medida que vayan envejeciendo.

Precisamente un componente de la calidad de vida, aunque para algunos la esencia de la misma, es la educación (Bermejo). Bajo la premisa de que las personas podemos mejorar constantemente, que podemos aprender continuamente, la educación se convierte en una realidad para todas las personas. El concepto de educarse en la vejez busca dar a todas las personas, independiente de su edad, una oportunidad formativa que le permita optimizar sus capacidades, favorecedoras éstas de su desarrollo individual y social.

Ahora bien, cuando hablamos de vejez, partimos de un situación desigual en función del género (Pérez), no sólo por las expectativas de vida, que son mayores entre las mujeres que entre los hombres, si no por cuestiones como el trabajo y las actividades domésticas, las relaciones familiares o de amistad, el cuidado de las personas dependientes, etc. El motivo es que las identidades de género, edificadas en edades más tempranas de la vida, no se alteran de manera notable en la vejez. Esas identidades reciben el refuerzo de normas sociales que establecen expectativas de comportamiento diferentes para unas y otros en esta etapa postrera de la vida.

Pero si el género es determinante a la hora de enfrentar socialmente el proceso de envejecimiento, no son menos los mecanismos biológicos responsables del envejecimiento, como demuestra la existencia de más de trescientas teorías a lo largo de la historia. Un modo de aproximarnos a este conjunto de teorías sobre el fenómeno del envejecimiento es clasificarlas en dos grandes grupos: deterministas y ambientales (Hernando). Las primeras englobarían aquellos fenómenos que se describen mediante un número determinado de variables concretas y conocidas, que se desarrollan  de la misma manera en cada reproducción del fenómeno estudiado. Son innatas, están programadas en el genoma del individuo. Las segundas se fundamentan en la acumulación casual de sucesos nocivos, debido a la exposición de factores exógenos adversos y, por otra parte, fenómenos que implican una serie de variables aleatorias que hacen que este fenómeno sea producto del azar y se tenga que recurrir a cálculos de probabilidades para ser estudiado.

El cambio de concepción sobre el envejecimiento se produce de una forma muy rápida en la sociedad actual, pues se van abandonando patrones culturales idealistas, previos a la sociedad del bienestar, formados a lo largo de la historia en torno a principios inmutables, sociales, familiares, religiosos, etc. La construcción del pensamiento positivo en oposición al heredado de carácter negativo (Martínez) es una respuesta clásica, producto de la civilización y de la afirmación del individuo en el mundo, libre de complejos y de ataduras, cuyo origen está en la Ilustración, y que no es sino la negación de la falsificación permanente que la sociedad impone cada día a través de sus más poderosas armas de anulación de la capacidad crítica del individuo y de su entorno social. Por eso, Martínez parte de conceptos como necesariedad, vida vivida, obligatoriedad (pensar de otra manera), elección (no una, sino varias alternativas), etc., para construir el pensamiento positivo.

El pensamiento positivo es una herramienta valiosa para afrontar la vida, incrementar el deseo de ser activo, actuar con entusiasmo y aumentar el grado de optimismo de cara a realizar el objetivo fundamental, que es conseguir y disfrutar de la felicidad. Una felicidad, que en todos los casos va a depender de nuestra manera de vivir, y de nuestra manera de relacionarnos con los demás, es decir, del tipo de relaciones sociales y personales que mantengamos a lo largo de nuestra vida.

Igualmente nos debe importar que el largo periodo temporal que va desde la jubilación hasta la muerte sea un periodo activo, de ocupación activa del tiempo. Y es que la revalorización del ocio cobra en la vejez una gran importancia; es la época de la vida en la que uno puede y debe dedicar más tiempo a sus ocupaciones favoritas y a sus hobbies. Normalmente, cuando las personas mayores logran organizar su tiempo libre con actividades que les agradan, se adaptan mejor al envejecimiento y se sienten más seguras de sí mismas; perciben la vida como un todo, con calidad, aceptando sus propias modificaciones a lo largo de ella (Morales y Bravo). Con estos objetivos trabajan los terapeutas ocupacionales, pues entienden que la ocupación es fundamental para la adaptación humana y, por tanto, su ausencia o interrupción (independientemente de cualquier otro problema médico o social) es una amenaza para dicha adaptación. Por otro lado, cuando la enfermedad, el trauma o las condiciones sociales han afectado a la salud biológica o psicológica de una persona, la ocupación es un medio efectivo para reorganizar el comportamiento.

Del mismo talante se muestra la musicoterapia, que entendida como la utilización de música y sonidos con fines terapéuticos, contempla y favorece el desarrollo integral de la persona, y se encamina hacia la salud en términos de un completo equilibrio o bienestar: físico, mental, social e incluso espiritual (Camacho). La musicoterapia actúa sobre las personas mayores mejorando su estado físico y psíquico, ejercitando su memoria a corto y largo plazo, combatiendo problemas emocionales, ofreciéndoles una alternativa de recreo y distracción, motivándoles a vivir y compartir sus experiencias con otras personas, preservando su contacto con la realidad, y ayudándoles a prevenir un buen número de trastornos.

Con el objetivo de favorecer la disposición de los sujetos ante la escucha de la música, ayudarlos a escuchar y así facilitar que aprendan, el educador debe utilizar todas las formas posibles de comunicación (lenguajes) que sea capaz de establecer. Puede servir tanto el lenguaje verbal como el no verbal (corporal y plástico) con diferentes variantes: el gesto, la mímica, el movimiento corporal, las indicaciones realizadas con distintos objetos sonoros, con distintos sonidos cantados, el lenguaje plástico con la utilización de imágenes o de otras grafías no convencionales (De Moya).  Del mismo modo, el juego musical puede conseguir que las personas mayores  disfruten y obtengan alegría y satisfacción personal, pero, además, a través del juego, los mayores aplican sus experiencias, vivencias y conocimientos, ejercitando sus posibilidades motrices en diversas situaciones (cantar, moverse, tocar); potenciando su mundo afectivo y ampliando sus relaciones sociales. Todo esto contribuye a aumentar la confianza en sí mismos, en sus creaciones y elaboraciones personales, a elevar su autoestima, a aumentar su bienestar personal y a encarar esta etapa vital con espíritu alegre y positivo.

La soledad y la carencia de apoyos sociales impiden satisfacer plenamente los anhelos de felicidad y bienestar. Es preciso, por tanto, que nos impliquemos en la relación con los demás, expresando nuestros propios sentimientos, demostrando interés por la vida de quienes nos rodean, implicándonos, participando, ofreciendo y pidiendo ayuda. Precisamente una de las formas de atención personal para la prestación de cuidados es la atención domiciliaria, que se constituye como un medio idóneo para detectar las necesidades del anciano o del enfermo en todos sus aspectos, valorando el entorno y evaluando posibles deficiencias (Iruzubieta). Además, la aplicación de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en la atención social y sanitaria de la población en general, y de los ancianos en particular, ha permitido mejorar los procesos asistenciales, los procedimientos de información y comunicación, dinamizando los lentos y complejos procesos burocráticos y organizativos de los sistemas sanitarios. Los aspectos positivos han sido evidentes, con la reducción de las barreras de acceso a los servicios socio-sanitarios, con un mayor grado de autonomía para los pacientes y, en última instancia, el logro de una clara mejoría en la calidad asistencial de los ancianos, tanto en la vertiente social como en la sanitaria.

No obstante las bondades de la atención domiciliaria del paciente, tampoco se puede dejar de lado la atención en institución, sobre todo en el caso de enfermos en situación terminal. Para ellos están los Cuidados Paliativos, que comprenden la asistencia global y activa de los pacientes cuya enfermedad ya no responde a un tratamiento curativo (Astudillo, Mendicueta y Orbegozo). Sobre los factores a favor y en contra de una u otra modalidad de asistencia y cuidado de enfermos terminales hay que reflexionar, pues lo que nos tiene que importar es que cualquiera que sea el lugar donde la muerte acontezca, nuestro deber es estar preparados para ayudar a que sea apacible, sin sufrimiento y en compañía de sus seres queridos.

De este modo concluimos las diferentes aproximaciones a la cuestión de un envejecimiento activo, un envejecimiento en positivo, que nos ayude a encarar el periodo que va de la jubilación hasta el fin de nuestra existencia, con el objetivo de mejorar la calidad de vida y el disfrute de las oportunidades que sea abren para aumentar la felicidad.

ENVEJECIMIENTO3

Entradas antiguas »